CHIMENTOS
Alejandra Perlusky, una vida atravesada por la danza, el teatro y los grandes musicales: “El arte puede salvar el alma”

Hay recuerdos que nunca abandonan a un artista. No importa cuántos escenarios haya recorrido, cuántas ovaciones haya recibido o cuántos personajes haya habitado. Siempre existe una imagen que permanece intacta, inmune al paso del tiempo. En el caso de Alejandra Perlusky, esa postal no tiene marquesinas iluminadas, ni telones de terciopelo, ni aplausos interminables. Está mucho más cerca de una placita de Martínez, donde una nena de apenas cinco años caminaba tomada de la mano de su mamá rumbo a una clase de ballet, sin imaginar que esos pasos diminutos terminarían marcando el camino de toda una vida.
En momentos en que transita los últimos días de funciones de Billy Elliot -hasta el 9 de agosto en el Teatro Ópera- hoy, cuando mira hacia atrás, entiende que aquello no era un pasatiempo ni una actividad extracurricular. Era una necesidad. Una forma de habitar el mundo.
“Yo me percibía siempre distinta en el colegio y con mis compañeros. Recién ahora pude entenderlo”, cuenta mientras busca las palabras exactas para describir una sensación que la acompañó durante toda la infancia. Habla de una intensidad emocional difícil de explicar. De una energía que necesitaba encontrar un cauce. Y fue precisamente el movimiento el que le permitió ordenar ese universo interior.
Por eso, cuando escucha la célebre frase de Billy Elliot sobre esa “electricidad” que recorre el cuerpo cuando baila, siente que también está hablando de ella. “Sentía una pulsión muy parecida. En la danza encontré la posibilidad de canalizar una emocionalidad muy potente que tenía como niña. Gracias a Dios pude descubrirlo y llevarlo adelante”.
No es casual que hoy interprete a Mrs. Wilkinson, la profesora que descubre el talento oculto de Billy antes que nadie. Quizá ese personaje la atraviese de una manera tan profunda porque ella misma sabe lo que significa que un adulto vea algo en un chico que todavía ni siquiera entiende quién es.

Las primeras clases llegaron casi naturalmente. El ballet apareció antes que cualquier otra disciplina artística y ocupó durante años el centro de su vida. La disciplina era rigurosa. Había ejercicios, repeticiones, correcciones permanentes y una exigencia que para muchos niños podía resultar agotadora. Para ella, en cambio, era el lugar donde todo cobraba sentido.
Mientras otros chicos soñaban con ser médicos, futbolistas o astronautas, Alejandra ya intuía que su futuro estaba vinculado al escenario: “Nunca pensé la actuación como un hobby. Desde muy chica tuve la convicción de que quería dedicarme a esto. Nunca me imaginé haciendo otra cosa”, recuerda.
Apenas hubo una duda pasajera, casi una travesura del destino. La fascinaban los animales y durante un tiempo creyó que podía estudiar Veterinaria. Pero esa posibilidad desapareció tan rápido como había llegado. “Entendí que para curar a un animal quizás tenía que abrirlo, coserlo, enfrentar situaciones muy difíciles… y ahí se me fueron todas las dudas”, dice entre risas.
Como ocurre en muchas familias, la elección artística despertó más incertidumbre que entusiasmo. Sus padres conocían perfectamente las dificultades de una profesión atravesada por la inestabilidad, los contratos temporarios y la incertidumbre económica. Querían verla feliz, pero también protegida. “Eran personas de una sensibilidad enorme”, rememoró.
Con el tiempo descubriría que, detrás de esos temores, también se escondía una historia personal.Su padre había sido cantor de tangos durante la juventud. Amaba profundamente el arte, pero nunca se animó a convertirlo en profesión. Eligió Medicina. Años después le confesó algo que Alejandra jamás olvidaría: sentía que, de alguna manera, había traicionado ese sueño artístico que siempre había llevado adentro.
Quizá por eso, al principio, la preocupación era inevitable. No querían verla sufrir. No querían que la pasión terminara convirtiéndose en frustración. Sin embargo, hubo una persona que nunca dejó de empujarla hacia adelante: su mamá.
La mujer que la llevó una y otra vez a aquellas clases de ballet frente a la placita de Martínez. La que, sin saberlo, estaba alimentando una vocación que terminaría definiendo toda una existencia. Hoy, varias décadas después, Alejandra sigue emocionándose cuando habla de ella: “Le agradezco enormemente que me haya llevado tantas veces. Es tan importante el arte… puede hacer tan feliz a una persona. Puede salvar el alma, el corazón y ayudar a atravesar un montón de situaciones”.
Durante años creyó que ese camino terminaría exclusivamente en la danza. Pero la vida tenía preparada otra sorpresa. Llegó el momento de presentarse a un seminario de técnica de la danza clásica del Colón. Y su madre dijo ‘no’.
Fue entonces que decidió probar suerte como actriz. No buscaba una revolución. Ni siquiera imaginaba que esa decisión modificaría para siempre su destino. Sin embargo, fue durante una audición cuando descubrió una herramienta que desconocía: la voz. No solamente la capacidad de cantar. También la posibilidad de contar historias desde otro lugar.
Después vendrían las clases de canto junto a Marcelo Velasco y Carlos Vittori, maestros fundamentales para construir un instrumento que, con el tiempo, terminaría convirtiéndose en una de las marcas distintivas de su carrera. Pero, sobre todo, apareció una certeza.

La danza seguía siendo parte de ella. La actuación también. Y la música unía ambos mundos. Sin proponérselo, estaba empezando a recorrer el camino que años más tarde la convertiría en una figura indispensable del teatro musical argentino.
Pasaron los años. Aquella nena que cruzaba una placita de Martínez con un bolso de ballet al hombro terminó convirtiéndose en una artista capaz de emocionar desde los escenarios más importantes del país y del exterior.
Hoy ese escenario es el del musical Billy Elliot. Y mientras el público ocupa lentamente las butacas y el murmullo de la sala reemplaza al silencio de los camarines, Alejandra se prepara para transformarse, una vez más, en Mrs. Wilkinson. La profesora de danza que, en medio de un pueblo atravesado por la dureza, las huelgas mineras y los prejuicios, es la primera persona que se anima a mirar a un chico diferente y decirle, sin rodeos, que su destino puede ser mucho más grande de lo que él mismo imagina.
“Es un rol soñado. Es un personaje súper divertido y muy exigente”, resumió. Pero detrás de esa definición breve hay mucho más. Cada vez que Billy habla de esa “electricidad” que siente cuando baila, Alejandra recuerda inevitablemente a la chica que fue. La niña que tampoco encontraba palabras para explicar por qué necesitaba moverse, cantar o actuar para sentirse completa.
Pero hay otro elemento que vuelve único este trabajo: los chicos. En la mayoría de los espectáculos, los actores construyen una dinámica que se repite noche tras noche. Las escenas adquieren una mecánica casi automática. Los silencios aparecen siempre en el mismo lugar. Las miradas encuentran exactamente el mismo recorrido.

“Lo más inolvidable es trabajar con niños, con elencos rotativos que cambian semana a semana. Es simplemente mágico porque cada noche tengo un Billy distinto, una hija distinta y un grupo diferente de alumnitas. Cada uno tiene su propia emocionalidad, una forma muy personal de sentir y de expresar cada escena. Esa rotación hace que nunca aparezca la rutina. Es una experiencia única que posiblemente no olvide nunca”.
Habla de ellos con la ternura de una maestra y la admiración de una colega. Porque, aunque sean niños, arriba del escenario sostienen una responsabilidad enorme. Entiende que cada uno necesita tiempos distintos, estímulos diferentes y una confianza particular para encontrar su mejor versión.
Y esa búsqueda también genera momentos inolvidables. Como aquella noche en la que una falla técnica puso en riesgo una de las escenas más importantes del musical: “En el momento casi me infarto”, cuenta. En una escena clave, Mrs. Wilkinson se dirige hasta los baños del gimnasio para convencer a Billy de continuar estudiando danza en secreto y preparar la audición para la Royal Ballet School. Todo transcurre normalmente, hasta que deja de hacerlo. El mecanismo que debía abrir los paneles del baño se trabó. Del otro lado quedó encerrado Mateo, uno de los chicos que interpretaba a Billy. Durante algunos segundos nadie supo cómo resolver la situación. El tiempo, sobre un escenario, tiene otra velocidad, cada segundo parece eterno.
“Por suerte Mateo fue muy ágil y encontró una salida alternativa. Lo solucionó enseguida y el público prácticamente no se dio cuenta de nada”. Son esos pequeños accidentes los que terminan construyendo la memoria íntima de una compañía.
Detrás de la perfección que el espectador observa desde la platea existe un universo invisible hecho de nervios, respiraciones compartidas, abrazos antes de levantar el telón y miradas cómplices cuando algo inesperado sucede.

Pero antes de los grandes personajes hay cientos de ensayos en salas diminutas, funciones para pocas personas, audiciones que terminan en silencio y otras tantas en las que alguien pronuncia ese esperado “quedaste”. Alejandra conoce ese recorrido de memoria porque nunca fue una artista fabricada por una moda ni impulsada por la popularidad televisiva. Su carrera se construyó exactamente igual que se construye una obra: escena tras escena.
Después de descubrir que la actuación podía convivir con la danza y el canto, el siguiente paso fue ingresar al Conservatorio Nacional de Arte Dramático. Paralelamente aparecieron las clases de técnica vocal. El teatro musical exige un nivel de preparación poco frecuente: actuar, cantar y bailar al mismo tiempo, con la misma intensidad durante dos o tres horas.
Las primeras oportunidades llegaron en el circuito independiente, ese universo donde muchas veces el presupuesto escasea pero la libertad artística sobra. Allí aprendió una lección que jamás olvidaría: el escenario nunca distingue entre una sala para cincuenta espectadores y un teatro para dos mil. La entrega debe ser exactamente la misma.
Fue en ese ámbito donde comenzaron a aparecer trabajos que llamaron la atención de la crítica especializada. Sally, una farsa, Canciones degeneradas, Berlín, hora cero y Plumas y sangre fueron consolidando una intérprete capaz de moverse con la misma naturalidad entre el drama, la comedia y el musical. No tardaron en llegar los reconocimientos. Por Sally, una farsa obtuvo el Premio Hugo como Mejor Actriz, una distinción que confirmaba lo que muchos dentro del ambiente ya sabían: estaba frente a una artista integral, de esas que podían sostener una obra completa desde el escenario.
Pero el verdadero crecimiento no llegó únicamente a través de los premios. Llegó con los personajes. Cada uno la obligó a correrse un poco más de su zona de confort, cada uno le dejó una herramienta distinta.

Con el tiempo comenzaron a aparecer los grandes títulos del teatro musical argentino. Chicago fue uno de esos desafíos que marcan un antes y un después. Su trabajo le valió una nominación como Mejor Actriz Protagónica en los Premios Hugo. Poco después llegaría Falsettos, completamente diferente, más íntima, más emocional. Otra vez, la crítica destacó su labor y volvió a reconocerla con una nueva nominación a los Hugo.
También hubo lugar para los grandes clásicos familiares: Aladín, Mamma Mia!, Pretty Woman. Producciones enormes, cambios escenográficos permanentes y una maquinaria técnica que convierte cada función en una coreografía perfecta incluso detrás del telón.
En Mamma Mia! interpretó a Tanya, uno de los personajes más queridos del espectáculo. Su desempeño le permitió recibir el premio a Mejor Cantante en los Premios Carlos 2024. Después llegaría Kit De Luca en Pretty Woman, otro personaje completamente distinto, donde volvió a demostrar esa capacidad para cambiar de registro sin perder autenticidad.
Su recorrido también incluyó una de las experiencias más prestigiosas que puede vivir un artista argentino: el Teatro Colón.
Participar de Astor, Piazzolla eterno significó mucho más que sumar un título al currículum, era llegar al escenario más emblemático del país, el lugar con el que sueñan generaciones enteras de músicos, cantantes y actores. Pero el recuerdo más fuerte de aquella noche no está relacionado con el espectáculo, está en la platea. O, mejor dicho, en el final de la función.
Revive la emoción del aclamado espectáculo ‘Astor Piazzolla Eterno’ en el majestuoso Teatro Colón. Un viaje musical y visual a través de la vida y obra del genio del tango, con una orquesta en vivo, cantantes extraordinarios y bailarines apasionados.
Cuando todo terminó y los aplausos comenzaron a apagarse, su padre apareció con un ramo de flores. La emoción fue inmediata. “Me partí en llanto”, recuerda. No lloraba únicamente por el éxito de la función. Lloraba porque comprendía el significado de ese gesto. Su padre, aquel hombre que alguna vez había sentido miedo por su futuro artístico, estaba allí, orgulloso. El mismo hombre que le había confesado que nunca se había animado a seguir su propia vocación como cantor de tangos. “Uno siempre busca la mirada de aprobación de sus padres”, dice. Y esa noche sintió que finalmente había llegado. “Sé que mi papá está muy orgulloso de mí. Cantar Piazzolla en el Colón fue una emoción única para los dos”.
Su carrera, sin embargo, nunca se limitó a la Argentina. Todavía muy joven apareció una oportunidad inesperada: España. Junto a Omar Calicchio emprendió una aventura que, vista con perspectiva, parece casi una locura. Viajaron con Vivitos y coleando para participar de un festival en Madrid, en un momento en que la comedia musical apenas comenzaba a abrirse camino en ese país: “Éramos como extraterrestres”, recuerda entre risas.
Mientras los grandes musicales recién empezaban a instalarse con producciones como My Fair Lady, ellos recorrían salas independientes mostrando un lenguaje escénico que todavía resultaba novedoso para buena parte del público español.
Después llegaría otra experiencia completamente distinta. México. Los Cabos. Allí trabajó como cantante en un exclusivo hotel internacional. Las jornadas eran extenuantes. Cuatro sets diarios. Seis días por semana. Horas y horas cantando frente a un público tan exigente como imprevisible. Entre los huéspedes aparecían algunas de las figuras más conocidas del mundo: George Clooney, Cindy Crawford, Luis Miguel. Celebridades acostumbradas a los mejores espectáculos del planeta.
Sin embargo, lo que más recuerda de aquella etapa no son los nombres. Es la disciplina, la resistencia, el aprendizaje cotidiano: “Me dio un entrenamiento vocal enorme y me enseñó a mantener siempre el mismo nivel, me escucharan o no”.

Años más tarde también llegaría Nueva York. Integrar el ciclo American Songbook, en el Lincoln Center, significó cumplir uno de esos sueños que parecen reservados para unos pocos. Compartir una tradición teatral que inspiró a generaciones enteras de artistas argentinos.
Paradójicamente, después de todos esos viajes, Alejandra siempre termina regresando al mismo lugar: Buenos Aires. Porque es aquí donde eligió construir su carrera, donde el teatro musical pelea función tras función para seguir creciendo, donde continúa creyendo que cada nuevo personaje representa una oportunidad para volver a empezar.
Porque, para ella, el oficio no consiste en acumular personajes, consiste en seguir encontrando, en cada uno de ellos, una nueva forma de conocerse a sí misma.
A pesar de haber recorrido algunos de los escenarios más importantes de la Argentina y del exterior, Alejandra nunca perdió la costumbre de observar lo que sucede alrededor. Mientras muchos artistas se concentran exclusivamente en el próximo estreno, ella suele detenerse a pensar en el lugar que ocupa el teatro musical dentro de la cultura argentina y en los desafíos que todavía tiene por delante un género que, aunque creció enormemente en las últimas décadas, continúa peleando por consolidarse como una verdadera industria.
No habla desde la queja, habla desde la experiencia, desde la mirada de alguien que atravesó casi todos los formatos posibles. Por eso, cuando analiza el presente del musical argentino, evita las frases grandilocuentes y prefiere apoyarse en la realidad cotidiana de quienes viven de este oficio: “El gran desafío es desarrollar una industria que pueda sostener al género”, explica.

Y enseguida aparece la comparación inevitable con Broadway, ese faro al que cualquier artista de teatro musical mira alguna vez. Allí, recuerda, espectáculos como Chicago, Cats o El Rey León permanecieron durante años en cartel gracias a un circuito turístico y cultural que garantiza una afluencia constante de espectadores de todo el mundo.
Buenos Aires, sostiene, todavía está lejos de ese escenario: “No somos la meca de los musicales. Tenemos un nivel artístico enorme, pero todavía no existe esa industria que hace que la gente viaje específicamente para ver teatro musical. Ojalá podamos convertirnos, al menos, en un polo de atracción para los países vecinos. Siento que, de a poco, eso empieza a suceder”. No es una crítica, es un deseo.
Porque después de tantos años de profesión sabe que detrás de cada estreno hay cientos de trabajadores que dependen de que una obra funcione. El teatro nunca es el triunfo de una sola persona. Siempre es una construcción colectiva.
Quizás por eso también entiende una de las discusiones más incómodas del ambiente: la presencia cada vez más frecuente de figuras mediáticas encabezando los elencos. Y prefiere analizar el fenómeno con honestidad: “Como buena trabajadora del teatro, lucho permanentemente con las figuras mediáticas. Ellas siempre tienen una ventaja porque los productores necesitan vender entradas. Muchas veces eso nos deja en desventaja a quienes venimos exclusivamente del oficio”.
No hay resentimiento en sus palabras, hay comprensión. Sabe perfectamente cómo funciona la industria. También sabe que el público suele acercarse atraído por un nombre conocido, pero inmediatamente agrega un matiz que considera fundamental.

Cuando un espectáculo tiene un peso propio, cuando la producción ya despierta interés por sí misma, cree que los personajes deberían quedar en manos de quienes cuentan con la preparación necesaria para interpretarlos. Y pone un ejemplo, Osvaldo Laport: “Es un artista completísimo. Canta, actúa, baila, tiene presencia. Siempre hay que nivelar para arriba”.
La frase resume buena parte de su filosofía profesional. Nunca habló de competir con otros artistas. Siempre habló de elevar el nivel. De exigir más. Exactamente igual que Mrs. Wilkinson.
Después de tantos personajes, Alejandra sigue sintiendo los mismos nervios antes de cada estreno. Sigue repasando mentalmente las escenas. Sigue escuchando las indicaciones del director. Sigue buscando pequeños detalles que puedan mejorar una interpretación.
Tal vez esa sea una de las razones por las cuales tantos directores vuelven a convocarla. Nunca deja de trabajar, nunca cree que ya lo sabe todo. Todavía se permite aprender de un compañero, de un director, incluso de un niño.
Todavía siente esa electricidad de la que habla Billy Elliot. Todavía cree, como creía entonces, que el arte puede salvar el alma, aliviar el corazón y convertirse en un refugio cuando todo lo demás parece tambalear.

Quizás esa sea la verdadera explicación de una carrera construida con paciencia, talento y perseverancia. No hubo fórmulas secretas. No hubo golpes de suerte. Hubo trabajo, disciplina, maestros, padres que primero sintieron miedo y después orgullo, escenarios enormes y salas diminutas, aplausos inolvidables y también noches difíciles.
Y hubo, sobre todo, una certeza que nunca cambió, la misma que acompañaba a aquella niña mientras acomodaba sus zapatillas de ballet antes de entrar a clase. La misma que hoy la acompaña unos segundos antes de que se abra el telón.
Que el escenario no era solamente el lugar donde quería trabajar, era, desde el principio, el lugar donde siempre había pertenecido.
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CHIMENTOS
El plan de domingo de Wanda Nara: descanso, ejercicio y una postal en soledad

Wanda Nara eligió una caminata por Nordelta para su domingo que llamó “fit” y compartió la postal en sus redes sociales durante el mediodía. Con sol y una temperatura propia de la primavera, la conductora de MasterChef Celebrity salió a recorrer su barrio con un look deportivo en tonos grises.
La empresaria posó con un pantalón de jogging de algodón y un top al tono, una combinación cómoda para una jornada al aire libre. Sobre la imagen escribió “Doming fit”, junto a un emoji vinculado al entrenamiento, y dejó ver una de las rutinas que suele sumar a sus fines de semana.
La publicación llegó después de varios días de actividad intensa entre las grabaciones del ciclo culinario de Telefe, sus compromisos laborales y las situaciones que atraviesa en el plano personal. Esta vez, Wanda eligió una escena cotidiana, lejos de las cocinas y de los cruces televisivos que protagonizó durante la semana.
La caminata por Nordelta expuso un costado que la conductora comparte con frecuencia en sus plataformas: los momentos de ejercicio, las salidas al aire libre y el cuidado de su imagen. Sin grandes producciones, la foto se centró en el look deportivo y en el paisaje de su barrio, bajo un cielo despejado.
Durante las últimas emisiones de MasterChef Celebrity, Nara quedó en el centro de varias situaciones que trascendieron la competencia. Una de ellas involucró a Grego Rossello, participante del programa, con quien mantiene un intercambio de chicanas y comentarios al aire.
En una de las dinámicas del certamen, el humorista afirmó que estaba enamorado de la conductora. La declaración surgió mientras Wanda recorría las estaciones de cocina y bromeaba con los concursantes. Más tarde, cuando Rossello presentó su plato ante el jurado, ella le preguntó qué esperaba lograr dentro de la competencia.
“Durar, aprender realmente”, respondió el participante. La conductora interpretó esa frase en clave de broma y le marcó que esperaba otra respuesta. “No, pensé que ibas a decir conocerme a mí. Gracias, Grego, te podés ir”, lanzó Wanda, ante las reacciones de sus compañeros.
Rossello sostuvo el juego y, ya desde el detrás de escena, dejó abierta la posibilidad de un futuro encuentro. “Y si puede pasar algo con Wanda, ¿por qué no? Pero no me voy a regalar, que lo diga ella”, expresó. El ida y vuelta se sumó a una serie de mensajes y bromas que ambos trasladan desde las redes sociales hacia el programa.
La presencia de Wanda en el ciclo también reactivó su vínculo público con Maxi López, padre de sus tres hijos varones. La expareja compartió una imagen juntos en un living, con un mate de por medio, pocos días después de un cruce televisivo relacionado con el certamen.

Todo comenzó cuando Nara contó que, durante la edición anterior, López le enviaba capturas de las conversaciones privadas de los participantes cuando hablaban de ella. “El año pasado mi ex me mandaba los screenshots cuando hablaban mal de mí”, dijo la conductora durante una grabación.
Consultado por esa confesión, el exfutbolista respondió con humor. “¿Todavía le creemos?”, señaló en una nota para Cortá por Lozano. Luego, Wanda publicó una foto con él y escribió “Reconciliados”, mientras que López respondió: “Vamos por nuestros hijos Solange”, con un emoji de brazo flexionado.
La relación entre ambos mantiene una dinámica cordial, especialmente en todo lo vinculado a Valentino, Constantino y Benedicto. Maxi acompañó a los chicos en sus actividades deportivas durante los últimos meses, mientras Wanda alternó sus compromisos profesionales con distintos viajes y apariciones públicas.
En ese contexto, el domingo fit funcionó como una pausa dentro de una agenda cargada. Wanda volvió a elegir sus redes para mostrar una postal personal y simple: ropa deportiva, una caminata por Nordelta y un rato al sol antes de encarar una nueva semana de trabajo.
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CHIMENTOS
Qué ver en Netflix: la miniserie de 10 episodios que está entre lo más elegido de este domingo

No todas las historias necesitan horas para dejar huella, y El tiempo que te doy es la prueba perfecta. Esta miniserie de Netflix apuesta por un formato distinto, donde cada minuto cuenta y cada emoción se siente con más intensidad.
La producción tiene 10 episodios de apenas 13 minutos cada uno, una estructura poco habitual que permite verla completa en poco más de dos horas. Esa brevedad no le juega en contra: por el contrario, es uno de sus mayores aciertos.
La trama sigue a Lina, una joven que intenta reconstruir su vida después de una ruptura amorosa que la marcó profundamente. A partir de ese punto, la historia se mete de lleno en su proceso personal, entre recuerdos, decisiones y nuevas experiencias.
Uno de los aspectos más interesantes es cómo se cuenta el relato. La serie alterna constantemente entre el pasado y el presente, mostrando no solo lo que fue esa relación, sino también lo difícil que resulta soltarla y seguir adelante.
LA MINISERIE DE NETFLIX, IMPERDIBLE PARA VER ESTE DOMINGO
Lejos de grandes giros o escenas exageradas, la ficción se apoya en lo cotidiano de Netflix: momentos simples, conversaciones y silencios que reflejan el duelo emocional de la protagonista. Esa cercanía es lo que genera una conexión directa con el espectador.
El formato breve también marca el ritmo. No hay escenas de relleno ni tiempos muertos: cada episodio suma una pieza más al proceso de Lina, manteniendo la historia dinámica y fluida de principio a fin.
Con un enfoque íntimo y una narrativa diferente, El tiempo que te doy se convierte en una opción ideal para quienes buscan algo corto en Netflix pero significativo. Una miniserie que demuestra que, a veces, las historias más simples son las que más llegan.
Netflix
CHIMENTOS
Daniela Christiansson habló sin filtro sobre Wanda Nara y los celos por Maxi López a días de mudarse al país

A pocos días de regresar a la Argentina, Daniela Christiansson respondió preguntas sobre su relación con Maxi López, el vínculo de él con Wanda Nara y la crianza de sus hijos. A través de una caja de consultas en sus historias de Instagram, la pareja del exfutbolista también se refirió a los rumores de separación, a la dinámica de una familia ensamblada y a la ayuda que recibe durante los períodos de distancia.
Una de las inquietudes que recibió apuntó a la relación entre Maxi López y Wanda Nara, con quien él comparte a sus tres hijos mayores. “No te da celos maxi y Wanda? o cómo manejas la situación? yo no sé si me la aguantaría…sos hermosa”, le escribió una seguidora.
“No me meto. Lo manejan ellos. No puedo entender la relación entre dos personas que tuvieron hijos juntos porque, nunca me pasó. Me parece que la relación que tienen ahora es la mejor manera de llevar las cosas”, contestó.

La convivencia entre los hijos de la pareja y los tres chicos que López tuvo con la conductora también apareció entre las consultas. “Daniiii cómo son tus hijos con los hijos de maxi?”, le preguntaron. La respuesta fue concreta: “¡Los aman! Están locos por sus hermanos mayores ❤️”.
La cercanía del regreso a Buenos Aires atravesó varias de las respuestas. En una de ellas, una usuaria quiso saber cuándo volvería a la Argentina. Daniela reveló que ya terminó una etapa de organización en Suiza y que el viaje está próximo. “Ya estamos para volver en los próximos días! 🇦🇷❤️ Justo terminé con la mudanza acá en Suiza 😮💨”, expresó.
Otra seguidora le consultó cómo enfrenta la separación física de su pareja. “Es cuestión de costumbre ?”, decía el mensaje. Christiansson describió el costo emocional de esa rutina y adelantó que la distancia llega a su fin. “Sí, exacto. Aunque cada vez que pasamos tiempo juntos, se nos parte el corazón cuando llega el momento de separarnos. Pero ya estamos llegando al final de este período y pronto vamos a volver a vivir todos juntos ❤️”.

La misma situación surgió en otra pregunta, esta vez ligada a la organización de los días con sus hijos. “¿Cómo sobrellevás estar tanto tiempo separada de tu esposo? ¿Quién te ayuda con los niños?”, consultó una usuaria. Daniela explicó que ambos buscan mantenerse cerca pese a la distancia y detalló cómo estructura sus tareas cotidianas.
“No es fácil, pero tratamos de acompañarnos y estar muy presentes a pesar de la distancia. Y por el resto, me organizo y pido ayuda. Trato de estar con mis hijos durante el día y hago la mayoría de las cosas cuando duermen. Tengo a mi familia muy cerca y, durante los primeros 6 meses de vida de Lando, tuve una chica viviendo con nosotros que me ayudó muchísimo. ❤️”, relató.
También habló de cuánto extraña a López. Ante la pregunta “¿Extrañas a Maxi?”, eligió una respuesta breve y afectuosa: “¡Muchísimo! Ni él sabe cuánto. Es mi ancla”.

La familia de Christiansson forma parte de este período previo a la mudanza. Una persona le preguntó si sus padres ya conocen la Argentina y qué opinan del cambio. Ella contó que todavía no viajaron al país, aunque su madre la acompaña ahora y su padre planea visitarla durante las fiestas.
“Todavía no. Mi mamá me acompaña ahora y mi papá va a venir para las fiestas. Están felices por nosotros, de que por fin estemos todos reunidos, aunque también están tristes de no tenernos más al lado. Pero bueno, es normal”, señaló.
La posibilidad de ampliar la familia tampoco quedó afuera de la ronda de preguntas. “Te gustaría tener más hijos?”, consultó una seguidora. Christiansson sostuvo que está conforme con la familia que forman y mencionó que López ya es padre de cinco chicos. “Estoy muy feliz así. Maxi ya tiene 5 y la verdad es que a veces me da mucha pena no poder dedicarles más tiempo a cada uno... el típico mommy guilt (culpa de madre). Así estamos perfectos. Aunque amo tener hijos y amo ser mamá”, respondió con varios emojis de corazón rojo y carita feliz.

Por último, negó dos versiones que circularon alrededor de su vínculo con el exdelantero. Primero, cuando le preguntaron si había salido con otro futbolista, contestó tajante: “No. Antes de conocer a Maxi, sabía muy poco sobre el mundo de los futbolistas”.
Luego, una usuaria fue directa con los rumores de ruptura: “Es verdad lo que dicen en las redes que estás separada de maxi??”. La respuesta de Daniela fue terminante: “Es todo mentira”.
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