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La agenda de una mujer muerta desata preguntas sobre la fe y el misticismo en pleno Constitución

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Carla Maliandi sitúa Hotel Cosmos en Constitución, donde un hombre encuentra la agenda de su esposa muerta poco antes y se enfrenta a una serie de citas ambiguas. El cuaderno abre preguntas sobre la fe, el misticismo y una posible revelación.

Maliandi nació en 1976 y es dramaturga, escritora, directora teatral y docente. Estudió en la Universidad Nacional de las Artes, donde actualmente dicta clases en la licenciatura en Artes de la Escritura.

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La novela retoma la incertidumbre sobre el lugar que cada persona ocupa en el universo y la dificultad de conocer a los demás. Es el tercer libro de la autora, después de La habitación alemana, publicada en 2017, y La Estirpe, de 2021. La primera fue traducida al inglés, alemán, francés y portugués; la segunda integró el Mapa de las Lenguas, fue traducida al portugués y será publicada por New Directions de Nueva York.

Infobae Cultura publica un fragmento:

I

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Desde mi ventana del hotel se ve el techo de la estación. Más atrás, muchas calles y edificios más atrás, existe una terraza en la que una mañana de diciembre regué unos ficus, corté un salamín antes de almorzar y dije a mi esposa: este es el día más feliz de mi vida. ¿Lo dije o lo pensé? Lo dije, y un instante después sentí vergüenza. Ella no me escuchó o fingió no escucharme. En todo caso no respondió nada. El clima de esa mañana cambió de pronto. Mi ánimo se nubló como el cielo. Ella propuso que mejor entráramos, que estaba por largarse a llover. Levantamos los vasos, la botella de vino, la panera, los platos, los cubiertos. Armamos la mesa adentro y mientras terminábamos el almuerzo recordó que había quedado ropa colgada en la terraza.

Siempre pensé que a nosotros nos pasaban cosas que a los otros no. Buenas y malas.

Esa vez fue mala.

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Mi esposa me dejó hablando solo en la mesa, volvió a la terraza en medio de la lluvia y mientras descolgaba una de sus camisas preferidas, un rayo le cayó encima y la mató.

Pasaron varios meses desde ese día y pasaron muchas cosas en todas partes, pero en mi vida todo se detuvo. Cambiará el universo pero yo no, escribí una tarde en una libretita que había sido de ella. Arranqué la hoja y la pegué con un imán a la heladera. Volví a fumar, después de diez años de haber dejado. Conseguí una licencia por duelo y casi no me moví más de casa, salvo por las salidas al kiosco a comprar cigarrillos. Ya nada me importaba nada. Excepto una cosa que me taladraba el cerebro y a la que no podía ser indiferente por más que quisiera. En el lapso de esos meses, frente a mi departamento, abrieron un Supermercado Express, uno de esos mercaditos de cadena europea, que mantenía andando sus heladeras a fuerza de un generador eléctrico encendido las veinticuatro horas. Una especie de turbina de avión que me trepidaba los nervios de día y de noche.

Es el estado de duelo que empeora todo, no puede ser tan terrible, date tiempo. Algo así me decían cuando me quejaba del problema con algunos pocos amigos. Los días eran malos y las noches eran peores. Buscaba a mi esposa en su lado del colchón, la buscaba sabiendo que no estaba, la buscaba para acurrucarme en el vacío y llorar hasta dormirme. Pero el zumbido del mercado me descomponía, me distanciaba de la melancolía, del llanto y del sueño.

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Cuanto más esfuerzo se hace por dormir peor es. En esas noches de insomnio habría que renunciar al descanso; simplemente levantarse, preparar el desayuno, aunque afuera esté oscuro, y pensar lo que se va a hacer en el día. Yo solo deambulaba sin rumbo dentro de casa. Me llevaba por delante los muebles y sus cosas desparramadas por todas partes. Durante su vida, mi esposa juntó una cantidad enorme de papeles, libros y objetos. Y guardó papeles, libros y objetos de los muertos de su familia. Restos de otras casas en mi casa. Cosas, más perdurables que sus dueños, con las que yo ahora tropezaba. Objetos que solo conseguían recordarme, sin maldad, que de las maneras más obvias o menos pensadas todos vamos a morir. Cajas sin abrir con pertenencias de sus padres y sus abuelos, infinidad de cuadernos, infinidad de libros, también en inglés, en alemán, en italiano, cassettes de audio, discos, cuadros con firmas indescifrables, partituras, fotos de todas las épocas, un baúl, otro baúl, un cofrecito con anillos, collares enredados, pulseras y una crucecita suelta. Una crucecita de plata que supuse habría sido de mi esposa, tal vez de su primera comunión, y que su madre atesoraba. Lo supuse porque tenía su nombre en el centro: FRANCA. La imaginé a sus diez años agarrando esa cruz con sus manos chiquitas y húmedas. Me quedé mirando las letras grabadas en el metal, leyendo y repitiendo su nombre en voz alta. Franca…, mi amor. Franca… perdida para siempre.

Casi nunca nos llamábamos por nuestros nombres, excepto las pocas veces que estuvimos enojados. Franca es un nombre con una carga enorme. Podía haberse llamado Mariana, Paula, Valeria o alguno de esos nombres de su generación que no pretenden nada. Al llamarla así, la obligaron para siempre a la sinceridad. No sé si por su nombre o por cómo era nuestra vida juntos, no podía tolerar que Franca me ocultara algo o me mintiera. Hablamos de eso alguna vez. O más de una vez. No mientas, Franca. Lo dije, por ejemplo, una noche bajo la niebla. Uno de los momentos más incomprensibles de nuestra vida juntos, y que ahora vuelve a mi memoria todo el tiempo. La había llamado toda la tarde sin respuesta y cuando por fin, ya casi de noche atendió, parecía agotada. Le pregunté dónde estaba y si estaba bien. Sentada, me dijo, descansando.

¿Dónde?, volví a preguntar.

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En el banco de una plaza.

¿Qué plaza?

La Plaza España.

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Le pedí que me esperara y fui a buscarla. Yo sabía que esa plaza había sido uno de los territorios de su infancia. Me había contado esas escenas de su pasado cientos de veces: los mediodías volviendo del colegio, las tardes aprendiendo a andar en bicicleta mientras su padre leía abstraído, sentado en alguno de esos bancos. Esa plaza era el epicentro de una geografía poblada por talleres mecánicos, fábricas abandonadas, antiguas mansiones en ruinas, prostíbulos y manicomios. Tomé el subte hasta Constitución y caminé por las calles desiertas que hay al costado de la estación. El sol iba desapareciendo atrás de los árboles y las cúpulas oxidadas de los edificios. Entré a la plaza por un camino de asfalto bordeado de jacarandás y lapachos enormes. Solo se escuchaban mis pasos y lejos, la bocina de un tren. Una estatua interrumpía el camino: un hombre desnudo, tendido, con un escudo entre las manos, un gladiador de piedra que yacía herido junto a su espada. Unos metros atrás, en uno de los bancos, estaba Franca. Sus ojos me miraron sin terminar de enfocar. Le pregunté qué estaba haciendo ahí y por qué no me había atendido el teléfono.

Estaba caminando.

¿Cómo caminando?, ¿por acá?

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Sí.

El día se había apagado y la noche empezaba a cubrir los árboles, el pasto, las estatuas y a nosotros mismos con una bruma densa. Yo repetía las preguntas como si al repetirlas pudiera evitar el espanto que me iba creciendo adentro.

¿Por acá?, ¿toda la tarde?

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Sí.

No mientas, Franca.

La escena era tétrica. Ella tenía un vestido negro que no le había visto nunca, demasiado liviano para el frío que hacía. Su cara estaba rara, maquillada, parecía otra persona, murmuraba palabras como si pensara en voz alta.

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Esto es una cosa de locos, entendí que dijo.

¿Qué cosa?

Este mundo.

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Después se quedó callada mirando el cielo y me preguntó muy seria si yo alguna vez había intentado dimensionar el tamaño del cosmos.

¿Cuál cosmos?

El cosmos, dijo, el espacio allá arriba, todo lo que nos rodea.

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Miré ese cielo plomizo, grisáceo. No sé, infinito, contesté y volví a preguntarle qué le pasaba, qué había estado haciendo toda la tarde.

Estuve pensando en eso, en todo eso… Me contestó con los ojos llorosos.

Su expresión me descolocó, me dio un poco de risa, quizás por nervios. Le pregunté qué cosa quería decir con eso, si era un chiste, pero ella estaba más seria que nunca. Y entonces me dio miedo. Bajé la cabeza y después volví a mirarla. No era tristeza lo que veía en ella, sino una especie de lucidez demasiado grande para caber en su cara. Una lucidez para la que no estaba preparada. También pensé que podía estar pasada de agotamiento o peor: que algo dentro de ella había cedido. Que los duelos, las pérdidas y todos los golpes de los últimos años, a los que siempre había respondido con un humor improbable habían terminado por quebrarla.

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Tal vez yo tenía que abrazarla o decirle algo que la animara, pero cualquier palabra me parecía ridícula ante la magnitud invisible de lo que estaba pasando. Insistí con las preguntas, quería sacar algo en limpio y quedarme tranquilo. Ella seguía absorta en sus pensamientos, posaba su mirada en la espalda desnuda del gladiador, en sus piernas talladas, su espada, en las sandalias romanas esculpidas sobre los pies de piedra. Mis palabras rebotaban en su ensimismamiento. Después de un rato sin saber qué hacer, resolví que lo mejor era buscar un taxi, volvernos a casa y cambiar de tema.

De pronto, solo y atontado por el insomnio, recordé ese momento que había decidido borrar de mi memoria. Deambulé por la casa con la crucecita en la mano, nervioso, como si todavía pudiese interrogarla y entender qué le estaba pasando.

El ruido del motor me desconcentró y mis ideas volvieron a desordenarse. Salí al balcón y parado frente al mercado grité algún insulto. Un perro en un balcón cercano salió a ladrar más fuerte que yo y después se puso a aullar. Me callé. Quedé quieto y agotado. Proyecté algo que nunca me animaría a hacer: armar una molotov, lanzarla de madrugada y volar ese motor con todo lo que lo rodeaba. Motor, mercado, vecinos, perros. Con el puño cerrado estiré el brazo calculando mi puntería, detenido un instante en ese gesto. Estar despierto a esa hora, solo, planeando un atentado, parecía la vida de otro, una película o una alucinación. Salí de ahí, cerré el balcón y de nuevo adentro busqué algún reservorio de calor en la cama. Puse la crucecita de plata en la almohada vacía y esperé a que el sueño me venciera.

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¿Cómo podían los vecinos dormir con ese ruido? ¿Ya lo habían aceptado, se habían rendido antes de ni siquiera quejarse? Sin salir de casa y hundido por el sueño, hice por teléfono todas las denuncias posibles a todas las instituciones, entidades y oficinas que pudieran responsabilizarse. Pero no tenía esperanzas de que el asunto se resolviera y cada día se arrastraba detrás del otro sin novedades.

Los pensamientos del insomnio no se parecen a los de la vigilia ni a los del sueño. Se amontonan sin dirección ni gracia. Los minutos hacen presión sobre los ojos abiertos, se van acumulando uno más pesado que el otro. En la oscuridad de la habitación la mirada no apunta a ningún lado, se clava en un rincón del techo y se vuelve hacia adentro. Y el adentro, en el insomnio, suele ser un lugar pantanoso de pensamientos sin forma sobre deudas, culpas, arrepentimientos. Una enumeración de pérdidas y de sentimientos contradictorios que flotaban en el ruido.

Las noches más lúcidas repasaba nuestro último día juntos. Nuestras conversaciones, todos nuestros gestos. Arrancaba y volvía a empezar. Tenía que haber algo. Algo atrás de los movimientos y de los gestos, algo atrás de las palabras y de la fachada de las cosas, algo que expusiera cómo es todo realmente, cómo es el mundo: una cosa de locos, como había dicho Franca. Una cosa sin sentido, como pensaba ahora yo.

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Esa mañana en la terraza, cuando dije este es el día más feliz de mi vida, en realidad quise decirle que la amaba. Quise decirle que cuando la miraba podía ver en su cara todas las edades que había tenido y todas las que todavía estaban muy lejanas en el futuro. Y que todas me gustaban. Después, en el almuerzo, hablé mucho para llenar el silencio. Conté anécdotas que ella ya conocía, expliqué por qué el vino que estábamos tomando era igual de bueno que otro de la misma bodega que costaba la mitad, y seguí mi discurso, un monólogo apenas interrumpido por ella para asentir cada tanto a mis afirmaciones, a las razones, muchas y contundentes, por las que yo encontraba que era fatídico el rumbo que llevaba la economía en nuestro país y las diversas maneras en que nos arrastraría a la ruina. A veces pienso que cuando le hablaba lo que en realidad hacía era sostenerme en su mirada para pensar, para escucharme a mí mismo, para clasificar mis ideas, confrontar mis lecturas y enriquecer mis recuerdos. ¿Cuánto le importaba a ella realmente lo que le decía? Yo sabía que detrás de su expresión atenta muchas veces su pensamiento vagaba por lugares remotos hasta perderse.

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Pope Leo denounces death penalty as ‘inadmissible’ ahead of Pentagon’s planned livestreamed execution

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NEWYou can now listen to Fox News articles!

Pope Leo XIV condemned the death penalty as «inadmissible» as the Pentagon faces criticism over plans to livestream an execution later this year.

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Leo, the first American pope, shared his opposition to capital punishment Saturday in a social media post marking World Day Against the Death Penalty.

Citing Catholic doctrine revised under his predecessor, Pope Francis, Leo emphasized that the death penalty violates human dignity.

«The death penalty is inadmissible because it is an attack on the inviolability and dignity of the person. The common good can be safeguarded and the requirements of justice can be met without recourse to capital punishment: effective systems of detention have been developed that protect citizens while at the same time do not completely deprive those who are guilty of the possibility of redemption,» Leo wrote on X.

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«#NoDeathPenalty,» he added in the post.

VETERAN SHOT 7 TIMES IN FORT HOOD MASSACRE HAS A WARNING FOR AMERICANS PLANNING TO WATCH EXECUTION

Pope Leo XIV condemned the death penalty as «inadmissible» after the Pentagon announced unprecedented plans to livestream an execution later this year. (AP Photo/Gregorio Borgia)

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In 2018, Francis revised the Catholic Church’s official position on capital punishment, declaring the death penalty «inadmissible» in all circumstances.

«Consequently the church teaches, in the light of the Gospel, that the death penalty is inadmissible because it is an attack on the inviolability and dignity of the person,» the revised Catechism states.

Before the change, Catholic teaching permitted the death penalty in cases where it was deemed the only effective means of protecting human life from a dangerous offender.

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Earlier popes had maintained that exception, though Pope John Paul II increasingly advocated ending capital punishment, stressing that those convicted of crimes retain their human dignity.

Although Leo did not specifically mention the U.S. government’s plans in his statement, his post comes after the Pentagon announced on Thursday that it had scheduled a firing squad execution for a man convicted of a mass shooting at a military base.

Nidal Malik Hasan, a former Army psychiatrist, was convicted of killing 13 people and wounding 32 others in a 2009 shooting at the Fort Hood military base. He is set to be executed at Fort Hood on Dec. 3, which would make him the first person to be executed by firing squad by the U.S. military since 1945.

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Nidal Malik Hasan

Nidal Malik Hasan, a former Army psychiatrist, was convicted of killing 13 people and wounding 32 others in a 2009 shooting at the Fort Hood military base. (REUTERS/Uniformed Services University of the Health Sciences/Handout)

President Donald Trump said on Saturday he had not yet decided whether to allow the livestream plan, pushed by Pentagon chief Pete Hegseth, to move forward.

Vice President JD Vance, who is a Catholic, expressed skepticism about whether the Pentagon would proceed with a public execution. He said he would not watch the livestream if it were carried out.

Several lawmakers, including Republicans, have spoken out against plans to broadcast the execution.

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CHRISTA PIKE DISCHARGED FROM HOSPITAL, RETURNED TO PRISON AFTER BOTCHED EXECUTION, ATTORNEYS SAY

«Public executions are what oppressive dictatorships like Iran and Afghanistan do,» Sen. Thom Tillis, R-N.C., said on Thursday. «It should not be happening in America.»

Cardinal Pietro Parolin, the Vatican secretary of state, criticized the proposed broadcast, calling it «truly incomprehensible» and warning that it was «unacceptable to turn death into a spectacle.»

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«The Church’s position is one of total opposition to the death penalty; it is incompatible with human dignity and serves as no deterrent,» Parolin told reporters on Friday. «It is truly incomprehensible that anyone would want to use this system today — I don’t know for what purpose. It is certainly unacceptable to turn death into a spectacle; even if the person is guilty, of course, there are other methods.»

President Donald Trump and War Secretary Pete Hegseth

President Donald Trump said on Saturday he had not yet decided whether to allow the livestream plan, pushed by Pentagon chief Pete Hegseth, to move forward. (Aaron Schwartz / AFP via Getty Images)

He added that the death penalty «is incompatible with human dignity and does not serve as a deterrent.»

The head of the U.S. bishops conference, Archbishop Paul Coakley, expressed «shock» and «great sorrow» about the public execution plan and urged the U.S. to reconsider.

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«In no way can Hasan’s actions be condoned but this decision is a barbaric promotion of a culture of death and must be reconsidered,» he said in a statement on Friday. «The public execution even of one who has done grave harm will only further undermine the moral fabric of our nation and be a blight on the conscience of its people.»

Leo’s statement also did not mention the botched lethal injection of Christa Gail Pike in Tennessee. Pike survived the attempted execution despite two doses of pentobarbital being administered late last month.

The Associated Press and Reuters contributed to this report.

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De “Romeo y Julieta” a “Los Bridgerton”: por qué el amor romántico no siempre fue lo que el cine nos hizo creer

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Solemos pensar que las emociones son universales. Que el amor, el miedo, la alegría o el duelo han formado parte de nuestra experiencia desde siempre. La idea tiene una parte de verdad, dado que sentimos con un cuerpo y un cerebro desde que somos humanos. Ya entre los neandertales hay evidencias de sensibilidad entre los individuos, por cómo se cuidaban unos a otros o enterraban a sus congéneres.

Sin embargo, eso no basta para explicar cómo reconocemos una emoción, qué palabras usamos para nombrarla o cuándo es legítimo mostrarla.

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La psicología estudia sus componentes biológicos y cognitivos, pero la historia de las emociones observa cómo cada sociedad crea las normas, los vocabularios y los modelos de conducta que sirven de marco de referencia para las experiencias individuales y colectivas. Hace unos 250 años, la idea de casarse por amor resultaba inconcebible, puesto que los enlaces eran decididos por estrategias familiares. Hoy en día lo que a muchos les resulta impensable es, por contra, un matrimonio sin amor.

Desde esta perspectiva, sentir no es solo una reacción privada, es también una práctica aprendida, en el hogar y también en la sociedad. Para comprender nuestra sensibilidad presente –marcada por la intimidad y la expresión de los sentimientos– conviene preguntarse cómo se sentía en otros tiempos.

Hace unos 250 años, la idea de casarse por amor resultaba inconcebible, puesto que los enlaces eran decididos por estrategias familiares (Imagen Ilustrativa Infobae)

Del antiguo Egipto a la sensibilidad moderna

Las imágenes del pasado no son una ventana transparente a la vida interior, pero permiten conocer los lenguajes con los que una sociedad representaba los afectos.

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En el Egipto de Akenatón (1353-1336 a. e. c.) se desarrolló el llamado arte del periodo amarniense. En sus representaciones, se mostraba a la familia real con una cercanía poco habitual en la otras etapas de ese imperio en clases altas: Nefertiti, el soberano y sus hijas aparecen juntos y se muestran afectuosos.

Por supuesto, no podemos deducir que todas las familias egipcias se relacionasen así. Las representaciones a las que nos referimos cumplían funciones políticas y religiosas, pues presentaban a la familia real como núcleo del nuevo culto. Pero lo que sí revelan es que la intimidad familiar podía convertirse en un lenguaje público de legitimidad y afecto.

Un altar doméstico en el que aparecen Akenatón, Nefertiti y tres de sus hijas (Museo Egipcio de Berlín)

Organización moral

Durante la Edad Media y la Edad Moderna, el cristianismo no eliminó las emociones ni las redujo a una lucha contra las pasiones. Las organizó dentro de distintos ideales morales. La compasión, la caridad, el amor al prójimo, el arrepentimiento o la devoción podían considerarse virtuosos, mientras que la ira, la envidia o el deseo desordenado debían gobernarse.

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Tampoco existió un único modelo emocional cristiano. Como en otras épocas, los distintos grupos sociales valoraron los afectos de maneras diferentes. El amor cortés, difundido en la literatura aristocrática desde el siglo XII, idealizó el servicio hacia una dama, pero no describía necesariamente las relaciones cotidianas ni sustituyó los intereses familiares y patrimoniales de muchos matrimonios.

Romeo y Julieta, los personajes de la tragedia de Shakespeare –escrita a finales del siglo XVI pero ambientada en la Edad Media–, habrían sido un pésimo ejemplo de obediencia familiar… aunque fueran un material literario excelente. La negativa de ambos a someterse a los deseos de sus padres, enemigos del alma, y seguir adelante con su romance no casa bien con las costumbres de la época.

No obstante, hay que tener presente que el consentimiento y el afecto también podían formar parte de la unión conyugal. No conviene imaginar un pasado sin amor frente a un presente que lo ha inventado, aunque ese afecto, sin duda, se moviera por coordenadas diferentes a las actuales.

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Más afinidades personales

En el siglo XVIII, la Ilustración tampoco opuso, sin más, la razón al sentimiento. Junto al ideal de dominio de uno mismo se desarrolló una cultura de la sensibilidad que valoraba la simpatía, la compasión, la amistad, la capacidad de conmoverse… aunque esos vínculos no estuviesen al nivel de los de los protagonistas de Friends, todo sea dicho. La expansión de la lectura, la correspondencia y la novela ofrecieron nuevos espacios para examinar la vida interior.

A finales de ese siglo y durante el XIX ganó fuerza el ideal de una pareja basada en la elección personal, la afinidad y el amor, aunque convivió con obligaciones económicas, familiares y de clase. El Romanticismo convirtió la pasión y la autenticidad individual en temas centrales de sus obras, pero el “amor romántico” fue un modelo social más amplio que no debe confundirse con el movimiento cultural.

Friends (Créditos: Instagram/Friends)

Estos cambios no siguieron una línea recta desde la represión hasta la libertad emocional. En cada época convivieron grupos con normas distintas. Solemos llamar “marcos emocionales” a los vocabularios, expectativas y reglas que enseñan qué se debe sentir, cómo puede expresarse y qué reacciones se consideran apropiadas en cada momento. No determinan mecánicamente la experiencia individual, pero influyen en ella.

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Cuando el presente interpreta el pasado

Todo esto plantea un problema a las películas y series históricas: para que un personaje resulte comprensible para el público actual, las obras suelen tener que traducir el pasado a nuestro lenguaje sentimental.

Es difícil olvidar a Máximo Décimo Meridio lamentándose por la muerte de su esposa y su hijo y jurando venganza contra quienes se los arrebataron. La pérdida y la ira no son anacrónicas, pero Gladiador las ordena según el modelo moderno del héroe individual, definido por su familia nuclear y por un duelo íntimo. Si bien en los epitafios romanos se reflejaban las relaciones de la familia nuclear, en este periodo el duelo era un evento público que involucraba a toda la sociedad, no solo a aquellos afectados directamente por la pérdida.

Las adaptaciones de Mujercitas, en cambio, parten de una novela escrita en el siglo XIX y presentan un repertorio afectivo en el que el cariño entre hermanas, el deber familiar, la ambición artística y el matrimonio se negocian constantemente. Las versiones cinematográficas pueden acercar a las protagonistas a nuestra sensibilidad, pero el conflicto entre deseo personal y obligación está en la obra original.

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Titanic utiliza una relación entre jóvenes de clases opuestas para contraponer el matrimonio como alianza social (entre Rose y Cal, de alta cuna) a la elección amorosa (la de Rose por Jack, que viaja en tercera clase). El conflicto era reconocible en 1912, aunque la película lo intensificase mediante valores de finales del siglo XX como la autorrealización y la ruptura individual con las expectativas familiares. El iceberg, al fin y al cabo, no es el único obstáculo entre la pareja de amantes de Jack y Rose.

Los Bridgerton actualiza de manera todavía más explícita la época de la Regencia. La narrativa de la serie combina sus códigos de reputación, cortejo y matrimonio con diálogos y formas de intimidad pensados para el público del siglo XXI. Aunque Jane Austen ya exploró la tensión entre prudencia, posición social y sentimiento de la época, sus personajes expresaban sus emociones de manera más indirecta. En la serie, los silencios y rodeos dejan paso con frecuencia a declaraciones mucho más cercanas a las nuestras.

'Los Bridgerton'

Un espejo del presente

Una obra histórica, por tanto, no tiene que elegir únicamente entre rigor y anacronismo. Puede conservar algunas normas emocionales del periodo y actualizar otras para producir cercanía, humor o entretenimiento.

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El problema aparece cuando presenta nuestros ideales como si hubieran funcionado igual en cualquier época. La ambientación puede ser rigurosa en los vestidos y los decorados, pero en las emociones casi nunca lo es. Sus nombres, valores y formas de expresión se aprenden y cambian. No son monolitos ni simples disfraces culturales, sino experiencias a la vez biológicas y sociales.

Por eso, cuando el cine y la televisión miran al pasado, no solo reconstruyen cómo pudieron sentir otras personas: también nos muestran cómo sentimos nosotros.

Fuente: The Conversation

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At least 139 migrants dead, 84 missing after overcrowded boat capsizes off Djibouti

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At least 139 migrants, including 15 children, died when a boat carrying more than 300 people capsized off the coast of Djibouti, according to the United Nations’ migration agency.

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The vessel was carrying 305 people from Djibouti toward Yemen when it capsized Thursday night or early Friday near Guhere, north of Obock, the International Organization for Migration (IOM) said Sunday.

At least 84 people remained missing as of Sunday, while more than 80 survived. All of the survivors were Ethiopian nationals, according to the agency.

«No one gets into a boat like that unless they believe there is no other safe way,» IOM Director General Amy Pope said in a statement. 

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DRAMATIC FOOTAGE SHOWS ALLEGED NARCO BOAT ERUPT IN FIREBALL DURING US MILITARY STRIKE

At least 139 migrants, including 15 children, died when a boat carrying more than 300 people capsized off the coast of Djibouti. (Alexandre Coissac/IOM via AP)

«We cannot keep treating these deaths as normal. Safe and legal pathways save lives. I am asking governments and donors to act before the next boat goes down,» Pope added.

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The confirmed death toll includes only victims buried by authorities in Djibouti and could rise as additional bodies are verified, IOM Chief of Mission in Djibouti Alexandre Coissac told The Associated Press.

Some victims were buried by fellow migrants but will not be added to the official count until authorities can verify the bodies, the outlet reported.

BOATER WAS DRUNK, DANCING BEFORE BOSTON HARBOR CRASH THAT KILLED 24-YEAR-OLD FORMER SOCCER PLAYER, DA SAYS

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Migration Djibouti

At least 84 people remained missing as of Sunday, while more than 80 survived. (Alexandre Coissac/IOM via AP)

«What is terrible is that they were buried with no names, in a common grave, like in a war situation,» Coissac said. «They all have a mother, a father, and we may never learn what happened.»

Coissac said the boat sank shortly after departing on the evening of Oct. 8, «mainly because it was overcrowded.»

Survivors were taken to an IOM rescue center in Obock, where they were receiving medical treatment after swallowing seawater as well as psychological support, according to The Associated Press.

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FEDERAL AGENTS INTERCEPT BOAT CARRYING 14 ILLEGAL ALIENS BEFORE UNLOADING IN WEALTHY COASTAL ENCLAVE

Migration Djibouti

The crossing from the Horn of Africa to the Arabian Peninsula is a common but dangerous route for migrants seeking work in Gulf countries. (Alexandre Coissac/IOM via AP)

«They’re all in a state of shock,» Coissac said.

The crossing from the Horn of Africa to the Arabian Peninsula is a common but dangerous route for migrants seeking work in Gulf countries.

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More than 900 migrants died or went missing along the route last year, according to the IOM.

The Associated Press contributed to this report.

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