CHIMENTOS
Alejandra Perlusky, una vida atravesada por la danza, el teatro y los grandes musicales: “El arte puede salvar el alma”

Hay recuerdos que nunca abandonan a un artista. No importa cuántos escenarios haya recorrido, cuántas ovaciones haya recibido o cuántos personajes haya habitado. Siempre existe una imagen que permanece intacta, inmune al paso del tiempo. En el caso de Alejandra Perlusky, esa postal no tiene marquesinas iluminadas, ni telones de terciopelo, ni aplausos interminables. Está mucho más cerca de una placita de Martínez, donde una nena de apenas cinco años caminaba tomada de la mano de su mamá rumbo a una clase de ballet, sin imaginar que esos pasos diminutos terminarían marcando el camino de toda una vida.
En momentos en que transita los últimos días de funciones de Billy Elliot -hasta el 9 de agosto en el Teatro Ópera- hoy, cuando mira hacia atrás, entiende que aquello no era un pasatiempo ni una actividad extracurricular. Era una necesidad. Una forma de habitar el mundo.
“Yo me percibía siempre distinta en el colegio y con mis compañeros. Recién ahora pude entenderlo”, cuenta mientras busca las palabras exactas para describir una sensación que la acompañó durante toda la infancia. Habla de una intensidad emocional difícil de explicar. De una energía que necesitaba encontrar un cauce. Y fue precisamente el movimiento el que le permitió ordenar ese universo interior.
Por eso, cuando escucha la célebre frase de Billy Elliot sobre esa “electricidad” que recorre el cuerpo cuando baila, siente que también está hablando de ella. “Sentía una pulsión muy parecida. En la danza encontré la posibilidad de canalizar una emocionalidad muy potente que tenía como niña. Gracias a Dios pude descubrirlo y llevarlo adelante”.
No es casual que hoy interprete a Mrs. Wilkinson, la profesora que descubre el talento oculto de Billy antes que nadie. Quizá ese personaje la atraviese de una manera tan profunda porque ella misma sabe lo que significa que un adulto vea algo en un chico que todavía ni siquiera entiende quién es.

Las primeras clases llegaron casi naturalmente. El ballet apareció antes que cualquier otra disciplina artística y ocupó durante años el centro de su vida. La disciplina era rigurosa. Había ejercicios, repeticiones, correcciones permanentes y una exigencia que para muchos niños podía resultar agotadora. Para ella, en cambio, era el lugar donde todo cobraba sentido.
Mientras otros chicos soñaban con ser médicos, futbolistas o astronautas, Alejandra ya intuía que su futuro estaba vinculado al escenario: “Nunca pensé la actuación como un hobby. Desde muy chica tuve la convicción de que quería dedicarme a esto. Nunca me imaginé haciendo otra cosa”, recuerda.
Apenas hubo una duda pasajera, casi una travesura del destino. La fascinaban los animales y durante un tiempo creyó que podía estudiar Veterinaria. Pero esa posibilidad desapareció tan rápido como había llegado. “Entendí que para curar a un animal quizás tenía que abrirlo, coserlo, enfrentar situaciones muy difíciles… y ahí se me fueron todas las dudas”, dice entre risas.
Como ocurre en muchas familias, la elección artística despertó más incertidumbre que entusiasmo. Sus padres conocían perfectamente las dificultades de una profesión atravesada por la inestabilidad, los contratos temporarios y la incertidumbre económica. Querían verla feliz, pero también protegida. “Eran personas de una sensibilidad enorme”, rememoró.
Con el tiempo descubriría que, detrás de esos temores, también se escondía una historia personal.Su padre había sido cantor de tangos durante la juventud. Amaba profundamente el arte, pero nunca se animó a convertirlo en profesión. Eligió Medicina. Años después le confesó algo que Alejandra jamás olvidaría: sentía que, de alguna manera, había traicionado ese sueño artístico que siempre había llevado adentro.
Quizá por eso, al principio, la preocupación era inevitable. No querían verla sufrir. No querían que la pasión terminara convirtiéndose en frustración. Sin embargo, hubo una persona que nunca dejó de empujarla hacia adelante: su mamá.
La mujer que la llevó una y otra vez a aquellas clases de ballet frente a la placita de Martínez. La que, sin saberlo, estaba alimentando una vocación que terminaría definiendo toda una existencia. Hoy, varias décadas después, Alejandra sigue emocionándose cuando habla de ella: “Le agradezco enormemente que me haya llevado tantas veces. Es tan importante el arte… puede hacer tan feliz a una persona. Puede salvar el alma, el corazón y ayudar a atravesar un montón de situaciones”.
Durante años creyó que ese camino terminaría exclusivamente en la danza. Pero la vida tenía preparada otra sorpresa. Llegó el momento de presentarse a un seminario de técnica de la danza clásica del Colón. Y su madre dijo ‘no’.
Fue entonces que decidió probar suerte como actriz. No buscaba una revolución. Ni siquiera imaginaba que esa decisión modificaría para siempre su destino. Sin embargo, fue durante una audición cuando descubrió una herramienta que desconocía: la voz. No solamente la capacidad de cantar. También la posibilidad de contar historias desde otro lugar.
Después vendrían las clases de canto junto a Marcelo Velasco y Carlos Vittori, maestros fundamentales para construir un instrumento que, con el tiempo, terminaría convirtiéndose en una de las marcas distintivas de su carrera. Pero, sobre todo, apareció una certeza.

La danza seguía siendo parte de ella. La actuación también. Y la música unía ambos mundos. Sin proponérselo, estaba empezando a recorrer el camino que años más tarde la convertiría en una figura indispensable del teatro musical argentino.
Pasaron los años. Aquella nena que cruzaba una placita de Martínez con un bolso de ballet al hombro terminó convirtiéndose en una artista capaz de emocionar desde los escenarios más importantes del país y del exterior.
Hoy ese escenario es el del musical Billy Elliot. Y mientras el público ocupa lentamente las butacas y el murmullo de la sala reemplaza al silencio de los camarines, Alejandra se prepara para transformarse, una vez más, en Mrs. Wilkinson. La profesora de danza que, en medio de un pueblo atravesado por la dureza, las huelgas mineras y los prejuicios, es la primera persona que se anima a mirar a un chico diferente y decirle, sin rodeos, que su destino puede ser mucho más grande de lo que él mismo imagina.
“Es un rol soñado. Es un personaje súper divertido y muy exigente”, resumió. Pero detrás de esa definición breve hay mucho más. Cada vez que Billy habla de esa “electricidad” que siente cuando baila, Alejandra recuerda inevitablemente a la chica que fue. La niña que tampoco encontraba palabras para explicar por qué necesitaba moverse, cantar o actuar para sentirse completa.
Pero hay otro elemento que vuelve único este trabajo: los chicos. En la mayoría de los espectáculos, los actores construyen una dinámica que se repite noche tras noche. Las escenas adquieren una mecánica casi automática. Los silencios aparecen siempre en el mismo lugar. Las miradas encuentran exactamente el mismo recorrido.

“Lo más inolvidable es trabajar con niños, con elencos rotativos que cambian semana a semana. Es simplemente mágico porque cada noche tengo un Billy distinto, una hija distinta y un grupo diferente de alumnitas. Cada uno tiene su propia emocionalidad, una forma muy personal de sentir y de expresar cada escena. Esa rotación hace que nunca aparezca la rutina. Es una experiencia única que posiblemente no olvide nunca”.
Habla de ellos con la ternura de una maestra y la admiración de una colega. Porque, aunque sean niños, arriba del escenario sostienen una responsabilidad enorme. Entiende que cada uno necesita tiempos distintos, estímulos diferentes y una confianza particular para encontrar su mejor versión.
Y esa búsqueda también genera momentos inolvidables. Como aquella noche en la que una falla técnica puso en riesgo una de las escenas más importantes del musical: “En el momento casi me infarto”, cuenta. En una escena clave, Mrs. Wilkinson se dirige hasta los baños del gimnasio para convencer a Billy de continuar estudiando danza en secreto y preparar la audición para la Royal Ballet School. Todo transcurre normalmente, hasta que deja de hacerlo. El mecanismo que debía abrir los paneles del baño se trabó. Del otro lado quedó encerrado Mateo, uno de los chicos que interpretaba a Billy. Durante algunos segundos nadie supo cómo resolver la situación. El tiempo, sobre un escenario, tiene otra velocidad, cada segundo parece eterno.
“Por suerte Mateo fue muy ágil y encontró una salida alternativa. Lo solucionó enseguida y el público prácticamente no se dio cuenta de nada”. Son esos pequeños accidentes los que terminan construyendo la memoria íntima de una compañía.
Detrás de la perfección que el espectador observa desde la platea existe un universo invisible hecho de nervios, respiraciones compartidas, abrazos antes de levantar el telón y miradas cómplices cuando algo inesperado sucede.

Pero antes de los grandes personajes hay cientos de ensayos en salas diminutas, funciones para pocas personas, audiciones que terminan en silencio y otras tantas en las que alguien pronuncia ese esperado “quedaste”. Alejandra conoce ese recorrido de memoria porque nunca fue una artista fabricada por una moda ni impulsada por la popularidad televisiva. Su carrera se construyó exactamente igual que se construye una obra: escena tras escena.
Después de descubrir que la actuación podía convivir con la danza y el canto, el siguiente paso fue ingresar al Conservatorio Nacional de Arte Dramático. Paralelamente aparecieron las clases de técnica vocal. El teatro musical exige un nivel de preparación poco frecuente: actuar, cantar y bailar al mismo tiempo, con la misma intensidad durante dos o tres horas.
Las primeras oportunidades llegaron en el circuito independiente, ese universo donde muchas veces el presupuesto escasea pero la libertad artística sobra. Allí aprendió una lección que jamás olvidaría: el escenario nunca distingue entre una sala para cincuenta espectadores y un teatro para dos mil. La entrega debe ser exactamente la misma.
Fue en ese ámbito donde comenzaron a aparecer trabajos que llamaron la atención de la crítica especializada. Sally, una farsa, Canciones degeneradas, Berlín, hora cero y Plumas y sangre fueron consolidando una intérprete capaz de moverse con la misma naturalidad entre el drama, la comedia y el musical. No tardaron en llegar los reconocimientos. Por Sally, una farsa obtuvo el Premio Hugo como Mejor Actriz, una distinción que confirmaba lo que muchos dentro del ambiente ya sabían: estaba frente a una artista integral, de esas que podían sostener una obra completa desde el escenario.
Pero el verdadero crecimiento no llegó únicamente a través de los premios. Llegó con los personajes. Cada uno la obligó a correrse un poco más de su zona de confort, cada uno le dejó una herramienta distinta.

Con el tiempo comenzaron a aparecer los grandes títulos del teatro musical argentino. Chicago fue uno de esos desafíos que marcan un antes y un después. Su trabajo le valió una nominación como Mejor Actriz Protagónica en los Premios Hugo. Poco después llegaría Falsettos, completamente diferente, más íntima, más emocional. Otra vez, la crítica destacó su labor y volvió a reconocerla con una nueva nominación a los Hugo.
También hubo lugar para los grandes clásicos familiares: Aladín, Mamma Mia!, Pretty Woman. Producciones enormes, cambios escenográficos permanentes y una maquinaria técnica que convierte cada función en una coreografía perfecta incluso detrás del telón.
En Mamma Mia! interpretó a Tanya, uno de los personajes más queridos del espectáculo. Su desempeño le permitió recibir el premio a Mejor Cantante en los Premios Carlos 2024. Después llegaría Kit De Luca en Pretty Woman, otro personaje completamente distinto, donde volvió a demostrar esa capacidad para cambiar de registro sin perder autenticidad.
Su recorrido también incluyó una de las experiencias más prestigiosas que puede vivir un artista argentino: el Teatro Colón.
Participar de Astor, Piazzolla eterno significó mucho más que sumar un título al currículum, era llegar al escenario más emblemático del país, el lugar con el que sueñan generaciones enteras de músicos, cantantes y actores. Pero el recuerdo más fuerte de aquella noche no está relacionado con el espectáculo, está en la platea. O, mejor dicho, en el final de la función.
Revive la emoción del aclamado espectáculo ‘Astor Piazzolla Eterno’ en el majestuoso Teatro Colón. Un viaje musical y visual a través de la vida y obra del genio del tango, con una orquesta en vivo, cantantes extraordinarios y bailarines apasionados.
Cuando todo terminó y los aplausos comenzaron a apagarse, su padre apareció con un ramo de flores. La emoción fue inmediata. “Me partí en llanto”, recuerda. No lloraba únicamente por el éxito de la función. Lloraba porque comprendía el significado de ese gesto. Su padre, aquel hombre que alguna vez había sentido miedo por su futuro artístico, estaba allí, orgulloso. El mismo hombre que le había confesado que nunca se había animado a seguir su propia vocación como cantor de tangos. “Uno siempre busca la mirada de aprobación de sus padres”, dice. Y esa noche sintió que finalmente había llegado. “Sé que mi papá está muy orgulloso de mí. Cantar Piazzolla en el Colón fue una emoción única para los dos”.
Su carrera, sin embargo, nunca se limitó a la Argentina. Todavía muy joven apareció una oportunidad inesperada: España. Junto a Omar Calicchio emprendió una aventura que, vista con perspectiva, parece casi una locura. Viajaron con Vivitos y coleando para participar de un festival en Madrid, en un momento en que la comedia musical apenas comenzaba a abrirse camino en ese país: “Éramos como extraterrestres”, recuerda entre risas.
Mientras los grandes musicales recién empezaban a instalarse con producciones como My Fair Lady, ellos recorrían salas independientes mostrando un lenguaje escénico que todavía resultaba novedoso para buena parte del público español.
Después llegaría otra experiencia completamente distinta. México. Los Cabos. Allí trabajó como cantante en un exclusivo hotel internacional. Las jornadas eran extenuantes. Cuatro sets diarios. Seis días por semana. Horas y horas cantando frente a un público tan exigente como imprevisible. Entre los huéspedes aparecían algunas de las figuras más conocidas del mundo: George Clooney, Cindy Crawford, Luis Miguel. Celebridades acostumbradas a los mejores espectáculos del planeta.
Sin embargo, lo que más recuerda de aquella etapa no son los nombres. Es la disciplina, la resistencia, el aprendizaje cotidiano: “Me dio un entrenamiento vocal enorme y me enseñó a mantener siempre el mismo nivel, me escucharan o no”.

Años más tarde también llegaría Nueva York. Integrar el ciclo American Songbook, en el Lincoln Center, significó cumplir uno de esos sueños que parecen reservados para unos pocos. Compartir una tradición teatral que inspiró a generaciones enteras de artistas argentinos.
Paradójicamente, después de todos esos viajes, Alejandra siempre termina regresando al mismo lugar: Buenos Aires. Porque es aquí donde eligió construir su carrera, donde el teatro musical pelea función tras función para seguir creciendo, donde continúa creyendo que cada nuevo personaje representa una oportunidad para volver a empezar.
Porque, para ella, el oficio no consiste en acumular personajes, consiste en seguir encontrando, en cada uno de ellos, una nueva forma de conocerse a sí misma.
A pesar de haber recorrido algunos de los escenarios más importantes de la Argentina y del exterior, Alejandra nunca perdió la costumbre de observar lo que sucede alrededor. Mientras muchos artistas se concentran exclusivamente en el próximo estreno, ella suele detenerse a pensar en el lugar que ocupa el teatro musical dentro de la cultura argentina y en los desafíos que todavía tiene por delante un género que, aunque creció enormemente en las últimas décadas, continúa peleando por consolidarse como una verdadera industria.
No habla desde la queja, habla desde la experiencia, desde la mirada de alguien que atravesó casi todos los formatos posibles. Por eso, cuando analiza el presente del musical argentino, evita las frases grandilocuentes y prefiere apoyarse en la realidad cotidiana de quienes viven de este oficio: “El gran desafío es desarrollar una industria que pueda sostener al género”, explica.

Y enseguida aparece la comparación inevitable con Broadway, ese faro al que cualquier artista de teatro musical mira alguna vez. Allí, recuerda, espectáculos como Chicago, Cats o El Rey León permanecieron durante años en cartel gracias a un circuito turístico y cultural que garantiza una afluencia constante de espectadores de todo el mundo.
Buenos Aires, sostiene, todavía está lejos de ese escenario: “No somos la meca de los musicales. Tenemos un nivel artístico enorme, pero todavía no existe esa industria que hace que la gente viaje específicamente para ver teatro musical. Ojalá podamos convertirnos, al menos, en un polo de atracción para los países vecinos. Siento que, de a poco, eso empieza a suceder”. No es una crítica, es un deseo.
Porque después de tantos años de profesión sabe que detrás de cada estreno hay cientos de trabajadores que dependen de que una obra funcione. El teatro nunca es el triunfo de una sola persona. Siempre es una construcción colectiva.
Quizás por eso también entiende una de las discusiones más incómodas del ambiente: la presencia cada vez más frecuente de figuras mediáticas encabezando los elencos. Y prefiere analizar el fenómeno con honestidad: “Como buena trabajadora del teatro, lucho permanentemente con las figuras mediáticas. Ellas siempre tienen una ventaja porque los productores necesitan vender entradas. Muchas veces eso nos deja en desventaja a quienes venimos exclusivamente del oficio”.
No hay resentimiento en sus palabras, hay comprensión. Sabe perfectamente cómo funciona la industria. También sabe que el público suele acercarse atraído por un nombre conocido, pero inmediatamente agrega un matiz que considera fundamental.

Cuando un espectáculo tiene un peso propio, cuando la producción ya despierta interés por sí misma, cree que los personajes deberían quedar en manos de quienes cuentan con la preparación necesaria para interpretarlos. Y pone un ejemplo, Osvaldo Laport: “Es un artista completísimo. Canta, actúa, baila, tiene presencia. Siempre hay que nivelar para arriba”.
La frase resume buena parte de su filosofía profesional. Nunca habló de competir con otros artistas. Siempre habló de elevar el nivel. De exigir más. Exactamente igual que Mrs. Wilkinson.
Después de tantos personajes, Alejandra sigue sintiendo los mismos nervios antes de cada estreno. Sigue repasando mentalmente las escenas. Sigue escuchando las indicaciones del director. Sigue buscando pequeños detalles que puedan mejorar una interpretación.
Tal vez esa sea una de las razones por las cuales tantos directores vuelven a convocarla. Nunca deja de trabajar, nunca cree que ya lo sabe todo. Todavía se permite aprender de un compañero, de un director, incluso de un niño.
Todavía siente esa electricidad de la que habla Billy Elliot. Todavía cree, como creía entonces, que el arte puede salvar el alma, aliviar el corazón y convertirse en un refugio cuando todo lo demás parece tambalear.

Quizás esa sea la verdadera explicación de una carrera construida con paciencia, talento y perseverancia. No hubo fórmulas secretas. No hubo golpes de suerte. Hubo trabajo, disciplina, maestros, padres que primero sintieron miedo y después orgullo, escenarios enormes y salas diminutas, aplausos inolvidables y también noches difíciles.
Y hubo, sobre todo, una certeza que nunca cambió, la misma que acompañaba a aquella niña mientras acomodaba sus zapatillas de ballet antes de entrar a clase. La misma que hoy la acompaña unos segundos antes de que se abra el telón.
Que el escenario no era solamente el lugar donde quería trabajar, era, desde el principio, el lugar donde siempre había pertenecido.
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CHIMENTOS
El pedido de Abel Pintos que sorprendió a Guido Kaczka: “Necesito renovarlos”

Más allá de un programa de talentos y oportunidades, Es mi sueño presenta algunos momentos fuera de la rutina que ayudan a distender las tenstiones. Entre una presentación y otra, las charlas entre el jurado y los participantes suelen derivar en anécdotas personales que no tienen relación directa con la competencia, pero que terminan por mostrar otra faceta de los protagonistas. Eso fue lo que ocurrió en la última emisión, cuando Abel Pintos le pidió al público que lo acompañara con el clásico gesto del corazón con las dos manos unidas, lo que derivó en una serie de confesiones a Guido Kaczka.
El conductor fue quien primero notó la coincidencia entre el gesto del bahiense con el público en relación al emoji popular en la aplicación de mensajería. “¿Hay en WhatsApp uno así?”, preguntó Kaczka. Pintos confirmó que ese emoji de corazón es “de los que más uso” y agregó: “Porque me identifica”. El conductor retomó la idea y le dijo “es un poco tuyo”, a lo que el cantante respondió “me representa”.
Kaczka quiso precisar el dato y le preguntó directamente cuál era el emoji que más enviaba por WhatsApp. “Ese”, respondió Pintos sin dudar. La conversación continuó cuando el cantante mencionó su gusto por los stickers y señaló: “A propósito, necesito renovar stickers. Hoy me di cuenta… ¿Quién tiene buenos stickers?”, se preguntó, haciendo participar al público.
Kaczka le consultó entonces de qué manera se consiguen los stickers, y Pintos explicó el mecanismo: “Pidiéndolos”. Ante la repregunta del conductor sobre si se piden “en la calle”, el cantante aclaró el sistema real de intercambio: “Los stickers se mandan por teléfono. También podés crearlo vos de una foto graciosa”.
Consultado sobre cuál es el sticker que más utiliza, Pintos llenó el estudio de ternura con su respuesta. “Uno de Rosarito, de mi hija más chiquita”, contó. Al pedirle Kaczka que describiera la escena, el cantante detalló: “Hace que está así, mirando de costado”, mientras actuaba con su rostro el gesto de la pequeña.
El conductor celebró la descripción con un “son geniales”, frase que Pintos repitió para reafirmar su entusiasmo por este tipo de recursos digitales. En ese punto, el cantante volvió sobre la necesidad que había planteado y retomó el intercambio con una nueva mención a la falta de variedad en su colección: “Necesito renovar, porque ya siento que me quedo sin palabras”. Kaczka, entre risas, apeló a los integrantes del programa: “Acá está lleno de stickers”, y Pintos cerró redoblando la apuesta: “Acá somos un sticker constante”.
Pintos también protagonizó otro momento recordado del programa junto a su compañera de jurado Ángela Leiva, cuando ambos interpretaron juntos “Oncemil” en el escenario de Es mi sueño.
Para la cantante de cumbia, se trató de un deseo cumplido después de años de admiración por el folclorista: “Cuando salió esa canción, yo grabé una versión tipo cover en un estudio. Tanto mi familia como mis amigos, que me conocen de toda la vida, esperaron mucho este momento. Gracias, de verdad”, confesó, visiblemente emocionada.
La presentación recibió el respaldo unánime del jurado, con la palanca verde activada por Joaquín Levinton, Carlos Baute y el propio Kaczka, quien resumió el clima de la noche con una frase breve: “Qué lindo, gracias. Qué noche”. La colaboración se venía anticipando durante las emisiones previas, generando expectativa y especulaciones sobre el repertorio elegido y la dinámica que mostrarían en vivo. La respuesta superó las previsiones, tanto por la calidad interpretativa como por la carga emocional que transmitieron.
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CHIMENTOS
Luego de 10 años juntos, Amalia Granata habló de la escandalosa infidelidad de su marido con una fuerte reacción: «Un polvo no va a…»

Hay romances que no pasan por alto; historias de farándula que a día de hoy generan un fuerte impacto. Sin dudas que uno de los momentos más escandalosos de los últimos años fue la infidelidad que sufrió Amalia Granata de su actual marido, Leonardo Squarzon.
La mediática se encontraba transitando el embarazo de su hijo Roque. Y por ese entonces salió una mujer a contar que había tenido intimidad con el esposo de Amalia; por aquel entonces, ella decidió perdonarlo y seguir adelante.
En diálogo con Moria Casán, lo que explicó Granata es que un desliz pasional que tuvo su marido no iba a arruinar su vínculo, ni mucho menos terminar con su familia. Esa decisión de seguir adelante es algo que lo sostiene a día de hoy, y de lo que no se arrepiente para nada.
“A veces los vínculos se construyen con las cosas malas también, y depende de la fuerza de ese vínculo también seguir adelante o no. Y para mí, un polvo no va a arruinar el vínculo fuerte que tenemos, porque me pudo haber pasado a mí también”, sostuvo Amalia.
AMALIA GRANATA CONTÓ TODO SOBRE LA INFIDELIDAD DE SU MARIDO
Segura de sí misma y con una confianza ciega sobre su actual pareja, entendió que eso es algo que a ella misma le podía pasar. Y si bien en su momento generó un gran escándalo, hoy forma parte del pasado, avanzando en pasos muy firmes.
“Él sabe todo de mi vida, con quién estuve y no, sabe todo. El tema para mí de la infidelidad es un deliz pasional, que hasta lo pude tener yo. En algún momento te calentas con alguien y convertis ese acto de vanidad impulsiva, caliente, que es lo que le pasó a él y punto”, sostuvo.
Sobre el cierre de su entrevista con Moria, dejó en claro que no necesitó más que una charla de una noche y ninguna otra explicación: “Para mí se terminó esa noche que lo hablamos. Él me confesó todo y jamás lo volvimos a hablar, y jamás se lo reclamaría. No se lo reprocharía, nosotros tenemos una pareja para divertirnos y pasarla bien”.
Amalia Granata
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La reflexión de Pampita durante la Peregrinación a Luján bajo la lluvia: “Descubrirse en cada paso”

Bajo una lluvia que no da tregua desde las primeras horas del sábado, Pampita Ardohain es parte junto a un grupo de amigas y fieles de la tradiciona Peregrinación Juvenil a la Basílica de Luján. La conductora documenta cada tramo en tiempo real a través de sus redes sociales, en una nueva edición de la habitual peregrinación que la tiene como protagonista en los últimos años, luego de la ausencia por motivos laborales en 2025.
Todo había comenzado con una foto en la parroquia, donde Pampita se fotografió junto a dos amigas frente a la imagen de la Virgen, antes de arrancar la caminata. “Luján allá vamos”, escribió para darse fuerzas. Junto a esa postal, compartió un texto titulado “Peregrinar”, que marida perfectamente con el momento: “Misterio de ponerse en camino hacia lo que está lejos. Y en cada paso, descubrirse más adentro, conectando con lo verdadero que habita en el corazón. Renovada invitación a soltar lo que es carga sin sentido, sobre todo las supuestas seguridades que aseguran poco y nada. ¿El amor? En cada nuevo paso que se decide dar”.
Antes de salir al ruedo, mostró el cuidado especial en sus pies, con apósitos para evitar ampollas, mientras se dirigían al punto de partida. Ya en la ruta, lució un piloto gris oscuro con capucha de piel, que usa para resguardarse de la lluvia. Como es habitual, Pampita documenta casi en tiempo real cada paso rumbo a la Basílica y las postales se suceden en sus historias, aparece rodeada de otros peregrinos con ponchos de colores, mientras la imagen de la Virgen avanza cubierta con un nylon transparente en medio de la multitud.

El clima complica el recorrido en varios tramos, con agua acumulada sobre las calles que los fieles deben sortear a pie, algunos con la ayuda de carritos y estructuras religiosas también protegidas con plástico contra la lluvia. Pese a las condiciones, Pampita se muestra en otro momento con un piloto amarillo y los brazos en alto, en un gesto de aliento compartido con el resto de los participantes.
La 52ª edición de la Peregrinación a Luján comenzó desde la medianoche del sábado en la Iglesia de San Cayetano, en el barrio porteño de Liniers. La salida oficial de la Imagen Peregrina estaba prevista para las 10 de ese mismo día, mientras que la misa central se realizará el domingo a las 07:00 horas, instancia en la que se espera la llegada de la mayor parte de los fieles.
La lluvia no es una condición desconocida para Pampita en esta tradición. En 2021 ya había enfrentado una tormenta durante la caminata, cuando se sumó junto a Barby Franco a la 47ª edición de la peregrinación con el objetivo de agradecer por el nacimiento de Ana, su hija con Roberto García Moritán, nacida apenas dos meses antes. Aquella vez, ambas debieron improvisar gorros y pilotos con bolsas de nylon ante la tormenta que se desató cuando estaban por llegar a la primera parada, en La Reja.

Cada paso de esos 60 kilómetros arrastra, para Pampita, el peso de una historia que excede lo religioso. Caminó para pedir un embarazo después de haber perdido a su hija Blanca, fallecida en 2012. Volvió a caminar para agradecer el nacimiento de Ana, la hija que tuvo con García Moritán. Llegó al altar llorando una semana después de haber anunciado su separación de él, en 2024, mientras los fieles le gritaban su cariño en medio del recorrido. Y también encontró el amor. Fue en una de estas caminatas donde conoció a la madre de Martín Pepa, conversación que terminaría siendo el origen de su relación actual con el polista.
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