ECONOMIA
¿Cuál es el costo de la transición?

La transición económica que atraviesa Argentina bajo la presidencia de Javier Milei no puede entenderse únicamente como un cambio de políticas: es, en esencia, un cambio de modelo económico. Y como toda mutación de este tipo, implica costos inevitables en el corto plazo, aun cuando prometa beneficios más estructurales en el mediano y largo plazo.
Durante años, el funcionamiento de la economía estuvo sostenido por un entramado de controles, subsidios y distorsiones de precios relativos. En ese contexto, muchas decisiones a nivel microeconómico -desde la fijación de precios hasta la asignación de capital- no respondían a señales genuinas del mercado, sino a incentivos artificiales. Empresas rentables en ese entorno no necesariamente lo eran por eficiencia, sino por capacidad de adaptarse a regulaciones, aprovechar brechas o capturar transferencias implícitas.
El actual programa apunta a corregir ese andamiaje: equilibrio fiscal, menor emisión monetaria, desregulación y liberalización de precios. Pero ese sinceramiento tiene un correlato inmediato: expone fragilidades acumuladas.
La macroeconomía puede ordenarse relativamente rápido en términos conceptuales, pero la micro necesita tiempo y capital para adaptarse
Aquí aparece el núcleo del problema: la macroeconomía puede ordenarse relativamente rápido en términos conceptuales, pero la microeconomía necesita tiempo y capital para adaptarse.
Un caso concreto ayuda a ilustrarlo. Pensemos en una pyme industrial que durante años operó con energía subsidiada, acceso intermitente a importaciones y una demanda interna sostenida artificialmente por políticas expansivas. En el nuevo esquema, enfrenta tarifas más altas, costos financieros más elevados en términos reales, apertura parcial a la competencia externa y un consumidor con menor poder adquisitivo. El resultado inmediato no es eficiencia automática, sino tensión: caída de márgenes, necesidad de inversión y riesgo de salida del mercado.

Este fenómeno no es nuevo en la historia económica. Rudigger Dornbusch, el economista del MIT, al analizar programas de estabilización en América Latina, señalaba que los costos de transición suelen ser subestimados políticamente y sobreestimados socialmente en su duración. Es decir, el ajuste duele más de lo esperado al principio, pero también puede generar condiciones para una recuperación más sólida si se sostiene en el tiempo.
El punto crítico, entonces, no es negar el costo, sino entender su naturaleza. No se trata solo de un “ajuste” en el sentido clásico. Es una reasignación de recursos. Sectores menos productivos pierden peso, mientras que aquellos con mayor eficiencia potencial -o capacidad de adaptarse- encuentran nuevas oportunidades.
Sectores menos productivos pierden peso, mientras que aquellos con mayor eficiencia potencial -o capacidad de adaptarse- encuentran nuevas oportunidades
En ese marco, la promesa de una macroeconomía más estable no debe subestimarse. La previsibilidad, si se sostiene, tiene efectos profundos: permite planificar inversiones, reducir el horizonte de incertidumbre y reconstruir el crédito. Los precios, al reflejar condiciones reales, mejoran la asignación de recursos. Y la competencia, lejos de ser únicamente una amenaza, se convierte en un mecanismo de disciplina y mejora continua.
Hay una tensión evidente: los beneficios de la estabilidad son graduales, mientras que los costos del ajuste son inmediatos. Esa asimetría define el clima económico y social de la transición.
La respuesta no pasa únicamente por la reducción de costos -una estrategia defensiva y limitada-, sino por un cambio más profundo en la lógica empresarial. Replantear modelos de negocio, invertir en productividad, incorporar tecnología y diferenciarse en términos de valor agregado dejan de ser opciones para convertirse en condiciones de supervivencia.
También implica un cambio cultural: pasar de una economía donde el éxito muchas veces dependía de “leer” al Estado, a otra donde depende de entender al cliente y competir en calidad y eficiencia.
En definitiva, la transición actual expone una verdad: no todas las estructuras económicas heredadas son sostenibles en un entorno de mayor disciplina macroeconómica. El desafío no es evitar ese proceso, sino gestionarlo.

Si el programa logra sostener estabilidad, el terreno que emerja será más exigente, pero también más fértil para quienes logren adaptarse. La historia muestra que las economías que logran atravesar estas transiciones no son las que evitan el costo, sino las que consiguen transformarlo en una inversión hacia un nuevo equilibrio.
La pregunta, entonces, no es si el costo existe -porque es evidente-, sino quiénes estarán en condiciones de capitalizar las oportunidades cuando ese costo deje de ser transición y pase a ser pasado.
El autor es Analista económico y director de Focus Market
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