ECONOMIA
Del crack del ’29 a las subprime, todas las crisis globales impactaron sobre Argentina: ¿esta vez es diferente?

La historia nunca se repite, pero a veces rima, decía Mark Twain en una de sus frases más célebres. Y la crisis global desatada a raíz de la suba de aranceles dispuesta por Donald Trump está confirmando la vigencia de esa máxima.
La preocupación se justifica, sobre todo, porque cada gran crisis global tuvo su correlato sobre la economía argentina. Y, en casi todos los casos, la forma de contagio fue con una caída de ingresos de divisas y la inevitable devaluación.
Es una situación que los políticos argentinos de todas las épocas han vivido con cierta ambigüedad: por un lado, las crisis globales complicaron el panorama doméstico e hicieron tambalear gobiernos; pero también es cierto que los shocks externos más de una vez han sido elegidos como los villanos perfectos a quien culpar por el fracaso de planes económicos inconsistentes.
Así, los más veteranos recuerdan que José Alfredo Martínez de Hoz, ministro de economía durante la primera etapa de la dictadura militar (1976-1981), culpaba a Paul Volker, entonces presidente de la Reserva Federal de Estados Unidos, por la debacle de su esquema cambiario, inmortalizado con el nombre de «la tablita» -a la cual muchos economistas atribuyen similitudes con el plan de Toto Caputo-.
Volker fue nombrado para comandar la Fed en el momento de máxima inflación de Estados Unidos, y en plena crisis petrolera por el conflicto con Irán y otros productores de la OTAN. Su receta fue simple, brutal y efectiva: en menos de un año subió la tasa de interés del 10% al 20%. Provocó una tormenta financiera, pero la inflación, que había sobrepasado el 14% anual, cayó rápidamente.
En Argentina, mientras tanto, la tablita de Martínez de Hoz lograba que la inflación, que en los años previos había sido de tres dígitos, cayera al entorno de 80% a fines de 1980, pero al costo de un notable retraso cambiario que sólo podía sostenerse con un continuo ingreso de capitales externos, porque la balanza de pagos estaba en rojo. Películas como «Plata Dulce» inmortalizaron aquellos años en que los argentinos de clase media viajaban a Miami y, después de gastar sus dólares baratos, volvían atestados de ropa, televisores color y demás novedades.
La cosa funcionó hasta que cambió el flujo de capitales, que desarmó el «carry trade» y corrió a refugiarse en el dólar. En un semestre, las reservas del BCRA perdieron un 60% de su volumen. El final es conocido: tras un intento de flotación controlada dentro de bandas cambiarias, sobrevino una sucesión de devaluaciones, un rebrote inflacionario y una aguda recesión.
¿Quién había tenido la culpa, el plan que apostó al atraso cambiario o el mundo que generó un brusco cambio de flujos de capitales y crisis de deuda justo cuando Argentina estaba reduciendo la inflación?
Petróleo, euforia y Rodrigazo
La polémica es inagotable y se repitió en todas y cada una de las grandes crisis. Lo cierto es que, si bien antes de cada estallido había desajustes de las variables fundamentales, lo que terminaba por tumbar los planes económicos era un shock externo.
La cuestión petrolera que afectó a la tablita ya había tenido su célebre antecedente con la crisis de 1973, que generó un sacudón en la economía argentina: primero con el beneficio de la suba en las materias primas y luego con una brusca caída. El resultado: el gran ajuste cambiario y tarifario de 1975 que pasó a la historia con el nombre de «Rodrigazo».
El discurso del ministro Celestino Rodrigo, emitido por TV el 4 de junio de 1975 -que se puede ver en YouTube- es una pieza antológica por la dureza con la que describe la «herencia» que recibió del propio gobierno peronista que él integraba.
Y Rodrigo culpó a su antecesor, José Ber Gelbard -aún hoy reivindicado por varios dirigentes peronistas, incluyendo a Cristina Kirchner– por haber subestimado el impacto de la situación global, en la que los países desarrollados estaban tratando de cortar un período de «permanente derroche».
«Los argentinos no tomamos conciencia de esta circunstancia y seguimos un camino dislocado y distorsionado de irrealismo, continuando en una ilusión enfermiza de prosperidad creciente. A mediados de 1974 se empiezan a sentir las primeras consecuencias de esta desacertada actitud compartida en ese momento por todos aquellos que integran la vida democrática del país», afirmaba Rodrigo en su sombrío diagnóstico.
El déficit fiscal llegaba a un impactante 12%, mientras la inflación se mantenía contenida a fuerza de contener el tipo de cambio y las tarifas. Pero el plan se hacía cada vez menos efectivo: un síntoma de ello era que cada acuerdo salarial era más corto que el anterior. El primer aumento duró nueve meses sin necesidad de actualizar los ingresos para compensar la inflación; el segundo se acortó a seis; el tercero duró cuatro meses y el cuarto no llegó a durar dos meses. Pero la inflación era cada vez más alta.
Fue uno de los ajustes más traumáticos, con una inflación que pasó del 40% al 335%.
El crack del 29 y el primer cepo
Por cierto que las crisis argentinas que aparecen ligadas a shocks externos pueden rastrarse hasta el fondo de la historia nacional: los períodos de prosperidad suelen coincidir con los de altos precios de las materias primas de exportación, mientras que las recesiones están ligadas a caídas en los volúmenes del comercio mundial.
El ejemplo de crisis financiera mundial más famoso, el del «crack» bursátil de 1929 en Estados Unidos, que marcó toda la década de los años ’30 a nivel global, sirve también para ilustrar esa fragilidad argentina ante los shocks externos.
Esa crisis también es el punto de partida en el «clásico» entre los keynesianos y los ortodoxos. Desde los años ’30 y hasta el día de hoy se debate si la depresión estadounidense fue causada por falta de estímulo al consumo o por un apretón monetario que restringió el crédito. En Estados Unidos, quedó el trauma del alto desempleo y el derrumbe del consumo en un contexto de deflación. Ese recuerdo es lo que ha llevado en las décadas siguientes a que, en crisis como la de la explosión hipotecaria de 2008 o la pandemia de 2020 se recurriera a una apertura del grifo de dólares -los famosos quantitative easing– para evitar una deflación a toda costa.
¿Cómo le pegó a Argentina la depresión de los ’30? Como recuerdan Pablo Gerchunoff y Lucas Llach en su libro «El ciclo de la ilusión y el desencanto», hubo una disminución del comercio global que le pegó de lleno al país, dado que los precios de los productos de exportación cayeron un impactante 42% entre 1928 y 1932. La caída en el ingreso de divisas hizo que en cuatro años la importación de los insumos necesarios para la industria y la infraestructura del país cayera un tercio.
Ya antes del crack, el país había sentido un fuerte impacto cambiario: como los capitales corrían hacia Wall Street, atraídos por las altas tasas, en un año se «fugaron» reservas por 173 millones de dólares -que ajustadas por la inflación de EE.UU. hoy serían u$s3.228 millones-. Esto llevó al presidente Hipólito Yrigoyen a terminar con el sistema de convertibilidad.
Todo se agravaba por la dificultad para obtener préstamos a un país ya endeudado. «En períodos de deflación, los acreedores se benefician a costa de los deudores, ya que un monto nominal fijo tiene mayor poder de compra cuando los precios bajan. Para la Argentina, que era un deudor neto, la deflación mundial hacía más pesada la carga», explican Gerchunoff y Llach.
Dispuesto a defender el valor del peso y no caer en default, el gobierno empezó a echar mano de sus reservas de oro. En el medio de esa situación, ocurrió el golpe militar que derrocó a Yrigoyen. Hacia 1931, el país vivía una corrida bancaria que generó una crisis de liquidez. Esto derivó en una emisión sin respaldo, que devaluaba al peso.
Fue allí cuando surgió el control de cambios, que buscaba en simultáneo frenar la desvalorización del peso sin seguir sacrificando reservas de oro. Así, una especie de «cepo» se quedaba con las divisas de los exportadores y establecía una lista de receptores prioritarios, que empezaban por el propio gobierno.
La convertibilidad perdió en el segundo round
Más cerca en el tiempo, hay ejemplos de qué ocurre con los shocks externos cuando el país tiene un esquema rígido de tipo de cambio fijo. La convertibilidad «uno a uno» de Domingo Cavallo sufrió dos crisis externas: superó la primera y sucumbió a la segunda. En ambos casos, el costo se midió en altos índices de desempleo.
Todo era euforia durante la primera fase, por la superación del trauma que había dejado la hiperinflación de 1989 -en el marco de una nueva crisis de deuda regional-. Pero la calma terminó a fines de 1994 con la devaluación mexicana que derivó en un efecto dominó en toda la región: el célebre «efecto Tequila». Implicó una súbita interrupción en el flujo de capitales, que hasta ese momento era generoso, por la estabilidad cambiaria y el plan de privatizaciones.
Cavallo anunció medidas de ajuste fiscal, dijo que no había motivos para temer una devaluación ni para retirar depósitos y criticó a los bancos por las elevadas tasas de interés. En un 1995 muy recesivo, el sistema financiero sufrió algunos temblores pero la convertibilidad sobrevivió gracias a las reservas del BCRA. En ese contexto, Carlos Menem ganó con comodidad y en primera vuelta su reelección.
Muy diferente fue el siguiente shock externo, que se dio como una sucesión de devaluaciones que empezó en 1997 en el sudeste asiático y llegó en 1999 hasta Brasil. Una vez más, los precios de exportaciones argentinas sufrieron caídas.
Argentina, endeudada, con problemas fiscales y ya inocultables problemas de retraso cambiario, vio cómo todos los blindajes financieros se quedaban cortos ante la sangría de reservas. El nuevo presidente, Fernando de la Rúa, había prometido no devaluar, pero perdió el apoyo del FMI, lo cual derivó en el recordado «corralito» y el traumático final del gobierno. En 2002, con un pico de desempleo de 22%, el dólar cuadruplicó su valor y el país vivió su peor conmoción social.
La subprime y la devalución de Cristina
La siguiente crisis global se dio con el kirchnerismo en el poder: tras años de dólar débil y precios altos para la soja, la política de fomento al crédito de George W. Bush encontró un brusco «stop» por el estallido de la burbuja inmobiliaria. La crisis «subprime» de 2008 hizo temblar al sistema bancario estadounidense y generó un masivo traspaso de recursos desde el sector privado hacia el gobierno.
Para el resto del mundo, esto implicó una recesión por contagio, en medio de una nueva reversión en el flujo de capitales. Cristina Kirchner avaló una suba de 20% en el tipo de cambio, lo cual le costó una derrota en las legislativas de 2009 pero le permitió equilibrar las cuentas externas y retomar el crecimiento cuando nuevamente la soja hizo de motor. Había, además, un recurso a mano: las reservas del BCRA, que permitieron al gobierno sostenerse sin acceso al crédito externo, a un costo que todavía hoy se ve en el balance del Central.
Cuando se produjo un nuevo reflujo de capitales, ya con Mauricio Macri en el poder -y con Donald Trump amenazando a China- había vuelto el crédito, incluyendo el del FMI. Pero aun así la devaluación fue inevitable, tras un nuevo atraso cambiario que había llevado el déficit de cuenta corriente por encima de 5% del PBI.
¿Qué pasará ahora con la crisis arancelaria? Los primeros efectos tienen gusto a situación repetida -devaluaciones en cadena y caída de commodities-. Pero Milei y Toto Caputo se empeñan en afirmar que «esta vez es diferente». Tienen a su favor el superávit fiscal, pero los antecedentes históricos no son muy alentadores.
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ECONOMIA
Orlando Ferreres, contundente: «El dólar debería estar en $1.815; faltaría una devaluación del 23%»

La economía argentina enfrenta un escenario de crecimiento moderado, baja inversión y desequilibrios externos que condicionan su desarrollo. Así lo afirmó el economista Orlando Ferreres, quien analizó la coyuntura macroeconómica y se refirió también al valor que debería tener hoy el dólar.
Según sus proyecciones, el crecimiento previsto para el próximo año será acotado. «Para este año, o sea, 2026, está previsto 3,5. No es un número muy interesante, pero en el mundo tampoco hay tantos lugares que crezcan. O sea, dentro de todo es pasable», explicó. No obstante, aclaró: «Es un crecimiento bajo, pero pasable».
La inversión, el principal límite al crecimiento
Ferreres señaló en diálogo con Canal E que el principal freno para una expansión más sólida es el bajo nivel de inversión. «Esto da 3,5 porque no hay mucha inversión bruta interna fija, que es demasiado baja en relación al producto«, sostuvo durante la entrevista.
Actualmente, la inversión se ubica entre el 14% y el 15% del Producto Bruto Interno (PBI), un nivel que considera insuficiente para sostener tasas de crecimiento más altas. «Para poder crecer al 6%, digamos, habría que invertir 26% del producto y eso estamos lejos todavía», subrayó.
Ferreres, contundente al referirse al tipo de cambio
Ferreres fue contundente al referirse al nivel del tipo de cambio necesario para equilibrar la cuenta corriente. «El tipo de cambio debería estar en $1.815 ahora, en enero de este año, pero está en 1.450, o sea que faltaría una devaluación del 23%«, afirmó.
Sin embargo, advirtió que una corrección cambiaria no está exenta de costos. «Eso trae cierta inflación, con lo cual, habría que calcular también», sostuvo, al referirse al impacto que una devaluación tendría sobre los precios.
Al analizar el atraso cambiario, el economista recordó que la Argentina convivió durante largos períodos con un tipo de cambio bajo. «En los siglos XIX y XX, el tipo de cambio promedio real estuvo 41% por debajo del promedio del tipo de cambio real desde largo plazo», explicó.
En esa línea, agregó una reflexión histórica: «La Argentina era rica y la gente venía para trabajar acá, seguro», concluyó.
Inversiones extranjeras, exportaciones y dólares
El economista también relativizó los recientes anuncios oficiales sobre inversiones externas. En ese sentido, cuestionó el énfasis puesto en desembolsos de bajo monto.
«Es muy poco el número y pensar que eso tiene que ser anunciado por el Codbene, también me parece un poco exagerado», afirmó, en referencia a inversiones de alrededor de 10 millones de dólares. Y agregó: «Obviamente no tiene sentido dar eso como gran noticia de inversión».
En relación al sector externo, Ferreres advirtió que el actual tipo de cambio no favorece el crecimiento de las exportaciones. «Las exportaciones están creciendo un poco, pero no mucho«, señaló, y remarcó que «para crecer más requerirían un tipo de cambio un poco más alto».
Además, alertó que el dólar barato incentiva la salida de divisas por turismo y consumo en el exterior. «Evitaría los viajes a Brasil, a otros lugares, que la gente está yendo bastante y eso, digamos, no ahorra dólares para el país», explicó en Canal E.
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ECONOMIA
Por la baja del riesgo país, el Gobierno ya se podría financiar a tasas de un dígito en el mercado internacional

El riesgo país bajó ayer otro 2% y ya está al borde de perforar los 500 puntos básicos, algo que no sucedía hace ocho años. Esta fuerte demanda que favorece la cotización de los bonos argentinos implica además que para el Gobierno se acerca la reapertura del mercado internacional para la colocación de nuevos bonos.
La reducción del riesgo país hasta 513 puntos básicos es sinónimo a una reducción del costo de financiamiento para Argentina, aunque todavía hay camino para recorrer. El próximo objetivo es llevar ese indicador a unas 450 unidades, el mismo nivel que actualmente tiene Ecuador.
Este país sudamericano se encuentra en pleno proceso de colocación de su primer bono en dólares en el mercado internacional en más de siete años. Los fondos se utilizarían para recomprar deuda ya emitida, en una típica operación de administración de pasivos.
Pero además, también hay una ola de emisiones de deuda internacional de empresas y provincias argentinas. La semana pasada fue YPF, que reabrió un bono al 2034 y pagó un costo de 8,10% anual en dólares. Esta semana se viene la colocación de Córdoba, luego de salidas exitosas recientes de otros distritos como la ciudad de Buenos Aires y luego Santa Fe.
Según un posteo del experto en renta fija Juan Battaglia, los bonos ecuatorianos a 8 y 13 años de plazo podrían salir a tasas de 8,75% y 9,25% anual respectivamente. Como la deuda argentina cotiza a menos valor que la ecuatoriana, el rendimiento hoy de un bono a diez años se ubicaría en la zona de 9,5% anual.
Se trata de rendimientos que están todavía por encima de lo que consiguen empresas o provincias. La expectativa del equipo económico es que rápidamente converja esa tasa a la que paga el Gobierno. Por lo tanto, es razonable que decidan esperar un poco más para volver a los mercados internacionales para emitir nueva deuda, lo que resultaría un hito después de casi ocho años de ausencia total.
La baja del riesgo país está en línea con un dato que los inversores le dan un gran valor, que es la compra de dólares por parte del Central y la consiguiente mejora del nivel de acumulación de divisas. La intervención en enero supera ya los USD 1.000 millones (muy por encima de lo que esperaba el mercado) y el stock de reservas brutas cerró ayer en un nuevo máximo desde que gobierno Javier Milei, a 45.740 millones de dólares.
Esto refleja que el BCRA se tomó en serio la fase 4 del plan monetario, que consiste básicamente en la acumulación de reservas y la consiguiente emisión de pesos para remonetizar la economía. Un fortalecimiento del balance de la entidad monetaria es un reclamo insistente de parte de los inversores y la baja del riesgo país refleja el optimismo ante la decisión del Gobierno de encarar decididamente el asunto.
Enero arrancó de manera muy favorable para las expectativas del equipo económico. A la baja del riesgo país y la acumulación de reservas se suma la estabilidad cambiaria. La fuerte disminución de la demanda de dólares por parte del público y de las empresas le dio justamente más espacio al Central para comprar divisas en el mercado a lo largo del mes, incluso por encima de los proyectado por la mayoría de los analistas.
Incluso la colocación de deuda internacional por parte de otros emisores también le permite al Central acelerar sus compras, debido a que hay un aumento de la oferta de divisas que de otra forma no tendría demanda en el mercado.
Según informó el propio BCRA la semana pasada, aún restarían liquidar en el mercado local unos 3.600 millones de dólares.
ECONOMIA
Bonos y acciones que pican en punta con un riesgo país que ya marcó el menor nivel en más de 7 años

El riesgo país sigue en descenso, se acerca a los 500 puntos básicos y toca su menor nivel desde mediados de 2018. En este contexto, analistas consultados por iProfesional destacan cuáles son las acciones y bonos que se presentan como oportunidad de inversión.
El riesgo país es un indicador económico que mide la probabilidad de que un Estado incumpla con sus obligaciones financieras (default) en comparación con los bonos del Tesoro de Estados Unidos. Por lo que este índice influye directamente en el valor de los activos locales, ya que una baja en su nivel suele impulsar el precio de las acciones y bonos nacionales.
De hecho, que baje el riesgo país no solo le brinda mayor confianza a la economía doméstica, sino que también favorece a las empresas a la hora de tener que salir a financiarse, porque les disminuye la tasa de interés que deben convalidar para endeudarse en dólares.
El descenso de este indicador tiene correlación con el actual escenario económico, en el que se destacan el precio del dólar estable y las compras sostenidas de reservas por parte del Banco Central desde el pasado 5 de enero hasta la fecha, para reforzar las reservas.
A ello se le suman los ingresos de divisas por las emisiones de deuda del sector privado y de las provincias, sin incurrir en nuevo endeudamiento nacional.
«Es lindo lo que está pasando con el riesgo país. Creo que viene mucho de la mano de que el Gobierno está seriamente comprando reservas con el Banco Central y en un contexto en el que, además, el tipo de cambio está hasta bajando. También por la cantidad de dólares que entran de colocaciones privadas y de provincias», resume José Bano, economista y analista de mercados.
Por lo pronto, los distintos analistas consultados por iProfesional, recomiendan en qué acciones y bonos invertir en este momento de baja del riesgo país.
Bonos favorecidos por la baja del riesgo país
Con la baja del riesgo país, para los expertos, los bonos más favorecidos serán los emitidos a más largo plazo.
«Nos gusta la parte larga de la curva, en particular el Global 2041 (GD41), que vemos como el bono con el mejor retorno esperado en un escenario positivo», afirma Alejo Rivas, estratega en Balanz.
En un contexto muy favorable para créditos emergentes, sostiene que los bonos globales «empezaron a reaccionar» ante los más de u$s1.000 millones que el BCRA lleva comprados en enero para las reservas.
«Hacia adelante, vemos más recorrido en caso de consolidarse la compra de reservas durante la época de cosecha. Además, si Argentina llevase adelante operaciones de manejo de pasivos, como la de Ecuador, éstas podrían empujar aún más el riesgo país a la baja y facilitar el acceso fluido al mercado», sostiene Rivas.
Según lo demostrado por otros países de la región, el riesgo país argentino tiene potencial para una baja mayor de los actuales niveles cercanos a los 500 puntos básicos.
«Países comparables con Argentina están entre 200 y 300 puntos», grafica Marcelo Bastante, analista de mercados, sobre el margen de baja de este indicador clave.
Para Esteban Castro, economista y CEO de Inv.est, con un escenario de riesgo país en descenso, los principales beneficiados en bonos serían los «globales y bonares en dólares, como los emitidos al 2030 (GD30 y AL30) y al 2035 (GD35), que aparecen como los primeros candidatos, ya que una compresión del riesgo país se traduce directamente en suba de precios por caída de tasas implícitas».
En ello concuerda Leonardo Guidi, analista de AN Conectar Bursátil: «En bonos, el que más me gusta es el emitido al 2035 (AL35) porque, en procesos de tasa (TIR) a la baja, debemos posicionarnos en los bonos que tengan mayor Duration Modificada (MD), porque son los que más suben de precio con cada baja de la TIR. Técnicamente, el emitido al 2041 (AL41) tiene mayor MD, pero también hay que considerar el riesgo. Así que el que, para mí, tiene la mejor relación riesgo-retorno es el AL35, que puede subir de 20% a 25% si el riesgo país cae por debajo de 400 puntos».
En la misma sintonía, Pablo Lazzati, CEO de Insider Finance, coincide: «Con la reciente baja del riesgo país, vemos una oportunidad clara en los bonos al 2035 (AL35) y 2041 (AL41), que son los que mejor capturan la ganancia de capital en un escenario de mayor compresión del spread».
A ello agrega Auxtin Maquieyra, gerente Comercial de Sailing Inversiones: «Con un riesgo país en proceso de compresión, vemos valor tanto en renta fija como en renta variable. En bonos soberanos, preferimos la curva media y larga, donde la mayor duration permite capturar un potencial superior de ganancia de capital ante una baja adicional de spreads».
En este contexto, destaca al bono al 2038 (AE38), con una TIR de 9,45%, y al emitido al 2035 (AL35), con una TIR de 9,3%, que «ofrecen una relación riesgo–retorno más atractiva que la parte corta, donde gran parte del ajuste ya estaría incorporado».
Acciones recomendadas para invertir con riesgo país a la baja
Por el lado de las inversiones en acciones argentinas recomendadas en este escenario de menor riesgo país, los analistas detallan que el sector bancario será el más favorecido.
«La baja del riesgo país beneficia a todas las empresas, especialmente a aquellas con acceso al mercado de capitales, ya que pueden obtener financiamiento más barato», detalla Rubén Pasquali, analista de Fernández Laya, a iProfesional.
Desde en análisis de Andrés Repetto, analista de mercados y fundador de Andy Stop Loss, «si las medidas oficiales siguen reacomodándose con el riesgo país, con acumulación de reservas y leyes que fomenten el crecimiento de la industria y el empleo, me parece que el sector bancario será un claro ganador».
Esto se debe, según su argumento, a que con un aumento del consumo por parte de una clase media con mejores salarios y crecimiento del mercado laboral, «las entidades podrán dar más créditos, captar más ahorros y trabajar de bancos. Cosa que hace décadas no ocurre, por lo que me parece que es un sector que tiene mucho para crecer y Argentina empieza a ser un país normal». Sus acciones preferidas son Grupo Galicia (GGAL) y banco BBVA.
«En acciones, el foco está en bancos y utilities, sectores muy sensibles al riesgo soberano. Entidades como Grupo Financiero Galicia, Banco Macro o BBVA Argentina suelen reaccionar rápido ante expectativas de normalización financiera, mientras que empresas reguladas como Pampa Energía, Central Puerto o Transportadora de Gas del Sur (TGS) pueden beneficiarse de un escenario de mayor previsibilidad macro y ajuste de tarifas», resume Castro a iProfesional.
En tanto, Marcelo Bastante, analista de mercados, reflexiona: «El riesgo país a la baja es beneficioso para las corporativas, sobre todo las que tienen posibilidad de tomar deuda en el exterior, o las que tienen o buscan socios del exterior, pues uno de los componentes que tiene la tasa de descuento cuando un inversionista del exterior invierte es el riesgo país. Dicho esto, no modifica mi perspectiva general de ´positiva´ para las acciones de sectores ligados a la energía, como Edenor, YPF, Central Puerto, entre otras, que son empresas de capital intensivo y necesitan financiamiento a largo plazo para apalancar los proyectos de gran infraestructura».
En ello, suma Guidi: «Las acciones, en general, están prácticamente todas subvaluadas si asumimos un escenario optimista respecto a baja del riesgo país, en un 2026 con crecimiento económico e inflación controlada. Las que más me gustan son los bancos, donde, de los grandes, elegiría Grupo Galicia, porque Macro es el que más ha subido y los bancos suelen moverse todos de manera similar», puntualiza a iProfesional.
También agrega empresas ligadas al petróleo, como el CEDEAR de Vista y acciones de YPF y empresas de servicios, como Autopistas del Sol.
Al respecto, Maquieyra resume: «La renta variable también se beneficia de un riesgo país a la baja, ya que reduce la tasa de descuento de los flujos futuros y mejora el acceso al financiamiento, amplificando valuaciones. Dentro de este universo, priorizamos Oil & Gas, un sector con alta visibilidad de flujos y planes de inversión sostenidos. En particular, Vista Energy e YPF combinan crecimiento, disciplina financiera y una elevada sensibilidad positiva a una normalización del costo de capital».
Finalmente, agrega que el sector bancario tendrá una «buena perfomance si continúa el crecimiento económico y el crédito continúa aumentando. En este segmento, destacamos Banco Macro y Banco Galicia».
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