ECONOMIA
Los celulares ya entran sin impuestos: ¿convendrá comprar aquí o seguirá siendo más barato afuera?

La eliminación del arancel a la importación de celulares introdujo un cambio relevante en el funcionamiento del mercado tecnológico argentino. Durante años, ese impuesto fue uno de los principales factores que explicaban por qué los precios locales se ubicaban sistemáticamente por encima de los valores internacionales, incluso en comparación con países de la región. En particular, el impacto se hacía más visible en los modelos de gama media y alta, donde el componente impositivo se trasladaba casi de forma directa al precio final que enfrentaba el consumidor.
Con la quita total del arancel, el Gobierno buscó corregir una distorsión histórica que, además de encarecer los equipos, incentivaba la informalidad, el contrabando y la compra en el exterior. El objetivo explícito fue ordenar el canal formal, fortalecer la oferta oficial y acercar los valores locales a los precios de referencia internacionales. Sin embargo, una cosa es el cambio normativo y otra muy distinta su traducción efectiva en el bolsillo.
La pregunta que rápidamente se instaló entre los consumidores es concreta: ¿alcanza la eliminación del impuesto para que convenga comprar un celular en la Argentina o, aun sin aranceles, sigue siendo más barato hacerlo fuera del país? Para responderla, se realizó un ejercicio comparativo amplio, con precios reales, distintos canales de compra y un supuesto deliberadamente favorable al mercado local.
Precios más baratos: el escenario más optimista
El punto de partida del análisis son los precios actuales del mercado argentino, relevados en tiendas oficiales, marketplaces -como Mercado Libre- y canales de venta autorizados. De acuerdo con referentes del sector, la eliminación del arancel permite una reducción potencial de hasta 8% en los precios. Ese porcentaje no surge de una estimación conservadora, sino que representa el escenario más optimista posible, asumiendo que la baja impositiva se refleja íntegramente en el valor que paga el consumidor y no queda absorbida por márgenes comerciales, logística o estructura operativa.
Bajo ese supuesto, los valores quedarían de la siguiente manera:
- En el caso del iPhone 17 Pro de 256 GB, cuyo precio actual ronda los $2.899.999, la aplicación plena de la baja del 8% permitiría llevar el valor teórico a $2.667.999.
- Para el iPhone 13 de 128 GB nuevo, que se ofrece en torno a $999.999, el precio ajustado descendería a $919.999.
- En la línea Samsung, el Galaxy S25 de 128 GB, con un precio cercano a $1.500.000, podría bajar hasta $1.380.000
- Galaxy S25 Ultra de 256 GB, hoy alrededor de $2.300.000, quedaría en torno a $2.116.000.
Antes de contrastar con el exterior, resulta indispensable entender por qué, pese a los precios elevados, el mercado argentino sigue mostrando niveles de demanda. La explicación no está en el precio contado, sino en las promociones comerciales y las condiciones de financiación, que se transformaron en el principal amortiguador de la brecha internacional.
En el caso de Apple, a través de distribuidores oficiales, aparecen con frecuencia planes de hasta 12 cuotas sin interés, descuentos puntuales que pueden oscilar entre el 5% y el 15%, envío inmediato y garantía local. Estas condiciones no eliminan la diferencia con el exterior, pero suavizan el impacto para un segmento de consumidores que prioriza previsibilidad financiera.
Samsung, por su parte, adoptó una estrategia aún más agresiva y despliega en el mercado argentino una combinación de descuentos directos de hasta 30% en modelos seleccionados, planes de 12 cuotas sin interés, beneficios adicionales por pago en un solo pago y programas de plan canje, que permiten entregar un equipo usado como parte de pago y reducir el desembolso final.
Estas acciones explican por qué, aun con precios elevados, el canal local sigue capturando una porción significativa de la demanda.
La primera conclusión, al trazar un comparativo es que, de darse ese escenario más optimista para los consumidores (baja automática de precios del 8%), en algunos modelos las diferencias se recortarían significativamente con respecto a Chile (5% al 13%), mientras que en otros dispositivos todavía habría diferencias significativas (casi 30%).
Como contrapartida, respecto de Estados Unidos, incluyendo los impuestos de ese país, las diferencias van del 24% y pueden superar el 50%, especialmente en algunos modelos anteriores (como el iPhone 13) que se venden reacondicionados.
Comparativo precios celulares
Tiendamia: la primera comparación con el exterior
También se puede trazar un comparativo tomando precios finales en Tiendamia, uno de los canales más utilizados por argentinos para comprar productos en Estados Unidos con envío e impuestos incluidos. A diferencia de una comparación teórica, se tomaron valores reales, con checkout cerrado y costo final puesto en la Argentina.
- El iPhone 13 de 128 GB reacondicionado se consigue en Tiendamia a $590.931, muy por debajo de los $750.000 que costaría en la Argentina, incluso aplicando la baja del 8%.
- En el caso del iPhone 17 Pro de 256 GB, el precio final en Tiendamia asciende a $2.329.378, frente a los $2.667.999 del escenario local más optimista.
Incluso con promociones y financiación, la diferencia sigue siendo considerable.
Y es que, en algunos casos, la comparación directa enfrenta una limitación práctica ya que no todas las versiones y capacidades están disponibles simultáneamente en todos los canales. Eso ocurrió puntualmente con el Samsung Galaxy S25 Ultra en su versión de 256 GB en Tiendamia, que al momento de realizar este ejercicio no contaba con stock disponible para compra inmediata.
Ante esa situación, se tomó como referencia la versión inmediatamente superior, el Samsung Galaxy S25 Ultra de 512 GB, que sí se encuentra disponible en Tiendamia con precio final cerrado, impuestos incluidos y entrega a la Argentina en un plazo estimado de entre cinco y ocho días hábiles. Lejos de distorsionar la comparación, este ajuste refuerza la conclusión, ya que se trata de una configuración más cara.
El Galaxy S25 Ultra de 512 GB se consigue en Tiendamia a $1.891.779. En el mercado argentino, ese mismo modelo se ofrece en torno a los $2.300.000, que aun aplicando el escenario más optimista de baja del 8% quedaría cerca de $2.116.000.
La diferencia vuelve a inclinar la balanza a favor de la compra en el exterior, incluso en equipos de mayor almacenamiento.
Precios en Amazon
Para reforzar el análisis, se avanzó hasta el checkout en Amazon, tomando el precio final cerrado, con cargos de importación ya calculados. Para la conversión a pesos se utilizó el promedio del dólar oficial vendedor entre bancos, que se ubica en torno a $1.477, por tratarse del tipo de cambio que efectivamente enfrentan las personas físicas al pagar consumos en dólares con tarjeta.
Bajo este criterio, el Samsung Galaxy S25 de 128 GB tiene un precio final de u$s856,92, equivalentes a aproximadamente $1.265.000, mientras que el Galaxy S25 Ultra de 256 GB asciende a u$s1.341,09, es decir unos $1.981.000.
En ambos casos, los valores quedan por debajo de los precios argentinos, incluso después de aplicar la rebaja del 8%.
¿Y comprando desde Chile?
Un capítulo aparte merece Chile, históricamente el punto de referencia para los argentinos que viajan a comprar tecnología.
Tomando como referencia publicaciones vigentes en MercadoLibre Chile y retailers oficiales, el Samsung Galaxy S25 Ultra de 512 GB se ofrece a CLP 1.179.990, mientras que la versión 256 GB se consigue en torno a los CLP 1.129.417. Al convertir esos valores a dólares, el precio se ubica aproximadamente entre u$s1.200 y u$s1.250, lo que llevado a pesos argentinos utilizando un dólar de referencia cercano a $1.477 arroja un costo final de entre $1.700.000 y $1.850.000, menos de $400.000 respecto del precio vigente en la Argentina para equipos similares.
La brecha también se replica en la línea iPhone: en el mercado chileno, el iPhone 17 de 256 GB se consigue alrededor de los CLP 959.990, mientras que el iPhone 17 Pro de 256 GB ronda los CLP 1.349.990 y la versión Pro Max de 512 GB asciende a CLP 1.649.990. Convertidos a pesos argentinos, esos valores oscilan entre $1.400.000 y $2.400.000, según el modelo, por debajo de los precios que hoy se observan en el canal formal argentino aun aplicando la rebaja teórica del 8%.
Sin embargo, en el caso de Chile, ya no son diferencias que por sí solas justifiquen pagarse un pasaje y estadía de un fin de semana aprovechando la brecha de precios en los teléfonos de alta gama.
Precios en Estados Unidos
Como referencia final, se tomaron los precios oficiales en Estados Unidos.
- El iPhone 17 Pro parte de u$s1.099 -$1.623.223 al tipo de cambio promedio entre bancos de $1.477.
- El iPhone 17 Air de u$s999 -$1.475.523-.
- El iPhone 17 de u$s799 -$1.180.123-.
- El Galaxy S25 Ultra de 256 GB se ofrece a u$s1.049,99 -$1.550.850-.
Convertidos al tipo de cambio utilizado, estos valores muestran con claridad que la Argentina sigue lejos del precio de origen, aun sin arancel.
Para qué perfil puede convenir comprar en Argentina
Pese a la desventaja de precios que surge de la comparación internacional, especialmente frente a Estados Unidos, existen perfiles de consumidores para los cuales la compra local puede resultar razonable si el análisis no se limita exclusivamente al precio final de contado. En la Argentina, la decisión de compra de tecnología suele estar atravesada por restricciones financieras, necesidad de previsibilidad y valoración del respaldo comercial.
Uno de los casos más claros es el del usuario que prioriza financiación. La posibilidad de acceder a 12 cuotas sin interés sigue siendo un diferencial relevante en un contexto de alto costo del crédito y, para quienes no cuentan con dólares disponibles o prefieren no inmovilizar liquidez, esta condición puede pesar más que una diferencia de precio nominal.
También resulta relevante el perfil del consumidor que valora la garantía oficial y el servicio posventa, con respaldo local, cobertura ante fallas y resolución inmediata sin trámites internacionales. En equipos de alto valor, este factor reduce el riesgo y aporta tranquilidad.
Un tercer perfil es el de quienes necesitan disponibilidad inmediata, frente a envíos internacionales que pueden demorar semanas. Finalmente, quienes aprovechan promociones agresivas, planes canje o beneficios bancarios pueden reducir sensiblemente la brecha en modelos puntuales.
Entonces, ¿conviene comprar en la Argentina?
Con todos los números sobre la mesa, la respuesta es que, desde el punto de vista del precio puro, en general, no. La eliminación del arancel fue un paso necesario y relevante, pero no alcanza para revertir completamente la desventaja estructural de precios, sobre todo frente a Estados Unidos.
Sin embargo, el mercado local compite con financiación, promociones, garantía y entrega inmediata, y eso explica que siga teniendo demanda. Pero incluso bajo el escenario más optimista posible, comprar en el exterior seguría siendo más conveniente en la mayoría de los modelos, especialmente en la gama alta.
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ECONOMIA
Lado B de la disparada del petróleo: el campo sufrirá una fuerte suba de precios de insumos

Una vez más, se produce la paradoja argentina de que, con los precios de las materias primas subiendo a la velocidad, en el campo se teme a una pérdida de rentabilidad. Había ocurrido durante la invasión rusa a Ucrania, y vuelve a repetirse ahora con la guerra en Medio Oriente.
Claro que hay una gran diferencia entre ambas situaciones: antes Argentina era un importador neto de energía, al punto que las compras de petróleo y de gas licuado una inédita cifra de u$s12.868 millones. Es un número similar al que ahora se espera que deje la balanza energética, pero como superávit y no como déficit.
Sin embargo, una primera reacción de euforia entre los economistas afines al gobierno rápidamente se empezó a disipar: la suba del precio del petróleo no necesariamente garantizará una lluvia de dólares para la economía argentina. Primero, porque no está claro que este pico de precios sea sostenible en el tiempo, al punto de favorecer el precio del crudo que se produce en Vaca Muerta.
Pero, además, porque Argentina sigue teniendo muchos costos productivos que están ligados a la cotización del petróleo y del gas. El más obvio es el de la logística internacional, dado que no sólo encarece el combustible sino que se alteran las rutas marítimas tradicionales.
«Los gigantes del transporte marítimo (Maersk, MSC, Hapag-Lloyd) han desviado sus flotas hacia la ruta del Cabo de Buena Esperanza, rodeando África. Esto dispara las tarifas de flete a máximos de seis años y anticipa una nueva presión inflacionaria global por los retrasos en la cadena de suministros», plantea un reporte de Damián Vlassich, líder de estrategia de inversión en IOL.
Pero, además, hay un dato que es crucial para Argentina y suele quedar opacado por el precio del petróleo: es el gas natural licuado, del cual el país sigue siendo importador. Desde el estallido del conflicto en Irán, el gas ha subido al triple de velocidad que el petróleo, dado que se teme por el abastecimiento de Europa, sobre todo después del cierre de la producción en Quatar, que representa un 20% de la oferta mundial.
El gas sube, el agro tiembla
Los expertos están previendo para este invierno la llegada de unos 15 cargamentos de GNL, menos de la mitad de la cifra de hace dos años, pero aun así un costo importante.
Y el precio del gas, que se disparó hasta los u$s17 por millón de BTU para el mercado europeo, enciende alarmas por un tema que afecta directamente al campo argentino: los insumos y fertilizantes que se utilizan en la siembra, particularmente la urea y el fosfato diamónico, son derivados del gas natural.
El antecedente de la guerra de Ucrania alcanza como para que se genere preocupación: en aquel momento, la relación de precios entre la tonelada de urea y la tonelada de soja llegó a un nivel de tres a uno, lo que implicaba para los productores una duplicación del costo de la urea en términos de cosecha.
Ante una situación así, los productores con menores márgenes de rentabilidad pueden verse forzados a disminuir la fertilización de los cultivos, con lo cual se podría reducir el rendimiento de los campos para la campaña próxima, si la situación de Medio Oriente se extiende durante varios meses.
Un reporte de Marianela de Emilio, experta del Inta y Agroeducación, alerta que ya hubo una reacción inicial en los mercados internacionales. Aunque todavía no hay certeza de cuáles serán los precios para los productores argentinos, ya se registró un aumento de los productos en el embarque de exportación. El fosfato diamónico en Nueva Orleans ya subió un 6%, mientras que la urea desembarcada en los puertos brasileños viene con sobreprecio de 20% respecto de su nivel previo al bombardeo en Irán.
El campo revisa las cuentas
Lo cierto es que en este momento los productores están reconsiderando su estrategia comercial, y revisando al alza el cálculo de costos. Hasta la semana pasada, contaban con que la urea les costaría 1,7 toneladas de soja, mientras el fosfato de amonio demandaría 2,7 toneladas. Y súbitamente esos números quedaron viejos.
Es cierto que en las últimas semanas también subieron las cotizaciones de las materias primas agrícolas en el mercado global. Así, la soja cotiza en Chicago a u$s433, un precio inesperadamente bueno si se lo compara con el nivel de u$s370 que promedió el año pasado.
El precio es llamativo, además, si se considera que para esta campaña se vienen registrando volúmenes récord de producción: Brasil llegará a 180 millones de toneladas mientras que Estados Unidos -según la estimación del Departamento de Agricultura (USDA)– cosechará 121 millones de toneladas de soja, un volumen 4,4% superior a la última cosecha.
A primera vista, estos precios parecerían poco justificados, pero hubo situaciones geopolíticas que se impusieron a los fundamentales del mercado. Primero, que la especulación sobre el acuerdo entre China y Estados Unidos, sumada a la decisión de la Corte Suprema -que rechazó las subas arancelarias de Donald Trump– llevaron a los fondos de inversión a la compra masiva de futuros de soja, con lo cual se presionó la cotización al alza.
Y ahora, sobre un mercado que ya tenía precios altos, se agrega la tensión del conflicto en Medio Oriente, que pone una cuota extra de presión.
Mientras tanto, en Argentina, los funcionarios se entusiasman con los excelentes números de la cosecha: la Bolsa de Comercio de Rosario prevé 48 millones de toneladas de soja-levemente por debajo de los 49,4 millones obtenidos el año pasado-, que sumadas a las excelentes campañas de maíz y trigo, totalizarían un volumen récord de 140 millones de toneladas.
Es así que se especula con una liquidación de granos en el orden de u$s40.000 millones, una cifra que no se veía desde 2022, cuando el conflicto ruso-ucraniano llevó la cotización de la soja por encima de u$s630.
El dilema de los productores
Sin embargo, el humor en el campo argentino está lejos de la euforia. A pesar de que el nivel de retenciones volvió a recortarse -está en 24% para la soja, una notable mejora respecto del 33% con el que empezó la gestión Milei- todavía las cuentas siguen sin cerrar.
Ocurre que, en el mercado local, no se están reflejando los mismos precios que se ven en las pantallas de Chicago. Más bien al contrario, se sigue verificando una tendencia a la baja de los precios, lo cual opera como un desincentivo para que los productores cierren acuerdos de exportación.
El precio en Rosario está en $460.000, lo que equivale a u$s326, mientras que en la semana previa a la crisis de Irán la cotización era de u$s330. Lo cierto es que abundan las advertencias de empresarios agrícolas que se quejan sobre la «inviabilidad» del negocio por la combinación de retenciones y, además, un tipo de cambio en baja.
Pero, sobre todo, el nuevo temor es que, aun cuando el precio de los granos tuviera una reacción alcista como consecuencia del escenario global conflictivo, la expectativa es que ninguna suba del precio podrá compensar al aumento en el costo de los insumos y fertilizantes. En otras palabras, petróleo y gas caro matan a suba de la soja.
Bajo estas circunstancias, el entusiasmo inicial por la gran campaña agrícola se transformó en una sensación de crisis. Y los productores se enfrentan a una disyuntiva: la primera opción, aconsejada por los consultores, es fijar precios ahora -aun sabiendo que no son atractivos- porque en el futuro se puede agravar la relación insumo/producto. La segunda es más tradicional: esperar con el producto en los silobolsas, con la expectativa de que suba el dólar o que Toto Caputo otorgue un nuevo incentivo impositivo.
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ECONOMIA
Más cambios en el gobierno: Caputo suma un economista uruguayo al equipo económico

EFE
“Muy contento de anunciar que Ernesto Talvi, economista de extensa trayectoria y reputación, se ha sumado a colaborar con nuestro equipo económico. Su experiencia y visión serán un gran aporte para seguir consolidando la recuperación de la economía argentina” señaló en un posteo en la red social X el ministro de Economía, Luis Caputo.
Se trata de una nueva incorporación al equipo del gobierno, que se suma a cambios muy recientes, como la asunción de Juan Bautista Mahiques como ministro de Justicia y de Sebastián Amerio, exsecretario de Justicia, como Procurador del Tesoro de la Nación.
Desde el Palacio de Hacienda indicaron que Talvi se suma como asesor. Se trata de un economista uruguayo de marcada vocación política, a la que ingresó decididamente en 2018, cuando fundó el movimiento liberal-progresista “Ciudadanos”, dentro del Partido Colorado de Uruguay.
Hasta su incorporación al equipo económico se desempeñaba como investigador visitante del Americas Institute de la Universidad de Georgetown, en Washington, que encabeza el economista argentino-mexicano Alejandro Werner, exdirector del Departamento Hemisferio Occidental del Fondo Monetario Internacional. También es invesrigador en el Real Instituto Elcano, de España, y fue director de la iniciativa de Política Económica y Social en América Latina de la Brookings Institution en Washington.
Su fuerte vocación política quedó más marcada aún cuando fue candidato presidencial, senador electo y ministro de Relaciones Exteriores de Uruguay, pero se retiró de la vida política en 2021.

En cuanto a su formación académica, es Doctor en Economía y Master en Finanzas de la Universidad de Chicago, y Licenciado en Economía de la Universidad de la República Oriental del Uruguay.
La incorporación de Talvi al equipo económico podría a su vez estar relacionada con la posible salida del economista chileno José Luis Daza, a quien se ha mencionado como probable miembro del gabinete del presidente electo de Uruguay, José Antonio Kast, que asumirá la presidencia chilena la semana próxima, más precisamente el miércoles, 11 de enero.
Si Talvi y Daza conviven en el gabinete económico argentino, Caputo bien podrá decir que su equipo es un combinado del Cono Sur. Desde Economía indicaron que Daza es el actual viceministro, aunque rehusaron responder afirmativamente acerca de su permanencia en el equipo que encabeza Caputo. “No hay cambios”, se limitaron a decir.
Por sus credenciales como economista de recorrido internacional, Talvi podría aportar en particular en temas de comercio y acuerdos internacionales.
Un estudio de su autoría, publicado en diciembre pasado por el Real Instituto Elcano, aborda la cuestión del comercio entre el Mercosur y la Unión Europea.

“La nueva realidad geopolítica y el impulso proteccionista de EEUU -dice el documento- está provocando una profunda transformación estructural en el sistema internacional de comercio: una redefinición de su arquitectura con nuevas prioridades que surgen centradas en la seguridad económica, la resiliencia de las cadenas de suministro, la autonomía estratégica y el realineamiento geopolítico”.
Según Talvi, en ese escenario de creciente rivalidad geopolítica y proteccionismo, la Unión Europea está rediseñando su arquitectura comercial global para fortalecer su seguridad económica y sus cadenas de suministro intensificando la expansión y modernización de su red de acuerdos de libre comercio. En tal contexto, explica, América Latina y el Caribe destaca como un socio confiable y afín y económicamente complementario. “La región ofrece precisamente lo que la UE necesita más, materias primas críticas como litio y cobre, y abundantes fuentes de energía renovable esenciales para la transición verde y digital. La UE, a su vez, tiene el capital, la tecnología y el conocimiento para promover el desarrollo de cadenas de producción birregionales de alto valor agregado”.
Según Talvi, una vez ratificado el acuerdo UE-Mercosur, la red de acuerdos comerciales de la UE con ALC cubrirá el 97% del PIB regional, muy por encima de la cobertura de Estados Unidos (44%) y China (14%).
Sin embargo, clara, “esta red aún no está completamente interconectada: la fragmentación de los regímenes de origen actuales impide la combinación de insumos de diferentes países —incluso si tienen acuerdos bilaterales con la UE y entre sí— para beneficiarse de las preferencias arancelarias, lo que limita la creación de cadenas de valor birregionales”.
Y para superar esa fragmentación propone un mecanismo de “acumulación diagonal flexible”, aprovechando los acuerdos bilaterales existentes. Eso, dice, permitiría que los insumos de países que tengan acuerdos bilaterales con la UE y entre sí sean considerados como “originarios”, sin necesidad de modificar las reglas de origen específicas de cada tratado. La adopción de un “protocolo común” sería la base regulatoria para implementar este sistema de “acumulación diagonal flexible” y se incorporaría como anexo a los acuerdos existentes entre la UE y los países o bloques de países de América Latina, sin necesidad de renegociarlos.
Esta propuesta, escribió, sería el trampolín para la creación de un área económica birregional integrada UE-América Latina “que abarcaría a 1.100 millones de personas y un PIB comparable al de Estados Unidos, un área que permitiría un incremento de hasta el 70% en el comercio birregional y del 40% en el comercio intrarregional, y facilitaría la articulación de cadenas industriales birregionales, con gran potencial en cadenas descarbonizadas de alto valor agregado”.
ECONOMIA
Canasta alimentaria tradicional vs. sin Tacc: cuánto aumenta el costo de una dieta especial

Mantener una alimentación con requerimientos específicos para estar bien de salud es un tema clave para el bolsillo, ya que en muchos casos comer alimentos que cumplan con determinadas características suele ser más caro que una dieta tradicional.
Así lo muetra el informe de Focus Market elaborado para el Blog de Educación Financiera de Naranja X en donde expone la diferencia de precio entre una canasta básica omnivora versus una canasta sin TACC, que cumplen con los requerimientos básicos alimentarios de un adulto promedio.
«Desde la perspectiva de estructura de mercado, la canasta básica alimentaria tradicional opera en un entorno relativamente más competitivo y con amplias economías de escala, debido a la alta presencia de proveedores masivos y canales de distribución convencionales. En cambio, la canasta básica sin TACC presenta una estructura más concentrada, con menor número de oferentes especializados y una dependencia significativa de certificaciones y normativas específicas», informó Damián Di Pace Director de la Consultora Focus Market.
Cuánto cuesta una canasta alimentaria tradicional
Una canasta alimentaria básica en Argentina cuesta $206.137,28 por mes
Según los datos, la canasta básica (omnívora) compuesta por las 6 categorías (cereales, proteínas, lácteos, frutas y verduras, aceite, y snacks) para un adulto es de $206.137,28 por mes.
En cuanto a las categoías, el gasto es el siguiente:
- Cereales (7,9kg): $38.106,21
- Proteínas (6,9kg): $61.436
- Lácteos (16,2kg): $61.730,83
- Frutas y verduras (13,8kg): $39.957
- Aceite (540cc): $2.278,44
- Snaks (520gr): $2.628,80
Cuánto cuesta una canasta alimentaria sin TACC
Mientras que la canasta sin TACC (sin gluten, proteína que contiene el trigo, avena, cebada, centeno), con las mismas categorías que en la canasta básica, tiene un valor mensual total de $231.479,27, lo cual representa una diferencia del 12% con respecto a la Canasta Básica.

Una canasta alimentaria sin TACC en Argentina cuesta $231.479,27
En cuanto a las categoías, el gasto es el siguiente:
- Cereales (7,9kg): $54.181
- Proteínas (6,9kg): $64.662
- Lácteos (16,2kg): $61.730,83
- Frutas y verduras (13,8kg): $39.957
- Aceite (540cc): $2.278,44
- Snaks (520gr): $8.640
«De acuerdo al informe, la canasta básica alimentaria sin TACC tiene un precio promedio de12% superior al de la canasta básica alimentaria tradicional. Esta brecha se amplía particularmente en las categorías de snacks certificados sin gluten y cereales sin TACC, donde los costos de producción más elevados y las economías de escala más reducidas presionan al alza los precios finales», señaló Damián Di Pace, director de la Consultora Focus Market.
En la canasta Sin TACC, el principal aumento se explica por el costo de los cereales sin TACC (+42%) y especialmente los snacks certificados (+230%), reflejando el sobreprecio asociado a productos con certificación y menor escala productiva.
Asimismo, se observó que los productos que diferencian cada modelo alimentario no siempre se encuentran en un único establecimiento comercial, lo que implica una mayor fragmentación de la oferta y un costo adicional en términos de accesibilidad y tiempo de búsqueda.

Cereales y Snaks son las categorías que más impactan en el precio de las canastas
«La certificación de gluten, los insumos alternativos (como harinas especiales) y los procesos de producción segregados implican costos adicionales que no se distribuyen homogéneamente en toda la cadena de valor, generando una prima de precio que impacta directamente en la accesibilidad económica para hogares con necesidades alimentarias especiales», detalló Di Pace.
Es importante destacar que a fines de 2023 se actualizó la normativa sobre Alimentos Libres de Gluten (ALG) e introdujo un nuevo logo identificador: «SIN GLUTEN». La norma permite dos tipos de productos: los elaborados con ingredientes que no contienen gluten y los que, aun partiendo de ingredientes con gluten, son procesados para removerlo (ej.: cerveza de cebada tratada con enzimas que degradan el gluten). En ambos casos el límite máximo de gluten es el mismo: 10 mg por kg de alimento. Hay un plazo de adaptación de 3 años para cambiar el rótulo con el nuevo logo, hasta el 02/12/2026; durante ese periodo convivirán en góndola etiquetas «SIN TACC» y «SIN GLUTEN».
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