DEPORTE
El abuelo, el padre, el hijo y la Copa: cómo Messi tendió el puente generacional más emotivo de la Argentina

Durante más de dos décadas, Lionel Messi acompañó a distintas generaciones de argentinos y seguidores en todo el mundo. Desde quienes todavía lo comparaban con Diego Maradona hasta los chicos que aprendieron a mirar fútbol con él como única referencia.
El fútbol es una síntesis de íconos. Cada partido es un mojón en nuestra vida. Hay argentinos que recuerdan dónde estaban cuando Diego Maradona invocó la “mano de Dios” en México 1986. Otros tienen grabados los penales del Mundial Italia 1990. O la final de Brasil 2014 o la noche de Qatar 2022.
Para varias generaciones, en cambio, hay una secuencia distinta: Messi entrando a una cancha, Messi haciendo un gol, Messi levantando una copa, Messi renunciando a la selección, Messi volviendo. Y, finalmente, Messi escribiendo a mano que ya no jugará para la selección argentina.
Lionel Messi fue mucho más que un futbolista para varias generaciones de argentinos. Fue una referencia compartida entre padres, hijos, abuelos y nietos. Un personaje que atravesó conversaciones familiares, sobremesas, llantos sin consuelo, gritos de goles desde el alma, viajes como peregrinaciones, bares desbordados, escuelas con pantallas gigantes y reuniones maratónicas.
Su recorrido coincidió con buena parte de la historia política, económica y social de la Argentina reciente. La historia de Leo en la selección es un puente entre cuatro generaciones.

Cuando Messi debutó en el Mundial de Alemania 2006, la Argentina todavía estaba reconstruyéndose después de la crisis de 2001. La economía había comenzado a recuperarse con fuerza, pero permanecían las marcas sociales de aquellos años. En 2006, el desempleo había bajado de los niveles superiores al 20 % registrados durante la crisis a alrededor del 10 %, mientras el país acumulaba su cuarto año de crecimiento.
Messi, de algún modo, llevaba consigo una de las consecuencias de aquella crisis del 2001. El problema de crecimiento que había atravesado durante su infancia requería un tratamiento costoso. La obra social vinculada al trabajo de su padre, Jorge Messi, había cubierto durante un tiempo el tratamiento, pero con la crisis comenzaron los problemas con los reintegros. La familia buscó entonces alternativas en clubes argentinos, entre ellos Newell’s y River, hasta que apareció la posibilidad de Barcelona. En septiembre de 2000, cuando Leo tenía 13 años, Jorge y su hijo viajaron a España.

El pibe que salió de Rosario terminó convirtiéndose en el futbolista que regresaría simbólicamente a la Argentina cada vez que se ponía la camiseta celeste y blanca.
Antes de que Messi fuera Messi
El comunicador social argentino Fernando Gabrich estaba en Barcelona cursando un Máster de Periodismo cuando comenzó a escuchar hablar de aquel rosarino. “Hay un chico de Rosario que la rompe en el Barça”, le comentó un colega que trabajaba en La Vanguardia. Gabrich consiguió el contacto de Jorge Messi, entrevistó al padre y habló con aquel adolescente que todavía no había debutado en Primera.
La entrevista apareció en el diario La Capital de Rosario. La tapa lo presentó como una promesa del Barcelona. Gabrich todavía recuerda que Messi hablaba poco. También recuerda algo que entonces era difícil de imaginar: aquel chico iba a acompañarlo durante más de dos décadas de vida en Barcelona.

“Ser argentino con Messi aquí era lo mejor. Disfrutar cada partido del Barça con Messi fue increíble”, cuenta hoy el periodista, que vive en Cataluña desde hace más de 22 años. Para alguien de la generación de Maradona, la comparación parecía inevitable. Con el tiempo, sin embargo, su propia experiencia cambió la escala.
“Creo que Leo lo superó”, sostiene Gabrich. No solamente por los títulos, sino por la cantidad de años de alegrías compartidas. Messi se convirtió así en una forma de conexión con la Argentina para quienes vivían lejos.
Un Mundial, una generación
Para la generación X, Messi llegó después de Maradona. Para los millennials, creció junto a ellos. Para la generación Z, en cambio, Messi es casi el principio de la historia.
Julian Bricco, relator de TyC Sports nacido en Rosario, pertenece a esa generación que escuchó de sus mayores que después de Pelé no aparecería nadie como Pelé. Después apareció Maradona. Y entonces llegó otra afirmación: después de Maradona no aparecería nadie igual. Y apareció Messi.
Bricco utiliza una imagen para explicar lo que significaba verlo jugar: alguien llevó a su familia a la cancha para mostrarles cómo un futbolista parecía “levitar” sobre el campo. Pero para el relator hay otro aprendizaje que excede al fútbol. “Siempre se levantó”, dice. Y esa idea es la que intenta transmitirles a sus hijas: Messi no solamente enseñó a jugar, sino también a volver a intentarlo después de perder.
Ese recorrido explica parte de su dimensión generacional. Los más grandes pudieron verlo como heredero de Maradona. Los adultos jóvenes lo acompañaron desde sus primeros años en Barcelona. Los adolescentes que hoy tienen entre 15 y 20 años crecieron viendo a Messi como una presencia permanente.
“Lionel Messi ha sido el nexo de unión para todo el mundo futbolístico, incluso para sus detractores, porque hasta ellos debían hablar de él para estar a la altura de sus admiradores; intentaban buscarle defectos que luego él corregía en el campo para callarles la boca”, afirmó Moisés Llorens, corresponsal de ESPN en Barcelona.
El periodista sostuvo que el astro argentino ha logrado reunir a familias enteras frente al televisor y lo definió con una metáfora entrañable: “Messi es alegría, es como la Navidad o Papá Noel para los niños. Es un genio de la humanidad, a la altura de Gaudí o Picasso, que siempre iba dos segundos por delante del resto en la cancha”.
Respecto al futuro de la Albiceleste, Llorens advirtió sobre la presión del relevo: “Argentina va a tener que reinventarse para encontrar un líder mediático. Pensaba que Julián Álvarez podía ser el nuevo Messi, pero quien asuma su estandarte va a sufrir, porque al que le pongan esa etiqueta va a salir perdiendo. Messi ha sido único; lo que venga tendrá otro nombre y compararlo con él será siempre perder”.
“Lo de Messi es único, no solo por su destreza deportiva e inigualables cualidades futbolísticas, sino porque su vigencia absoluta durante más de veinte años en un nivel superlativo ha permitido el diálogo entre tres o cuatro generaciones en tiempo presente”, afirmó Javier Acuña, escritor rosarino y colaborador de Jot Down España.
El autor explicó que, a diferencia de otros deportistas icónicos como Diego Maradona o Gabriela Sabatini, donde los fanáticos debieron recurrir a la historia oral o al archivo para transmitir esa devoción a los más jóvenes, la carrera del capitán argentino permitió que un adulto y su sobrino de siete años compartan la misma fascinación en tiempo real.
De las derrotas al abrazo colectivo
La relación entre Messi y la selección argentina no fue inmediata. Durante años hubo críticas. La comparación con Maradona ocupó buena parte de la conversación pública. También estuvo aquella renuncia después de la derrota en la final de la Copa América Centenario 2016.
Después llegó el cambio. La Copa América 2021 rompió una espera de 28 años sin títulos en la selección mayor. Luego llegaron la Finalissima, el Mundial de Qatar 2022 y otra Copa América en 2024. En 2026, Messi disputó su sexto Mundial y llevó a Argentina nuevamente a la final, perdida ante España. Su carrera internacional terminó con 207 partidos y 125 goles, récords históricos de la selección.
Fernando Montenegro, periodista de TyC Sports y docente de UAI Rosario, tiene 44 años y puede observar ese recorrido desde varios lugares. Hacia abajo están sus hijos, Lautaro, de 15 años, y Juan Ignacio, de 11. Ellos conocieron principalmente al Messi de la etapa ganadora, el de la selección de Lionel Scaloni. “Mi lazo con mis hijos y Lionel Messi fue en la etapa más exitosa”, explica.
Hacia arriba están sus padres y sus tíos. Allí ocurrió otra transformación: la discusión sobre quién había sido mejor, Maradona o Messi, comenzó a perder sentido después de Qatar. “Está el antes y el después de haber levantado también la Copa del Mundo”, dice Montenegro. El puente generacional quedó construido.
Para ejemplificar este fenómeno intergeneracional, Javier Acuña recordó una anécdota previa al partido contra Alemania en el Mundial de 2010. En esa ocasión, intentó transmitirle el legado maradoniano a uno de sus sobrinos trasnochando para mostrarle videos de Diego, buscando explicarle que Messi y el entonces DT eran “la continuidad de un linaje”.
Sin embargo, el escritor destacó que si hoy quisiera transmitir una magia similar a un niño de diez años, no haría falta ningún archivo: “Lo puede hacer mirando un partido la semana que viene con el Inter Miami. Y eso es mágico, porque une a gente de setenta u ochenta años con el pibe de cuatro”.
Veinte años de Argentina
Mientras Messi jugaba, Argentina cambiaba. Pasaron los gobiernos de Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner, el macrismo, la presidencia de Alberto Fernández, la pandemia de COVID-19 y la llegada de Javier Milei. Cambiaron las tecnologías, las formas de consumir televisión, las redes sociales y hasta la manera de seguir un partido. Messi permaneció.
Un niño podía comenzar a mirar un partido con su abuelo y terminar explicándole a su hijo quién era aquel jugador que había visto por primera vez en 2006. Un padre podía regalarle a su hijo una camiseta de Argentina y, años después, llevarlo a un estadio para verlo jugar. También están las historias personales.
En noviembre de 2004, cuando Leo todavía era un adolescente. Quien escribe estas líneas lo vio por primera vez en el Camp Nou. El viaje había surgido de una apuesta con Joan Mayans, un antropólogo catalán que había vivido en Rosario durante un intercambio universitario a fines de los años noventa. La apuesta era sencilla: quien se casara primero pagaría el pasaje al otro. Mayans perdió. El premio fue un viaje a Barcelona.
En el estadio, la expectativa estaba puesta en Ronaldinho. Hasta que en el segundo tiempo Frank Rijkaard hizo ingresar a un chico que todavía no era una celebridad.
“Ahí entra el pibe, el pibito de Rosario”, me dijo Fernando Gabrich, que estaba en la tribuna a mi lado. Era Messi.

En el Camp Nou se jugaba un partido a beneficio de personas con VIH de América Latina y África. Barcelona enfrentaba a un combinado de estrellas internacionales dirigido por Johan Cruyff, en una noche en la que el resultado importaba menos que la causa. Ronaldinho, Deco, Andrés D’Alessandro, Michael Owen, Nakata y Jorge Campos eran algunos de los nombres que reunía aquel encuentro. Barcelona terminó ganando 4-3. Pero entre todas esas figuras apareció un chico de 17 años que todavía jugaba en el equipo filial.
Lionel Messi ingresó por Ludovic Giuly, lesionado después de una corrida por la banda, y antes de que terminara el primer tiempo marcó el tercero del equipo catalán. Todavía nadie podía saber que ese adolescente que acababa de entrar al Camp Nou iba a convertirse en el protagonista de los siguientes veinte años del fútbol argentino.
Años después, en agosto de 2009, nació mi hijo. Lo primero que tuvo sobre el pecho fue una camiseta argentina. Desde entonces, los partidos de Messi fueron parte de una rutina familiar. Hubo derrotas, finales, festejos y discusiones. También dos partidos compartidos en una cancha: Argentina-Paraguay en el Monumental, con gol de Nicolás Otamendi, y el partido despedida de Maxi Rodríguez, con esa ilusión siempre latente de verlo algún día nuevamente con la camiseta de Newell’s.
No hay nada de extraordinario en estas líneas. Todos tenemos un puente gracias a Messi. Leo forma parte de millones de historias familiares que se parecen entre sí.

El último puente
La última escena tiene algo de paradoja. Messi nació futbolísticamente en Rosario, emigró a España cuando era un niño y pasó la mayor parte de su carrera lejos de Argentina. Sin embargo, terminó siendo uno de los argentinos que más consiguió unir a los argentinos dentro y fuera del país.
Gabrich lo resume desde Barcelona: “Es el único argentino que a los que vivimos afuera nos hizo sentir plenamente orgullosos de que sea argentino”, no solamente por el fútbol, sino también por su conducta como capitán.
Javier Acuña admitió que el futbolista construyó “una especie de presente perpetuo”. Con nostalgia, el escritor concluyó que hoy la sociedad descubre con pesar que ese ciclo no era eterno, aunque el capitán argentino lograra convencer al mundo de lo contrario durante décadas: “Ya sabíamos que no iba a durar para siempre, pero nos hizo creer que sí. Ese diálogo entre generaciones en tiempo presente me parece irrepetible”.
El valor simbólico aparece también en Montenegro. Para él, Messi fue un ejemplo dentro de la cancha y un embajador fuera de ella.
Para Julián Bricco, representa además la capacidad de levantarse una y otra vez. Ahora ese puente cambia de forma.
El 31 de agosto de 2026, Messi anunció su retiro de la selección. Lo hizo en tres hojas escritas de puño y letra, fotografiadas y publicadas en Instagram. Había decidido retirarse el 21 de julio, dos días después de la final del Mundial. Pero la muerte de su padre, Jorge Messi, el 8 de agosto, terminó de confirmar aquella decisión. “Me vacié, ya no tengo más para dar”, escribió.
Jorge fue su papá. Y fue quien acompañó aquel tratamiento durante la infancia, quien buscó alternativas cuando la Argentina atravesaba una de sus crisis más profundas y quien viajó con él a Barcelona cuando todavía era un niño. Aquel chico que salió de Rosario en plena crisis terminó atravesando dos décadas de la historia argentina. Vio pasar gobiernos, crisis, recuperaciones, pandemias, mundiales y generaciones. Jugó mientras sus contemporáneos crecían, se casaban, tenían hijos y envejecían. Por eso su despedida es la de varias generaciones.

Para quienes lo vieron debutar, es el cierre de una época. Para quienes crecieron con él, es despedir una parte de la propia juventud. Para quienes nacieron después de 2005, es descubrir que el jugador que parecía eterno también podía dejar de ponerse la camiseta argentina. Durante veinte años, Messi fue una de las pocas figuras capaces de sentar a varias generaciones frente a la misma pantalla y hacerlas sentir exactamente lo mismo.
Ahora queda una tarea difícil: aprender a mirar la selección sin buscarlo. Y también reconocer que, durante mucho tiempo, cada vez que Messi jugó para Argentina, una generación entera —y las que estaban antes y después— encontró una razón para volver a encontrarse. Los goles de Messi, los goles de Messi, los goles de Messi, los goles de Messi…
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DEPORTE
Por qué levantamos los brazos al ganar: la ciencia detrás del lenguaje corporal de la victoria

Cuando un atleta cruza la línea de llegada o un futbolista celebra el gol que define un campeonato, el cuerpo se expande casi de manera automática: brazos en alto, pecho abierto, columna erguida.
Esa postura de expansión corporal, omnipresente en el deporte de alto rendimiento, no puede explicarse únicamente como un reflejo primitivo heredado de otros primates, según advierte Stéphanie Caillies, profesora de psicología cognitiva en la Universidad de Reims-Champagne Ardenne, consultada por el diario deportivo francés L’Équipe.
La postura de expansión corporal se asocia en la investigación psicológica a emociones positivas de alta intensidad: alegría, orgullo y triunfo. Sin embargo, Caillies advierte que la misma postura puede comunicar una amenaza si se combina con expresiones faciales agresivas. “Una misma postura expansiva con un visaje agresivo puede significar: me preparo para golpear”, señaló la investigadora en declaraciones recogidas por L’Équipe.
La lectura de cualquier gesto corporal depende, según la especialista, de sus características cinemáticas, velocidad, trayectoria y del entorno en que ocurre. En el deporte de competición, ese contexto viene cargado de normas sociales que generan un repertorio gestual propio, distinguible del lenguaje corporal cotidiano.
El debate entre origen innato y aprendizaje social

Un trabajo publicado en 2008 por Jessica Tracy y David Matsumoto argumentó que, si personas no videntes de nacimiento adoptan posturas de victoria sin haberlas visto nunca, eso prueba su carácter innato. Caillies rechaza esa lectura: “Esas personas han evolucionado en una cultura que ha moldeado su forma de pensar. Han internalizado reglas que influyen en sus movimientos aunque no las hayan ‘visto’ literalmente”.
La especialista fundamenta su posición en la teoría de la cognición corporizada, según la cual el pensamiento no depende solo del cerebro, sino de un sistema que incluye también el cuerpo y el entorno.
Bajo ese marco teórico, una persona no vidente puede incorporar normas de expresión emocional a través del tacto, el oído y la descripción verbal, y luego reproducir esos gestos sin que ello indique que son biológicamente predeterminados.
La comparación con los chimpancés y sus límites
Los trabajos con chimpancés muestran que estos primates también despliegan expansiones corporales parecidas, lo que podría sugerir un origen evolutivo compartido. Caillies matiza esa analogía: en los grandes simios, la postura suele indicar dominancia o un cambio de jerarquía dentro del grupo, con una dimensión amenazante ausente, o mucho menos marcada, en el atleta humano que celebra una victoria.
“Podría decirse que el deportista que gana también cambia de estatus, pero es más complejo porque existe además una comunicación emocional: comparto la alegría del éxito con los miembros de mi grupo, lo que puede generar adhesión, admiración y reforzar la cohesión social”, puntualizó la investigadora. Esa dimensión grupal y afectiva del gesto distingue, a su juicio, la celebración humana del comportamiento de dominancia observado en otros primates.
La conclusión de Caillies es que la postura de victoria resulta de “la interacción entre predisposiciones biológicas y aprendizajes sociales”, sin que ninguna de las dos variables pueda reclamar la explicación completa.
El cuerpo humano impone restricciones físicas a los movimientos posibles, pero dentro de ese margen la cultura, transmitida mediante descripciones, relatos y convenciones compartidas, moldea qué gestos se producen y qué significados se les atribuyen.
Predisposición biológica y cultura, sin jerarquía entre ambas
La investigadora menciona además que existen ciertas variables individuales, como pueden ser los rasgos específicos de la personalidad de cada individuo y el género, que también ejercen una influencia en este tipo de expresiones.
Todavía es necesario investigar para poder determinar si los códigos gestuales asociados con la victoria son exactamente iguales entre deportistas de ambos sexos o si, por el contrario, se observan diferencias sistemáticas en la manera en la que hombres y mujeres manifiestan el triunfo cuando se encuentran en situaciones competitivas.
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DEPORTE
Julián Álvarez quedó afuera de los convocados del Atlético de Madrid: los motivos

Julián Álvarez quedó fuera de la convocatoria del Atlético de Madrid para el partido de este domingo ante la Real Sociedad, correspondiente a la quinta fecha de la Liga de España, tras sufrir una sobrecarga muscular que lo obligó a abandonar el entrenamiento del sábado antes de su conclusión.
“Julián no viaja a San Sebastián por una sobrecarga muscular por la que se retiró en la sesión de entrenamiento de ayer. Realizadas las pruebas pertinentes, los servicios médicos han descartado su presencia en el partido de hoy”, comunicó el club rojiblanco en la mañana del domingo, instantes antes de que la delegación partiera hacia el norte de España.
El delantero argentino de 26 años sintió las molestias en el tramo final de la práctica del sábado. Por precaución, el cuerpo técnico y los servicios médicos del club resolvieron no arriesgar su viaje a San Sebastián, donde por la noche se disputará el encuentro. Álvarez no es la única baja: Pablo Barrios y Alexander Sorloth también quedaron descartados por sendas lesiones musculares.
Simeone viaja con 23 jugadores y tres argentinos en la lista
Sin los tres lesionados, el entrenador Diego Simeone parte hacia Anoeta con 23 futbolistas, todos los disponibles del primer equipo más el defensor Jorge Domínguez y el mediocampista Jorge Castillo, ambos con ficha de las categorías inferiores. Entre los convocados figuran tres argentinos: el arquero Juan Musso, el defensor Cristian Romero y el extremo Giuliano Simeone. El puesto de Álvarez en el once inicial será cubierto previsiblemente por el canadiense Jonathan David, su recambio natural en la delantera, aunque Simeone también podría optar por el tridente conformado por Kang-in Lee, Álex Baena y Ademola Lookman, combinación que utilizó en el arranque de la temporada.
La sobrecarga pone en duda su participación en la ventana de amistosos de la Selección Argentina
Más allá del impacto inmediato en el conjunto colchonero, la situación genera inquietud de cara a la próxima ventana internacional. Entre el 21 de septiembre y el 6 de octubre, la selección argentina disputará sus primeros amistosos tras el Mundial 2026, con entre dos y tres partidos previstos cuyos rivales aún no se han confirmado oficialmente (Bolivia, Burkina Faso y Benín asoman como los posibles contrincantes).
Al tratarse de una sobrecarga y no de una lesión de mayor entidad, la evolución de Álvarez será determinante. El atacante había disputado el miércoles ante el Liverpool su primer partido como titular y completo en la temporada, por lo que el cuerpo médico actuará con cautela. Si no llega en condiciones para el próximo partido del Atlético en casa ante Osasuna, el objetivo sería tenerlo a punto para el clásico frente al Real Madrid, programado el siguiente domingo en el estadio Metropolitano, duelo en el que Barrios y Sorloth también son duda.
Este contratiempo se da luego de un período de transferencias agitado para la Araña, quien recibió múltiples sondeos (del PSG y el Arsenal, por citar dos de los interesados), pero su foco estuvo puesto en el posible salto al Barcelona. No obstante, el Colchonero no quiso negociar con la dirigencia blaugrana, en un duelo mediático que dejó en el medio al jugador, que fue abucheado por el público en su primer duelo de la temporada, cuando ingresó en el empate ante el Villarreal.
Cuando se había confirmado su continuidad y buscaba demostrar su compromiso pese al affaire del mercado de pases, Álvarez sufrió esta lesión, que pone en pausa su participación en el elenco que dirige Diego Simeone.
DEPORTE
El rapto de furia de Sabalenka tras perder la final del US Open: una raqueta destruida y un amenazante mensaje a la cámara

Aryna Sabalenka destrozó su raqueta contra el suelo en el Arthur Ashe Stadium, con los ojos llorosos y la mirada perdida, apenas segundos después de que Elena Rybakina sellara el título del US Open con un 6-4, 5-7 y 6-2 que le costó 2 horas y 21 minutos. La bielorrusa, bicampeona defensora, no encontró la manera de disimular una frustración que ya había mostrado en otros escenarios, y esta vez lo hizo frente a las cámaras y a las miles de personas que colmaban las tribunas del estadio más grande del tenis mundial.
El saludo en la red fue breve, casi protocolario. En cuanto Sabalenka llegó a su banco, tomó la raqueta y la reventó contra el suelo sin dudarlo. La imagen se viralizó en cuestión de minutos y despertó la memoria colectiva de los aficionados, que recordaron aquel episodio de 2023 cuando, tras caer ante Coco Gauff también en la final de Nueva York, las cámaras la captaron descargando su bronca en los pasillos del recinto. La historia, en más de un sentido, se repitió.
La reacción que lo dice todo
La secuencia no terminó ahí. Mientras el equipo organizador montaba el escenario para la ceremonia de premiación, un camarógrafo se acercó a registrar el estado emocional de la bielorrusa. Ella, visiblemente afectada y con los ojos húmedos, hizo un ademán con la mano para que dejaran de filmarla y vociferó “fuck off” (“vete a la mierda”). No era enojo hacia el público ni hacia su rival: era el gesto de alguien que necesita un momento de intimidad que el deporte de élite pocas veces concede.
La propia Sabalenka, ya en el acto de premiación, intentó poner palabras a lo que sentía: “De verdad me sentí como en casa aquí y no puedo esperar para volver el próximo año. Ojalá pudiera haber jugado un poco mejor, pero supongo que el próximo año”, dijo. Una frase que mezcla el apego que siente por Flushing Meadows y la resignación de quien sabe que el margen fue mínimo, aunque el marcador no lo refleje del todo.
La derrota tiene una dimensión extra que pesa más allá del trofeo. Sabalenka buscaba convertirse en la primera jugadora desde Serena Williams en ganar tres ediciones consecutivas del US Open. Además, cayó precisamente ante la única rival que podía arrebatarle también el número uno del mundo: Rybakina llegó al partido ya como nueva líder del ranking WTA, un ascenso que completó con el título en la mano. Las 99 semanas de Sabalenka en lo más alto del circuito llegaron a su fin en el peor momento posible.
Rybakina frenó una racha de 19 victorias seguidas en Flushing Meadows
Del otro lado de la red, la kazaja construyó su victoria sin necesitar su mejor versión. Rybakina concretó tres de las 12 oportunidades de quiebre que generó, suficientes para inclinar la balanza a su favor. Su primera bola de servicio no estuvo a la altura habitual —pese a ser la líder en aces del circuito—, pero su juego de devolución fue constante e implacable, capaz de neutralizar la potencia de Sabalenka en los intercambios largos.
Con este título, Rybakina alcanzó su tercer Grand Slam —Wimbledon 2022, Abierto de Australia 2026 y ahora el US Open— y cortó la racha de 19 victorias consecutivas que Sabalenka acumulaba en Flushing Meadows desde aquella final perdida frente a Gauff. También igualó a la propia Sabalenka y a Mirra Andreeva, campeona de Roland Garros, con tres títulos en la temporada, la cifra más alta del circuito femenino. El cheque que se llevó fue de 5,5 millones de dólares, el mayor en la historia de un Grand Slam.
En la ceremonia, Rybakina tuvo palabras para su rival que resumieron el nivel del enfrentamiento: “Es muy difícil jugar contra ti; llevas todo al límite. Me estaba muriendo en la cancha contra ti. Solo intentaba llegar a todas las pelotas posibles. Felicitaciones por tus logros y a tu equipo; ustedes hacen un trabajo increíble. No encuentro las palabras ahora mismo, lo siento”, declaró la nueva número uno.
“Si hubiera guardado mis emociones dentro de mí, no habría podido decir una palabra en la pista o ahora mismo. Es realmente difícil controlar tus emociones cuando pierdes en la final de un Grand Slam y cuando estabas intentando lograr un tricampeonato. Quería liberar toda esa agresión y decepción afuera”, se justificó la bielorrusa.
Solo le falta Roland Garros para completar el Grand Slam de carrera. Sabalenka, mientras tanto, tendrá que esperar hasta el año que viene para intentar recuperar lo que perdió este sábado en Nueva York.
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