DEPORTE
El ayudante de Bilardo reveló detalles desconocidos del Mundial 86: su disfraz de espía, la vida en “Alcatraz” y la imagen eterna de Maradona

Roberto Mariani es una leyenda del fútbol argentino. Tal vez desconocido para los que no están en ese mundo, su historia ocupa páginas gloriosas. Fundó las bases del Vélez que luego hizo historia de la mano de Carlos Bianchi. También hizo lo propio en San Lorenzo. Y se sentó en los bancos de suplentes como entrenador en varias partes de Sudamérica y en todo el mundo. Pero nada de eso opaca el haber sido la mano derecha de Carlos Salvador Bilardo en los dos Mundiales que el Narigón estuvo al frente de la selección argentina.
A 40 años de aquella gesta inolvidable en el estadio Azteca, que tuvo a Diego Maradona como el rey de la Copa del Mundo de México 86, Infobae habló con el ayudante del DT y repasó lo que fueron los días de convivencia en la concentración del América, por qué el histórico número 10 “controlaba todo” y sus charlas con el entrenador, alguien “tranquilo” a pesar de la mirada que tuvo el mundo del fútbol sobre su forma de ser en su rol de líder de grupo.
– A 40 años de lo que pasó en México, ¿qué recuerdos tiene vivos que a veces le vienen o qué es lo que más atesora de ese tiempo?
– Mirá, casi todo. Sobre todo el esfuerzo y el sacrificio que hizo Carlos Bilardo, fundamentalmente. A pesar de ser criticado y vapuleado diez mil veces por día, por todos los medios, casi. Había muy pocos medios, salvo un poco La Nación, Víctor Hugo Morales, Paenza, Marcelo Araujo. Era un grupo de periodistas que más o menos se bancaba un poco la situación. Macaya, José María Muñoz. Pero el resto fue duro. Y Carlos luchó muchísimo. Yo a Carlos lo encuentro de casualidad. Nosotros jugábamos mucho acá cerquita, donde está el Hogar Obrero. Había unas canchas, ahí se jugaban unos campeonatos. Él jugaba para un equipo que se llamaba La Paternal y yo jugaba para un equipo que se llamaba Kimberley, que está acá en Devoto. Y jugábamos todos ahí. ¿Qué pasa? Lo encuentro un día, yo me vine de vacaciones de Bolivia, estaba dirigiendo allá, estaba dirigiendo Blooming. Y nos encontramos. Él venía de la fábrica de muebles que tenía sobre el pasaje entre Juan B. Justo y Belaustegui. Y yo venía caminando y me encuentro con Hugo Peña en la heladería, charlando, estaba yo con mi señora. Y resulta que me dice: “Me voy a hacer cargo, probablemente, de la Selección. Así que vos que estuviste en Bolivia, porque el primer desafío que tenemos es un juvenil que se va a jugar en Bolivia. Pacha (Pachamé) va a ser el técnico y necesito algunos informes, todo, me va a venir bien”. Y entonces le preparé una carpeta con unos informes de todo y quedó encantado. Entonces, me llevó a la AFA, me citó en la AFA, donde conocí a todos, a Madero, a todos. Ya los conocía del fútbol, pero bueno, nos fuimos a la mueblería y ahí, sacó unas carpetas. Me llevó a la AFA, me citó y viajé a Bolivia, conseguimos el hotel en Cochabamba, nos afincamos, conseguimos el predio al lado del estadio para poder estar ahí bien y le conseguí todo eso. Bueno, conseguimos todo y ahí llegamos a la que fue la famosa final esa con Brasil, que hubo un desmán en La Paz, que estaba Luis Islas, se armó un lío, lamentablemente siempre lo arman los brasileños cuando se burlan, ¿viste? Se burlaron y la sangre del argentino es proclive a…
– A pelear.
– A reaccionar y bueno, hubo una reacción y ahí clasificamos a México, al Mundial Juvenil.
– ¿Cómo se integró al cuerpo técnico con Bilardo?
– Carlos me propone integrarme ahí sumarme al cuerpo técnico con él. Así que bueno, me dice: “Yo necesito un técnico al lado mío”. Porque en ese tiempo no había la tecnología que hay hoy. Había que andar haciendo notas, ir a buscar los diarios a la avenida Corrientes y Maipú, donde estaba el puesto que traía todos los diarios internacionales. Y de ahí, empezar a sacar y empezar a anotar, a hacer una nota de cada jugador, cómo formaban los rusos, cómo se jugaba en Italia, cómo jugaban los jugadores argentinos, los seguíamos. O sea que yo llegué a tener un portafolio, que me lo regaló Carlos, que pesaba, si se te caía en los pies, te los rompía, porque pesaba, porque tenía carpetas de todo.
– ¿Cómo era el día a día y la preparación táctica en ese tiempo?
– Llevábamos todo así, con recortes, y bueno, ahí empezó la historia. Me dice: “Bueno, ahora que estás integrado, fijate que te voy a decir algo. El día que vos te equivocás, me equivoco yo”. Eso me quedó grabado para siempre. Y Carlos era un tipo que estaba adelantado a todo. Me hacía acordar a Zubeldía. Fue su maestro Zubeldía. Y me dice: “Bueno, vamos a viajar, nosotros vamos a hacer la gira, pero vos te vas a quedar acá preparándote y te vas a viajar después directamente a México, a la Ciudad de México, al Distrito Federal, a la concentración del Toro”, que era la del América.
– ¿Quién era Cremasco y en qué ayudó a la Selección?
– Era un ex jugador de Estudiantes de La Plata, muy amigo de él, que tenía un restaurante que se llamaba Mi Viejo, donde después de los partidos íbamos a cenar con toda la gente, con los dirigentes, con todos, cuando se jugaba en el Distrito Federal o estaba la posibilidad de ir. Él fue uno de los artífices también de haber preparado todo para que estuviera bien la Selección, que estuviera como en su casa. Y ahí estábamos alejados de todo, porque imaginate vos que era difícil llegar al centro por la cantidad de tránsito que había.
– ¿Bilardo pidió hacer adaptaciones en la concentración?
– Sí. Tal es así que tenía un lugar al que se le puso la isla. En principio, se le denominó Alcatraz, porque de ahí no salía nadie. Era difícil. Y aparte, ¿dónde ibas? Tenías que viajar para ir a Las Pirquitas o a lugares donde verdaderamente hubiera algo de movimiento, si no no podías. Y atrás estaban los depósitos y la envasadora de Coca-Cola. El lugar era maravilloso, pero Bilardo le hizo hacer unas reformas y del lado de la isla estaban Passarella, Brown, Ruggeri, todos ellos estaban de aquel lado. Después, del lado de acá estaban Olarticoechea, Bochini, Islas, toda la gente, Burruchaga, Giusti. Y bueno, se dividió bien la cosa y más o menos se pasó bien. Se preparó una sala donde se podían ver algunos videos, porque Bilardo pudo traer, en ese momento, desde Colombia, donde él había estado tantos años, a Alex Gorayeb, que era el presidente del Deportivo Cali, fue el que le facilitó muchas cosas y le trajo una videocasetera, la cámara y también el televisor. Y bueno, automáticamente instalamos todo ahí, una pizarra. Bilardo usaba la pizarra, pero a él por lo general le gustaba utilizar las cartulinas los días de partido. Los días de partido había una particularidad.
– ¿Cómo era la charla técnica antes de los partidos?
– La cartulina, él hacía la charla técnica, las arrollábamos y las llevábamos a los partidos, las llevábamos al vestuario, por si había que recordar algo lo refrescaba en el vestuario.
– ¿Cómo eran la rutina y las cábalas del equipo?
– Después eran siempre las cábalas, el mismo micro, los mismos guardias que venían con las motos, la gente de agremiados, que venía siempre con Pandolfi, todos venían permanentemente a prestar colaboración en algunos aspectos.
– ¿Cómo se organizaban los amistosos y la convivencia en México?
– Había una particularidad, que estaba el Indio Solari con su escuela famosa de Renato Cesarini, y venía ahí y estaban haciendo una gira por México con juveniles, en ese tiempo todavía estaba Sensini, en ese juvenil había un montón de chicos. Y hacíamos amistosos en la semana cuando se hacía fútbol, automáticamente venían ellos. Después, un grupo de japoneses que representaba a Puma y venía con un grupo de técnicos y también hicimos algún partidito internacional. Nos juntábamos el cuerpo técnico de la Selección con la gente de agremiados, entonces nos juntábamos todos ahí y jugábamos al fútbol por la tarde. En la semana siempre había un partidito.
– ¿Cómo se asignaban las habitaciones entre los jugadores? Por ejemplo, Diego, quien estaba con Pasculli, ¿eso lo eligió Carlos o los jugadores?
– No, eso lo hacía Carlos y siempre consultó a los jugadores. Siempre hablaba. Eso de que no hablaba con los jugadores era mentira. Incluso era de estar hablando una hora, dos horas con los jugadores.
– ¿Cómo era Bilardo en el trato diario y en la gestión del grupo?
– Hay que conocerlo a Carlos, hay que conocerlo y convivir con él. Es un obsesivo, porque le gusta que todo esté a la perfección. Siempre queda a veces algún detalle, pero es preferible disimularlo si hay algún detalle. Tanto es así que te dice: “Nunca falta nada, no falta ni la Coca Cola, ni el agua, ni el pan, nada. Estamos siempre bien”. Y es así. Y es una cosa que te va formando una disciplina que verdaderamente es para poner de manifiesto dentro de un Mundial o de finales, donde por eso siempre él estuvo proclive a ser optimista en cuanto a los objetivos. Él se trazaba objetivos y los quería cumplir. Por eso el famoso dicho de que si él no salía campeón en México, no volvía. ¿Te acordás?
– ¿Usted hacía el trabajo de observación y scouting de rivales?
– Yo con esa cámara salía a ver a los rivales.
– O sea, usted era el scouting que tenía que…
– Me ponía una credencial que me la hacían apropiada para ir como si fuera un periodista. Y yo filmaba… Lo hacíamos con el hijo de un famoso cineasta americano, que era el que estaba de nexo entre lo que era la FIFA y nosotros.
– ¿Quién les proveía el material y logística en México?
– Él era el que les proveía todo lo que se necesitaba. Aparte hablaba muy bien el castellano, hacía muchos años que vivía en México, conocía todo. Él te proveía todo.
– ¿Y usted le pidió que le proporcionara qué material?
– Y después estaba Moschella, que era el nexo de la FIFA, que éramos con Rubén los que preparábamos también que estuviera el auto, que estuviera esto, que estuviera lo otro. Cuando fuimos a filmar a los coreanos era una cosa bárbara, porque Park Chang-sun eran varios…
– ¿Pero usted iba en carácter de periodista a hacer esos informes?
– Claro, era un periodista porque íbamos con la credencial.
– ¿Cómo obtenían información sobre los rivales para los partidos?
– Iba a los entrenamientos de los rivales. Tanto es así que en el partido inaugural Bilardo los sienta a todos los jugadores ahí y les pregunta: “¿Cuál es Park Chang-sun?” Me preguntaba: “¿Cuál es Park Chang-sun?” Ese que está allá. “Pero si ese es igual al otro”, decía Ruggeri. Y nos reíamos, porque eran tan parecidos todos que verdaderamente te complicaba la vida.
– ¿Eso lo hizo con los rivales a lo largo de todo el torneo?
– Casi todo el torneo, sí. Salvo que teníamos información siempre, y cuando fuimos a jugar a Puebla teníamos información de cómo era Puebla, todo.

– ¿El desplazamiento fue complicado durante el torneo?
– Nos movíamos en micro, no en avión, en micro. Yo estaba habituado porque en Bolivia, cuando estuve dirigiendo, tenía esa particularidad. El suelo de Bolivia también te trae aparejado que tenés que ir a El Alto, que tenés que bajar al llano, a Santa Cruz. Así que era bastante complicado en ese aspecto.
– La decisión de ir con tanto tiempo de antelación a México, ¿estuvo relacionada a la adaptación? Más allá de aislar al equipo.
– Sí, te voy a decir por qué. Porque había un grado de altura. Aparte, la polución de todo lo que era la gran cantidad de tránsito que había en el Distrito Federal te traía aparejado que se formaba como una niebla, que si vos la aspirabas… Y después había un problema. Hacía poco había tenido un terremoto México, al punto que casi pierde la sede. Entonces, se decía siempre que no había que tomar agua de la canilla. Nosotros llevábamos todo. Ahí Julio Onieva, que era el cocinero, que había sido cocinero también de las selecciones anteriores y también de River, estaba en todo.
– ¿Cómo era la alimentación y qué precauciones tomaban?
– El cocinero era un tipo sensacional. Y preparaba todo. Él era el que se encargaba. Llevábamos la carne, llevábamos todo. Y después, por medio de Cremasco, se conseguían los víveres que había que conseguir en México sin tener problema de que hubiera contaminaciones o algo. Pero sí hubo un problema, que lo tuvo lamentablemente Daniel (Passarella), que el profe Echevarría siempre decía: “No tomen agua de las canillas cuando terminan transpirados, preferible agarrar las aguas minerales”, llevábamos agua mineral. Y Daniel fue y tomó y se agarró una ameba y después crearon todo un problemón con el tema de que Bilardo no lo ponía, que estaba peleado con Diego. Era mentira todo. Siempre, como en la mejor familia, hay alguna discusión, pero eso se arregla entre ellos. Tanto es así que hubo una reunión, ningún problema, de ahí en adelante, silencio. El Negro Enrique era el tipo que te hacía reír junto con Olarticoechea. Él filmaba, el Negro se disfrazaba, se ponía una careta y te corría la noche por toda la concentración. Y con el que más nos reíamos era con Galíndez. Con Galíndez y con Titó Enros. Le preparábamos todo a Galíndez y aparecía con un caretón, porque allá en México se conseguían, cuando salíamos hacia Pelisur, a dar una vueltita, paseo, automáticamente. El único que iba menos a los paseos era Diego. Diego era un tipo que estaba concentrado en querer ser el mejor del Mundial, y lo logró.
– ¿Cómo se entrenaba Maradona en esos días?
– Cuando había un recreo, todos se iban y él se quedaba. Había una canchita en la misma concentración atrás, donde estaban los arcos de Baby. Diego se ponía los guantes, veinte pelotas y de ahí empezábamos a patearle. Con el profe y con Salvatore Carmando, que era el masajista personal de él. Automáticamente, Diego empezaba a trabajar en reacción, cabeceaba, pateaba, tocaba, era una cosa… Era infernal el entrenamiento que tenía, cómo se preparó para poder ser el mejor.
– ¿Había restricciones alimentarias para Diego o el plantel?
– Ahora hay mucho cuidado con el tema de nutricionistas, alimentación, eso ha evolucionado como todo en el fútbol y en la vida. Diego amaba comer fiambre. Íbamos a buscar mortadela a la cocina, sacábamos de ahí y le hacíamos los sándwiches de mortadela.
– No había restricción.
– No había restricciones, pero Madero controlaba muchísimo eso. Un fenómeno. Raúl era un tipo sensacional, aparte, había sido jugador de fútbol y con qué calidad.
– ¿Cómo era la organización y el rol de cada miembro del cuerpo técnico?
– Él era un traumatólogo de primera línea. Un capo. Y era muy meticuloso en todos los detalles, porque él ya conocía bien a Bilardo. Y Pachamé se movía para todos lados, era múltiple. Pacha era un tipo que caminaba para acá, las canchas también, las pelotas. Teníamos todo organizado, las pelotas de entrenamiento, que no faltara nada, porque no había que caminar de más para ir a buscar lo que a veces nos faltaba. Pero lamentablemente, vos tenés todo previsto, pero a veces siempre hay alguna circunstancia que se te escapa, como se escapó lo de Daniel. Lamentablemente, vas y tomás agua porque hacía un calor infernal y aparte la polución que había y todo lo que pasaba en ese alrededor, era por eso que elegimos ese lugar más lejos de todo… Pero, ¿qué pasa? Las autopistas ahí están a la orden del día. Tienen unas autopistas en México que son maravillosas y mucho tránsito. Y después, había un solo teléfono, que era el que estaba en un lugar, y de ahí recibías llamadas y podías llamar, pero había determinadas horas del día en las que se utilizaba. Estaba el día que entraba el periodismo, entraba a la mañana, filmaba, hacía las notas, todo con una libertad tremenda. No había restricción en ese aspecto para nada. Sí había restricciones con algunas personas que querían venir a saludar a los jugadores. Entonces Bilardo fijó un día. Este día, a tal hora, de tal hora a tal hora…
– La familia podía ir.
– Estaba todo organizado, no… Te digo que no hubo un detalle, por eso Argentina salió campeón…
– Se habla mucho de que el equipo tuvo, en el amistoso previo en Colombia, antes de volver a México y también durante el Mundial, varias charlas internas fuertes que sirvieron para unir al grupo en el objetivo de ganar el Mundial. ¿Qué recuerda de eso?
– Fue clave, fue clave. Y el mentor de todo eso fue Carlos. Carlos era un visionario, era un tipo que decía: esto a tal hora va a pasar, y parecía que era una premonición. Veía el futuro. O sea, él sabía… Estos dos se van a pelear, pero después se van a arreglar. Fijate cuando se lesiona Brown… Me dice: “Andá atrás del arco y decile a Raúl que solamente sale muerto de la cancha”. Porque Raúl hacía así. Entonces, automáticamente le corta la camiseta y le pone el dedo acá, cuando tuvo el problema de la lesión del hombro. Y automáticamente Brown jugó con todo. Un tipazo, aparte, jugador de Selección. Porque vos decís: había jugadores de Selección y había jugadores de clubes. Brown en los clubes sí tuvo su rendimiento, pero en la Selección fue un tope. Tanto es así que en el 90, en Italia, se lo extrañó muchísimo.

– ¿Qué tenía Carlos para que los jugadores lo hayan adoptado después de cuarenta años? Uno lo escucha a Ruggeri decir: “Es mi segundo papá”. ¿Qué generó Carlos internamente para lograr eso?
– Es que Carlos humanamente tenía eso. No lo demostraba para afuera, pero sí dentro. Y los jugadores le creían y le aceptaban todo. Tanto es así que a veces había momentos en que los entrenamientos eran tan rigurosos, sobre todo en el orden táctico… Ellos sentían el cansancio, pero no se atrevían a decirle: “Carlos, estoy cansado, vamos a parar”. No, la seña era o mediante el profe o mediante Madero o conmigo, y ahí parábamos. Se arrimaba uno y decía: “Carlos, están muriéndose, están muertos, paremos”, y parábamos. Había momentos en que no podías tener a todos los jugadores. Hubo grupos que entrenábamos en Palermo a la noche. No sabés las cosas que se hicieron para poder lograr el objetivo, pero Bilardo se lo trazó desde un primer momento. Me acuerdo que el padre, don Calógero, Dios lo tenga en la gloria, un tipo sensacional, le decía: “Carlos, ¿cuándo vas a poner a Giusti?”. “O salgo campeón del mundo o no vuelvo a la Argentina”, le decía. Y nos reíamos mucho.
– ¿Qué fue Diego Maradona para este equipo, más allá de lo futbolístico? ¿Qué transmitía en la convivencia?
– Era el que tenía el acto o la palabra justa para poder estar en convivencia. Era un tipo que estaba en todos los detalles, aunque parecía que estaba distraído cuando escuchaba música, cuando movía la cabecita. No, en todos los detalles estaba. Tanto es así que me acuerdo que en una vuelta traen una pila de camisetas para que las firmara, porque había compromisos, había que firmarlas. Y Diego dice: “¿Todo esto tengo que firmar? A ver, hacé”. Y entonces empezamos a imitar la firma de él. “No me vas a firmar un cheque un día que me encanás con el banco, eh”, decía. Y hacíamos la firma y preparábamos las camisetas para regalar. Y él era un tipo que no hacía falta que le pidas nada. Parecía que tenía una intuición, que veía el problema que existía en ese momento para buscarle la solución. Y siempre se la encontraba. Era tan ecuánime, tan equilibrado en todos los aspectos, hasta cuando estaba afuera y agarraba la pelota y la empezaba a mover y la movía con una pierna, con la otra, se la ponía en la cabeza, en el hombro. Era un malabarista, él es superdotado. Yo creo que no… Messi es un buen jugador, yo lo quiero mucho, es lo mejor que tenemos en este momento, pero Diego fue único y no va a haber otro y no salió otro como Diego. Te pone la piel de gallina cuando hablás de él. Por eso cuando Galíndez dice: “Me mataron a mi hermano”, ¿viste? Porque pudo haber tenido otra circunstancia toda la enfermedad que lo atravesó, porque él era un tipo fuerte, era un tipo que verdaderamente se reponía y de todo lo que ocurría alrededor. Y sin embargo, en esta oportunidad no lo pudo hacer y lamentablemente lo perdimos, pero lo tenemos en nuestra mente, en nuestra alma, en todo.
– Durante los partidos en México, ¿usted estaba sentado al lado de Carlos? ¿Cómo era la distribución ahí?
– En algunos estábamos al costado. Y Carlos, en cuanto necesitaba algo, él ya sabía… El utilero estaba cerca para… Había que haber una camiseta, había que haber un pantaloncito. Cada uno estaba en lo suyo.
– ¿Y qué función tenía usted durante el partido?
– Yo tenía una función de estar ahí y estar a veces atrás del arco para gritarle al arquero alguna orden que él daba. Estaba cerca de Nery (Pumpido). Nos movíamos con los árbitros. Yo tenía una costumbre que me la había tomado un poco yo y un poco él, me la decía para ver cómo estaban los árbitros antes del partido.
– ¿Y qué hacía? ¿Entraba a hablar con ellos?
– Entonces, yo iba al camarín, golpeaba, me presentaba: colaborador de Carlos Bilardo, bla, bla, bla, y les veía el semblante, les veía la predisposición, le veía un montón de detalles que después… Con Arppi Filho es con el que más… Cuando fue la final, la famosa pelota que se lleva él, que fue la del partido, yo me llevé otra, que hoy la tiene uno de mis nietos, ¿no? Esa pelota, imaginate vos que marcó un hito en todo lo que fue el Mundial 86. Y me acuerdo que le digo: “Arppi, tenés que terminarlo”, le gritaba desde allá. Y él me decía: “No olvidés el balón, el balón, el balón”. Y cuando terminó, que dio el pitazo, lo agarré y se lo llevé.
– O sea, en el medio, antes de que terminara la final…
– Claro, porque para él era un trofeo eso, era un trofeo. Aparte era un tipo que te explicaba las cosas, ¿viste? Yo creo que ya no hay más árbitros de esa categoría.

– ¿Qué partido sufrió más durante México 86?
– Y el último, el de la final. Cuando se ponen dos a dos. Pero el genio de Burru… ¡Fua! Enrique, todos. No sé cómo se hablaban en la cancha, Valdano, todos. Era una cosa… Hablarse, hablarse, siempre ordenarse, que es lo que le falta hoy en día a muchos jugadores. Vos fijate que el jugador se desordena por la circunstancia misma del juego. Pero si tiene alguien que lo avizora de atrás y le dice: “No salgás, salí, cortá, cruzá, saltá o marcá, estate atento”…
– ¿Cómo fue la previa del partido contra Inglaterra por los cuartos de final?
– Existía un clima enrarecido porque todos pensábamos en los famosos chicos que perdieron la vida en las Malvinas, por todo lo que aconteció. Pero en algunos aspectos tratábamos de sustraernos para poder realizar el juego que verdaderamente planificaba Carlos como para poder contrarrestar a los distintos jugadores de Inglaterra. Y que no se te saliera la cadena en un momento del partido porque te quedabas con menos gente. Tratar en todos los casos de ser bastante inteligentes en cuanto a los movimientos que realizabas y las marcas, y que no se te fuera el ímpetu porque automáticamente te expulsaban, te dejaban con diez. Y eso se cumplió al pie de la letra. Y automáticamente el equipo no se desordenó nunca. Siempre fue proclive a los movimientos que se realizaban en los entrenamientos de la semana, porque Bilardo era un obsesivo en los entrenamientos en cuanto al orden. El orden era fundamental y después siempre tuvo jugadores de buen pie. Imaginate vos, Burru, Diego, Giusti, el Bocha, que jugó poco, pero tuvo… Todos los jugadores tenían. El mismo Néstor Clausen en su momento, todos. Garré. Imaginate que hubo jugadores que cada uno cumplió la función que le correspondía en el momento justo y que Bilardo se daba cuenta cómo con los cambios podía llegar más pronto al objetivo o con más solidez al objetivo que tenía en mente.
– ¿Recuerda cómo estaba Maradona el día del partido?
– Sí, estuvimos juntos todos. Sí, sí, siempre. Estábamos todos juntos. Ahí nos visitábamos uno al otro.
– ¿Él estaba con ganas como siempre?
– Con todo, siempre. Siempre estuvo con ganas. Siempre, siempre. Siempre tenía ganas. Almirón, que no jugó, lo mismo. Era tanto lo que Bilardo les metió en la cabeza que el grupo era fundamental, que los que no jugaron, que no jugaron o jugaron muy poco… El Chino Tapia era un tipo, el Bichi Borghi, todos, todos, hasta el mismo Passarella. Porque después, verdaderamente, todos se dieron cuenta de que acá había un solo objetivo, que era el campeonato del mundo. Y todos consiguieron ese objetivo y automáticamente por eso hoy existe este grupo, que es maravilloso y que lamentablemente a los que se fueron parece que estuvieran con nosotros, porque siempre los recordamos, siempre recordamos cosas de ellos. Se ponen fotos, se ponen videos y lamentablemente se fueron. No están presentes en carne y hueso, pero los tenemos dentro del alma.
– ¿Diego sabía que iba a hacerle goles a los ingleses?
– Diego tiene una anécdota que la tuvo con el hermano, que siempre hacían jugadas similares y él llevaba, arrastraba las marcas y de pronto te encaraba y te dejaba desairado y automáticamente le pegaba. Pero fundamentalmente a veces erraba, le pegaba afuera. Y esta vez fue al revés.
– ¿Dónde estaba usted en la Mano de Dios y en el Gol del Siglo?
– Detrás del arco de los ingleses.
– O sea, estaba detrás de Shilton. ¿Se dio cuenta que había sido con la mano?
– Mirá, fue tan rápida la jugada y Diego era tan vivaz, porque ¿no viste cómo dominaba la pelota con la cabeza? La hacía así, la tenía, le hacía jueguito, parece que la tenía pegada en la frente.
– En su primer golpe de vista dijo: “Lo hizo con la cabeza”.
– Claro, todo. Eso después, bueno, empezaron todos los comentarios de que fue con la mano, pero nadie se pudo dar cuenta. Tardíamente se dieron cuenta todos. Esa era la calidad de jugador. Diego jugaba al tenis, era el mejor. Jugaba al metegol, era el mejor. Jugaba tenis-fútbol, era el mejor. Era el mejor en todo.
– ¿Qué imagen atesora de Maradona en la convivencia o en la cancha durante México?
– Mirá, cuando se echaba en la camilla y venían Galíndez y Carmando a masajearlo, porque lo masajeaban entre los dos a él. Siempre hacía alguna broma para Galíndez o para el mismo Carmando. Pero era un tipo que te sacaba la sonrisa, porque los gestos que tenía él, ya te guiñaba el ojo, te hacía así, y ahí empezaba: “Pero vos sos kinesiólogo, Gali, vos no sos kinesiólogo, porque no estás recibido”, le decía. Y ahí empezaba. Y todas esas cosas te quedan porque son cosas simples, pero te quedan. Y después los gestos cuando hacía un gol en la cancha, que el saludo era para todos, era con todos, era con los de afuera. El abrazo con Galíndez que tiene contra Italia, ¿te acordás?
– ¿Cómo celebraron el título?
– Antes de ir, ¿te acordás lo que era? La lucha que fue. Y fíjate que después se consiguió el campeonato del mundo y automáticamente… Lo que sí hubo siempre fue el grupo, fabuloso. Y era una unión, tanto es así que cuando se hizo la vuelta olímpica en el Azteca, fue un lío bárbaro. Entonces, los muchachos dijeron: vamos a darla en la concentración. Y se hizo la vuelta olímpica en la concentración. No sabés lo que fue, una alegría, todo. Y después hubo que salir rápido a cambiarse, porque salíamos a la noche para Buenos Aires. Y enseguida se sumaron los políticos a querer viajar ellos en el avión y entonces saltaron Diego y Brown, me acuerdo que dijeron: “No, viajamos todos juntos nosotros”. Así que tuvieron que poner otro avión y nosotros viajamos todos juntos.
– ¿Qué recuerda de Carlos Bilardo después de haber logrado el campeonato? ¿Alguna imagen especial?
– Sí, en la mesa sentados, cenando y/o almorzando y automáticamente tenía, ¿cómo te puedo decir? Un espíritu que te contagiaba y que verdaderamente él a veces no te demostraba su alegría, pero sí la tenía. Vos te dabas cuenta de que había conseguido el objetivo y automáticamente me acuerdo cuando perdió la medalla. Perdió la medalla, no tenía la medalla Carlos. Pero no era de esos eufóricos. Al contrario, un tipo tranquilo en ese aspecto.
– ¿Cuánto le cambió la vida a usted ser parte de ese campeonato del mundo?
– Me marcó, me marcó para todo. Es el momento que hoy me doy cuenta de muchas cosas que aprendí, que no me las voy a olvidar y que quiero tener la imagen de Carlos como lo conocí yo, como un hermano, como una persona, porque hoy está padeciendo una enfermedad que no la merece, que merecía tener vitalidad como para poder convivir con sus seres queridos, con todos los amigos y con quienes él lo deseara. Me duele mucho la situación que pasa y verdaderamente me pone mal, me pone mal porque dejó tantas enseñanzas y tantas vivencias. Era una cosa que verdaderamente no merecía tener, pero bueno, el fútbol es una cosa y la vida es otra. Y lamentablemente a veces la vida te tiene aparejadas circunstancias como la que le toca vivir a él.
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DEPORTE
Por qué levantamos los brazos al ganar: la ciencia detrás del lenguaje corporal de la victoria

Cuando un atleta cruza la línea de llegada o un futbolista celebra el gol que define un campeonato, el cuerpo se expande casi de manera automática: brazos en alto, pecho abierto, columna erguida.
Esa postura de expansión corporal, omnipresente en el deporte de alto rendimiento, no puede explicarse únicamente como un reflejo primitivo heredado de otros primates, según advierte Stéphanie Caillies, profesora de psicología cognitiva en la Universidad de Reims-Champagne Ardenne, consultada por el diario deportivo francés L’Équipe.
La postura de expansión corporal se asocia en la investigación psicológica a emociones positivas de alta intensidad: alegría, orgullo y triunfo. Sin embargo, Caillies advierte que la misma postura puede comunicar una amenaza si se combina con expresiones faciales agresivas. “Una misma postura expansiva con un visaje agresivo puede significar: me preparo para golpear”, señaló la investigadora en declaraciones recogidas por L’Équipe.
La lectura de cualquier gesto corporal depende, según la especialista, de sus características cinemáticas, velocidad, trayectoria y del entorno en que ocurre. En el deporte de competición, ese contexto viene cargado de normas sociales que generan un repertorio gestual propio, distinguible del lenguaje corporal cotidiano.
El debate entre origen innato y aprendizaje social

Un trabajo publicado en 2008 por Jessica Tracy y David Matsumoto argumentó que, si personas no videntes de nacimiento adoptan posturas de victoria sin haberlas visto nunca, eso prueba su carácter innato. Caillies rechaza esa lectura: “Esas personas han evolucionado en una cultura que ha moldeado su forma de pensar. Han internalizado reglas que influyen en sus movimientos aunque no las hayan ‘visto’ literalmente”.
La especialista fundamenta su posición en la teoría de la cognición corporizada, según la cual el pensamiento no depende solo del cerebro, sino de un sistema que incluye también el cuerpo y el entorno.
Bajo ese marco teórico, una persona no vidente puede incorporar normas de expresión emocional a través del tacto, el oído y la descripción verbal, y luego reproducir esos gestos sin que ello indique que son biológicamente predeterminados.
La comparación con los chimpancés y sus límites
Los trabajos con chimpancés muestran que estos primates también despliegan expansiones corporales parecidas, lo que podría sugerir un origen evolutivo compartido. Caillies matiza esa analogía: en los grandes simios, la postura suele indicar dominancia o un cambio de jerarquía dentro del grupo, con una dimensión amenazante ausente, o mucho menos marcada, en el atleta humano que celebra una victoria.
“Podría decirse que el deportista que gana también cambia de estatus, pero es más complejo porque existe además una comunicación emocional: comparto la alegría del éxito con los miembros de mi grupo, lo que puede generar adhesión, admiración y reforzar la cohesión social”, puntualizó la investigadora. Esa dimensión grupal y afectiva del gesto distingue, a su juicio, la celebración humana del comportamiento de dominancia observado en otros primates.
La conclusión de Caillies es que la postura de victoria resulta de “la interacción entre predisposiciones biológicas y aprendizajes sociales”, sin que ninguna de las dos variables pueda reclamar la explicación completa.
El cuerpo humano impone restricciones físicas a los movimientos posibles, pero dentro de ese margen la cultura, transmitida mediante descripciones, relatos y convenciones compartidas, moldea qué gestos se producen y qué significados se les atribuyen.
Predisposición biológica y cultura, sin jerarquía entre ambas
La investigadora menciona además que existen ciertas variables individuales, como pueden ser los rasgos específicos de la personalidad de cada individuo y el género, que también ejercen una influencia en este tipo de expresiones.
Todavía es necesario investigar para poder determinar si los códigos gestuales asociados con la victoria son exactamente iguales entre deportistas de ambos sexos o si, por el contrario, se observan diferencias sistemáticas en la manera en la que hombres y mujeres manifiestan el triunfo cuando se encuentran en situaciones competitivas.
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Julián Álvarez quedó afuera de los convocados del Atlético de Madrid: los motivos

Julián Álvarez quedó fuera de la convocatoria del Atlético de Madrid para el partido de este domingo ante la Real Sociedad, correspondiente a la quinta fecha de la Liga de España, tras sufrir una sobrecarga muscular que lo obligó a abandonar el entrenamiento del sábado antes de su conclusión.
“Julián no viaja a San Sebastián por una sobrecarga muscular por la que se retiró en la sesión de entrenamiento de ayer. Realizadas las pruebas pertinentes, los servicios médicos han descartado su presencia en el partido de hoy”, comunicó el club rojiblanco en la mañana del domingo, instantes antes de que la delegación partiera hacia el norte de España.
El delantero argentino de 26 años sintió las molestias en el tramo final de la práctica del sábado. Por precaución, el cuerpo técnico y los servicios médicos del club resolvieron no arriesgar su viaje a San Sebastián, donde por la noche se disputará el encuentro. Álvarez no es la única baja: Pablo Barrios y Alexander Sorloth también quedaron descartados por sendas lesiones musculares.
Simeone viaja con 23 jugadores y tres argentinos en la lista
Sin los tres lesionados, el entrenador Diego Simeone parte hacia Anoeta con 23 futbolistas, todos los disponibles del primer equipo más el defensor Jorge Domínguez y el mediocampista Jorge Castillo, ambos con ficha de las categorías inferiores. Entre los convocados figuran tres argentinos: el arquero Juan Musso, el defensor Cristian Romero y el extremo Giuliano Simeone. El puesto de Álvarez en el once inicial será cubierto previsiblemente por el canadiense Jonathan David, su recambio natural en la delantera, aunque Simeone también podría optar por el tridente conformado por Kang-in Lee, Álex Baena y Ademola Lookman, combinación que utilizó en el arranque de la temporada.
La sobrecarga pone en duda su participación en la ventana de amistosos de la Selección Argentina
Más allá del impacto inmediato en el conjunto colchonero, la situación genera inquietud de cara a la próxima ventana internacional. Entre el 21 de septiembre y el 6 de octubre, la selección argentina disputará sus primeros amistosos tras el Mundial 2026, con entre dos y tres partidos previstos cuyos rivales aún no se han confirmado oficialmente (Bolivia, Burkina Faso y Benín asoman como los posibles contrincantes).
Al tratarse de una sobrecarga y no de una lesión de mayor entidad, la evolución de Álvarez será determinante. El atacante había disputado el miércoles ante el Liverpool su primer partido como titular y completo en la temporada, por lo que el cuerpo médico actuará con cautela. Si no llega en condiciones para el próximo partido del Atlético en casa ante Osasuna, el objetivo sería tenerlo a punto para el clásico frente al Real Madrid, programado el siguiente domingo en el estadio Metropolitano, duelo en el que Barrios y Sorloth también son duda.
Este contratiempo se da luego de un período de transferencias agitado para la Araña, quien recibió múltiples sondeos (del PSG y el Arsenal, por citar dos de los interesados), pero su foco estuvo puesto en el posible salto al Barcelona. No obstante, el Colchonero no quiso negociar con la dirigencia blaugrana, en un duelo mediático que dejó en el medio al jugador, que fue abucheado por el público en su primer duelo de la temporada, cuando ingresó en el empate ante el Villarreal.
Cuando se había confirmado su continuidad y buscaba demostrar su compromiso pese al affaire del mercado de pases, Álvarez sufrió esta lesión, que pone en pausa su participación en el elenco que dirige Diego Simeone.
DEPORTE
El rapto de furia de Sabalenka tras perder la final del US Open: una raqueta destruida y un amenazante mensaje a la cámara

Aryna Sabalenka destrozó su raqueta contra el suelo en el Arthur Ashe Stadium, con los ojos llorosos y la mirada perdida, apenas segundos después de que Elena Rybakina sellara el título del US Open con un 6-4, 5-7 y 6-2 que le costó 2 horas y 21 minutos. La bielorrusa, bicampeona defensora, no encontró la manera de disimular una frustración que ya había mostrado en otros escenarios, y esta vez lo hizo frente a las cámaras y a las miles de personas que colmaban las tribunas del estadio más grande del tenis mundial.
El saludo en la red fue breve, casi protocolario. En cuanto Sabalenka llegó a su banco, tomó la raqueta y la reventó contra el suelo sin dudarlo. La imagen se viralizó en cuestión de minutos y despertó la memoria colectiva de los aficionados, que recordaron aquel episodio de 2023 cuando, tras caer ante Coco Gauff también en la final de Nueva York, las cámaras la captaron descargando su bronca en los pasillos del recinto. La historia, en más de un sentido, se repitió.
La reacción que lo dice todo
La secuencia no terminó ahí. Mientras el equipo organizador montaba el escenario para la ceremonia de premiación, un camarógrafo se acercó a registrar el estado emocional de la bielorrusa. Ella, visiblemente afectada y con los ojos húmedos, hizo un ademán con la mano para que dejaran de filmarla y vociferó “fuck off” (“vete a la mierda”). No era enojo hacia el público ni hacia su rival: era el gesto de alguien que necesita un momento de intimidad que el deporte de élite pocas veces concede.
La propia Sabalenka, ya en el acto de premiación, intentó poner palabras a lo que sentía: “De verdad me sentí como en casa aquí y no puedo esperar para volver el próximo año. Ojalá pudiera haber jugado un poco mejor, pero supongo que el próximo año”, dijo. Una frase que mezcla el apego que siente por Flushing Meadows y la resignación de quien sabe que el margen fue mínimo, aunque el marcador no lo refleje del todo.
La derrota tiene una dimensión extra que pesa más allá del trofeo. Sabalenka buscaba convertirse en la primera jugadora desde Serena Williams en ganar tres ediciones consecutivas del US Open. Además, cayó precisamente ante la única rival que podía arrebatarle también el número uno del mundo: Rybakina llegó al partido ya como nueva líder del ranking WTA, un ascenso que completó con el título en la mano. Las 99 semanas de Sabalenka en lo más alto del circuito llegaron a su fin en el peor momento posible.
Rybakina frenó una racha de 19 victorias seguidas en Flushing Meadows
Del otro lado de la red, la kazaja construyó su victoria sin necesitar su mejor versión. Rybakina concretó tres de las 12 oportunidades de quiebre que generó, suficientes para inclinar la balanza a su favor. Su primera bola de servicio no estuvo a la altura habitual —pese a ser la líder en aces del circuito—, pero su juego de devolución fue constante e implacable, capaz de neutralizar la potencia de Sabalenka en los intercambios largos.
Con este título, Rybakina alcanzó su tercer Grand Slam —Wimbledon 2022, Abierto de Australia 2026 y ahora el US Open— y cortó la racha de 19 victorias consecutivas que Sabalenka acumulaba en Flushing Meadows desde aquella final perdida frente a Gauff. También igualó a la propia Sabalenka y a Mirra Andreeva, campeona de Roland Garros, con tres títulos en la temporada, la cifra más alta del circuito femenino. El cheque que se llevó fue de 5,5 millones de dólares, el mayor en la historia de un Grand Slam.
En la ceremonia, Rybakina tuvo palabras para su rival que resumieron el nivel del enfrentamiento: “Es muy difícil jugar contra ti; llevas todo al límite. Me estaba muriendo en la cancha contra ti. Solo intentaba llegar a todas las pelotas posibles. Felicitaciones por tus logros y a tu equipo; ustedes hacen un trabajo increíble. No encuentro las palabras ahora mismo, lo siento”, declaró la nueva número uno.
“Si hubiera guardado mis emociones dentro de mí, no habría podido decir una palabra en la pista o ahora mismo. Es realmente difícil controlar tus emociones cuando pierdes en la final de un Grand Slam y cuando estabas intentando lograr un tricampeonato. Quería liberar toda esa agresión y decepción afuera”, se justificó la bielorrusa.
Solo le falta Roland Garros para completar el Grand Slam de carrera. Sabalenka, mientras tanto, tendrá que esperar hasta el año que viene para intentar recuperar lo que perdió este sábado en Nueva York.
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