CHIMENTOS
El deslumbrante álbum de fotos de la China Suárez y Mauro Icardi desde Japón: “Cumpliendo sueños”

El recorrido de la China Suárez y Mauro Icardi por Japón dejó una secuencia de postales que revelan tanto su intimidad de pareja como la diversidad del entorno del país. La pareja compartió escenas de templos, bosques y sitios emblemáticos, en compañía de amigos y rodeados de arquitectura tradicional y naturaleza exuberante.
“Un poco de nosotros en Japón. Cumpliendo sueños”, escribió la pareja en Instagram junto a un deslumbrante álbum de sus días en el país asiático. En una de las imágenes más llamativas, ambos aparecen abrazados frente al Pabellón Dorado de Kioto. El fondo muestra la arquitectura centenaria y un jardín verde, mientras lucen gafas de sol y ropa clara, fundidos en una imagen de complicidad. En otra postal, la pareja posó sonriente en un puente de piedra rodeado de vegetación, ella con un abrigo animal print y él con campera oscura y gorra, capturando el aire fresco de los parques japoneses.



El viaje también incluyó rituales y momentos de contemplación. En una foto, Icardi se mostró arrodillado, descalzo y recogido ante un altar en un templo tradicional. Las paredes cercanas exhiben barriles de sake decorados con caracteres japoneses, sumando el peso simbólico de la cultura local a la crónica visual del recorrido.
Varias de las fotografías retrataron la relación entre ambos a partir de gestos espontáneos. En una, el futbolista besa la mejilla de la China Suárez, quien sonríe con los ojos cerrados frente a la pared de barriles de sake. En otra, ella le devuelve el gesto, besándolo en el bosque de bambú de Arashiyama mientras ambos llevan gafas de sol y ropa veraniega.



Más allá de los gestos de pareja, las fotos incluyen momentos de grupo y amistad. Una selfie nocturna reúne a la pareja con dos acompañantes más, todos abrigados y sonrientes bajo los famosos torii naranjas de un santuario sintoísta. Otras imágenes los muestran caminando juntos por corredores de torii o posando junto a amigos en el bosque de bambú, en una atmósfera distendida.
Durante su estadía en Japón, la actriz y el jugador del Galatasaray visitaron templos, bosques y sitios urbanos, compartiendo experiencias tanto en pareja como con otros acompañantes. Las imágenes reflejaron la variedad de su recorrido: desde rincones tradicionales hasta escenarios modernos y artísticos, con momentos de afecto y espontaneidad, así como instantes de contemplación cultural.



Los looks de la pareja también llamaron la atención. La China Suárez lució un conjunto total black inspirado en la estética moderna japonesa, y en varias postales se la ve con un abrigo animal print y gorra, en sintonía con el aire urbano de Tokio y la influencia local. Icardi, por su parte, alternó entre prendas claras y oscuras, siempre con un perfil relajado y cercano.
La moda se fusionó con el entorno, especialmente en las imágenes tomadas en locaciones icónicas como el bosque de bambú y los santuarios. Así, la pareja alternó entre atuendos informales y guiños a la cultura japonesa, integrando tendencias occidentales con detalles propios del país asiático.



Las fotos no solo capturan lugares turísticos, sino también experiencias cotidianas y culturales. Se los ve dentro de un avión, sonrientes y relajados antes de aterrizar en Japón. Más adelante, Icardi aparece tumbado en el suelo de una instalación artística, fotografiando proyecciones luminosas mientras la China observa. En otro momento, ambos aparecen sentados, envueltos por haces de luz y color en un espacio inmersivo.
Mientras que en otra secuencia, la protagonista de Hija del fuego: La venganza de la bastarda y el jugador se tomó una selfie en la calle donde se cubrió con su abrigo y ambos se miran y sonríen, en una imagen que resume el tono relajado y cercano del viaje. Los escenarios, desde templos hasta museos interactivos, muestran la diversidad de actividades y la voluntad de la pareja por integrarse a las tradiciones y la modernidad japonesa.




Las imágenes difundidas por la China Suárez y Mauro Icardi resumieron un itinerario que alternó lo turístico con lo afectivo, destacando tanto la riqueza visual de Japón como la intimidad de quienes comparten el recorrido.
CHIMENTOS
César Troncoso, de El Eternauta a su trabajo con Diego Peretti: “Los actores uruguayos siempre apuntamos a Buenos Aires”

César Troncoso atraviesa semanas de rodajes, estrenos y viajes entre Montevideo y Buenos Aires. Mientras filma la serie Sangre para la productora Preludio —uno de los proyectos anunciados para Netflix—, el actor uruguayo acompañó el lanzamiento de La Casa junto a Diego Peretti y aguarda las definiciones para retomar su personaje en la segunda temporada de El Eternauta. En una charla con Teleshow, repasó un recorrido que comenzó lejos de los sets: estudió medicina, trabajó 25 años en un estudio contable y recién a los 40 filmó su primera película.
Con humor, memoria y una mirada afectuosa sobre la ciudad que lo recibe cada vez con más frecuencia, Troncoso habló de la fantasía que lo acercó a la actuación, de su trabajo junto a Peretti y de la complejidad de una producción como El Eternauta.
—Estás nuevamente en la Argentina. ¿Qué estás haciendo ahora?
—Estoy acá desde hace unas tres o cuatro semanas. El estreno de la película me encontró haciendo una serie con Preludio, que se llama Sangre. Es una de las series anunciadas para Netflix. Trabajan Juan Gil Navarro, Julieta Cardinali y Macarena Achaga. Voy a seguir por acá, en principio, hasta diciembre.
—Y también está la expectativa por la continuidad de El Eternauta. ¿Qué se sabe?
—Se saben algunas cosas… están diciendo que sobre marzo del año próximo comenzaríamos y parece que la fecha es bastante segura. Es una producción muy grande y hay muchos territorios distintos que coordinar: la escritura, los efectos especiales y los presupuestos.
Troncoso planteó que el contexto económico también puede incidir en una serie de esa escala. “Estábamos en 2023 haciendo las cosas con un precio del dólar y después pasó a otro. Debe haber variables de todo tipo y color”, señaló a Teleshow. Mientras espera la confirmación definitiva, bromeó con el destino de su personaje: “Estoy esperando que me digan de una vez por todas ‘vamos’ y salgo a matar bichos”.
—¿Siempre quisiste ser actor?
—De chico, no. Empecé a tomar clases de teatro a los 25 años y la primera película la hice a los 40: El viaje hacia el mar, con Hugo Arana. Antes tuve un primer año de Medicina: aprobé cuatro materias, dos copiando y dos sabiendo. Después decidí salvar vidas y, para hacerlo, decidí retirarme de la profesión.
Luego trabajó durante 25 años en un estudio contable, una actividad que compartió durante mucho tiempo con el teatro y, más adelante, con sus primeros papeles en cine. El cambio definitivo se produjo cerca de 2011, cuando ya participaba en Infancia clandestina y recibió una propuesta desde San Pablo para una película brasileña.
—¿Ese fue el momento en que decidiste dedicarte por completo a actuar?
—Había pedido dos meses de licencia sin goce de sueldo para hacer Infancia clandestina. Para enganchar la otra película tenía que pedir un mes más. Hablé con mi mujer y decidimos que era tiempo de dejar todo lo demás y dedicarme a ser actor. Recién ahí me transformé en un actor de tiempo completo.
—¿Qué imaginabas para tu vida cuando eras chico?
—Leía mucho y dibujaba. Es la otra actividad que hago todo el tiempo y con continuidad. Si hubiera tenido que elegir bien, quizá tendría que haberme metido en arquitectura o en diseño de sonido. La medicina fue un error garrafal.
—¿Cómo fue tu formación como actor?
—Fui a una escuela. Mi viejo tenía un boliche cerca del centro de Montevideo; algunos actores iban a tomar café, ofrecían entradas y un día decidí ir al teatro. También me hice socio de la Cinemateca Uruguaya, que sigue siendo un foco cinematográfico muy potente. Después vi una convocatoria de un grupo teatral para tomar clases y estuve un año. Más tarde entré a una escuela de actuación de tres años.

Allí conoció a Roberto Suárez y comenzó a integrar experiencias teatrales, entre ellas un dúo cómico que presentaban en boliches, espectáculos y teatros de rock. “Sobre los 29 o 30 años ya estaba muy contento con eso. No paré más”, resumió.
—¿Pensabas instalarte o trabajar con frecuencia en Buenos Aires?
—La verdad es que nunca había pensado en viajar a Buenos Aires ni a ningún lado. Para los actores uruguayos es un lugar al que siempre se apunta naturalmente, pero yo estaba con mi trabajo, medio quedado. Con El baño del Papa se me abrió más el mercado brasileño. Me llamaban para hacer latinoamericanos de habla hispana: uruguayos, paraguayos, guatemaltecos, mexicanos, bolivianos. Necesitaban un portugués mal hablado, con acento.
Aunque no hablaba portugués al comienzo, lo incorporó a partir de los rodajes en Brasil. También menciona como un punto relevante su participación en XXY, de Lucía Puenzo, donde compartió un elenco encabezado por Ricardo Darín, Inés Efron y Germán Palacios. Más tarde llegó la convocatoria para El plan divino y se multiplicaron los proyectos en coproducción entre Uruguay y la Argentina.
—¿Qué te gusta de la Argentina?
—A vos te encanta Uruguay porque vivís en Argentina, y a mí me encanta Argentina porque vivo en Uruguay. No te voy a decir que me gusta todo porque sería mentira, pero Buenos Aires es una ciudad maravillosa. Para donde mires tenés una librería, un boliche o una sala. La gente todavía aprecia los libros en un tiempo en el que estamos como dementes, pasados a este bicho. Es precioso.

—¿Te vendrías a vivir a Buenos Aires?
—Sí, claro. Pero mi mujer trabaja con continuidad en Uruguay y tiene una hija allá. Yo tengo la vida hecha en Montevideo y no me impide trabajar en Argentina. Vengo, trabajo y vuelvo.
El actor advirtió que su condición de visitante, con trabajo asegurado durante algunos meses, no equivale a la experiencia cotidiana de quienes viven en el país. “No tengo que pagar las cuentas como cualquier ciudadano de la ciudad. La percepción que tengo no es la de cualquiera que vive acá, aunque el panorama se ve”, señaló.

—La película que estrenaron parte de una situación inquietante: un hombre recibe una oferta por su casa, pero debe seguir viviendo allí. ¿Te había pasado algo parecido?
—Nunca tuve una casa como esa. Pero, por lo que me dijeron, es una práctica de la vida real: gente que te ofrece comprarte el inmueble a mitad de precio, te deja vivir hasta que fallezcas y después se lo queda para su emprendimiento. Es una premisa interesante y bastante inquietante.
Troncoso explicó que el relato cambia de tono cuando el protagonista, interpretado por Peretti, empieza a preguntarse si corre peligro. “Cuando el personaje pregunta: ‘¿Me van a matar ahora?’, aparece otra dimensión. La primera parte tiene una tensión distinta: la lucha de un tipo que lo tuvo todo, se quedó sin trabajo y debe reconvertirse. Después se complica”, describió. a Teleshow.
—¿Cómo llegó la propuesta para sumarte al elenco?
—Estaba en El Eternauta, sentado en un banquito, y Gustavo Triviño, operador de steadycam del cine argentino de toda la vida, estaba enfrente descansando. Se cruzó y me dijo que quería ofrecerme un trabajo en una película. Ya había hablado con Peretti, que estaba entusiasmado porque había leído el guion. Me pasó el material y también vi Martes a martes, su película anterior. Me pareció muy linda y muy bien hecha. A partir de ahí seguimos hablando.
—¿Era la primera vez que trabajabas con Peretti?
—Sí, y me encantó. Los actores que son más grosos suelen tener claras las condiciones de este trabajo: es colectivo. Como cabeza de elenco, Peretti facilita la tarea de los demás. Yo siempre digo: ¿de verdad querés ser el mejor de un grupo de tarados? Prefiero ayudar al que tengo al lado, porque si él rinde, a mí me mejora. Él trabaja en el mano a mano contigo y tenemos un elenco precioso.

—¿Cómo imaginás los próximos meses?
—Tengo algunos proyectos que dependen de poder marcar fechas. Si viene El Eternauta, hay que evitar que se me superpongan las cosas, porque algo siempre se pierde. Pero El Eternauta seguro. No tiene cómo faltar. Voy a tratar de poder hacer todo.
La Casa, se estrenó en salas argentinas y luego tendrá una presentación en Montevideo, en el marco del Festival de Cine del Mercosur. Troncoso también adelantó que allí se verá La mujer del río, otro de sus trabajos recientes, que tuvo un paso por el Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente (BAFICI).
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CHIMENTOS
Así está hoy Rocío, la hija de Jorge Rial, a sus 25 años

Rocío Rial tiene 25 años y, a diferencia de su hermana Morena, eligió mantenerse alejada de la exposición mediática. La hija menor de Jorge Rial reapareció públicamente en los últimos días, cuando participó de una celebración familiar que tuvo como protagonista a su sobrino Amadeo, quien cumplió dos años. Las imágenes del encuentro se conocieron a través de los medios y volvieron a despertar interés por la vida de la joven.
La reunión se realizó en una plaza y contó con la presencia de varios familiares y allegados. Allí, Rocío acompañó a la influencer durante el festejo de su hijo menor, en una postal que dejó en evidencia la cercanía que mantienen las hermanas en medio de una etapa compleja para la mayor de ellas. La aparición también llamó la atención porque no es habitual verla en acontecimientos que terminan trascendiendo públicamente.
A lo largo de los años, la joven construyó un perfil discreto y evitó convertirse en una figura habitual de los programas de espectáculos. Si bien su apellido la vincula directamente con uno de los periodistas más conocidos de la televisión argentina, nunca mostró interés por seguir el mismo camino mediático. Esa decisión fue marcada en distintas oportunidades por su propio padre, quien habló sobre las diferencias entre sus dos hijas.
En octubre de 2023, Rial se refirió a la personalidad de Rocío y explicó por qué consideraba que tenía un perfil muy distinto al de Morena. “Rocío es una chica muy bajo perfil. Estudia y trabaja. No tiene nada que ver con el perfil de Morena. Morena tiene un perfil más alto”, expresó el conductor en aquel momento. Sus palabras volvieron a cobrar relevancia tras la reciente aparición de su hija en el cumpleaños de su sobrino.
EL IMPORTANTE ROL DE ROCÍO RIAL EN LA VIDA DE MORENA
Más allá de su decisión de mantenerse lejos de las cámaras, Rocío tuvo un papel importante en el acompañamiento a su hermana durante los últimos meses. Una de las situaciones que trascendió públicamente fue la decisión de poner su departamento a disposición para que More pudiera cumplir allí con el arresto domiciliario dispuesto por la Justicia. El gesto reflejó el respaldo familiar en un momento delicado para la influencer.
La situación judicial de la influencer modificó la dinámica cotidiana de su entorno y también generó una fuerte repercusión mediática. En ese contexto, Rocío continuó evitando las declaraciones públicas y las apariciones televisivas, aunque su nombre volvió a circular por su cercanía con la mayor de las hijas de Jorge Rial. Su presencia en el festejo de Amadeo volvió a mostrarla acompañando a su familia sin buscar protagonismo.
El cumpleaños del pequeño también tuvo otro momento destacado: el reencuentro con su hermano mayor, Francesco Benicio, quien viajó desde Córdoba junto a su papá, Facundo Ambrosioni. Morena había recibido una autorización judicial para salir durante dos horas y participar de la celebración. Las imágenes difundidas en televisión mostraron a los chicos compartiendo el encuentro junto a su mamá y otros seres queridos.
Mientras Morena atraviesa sus dificultades judiciales y familiares, Rocío mantiene la postura que la caracterizó desde siempre: una vida privada, lejos de los escándalos y con escasa exposición pública. Aunque su nombre suele aparecer ligado a las noticias sobre su padre y su hermana, la joven continúa diferenciándose del mundo del espectáculo. Su reciente reaparición, sin embargo, volvió a despertar curiosidad sobre cómo está hoy la hija menor de Rial.

Jorge Rial, Rocío Rial
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Gilda antes de la fama: la historia de Miriam Bianchi, la mujer que aprendió a cantar mientras la vida le exigía crecer

Mucho antes de que miles de personas corearan su nombre y de que sus canciones se convirtieran en parte de la memoria sentimental de varias generaciones, hubo una mujer que llevaba una vida muy diferente a la de aquella cantante que finalmente conquistaría los escenarios.
Se llamaba Miriam Alejandra Bianchi, había nacido el 11 de octubre de 1961 en Villa Devoto y era la hija mayor de Omar Eduardo Bianchi, un empleado público, y de Isabel Scioli, una profesora de piano. Durante sus primeros años vivió junto a sus padres y su hermano Omar, cinco años menor, en la casa de su abuela, una típica vivienda tipo chorizo con un gran patio que terminaría ocupando un lugar especial en sus recuerdos.
En ese patio transcurrieron buena parte de sus juegos de infancia. La joven tenía una imaginación desbordante y encontraba en la ropa que su madre y su abuela ya no usaban el vestuario perfecto para convertirse, por un rato, en las cantantes que admiraba. Su padre acompañaba aquellas fantasías con la sencillez de quien entiende que para un chico no hace falta demasiado para construir un mundo: le había armado un micrófono con un palo y lo había pintado de dorado. Con aquel objeto improvisado, ella hacía fonomímica, actuaba y cantaba mientras imaginaba que estaba frente a un público.
La inclinación artística aparecía también en otros aspectos de su vida. Desde pequeña disfrutaba de la danza clásica y española y tenía una relación espontánea con la música. En la casa de una vecina solía ensayar la orquesta de Tito Alberti -sí, el padre de Charly, baterosta de Soda Stereo- y ella se acercaba con una pandereta para acompañar aquellas melodías. Sin embargo, en su familia aquella facilidad para la actuación y el canto no llegó a convertirse en una formación profesional. Con el paso de los años, aquella parte de su personalidad quedaría relegada frente a las obligaciones que la vida le impondría.
Su infancia también estuvo marcada por los cambios. Cursó la primaria en un colegio de monjas hasta sexto grado, pero la situación laboral de su padre llevó a la familia a mudarse a Villa Lugano. Allí pasó a una escuela mixta, después de haber estudiado durante años en un ámbito exclusivamente femenino. Era una alumna particularmente adelantada y había logrado saltearse grados por su buen desempeño, por lo que durante parte de la primaria compartió las aulas con chicos mayores que ella.
Aquella educación religiosa había estado atravesada, además, por una estructura muy rígida y por una enseñanza que en su infancia estuvo cargada de referencias al pecado, al cielo y al infierno.
De hecho, uno de los recuerdos que ella remarcaría de esa época es la ambientación de la iglesia, en la que había en el cielo pintados ángeles que ella veía feos, y en donde se le repartía el catecismo donde aclaraban que si las personas se portaban bien irían al cielo, y en caso de que no, e veía el dibujo del diablo, aclarándoles que irán con él.
En ese momento ella entendió que no quería ni ir para arriba ni ir para abajo, porque arriba lo que había no le gustaba y lo que le mostraban spbre el abajo, tampoco. Con el tiempo, aprendió a creer mucho en Dios y en Jesús, pero no atribuirle demasiada fuerza a las instituciones.
Pero hubo un hecho que tendría un peso mucho mayor en la construcción de aquella adolescente: la enfermedad de su padre. Omar Bianchi sufrió dos accidentes cerebrovasculares y quedó con una hemiplejia siendo todavía joven. La situación modificó profundamente la dinámica familiar y obligó a todos a asumir responsabilidades que, en otras circunstancias, hubieran llegado mucho más tarde. Había que trabajar, sostener la casa y convivir con una enfermedad que condicionaba buena parte de la vida cotidiana.
A eso se sumaban los problemas de salud de su abuela y las dificultades económicas que atravesaba la familia. Miriam creció, entonces, entendiendo que había cosas que no podían postergarse. El trabajo y el estudio ocuparon un lugar central en su vida, incluso cuando la adolescencia le exigía otras cosas. Para ella, terminar sus estudios y conseguir una profesión representaba una forma concreta de construir un futuro propio.

La música, mientras tanto, no desapareció, aunque tampoco parecía tener un lugar definido en ese futuro. Sus gustos estaban muy lejos de la música tropical que años más tarde la convertiría en una figura popular. Escuchaba Sui Generis, Bob Marley y artistas extranjeros, se sentía atraída por la música que llegaba desde Estados Unidos y también disfrutaba del folclore que aparecía en los fogones y las reuniones familiares. La música tropical todavía tenía una presencia limitada en Buenos Aires y no formaba parte del universo cotidiano en el que había crecido.
A los 18 años conoció al primer amor de su vida, Raúl Cagnin, y decidió casarse. De aquella relación nacieron dos hijos, Mariel y Fabricio, quienes ocuparían un lugar fundamental en su vida. La maternidad llegó mientras Miriam continuaba construyendo una existencia vinculada principalmente al trabajo y a la familia, sin imaginar todavía el giro que tendría su historia algunos años después.
Eligió la docencia como profesión. Se formó como maestra jardinera y también como profesora de Educación Física. Incluso llegó a poner junto a su madre un jardín de infantes en la casa familiar. Durante años, su mundo estuvo compuesto por los chicos, las aulas, los actos escolares y las actividades que organizaba para cada celebración.
Y fue precisamente en ese ámbito donde comenzó a cantar frente a otras personas.
Miriam tenía una facilidad especial para organizar fiestas y festivales escolares. Preparaba obras de teatro, dirigía a los alumnos y encontraba la manera de convertir cada acto en una verdadera puesta en escena. La música formaba parte de aquellas celebraciones y su voz empezó a hacerse conocida entre los chicos, los padres y los docentes.

La escuela se transformó así en un espacio donde podía desarrollar una faceta que había estado presente desde la infancia. Sin abandonar sus obligaciones familiares ni su trabajo, encontraba en aquellos espectáculos una manera de expresarse y de acercarse nuevamente a la música.
Por entonces, su vida parecía encaminada hacia la docencia. Había construido una familia, tenía una profesión y conocía perfectamente las responsabilidades que implicaba sostener una casa. Sin embargo, una oportunidad inesperada iba a modificar el rumbo.
En 1990 apareció un aviso en el diario en el que se buscaban vocalistas para formar un grupo musical. En una época en la que una convocatoria de ese tipo podía hacerse simplemente a través de los clasificados, Miriam decidió presentarse. El 20 de septiembre de aquel año llegó a la prueba y cantó frente a Juan Carlos “Toti” Giménez.
El músico quedó sorprendido por aquella mujer que llegaba desde la docencia y que tenía una combinación particular de personalidad, dulzura y carisma. Su manera de cantar también tenía una identidad propia. Aquella prueba fue el primer paso concreto hacia una actividad que, hasta ese momento, había permanecido en un segundo plano.
En 1991, Giménez la recomendó para participar en algunos temas del séptimo disco de Las Primas, del que fue parte de los coros. Poco después comenzaron a trabajar juntos. La música comenzó a ocupar un lugar cada vez más importante y Miriam tuvo que tomar una decisión que implicaba dejar atrás una parte importante de la vida que había construido.

En 1992 abandonó la docencia para dedicarse de lleno a la música. Ese mismo año apareció De corazón a corazón, su primer álbum de estudio, editado por Magenta. El público comenzó a conocer a Gilda, el nombre artístico detrás del cual Miriam Bianchi empezaría a construir una carrera que crecería rápidamente, inspirado en el nombre del personaje que consagró a Rita Hayworth.
Al año siguiente llegó La única, y en 1994 publicó Pasito a pasito con… Gilda. La cantante comenzó a recorrer el país y a presentarse ante públicos cada vez más numerosos. Aquella mujer que durante años había trabajado como docente empezó a convertirse en una de las figuras reconocibles de la música tropical argentina.
Entonces llegó “No me arrepiento de este amor”.
La canción, publicada en 1994, había sido compuesta por la propia Gilda a partir de una experiencia sentimental vinculada a la ruptura con su exesposo. Con el tiempo se transformaría en uno de los mayores éxitos de su carrera y en una pieza fundamental de la música popular argentina. Su historia personal había encontrado una forma de expresión que podía ser compartida por miles de personas.
En 1995 apareció Corazón valiente, su cuarto y último proyecto publicado en vida. El álbum se convirtió en un éxito rotundo y recibió un disco de oro y doble platino en Argentina.
Para entonces, la transformación era completa. La mujer que había pasado años entre escuelas, chicos y obligaciones familiares había dejado atrás aquella vida para convertirse en una cantante reconocida en todo el país. Pero el éxito no borró a Miriam.

Detrás del nombre artístico seguía existiendo la mujer que disfrutaba cocinar, leer, andar en bicicleta con sus hijos, salir a correr, recibir amigos y compartir tiempo con su familia. También permanecía aquella personalidad descontracturada y espontánea que no tenía demasiado apego por el reloj ni por una vida perfectamente organizada.
La diferencia estaba en lo que ocurría cuando subía a un escenario.
Allí aparecía una mujer capaz de transformarse frente al público sin dejar de ser quien era. La exposición exigía una energía diferente, una manera particular de sobreponerse a lo que pudiera ocurrir en su vida cotidiana y salir a cantar como si durante esos minutos todo lo demás quedara suspendido.
Pero esa fortaleza no había nacido con la fama. Se había construido mucho antes, durante una infancia atravesada por la enfermedad de su padre, las dificultades familiares y la necesidad de asumir responsabilidades; durante los años de estudio y trabajo; durante la maternidad y la docencia; y también en todas aquellas ocasiones en las que había tenido que elegir entre lo seguro y aquello que verdaderamente la movilizaba.
Por eso, para comprender quién fue Gilda, hay que mirar bastante más atrás de los escenarios.
Hay que volver a aquella casa de Villa Devoto donde una niña jugaba con la ropa de su madre y de su abuela, donde un micrófono hecho de madera y pintado de dorado podía convertirse en el centro de una función imaginaria y donde nadie podía saber todavía que aquella pequeña actriz terminaría teniendo un público de miles de personas.

Hay que mirar a la adolescente que creció demasiado rápido porque la enfermedad de su padre transformó la vida familiar. A la joven que estudió y trabajó mientras construía una familia. A la maestra jardinera que convirtió los actos escolares en verdaderos espectáculos. A la mujer que durante años encontró en la escuela un espacio para cantar sin imaginar que aquella actividad terminaría convirtiéndose en su profesión.
Primero estuvo Miriam Bianchi, con su vida cotidiana y sus responsabilidades. Después llegó Gilda, con una carrera que en apenas unos años alcanzó una enorme popularidad.
Y entre una y otra nunca hubo una ruptura definitiva. La cantante simplemente llevó consigo a la mujer que había sido durante toda su vida.
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