SOCIEDAD
Villa Devoto: explotó una garrafa en el quincho de una casa y hay tres heridos

Tres personas resultaron heridas este sábado por la noche tras un incendio desatado en el quincho de una casa en el barrio porteño de Villa Devoto, a raíz de la explosión de una garrafa.
El episodio ocurrió a las 20.30 horas en una casa situada sobre la avenida Mosconi al 3600, en la esquina con Emilio Lamarca. De acuerdo con la información a la que accedió Infobae, dos hombres y una mujer fueron trasladados al hospital Zubizarreta, donde quedaron bajo atención médica.
Mientras tanto, el personal de los bomberos y la Policía de la Ciudad trabajaron en el lugar para apagar el fuego y reordenar el tránsito.
Entre los heridos hay un joven de 22 años, que sufrió quemaduras varias y llegó al hospital con la vía aérea comprometida; un hombre de 55 años que presentó heridas en un brazo; y también una mujer de 40 años que fue atendida tras sufrir inhalación de humo.
Las primeras pericias indican que la explosión se inició cuando intentaron encender una garrafa dentro de un quincho, que fue el detonante de la explosión. El fuego se propagó rápidamente por la planta principal y obligó a las autoridades a acordonar la zona y cortar el tránsito de la avenida Mosconi.
Se incendió la parrilla de Berazategui que había contratado a 22 personas tras una convocatoria masiva
Horas antes, también se registró un gran incendio en la parrilla Los Agüero, de Berazategui, que dañó gran parte de sus instalaciones y obligó a suspender su actividad, menos de un mes después de su apertura. El comercio se había hecho conocido en septiembre por una convocatoria laboral que reunió a más de 1.500 personas para cubrir puestos de trabajo.
El local gastronómico fue inaugurado el 17 de septiembre sobre la avenida Eva Perón al 1464, en el espacio donde antes funcionaba el restaurante Sevilla. En un primer momento, la familia buscaba incorporar a 14 trabajadores, aunque finalmente concretó 22 contrataciones entre puestos de cocina, salón, limpieza y otras tareas.
La hipótesis inicial indicó que el incendio se habría originado por un cortocircuito en una de las heladeras ubicadas en el salón. La noche previa, según relataron desde el emprendimiento, el restaurante había trabajado con normalidad.
Las llamas afectaron sectores centrales del establecimiento y dejaron al negocio sin posibilidad de funcionar en el corto plazo. Durante el sábado, empleados y familiares retiraron elementos quemados y comenzaron las tareas de limpieza dentro del local.
El dueño del comercio, Marcelo Agüero, señaló que aún evalúan la dimensión económica de los daños y las alternativas para financiar la reconstrucción. El restaurante había iniciado sus actividades hacía pocas semanas y todavía afrontaba gastos vinculados con su puesta en funcionamiento.
A través de las redes sociales de la parrilla, sus propietarios expresaron que el incendio representó un golpe para el proyecto familiar. También aclararon que no hubo personas heridas durante el siniestro.

Ezequiel Agüero, integrante de la familia, respondió a comentarios que sugerían una eventual maniobra vinculada al cobro de un seguro. “El restó Los Agüero no tiene seguro”, afirmó en una publicación, en la que indicó que no cuentan con una póliza que cubra las pérdidas ocasionadas por el fuego.
Frente a esto, Marcelo, ex vocalista de la banda Los Leales, sostuvo que la prioridad será reorganizar el negocio y recuperar el lugar. “Todo se puede volver a reconstruir”, expresó en un video difundido por el restaurante.
La historia de Los Agüero había cobrado visibilidad el 14 de septiembre, cuando una extensa fila de postulantes se formó para entregar currículums antes de la inauguración. La convocatoria superó las cinco cuadras y reunió a personas que buscaban empleo como parrilleros, cocineros, ayudantes de cocina, bachero, personal de limpieza y mozos.
Ahora, la familia deberá definir los plazos y los recursos necesarios para reparar el comercio y retomar la atención al público. El incendio ocurrió cuando el emprendimiento todavía atravesaba sus primeras semanas de funcionamiento.
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SOCIEDAD
Creció rodeado de violencia, hoy se para en escenarios y ayuda a otros adolescentes a salir adelante

A los 19 años, Santiago Vizgarra se para frente a decenas de adolescentes y les propone algo que durante buena parte de su vida le resultó difícil: hablar de lo que les pasa. Cuesta imaginarlo en este rol cuando se conoce el chico que fue: creció acostumbrado a callar, incluso cuando necesitaba que alguien lo escuchara. Entre aquel silencio y el escenario en que hoy se para hay una historia que todavía le cuesta contar sin emocionarse.
“A mí me tocó pasar por bastante maltrato, no solo verbal, sino físico”, dice. Mientras conversa con LA NACION, mira hacia el verde cuando necesita detenerse en algún recuerdo.
Dos sillas de plástico están enfrentadas frente al parque de la Casa de Ejercicios Espirituales Monseñor Aguirre, en Victoria, San Fernando. Cerca se escuchan las risas de los adolescentes que participan de ConTribuIr, un programa intercolegial de tres días que busca responder a problemáticas como la soledad y la crisis de salud mental. La experiencia, que invita a los chicos a dejar sus celulares y conectar con distintas actividades grupales e individuales, convoca a adolescentes de distintos entornos socioeconómicos. Santi, como lo llaman sus amigos, llegó por primera vez a los 17 años como participante; ahora conduce muchas de las actividades de esta iniciativa.
Su historia comienza en Cabín 9, en Pérez, una de las zonas de los alrededores de Rosario más afectadas por problemáticas vinculadas con la inseguridad, la violencia y el narcotráfico. Es el mayor de cinco hermanos. Su padre biológico se alejó cuando tenía dos años y durante parte de su infancia vivió con su madre, que trabajaba como empleada de limpieza, sus hermanos menores y quien entonces era su padrastro, padre de los otros menores, en una casa de campo. Según relata, en ocasiones, cuando su madre salía por las noches para terminar sus estudios secundarios, este hombre lo mandaba afuera de la vivienda. El aire fresco y el verde del campo se convirtieron en su refugio.
En la primaria sufrió hostigamiento por parte de otros alumnos, le costaba establecer amistades y casi nadie conocía su situación familiar. Cuando tenía entre ocho y nueve años, su madre se separó de su pareja y se mudaron cerca de unos tíos. Su madre debía sostener sola a cinco hijos y Santiago comenzó a sentirse una carga. Decidió instalarse con sus tíos Romina y David, cuya casa quedaba enfrente. Durante dos o tres años, pese a la cercanía, se distanció del resto de su familia.
El comienzo de la secundaria, atravesado por la pandemia, volvió a reunirlo con algunos compañeros que lo habían hostigado en la primaria. Para evitar que se repitieran aquellas experiencias, encontró una estrategia: convertirse en el gracioso del grupo. “Pensé: ‘Si yo soy así, me van a querer. Si yo soy el que jode, el que cuenta chistes, el que hace reír a todos, no voy a estar solo’”, recuerda. En la escuela estaba rodeado de compañeros; en casa volvía a sentirse solo.
A los 16 años acumuló inasistencias, quedó libre y no consiguió aprobar todas las materias necesarias para continuar de año. Mientras consideraba asistir a una escuela nocturna, surgió una vacante en el Colegio Tesla, ubicado en las afueras del barrio y construido sobre un exbasural. Allí conoció a Florencia, la directora, quien le planteó que podía expresarse sin necesidad de aparentar. Por entonces, su madre le había pedido que regresara a vivir con ella.

Al año siguiente, una invitación de la escuela lo llevó a ConTribuIr junto con otros nueve estudiantes y Franco, uno de sus profesores. Santiago tenía 17 años y llegó con prejuicios sobre los alumnos de escuelas con mayores recursos económicos. “Estábamos ahí en grupitos, no nos separábamos”, recuerda.
La distancia comenzó a reducirse cuando los organizadores mezclaron a los participantes. Santiago escuchó a adolescentes de otros entornos hablar de conflictos familiares, inseguridades y soledad. Algunos de aquellos chicos que suponía ajenos a sus dificultades atravesaban situaciones que le resultaban familiares. En el segundo encuentro compartió mates, partidas de truco y conversaciones con otros estudiantes y empezó a colaborar en las actividades. El cambio no consistía en haber dejado atrás su propia historia, sino en descubrir que podía escuchar la de otros.
De regreso en Rosario, Florencia le propuso participar de una jornada de charlas abiertas a la comunidad educativa y al barrio. Santiago pensó en hablar de una película de Rocky hasta que la directora lo animó a revisar su propia historia. Una semana antes escribió sobre su infancia, su padre ausente y su futuro. La charla se llamó “Yo elijo”. Frente a sus compañeros y vecinos, puso en palabras experiencias que hasta entonces había mantenido en silencio. Ya no hablaba para conseguir que se rieran: había encontrado algo propio que decir.

A comienzos de 2026 participó de un encuentro educativo de Ánkyra y luego de Renacer, una experiencia intergeneracional de esta misma iniciativa. Allí retomó con sus amigos una idea que había surgido después de su primer retiro: generar en Rosario un espacio donde otros adolescentes pudieran encontrarse y hablar sin sentirse juzgados. Así nació Reconectar, una iniciativa organizada por estudiantes del Colegio Tesla para sus propios compañeros.
La primera edición se realizó en abril, con alumnos de cuarto año. Comenzaron con ejercicios de respiración y después les propusieron mirarse a los ojos durante un minuto, sin hablar. Hubo risas nerviosas, hasta que Santiago quedó frente a un compañero que había repetido el año y cuya historia conocía en parte. Al terminar, se acercó y lo abrazó. “No estás solo”, le dijo. El otro adolescente comenzó a llorar. Para Santiago, aquel gesto tuvo un significado inesperado: “Es como que también me abracé a mí”, recuerdo.
Después organizaron una “pecera”, con cuatro sillas ocupadas y una libre, para hablar sin interrupciones. Santi y sus amigos hablaron primero para romper el silencio. Él se refirió a las pantallas y a la diferencia entre lo que los adolescentes muestran y lo que sienten. Después llegaron otros testimonios. Un estudiante contó cómo había atravesado la enfermedad y la muerte de su madre; otros hablaron de padres ausentes y conflictos familiares. “Por más que estemos todos en un mismo salón, no significa que estemos todos bien”, reflexiona.
Un proyecto que busca sostener los vínculos
El Proyecto Ánkyra, que está detrás de ConTribuIr, surgió después de la pandemia para promover espacios de encuentro entre adolescentes. Desde la organización explicaron a LA NACION que en 2026 observaron una profundización de la soledad y la ansiedad frente al futuro. Aclaran que se trata de una experiencia educativa, no terapéutica.
En Rosario, Santiago y sus compañeros preparan una segunda edición de Reconectar, llamada “La mesa: volver a encontrarnos”, orientada a las familias. Por dificultades de organización, evalúan realizarla a fines de 2026 o en 2027.
Su participación en Ánkyra lo cambió. Después de Renacer, Ramón, integrante del equipo, lo invitó a conducir actividades de ConTribuIr desde el escenario. Ahora vuelve a hacerlo en la quinta edición de este encuentro. “Soy Santi, soy un chico de Rosario, soy estudiante, como ustedes, así que no quiero que crean que yo, por estar acá arriba, soy más que ustedes, porque yo soy uno de ustedes”, dice desde el escenario. Quiere estudiar Psicología, formarse en coaching ontológico y ayudar a su familia.
Cuando se le pregunta qué le diría al Santi de 17 años, se toma unos segundos. “Lo vería de frente, le daría un abrazo, porque sé que lo necesitaba”, responde. Después agrega: “No tenés que poder con todo vos solo; no tenés que aparentar siempre ser fuerte”.
Uno de los recuerdos que más lo conmueven tiene como protagonista a su abuelo, quien sufrió un accidente que le dejó importantes secuelas. Santiago cuenta que, en una ocasión, después de discutir con su madre, se fue de su casa. Su abuelo salió a buscarlo y, cuando lo encontró, lo abrazó. “Dale, Santi. Sos bueno, Santi”, recuerda que le dijo. Mientras reconstruye ese momento, los ojos se le enrojecen. Intenta continuar, pero las lágrimas aparecen y termina secándose el rostro con las manos.
La noche antes de la entrevista participó de una actividad en la que debían representar sus corazones con arcilla. Santiago modeló a un niño abrazado a una pelota, inspirado en una fotografía de su infancia que su tía le había enviado por su cumpleaños. Cuando imagina qué le diría al de la foto, no habla del escenario ni de sus proyectos. “Mirá, Santi, no tengo la máscara. Podemos ser nosotros, podemos ser escuchados, podemos sanar. Le agradezco por ser un guerrero”.
De la experiencia a la transformación
La experiencia de Santiago también plantea uno de los principales desafíos que Ánkyra busca abordar: cómo lograr que lo vivido durante tres días tenga continuidad cuando los adolescentes regresan a sus escuelas y hogares. Durante 2026, la organización fortaleció un modelo de acompañamiento que comienza antes del retiro, con grupos focales para conocer las necesidades de cada comunidad educativa, y continúa después mediante reencuentros con los participantes, intercambios con docentes y directivos y evaluaciones para identificar qué aprendizajes consiguen sostenerse. También profundizó en una metodología basada en cinco capacidades —ser, pensar, relacionarse, colaborar y actuar— y reforzó los protocolos de cuidado ante situaciones de sufrimiento emocional, con la participación de adultos responsables y profesionales especializados cuando corresponde.

“Una experiencia transformadora no necesariamente produce una transformación sostenible”, explicaron desde Ánkyra a LA NACION. Para la organización, el desafío no consiste únicamente en que los adolescentes puedan reconocer y expresar sus emociones, construir vínculos de confianza o tomar decisiones diferentes, sino en que encuentren condiciones para mantener esos cambios. Por eso buscan involucrar cada vez más a las escuelas, los educadores y las familias. “No podemos depositar toda la responsabilidad del cambio en los adolescentes si no acompañamos también la transformación de los entornos a los que regresan”, señalaron.
SOCIEDAD
Helldivers 2 quería frenar a los tramposos, pero ha acabado haciéndose daño a sí mismo

En Helldivers 2, los enemigos no siempre están en el campo de batalla. El shooter PvE ha vivido muchas polémicas y ha sobrevivido a todas, incluido el requisito de vincular PS Network. A menudo, Helldivers 2 recibe una actualización que promete mejorar la experiencia pero que acaba causando el efecto contrario: enfadar a su comunidad. El juego de Arrowhead ha vuelto a enfadar a jugadores y estos llevan varios días criticando al juego en Steam por un cambio que afecta a mods y al antitrampas.
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La lucha contra los tramposos en Helldivers 2 ha enfadado a muchos jugadores
La actualización 7.20 de Helldivers 2 sustituyó GameGuard por Easy Anti-Cheat. Este último es un programa antitrampas utilizado en muchos juegos multijugador para detectar y combatir el uso de trampas en PC. Desde el pasado 20 de octubre, las reseñas recientes de Helldivers 2 han bajado drásticamente hasta recibir la etiqueta de ‘Mayormente negativas’, con solo el 36% de las críticas positivas por parte de los jugadores. La queja principal de la comunidad es la incompatibilidad con ciertos mods.
Easy Anti-Cheat se utiliza en más de 200 juegos
Según informa Vida Extra, una de las modificaciones afectadas es Custom Galactic War, un proyecto creado por la comunidad que ofrece su propia versión de la Guerra Galáctica, con historia propia, un mapa y batallas entre todas las facciones del juego. Los creadores del mod han confirmado que su creación ya no funciona por el cambio a Easy Anti-Cheat, de modo que están estudiando alternativas para hacerlo funcionar. Una de ellas es mantener disponible Custom Galactic War en versiones anteriores. A esto se suman las quejas de otros usuarios sobre bajadas de rendimiento, bloqueos, crasheos después del parche, incluso sin mods instalados.

El enfado de parte de la comunidad viene por la incompatibilidad de mods y la dificultad de muchos jugadores a disfrutar del juego por algunos problemas de rendimiento adicionales a raíz de la actualización 7.20 de Helldivers 2. Por otro lado, Arrowhead defiende que el cambio a Easy Anti-Cheat se debe a combatir los mods de algunos jugadores que hacían trapas y que afectaban a las partidas de otros usuarios. La compañía también avisa de que los creadores de mods estéticos solo tendrán que actualizar dicha creación para que sigan funcionando con el nuevo antitrampas. El estudio ha señalado que conoce los problemas surgidos a raíz de la última actualización y que está trabajando en solucionarlos. De hecho, Arrowhead ha pedido a los jugadores que contacten con el soporte si el antitrampas bloquea contenido o aplicaciones externas que no se utilizan para hacer trampas.
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Helldivers 2 quería frenar a los tramposos, pero ha acabado haciéndose daño a sí mismo
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por
Adrián Mira
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SOCIEDAD
Merlo: el horror que reveló el primer examen forense a la madre y sus tres hijos asesinados por el padre de la familia

La investigación por el brutal cuádruple crimen ocurrido en una casa de la localidad de Mariano Acosta, partido bonaerense de Merlo, en el que un hombre mató a balazos a su mujer y sus tres hijos, y luego se suicidó, avanza y con el correr de las horas se van conociendo detalles que estremecen.
El ataque se produjo el jueves en una casa de una sola planta ubicada en la calle Mercedes al 2400, entre Ensenada y Dinamarca. La familia –de origen venezolano– era nueva en el barrio: había llegado hace un mes desde la localidad de Marcos Paz.
Según indicaron fuentes judiciales a Infobae, las víctimas fueron identificadas como Evelyn Carolina Rivero Mejías, una analista de sistemas de 41 años y sus hijos Dan Velkan (14), Alan Nehru (12) y Nicole Valentina (10). El supuesto asesino: Mahatma Eyvind Soihit Meza, de 44 años.
De acuerdo con lo que supo este medio ayer cuando se dio a conocer la tragedia, los cinco integrantes de la familia estaban en una habitación y presentaban heridas de arma de fuego en la cabeza. Como Rivero Mejías no se había presentado en su trabajo, un compañero se acercó a la propiedad luego de no lograr comunicarse con ella. Al ver que nadie le atendía en la puerta, el hombre se asomó por una ventana y vio los cuerpos dentro de la casa. A partir de ese momento, dio aviso al 911.
Las fuentes judiciales consultadas por Infobae indicaron que los primeros exámenes forenses a los cuerpos de las víctimas y del asesino múltiple revelaron la frialdad con la que actuó Soihit Meza. Según dijeron, tanto la madre como los tres chicos presentaron dos balazos en la cabeza cada uno.
El padre de la familia, en cambio, presentaba un solo disparo en la sien del lado izquierdo. Junto al cuerpo de Soihit Meza, los agentes encontraron una pistola calibre 9 milímetros, marca Sarsilmaz. Por las heridas encontradas en los cinco cuerpos, los investigadores tienen la sospecha de que el hombre ejecutó a su familia de tal manera, que quería asegurarse de lograr su objetivo.
La causa quedó a cargo de la Unidad Funcional de Instrucción Nº8 de Morón, dirigida por los fiscales Adriana Suárez Corripio y Nicolás Filippini. Personal de Policía Científica trabajó en el domicilio.

Los habitantes de las casas más cercanas habían escuchado disparos el jueves a primera hora, casi de madrugada, en un barrio de casas bajas, césped en las veredas y poco tránsito. Pese a eso, no se avisó a la Policía en ese momento.
Qué se sabe del asesino
En sus redes sociales, Soihit Meza -de 44 años- exhibía armas, compartía imágenes de prácticas de tiro y ofrecía accesorios para pistolas.
A comienzos de octubre, Soihit Meza publicó fotos de una pistola Sarsilmaz SAR 9, el mismo modelo del arma que fue encontrada entre sus piernas en la habitación donde estaban los cinco cuerpos. Hace tres semanas, también había compartido imágenes de una práctica de tiro.
Uno de sus contactos le escribió a ese posteo: “Buenos tiros, amigo”. Él respondió: “Gracias amigo, hay que practicar y siempre estar preparado”.
Los registros comerciales y tributarios indican que Eyvind, como lo conocían en su entorno, estaba inscripto ante la Agencia de Recaudación y Control Aduanero (ARCA) en el rubro de servicios de consultores en informática y suministros de programas de informática. También tuvo empleos registrados en una firma de seguros y en actividades vinculadas con la venta y reparación de vehículos. No registraba deudas bancarias informadas.

La familia era venezolana y había llegado a la Argentina hace más de una década. En octubre de 2017, Soihit Meza intervino en un grupo de Facebook de venezolanos que vivían en Buenos Aires para contar su experiencia a otro ciudadano que buscaba recomendaciones para emigrar.
Allí relató que había llegado solo al país, se hospedó en una habitación compartida de un hostal del barrio porteño de San Telmo y consiguió empleo en comercios chinos. Dijo que se alimentaba con arroz, pasta y otros productos económicos mientras buscaba una oportunidad laboral.

“Ya tengo a toda mi familia acá, mi esposa y mis tres hijos”, escribió en ese mensaje. También alentó al hombre que consultaba sobre la posibilidad de mudarse a la Argentina: “No dejes que te digan que no se puede. Cree en ti, brother”.
Qué dijeron los vecinos del barrio
“Nos cayó como un balde de agua fría”, dijo a los medios que concurrieron al barrio un vecino que no salía de su asombro ante la noticia. El hombre describió que en la zona son “toda gente trabajadora”.
Una vecina relató que había visto a Rivero Mejías por última vez el lunes pasado. “Solía pasar en bicicleta y que era una persona muy atenta”, señaló, y ratificó: “Es un barrio muy tranquilo”.
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