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CHIMENTOS

Jorge Marrale, el fútbol, Malvinas y un papel que lo conecta con sus grandes pasiones: “El que ama, resiste”

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Para Jorge Marrale, La casaca de Dios es mucho más que una película sobre uno de los partidos más importantes en la historia de los mundiales, aquel Argentina versus Inglaterra del inolvidable México 86. El lema aseguraba que mundo estaba unido por un balón, pero estos dos países seguían atravesados por una guerra demasiado latente, con la pelota como inesperado botín y un héroe todavía de carne y hueso dispuesto a convertirse en leyenda. Por eso, para el actor de mil batallas, reconocido tanto por su labor sobre los escenarios como por su gestión como dirigente de SAGAI, la película encerraba muchos guiños a su historia personal.

En el filme dirigido por Fernán Mirás y protagonizado junto a Natalia Oreiro, Marrale interpreta a Titi Malvestiti, el utilero de un club venido a menos pero que guarda en su foja de servicios haber estado en aquel inolvidable vestuario de México. La ficción disparada de un hecho real –el intercambio de camisetas entre Diego Maradona y el inglés Steve Hodge y el derrotero posterior de la número 10 del astro-, propone una gesta entre un relato desgarrador y los pasos de comedia que surgen mientras busca recuperarla. A él no le interesa tanto aquel pedazo de tela azul, conseguida de apuro en la previa del 22 de junio de 1986 y cosida a mano por las costureras de la concentración del América. Él sabe que guarda un secreto vinculado a su hijo caído en combate en la guerra de Malvinas. Y nadie le quita de la cabeza que eso tuvo mucho que ver con lo que ocurrió sobre el césped del Azteca.

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Por eso, Titi Malvestiti sufre con las apariciones de su hijo en las noches, mientras (sobre) vive en las entrañas de un club que se cae a pedazos. Por eso, Jorge Marrale conecta con aquel pibe que creció en Barracas “sin más alternativas que ser de Boca”, habitué de la Bombonera y admirador de Pescia, Edwards, Rattín, Gonzalito y Valentim”. En esta charla con Teleshow, los recita como quien se aferra a una niñez a la que, gracias a la magia del oficio, cada tanto puede reconectar.

Jorge Marrale como Titi Malvestiti en La casaca de Dios

Las imágenes quedaron marcadas para siempre. Las caminatas con su padre, su tío y su primo a la cancha, cuando todavía se entraba gratis en el segundo tiempo. “Era emocionante estar frente a los molinetes, escuchar el griterío y ver que con una seña pasábamos a la gloria”, evoca. Y entremezcla el eco de la voz del estadio y el clamor de la hinchada mientras apuraba los escalones hasta la tercera bandeja, con el aroma de un menú que repite hasta hoy. “Pizza de cancha previo al partido y a veces choris a la pomarola. Estómagos de acero”, suelta con una carcajada.

—Con este bagaje futbolero, qué recuerdo tenés de aquel Argentina vs Inglaterra y el momento en el que se confabularon la mano de Dios y el gol del siglo?

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—El recuerdo del partido es una mezcla de lo real con una montaña de emociones desbordadas, afonía, palpitaciones lágrimas y miradas infinitas para inaugurar el DIOS para siempre. Enfrentar a los ingleses era una historia aparte. Estaba Malvinas amasándose en el pecho de todo el país. Y de los ingleses seguro que tambien pero con signo distinto. ¿Quien podía dudar de lo que se jugaba en esa cancha? Esa batalla había que ganarla. Todos teníamos en la cabeza y el corazón a los pibes que no volvieron más. A los veteranos que ya empezaban a ser descuidados o corridos por aquellos insensibles, necios, brutos de corazón, ciegos idiotas que insistían en depositar la derrota en el cuerpo de esos pibes. Todo esto que te cuento lo tuve en mente y cuerpo todo el rodaje. La película para mí, por el rol que tuve que asumir, estaba sumergida en esa mezcla de hecho mítico y al mismo tiempo doloroso. Un hijo que no vuelve más y una camiseta que lo contiene y de alguna manera lo revive.

—¿Cómo viviste la guerra en tiempo real?

—La viví como el espanto y horror que significó la dictadura. Como la continuidad de un proyecto de destrucción en manos de seres perversos. Pasados 44 años de un período aberrante, la guerra, la muerte que conlleva forma parte de uno mismo. No hay que recordar porque ya está alojada en un estado de permanencia. Forma parte de mi historia. Hoy, apoyando la teoría de que el tiempo no pasa sino que todo esta al mismo tiempo interactuando dentro nuestro (presente, pasado y futuro), la significación de la guerra es la confirmación de cómo se pudo romper un país y al mismo tiempo verificar cómo se lo puede seguir rompiendo.

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Jorge Marrale con Fernán Mirás, el director de la película
Jorge Marrale con Fernán Mirás, el director de la película

—Yendo a tu personaje, Titi tiene una ligazón muy fuerte con su club, su lugar en el mundo, y al que se aferra a pesar de que siempre parece la peor posibilidad o a cada rato surge un inconveniente. ¿Qué lectura hacés de esa resistencia? ¿Hay una declaración de principios o se parece más a una resignación?

—Entendí a Titi como un ser real pero al mismo tiempo no pude correrlo de considerarlo un ser metafórico. Un viejo en los tiempos presentes. Un viejo que amó apasionadamente su pertenencia a un espacio de enseñanza, participación, crecimiento de pibes ilusionados por triunfar pero con conciencia de poder creer en lo creativo de lo que cada uno ellos es dueño. El que ama, resiste. Aunque el objeto se diluya. Más que una declaración de principios es una acción básica para poder seguir, para sostener el motor que le da vida y pertenencia. Por eso el personaje puede desdoblarse y ser metafórico. ¿Quien puede sobrellevar la perdida de la pasión sin dejar en esa lucha todo lo que lo sostiene? Titi, un poco, somos todos. Todos los que no aceptan la resignación. Los que eligen seguir hasta que las velas no ardan.

—Actuás con tu hijo Federico, quien hace el mismo papel en su juventud y el parecido es realmente impactante ¿Conversaron entre ustedes sobre la construcción de ese personaje?

—Actuar con Federico fue un hallazgo de Fernán Mirás. Él lo propuso desde el inicio. Hay una serie de escenas en donde presente y pasado se unen. Y ahí nos cruzamos el Titi del 86 y el Titi de hoy. Fede y yo. Vernos haciendo esas acciones, por más ficción que sea, resuena de una manera única. Transitar lo que nos enamora a los dos, lo que nos da felicidad y caminar mirándonos en esa secuencia me hizo ver en un sentido existencial lo que Fede “es en mí “y lo “que yo soy en Fede”. Es difícil de explicar, sólo se puede sentir por ser lo que somos: padre e hijo.

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Jorge Marrale y Natlia Oreiro, padre e hija en la ficción
Jorge Marrale y Natlia Oreiro, padre e hija en la ficción

—¿Y cómo se generó la química con Natalia Oreiro? Ella tiene un amor fuerte por su padre y, a su manera, por el club, pero hay un vínculo que resulta complejo a partir de algunas discrepancias.

—Titi y su hija tienen un mundo del pasado no resuelto. Titi está cognitivamente averiado. Los recuerdos no pueden verificarse como sucedidos lo cual hace que esos dos mundos choquen sin poder repararse. Lo que considero notable en el encuentro con Nati Oreiro es que esa dificultad insalvable nos haya hecho crear ese vínculo tan particular. La ausencia del hijo, de su hermano, es el pilar desde donde pueden reencontrarse. Confieso que toda la secuencia que va desde ir a reconocer la camiseta hasta el final sentados en un sillón es una de las secuencias más emotivas transitada por mi en mi historia como actor. Solo había que sentir y mirarnos. Natalia y su entrega serán inolvidables para mí.

Luego de su estreno en salas comerciales el pasado 9 de abril, La casaca de Dios puede verse desde principios de junio en Amazon. Una realidad de estos tiempos que corren, donde el cine y las plataformas dialogan con mayor o menor fluidez en un momento de la industria particular, diferente a otros que atravesó Marrale. La ficción en televisión parece una quimera y el teatro se ofrece como un lugar de resistencia en un escenario en el que la cultura parece ser enemiga de las políticas oficialistas. “La gente en general ama el cine y sus variables audiovisuales”, dice el actor con la autoridad que le otorga su experiencia, y se dispone a analizar este presente, tanto desde su rol de artista como de dirigente en la presidencia de la Sociedad Argentina de Gestión de Actores Intérpretes (SAGAI).

—¿Cómo es esto de ser actor en tiempos del dominio de las plataformas?

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—Las plataformas se instalaron en el mundo para ser mercados activos de venta del audiovisual. También generaron trabajo para el universo que crea esos audiovisuales. Los actores somos, con los técnicos, probablemente el mayor número de beneficiados. No entro a considerar acá las notables diferencias que hay entre los países que imponen a conciencia una cuota de obra nacional con respecto a aquellos, como el nuestro, que no propone, desde el estamento estatal, ninguna cuota. Esto hace que algunas industrias audiovisuales se desarrollen de una manera sustantivamente superior a otras. No quiero abundar en lo que está sucediendo en nuestro espacio laboral, pero es importante resaltar que la falta de ficción en TV sumado a la casi parálisis del fomento al cine y la escasa inversión privada generan una desocupación más que preocupante en todo nuestro universo laboral.

Moria Casan y Jorge Marrale
Moria Casán y Jorge Marrale protagonizan Cuesión de género, uno de los sucesos de calle Corrientes (Gustavo Gavotti)

—¿Cómo se explica el éxito de algunas producciones locales en el mundo?

—Es cierto que nuestras obras audiovisuales, muchas de ellas, tienen llegada a otros públicos con reconocimiento y repercusión. Esto es porque hay talento y perseverancia en la concreción de las obras. Lo que no hay es estímulo y apoyo a ese desarrollo. Esa es la consecuencia de este parate cultural. La negación de lo propio. El ataque a la cultura es un proyecto, un próposito. Las demoliciones de las culturas generadas por la humanidad tienen larga data. Son las formas más arcaicas de dominación.

—¿Cuál es la tarea de SAGAI en este escenario?

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—Desde SAGAI lo que hacemos es conectar con las distintas plataformas para conformar acuerdos en donde se respete la Propiedad Intelectual de nuestros socios. Trabajo arduo si los hay. No todas las plataformas responden en tiempo y forma lo cual provoca una restricción en cobro y distribución de regalías. Pero estamos avanzando en acuerdos de reciprocidad con distintas Sociedades de Gestión del mundo y eso hace que sus obras y las escasas obras nuestras, puedan ser cobradas.

—En este panorama el teatro parece vivir una etapa de florecimiento del que formás parte con Cuestión de Género, la obra con Moria Casán. ¿Cuál es el secreto de ese éxito?

—Cuestión de Género es un evento. Encara un acontecimiento particular que promueve carcajada y silencio transitando prejuicio y realidad cruda y dura. Una mezcla explosiva. La química que conseguimos con Moria es un factor esencial en el suceso de la obra, sumado al trabajo de Paula Kohan y Ariel Pérez De María, con los cuales armamos un cuarteto por momentos desopilante. Felices todos de estar haciendo esta obra en el Metropolitan. El teatro puede pasar por momentos críticos pero lo que no pierde nunca es una renovación permanente de nuestro publico que no solo va al teatro, sino que lo necesita. Nuestra historia da cuenta de esto. El teatro independiente, que nació hace tantos años, desarrolló un camino que no tiene retorno. Seguirá dando muestras acabadas de lo que es con nuevos autores más actrices y actores. Es una fuente inagotable de creación teatral. Solo hay que esperar que los ramalazos de los que no lo quieren no lleguen a dañarlo más de lo esperable.

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CHIMENTOS

El drama que vivió Jenny Williams cuando un mal diagnóstico le impidió moverse por dos años: “Pensé que nunca iba a salir”

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Video musical de la canción ‘Por mil noches’ de la banda Airbag, con la participación de la actriz Jenny Williams

La operación en los pies que debía ser el comienzo de una recuperación de apenas seis semanas terminó convirtiéndose en una pesadilla de dos años. Para Jenny Williams, aquella intervención que en principio parecía sencilla derivó en dolor crónico, inmovilidad, angustia y una pregunta que durante mucho tiempo la acompañó como una sombra: si alguna vez volvería a caminar sin dolor, a bailar, a ponerse un par de zapatos que no fueran ortopédicos o, simplemente, a sentirse dueña de su propio cuerpo.

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Hoy, a los 40 años, la actriz mira hacia atrás y reconoce que atravesar aquel período límite también la transformó. El pilates apareció casi por casualidad, se convirtió en una herramienta fundamental para recuperar la fuerza y terminó abriendo una nueva pasión profesional. Y, mientras reconstruía su vínculo con el movimiento, también comenzó a reconstruir su carrera artística.

Después de años de vivir entre México y Argentina, de cantar en bares y en un hotel de lujo en el Caribe, volvió a instalarse en el país y encontró nuevamente aquello que había marcado su vida desde chica: un escenario.

Su presente tiene algo de renacimiento. Hoy protagoniza La bomba, una comedia de Juan Paya dirigida por Gabi Villalba, junto a Paco Massarini, en el Teatro El Grito. El proyecto nació de una conversación entre dos amigos, creció sin grandes obstáculos y terminó transformándose en una experiencia que la propia actriz define como mágica: funciones a sala llena, espectadores que quedan afuera y la sensación de haber encontrado, después de un largo recorrido, el lugar exacto en el que quería volver a estar.

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Las artistas Lali Espósito y Jenny Williams posan juntas en época de Casi Angeles

Pero para entender la dimensión de este regreso hay que retroceder varios años. Jenny debutó como modelo a los 17, después de una década de formación que incluyó cursos de acrobacia, baile y música. La actuación llegó primero con pequeñas participaciones en Casi ángeles y Floricienta, mientras también se convertía en rostro de comerciales para distintos países de Latinoamérica y Estados Unidos. El gran salto llegó con Atracción x4, donde interpretó a Paula Lacalle, la villana principal de la tira juvenil. Después vendrían Malparida, la miniserie italiana Terra ribelle, Historias de la primera vez, la película Cruzadas, Graduados —por la que recibió una nominación a los premios Martín Fierro como revelación—, Sos mi hombre y el videoclip de “Por mil noches”, de Airbag.

En 2015 volvió a explorar el teatro musical con La niña, el diablo y el molino, escrita y dirigida por el francés Olivier Py, presentada en el Centro Cultural Recoleta y el Centro Cultural San Martín. Más adelante participó de El mal menor y, en 2023, participó de la miniserie Madame Requin, protagonizada por Flavia Palmiero. Sin embargo, en medio de ese crecimiento profesional ocurrió algo inesperado: las propuestas laborales comenzaron a escasear.

“Mi carrera tuvo como un bache en donde frenó bastante todo y fue muy frustrante para mí”, recuerda. Aquello que durante años había sido una sucesión vertiginosa de trabajos se detuvo de repente. Y Williams decidió hacer algo que cambiaría su vida: irse.

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A los 30 años se mudó a México. Primero intentó instalarse en Ciudad de México, donde trabajó como actriz, pero la ciudad no terminó de conquistarla. Un viaje a Tulum que inicialmente iba a durar una semana terminó extendiéndose a 15 días, después un mes, dos meses y, finalmente, a una nueva vida. Alquiló un departamento, comenzó a trabajar y descubrió una versión de sí misma que hasta entonces había permanecido en segundo plano: Jenny, la cantante.

Tres mujeres con chaquetas negras de textura de cuero y detalles amarillos posan cerca de un casillero naranja.
Jenny Williams con Luisana Lopilato y Camila Bordonaba en un alto en la grabación de «Atracción x 4»

“Fui residente de un hotel”, cuenta sobre aquella etapa. Allí pudo cantar con su propia banda, frente al mar, en la playa. “Tuve la experiencia de poder cantar con mi banda propia en la orilla del mar. Esas cosas que decís: ‘No, esto es un sueño’”. Y lo era. Durante años había fantaseado con esa posibilidad de abandonar todo y marcharse al Caribe. Finalmente, lo hizo.

Pero el destino volvería a ponerla frente a un desafío inesperado. Después de un período entre Tulum y la Argentina, comenzaron los problemas en sus pies.

Williams explica que en aquel momento hacía muchísimo ejercicio y bailaba intensamente, eso sumado a un problema congénito además de una mala mecánica al pisar, lo que le provocó que se gastara el cartílago.

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Lo que inicialmente parecía una sobrecarga física podía, según su relato, haberse tratado con descanso u otras alternativas. Sin embargo, terminó recurriendo a un profesional que, de acuerdo con las posteriores interconsultas que realizó con otros médicos, indicó un tratamiento quirúrgico que ellos consideraron que no correspondía a su condición.

Un hombre con sudadera negra y una mujer rubia con camisa azul y pulsera roja están de pie frente a una ventana con cortinas.
Jenny Williams con Gastón Sofritti en una imagen de «Graduados»

“Fue una operación que no era necesaria tener”, afirma sobre la compleja cirugía bilateral de pies que debió atravesar. Lo que supuestamente iba a demandar seis semanas de recuperación se transformó en años de dolor. “Se convirtió en una tortura de dos años”, describe.

La dimensión de aquella experiencia no estuvo solamente en la imposibilidad de moverse. El dolor crónico empezó a ocuparlo todo. No encontraba una posición cómoda ni acostada, ni sentada, ni parada. El único momento en que podía dejar de percibirlo era mientras dormía.

“Literalmente, caminar era una tortura”, cuenta. Podía hacerlo desde el punto de vista mecánico, pero el dolor era constante. Y esa sensación terminó afectando cada aspecto de su vida: los planes con amigos, los viajes, las actividades cotidianas, el ánimo y hasta la posibilidad de imaginar un futuro diferente.

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Durante aquel período, llegó a pensar que nunca recuperaría su movilidad. Temía no volver a caminar normalmente, no volver a bailar —una de sus grandes pasiones— y quedar condenada a convivir con el dolor.

Mujer de cabello rubio con un tatuaje de dragón en el brazo derecho, sentada en la mesa de un restaurante
La actriz argentina Jenny Williams mira hacia una ventana mientras permanece sentada a la mesa de un restaurante.

“En ese momento la sensación era que nunca iba a salir de ahí”, confiesa. “Que no iba a poder moverme, que no iba a poder caminar, que no iba a poder recuperar mi movilidad, poder volver a bailar”.

El dolor físico también comenzó a modificar su relación con el mundo. “Te toma por completo”, explica. “Estás todo el tiempo pensando en eso. Todo lo que hacés está teñido de dolor”. La imposibilidad de caminar algunas cuadras podía convertirse en una barrera para encontrarse con amigos, viajar o simplemente salir de su casa.

Fue entonces cuando apareció el pilates. Y, curiosamente, llegó a través de un libro: La biblioteca de medianoche. Mientras leía aquella ficción descubrió una referencia a una protagonista que se sentía fuerte a partir de las horas de pilates que practicaba. Williams decidió probar.

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Tenía, además, un prejuicio que comparte mucha gente: pensar que el pilates era una actividad suave, asociada apenas al estiramiento. La experiencia le demostró lo contrario: “Fue amor a primera vista”, recuerda.

Jenny Williams, con un vestido corto negro y descalza, permanece sentada en unos escalones de concreto ante una pared clara
Jenny Williams atraviesa una nueva etapa de su vida: después de años lejos de la Argentina y de un doloroso problema de salud, volvió a encontrar en el teatro un espacio para reencontrarse con su gran pasión

El reformer se convirtió en una herramienta decisiva. El trabajo de fuerza sobre los pies le permitió comenzar a recuperar musculatura de manera progresiva. Primero fueron pequeños avances. Después aparecieron períodos en los que podía pasar una hora sin pensar en el dolor. Esa hora se convirtió en dos; las dos, en tres.

Y un día llegó un gesto que para cualquier otra persona podría parecer mínimo, pero que para ella representó la dimensión de todo el camino recorrido: volvió a usar zapatos que no eran ortopédicos. Y, más recientemente, incluso pudo ponerse algo de taco: “Yo no lo puedo creer”, dice.

La recuperación física también se convirtió en una transformación emocional. Williams descubrió una fortaleza que, hasta entonces, no sabía que tenía.

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“Aprendí de mí misma que yo no me rindo, que no bajo los brazos, que soy mucho más fuerte de lo que me imaginaba y que yo me saqué adelante”, reflexiona.

Un hombre con camisa blanca y corbata junto a una mujer con peluca gris y gafas grandes sostienen billetes de dólares estadounidenses
Protagoniza La bomba, junto a Paco Massarini, en el Teatro El Grito. Las funciones a sala llena marcaron un esperado regreso a los escenarios

De esa experiencia nació también una nueva vocación. El pilates dejó de ser únicamente una herramienta para recuperar su cuerpo y pasó a convertirse en una profesión. Hoy tiene su propio estudio, Moon, y busca acompañar a otras personas desde el movimiento.

“El ejercicio físico es un acto de amor propio”, sostiene. Su objetivo es poder ayudar a otros a sentirse mejor y transformar aquella experiencia dolorosa en algo que también pueda dejar una huella positiva.

En paralelo, comenzó a sentir que era momento de regresar. Después de aproximadamente una década entre México y Argentina, el país empezó a pesar de otra manera. La familia, los amigos, las costumbres, las tradiciones y esa sensación difícil de explicar que aparece cuando uno está lejos de casa: “Después de diez años, el corazón tira, la sangre tira, el país tira”, define.

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En octubre del año pasado volvió definitivamente a la Argentina. Todavía mantenía su estudio en Tulum y continúa viajando, pero decidió hacer base nuevamente en el país. La decisión también tenía una razón profesional: entendió que si quería reactivar su carrera como actriz, necesitaba estar donde sucedían las cosas: “Es imposible reactivar mi carrera como actriz si yo no estaba acá”, explica.

Jenny Williams posa en la playa con un vestido calado café, gafas de sol y un pañuelo en la cabeza frente al mar
Después de vivir en México y convertirse en artista residente de un hotel en Tulum, Jenny decidió regresar a la Argentina para volver a apostar por su carrera como actriz.

Y la respuesta llegó más rápido de lo que imaginaba. En diciembre comenzó a tomar forma la posibilidad de hacer La bomba. En marzo empezaron los ensayos. Y finalmente llegó el estreno.

La propuesta había surgido de Paco Massarini, su mejor amigo y compañero de escena. Él le planteó el año pasado que tenían que hacer algo juntos. Empezaron a buscar textos a través de amigos actores y, cuando apareció La bomba, de Juan Paya, Williams sintió inmediatamente que habían encontrado la obra.

El texto la conquistó desde la primera lectura. “Es un obrón, está tan bien escrita, te juro que te morís de risa solo de leerla”, cuenta.

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Se contactaron con Paya, obtuvieron los derechos y el propio autor les recomendó a Gabi Villalba, director de una puesta anterior de la obra. Así, el proyecto empezó a avanzar con una fluidez que Williams destaca especialmente.

Una mujer con el cabello recogido apoya la barbilla en su mano frente a la cámara en un ambiente luminoso
El pilates fue una pieza fundamental en su recuperación.

“No hubo en ningún momento una traba”, dice. El teatro El Grito, perteneciente a la familia Berthold, también abrió sus puertas y todo comenzó a encadenarse hasta llegar al estreno.

La respuesta del público superó sus expectativas. “Estamos a sala llena cada función, gente que se queda afuera”, cuenta sorprendida. Y detrás de esa alegría hay algo más profundo: la sensación de haber vuelto a un lugar que siempre había sentido propio.

“Estoy donde quiero estar”, afirma, aunque inmediatamente aclara que todavía sueña con crecer, llevar la obra a la calle Corrientes y ampliar la exposición a partir de la repercusión que están teniendo.

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La bomba es una comedia de aproximadamente 50 minutos, rápida, absurda y con un final inesperado que Williams prefiere no revelar. La experiencia del público, cuenta, tiene algo de desconcierto inicial y luego una revelación. “Es como que vi dos obras totalmente distintas en una misma obra”, explica al describir lo que le dicen los espectadores cuando salen.

Jenny Williams posa con los brazos levantados, los ojos cerrados y un top deportivo color beige frente a una pared con sombras
Jenny Williams atraviesa una nueva etapa de su vida: después de años lejos de la Argentina y de un doloroso problema de salud, volvió a encontrar en el teatro un espacio para reencontrarse con su gran pasión.

Ese encuentro posterior con la gente se convirtió en otro de los grandes placeres de esta nueva etapa. Ver las caras, escuchar las risas y recibir comentarios de quienes no esperaban el giro final funciona, de alguna manera, como una confirmación del camino recorrido.

Porque detrás de esa actriz que hoy vuelve a pararse sobre un escenario hay una mujer que durante dos años tuvo que aprender nuevamente a confiar en su cuerpo. Y quizás por eso este regreso tiene un significado diferente.

Jenny no vuelve a la actuación como aquella joven que había conquistado el prime time, interpretado adolescentes, villanas y dramas, y que había recibido una nominación al Martín Fierro. Vuelve después de haber vivido en otros países, haber cantado frente al mar, haber construido una vida lejos de Buenos Aires, haber atravesado una experiencia física que la obligó a detenerse y haber encontrado en el movimiento una nueva manera de relacionarse consigo misma.

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“Uno es actor o actriz y no deja de serlo nunca”, dice. “A lo sumo, no estás actuando”. Para ella, esa frase parece resumir una década entera.

Porque aunque durante un tiempo no hubiera cámaras, escenarios ni libretos, aquella niña de San Isidro que desde chica bailaba y actuaba frente al espejo seguía ahí. Esperando.

Una mujer rubia con un conjunto azul claro posa descalza dentro del marco rectangular de una ventana de concreto
Lo que comenzó como una búsqueda para recuperar la fuerza de sus pies terminó convirtiéndose en una nueva pasión y también en una profesión

Ahora volvió a encontrarla: “Hoy puedo vivir una carrera que viví en mi edad más temprana, pero con una experiencia y una madurez ya de una mujer bien adulta”, reflexiona.

Y arriba del escenario, dice, vuelve a sentirse libre. Después de todo, el renacimiento no llegó solamente cuando pudo volver a caminar sin dolor. También llegó cuando pudo volver a hacer aquello que había marcado su vida desde siempre: actuar.

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Y esta vez lo hace con una historia mucho más grande a sus espaldas. Una historia que incluye una caída, una espera demasiado larga, una recuperación paciente, un nuevo oficio, un país al que decidió regresar y un escenario que, finalmente, volvió a recibirla con las luces encendidas.



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Yanina Latorre reveló la verdad sobre la cifra millonaria que Luciana Salazar le sacó a Redrado: “No es un millón de dólares, son…”

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El supuesto triunfo millonario de Luciana Salazar frente a Martín Redrado tomó una nueva dimensión después de que Yanina Latorre revelara cuál sería, en realidad, la cifra acordada entre las partes. Lejos del millón de dólares que comenzó a circular con fuerza, la famosa dio detalles sobre el acuerdo privado que puso un freno a una disputa que llevaba varios años.

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Según explicó Yanina, la situación judicial no terminó con una victoria de Salazar. “Luciana Salazar salió victoriosa a decir que Redrado va a mantener a Matilda hasta los 18 años. Llamó la atención porque no hay un acuerdo de manutención ni una cuota alimentaria. Hay un acuerdo privado entre partes”, aclaró.

La diferencia no es menor. De acuerdo con lo relatado por Latorre, Redrado había ganado en primera instancia y Salazar había apelado esa decisión. La disputa, de esta manera, podía extenderse durante mucho tiempo. “Redrado le gana en primera instancia, ella apela y esto iba para largo”, explicó Yanina.

En ese contexto apareció la negociación que terminó modificando el escenario. Salazar reclamaba una cuota de 10 mil dólares mensuales hasta que Matilda cumpliera los 18 años, pero finalmente las partes llegaron a otro entendimiento. “Ella pedía una cuota 10 mil dólares por mes hasta los 18, que era 1.700.000, entiendo que por recomendación de su abogado, que habrán visto que iba a perder”, sostuvo Latorre.

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YANINA LATORRE CONFIRMÓ QUE LUCIANA SALAZAR COBRARÁ 500 MIL DÓLARES

La cifra que finalmente se habría acordado tampoco sería el millón de dólares que se viralizó. Según Yanina, el convenio privado establece un pago total de 500 mil dólares, aunque con una modalidad que no contempla desembolsos mensuales. “Es en cuotas, pero no mensuales. Es de 500 mil dólares, son pagaderos en 5 años, es 100 mil por año”, precisó.

¿Por qué Redrado habría aceptado ese acuerdo después de haber obtenido un fallo favorable en primera instancia? Yanina dio una explicación vinculada al desgaste del conflicto. “Aceptó el acuerdo, por qué lo hace Redrado, quiere paz, se hartó de las amenazas, dice que se quiere sacar este grano de encima”, relató.

Además, Latorre remarcó que el convenio tiene carácter confidencial y que ambas partes quedaron sujetas a una condición concreta. “Firmaron un acuerdo que es confidencial, ninguno puede hablar, ni mostrar el escrito. Se sentaron, negociaron. No hay cuota alimentaria, ella perdió en primera, la apelación se frenó”, aseguró.

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De esta manera, según la información aportada por Yanina, el conflicto no habría terminado con una condena a Redrado a pagar una cuota alimentaria mensual hasta que Matilda cumpliera la mayoría de edad, sino con una negociación privada por 500 mil dólares, distribuidos en cinco años. Un acuerdo que las partes deberán mantener bajo reserva y que, justamente por esa confidencialidad, dejó espacio para que circularan distintas versiones sobre su verdadero alcance.

 

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Luciana Salazar

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Lorena Vega reflexiona sobre su perturbador rol en la serie Cautiva: “No es un personaje más”

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Trailer de Cautiva, la miniserie argentina inspirada en un caso de abuso dentro de una orden de clausura. Lorena Vega tiene el rol más perturbador: el de la monja superiora

Lorena Vega encarna a una madre superiora que convierte la fe en un dispositivo de control en Cautiva, la miniserie argentina de Flow inspirada en un caso real de abuso dentro de un convento de clausura. La actriz interpreta a Cecilia, una figura de autoridad que somete a Clara —el personaje de Carolina Kopelioff— a castigos, aislamiento y maltrato dentro de una institución cerrada sobre sí misma.

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La ficción, dirigida por Paula Hernández y Jazmín Stuart, sigue a una joven de 18 años que ingresa a una orden religiosa en busca de refugio. A partir de allí, el relato recorre su permanencia en el convento, los años de violencia y el proceso posterior a su fuga. La historia está construida en tres tiempos y se desarrolla a lo largo de seis episodios. Aunque parte de una denuncia que se hizo pública en 2016 en Nogoyá, Entre Ríos, la producción no hace una reconstrucción literal de aquel caso.

La miniserie argentina Cautiva aborda una historia inspirada en la denuncia de abusos cometidos dentro de un convento de clausura en Nogoyá

Para Vega, la actriz que saltó a la masividad como la psicóloga de Envidiosa, el desafío estuvo en habitar a una villana dentro de un universo con reglas propias. Cecilia no ejerce el poder desde un lugar convencional: lo hace amparada en la jerarquía religiosa y en el aislamiento de un convento de clausura, un ámbito al que el exterior apenas puede acceder.

Antes de filmar, Vega investigó el caso, revisó testimonios públicos, documentales y lecturas relacionadas con los hechos. También buscó referencias en la ficción y volvió a ver la telenovela La extraña dama, con especial atención al trabajo de María Rosa Gallo. La investigación no apuntó solamente a comprender los antecedentes de la historia, sino a encontrar las claves de una mujer que impone miedo sin abandonar la apariencia de quien representa una autoridad espiritual.

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Cautiva serie
La escenografía principal de la ficción se construyó mediante la adaptación de una antigua iglesia de otra confesión religiosa

La actriz habló con Teleshow y destacó la construcción visual de la serie y, en particular, el trabajo sobre el convento. Buena parte de la historia transcurre allí, entre pasillos, habitaciones y espacios donde el encierro funciona como una presencia constante. El escenario fue reconstruido en una antigua iglesia de otra confesión religiosa, que el equipo adaptó para la producción.

El vínculo entre las protagonistas había comenzado antes de que la serie tuviera sus elencos definitivos. Carolina Kopelioff contó que, antes de una prueba conjunta, ambas se reunieron en un café para preparar la escena. La audición definió una dinámica de trabajo que luego trasladaron al rodaje. “Dale, equipo, vamos a hacer esto juntas”, recordó Kopelioff sobre aquel encuentro previo.

Lorena Vega, además, mantuvo contacto con Silvia Albarenque, la sobreviviente cuya experiencia inspiró el universo de la ficción, y con uno de sus hermanos. La actriz explica que ese acercamiento formó parte de un trabajo delicado, atravesado por la dimensión humana de una historia de violencia y por la necesidad de evitar simplificaciones.

Cautiva serie
a actriz principal mantuvo un diálogo constante con Silvia Albarenque, la sobreviviente cuya experiencia motivó la creación del relato

—¿Cómo llegó a vos el proyecto de Cautiva? ¿Recordabas el caso que inspiró la historia?

—No me acordaba del caso. Cuando llegó el proyecto lo investigué en profundidad. La producción y las directoras nos dieron material sobre el tema, pero también sobre el estilo que querían para la serie. Yo ya la vi completa y me parece que tiene una realización muy cuidada.

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—¿De qué manera encaraste la investigación?

—Leí bastante, vi muchos testimonios en YouTube vinculados con el hecho real, sobre todo de las monjas. En su momento ellas hicieron videos para hablar de lo que había pasado y ese material resultó útil. Después vimos documentales y, cuando empezamos a filmar, nos pasábamos libros entre nosotras. Algunos tenían relación directa con el caso y otros hablaban de temas cercanos.

Cautiva serie
Lorena Vega encarna a la madre superiora Cecilia, la figura de autoridad que impone castigos y aislamiento a la protagonista

—¿También buscaste referencias en otras ficciones?

—Volví a mirar La extraña dama. Miraba mucho a María Rosa Gallo y a Luisa Kuliok Eran referencias para ciertos tonos del género, aunque lo que hacemos en Cautiva tiene su propio mundo.

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—¿Qué te pasó cuando asumiste el personaje de Cecilia?

—No era fue personaje más. Me parecía muy desafiante porque esta es una ficción singular. Tiene drama, suspenso y momentos de terror. Cecilia es una villana no tradicional porque habita un mundo que resulta bastante desconocido. No es fácil acceder a un convento de clausura y esa condición se ve en la serie: es un universo muy aislado.

—¿Qué volvía diferente a una villana que, además, es una madre superiora?

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—Dentro de este género, ser una monja y una madre superiora de temer era un condimento atípico. La autoridad de ella está atravesada por ese mundo cerrado. Había que encontrar cómo construirla sin perder de vista el contexto en el que se mueve.

La producción consta de seis episodios estructurados en tres tiempos narrativos y cuenta con la dirección de Paula Hernández y Jazmín Stuart
La producción consta de seis episodios estructurados en tres tiempos narrativos y cuenta con la dirección de Paula Hernández y Jazmín Stuart

—La ambientación ocupa un lugar muy importante en la historia.

—Sí. El convento lo armaron en una antigua iglesia que pertenecía a otra práctica religiosa. La reconstruyeron y quedó muy bien. Por momentos parecía que estábamos en un convento real, pero era una construcción hecha para la ficción.

—¿Cómo fue el trabajo con las directoras Paula Hernández y Jazmín Stuart?

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—El equipo detrás de cámara era muy bueno, empezando por ellas. Paula y Jazmín forman una dupla que funciona muy bien porque cada una aportaba mucho a los elementos que tenía la serie. Estaban totalmente dedicadas al proyecto y eso se sentía en el trabajo cotidiano.

—También hay varios intérpretes con los que ya te habías cruzado antes…

—Sí, el elenco está muy bien. Muchos nos conocemos de hacer teatro o de otros trabajos. Laura Nébole, que interpreta a Purificación, y Tomás Wicz son algunos de esos compañeros con los que ya había compartido experiencias. De pronto nos encontramos otra vez en este proyecto.

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Cautiva serie
La artista argentina asume el rol de una madre superiora que impone un régimen de castigos y aislamiento en una ficción inspirada en abusos reales ocurridos dentro de un convento de clausura

—Carolina Kopelioff contó que se reunieron antes de la audición que hicieron juntas.

—Sí, nos juntamos antes para ir las dos preparadas. A ella la estaban probando para su personaje, pero también me estaban probando a mí. Era importante llegar con una idea de vínculo y poder ayudarnos en esa escena.

—¿Cómo fue trabajar con ella una vez que quedaron seleccionadas?

—Las dos nos teníamos que ayudar mucho. Para ambas era importante hacerlo y encontrar el tono de esas escenas. Había una relación muy compleja entre los personajes, así que necesitábamos confianza y trabajo previo.

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Cautiva serie
La ficción argentina sigue a Clara, una joven de 18 años que busca refugio en un convento de clausura y luego inicia reconstrucción tras su fuga, en una historia inspirada en un caso real

—¿Pudiste hablar con la mujer cuya historia está en el origen de la serie?

—Sí. No solo hablé con ella: sigo en contacto. Vino al set más de una vez. También estoy en contacto con uno de sus hermanos, que estuvo muy cerca de ella en todo su proceso de reconstrucción.

—¿Cómo fue ese vínculo?

—Son personas hermosas. Es una historia muy sensible y para mí era importante el intercambio. Ella ahora no vive en la Argentina, pero seguimos en contacto.

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