CHIMENTOS
Clara Ulrich, la artista que dejó todo por amor y construyó una carrera en Miami: “Siempre soñé con actuar en Argentina”

En 2016, Clara Ulrich atravesaba uno de los momentos más intensos de su carrera en la Argentina. Hacía radio, teatro, producción, escribía humor y se movía dentro de un circuito artístico que conocía bien. Su vida estaba anclada en Buenos Aires, una ciudad con la que se identifica por completo: el ritmo, el cemento, el subte, los cafés, la velocidad y hasta ese ruido urbano que para otros puede ser agotador. Entonces apareció una decisión que alteró ese mapa. Una propuesta laboral para su marido la empujó a mudarse a Miami y a interrumpir, al menos por un tiempo, todo lo que había construido.
La salida no tuvo épica. Tuvo desorientación, crisis y un duelo silencioso. Ulrich dejó una carrera en marcha para aterrizar en una ciudad donde nadie sabía quién era, donde su currículum no tenía traducción inmediata y donde el mundo laboral que imaginaba encontró otras reglas. La radio no funcionaba como en la Argentina, la industria audiovisual latina ya no tenía allí el peso que le habían prometido y el teatro ocupaba un lugar menor frente a una lógica más asociada al consumo, la playa y los centros comerciales. Ese primer año, según contó, fue uno de los más difíciles de su vida.
Con el tiempo, esa fractura se convirtió en un punto de partida. Lo que había sido una mudanza por amor terminó por redefinir su carrera. En Miami, Clara Ulrich encontró un escenario nuevo, construyó una voz con alcance internacional y transformó el desarraigo en material creativo. Empezó en espacios pequeños, siguió por distintas ciudades de Estados Unidos y más tarde cruzó a España, Sudamérica, el Caribe y otros destinos. Casi una década después de aquel cambio, la actriz y humorista regresará a la calle Corrientes para presentarse el 4 de septiembre en el teatro Gran Rex con Yo quiero ser mi marido.

En una entrevista exclusiva con Teleshow, Ulrich repasó su historia de vida, recordó cómo empezó a trabajar en el arte, habló del costo personal de emigrar y explicó de qué modo esa experiencia terminó por empujarla hacia un éxito internacional que hoy la encuentra de gira por varios países.
—¿Cómo empezó tu camino en el mundo artístico?
—Empecé a estudiar teatro cuando tenía 15 años. Después fui buscando la manera de dedicarme a eso, aunque durante mucho tiempo hice muchos trabajos vinculados al arte que no eran exactamente actuar todo el tiempo. Hice más de diez años de radio como humorista, me nominaron al Martín Fierro como mejor humorista en radio, después estudié locución, me recibí y terminé conduciendo programas. También trabajé en producción, en una productora de jingles de publicidad, y escribí humor para Cosmopolitan. Fui probando muchos caminos siempre con la idea de llegar a vivir de la actuación.
—En ese recorrido también aparecieron experiencias en cine. ¿Qué recordás de esa etapa?
—Siempre me acuerdo con humor de mi pequeño papel en Tetro, la película de Francis Ford Coppola. En ese momento no era tan fácil encontrar información como ahora. Me moví por mi cuenta, conseguí el nombre de la productora, llamé, mandé mi currículum y logré un papel muy chico, como amiga del personaje de Maribel Verdú. Después terminé hablando con Coppola sobre sus viñedos, porque era de las pocas personas del set que hablaba inglés. Son esas anécdotas que una guarda porque muestran todo lo que una hizo para acercarse a lo que soñaba.

—¿Ese sueño siempre fue vivir del teatro?
—Sí. Desde muy chica tuve la idea de dedicarme cien por ciento al teatro. Y hoy esa es la noticia linda de mi vida: que me está pasando. Hace ya casi diez años que vivo completamente de esto, viajando por el mundo con shows que escribo yo. La inmigración me obligó a poner toda mi energía ahí.
—Ese cambio del que hablás coincide con tu mudanza a Miami en 2016. ¿Qué pasaba en tu vida en ese momento?
—Yo venía de trabajar muchísimo en la Argentina. Conducía dos programas de radio, hacía teatro y estaba en un muy buen momento. En ese contexto, a mi marido le ofrecen una oportunidad laboral en Miami y nos mudamos. Para mí fue un cambio enorme, porque soy muy porteña. Me gusta el invierno, el guiso de lentejas, correr para tomar el colectivo, leer en el subte. Me gusta la ciudad. Y me fui a una ciudad donde casi no caminás, donde todo funciona distinto. Para alguien como yo, que necesita el ritmo urbano, fue un golpe fuerte.
—¿Cómo fue ese primer año fuera del país?
—Muy difícil. La inmigración tiene algo que desde afuera muchas veces se mira como aspiracional, pero adentro es otra cosa. Yo no me podía quejar con mis amigas porque me decían “ay, pero vivís en Miami”. Y la verdad es que dejar tu país no es fácil. Hay algo que se rompe, algo que se pierde. Yo tuve que empezar de cero. Nadie conocía a la gente con la que había trabajado ni lo que había hecho. Sentí una crisis de identidad muy profunda.

—¿Ya llegaste con la idea de seguir trabajando en lo tuyo?
—Sí, desde el primer día. Traté de ver si podía ser por el lado de la radio, pero la radio allá es muy distinta. Después me habían dicho que en Miami se hacía mucha televisión y cine latinoamericano, y cuando llegué me encontré con que gran parte de ese movimiento se había corrido a México o a Los Ángeles. Entonces pensé: radio no, tele no, cine tampoco. Quedaba el teatro. Pero Miami no era una ciudad especialmente teatral. Eso fue cambiando con los años, sobre todo después de la pandemia, pero cuando yo llegué no era un terreno tan fértil.
—¿Cuál fue el momento que cambió esa sensación de desorientación?
—Por casualidad terminé en un evento de mamás y la productora me dijo: “Clara, vos que sos humorista, ¿querés escribir algo para el evento?”. Acepté y preparé una rutina. Supuestamente iba a estar diez minutos arriba del escenario, pero terminé casi una hora. Yo tenía la duda de si mi humor iba a funcionar con personas de distintas nacionalidades, y ahí entendí que el humor puede ser transnacional. Ese fue el puntapié inicial.
—¿Ese fue el comienzo de tu carrera internacional?
—Sí, de algún modo sí. A partir de ahí empezaron a aparecer oportunidades en algunos café concerts de Miami. Después me animé a salir a otras ciudades: Houston, Nueva York, Orlando. Más tarde vino España, después Sudamérica. Y en un momento me encontré viajando por distintos países con mis propios shows. Era algo que yo soñaba desde chica, porque siempre me fascinó la idea de trabajar viajando.
—Uno de tus espectáculos más asociados a tu nombre es Café con amigas. ¿Qué lugar ocupa en tu carrera?
—Es un show muy importante para mí. Lo escribí como un homenaje a mis amigas de la Argentina, porque las extrañaba mucho. Es una obra sobre la amistad y sobre esa red afectiva que para mí sostiene la vida. Siempre digo que no sería ni la mitad de quien soy sin mis amigas. Ese show fue el que me dio proyección internacional, el que hizo que empezaran a llamarme de canales de televisión en Estados Unidos. Le debo muchísimo.

—¿Cuándo volviste a presentarte en la Argentina después de emigrar?
—En 2019, con Café con amigas. Primero fuimos a un lugar pequeño y después volví con ese mismo show al Auditorio Belgrano. Me acuerdo de que estaba muy emocionada. Fueron muchas excompañeras del colegio, esas que me habían visto actuar en las obras de la escuela, y fue muy movilizante reencontrarme con esa parte de mi historia ya convertida en un trabajo real, en algo que yo había escrito y estaba compartiendo con el público.
—Después llegaste al Teatro Ópera y ahora al Gran Rex. ¿Cómo vivís ese recorrido?
—El año pasado llevé Soltando cuentos al Teatro Ópera y para mí eso ya fue un hito. Y ahora hacer el 4 de septiembre una función de Yo quiero ser mi marido en el Gran Rex tiene un peso enorme. Es un teatro emblemático de Buenos Aires. Ahí me sale todo el orgullo porteño. Pensar que voy a estar en la calle Corrientes, en ese escenario, con un show mío, me emociona mucho.
—¿Cómo nació Yo quiero ser mi marido?
—Nació de una escena cotidiana. Un día iba manejando, apurada para buscar a mi hijo, y pensé: por qué siempre estoy corriendo yo. Por qué soy yo la que está en el chat de mamis, la que sabe los nombres de las maestras, la que absorbe toda esa carga mental. Y ahí apareció el título: “Yo quiero ser mi marido”. Primero vino desde el combustible del posparto, con las hormonas desatadas.
—¿Y cómo evolucionó ese material con el tiempo?
—Después vino la pandemia, frenó todo, hice shows virtuales y en ese período quedé embarazada de mi segundo hijo. En pleno posparto, esa idea tomó todavía más sentido, porque una vuelve a pensar en todo lo que recae sobre la mujer: la lactancia, el cuerpo, las noches sin dormir. Mi marido llegaba de trabajar y yo me iba a un café en Miami a escribir. Ahí terminó de tomar forma el show. Lo empecé a girar en 2022, luego lo dejé un tiempo porque aparecieron otros proyectos y este año decidí retomarlo con una gira internacional.

—¿Cambió tu mirada sobre el espectáculo desde aquella primera versión?
—Sí, cambió. Le modifiqué algunas cosas porque ya no estoy tan enojada. Mi hijo más chico ya tiene cinco años y hay una distancia que me permite mirarlo con más humor y menos furia. A veces los hombres vienen con miedo, creen que van a encontrarse con un reclamo permanente, y en realidad lo que pasa mucho es que las parejas se ríen juntas. Yo lo pienso como una especie de risoterapia para el vínculo.
—Vivís en una ciudad muy multicultural. ¿Eso modificó tu forma de hacer humor?
—Sí, muchísimo. En Miami aprendí a construir un lenguaje con menos regionalismos y más apoyado en temas arquetípicos. En este show hablo de pareja, convivencia, maternidad, diferencias entre hombres y mujeres, que son temas que atraviesan a mucha gente más allá del país. Igual, cuando bajo al sur le agrego un poco más de sarcasmo e ironía, porque el humor argentino tiene una aspereza que en otros lugares puede resultar fuerte.
—¿Qué descubriste de los argentinos al vivir afuera?
—Que tenemos una manera muy frontal de decir las cosas. A veces esa crudeza, esa forma de correr el velo y hablar de lo que pasa, en otras culturas se vive como algo más agresivo. Yo la valoro mucho. Me gusta esa conciencia afectiva que tenemos, esa costumbre de hablar de lo que nos pasa. Vayamos o no a terapia, en general encontramos una forma de procesar las emociones hablando.
—En la entrevista también aparece tu marido como una figura importante en tu vida y en tu trabajo. ¿Cómo es esa convivencia con alguien que inspira un show entero?
—Él se llama Sebastián y no quiere aparecer. Además cree que el show no es sobre él, lo cual me parece maravilloso. Siempre digo que no es una víctima. Tiene mucho humor, un humor bastante border, y eso hace que incluso sea difícil pelear con él porque remata con algo gracioso y me termina desarmando. Es un gran compañero. Ahora que me voy de gira, por ejemplo, se queda con toda la dinámica del colegio y las actividades de los chicos.
—Mirado a la distancia, ¿qué significó aquella mudanza de 2016?
—Fue una crisis muy profunda. Pero también fue el lugar desde donde renació todo. Yo siento que los artistas no tenemos un trabajo, somos nuestro trabajo. Entonces, cuando eso se desarma, se toca algo muy íntimo. En Miami tuve que ir al fondo del pozo para entender por dónde tenía que seguir. Por eso digo que fue lo peor y lo mejor que me pasó.
—¿Imaginabas en ese momento que esa decisión podía desembocar en este presente?
—No. Si en 2016 me decían que años después iba a volver a la Argentina para hacer un Gran Rex con un show escrito por mí, hubiera pensado que era imposible. Pero pasó. Y pasó de una manera que yo no había planeado. A veces una atraviesa una tormenta sin saber que del otro lado hay algo que todavía no puede ver.
CHIMENTOS
José Cicala vuelve con un thriller de terror psicológico: «Toda mi niñez estuvo plagada de historias oscuras»

Hay películas que nacen de una pregunta incómoda. Encantador, el nuevo filme de José María Cicala, surgió de ver un documental sobre los peores dictadores de la historia —Hitler, Mussolini, Saddam Hussein, Pinochet— y de notar que todos ellos tenían algo en común: eran, en el sentido más perturbador de la palabra, encantadores. Esa doble acepción —el adjetivo afable y el sustantivo que designa a quien hipnotiza, a quien vende ilusiones sin que la víctima lo advierta— es el motor de un thriller de terror psicológico que ya lleva un recorrido internacional envidiable y llegó a las salas argentinas: ganó en festivales de Portugal, Los Ángeles y México, y ya estaba disponible en Amazon y Hulu antes de su estreno local.
La película, protagonizada por Rodrigo Noya en un rol que rompe con todo lo que el público asocia a él, transcurre en un pueblo pequeño donde Tomás, un reparador de muñecas de vida aparentemente inofensiva, esconde algo oscuro. La producción se filmó en Elortondo, provincia de Santa Fe, el pueblo natal de la madre de Cicala y escenario de sus navidades de infancia.
Para entender a Cicala hay que volver a 1974. Él tenía ocho años cuando una noche entraron a su casa y se llevaron a su padre, José, detenido-desaparecido durante meses en la época de la Triple A, antes incluso del golpe del 76. El padre volvió, pero pesaba cuarenta kilos y apenas podía hablar. Y le contó al nene, con lujo de detalles, todo lo que había vivido. Esa marca no se fue nunca. Está en la oscuridad que Cicala busca en sus películas, en la metáfora política que atraviesa Encantador, en su declarada necesidad de hacer cine como quien va a terapia. “El cine me ayuda a evitar vivir en el consultorio de un psicólogo”, dice. “Me explayo por otro lado”.
En una charla con *Teleshow*, el director habló de la génesis del proyecto, del trabajo con un elenco que incluye a Arturo Puig, Mario Alarcón, Alejo García Pinto, Eduardo Calvo y Griselda Sánchez, su compañera de vida y de trabajo, y de la carga autobiográfica que atraviesa toda su filmografía. Cicala tiene 61 años, nació en Lanús y estudió Publicidad sin terminar la carrera. Junto a su socio Gabriel Machado construyó uno de los estudios fotográficos más importantes del país, Machado-Cicala, con el que fotografiaron a Cher en Malibú y terminaron actuando en una escena junto a Al Pacino y Christopher Plummer. Como director, su carrera tiene apenas ocho años y ya acumula cinco películas.
—¿Cómo surgió Encantador?
—Vi un documental de los peores dictadores de la humanidad: Hitler, Mussolini, Saddam Hussein, Pinochet. Y más allá de que todos estaban locos y eran una manga de sádicos hijos de puta, encontré que la palabra encantador me representaba. Me puse a estudiarlos en detalle —la mirada, la intención— y dije: “La palabra encantador tiene un doble discurso”. Uno puede decir “qué chico encantador”, o puede decir “este tipo es un encantador, me va a vender un buzón sin darme cuenta”.
—Lo que se llama un encantador de serpientes.
—Totalmente. Me funcionó de esa forma. La empezamos a escribir en el 2017. Y también uno empieza a ver el entorno… no voy a hablar de presidentes argentinos, pero por ejemplo, Menem entrevistando a los Rolling Stones. Esa imagen no me la olvido. Para ser presidente tenés que terminar encantando a mucha gente. De otra forma no funciona.
—¿Cómo pasaste del documental con los dictadores a la historia de Tomás?
—La historia de Tomás es casi una metáfora de lo que tengo ganas de contar. A mí el cine naturalista me encanta, veo muchísimas películas, pero en el momento de filmar mi estilo va para el lado de la metáfora. Me interesa muchísimo porque siento que el espectador se involucra cuando empieza a encontrar los códigos. Como decía Charly García, ¿no? Hablaba de los dinosaurios y de repente la gente empezó a entender todo ese concepto. El espectador empieza a convivir con la película, empieza a entenderte y empieza a ser parte.

—La película transcurre en un pueblo pequeño. ¿Hay algo de tus recuerdos de infancia en esa construcción?
—Los exteriores los filmé en Elortondo, el pueblo donde nació mi mamá. Todas las navidades las pasaba ahí con mis primos. Y dije: “Qué mejor que volver y filmar una película”. Por otro lado, en la realidad de mi niñez hay muchísimo de ocultamiento. Me acuerdo perfectamente: yo tenía unos libros de Mafalda y me los quitaron. Me dijeron “se los prestamos a una amiga”, pero en realidad los habían tirado porque tenían miedo. Era la dictadura. De hecho, mi papá estuvo desaparecido. Todo eso se entremezcla y se termina detonando. Y el cine me ayuda a evitar vivir en el consultorio de un psicólogo. Me explayo por otro lado.
—¿Por qué elegiste a Rodrigo Noya para el rol de Tomás?
—Con Griselda pensamos: “Tiene que ser alguien encantador”. Y nos acordamos de Agrandadytos, de Rodrigo desde bebé, que era encantador a otro nivel. Le pasamos el guion un día a las nueve de la noche, a las diez y media me llama: “Quiero hacerlo, estoy enloquecido, quiero hacerlo”. A veces mandás guiones y 15 días después te dicen “¿me lo podés volver a mandar?”. En su caso fue todo lo contrario. Se puso la camiseta, porque hacer cine independiente no es fácil, a veces hay que dividirse en veinte roles. Fue genial.
—¿Cuándo se filmó y cómo fue el recorrido hasta el estreno local?
—La filmamos en 2023. Después ganamos toda la postproducción en Ventana Sur, así que en 2024 se hizo la post en España, la hicieron los mismos que trabajaron en La sociedad de la nieve. En 2025 fue todo el recorrido de festivales y estreno en Europa. Ganamos en Portugal mejor película, en el Festival de Los Ángeles. Siempre hablando de festivales de cine de género. Y en el Festival Macabro de México ganamos mejor dirección. Después se fue estrenando en Estados Unidos, en Canadá, está en Amazon y en Hulu. Nos dejamos Argentina para el final, un poco también porque se complicó el tema de la calificación. Teníamos la película lista con el logo viejo del INCAA sin la música, y nos dijeron que había un logo nuevo y que había que cargar la música. Tuvimos que remasterizar todo de vuelta.

—¿Cómo ves la situación del cine nacional?
—Nuestra manera de hacer cine es quizás atípica. Queremos hacer una peli, la preparamos, buscamos inversores, la producimos, la filmamos, y recién cobramos los subsidios del INCAA cuando ya no alcanzan. Con Lennons, la filmamos en 2020 y cobramos el subsidio en 2024, a valores del 2020. Así que no pagamos ni el catering. Pero lo que te quiero decir es que no dependemos del instituto para mandarnos a hacer. Entiendo que mucha gente está muy enojada y que hubo muchas irregularidades antes. Yo me manejo por la pasión y por la posibilidad de realizarlo sin necesidad de esperar a tener un subsidio antes de filmar.
—Hay un elenco muy diverso: Arturo Puig, Alejo García Pinto, Eduardo Calvo, Griselda Sánchez. ¿Cómo fue la dirección de actores?
—El tema de la dirección con respecto al elenco lo derivo a Griselda, que es una apasionada del acting, de construir personajes. Ella trabaja más sobre los personajes y los actores, y yo trabajo más sobre la dirección de fotografía, la dirección de arte y la dirección general. Ella sabe tirar conceptos y códigos que a los actores los ayudan muchísimo, con referencias, con charlas previas. Y siempre naturalmente nos sale la pasión, el amor por esto. Los actores terminan diciendo: “Con qué pasión me encuentro, quiero estar”. Eso es hermoso.
—Encantador se mueve entre el thriller y el terror psicológico. ¿Qué referencias cinematográficas o literarias la atraviesan?
—Kubrick es un referente maravilloso. David Lynch, definitivamente lo amamos. Salió una nota en Variety hablando del film lynchiana y para mí es como un honor, siempre está presente. Hay homenajes a Esperando la carroza, y también un homenaje a La noche de los lápices en una escena con Alejo que fue muy linda. Seguir manteniendo el reconocimiento de esas joyas de nuestro cine.

—¿Qué rol cumplen las muñecas en la trama?
—La película está plagada de metáforas. La primera imagen es un globo terráqueo siendo atravesado por un cuchillo justo en la región de Argentina. El personaje de Griselda se llama Argentina. Un poco es referenciar a mucha gente lastimada, gente dañada, y exteriorizarlo de manera más metafórica. Porque cuando voy al noticiero veo cosas tan tremendas, entonces la metáfora te permite contarlas de una manera más digerible, donde a veces podés meter un asomo de sonrisa y no por eso dejar de ser historias muy cruentas. Las muñecas representan a la sociedad, representan a Argentina, representan a los hijos de Argentina. Tomás termina matando a la hija de Argentina. En Estados Unidos creían que hablaba de Trump y no. Tampoco hablo de Milei. Muchas veces los políticos no miden el daño que hacen a la sociedad. Hay generaciones y generaciones perdidas.
—El personaje de Tomás no registra lo que hace. ¿Qué hay ahí?
—Él cree que arregla las muñecas y en realidad está matando mujeres. Lo vive de una manera diferente. Y en la última escena el globo terráqueo está todo cubierto de cartapesta, que no es más que entumecer. Es lo que termina pasando con las generaciones: se terminan entumeciendo en cuanto a la educación, a las ganas de trabajar, se coartan montones de cosas que después es difícil remontar. El poder que tiene un gobernante es tan grande y muchas veces no lo miden, dicen barbaridades y cometen atrocidades. Y lo peor es que muchas veces no se dan cuenta de lo que están haciendo.
—Vos solés hablar de la importancia de conservar una mirada infantil. ¿Cómo convive esa sensibilidad con la necesidad de abordar historias oscuras como esta?
—Toda mi niñez estuvo plagada de historias oscuras. Cuando mi papá volvió luego de estar desaparecido, me contó con lujo de detalles cómo lo torturaron. Yo tenía ocho, nueve años. Imaginate eso para un chico: tu papá que vuelve pesando cuarenta kilos y que apenas puede hablar y te termina contando todo eso. Más allá de eso, lo mismo que disfruto el terror lo puedo disfrutar en una comedia o en una película de suspenso. Me encanta el cine y cuando uno hace lo que le gusta y te apasiona, podés moverte en distintos terrenos y seguir siendo ese niño que sale a jugar con sus amiguitos.

—¿Qué herramientas de la fotografía y la publicidad trasladás a la dirección?
—Absolutamente todas. Treinta años de laburar en publicidad me dieron un training tremendo: trabajar con celebrities, con poco tiempo, organizarse. Y como escribimos nuestros guiones, nos permitimos ajustarnos a nuestra realidad, a nuestros recursos naturales, como aconseja Spielberg. Cuando empezás a filmar, basate en lo que tenés: mirá a tu alrededor, fijate qué hay y escribí sobre eso. Si querés tener un yate transatlántico y no tenés el recurso, no vas a poder filmar. Todo arranca de ahí.
—¿Cómo influye la confianza que construiste con Griselda a lo largo de los años, en la pareja y en los proyectos?
—Nos complementamos. Nos mimetizamos tanto que nos transmitimos con el pensamiento absolutamente todo. Millones de veces nos pasa que nos miramos y pensamos absolutamente lo mismo. Y nos vamos arengando y apoyando, porque a veces uno por ahí tiene un bajón y el otro te levanta. De repente despertarse a las cuatro de la mañana diciendo “tengo una idea” y sentarnos a escribirla. Eso es buenísimo. Si bien a veces podemos tener nuestros roces y estar todo el tiempo juntos puede pedir sus espacios —mi espacio es media hora de cómic—, siempre nos terminamos buscando porque sentimos la necesidad de que el otro participe en todo.

—¿Qué lugar ocupa Encantador dentro de tu filmografía y cuál es tu próximo proyecto?
—Me encanta el cine, así que me puedo mover en cualquier género. El absurdo me apasiona: los Monty Python, After Hours de Scorsese, que es la que más me gusta de él. E intento que el espectador investigue, analice, descubra, que haya un doble discurso. Eso lo hice en todas mis películas: en Zorra, en La sombra del gato, en Lennons, en Encantador. La próxima se llama Rica Pizza. Ya está terminada de filmar. Son cinco historias entrelazadas que transcurren dentro del baño de hombres de una pizzería de Avenida Corrientes. Tiene un elenco bestial. Estamos en toda la postproducción y se va a estrenar a mitad del año que viene en festivales, y en octubre, si Dios quiere, en cines. Y ya estamos trabajando en dos más. Del 2018 hacia acá, cinco películas hechas. Es vivir jugando con tus amiguitos en el barrio.
—¿Hay algún proyecto que no hayas podido concretar?
—Tengo una serie escrita de ocho capítulos, relacionada con nuestro trabajo fotográfico en la década del 90. Historias de chicas adolescentes que querían ser modelos top. Se la presenté a dos plataformas muy importantes y a las dos les interesó muchísimo. Pero los dos me dijeron lo mismo: “Si contamos todo esto, vamos presos todos”. Las biopics y las historias de celebrities terminan siempre edulcoradas porque para poder filmarlas sin juicios tenés que involucrar a los parientes o a la persona misma, y los guiones terminan siendo como ellos quieren. Todos terminan siendo happy. Yo quiero contar el todo. Así que esa historia está escrita, y a lo mejor un día se puede encauzar y llevarla a la pantalla.
José Cicala,Encantador
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Internaron de urgencia a Daniel Osvaldo y está con pronóstico reservado: “Tiene los pulmones comprometidos por el consumo”

Se encendió una alarma, que oficia de señal para un circunstancia acuciante. La angustia se dispersa por diversas latitudes en torno al estado de Daniel Osvaldo, que se encuentra en una internación de urgencia, que ocurrió en las últimas horas.
La noticia surgió en LAM, a través de los datos que averiguó Pepe Ochoa, quien se encargó de narrar todo el cuadro que se activó en la salud del cantante. «Quien lo encontró en su casa fue su hermana y venía muy mal», contó.
Tras esa introducción, el panelista describió que la causa se centra en la acumulación de pus y agua en los pulmones y luego añadió: «Le cortaron dos centímetros de cada pulmón por esto. El diagnóstico es derrame pleural derecho, es el pulmón que más comprometido tiene».
En esa misma línea, Pepe trasladó la información que consiguió de especialistas médicos, que refieren a las posibles causas de esta afección. «Esto se debe al deterioro producido por la droga. Me dijeron que si consumís es algo que puede pasar porque la droga deteriora el pulmón y pueden ingresar bacterias», soltó.
INTERNARON DE URGENCIA A DANIEL OSVALDO
A raíz de la recopilación de información, Ochoa exteriorizó que Daniel transita por un panorama extremadamente complejo. «Está muy delicado en terapia intensiva y la única persona que lo acompaña es su hermana», manifestó.
Según lo que relató el panelista, Osvaldo ingresó en un hospital público por la falta de una prepaga y después ratificó que la actualidad acarrea enormes dificultades: «El cuadro es grave y el diagnóstico a esta hora es reservado».
Daniel Osvaldo
CHIMENTOS
El drama que vivió Jenny Williams cuando un mal diagnóstico le impidió moverse por dos años: “Pensé que nunca iba a salir”

La operación en los pies que debía ser el comienzo de una recuperación de apenas seis semanas terminó convirtiéndose en una pesadilla de dos años. Para Jenny Williams, aquella intervención que en principio parecía sencilla derivó en dolor crónico, inmovilidad, angustia y una pregunta que durante mucho tiempo la acompañó como una sombra: si alguna vez volvería a caminar sin dolor, a bailar, a ponerse un par de zapatos que no fueran ortopédicos o, simplemente, a sentirse dueña de su propio cuerpo.
Hoy, a los 40 años, la actriz mira hacia atrás y reconoce que atravesar aquel período límite también la transformó. El pilates apareció casi por casualidad, se convirtió en una herramienta fundamental para recuperar la fuerza y terminó abriendo una nueva pasión profesional. Y, mientras reconstruía su vínculo con el movimiento, también comenzó a reconstruir su carrera artística.
Después de años de vivir entre México y Argentina, de cantar en bares y en un hotel de lujo en el Caribe, volvió a instalarse en el país y encontró nuevamente aquello que había marcado su vida desde chica: un escenario.
Su presente tiene algo de renacimiento. Hoy protagoniza La bomba, una comedia de Juan Paya dirigida por Gabi Villalba, junto a Paco Massarini, en el Teatro El Grito. El proyecto nació de una conversación entre dos amigos, creció sin grandes obstáculos y terminó transformándose en una experiencia que la propia actriz define como mágica: funciones a sala llena, espectadores que quedan afuera y la sensación de haber encontrado, después de un largo recorrido, el lugar exacto en el que quería volver a estar.
Pero para entender la dimensión de este regreso hay que retroceder varios años. Jenny debutó como modelo a los 17, después de una década de formación que incluyó cursos de acrobacia, baile y música. La actuación llegó primero con pequeñas participaciones en Casi ángeles y Floricienta, mientras también se convertía en rostro de comerciales para distintos países de Latinoamérica y Estados Unidos. El gran salto llegó con Atracción x4, donde interpretó a Paula Lacalle, la villana principal de la tira juvenil. Después vendrían Malparida, la miniserie italiana Terra ribelle, Historias de la primera vez, la película Cruzadas, Graduados —por la que recibió una nominación a los premios Martín Fierro como revelación—, Sos mi hombre y el videoclip de “Por mil noches”, de Airbag.
En 2015 volvió a explorar el teatro musical con La niña, el diablo y el molino, escrita y dirigida por el francés Olivier Py, presentada en el Centro Cultural Recoleta y el Centro Cultural San Martín. Más adelante participó de El mal menor y, en 2023, participó de la miniserie Madame Requin, protagonizada por Flavia Palmiero. Sin embargo, en medio de ese crecimiento profesional ocurrió algo inesperado: las propuestas laborales comenzaron a escasear.
“Mi carrera tuvo como un bache en donde frenó bastante todo y fue muy frustrante para mí”, recuerda. Aquello que durante años había sido una sucesión vertiginosa de trabajos se detuvo de repente. Y Williams decidió hacer algo que cambiaría su vida: irse.
A los 30 años se mudó a México. Primero intentó instalarse en Ciudad de México, donde trabajó como actriz, pero la ciudad no terminó de conquistarla. Un viaje a Tulum que inicialmente iba a durar una semana terminó extendiéndose a 15 días, después un mes, dos meses y, finalmente, a una nueva vida. Alquiló un departamento, comenzó a trabajar y descubrió una versión de sí misma que hasta entonces había permanecido en segundo plano: Jenny, la cantante.

“Fui residente de un hotel”, cuenta sobre aquella etapa. Allí pudo cantar con su propia banda, frente al mar, en la playa. “Tuve la experiencia de poder cantar con mi banda propia en la orilla del mar. Esas cosas que decís: ‘No, esto es un sueño’”. Y lo era. Durante años había fantaseado con esa posibilidad de abandonar todo y marcharse al Caribe. Finalmente, lo hizo.
Pero el destino volvería a ponerla frente a un desafío inesperado. Después de un período entre Tulum y la Argentina, comenzaron los problemas en sus pies.
Williams explica que en aquel momento hacía muchísimo ejercicio y bailaba intensamente, eso sumado a un problema congénito además de una mala mecánica al pisar, lo que le provocó que se gastara el cartílago.
Lo que inicialmente parecía una sobrecarga física podía, según su relato, haberse tratado con descanso u otras alternativas. Sin embargo, terminó recurriendo a un profesional que, de acuerdo con las posteriores interconsultas que realizó con otros médicos, indicó un tratamiento quirúrgico que ellos consideraron que no correspondía a su condición.

“Fue una operación que no era necesaria tener”, afirma sobre la compleja cirugía bilateral de pies que debió atravesar. Lo que supuestamente iba a demandar seis semanas de recuperación se transformó en años de dolor. “Se convirtió en una tortura de dos años”, describe.
La dimensión de aquella experiencia no estuvo solamente en la imposibilidad de moverse. El dolor crónico empezó a ocuparlo todo. No encontraba una posición cómoda ni acostada, ni sentada, ni parada. El único momento en que podía dejar de percibirlo era mientras dormía.
“Literalmente, caminar era una tortura”, cuenta. Podía hacerlo desde el punto de vista mecánico, pero el dolor era constante. Y esa sensación terminó afectando cada aspecto de su vida: los planes con amigos, los viajes, las actividades cotidianas, el ánimo y hasta la posibilidad de imaginar un futuro diferente.
Durante aquel período, llegó a pensar que nunca recuperaría su movilidad. Temía no volver a caminar normalmente, no volver a bailar —una de sus grandes pasiones— y quedar condenada a convivir con el dolor.

“En ese momento la sensación era que nunca iba a salir de ahí”, confiesa. “Que no iba a poder moverme, que no iba a poder caminar, que no iba a poder recuperar mi movilidad, poder volver a bailar”.
El dolor físico también comenzó a modificar su relación con el mundo. “Te toma por completo”, explica. “Estás todo el tiempo pensando en eso. Todo lo que hacés está teñido de dolor”. La imposibilidad de caminar algunas cuadras podía convertirse en una barrera para encontrarse con amigos, viajar o simplemente salir de su casa.
Fue entonces cuando apareció el pilates. Y, curiosamente, llegó a través de un libro: La biblioteca de medianoche. Mientras leía aquella ficción descubrió una referencia a una protagonista que se sentía fuerte a partir de las horas de pilates que practicaba. Williams decidió probar.
Tenía, además, un prejuicio que comparte mucha gente: pensar que el pilates era una actividad suave, asociada apenas al estiramiento. La experiencia le demostró lo contrario: “Fue amor a primera vista”, recuerda.

El reformer se convirtió en una herramienta decisiva. El trabajo de fuerza sobre los pies le permitió comenzar a recuperar musculatura de manera progresiva. Primero fueron pequeños avances. Después aparecieron períodos en los que podía pasar una hora sin pensar en el dolor. Esa hora se convirtió en dos; las dos, en tres.
Y un día llegó un gesto que para cualquier otra persona podría parecer mínimo, pero que para ella representó la dimensión de todo el camino recorrido: volvió a usar zapatos que no eran ortopédicos. Y, más recientemente, incluso pudo ponerse algo de taco: “Yo no lo puedo creer”, dice.
La recuperación física también se convirtió en una transformación emocional. Williams descubrió una fortaleza que, hasta entonces, no sabía que tenía.
“Aprendí de mí misma que yo no me rindo, que no bajo los brazos, que soy mucho más fuerte de lo que me imaginaba y que yo me saqué adelante”, reflexiona.

De esa experiencia nació también una nueva vocación. El pilates dejó de ser únicamente una herramienta para recuperar su cuerpo y pasó a convertirse en una profesión. Hoy tiene su propio estudio, Moon, y busca acompañar a otras personas desde el movimiento.
“El ejercicio físico es un acto de amor propio”, sostiene. Su objetivo es poder ayudar a otros a sentirse mejor y transformar aquella experiencia dolorosa en algo que también pueda dejar una huella positiva.
En paralelo, comenzó a sentir que era momento de regresar. Después de aproximadamente una década entre México y Argentina, el país empezó a pesar de otra manera. La familia, los amigos, las costumbres, las tradiciones y esa sensación difícil de explicar que aparece cuando uno está lejos de casa: “Después de diez años, el corazón tira, la sangre tira, el país tira”, define.
En octubre del año pasado volvió definitivamente a la Argentina. Todavía mantenía su estudio en Tulum y continúa viajando, pero decidió hacer base nuevamente en el país. La decisión también tenía una razón profesional: entendió que si quería reactivar su carrera como actriz, necesitaba estar donde sucedían las cosas: “Es imposible reactivar mi carrera como actriz si yo no estaba acá”, explica.

Y la respuesta llegó más rápido de lo que imaginaba. En diciembre comenzó a tomar forma la posibilidad de hacer La bomba. En marzo empezaron los ensayos. Y finalmente llegó el estreno.
La propuesta había surgido de Paco Massarini, su mejor amigo y compañero de escena. Él le planteó el año pasado que tenían que hacer algo juntos. Empezaron a buscar textos a través de amigos actores y, cuando apareció La bomba, de Juan Paya, Williams sintió inmediatamente que habían encontrado la obra.
El texto la conquistó desde la primera lectura. “Es un obrón, está tan bien escrita, te juro que te morís de risa solo de leerla”, cuenta.
Se contactaron con Paya, obtuvieron los derechos y el propio autor les recomendó a Gabi Villalba, director de una puesta anterior de la obra. Así, el proyecto empezó a avanzar con una fluidez que Williams destaca especialmente.

“No hubo en ningún momento una traba”, dice. El teatro El Grito, perteneciente a la familia Berthold, también abrió sus puertas y todo comenzó a encadenarse hasta llegar al estreno.
La respuesta del público superó sus expectativas. “Estamos a sala llena cada función, gente que se queda afuera”, cuenta sorprendida. Y detrás de esa alegría hay algo más profundo: la sensación de haber vuelto a un lugar que siempre había sentido propio.
“Estoy donde quiero estar”, afirma, aunque inmediatamente aclara que todavía sueña con crecer, llevar la obra a la calle Corrientes y ampliar la exposición a partir de la repercusión que están teniendo.
La bomba es una comedia de aproximadamente 50 minutos, rápida, absurda y con un final inesperado que Williams prefiere no revelar. La experiencia del público, cuenta, tiene algo de desconcierto inicial y luego una revelación. “Es como que vi dos obras totalmente distintas en una misma obra”, explica al describir lo que le dicen los espectadores cuando salen.

Ese encuentro posterior con la gente se convirtió en otro de los grandes placeres de esta nueva etapa. Ver las caras, escuchar las risas y recibir comentarios de quienes no esperaban el giro final funciona, de alguna manera, como una confirmación del camino recorrido.
Porque detrás de esa actriz que hoy vuelve a pararse sobre un escenario hay una mujer que durante dos años tuvo que aprender nuevamente a confiar en su cuerpo. Y quizás por eso este regreso tiene un significado diferente.
Jenny no vuelve a la actuación como aquella joven que había conquistado el prime time, interpretado adolescentes, villanas y dramas, y que había recibido una nominación al Martín Fierro. Vuelve después de haber vivido en otros países, haber cantado frente al mar, haber construido una vida lejos de Buenos Aires, haber atravesado una experiencia física que la obligó a detenerse y haber encontrado en el movimiento una nueva manera de relacionarse consigo misma.
“Uno es actor o actriz y no deja de serlo nunca”, dice. “A lo sumo, no estás actuando”. Para ella, esa frase parece resumir una década entera.
Porque aunque durante un tiempo no hubiera cámaras, escenarios ni libretos, aquella niña de San Isidro que desde chica bailaba y actuaba frente al espejo seguía ahí. Esperando.

Ahora volvió a encontrarla: “Hoy puedo vivir una carrera que viví en mi edad más temprana, pero con una experiencia y una madurez ya de una mujer bien adulta”, reflexiona.
Y arriba del escenario, dice, vuelve a sentirse libre. Después de todo, el renacimiento no llegó solamente cuando pudo volver a caminar sin dolor. También llegó cuando pudo volver a hacer aquello que había marcado su vida desde siempre: actuar.
Y esta vez lo hace con una historia mucho más grande a sus espaldas. Una historia que incluye una caída, una espera demasiado larga, una recuperación paciente, un nuevo oficio, un país al que decidió regresar y un escenario que, finalmente, volvió a recibirla con las luces encendidas.
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