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“¿Por qué detenerme a contar a mi padre?”: fragmento de “Cabrón”, el libro más íntimo de Reynaldo Sietecase

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La portada del libro «Cabrón» de Reynaldo Sietecase, publicado por Alfaguara

Un hijo se enfrenta a la reconstrucción de la figura de su padre apoyándose en recuerdos, objetos y las huellas emocionales que estos evocan. Cabrón, la nueva novela de Reynaldo Sietecase, es una exploración profunda sobre la identidad familiar y la herencia personal. Esta obra propone una reflexión acerca de cómo la memoria puede transformarse en un territorio tan lleno de descubrimientos como de cicatrices, presentando el duelo por el padre como una experiencia persistente e inevitable.

La narración se articula mediante la evocación de objetos concretos —desde una voz registrada en un video, hasta los anteojos que utilizaba el padre, el reloj de ajedrez, los libros mezclados en la biblioteca familiar y los discos que sobrevivieron al paso del tiempo—, pero también integra una gran cantidad de intangibles: los gestos, frases hechas, amores y enemistades, la generosidad esporádica, episodios de autoritarismo y un viaje compartido.

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Sietecase despliega una escritura poética y narrativa precisa para sortear el riesgo de idealizar o de reducir la memoria a una mera colección de nostalgias. El resultado es la recuperación de una figura compleja en la que muchos lectores pueden encontrar ecos de sus propias historias familiares. Cabrón es su libro más íntimo. Allí expone con ternura cómo la vida se convierte, en última instancia, en “el cuento que nos sobrevive”.

Reynaldo Sietecase nació en Rosario en 1961. Es periodista, poeta y novelista. Actualmente es analista político en Telefe noticias, conduce La inmensa minoría en Radio con vos y escribe en Periodismo.com. A continuación, un fragmento de Cabrón, titulado “Arqueología de mi padre“, que empieza con una cita de Borges: “Durarán más allá de nuestro olvido; no sabrán nunca que nos hemos ido”.

Reynaldo Sietecase es periodista, poeta
Reynaldo Sietecase es periodista, poeta y novelista

Los anteojos que mi padre llevaba sobre su imponente nariz están guardados en un estuche negro en un cajón de mi escritorio. Algo me impulsa a sacarlos de su encierro. Los cristales son gruesos y el armazón de metal, delgado como un alambre, apenas parece capaz de sostenerlos. Los vidrios pesan más que la estructura que los contiene, como si hubiera en ese objeto un de-sajuste, una tensión. Cuando lo miraba fijo, me parecía que sus ojos estaban perdidos en un remolino. Todavía puedo verlos: sus hermosos ojos claros, de un celeste tenue.

Llevaba los anteojos puestos la mañana en que murió. La lente izquierda tiene una muesca en la parte inferior.

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¿Habrá escuchado el ruido seco provocado por el golpe de sus lentes contra el piso cuando lo sorprendió el ataque cerebral? ¿Intentó asirlos en el aire, como un arquero, y no pudo?

Hoy, es más fácil disimular la miopía. Además de la opción de las lentes de contacto, de las que soy devoto porque heredé su enorme deficiencia visual, los vidrios reciben un tratamiento que los hace más delgados. Existían las lentes bifocales, pero él las rechazaba.

¿Qué habrá pensado en el instante fatal?

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Para leer de cerca se los quitaba y pegaba los ojos al papel. Me resultaba muy gracioso verlo hacer crucigramas con el diario rozando su nariz. Lo hacía en cualquier sitio, en la cocina de casa o en el bar a donde iba a tomar café. Dejaba los anteojos sobre la mesa, con una mano sostenía el papel contra la cara y con la otra, la lapicera.

¿Logró saber qué le estaba pasando o el rayo que le partió el cerebro interrumpió cualquier pensamiento?

El reconocido escritor y periodista
El reconocido escritor y periodista argentino Reynaldo Sietecase.

Se sentía desnudo sin sus anteojos. Cuando se los olvidaba en la mesa de luz, hacía el trayecto del dormitorio al cuarto de baño como si estuviese a oscuras, estirando los brazos para tocar las paredes al caminar. Era un superhéroe privado de sus habilidades especiales. Por eso no se metía en piscinas y si entraba en el río, lo hacía hasta donde el agua no amenazara su cabeza.

Desde un estuche negro, en un cajón de mi escritorio, sus anteojos me miran cuando los miro.

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Es destino de las cosas no morir con el dueño, aunque lo necesiten y hasta se le parezcan. Desde que mi padre murió, el 29 de julio de 2004, conservo muchos de sus objetos personales, pero nunca los había buscado para que me hablasen.

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Que sea rock

Por Reynaldo Sietecase

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eBook

El reloj de ajedrez con el que disputó miles de partidas a cinco minutos y por plata, una de sus adicciones, descansa en un estante de mi biblioteca. Un reloj que es capaz de parar el tiempo y disparar el del oponente. El tiempo que corre descontrolado y en su vértigo provoca el error, que precipita la derrota, y la inevitable muerte del rey.

Cerca está la radio Hitachi, con carcasa de cuero, que llevaba al estadio de Rosario Central en Arroyito.

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Guardo un cinturón, distinto al que amenazaba con convertir en látigo en mi insurrecta niñez. Distinto, pero igual.

El rifle de aire comprimido con el que lucía su buena puntería en kermeses y torneos. También les disparaba a los gatos que vagaban a distancia por las terrazas vecinas, pero sólo para ahuyentarlos. Se justificaba en que podían atacar a los pájaros de mi madre que dormían en las jaulas del patio.

Un saco de cuero negro que no me decido a regalar. Lo mantengo colgado entre mis prendas, se luce como una anomalía por su corte antiguo.

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Sus libros mezclados con los míos.

Me quedó una docena de botellas Caballero de la Cepa, un malbec de la bodega Finca Flichman, cosecha 1992. Muchas con vino en mal estado por el paso del tiempo, pero que sigo descorchando con enorme expectativa. Suelo convocar a algún amigo que comprenda el rito, lo que se está jugando en ese momento, y acepte el riesgo de la decepción. Si el vino está vivo, celebramos el milagro brindando, pero si envejeció mal, lo despedimos bebiendo apenas un sorbo, como si fuese un licor valioso y antiguo. Las etiquetas exhiben una frase del poeta y filósofo persa Omar Khayyam con data del siglo XII: “Oigo decir que los amantes del vino serán condenados. No hay verdades comprobadas, pero hay mentiras evidentes. Si los amantes del vino y del amor se van al infierno, vacío debe estar el paraíso”.

Atesoro una parte importante de su colección de vinilos, con preeminencia de jazz y música clásica, desde Louis Armstrong hasta Mozart. Y registros variados de tango y folclore. También comencé a recopilar sus intangibles: frases, amores, enemigos, los modos autoritarios, la generosidad, el machismo y sus consecuencias, el viaje que hicimos juntos a Sicilia.

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Me invadió una sed insaciable y me dispuse a revolverlo todo.

La poesía me acompaña desde adolescente y hace veinticinco años que escribo narrativa de ficción. Me encontraba presentando La Rey, mi última novela, una historia oscura protagonizada por una mujer paraguaya, cuando surgió la idea de escribir sobre mi padre. Al principio me resistí, las historias con violencia y crímenes son mi territorio. Tenía pendiente definir mi próximo proyecto, sin duda un nuevo thriller.

¿Por qué detenerme a contar a mi padre?

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Su guitarra era de un marrón delicado como de caramelo, con una pequeña muesca en la parte inferior de la boca, producto de un rasguño o un golpe que demandó reparación. Podía escuchar sus cuerdas sonando nítidas en mi cabeza, aunque no me pasaba lo mismo con su voz. Todos los intentos por evocarla fueron en vano, se había esfumado. Fui a buscar una de las pocas grabaciones en las que mi padre aparece hablando ante una cámara.

El video es del momento en el que está comprando una Panasonic en 1992 y el vendedor lo filma para explicarle las bondades del equipo. Podría confundirse con un casting para un filme del neorrealismo italiano, la escena es entrañable y desopilante a la vez. “¿Seguro

que esta cosa filma?”, pregunta. En aquellos años no era común que alguien estuviese preocupado por dejar registro audiovisual.

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Mi padre compró la cámara y, gracias a esa decisión, puedo verlo y escucharlo.

Pienso que ese gesto fue su involuntaria “botella al mar”. Solo es posible perdurar si alguien nos recuerda.

La guitarra, la cámara, los anteojos. El anhelo por contarlo reapareció con la tenacidad de un perro que le exige a su dueño el paseo puntual y obligatorio.

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Finalmente le abrí la puerta.

Tenía tres piezas sueltas que no lograban calzar, pero que dialogaban. Seguramente existían más. Comencé a buscar los objetos de mi padre con la intención de valorizarlos. Contaba con más cosas de lo que me había imaginado. Me surgió un inexplicable fervor por sus pertenencias, las necesitaba para intentar armar el rompecabezas completo.

Emprendí así una suerte de arqueología familiar.

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Más del 60% de alimentos en escuelas son ultraprocesados en Panamá

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Según la Encuesta Nacional de Salud, el 37% de los niños entre 5 y 14 años en Panamá presenta sobrepeso u obesidad (Crédito: Freepik)

Más del 60% de los alimentos disponibles en entornos escolares evaluados en Panamá corresponde a productos ultraprocesados, muchos de ellos bebidas azucaradas o alimentos con alto contenido de grasas y azúcares, según un estudio presentado por el Ministerio de Salud (Minsa) que advierte sobre la alta exposición de niños y adolescentes a la publicidad de productos no saludables, tanto en los centros educativos como en plataformas digitales.

El informe, desarrollado por el Minsa en conjunto con el Ministerio de Educación (Meduca), UNICEF y el Instituto Nacional de Salud Pública de México, busca generar evidencia para impulsar regulaciones que limiten la publicidad de alimentos no saludables dirigida a menores de edad.

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Las autoridades sanitarias sostienen que la investigación permite comprender cómo el marketing influye en los hábitos alimentarios de la población infantil y adolescente, en un contexto donde las redes sociales se han convertido en uno de los principales canales de promoción de estos productos.

De acuerdo con los resultados del estudio, los niños, niñas y adolescentes en Panamá están expuestos de manera constante a publicidad de bebidas azucaradas, comida rápida y alimentos ultraprocesados, especialmente en entornos digitales.

l estudio encontró que más
l estudio encontró que más del 60% de los alimentos disponibles en entornos escolares evaluados corresponde a productos ultraprocesados. (Imagen Ilustrativa Infobae)

La investigación reveló que más del 92% de los menores utiliza el teléfono celular como principal dispositivo de acceso a internet, lo que incrementa significativamente su exposición al marketing digital de marcas de alimentos y bebidas.

Además, el estudio encontró que el tiempo promedio de exposición digital supera las tres horas diarias, lo que amplía el alcance de las campañas publicitarias dirigidas a menores.

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Los investigadores advierten que la presencia constante de publicidad de productos no saludables en redes sociales y plataformas digitales influye en las decisiones de consumo de los menores, especialmente cuando se combina con estrategias de mercadeo diseñadas específicamente para ese público.

Las autoridades de salud indicaron que uno de los objetivos centrales del estudio es identificar los factores que influyen en la construcción de hábitos alimentarios desde edades tempranas, con el fin de fortalecer las políticas públicas orientadas a mejorar los entornos alimentarios en el sistema educativo panameño.

El Ministerio de Salud ha impulsado en los últimos años medidas regulatorias como la Ley 75 y la Resolución 049, orientadas a promover opciones de alimentación más saludables en los centros educativos.

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El estudio fue desarrollado en
El estudio fue desarrollado en 20 colegios públicos, privados y de áreas periurbanas de la región Metropolitana. EFE/Carlos Lemos

Sin embargo, los especialistas advierten que la expansión del marketing digital ha generado nuevos desafíos para las políticas de salud pública, ya que muchas campañas publicitarias dirigidas a menores se desarrollan en redes sociales, plataformas de video y aplicaciones móviles, espacios donde la regulación resulta más compleja que en los entornos tradicionales de publicidad.

El estudio también arrojó un dato considerado positivo por las autoridades sanitarias. Según los investigadores, los niños manifestaron confiar en que sus madres son quienes pueden seleccionar alimentos adecuados para su consumo, lo que abre una oportunidad para fortalecer los programas de educación alimentaria dirigidos no solo a estudiantes, sino también a padres y cuidadores.

Para el Ministerio de Salud, este resultado confirma que las estrategias de educación nutricional deben involucrar a todo el entorno familiar y escolar, incluyendo docentes, autoridades educativas y cuidadores, con el objetivo de crear entornos que favorezcan hábitos de alimentación saludables desde la infancia.

Las autoridades sanitarias también recordaron que Panamá enfrenta un problema creciente de sobrepeso y obesidad en la población infantil y adolescente.

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Según datos de la Encuesta Nacional de Salud, aproximadamente el 37% de los niños entre 5 y 14 años presenta exceso de peso, lo que significa que casi tres de cada diez menores enfrentan esta condición.

Autoridades de salud consideran que
Autoridades de salud consideran que la evidencia del estudio permitirá impulsar nuevas regulaciones sobre publicidad de alimentos dirigida a menores. (Imagen Ilustrativa Infobae)

Los especialistas advierten que el exceso de peso en edades tempranas aumenta el riesgo de desarrollar enfermedades no transmisibles en la vida adulta, como diabetes, hipertensión y enfermedades cardiovasculares, lo que convierte la prevención en una prioridad de salud pública.

En ese contexto, el Ministerio de Salud considera que los resultados de este estudio constituyen una herramienta clave para impulsar nuevas políticas públicas y regulaciones orientadas a controlar la publicidad de alimentos no saludables dirigida a menores.

La investigación se desarrolló en 20 centros educativos públicos, privados y de áreas periurbanas de la región Metropolitana, donde los investigadores aplicaron encuestas, entrevistas, monitoreo digital y grupos focales para analizar el entorno alimentario al que están expuestos los estudiantes dentro y fuera del sistema educativo,

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El tiempo promedio de exposición
El tiempo promedio de exposición digital entre menores supera las tres horas diarias, lo que aumenta la influencia del marketing de alimentos. (Imagen Ilustrativa Infobae)

El estudio fue elaborado bajo la metodología CLICK de la Organización Mundial de la Salud, un modelo diseñado para analizar la influencia del marketing de alimentos en niños y adolescentes, y fue aprobado por el Comité de Bioética del Instituto Conmemorativo Gorgas de Estudios de la Salud.

Las autoridades de salud reiteraron que los resultados servirán como base para evaluar posibles reformas regulatorias, así como para fortalecer campañas educativas orientadas a promover hábitos alimentarios más saludables en la población infantil panameña.



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Modern Love: Un apagón hizo que lo nuestro fuera posible

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Cuando estaba penosamente soltero entre los 20 y los 30 años y vivía en un garage reconvertido en Chicago, me preocupaba la primera impresión que una posible pareja se llevaría de mí.

La puerta trasera de la cochera era mi puerta principal, lo que significaba que tenía que guiar a la persona con la que tenía una cita por el callejón, pasar junto a los contenedores de basura y atravesar el olor a podrido para llegar a mi casa.

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En verano, los olores a veces incluso nos seguían al interior.

Durante un tiempo después de mudarme, la gente llamaba a mi puerta pensando que yo era el inquilino anterior, que al parecer había sido un traficante de drogas local.

No fue exactamente el nuevo comienzo romántico que había imaginado tras una ruptura.

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Soy artista y profesor, y la primera habitación de la cochera era mi estudio, lleno de obras en curso, lo que he llegado a considerar un tipo diferente de basura, una muestra visual de mis inseguridades y tendencias neuróticas.

Una metáfora viviente de todo lo que se agitaba en mi mundo privado.

Cuando traía a casa a una cita, siempre me apresuraba a atravesar esa primera habitación para llegar a la segunda, a fin de evitar preguntas innecesarias o posibles retrocesos antes de desvestirme y poner manos a la obra.

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Kevin fue uno de los primeros hombres a los que permití entrar en mi espacio.

Era un analista de datos bienintencionado que realmente quería saber a qué me dedicaba.

Cuando echó un vistazo a mi estudio, frunció el ceño.

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“¿Este es tu trabajo?”, me preguntó.

“¿Esto es lo que haces todo el día cuando la mayoría de la gente está trabajando?”.

Me reí, pero me morí un poco por dentro.

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Durante mucho tiempo, luché con el temor de que si alguien solo veía el callejón, la basura y lo extraño del espacio, asumiría que yo era un perdedor.

Un tipo de unos 30 años que vivía en una cochera reconvertida detrás de un contenedor de basura.

No tenía un trabajo ascendente.

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No tenía una narrativa limpia.

Hablo mucho de esto con mis alumnos, de cómo ser artista puede resultar genial a los 20 años, pero a medida que envejeces, el encanto desaparece.

La gente deja de preguntarte por tu proceso y empieza a preguntarse si has fracasado.

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Si te quedas el tiempo suficiente, empiezan a darte premios por resistencia, por sobrevivir al estilo de vida.

Pero aún así: ¿por qué alguien que roza los 50, como yo, elegiría vivir en un callejón?

Tardé años en comprender cuál era el ímpetu por el que hacía arte, y para quién.

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Cuando era estudiante de posgrado en la Escuela del Instituto de Arte de Chicago, en una presentación de grupo el primer día, todo el mundo pronunciaba sus pulidas frases iniciales.

“Mi obra explora las estructuras posmodernas de la identidad feminista” o “Me interesan las implicaciones del espacio minimalista en el paisaje”.

Cuando llegó mi turno, dije:

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“Hago arte porque quiero gustarle a la gente”.

Mi instructor hizo una pausa y dijo:

“Esa es la primera respuesta sincera a esa pregunta”.

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Ese anhelo —gustar, no necesariamente ser comprendido— nunca me abandonó del todo.

Sobre todo en lo que respecta a las citas.

El anhelo de aceptación incondicional no se desvanece en el plano personal solo porque el profesional empiece a tener mejor aspecto.

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Con el paso de los años, a través de una serie de contactos perdidos y malas citas, arraigó un miedo más silencioso:

Demasiado intenso. Demasiado, bueno, demasiado yo.

En distintos momentos, intenté dar sentido a mi ansia de amor y a mi necesidad creativa de soledad mirando a los demás.

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Busqué refugio en mi tía Katie, mi madrina y monja ursulina, que hablaba del empoderamiento y la liberación que se encuentran en el celibato.

Había consuelo en su devoción, en la sensación de que la soledad podía ser sagrada, no vergonzosa.

Pero somos humanos; yo era humano.

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Y también cachondo, aunque anhelaba algo más que una conexión rápida.

Al mismo tiempo, mi terapeuta me dio algunos consejos que me acompañaron durante mis citas y mis largos períodos de soledad.

No todo tiene por qué ser perfecto con la persona con la que sales.

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Puedes notar las imperfecciones.

Lo que hacemos en las relaciones es practicar, ensayar e incluso sanar nuestras desconexiones anteriores.

Estar en una relación significa que dos personas siguen apareciendo.

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Cuando una persona decide no aparecer, es cuando todo se desvanece.

Así que me dije a mí mismo:

Cuando conocí a Ed, realmente quería que funcionara.

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Lo que significaba que temía aún más llevarlo a casa.

Si leía las señales demasiado rápido —el callejón de la basura, sin muebles, virutas de lápices de colores bajo mis uñas—, podría pensar que no tenía mi vida resuelta.

Ed era diez años mayor que yo.

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Al principio, supuse que se trataba de una situación de amistad.

Era cálido pero comedido.

Puse su nombre en mi teléfono como “Ed, el banquero”.

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La falta de apellido lo mantenía informal.

Lo poco que había en juego facilitaba la gestión de mis sentimientos.

La noche que lo llevé a casa, Ed cumplía 50 años.

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No había planeado cargar con ese tipo de presión tan pronto, pero se acercaba Halloween y pensé:

¿Por qué no ponerme un disfraz y fingir que era lo bastante adulto para mantener una relación adulta?

Sugirió que fuéramos a comer tacos a su chacinería favorita de Pilsen.

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Al parecer, le regalé un poema hablado como regalo de cumpleaños; me carcome la vergüenza al pensar en lo que pude haber dicho.

Cuando nos acercábamos a mi casa, le conté lo de siempre.

El callejón, la cochera reconvertida, el contenedor y el descargo de responsabilidad:

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Estos sitios son difíciles de encontrar, ¿sabes? Porque este tipo me gustaba de verdad. Y estaba esperando que me juzgara.

No obstante, esa noche hubo un apagón en todo Chicago. Intenté utilizarlo como pretexto —quizá deberíamos dejarlo para otro día—, pero él dijo que no le importaba.

Nos abrimos paso por el callejón en la oscuridad, y bromeó: “No vas a matarme, ¿verdad?”.

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Aquella noche, en la oscuridad, algo cambió.

Sin luces, sin el resplandor de ser observado por alguien nuevo, no me sentí expuesto.

Entramos a trompicones en mi casa y nos acomodamos sin rituales, sin preguntas sobre el arte ni cumplidos forzados por su parte, ni explicaciones a medias sobre por qué vivía así.

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Solo había oscuridad y tranquilidad.

Aquella noche ocurrió algo que no esperaba:

En la tranquilidad, en la oscuridad, con alguien a quien de repente no creía tener que impresionar, sentí algo que nunca antes había asociado con el amor.

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Tardé años en comprender que los pensamientos acelerados, las vueltas de estómago y la necesidad de actuar que solía interpretar como amor eran en realidad mi cuerpo intentando avisarme.

Era mi sistema nervioso que gritaba:

Recordé los largos viajes en tren a casa durante mis años en Brooklyn, llorando tras una pelea con mi primer amante.

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En esos momentos me preguntaba:

¿Por qué no era yo suficiente?

Más tarde pasó a mi siguiente y breve relación.

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También aspirante a artista, me señalaba las manchas en los pantalones de jean de una pincelada accidental cuando salíamos a cenar, y sugería que aquel desastre no era encantador, ni presentable.

Seguía confundiendo la ansiedad con mariposas.

La intensidad me resultaba familiar.

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La confusión parecía magnética.

Sin embargo, Ed no me confundía.

No me emocionó con distanciamiento ni me mantuvo adivinando.

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Escuchaba, se quedaba, respondía con prontitud a mis mensajes de texto.

Se acomodó en el espacio sin empequeñecerlo.

Por eso todo se volvió tan real.

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No fueron los tacos, ni el sexo, ni la luz de las velas.

Era estar con alguien que no hacía que mi cuerpo quisiera salir disparado.

Nos protegíamos el uno al otro.

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Por la mañana, cuando volvió la luz, nada había cambiado en mi estudio.

Era el mismo desastre, el mismo yo, ahora totalmente visible.

Pero Ed se quedó, y lleva volviendo a mí más de 10 años.

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Sigue habiendo demasiado desorden.

Los dibujos cubren el suelo y las paredes.

Apenas hay una línea entre donde acaba el trabajo y donde vivo.

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Pero algo en mí ha cambiado.

Los contenedores de basura siguen delante de mi puerta.

Pero ya no me preocupo por eso ni me disculpo por mi vida, o al menos no tanto.

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He aprendido que no se trata de arreglar las cosas.

No se trata de ocultar el desorden ni de alisar los bordes.

Se trata de dejar que todo conviva.

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Creo que así es el amor.

No es una actuación ni un espectáculo.

Simplemente es estar con alguien que te hace sentir seguro en la luz y en la oscuridad.

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c.2026 The New York Times Company

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Pope Leo says he ‘can’t comment’ on 20-year sentence of Hong Kong pro-democracy activist Jimmy Lai

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NEWYou can now listen to Fox News articles!

Pope Leo XIV this week said he «can’t» comment on the 20-year sentence imposed on a democracy activist in Hong Kong. 

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«I can’t comment,» the American-born Leo told EWTN News, which covers Catholic news globally, while speaking to reporters in Italy. 

He added, «Let’s pray for less hatred and more peace and work for authentic dialogue. God bless you all.» 

Hong Kong publisher and democracy activist Jimmy Lai, who is a converted Catholic, was sentenced to 20 years by Beijing last month for violating their 2020 national security law, which U.S. Secretary of State Marco Rubio called «unjust and tragic.»

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Pope Leo XIV this week said he «can’t» comment on the 20-year sentence imposed on a democracy activist in Hong Kong.  (Christopher Furlong/Getty Images; Anthony Kwan/Getty Images)

«The conviction shows the world that Beijing will go to extraordinary lengths to silence those who advocate fundamental freedoms in Hong Kong,» Rubio said in a statement. «The United States urges the authorities to grant Mr. Lai humanitarian parole.»

The 78-year-old founded the now-closed Hong Kong-based Apple Daily in 1995, while the island was still under British rule. 

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Lai’s sentence closed one of the country’s most consequential national security cases since Beijing imposed the sweeping new law in 2020 in the wake of months-long anti-Chinese Communist Party protests in 2019, which were sparked by fears Beijing was eroding Hong Kong’s promised autonomy. 

Jimmy Lai resting his chin on his hands

Lai has already been in custody since 2020.  (Anthony Wallace/AFP via Getty Images)

They were followed by a sweeping security crackdown that criminalized dissent and reshaped the city’s legal system.

CHINA PHONY CONVICTION OF JIMMY LAI IS A WARNING

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Lai had been arrested several times during the 2019 protests, and he was detained at his home in 2020. His newspaper was also raided at the time and closed. 

He was found guilty in December of attempting to undermine national security. 

Free Jimmy posters in LA

Jimmy Lai supporters in Los Angeles last month.  (Apu Gomes/Getty Images)

President Donald Trump said in December that he had personally urged Chinese President Xi Jinping to release Lai. 

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«I spoke to President Xi about it, and I asked to consider his release,» Trump said. «He’s not well, he’s an older man, and he’s not well, so I did put that request out. We’ll see what happens.»

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