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Mauricio Macri opinó de la AFA y apuntó a “Chiqui” Tapia: “La decadencia del fútbol argentino es terrible”

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La decadencia del fútbol argentino es terrible. Vamos en contra de todo lo que están haciendo en las otras ligas del mundo en cuanto a cantidad de equipos y organización”, declaró Mauricio Macri, ex presidente de la Nación, ex presidente de Boca Juniors y actual titular del PRO, en declaraciones exclusivas a Infobae.

El dirigente señaló que la crisis que atraviesa la liga argentina responde a una “falta de organización total” atribuida a la conducción de la Asociación del Fútbol Argentino bajo la presidencia de Claudio “Chiqui” Tapia.

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Las declaraciones del ex presidente fueron realizadas en una entrevista que concedió a Infobae en sus oficinas de la localidad bonaerense de Olivos, donde repasó su último libro sobre su padre, Franco Macri, que revisa el vínculo de padre e hijo y la influencia que tuvo en su vida privada y pública.

En la entrevista, el titular del PRO se refirió a la situación que atraviesa el fútbol argentino, cuando ya había estallado el escándalo por el otorgamiento de una copa a Rosario Central por un campeonato que no había sido anunciado previamente. Todavía no se había conocido la sanción a Estudiantes por la reacción que tuvieron sus jugadores.

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El presente del fútbol, según Macri

Para el ex presidente de Boca Juniors el presente del fútbol atraviesa una situación muy complicada, que se traduce entre otras cosas, en que los clubes no pueden retener sus talentos. “Es un costo que estamos pagando en términos de que cada vez hay más jugadores en la Selección que los conocemos cuando están en la selección. Porque se van, no sabemos en qué momento, no llegan ni a jugar en primera porque los equipos tan débiles no pueden tener sus jugadores”.

A criterio de Macri, la situación económica de los clubes argentinos influye directamente en que los jóvenes talentos emigren antes de consolidarse en el país. “No te digo con la diferencia económica que hay en el país lo puedas tener mucho, pero por lo menos hasta los 21, 22 años”.

“Que se vayan todos a los 16 o 17 años. Después aparece (un jugador), y se dice ‘che, este que hace un pase en la Selección’, es un fenómeno, cómo es que juega… ¿es argentino?”, advirtió.

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El ex mandatario destacó que por el momento los futbolistas argentinos siguen identificándose con el país, aunque advirtió que en otros lugares muchos optan por nacionalizarse en los países donde se forman: “Por suerte, todos se anotan como argentinos, porque podrían pasarnos como le pasan a tantos países en el mundo, que se anotan en la nacionalidad del país que los lleva a jugar”.

Las declaraciones de Macri se producen en medio de la polémica generada por el manejo de Claudio “Chiqui” Tapia en la Asociación del Fútbol Argentino, a raíz de la decisión de declarar a Rosario Central como ganador de un campeonato que no había sido anunciado oficialmente.

Protesta de los jugadores de Estudiantes por le polémico campeonato otorgado a Rosario Central (Foto: FOTOBAIRES)

La medida provocó el rechazo de Estudiantes, que cuestionó esa decisión públicamente y luego protestó dándole la espalda al club premiado. Esa situación derivó en sanciones contra los jugadores y el presidente del club, Juan Sebastián Verón, al que lo suspendieron por seis meses.

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Al ser consultado Macri sobre si ese deterioro era responsabilidad concreta de “Chiqui” Tapia, respondió: “Eso es producto de una falta de organización total y de la conducción de la Asociación del Fútbol Argentino, obviamente”.

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POLITICA

Círculo rojo: secretos de la guerra en la AFA, confesiones y disputas en la calle San José

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“Vienen por mí”, confesó en privado Claudio Tapia, “Chiqui”, en la última semana. El jefe de la AFA había desarrollado, el año pasado, algunos contactos algo más fluidos que al comienzo de la gestión de Javier Milei con funcionarios y colaboradores de la administración libertaria tras una primera embestida que incluyó fijar en la agenda pública el posible desembarco de las Sociedades Anónimas Deportivas (SAD), la privatización de los clubes resistida por la asociación del fútbol local, y la discusión del decreto 1212, de aportes y contribuciones a la seguridad social de los clubes. Una foto con Karina Milei en Paraguay, algunas negociaciones secretas con colaboradores de Santiago Caputo, empujadas principalmente desde la petrolera YPF, sponsor de la Selección, frenaron momentáneamente la disputa mientras, en paralelo, la pelea entre Tapia y Mauricio Macri, que incluyó por entonces a su primo Jorge, jefe de Gobierno porteño, se hizo cada vez más feroz.

Hay quienes aseguran que esa guerra abierta entre el jefe de la AFA y el ex presidente colaboró para que desde la Casa Rosada y el edificio de la calle Viamonte bajaran la guardia. También hay quienes deslizan que, desde aquel entonces, se empezó a seguir de cerca y a recopilar información de Ariel Vallejo, de Sur Finanzas, investigado ahora por presunto lavado de activos, un financista descuidado con un crecimiento patrimonial exponencial cuya audacia quedó al desnudo en simultáneo a las últimas decisiones administrativas de la AFA, envueltas en escándalo por el título obtenido por el club Rosario Central y la sanción disciplinaria contra Juan Sebastián Verón y el equipo titular de Estudiantes de La Plata. Esa seguidilla de movimientos de Tapia envalentonó al Gobierno.

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Jugadores de Estudiantes dan la espalda a los de Rosario

En el círculo rojo futbolístico se desparramó en estos días una versión insistente: que las desventuras de Vallejo y su financiera fueron, cuanto menos, festejadas por la Casa Rosada. Se trata, en realidad, de un eufemismo. Cerca de la AFA están convencidos de que fueron motorizadas por operadores del Gobierno. Mencionan incluso a un abogado muy cercano al corazón de la cúpula libertaria, con excelentes vínculos en los tribunales. Como reprimenda, aseguran algunas fuentes, por la viralización de los audios del lenguaraz Diego Spagnuolo, el ex titular de la agencia de discapacidad, divulgados en medios alternativos que, en los corrillos mediáticos, son atribuidos a usinas cercanas a la asociación del fútbol local.

Cerca de “Chiqui”, que se licenció en barrios bajos y llegó a la cima del fútbol mundial -se jacta de codearse con presidentes y personalidades de todo el mundo- con la coronación de Qatar, dicen que, aunque no lo reconozca, sintió el golpe. Esta semana, la reunión de directorio del CEAMSE, que volvió a presidir después de ser eyectado por pedido del jefe del PRO, y a cuya oficina asiste casi a diario, fue mucho más breve que lo habitual. No hubo asado ni mesa extendida, como los últimos meses. Fue mucho más protocolar que lo habitual.

Desde que el jefe de la AFA volvió al predio del CEAMSE, en el sur de la capital, reconstruyó el vínculo con Jorge Macri. En su entorno aseguran ahora que haber corrido a Tapia de ese lugar fue un error. Un movimiento innecesario al que el jefe de Gobierno accedió por insistencia de su primo, instrumentado en su momento por Ezequiel Sabor, un asesor eficaz. Una decisión que, por ejemplo, no fue compartida por Néstor Grindetti, que ocupaba la Jefatura de Gabinete porteño y que le valió la enemistad del ex presidente. Pragmáticos ambos, “Chiqui” y el alcalde recompusieron. Algo de eso debe haber influido en el quiebre en la relación de los primos Macri.

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Hugo Moyano y Mauricio Macri

“Ahora no hay vínculos con la Casa Rosada”, explicaron por estas horas allegados a Tapia. En verdad, todavía existen algunas relaciones. De funcionarios de bajo perfil mediático, pero con extenso recorrido en política. Existe, además, otro colaborador que guarda una histórica vinculación con el CEAMSE, que supo construir en su momento un nexo aceitado con “Chiqui” y que ahora está dedicado a otras cuestiones: el ministro del Interior, Diego Santilli.

Viejas relaciones, nuevos quiebres. Visiblemente cansado, producto del raid de viajes por el interior y las constantes reuniones con gobernadores que lleva adelante desde hace semanas para colgarse, en parte, el mérito de la aprobación del Presupuesto 2026, Santilli se hizo el tiempo para participar, el miércoles por la noche, del cóctel de bienvenida que el saliente legislador bonaerense Fabián Perechodnik ofreció en su departamento frente a la Plaza Vicente López al nuevo embajador italiano, Fabrizio Nicoletti, que habla un muy decente español tras su paso por Panamá.

“Un imán”. Así lo describieron al ministro, que acaparó todas las miradas en una velada que incluyó legisladores, funcionarios porteños y nacionales, empresarios y miembros de la familia judicial como Inés Weinberg de Roca, del Tribunal Superior de la capital, e Hilda Kogan, la presidenta de la Corte Suprema bonaerense que, junto a su colega Daniel Soria, ven con buenos ojos que se completen las cuatro vacantes restantes, una mirada que los diferencia, según trascendió, de Sergio Torres, el tercer miembro, que arrastra costumbres de los tribunales federales porteños.

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Karina Milei, Manuel Adorni y Diego Santilli (Presidencia)

Esa negociación quedó para el próximo año. No así la integración del directorio del Banco Provincia, muy codiciado por la oposición, que reclamaría ahora tres lugares, además de otras sillas, menos apetecibles pero no por eso desechables, en el grupo de empresas del banco. Es parte de las tratativas que no tuvieron todavía un resultado favorable al cierre de esta semana, con la sesión fallida de este viernes por el endeudamiento, que tendrá una nueva oportunidad el miércoles, en La Plata. La foto icónica de estos últimos días fue la de Facundo Tignanelli, el jefe del bloque K en la Legislatura, junto a Alexis Guerrera, del Frente Renovador, ambos con el oído atento al teléfono de este último, en altavoz, con Sergio Massa del otro lado de la línea, agendado por Guerrera como “STM”. El tigrense sigue muy activo. Sus oficinas de la avenida Libertador, en la capital, son una romería de dirigentes, empresarios y sindicalistas.

La rosca platense lo entretuvo en estas últimas semanas, mientras monitorea el Congreso nacional y el futuro de los diputados que le responden. Pero no fue el único: el propio Axel Kicillof, a través de funcionarios de confianza, intentó, entre el jueves y el viernes, arrimar voluntades. En particular de la oposición. “¿Qué querés?“, le ofrecieron a un legislador opositor el jueves desde oficinas de la gobernación. Hasta este fin de semana, las negociaciones no habían rendido sus frutos. Dirigentes del peronismo intentaban, mientras tanto, acercar posiciones. Entre ellos, Federico Otermin, intendente de Lomas de Zamora, al que le asignan buenas posibilidades de alzarse, en marzo próximo, con la jefatura del PJ provincial, como una solución intermedia que no termine por hacer estallar la interna entre La Cámpora y Kicillof.

Esa es, todavía, una disputa feroz. Tan salvaje, más allá de los esfuerzos por maquillarla, como la guerra a cielo abierto que se agudizó en la familia Moyano, en el seno de Camioneros, en la calle San José, entre Hugo y Pablo, expuesta esta semana a través de dos delegados bien conocidos en el sindicato: Marcelo Aparicio, “Feúcho” -“Feo” para los más cercanos-, y José Garnica, “Tetas”.

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Aparicio y Garnica se conocen desde hace años, y siempre funcionaron a la perfección. Hábiles, también audaces, se hicieron respetar por las bases en las empresas Manliba y Transportes Olivos, hasta que los Moyano los adoptaron en su sistema de toma de decisiones. Aparicio fue el más político: se convirtió con el tiempo en un negociador inteligente con las autoridades porteñas. Por fuera de Hubo y Pablo Moyano, eran él y “Chiqui” Tapia dos de los principales interlocutores con la administración de la ciudad en los sucesivos gobiernos de Macri primero, Horacio Rodríguez Larreta después y Jorge Macri en la actualidad.

Pablo Moyano y Aparicio

El distanciamiento entre Hugo y Pablo alteró las relaciones y dividió al gremio. Según fuentes de camioneros, “Feúcho” no aparece por la sede de San José desde hace tiempo. Disgustado no solo por definiciones de Hugo Moyano, sino también por decisiones de su pareja, Liliana Zulet. Algo similar ocurrió con Pablo, que se alejó hace rato, incluso de la CGT, y se refugió en el club de fútbol del gremio. Algunos aventuran que podría enfrentarse con su padre el año próximo, en el congreso gremial. Este viernes, en las elecciones de la federación, Hugo Moyano desplazó a Aparicio, y ascendió a Jerónimo, su hijo menor.

La guerra, sin embargo, corre riesgo de agravarse antes de fin de año, y puede generarle un dolor de cabeza adicional al ejecutivo porteño, si el sindicato avanza con el reclamo por las compensaciones que fueron estipuladas a fines de los ‘90 en la llamada “Ley Moyano”, que fijaron que la ciudad debía echar, indemnizar y volver a contratar a los empleados de la basura una vez vencidos los contratos de concesión, una resolución a la que arribaron entonces el jefe camionero, la familia Roggio y Franco Macri para despejar la competencia y allanar el negocio. Esa relación la heredó años más tarde Mauricio Macri, que acaba de presentar un libro sobre su padre.

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En el 2012, la Legislatura porteña autorizó a la ciudad a endeudarse en más de $200 millones para pagar esas indemnizaciones por el vencimiento de los contratos. En ese momento, en la Legislatura, circuló de manera insistente un cambio informal en el nombre de la vieja normativa: empezó a hablarse de la “Ley Santilli”, por entonces ministro de Espacio Público, que cimentó con el líder camionero un vínculo cercanísimo. Diez años después, Rodríguez Larreta extendió la concesión, que vencía ese año, hasta el 2028. Esa decisión es la que ahora agravó la pelea familiar en el seno de los Moyano: el miércoles, en la sede de Camioneros, en la calle San José, Garnica, secretario de la rama de recolección del gremio, culpó a los que avalaron esa extensión, sin nombrarlos. Según explicaron, se refirió a Aparicio y a Pablo Moyano, aunque en el entorno de este último deslizaron que esa definición no pudo haber sido aceptada sin el aval de Hugo Moyano.

Confesiones y negociaciones. En la calle San José, pero al 1111, a seis cuadras de la sede de Camioneros, Cristina Kirchner sigue con atención el cierre del año y monitorea los movimientos en el Congreso. Sus visitantes la notan, como en los últimos meses, de buen ánimo, bien informada, muy activa. Camina a diario en la cinta, sale al balcón y esperaba en estos días la confirmación del TOF2 que la habilite a utilizar la terraza del edificio. Algunos de los visitantes frecuentes volvieron a insistirle en el último tiempo que considerara la posibilidad de pedir un cambio de domicilio, pero la expresidenta no quiere perder la centralidad de la capital. Teme, además, que después no la dejen volver a la ciudad de Buenos Aires: lo confesó a algunos de sus interlocutores más de una vez en estos meses.

Cristina Kirchner en San José 1111

La ex presidenta espera a que el Gobierno oficialice, por ejemplo, la nueva ley de reforma laboral. En algunas de sus charlas privadas recientes sorprendió a algunos de sus visitantes cuando aseguró que algunas de las modificaciones planteadas por el oficialismo no las consideraba tan descabelladas. Es una primera aproximación, de un texto que nadie conoce y que solo se discutió, en trazos generales, en el ámbito del Consejo de Mayo, frente a Gerardo Martínez y Martín Rapallini como representantes del sindicalismo y los industriales. El último encuentro, de esta semana, no conformó a ningún sector: el gobierno simuló la apertura a una discusión que, en los hechos, se terminará de resolver en estos días en despachos oficiales. “La UIA quiere mucho, la CGT no quiere nada, pero el sindicalismo va a tener diputados sentados en el Congreso. Nosotros solo somos consejeros, podemos opinar pero termina con las leyes que quiere el Ejecutivo. Una de las reformas más importantes, que es la tributaria, nosotros no estamos participando”, se sinceró un consejero que representa al Parlamento.

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Se trata de un desafío para la nueva cúpula sindical, en cuya conducción Martínez, de mayor diálogo con el Gobierno, impuso a Cristian Jerónimo como su referente. Jerónimo es uno de los mimados de la industria, y construyó una relación fluida con los miembros del J6, los herederos del círculo rojo empresario.

Con el paquete de reformas cerca de obtener luz verde, el Congreso tendrá durante el verano, con excepción de algunas semanas de enero, una intensa actividad. No solo por esa batería de iniciativas, que también incluye al Presupuesto, sino por la dispersión parlamentaria, por la sangría de legisladores del PRO hacia La Libertad Avanza, por la incertidumbre en torno del bloque peronista y las tratativas que aún restan saldarse. Por ejemplo, las vacantes en la Justicia. También la integración de la Auditoría General de la Nación (AGN), que espera por la vuelta de algunos de sus antiguos miembros como Javier Fernández, apadrinado por Gerardo Zamora, flamante senador, con aspiraciones al 2027. Un proyecto similar al de Sergio Uñac, senador por San Juan, al que propician un grupo de dirigentes del peronismo, con diálogo cruzado, incluida Cristina Kirchner. Hay conversaciones en torno a la conducción del PJ.

Javier Fernández es el hermano de Sergio, camarista del decisivo fuero Contencioso Administrativo Federal, con gran influencia, integrante además del tribunal de disciplina de la AFA que acaba de sancionar la rebeldía de Verón y los jugadores de Estudiantes de La Plata. Zamora es muy cercano a Pablo Toviggino, el tesorero de la asociación del fútbol local, muy activo en las redes, con múltiples conexiones.

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Cristian Jerónimo - Cotitular de la CGT

Ese círculo de poder es el que, según trascendió, está bajo la mira de Karina Milei. La hermana del Presidente debe resolver todavía algunas cuestiones del organigrama, mientras Manuel Adorni define casilleros junto a Aimé Vázquez, “Meme”, que ganó protagonismo interno. Por debajo de la secretaria general se atomizaron varios subgrupos. La hermana de Milei acumuló cada vez más poder desde las elecciones. Lo entendió Patricia Bullrich, una de las pocas que tiene vuelo propio pero que se alineó con ese sector. La ex ministra de Seguridad logró imponer a Alejandra Monteoliva en Seguridad y trabaja en la construcción de la nueva Agencia de Migraciones. En la semana se confirmó, además, a Martín Ferlauto, ex secretario de Seguridad de General Pueyrredón, como futuro número dos de Monteoliva: en la anterior gestión de Migraciones, en la administración del Frente de Todos, Ferlauto fue denunciado por un hackeo en el sistema. Ahora hay fuertes versiones que dan cuenta de que Bullrich, que debutó explosiva en el Senado, pretende llevarse funciones de la SIDE a esa nueva estructura, que aún no tiene gestor. Se habla de Diego Valenzuela, que siempre quiso ir al Ejecutivo. La SIDE se transformó en los últimos tiempos en otro de los lugares en los que se libra la disputa interna. “Si no se puede ordenar, tal vez haya que desarmarla”, deslizó un dirigente libertario.

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POLITICA

Macri negó tener diferencias con Milei por la relación con Estados Unidos, pero pidió no descuidar el vínculo con China

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China es un mercado que la Argentina tiene que atender, no para polemizar, sino porque ha hecho explotar nuestras exportaciones de carne, arándanos y cerezas”, declaró Mauricio Macri, presidente del PRO y ex presidente de la Nación, durante una entrevista exclusiva con Infobae. De esta manera, el dirigente negó que exista una diferenciación con Javier Milei respecto al vínculo comercial entre Argentina, China y Estados Unidos, y reivindicó la visión pionera de su padre en la materia.

Macri recordó la actitud innovadora de Franco Macri al impulsar el acercamiento con China en un contexto donde pocos lo hacían. “En el 89, cuando ni se hablaba de China. Papá dijo: Hay que ir a China. Vamos a traer una fábrica de catalizadores y fuimos para allá… Él siempre fue un visionario”, aseguró. Añadió que su padre también fue el primero en plantear la necesidad de unirse con Brasil: “Él siempre tuvo visiones claras. También dijo: Las privatizaciones tienen que llevarse a cabo, pero los argentinos tienen que tener un rol importante, no el operador extranjero”.

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Profundizando sobre su postura actual, Macri enfatizó el carácter complementario de la relación con China. “Lo que yo dije es algo medio obvio, ¿no? Si lo que ha hecho explotar la exportación de carne en el día de hoy, de arándanos, de cerezas, de lo que sea, es China, es porque, bueno, es un mercado que la Argentina tiene que atender”, reiteró.

Aclaró, sin embargo, que esto no significa relegar la relación bilateral con Estados Unidos: “Eso no significa que tengamos la mejor relación posible con Estados Unidos, que esta cercanía de Estados Unidos la veo como muy positiva”.

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A modo de ejemplo, Macri evocó la política exterior durante su presidencia: “Uno puede, como lo logramos en mi gobierno, tener con Obama y con Trump las mejores relaciones del mundo y con Xi Jinping también”. Enfatizó la necesidad de sumar aportes internacionales para generar desarrollo interno: “Me parece que hay mucho para sumar a una Argentina que todavía tiene mucha gente debajo de la línea de pobreza y tiene mucho para progresar”.

En respuesta a la repercusión de declaraciones previas, el ex mandatario subrayó que quienes intentan generar polémica con el tema de China lo hacen por motivos externos: “Los que lo han tomado para polemizar, bueno, tienen que hacerlo para así tener más clics en el diario”, planteó.

Así, Macri reivindicó la importancia de mantener abiertas distintas vías de relaciones internacionales en simultáneo, privilegiando que “los argentinos tengan un rol importante” en el desarrollo y fortalecimiento económico del país.

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La aclaración surgió porque, en una entrevista con el editor del sitio Seúl, Hernán Iglesias Illia, había afirmado: “China es más complementaria que Estados Unidos para Argentina. China necesita nuestra materia prima, nuestros alimentos. Estados Unidos, todo eso lo produce. Culturalmente, hay una enorme distancia entre uno y otro, pero no creo que sea bueno interrumpir ese proceso”.

Y, en ese momento, agregó: “Yo lo logré, a pesar de la presión de Obama y de Trump, que fue tremenda. Obama, con sus buenas maneras; y Donald, a lo Donald. Decir ‘no, somos mejores amigos, pero yo a mi relación con China la mantengo’”.

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Secuestrado: el capítulo del libro en el que Macri relata los terribles 14 días que cambiaron su vida y el vínculo con Franco

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Capítulo 10 – Secuestrado

Mi década del noventa comenzó en las primeras horas del sábado 24 de agosto de 1991 en la esquina de Figueroa Alcorta y Tagle. Esa noche fui secuestrado por una banda de expolicías que me mantuvieron en cautiverio a lo largo de catorce días. Este hecho cambió mi vida para siempre, cambió mi relación con mi padre y cambió mi visión acerca de lo importante y lo superfluo. De alguna manera, fue como si una nueva versión de mí mismo hubiera nacido en aquellas jornadas aterradoras encadenado en un sótano. Creo que no existe ningún aspecto de mi personalidad que no haya sido afectado de una manera u otra por la experiencia de haber estado en cautiverio sin saber si saldría con vida.

El silencio, las voces que aparecen un par de veces por día porque quieren grabar mi voz o pasarme a través de un hilo algo para comer. Es una situación de despersonalización muy difícil de explicar. Solo estás ahí. Esperando que suceda algo que no sabés qué es.

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El secuestro nos transformó, en un instante, en una familia de altísimo perfil público. Papá podía ser el número uno de los empresarios, pero su cara y su voz eran prácticamente desconocidas hasta ese momento. De un día para el otro, los Macri pasamos a ser algo así como unos Kennedy de cabotaje y comenzamos a ocupar un espacio inédito en las revistas y en la televisión.

Antiguamente, los franceses llamaban “delfines” a los herederos al trono. Muchas veces me habían considerado el delfín de Franco Macri. Por eso para mis secuestradores no era Mauricio sino apenas “el pescadito”, como me llamaban con un sarcasmo cruel.

Todo lo que sucedió durante el secuestro tiene la forma de una pesadilla. Yo llevaba ya varios meses separado de Yvonne Bordeu, la madre de mis tres primeros hijos, y había quedado en ver a Dana, una chica con la que estaba empezando a salir. Preocupada porque no había llegado a la cita que teníamos, fue quien se comunicó de inmediato con papá que, también preocupado, salió corriendo hasta mi casa, a pocas cuadras de la suya. En la vereda, producto del forcejeo, habían quedado mis anteojos. Fue la primera señal que recibió de lo que había ocurrido.

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Pocos minutos después de salir en mi búsqueda, sonó el teléfono en su casa. Atendió Eva Bomparola, su pareja de entonces, del otro lado sonó una grabación con mi voz: “¿Con el señor Francisco Macri? Habla su hijo Mauricio. Por favor, comuníqueme con mi padre. He sido secuestrado”.

Eva se comunicó con papá a su celular y le pidió que volviera de inmediato sin decirle de qué se trataba. El teléfono sonó otra vez en medio de la madrugada en la casa de la calle Eduardo Costa. Volvió a sonar la misma grabación con mi voz, pero esta vez, al finalizar, una voz diferente ordenaba buscar “bajo el tobogán de la Plaza Alemania”. Papá fue allí junto con su amigo Rafael Alazraki y estuvieron buscando sin saber qué, pero no hallaron nada. Al cabo de un nuevo llamado, su amigo regresó a la plaza con la persona que cuidaba la casa y encontraron una botella cubierta de alambre y cemento. Dentro estaba el primer mensaje. La pesadilla apenas comenzaba.

El mensaje que dejaron los secuestradores incluía una especie de proclama revolucionaria sin firma seguida de una cifra: siete millones de dólares era el precio que le habían puesto a mi vida. Intentaban mostrar que había algún tipo de móvil ideológico o político detrás, siguiendo el estilo de tantos secuestros producidos años atrás desde las organizaciones guerrilleras de los setenta. Sin embargo, durante la década siguiente los secuestros de empresarios habían dejado de estar motivados por la política y se habían vuelto una manera de financiar un oscuro entramado de expolicías, “mano de obra desocupada” del gobierno militar, como se los llamaba entonces. Muchos de esos secuestros les habían costado la vida a sus víctimas. El mío podía ser uno de aquellos casos.

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Mientras, yo estaba ya lejos de allí, acostado, a oscuras. Sabía que había pasado un largo rato en una especie de féretro en el que me habían encerrado hasta llegar al sótano en el que me depositaron. No sabía qué harían los secuestradores ni cuál había sido la reacción de mi padre, si había habido un pedido de rescate y, sobre todo, si saldría vivo de allí.

Le siguieron mandando mensajes a papá. La primera exigencia era mantener el secreto sobre lo que estaba ocurriendo. Franco sabía que las horas en las que se podía mantener el silencio de las pocas personas que estaban al tanto se esfumaban como arena entre los dedos. Las posibilidades de explicar mi súbita ausencia se reducían.

Papá decidió simular que seguía con su vida normal mientras todo no hacía más que volverse anormal hasta la locura. Cualquier filtración sobre lo que realmente estaba ocurriendo me ponía en peligro. Para el resto del mundo, yo había salido de viaje de manera urgente hacia Brasil por temas de trabajo. Ese sábado a la mañana debí leer en voz alta los títulos del diario. La grabación fue enviada a papá. Fue la primera prueba de vida de las muchas que vendrían.

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El primer fin de semana de mi secuestro, Franco decidió pedirle ayuda al embajador norteamericano Terence Todman. Quería que le recomendara gente especializada en este tipo de situaciones. La desesperación crecía en el puñado de personas que lo rodeaban. La negociación que papá había decidido llevar él mismo con los secuestradores avanzaba, y había que reunir una suma gigantesca de dólares en efectivo en pocos días.

Las indicaciones eran precisas: el dinero debía ordenarse en fajos de 10 mil dólares agrupados de diferentes maneras, con billetes de distinta denominación dentro de un modelo determinado de bolso. La logística para llevarlo a cabo hacía que todo pareciera aún más delirante. En la planta baja de su casa, papá junto a Luis da Costa y sus colaboradores más cercanos se dedicaron durante horas a contar y ordenar los billetes. El plazo se había fijado para el jueves siguiente. El martes ya se habían reunido todos los billetes, que apilados ocupaban una superficie de un metro de alto por tres metros de largo, según recordaría Franco.

El lunes habían llegado los agentes norteamericanos de Ackerman, la consultora de seguridad recomendada por Todman. Las discusiones sobre cuál podía ser la mejor estrategia para lograr mi liberación fueron intensas. Papá no quería correr riesgos. El tema seguía siendo cómo mantener el secreto sobre lo que estaba ocurriendo, pese a que cada vez más gente estaba al tanto. Ahora se habían sumado mi hermano Gianfranco, mi mamá, la madre de mis tres primeros hijos y mi amigo Nicolás Caputo.

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El miércoles, una radio anunció que papá había sido secuestrado. El rumor corrió rápidamente. Franco desmintió todo de inmediato. Pero ya todos sabían que algo raro estaba pasando. El cuento del viaje a Brasil duró apenas veinticuatro horas más. El jueves estalló la noticia y toda la prensa ya estaba hablando de mi secuestro.

Hasta ese momento, papá confiaba en su extraordinaria capacidad como negociador, esa que yo había visto en innumerables oportunidades, intentando construir en cada llamada que recibía de los secuestradores un espacio de confianza. Pero a diferencia del terreno en que solía moverse, esta vez no había del otro lado un hombre de negocios o un banquero o un político, sino una banda de comisarios convertidos en delincuentes profesionales. Ese jueves le anunciaron que las negociaciones quedaban interrumpidas. Los secuestradores se habían sentido traicionados por la noticia en los medios. Fiel a su estilo, Franco insistió en que podría ayudarlos a que las cosas no se agravaran aún más.

Yo no sabía que estaba en un pequeño espacio en el sótano de una casa de la avenida Juan de Garay 2882. Allí, el tiempo no pasaba. Había un precario baño químico. Mi única conexión con el mundo exterior era un pequeño televisor blanco y negro que estaba en esa jaula en la que estaba atrapado. Al principio, la pantalla era una ayuda para soportar el limbo en el que me encontraba. Pero con el correr de los días se convirtió en un enemigo. A través de ese televisor, yo veía las cámaras que hacían guardia día y noche frente a la puerta de la casa de papá en la calle Eduardo Costa. Mi desesperación crecía cuando veía a mis hijos entrar y salir. Lo vi a papá cuando salió a saludar desde el balcón del primer piso. Imagino a mis padres en ese momento, me imagino a mí mismo como padre ante el secuestro de un hijo y no puedo asimilar el nivel de desesperación que debe haber sentido mi familia en esos días.

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Al poco tiempo papá descubrió el origen de la filtración que llegó a los medios. Los teléfonos de Eduardo Costa estaban “pinchados”. Todas sus sospechas recaían sobre una empresa competidora que practicaba el espionaje industrial. Fue así como se convirtieron en los primeros en enterarse de lo que estaba ocurriendo y se lo comunicaron al gobierno del entonces presidente Carlos Menem.

Los días se sucedían entre la irrealidad de lo que se vivía en el campamento que se había armado en la casa de mi padre y lo no menos irreal que estaba viviendo yo mismo en esa espera incierta. Papá dirigía la empresa más difícil de su vida con la asistencia de Mike y Peter, los dos expertos americanos recomendados por Todman, junto con quienes había construido su estado mayor.

Todos los días llegaban pistas que había que chequear y que luego se descartaban. Muchas de ellas de gente bienintencionada y otras directamente absurdas. Unos daban precisiones de un lugar de cautiverio en el Tigre o en San Telmo, y hasta aparecieron videntes que afirmaban basados en visiones y percepciones extrasensoriales que me habían asesinado.

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El gobierno se puso a disposición, pero Franco fue tajante: no quería saber nada con esta ayuda. Tenía muy claro que mi vida estaba en juego y no quería que nada interfiriera en las negociaciones y pudiera convertir el desenlace en una tragedia.

Papá sufría lo que estaba pasando hasta lo indecible. Los secuestradores le habían exigido que él mismo fuera quien entregara el dinero del rescate. Él estaba dispuesto y decidido a hacerlo, pero los expertos americanos que lo acompañaban rechazaron de plano la idea. La experiencia internacional señalaba que, si mi padre se exponía a entregar el dinero, era muy probable que él mismo pasara a ser víctima de un nuevo secuestro.

La situación en el sótano no había cambiado hasta que los medios mostraron la llegada de una ambulancia a la casa de papá. Esto comenzó a generar alarma entre los secuestradores. Efectivamente, según supe después, Franco había tenido una crisis cardíaca producto del estrés que estaba viviendo. Esto me sirvió para convencer a mis captores de que papá no podía estar a cargo de la entrega del dinero, pero que era, sí, la única persona posible con la que negociar el pago del rescate. También les pedí que me permitieran hacerle llegar un mensaje a mi amigo Nicolás, para que le diera a mi padre su celular, de modo que todas las conversaciones se hicieran a través de ese teléfono, que era más seguro que cualquiera que tuviera papá, a esa altura probablemente intervenido legal o ilegalmente.

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Los secuestradores accedieron y las negociaciones se restablecieron. Hubo un nuevo mensaje, oculto bajo un cartel junto al estadio de River Plate, con nuevas indicaciones.

El tiempo se estaba acabando y papá les ofreció a los secuestradores una lista de personas posibles para la entrega del dinero, y eligieron a Nicolás y al chofer que nos acompañaba desde hacía muchos años, de extrema confianza de la familia, Roberto Pascual. Finalmente, el jueves le pasaron a Franco una lista muy sofisticada de instrucciones para el pago: Nicky y Roberto deberían cumplir con dieciocho escalas a lo largo de un recorrido que les insumiría desde el amanecer hasta la noche. Si no se hubiera tratado de lo que se trataba, habría parecido una búsqueda del tesoro. Aunque en este caso, el tesoro de millones de dólares estaba en el baúl del auto.

En cada posta, Nicky tenía que realizar una acción preestablecida por los secuestradores. Podría ser simplemente mostrarse o tomar un objeto que había sido dispuesto con anterioridad en algún sitio. Finalmente, la última parada antes de abandonar el auto consistía en buscar una moneda de cincuenta centavos de dólar. Solo si encontraban esa moneda se podría avanzar hasta la última estación.

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De allí fueron hasta un puente en Dock Sud, se bajaron del auto y lo dejaron con la llave puesta. Tenían instrucciones de alejarse durante casi media hora en un sentido determinado. El auto desapareció, por supuesto. Al cabo de toda esa jornada en movimiento, ambos estaban exhaustos y aterrados.

Hubo un último llamado, según recordaría papá, con las instrucciones para recuperar el auto. En él elogiaron la conducta de Franco, diciendo que se había comportado como “un hombre de honor que cumplió con todo lo acordado”.

Esas últimas 72 horas fueron las peores de todas. La razón es simple: ya se había pagado el rescate, ya se había entregado lo que habían pedido, pero… ¿cumplirían con su parte? ¿Por qué habrían de hacerlo?, pensaba yo, cada vez más inquieto. Yo era el único testigo de su crimen. ¿Cuál era el sentido de dejarme en libertad si ya tenían el dinero en sus manos? Según me contó el hombre que me vigilaba, el debate existió y no todos estuvieron de acuerdo en qué debían hacer. La pregunta era simple y terrible: ¿matarme o no matarme? Ellos ya habían asesinado a la mayoría de las víctimas de sus secuestros. ¿Por qué estarían dispuestos a hacer una excepción conmigo?

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Ese jueves grabé las noticias del día, como lo había hecho tantas veces. Según papá, mi voz transmitía algo diferente. Nadie sabe leer los matices de la voz de un hijo mejor que sus padres. Yo descontaba que me iban a matar y papá registró con desesperación lo que yo estaba sintiendo. Esa noche se quebró y lloró desconsoladamente.

Parecía que todo estaba ya perdido. A través de mi voz, los secuestradores le informaron que habría nuevas demandas para verme con vida. Un nuevo mensaje escrito con tono político demandaba la entrega de alimentos y ropa por un monto total de un millón de dólares por día en distintos barrios humildes del Gran Buenos Aires. Papá se ocupó de organizar la distribución junto con monseñor Ubaldo Calabresi, el nuncio papal, y a través de la ayuda de Cáritas.

Sin embargo, esa misma madrugada me soltaron. Me dejaron al costado de un camino y me dijeron que caminara. Esperaba un disparo en cualquier momento. Caminaba y caminaba. Me habían dado unos cospeles para hablar por teléfono y algo de plata para un taxi. Tenía que esperar un rato. Encontré un taxi y llegué a Florida y Paraguay, a la casa de una amiga. Como pude, llamé desde el teléfono público de la esquina. Atendió Gianfranco y corrió a contarle a papá que era yo, que estaba vivo. “Viejo, tu hijo te quiere hablar”, recordó papá que le dijo en ese momento.

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Lo que vino después fue la alegría y la emoción contenida del reencuentro, enfrentar a los medios, que habían convertido mi secuestro en el gran tema nacional de esas semanas, colaborar con la Justicia, recuperarme, volver a trabajar y, sobre todo, descubrir a la nueva persona que había surgido desde mi interior a partir de esta experiencia.

Nunca volvimos a hablar con papá del tiempo del secuestro. Como siempre, para él el pasado era algo que debía ser archivado o enviado a la papelera. Toda su actuación durante aquellos días dramáticos fue impecable. Hizo todo lo que un hijo puede esperar de su padre y más. Su amor no tuvo fisuras. Estuvo sin dormir durante catorce días esperando cada llamado de los secuestradores. Era un león enjaulado, rabioso y lleno de impotencia.

Pido disculpas a los lectores por haberme detenido demasiado en este hecho de mi propia biografía. Tengo un motivo. En el momento de mi liberación, me encontré con el enorme amor de mi padre, correspondido por el mío hacia él, de un modo que nunca antes nos había sucedido a ninguno de los dos.

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Lo que yo no sabía es que allí, primero sin notarlo y después de manera cada vez más evidente, comenzaba la etapa más difícil de mi relación con él.

En su personalidad comenzó a filtrarse un rasgo inesperado. El hecho de haber logrado mi liberación, lo puso en un nuevo rol frente a mí. Ahora era mi salvador. Había salvado mi vida. Su ego y su omnipotencia crecieron hasta niveles superlativos. Y no era para menos.

Por mi parte y sin buscarlo, me convertí de la noche a la mañana en una persona extrañamente famosa. Las personas me paraban por la calle para saludarme y contarme lo felices que se habían sentido al saber que estaba con vida. El secuestro había conmovido a muchísima gente. Hoy creo que nadie está preparado para este tipo de exposición. Mi popularidad súbita por haber sobrevivido despertó en papá una competencia extraña. Yo estaba preparado para ocupar su lugar en Socma, pero no para aparecer en los medios.

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Como sea, creo que papá pudo haber visto heridos su narcisismo, su vanidad, su ego: es difícil saberlo. Esto lo llevó, como en tantas otras cosas, a redoblar su apuesta. Y comenzó a buscar por sí mismo fama y publicidad. El paradigma de aquellos años fueron sus grandes fiestas de fin de año en Punta del Este. Parecía decidido a ocupar siempre un rol protagónico. Más allá de su voluntad, se convirtió en un emblema de cierta frivolidad que parecía haberse instalado en el aire durante la década del noventa.

El secuestro provocó que toda nuestra relación se desequilibrara. Desde ese momento, ninguna agresión me afectaría tanto como las suyas. Lo increíble era que, al mismo tiempo, nadie me demostró más amor que él. Me llevó mucho tiempo y mucho trabajo entender que para él se trataba de algo imposible de controlar. Como dije, una suerte de Dr. Jeckyll y Mr. Hyde. Pasaba de una emoción a la otra en segundos, sin siquiera darse cuenta.

Los años siguientes fueron los peores de nuestra relación. Se desató una guerra permanente. Me echaba y me contrataba todas las semanas. Me ayudaba y luego me boicoteaba.

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Me empoderaba y al instante me desautorizaba.

Mi futuro ya no estaba tan claro. Ser el delfín de Franco había dejado de ser una buena idea. Mi vida tendría que ser la mía y no la suya. Poco tiempo después, Isabel Menditeguy me ayudó muchísimo a reflexionar sobre todo aquello. Me impulsó a comenzar un proceso psicoanalítico muy profundo en el que pude revisar el vínculo con papá y conocerme o, más bien, reconocerme, desde otro lugar.

No iba a ser fácil lo que teníamos por delante Franco y yo. Para un hombre como él, la empresa familiar debía ser mi lugar. Para mí, ya no. Empezó a tomar forma un nuevo sueño, exclusivamente mío, independiente y autónomo: alcanzar la presidencia de Boca Juniors.

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Había sobrevivido a un cautiverio. No estaba dispuesto a pasar nunca más por esa situación.

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