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SOCIEDAD

Peruano Felipe Chávez anotó golazo de 40 metros en victoria de Bayern Munich por Bundesliga Sub 17

El volante, que participó con la ‘bicolor’ en el Campeonato Sudamericano de dicha categoría, convirtió un tanto de gran factura para el gigante alemán.

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La reciente noticia de que Oliver Sonne obtuvo finalmente su Documento Nacional de Identificación (DNI) significó una buena noticia para todos los peruanos y la selección nacional, ya que se amplía el universo de jugadores y brinda una mayor competencia en el plantel, sobre todo, considerando su formación en el fútbol europeo. Antes sucedió con Gianluca Lapadula. Pero el trabajo no queda ahí, ya que existen varios futbolistas jóvenes de raíces peruanas. Uno de ellos es Felipe Chávez, volante de 16 años que anotó un golazo de, aproximadamente, 40 metros, para el triunfo de Bayern Munich ante Karlsruher por la Bundesliga Sub 17.

A través de la página web del cuadro ‘bávaro’ se pudo conocer esta noticia. De hecho, en el espacio digital se especificó que el encuentro entre los dos equipos estuvo igualado, pero ninguno estuvo fino en la definición pese a que hubo ocasiones concretas para romper la paridad. Sin embargo, todo cambió con el ingreso del mediocampista de la ‘blanquirroja’, quien empezó como suplente, aunque ingresó al campo a los 60 minutos por Jussef Nasrawe.

Tan solo transcurrieron diez minutos para que los ‘rojos’ abrieran el marcador. El conjunto ‘glorioso’ perdió un balón en ataque, causando que su rival efectúe en contragolpe. Precisamente, Felipe Chávez mandó un pelotazo largo con la intención de que un delantero de su elenco gane en ataque, empero, el arquero Kamil Günes tuvo una salida apresurada y corrió hasta la mitad de su campo para cortar la jugada.

El balón le quedó a Simon Zöls, quien no dejó que cayera y, en primera, se la entregó al peruano. El ‘12′, que estaba ubicado a una considerable distancia del arco de Karlsruher, se perfiló para su pierna izquierda y sacó un remate que colgó al guardameta contrario. Una obra de arte porque fue de alrededor de 40 metros y aprovechó una falencia para convertir su cuarta diana en el campeonato ‘teutón’.

Desde unos 40 metros aproximadamente, Felipe Chávez anotó un golazo para Bayern Munich.
Desde unos 40 metros aproximadamente, Felipe Chávez anotó un golazo para Bayern Munich.

Ese gol le permitió a Bayern Munich poder despertar y aumentar la cuenta. Lo hizo a los 87 minutos por intermedio de Sejdo Durakov, que recibió el esférico en área rival de Oluwaseyi Wilson y, luego de regatear a un defensa de Karlsruher, definió con un zurdazo. Eso no fue todo, ya que a los 90 minutos, Felipe Chávez cobró un tiro libre de larga distancia y mandó un centro con su pierna hábil para que aparezca Roko Mijatovic, quien metió un potente disparo para sentenciar la goleada por 3-0.

Con este tanto, el centrocampista peruano hizo el cuarto en siete presentaciones. Asimismo, la habilitación es la primera a su cuenta personal.

Elogios del técnico de Bayern Munich a Felipe Chávez

Al final de la contienda, el técnico de Bayern Munich Sub 17, Peter Gaydarov, se refirió a esta victoria y destacó el gol de Felipe Chávez, como el principal detonante para que pudieran llevarse los tres puntos.

“Se enfrentaban los dos mejores equipos defensivamente de la liga, por lo que las ocasiones importantes escasearon. Tras el gol inicial, conseguimos más espacios, y por eso pudimos aumentar el resultado en la fase final”, precisó.

Felipe Chávez en la selección peruana sub 17

Felipe Chávez formó parte de la selección peruana que jugó en el Sudamericano Sub 17 que se desarrolló el 2023 en Ecuador. El volante de 16 años, de los cuatro partidos que la ‘bicolor’ disputó, solo tuvo minutos en dos: en las goleadas sufridas ante Paraguay (0-4) y Argentina (0-3).

A pesar de que el combinado patrio no clasificó a la siguiente ronda, el futbolista categoría 2007 dejó destellos de su calidad y fue uno de los que más peligro generó a los rivales. A su corta edad es un jugador que, seguramente, será seguido por el comando técnico de la selección mayor encabezado por Juan Reynoso con miras al recambio generacional.

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Mundos íntimos. Viví obsesionado, temía enfermarme. A los 32 me descubrieron un tumor: estoy bien, pero sigo angustiado.

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Mientras escribo, una mano me aprieta la garganta. Una mano negra, con dedos largos y nudosos como ramas de un árbol viejo, muerto. Apenas me deja respirar, y sé que, si no hago algo, si no me zafo de ella, llegará el momento en que ya no dejará pasar ni un hilo de aire. Entonces moriré, como murió mi papá y mi abuelo. Tal vez a los 58 años, cumpliendo con una triste costumbre familiar, tal vez antes. Espero que sea después, mucho después.

Nunca hablé de lo que voy a hablar ahora. No, al menos, con la claridad con la que pretendo hacerlo. Siempre sentí eso de que “si no lo digo no va a ocurrir”. Por eso, como hipocondríaco, evito hablar de enfermedades. Una estupidez. Las desgracias ocurren incluso cuando nos negamos a pronunciarlas.

Me animo a pensar ahora que las cosas pueden funcionar de otra manera. Puede que las palabras conjuren ese destino, lo tuerzan y lleguen a liberarme. Sea como fuere, no pierdo nada con intentarlo. La mano, de cualquier forma, sigue apretando.

Reflejo. La mirada al horizonte de Lucas Berruezo muestra su preocupación.Reflejo. La mirada al horizonte de Lucas Berruezo muestra su preocupación.

El momento más adecuado para comenzar este relato es el 23 de julio de 2013, día en que murió mi viejo, víctima de un cáncer generalizado. Él era una persona que, con sus 58 años, mantenía una vida sana y activa. Había dejado de fumar, iba a su trabajo en bicicleta, se cuidaba en las comidas, no bebía ni una gota de alcohol y entrenaba en el gimnasio al menos cuatro veces por semana. Por esto, procesar su enfermedad, tan vertiginosa que se lo llevó en apenas tres meses, fue difícil para todos.

Ese día de julio, por la mañana, mi mamá me llamó para decirme que papá no estaba bien. La notaba alterada, pero no imaginaba la verdadera razón.

Papá murió —afirmó entre lágrimas, al salirme al encuentro en la vereda, ni bien me bajé del remís.

En el hospital. Lucas Berrruezo luego de la operación para tratar el cáncer.En el hospital. Lucas Berrruezo luego de la operación para tratar el cáncer.

Nos abrazamos. Luego, y sin poder creer todavía lo que acababa de escuchar, entré. Subí las escaleras, fui a la habitación y lo vi ahí, sobre la cama, irreconocible de tan flaco, con los ojos abiertos. Lloré y le dije, como si lo estuviera retando: «Así no, pa. Así no». Me acerqué, me incliné sobre él, le cerré los ojos con mi mano derecha y le di un beso en la frente.

Fue en ese momento cuando la mano se aferró a mi cuello, para no volver a soltarme.

Algún día hablaré de cómo mi viejo dijo durante toda su vida que iba a morir a los 58 años, igual que su padre, mi abuelo. También diré cómo llegó a esa edad con una salud y un estado físico envidiables; cómo, cuando ya quedaba poco para su cumpleaños, se enfermó, muriendo una semana exacta antes de cumplir los 59. Nunca logró liberarse de esa herencia que él mismo se había impuesto. Algún día hablaré de todo eso, pero hoy no. Hoy toca hablar de mí.

Mi hipocondría, que hasta ese momento se había mantenido en niveles manejables, se disparó. Empecé a pasar noches en vela asociando cada sensación de mi cuerpo con un tipo de cáncer diferente. Iba al médico, me hacía estudios (entre ellos, una videocolonoscopía) y volvía a casa con palabras tranquilizadoras.

No tenía nada. Me tenía que relajar. También empecé, a pedido de mi esposa, terapia. Mi miedo a tener cáncer ya afectaba mi vida cotidiana, y debía hacer algo al respecto. Era padre de dos hijos hermosos, una nena de cinco años y un nene de dos, no hacía mucho que me había recibido de Licenciado en Letras y acababa de firmar un contrato para publicar mi primera novela. Las cosas estaban saliendo bien, no podía arruinarlo todo por miedos irracionales.

La vida siguió, con ataques de ansiedad más o menos regulares, pero siguió.

A finales del 2014, un año y medio después de la muerte de mi viejo, saqué turno con el clínico porque me dolían las tetillas. No constantemente, pero sí de manera frecuente. Incluso, a veces, cuando me apretaba sin querer, la punzada llegaba a sobresaltarme. Mi autodiagnóstico fue, por supuesto, inmediato: cáncer de mama. Sabía que, aunque en menor proporción en comparación con las mujeres, podía afectarles a los hombres. Fui entonces a la consulta y mi médico, después de revisarme, me mandó a hacer una ecografía en ambas mamas. Antes de terminar, recapacitó y agregó una ecografía testicular. Según él, a veces, cuando dolía ahí arriba era porque había algo ahí abajo.

Como nos acercábamos a fin de año, estaba tapado de trabajo. Soy profesor de Literatura, y lo meses de noviembre y diciembre suelen dejar poco margen para cualquier otra cosa que no sea corregir y cerrar notas. A punto estuve de no ir a hacerme los estudios. Las tetillas ya casi no me dolían y me había acostumbrado a que hacerme chequeos era una pérdida de tiempo. Siempre salía todo bien. No obstante, terminé yendo. El doctor que me atendió era el mismo que le había hecho los controles a mi esposa en sus dos embarazos. Algo que, de alguna manera, me dio tranquilidad. Al menos por un momento.

Las ecografías de las mamas dieron bien. Cuando el doctor empezó a examinarme los testículos, lo hizo casi con desinterés, como si supiera que no iba a encontrar nada. Y, en efecto, no lo hizo, al menos en el primer testículo, el derecho. Sin embargo, al llegar al izquierdo, vio lo que él llamó una lesión. Me preguntó si me había golpeado y si me dolía. Le respondí, con respecto a la primera pregunta, que no lo recordaba y, con respecto a la segunda, que no, no me dolía. Después de eso, no dijo nada más hasta terminar la revisación. Antes de salir, no me pude aguantar y le pregunté con la voz ahogada (la mano estaba apretando con todas sus fuerzas) si podía ser un tumor, a lo que me respondió que sí, que podía serlo, pero que de cualquier manera tenía que verlo el médico clínico. No juzgo su cautela, envuelta en empatía hacia un chico de 32 años desesperado, pero no tengo dudas de que sabía perfectamente de qué se trataba.

La visita con el clínico vino poco después y él no dejó lugar a ninguna duda. Sí, se trataba de un tumor, pero no tenía que desesperarme. Lo tumores testiculares se encontraban entre los tipos de cáncer con más posibilidades de supervivencia.

De hecho, él mismo había tenido cáncer testicular hacía poco tiempo, por lo que sabía de lo que hablaba. De seguro, esa reciente experiencia influyó en su diagnóstico, que lo llevó a ser una especie de Dr. House real, que, de una molestia en una tetilla, llegó a la conclusión de un tumor en un testículo. Varios doctores, a lo largo de mis chequeos, expresaron su sorpresa y su admiración por esa perspicacia.

Del clínico pasé al urólogo y, a partir de ahí, todo se aceleró. En apenas unos días, pasé por estudios y más estudios, consultas en la obra social, fechas para la cirugía y, por último, la operación. No hay mucho para decir sobre eso. El postoperatorio fue breve, y en dos días ya estaba en casa. Al cabo de una semana, mi vida era prácticamente la misma de antes. No tuve que hacer tratamiento, ya que la biopsia reveló un tumor de células de Leydig, algo extremadamente raro, que en la mayoría de los casos tenía un comportamiento benigno. Sólo tuve que concurrir asiduamente al oncólogo y hacerme chequeos cada tres meses durante los primeros años; cada seis meses después; y, ahora, con casi diez años cumplidos, uno por año. Y acostumbrarme a vivir con un testículo menos, algo que, a fuerza de ser honesto, no es para nada difícil.

Me gustaría decir que ya está, que todo terminó, que la mano desapareció de mi cuello y de mi vida, pero no sería verdad. Es cierto que nunca tuve ningún problema, que todos los chequeos me dieron bien, que desde el primer momento varios doctores me dijeron que no me preocupara. Sí, todo eso es cierto.

Pero también es cierto que, en mi caso, la pelea siempre fue más mental que física. Tener cáncer a los 32 años, con dos hijos chiquitos, un año después de que mi viejo falleciera de lo mismo, incluso cuando el cáncer era lo que me mantenía despierto por las noches y la razón por la que todavía seguía yendo a terapia, era mucho para mí. Supongo que sería mucho para cualquiera. A veces, cuando me animo a bromear, digo que uno no sabe en verdad lo que es el miedo hasta que ve a un oncólogo observar con meticulosidad su tomografía.

Así y todo, seguí adelante, con determinación, tratando de respirar cuando la presión en mi cuello amenazaba con ahogarme. Una parte de mí (esa parte que busca el porqué de las cosas) pensaba que, después de todo ese infierno, las cosas serían más fáciles. Mi carrera como escritor despegaría, mis relaciones de pareja se destrabarían, mi vida espiritual se elevaría hasta un nuevo nivel… En definitiva, llegué a pensar que el paraíso estaba ahí, cerca, a pocos pasos de distancia. Tonto de mí.

El infierno, cuando es propio, es más profundo de lo que podemos llegar a creer y desear, con más círculos que los nueve detallados en el poema dantesco. Salió mi primer libro, y tuve que luchar para poder sacar el segundo, el tercero y el cuarto. No hay dudas de que la frustración es la gran compañera del escritor. Sigo trabajando como profesor a tiempo completo, algo que en teoría sólo iba a ser provisorio. Todavía no llego a fin de mes con relativa tranquilidad. De hecho, cada vez me cuesta más hacerlo. No, no hay un “después del infierno” cuando el infierno está en nuestro interior. No hay a dónde ir cuando el camino es hacia adentro.

Espero que escribir esto me libere de esos dedos duros y ásperos, adheridos a mi garganta. Mi viejo murió por esos dedos, estoy seguro. Puede que mi abuelo también. Ambos se enfrentaron al miedo a la muerte con una fijación propia del maníaco. Mi abuelo se dejó morir mucho antes de que la muerte se lo llevara; mi viejo se puso fecha de vencimiento, y ningún esfuerzo lo libró de esa profecía autoinfligida. No tengo dudas de que mi cáncer fue, también, la consecuencia de una obsesión. La opresión en mi garganta me lo confirma.

Mi intención es evadir ese destino que, conmigo, se convertiría en una macabra tradición familiar. No voy a dejar que me siga haciendo daño. Tampoco voy a dejar que esto pase a mis hijos. Tal vez, si aguanto, si me libro, llegue el momento en que pueda vivir mis días sin pensar, a cada momento, en la posibilidad de una fatalidad.

Quiero creer que el miedo a la muerte no dura toda la vida.

No obstante, mientras escribo, la mano me aprieta la garganta, esa mano de dedos largos y nudosos como ramas de un árbol viejo, ya muerto.

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Lucas Berruezo nació en Buenos Aires, en 1982. Es Licenciado en Letras por la UBA, docente y escritor. Sus cuentos y artículos circulan en varias antologías y revistas, tanto nacionales como internacionales. En 2015, Muerde Muertos publicó su primera novela, “Los hombres malos usan sombrero”. Su segundo libro, “Frente al abismo”, salió en 2017, de la mano de Ediciones Erradícame, de España. Del 2020 es “Enfermos de oscuridad”, su tercer libro, editado por Azul Francia. Su última novela, “Colimba”, fue publicada en 2023 por Trapezoide Ediciones. Vive en Castelar, con su esposa y sus dos hijos.

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