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SOCIEDAD

Playas chilenas: Pueblitos con encanto, ceviche y el mejor surf al borde del Pacífico salvaje

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El Paseo Bellamar luce como un tapiz. Cientos de barcos multicolores se mecen silenciosos después de la pesca matutina. El camino peatonal del puerto de San Antonio, con vistas al Pacífico plateado, condensa todo lo esperado e inesperado de una salida ATP: caricaturistas al paso, héroes infantiles y un cuarteto melancólico de flauta y violines. Al final del muelle, cuando el olor salino se intensifica, se impone la Naturaleza. Bajo el parloteo ensimismado de las gaviotas, un par de crías de lobos marinos buscan aire sobre las olas.

Los Morros, promontoros de piedra laja que emergen en Punta de Lobos.Sebastian Pani

“El capitalismo arrasa con los recursos naturales, no respetando al pescador artesanal”, denuncia un mural que muestra un barco humilde y a un marinero atribulado acechados por un buque industrial. Algo de esa resistencia persiste en los puestos donde los vendedores lavan y exhiben salmones, corvinas y congrios. “La gente compra tranquila; la dejamos pensar”, dice Ángela Gómez en el puesto El Chamaco. Para apreciar sus reinetas, recomienda un vuelta y vuelta a la plancha con aceite y limón. En un rincón de la playa breve, una estatua de yeso extiende el brazo hacia el mar. La escultura de San Pedro Pescador que levantó Domingo García Huidobro –hermano del poeta Vicente– vela por una buena pesca.

La ciudad nació como San Antonio de las Bodegas en 1715. A principios del siglo pasado era un puerto pesquero que importaba productos manufacturados y exportaba pieles, pescado y aceite. Hoy es un eje fundamental de logística y transporte, con autos último modelo que llegan de China y Japón para repartirse por toda Sudamérica. El atraque de cruceros potenció el movimiento. Los comerciantes de este territorio, de desniveles abruptos y calles zigzagueantes, miran con cariño a los turistas rojizos que bajan de las moles blancas dispuestos a cambiar divisas por mariscos y artesanías.

Ceviche costero en Virú, restaurante de Pichilemu.Sebastian Pani

Cartagena se revela como una playa extensa y populosa, con negocios surtidos y casas de veraneo para todos los gustos. Entre toallones de Colo-Colo y sombrillas, los perros corren extáticos con la lengua afuera. La visita al Humedal de Cartagena –una gran laguna que aloja cisnes blancos, patos colorados y garzas anaranjadas– es un llamado a la conciencia conservacionista.

Un emblema de Isla Negra: el pez de hierro inscrito entre dos círculos (de hierro), símbolo de la burbuja oceánica que encantó a Neruda.Sebastian Pani

El Litoral se torna más boscoso y va abriéndose a entradas de barrios y clubes con salidas exclusivas al mar. Una muy discreta –25 km al norte de San Antonio– deriva en Isla Negra. Como si no hubiera bastado la obra escrita, Pablo Neruda dejó un legado en tres dimensiones, un autohomenaje que cuenta al mundo de qué manera vivió. La casa es como Chile, larga y estrecha; una obra de arte, combinación de buen gusto y sabiduría. La colección de mascarones de proa es un viaje en el tiempo. Lahabitación que compartía con Matilde Urrutia, un poema al espacio, con la cama orientada para recibir la luz del amanecer en la cabecera y la del atardecer en los pies.

La vista al Pacífico reclama todos los sentidos.

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El viaje sigue rumbo sur por una ruta de sembrados, lavanda y retamas en flor. En la comuna de Navidad, el mar se abre en su grandeza verde-azulada y traza acantilados y rompientes sobre dunas de arena fina.

Dunas de arena fina, rompientes y acantilados en la comuna de Navidad.Sebastian Pani

Matanzas es una playa extensa y reparada, de olas propensas al arrastre. El pueblo creció como puerto intermedio, una escala para la carne, lentejas y porotos que seguían a Valparaíso. La bonanza terminó en la década del 30 por una peste que destruyó los sembrados y derivó en la emigración de los jóvenes, con el consiguiente abandono del trabajo agrícola.

Cuando los chilenos redescubrieron las vistas abiertas e imponentes que regalaba el pueblo, volvieron a construir. La tierra se revalorizó un 500% y las casas de veraneo se están reconvirtiendo en destinos de descanso. Ahora es un mundo en transición, con campesinos a lomo de burro que se cruzan con surfers. Mientras mira las nuevas olas, Matanzas preserva tradiciones como el cocimiento, una variación del curanto que mezcla choros y cholgas con papa, carne de cerdo, vaca y cordero en una gran olla sobre el fuego en la arena.

La tarde playera avanza entre anuncios de la visita del circo, el curioseo por los puestos de tejidos y madres que preguntan a sus hijos si se bañaron harto. Para protegerse del viento, los civiles apelan a sobretechos de carpas y los surfistas se cubren de neoprene.

La ruta traza su fidelidad al conjunto: sinuosa y empinada, irregular y cambiante. Llegar a Pichilemu por la avenida Escrivá de Balaguer implica sumarse a la madeja de autos y peatones que hacen fila en los locales de empanadas, pescado, mariscos y churros. Los espacios se amplían en las afueras, donde viven los empresarios, ingenieros y arquitectos que están explorando un nuevo modo de vida: mitad de la semana en Santiago, mitad en un home office distendido.

Pichilemu, Capital Mundial del Surf.Sebastian Pani

El ingreso a la Playa Principal aglutina carros tirados a caballo con heladerías, puestos de churros, ceviche y frutas bañadas en chocolate. Tres tablas altura NBA dan la bienvenida a la Capital Mundial del Surf. De lentes espejados y con mallas amarillo flúo, Jorge y Raúl –dos de los 16 guardavidas– aseguran que tienen mucho trabajo, aunque no pasan de los cuatro rescates por semana. Cuando algún bañista deja dudas sobre su experticia, hacen silencio y afinan la mirada.

La Puntilla, al otro lado de la caleta, es territorio surfer: 300 metros de costa con olas atractivas y amenazantes que despliegan una majestuosidad turquesa. Todos se aferran a sus tablas, se detienen en la escollera, esperan el momento y salen braceando. Entonces se paran y se deslizan con ajustes milimétricos para vivir el mejor momento del día.

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Una de las cabañas premium de Ruka Lobos, en Punta de Lobos.Sebastian Pani

A Reinaldo “Cha Cha” Ibarra lo encontramos en El Infiernillo, una playa silenciosa con olas feroces. Ariqueño de 47 años, es surfista desde los diez. Tuvo grandes hits en 1993 (campeón nacional) y 2008 (sexto en el Mundial). Hoy aconseja a sus alumnos que disfruten, pero que respeten el mar, sobre todo conociendo el spot: las corrientes, las medidas de seguridad, los puntos de salida. Reconvertido en un big wave raider, explica que para agarrar olas de ocho metros hay que ser paciente. “Estoy siempre maniático viendo los reportes –confiesa–. Cuando veo que se acerca la ola que busco, espero una semana, me preparo tres días antes con yoga, técnicas de respiración y comida sana”.

Hay un hilo que se visibiliza en Pichilemu: el que une las culturas surfer, yoga, vegana, neohippie, slow food y antiplástico. Nihal Khalsa es uno de los costureros. Este chileno de barba y turbante hizo un posgrado de finanzas en Londres y fue gerente de marketing de una multinacional. “Salimos del sistema capitalista”, celebra ahora junto a su pareja, Carolina Muñoz. “Sin darse cuenta, uno se mete cada vez más en ese rollo”. En el verano de 2016, cuando llegaron de Santiago, se dieron cuenta de que no existían propuestas a su medida. Entonces abrieron Cúrcuma, que buscó generar una opción gastronómica saludable y sabrosa para que la pro- puesta casi-vegana no se volviera fome (aburrida). Lo lograron gracias a preparaciones caseras y a la inspiración que les dieron sus viajes a la India, Tailandia y Bali, en un ambiente con tótems de inspiración navaja y un mesón tallado que invita a compartir platos, ideas y experiencias.

Punta de Lobos, territorio surfer por definición.Sebastian Pani

La noche termina placenteramente en Ruka Lobos –cabañas premium con encanto rural– y su hottub, esa tina de agua caliente que a veces puede incluir hidromasaje y que parece estar muy de moda por acá. En este caso particular, invita a mirar la luna desde sus profundidades cálidas, con el aire fresco sobre la cara.

A 7 km de Pichilemu, el “centro” de Punta de Lobos es breve, con una oferta de servicios apiñada en cabañas, puestos de jugos y ensaladas, cafés con vista al mar. También acá se piensa en surf, se habla de surf y se sueña con surf.

Yvette Shaw, una surfer neozelandesa
en Punta Lobos.
Sebastian Pani

Alrededor de Los Morros (dos enormes promontorios de piedra laja), un enjambre de humanos en neoprene se balancea sobre el agua, concentrados como tiburones. Todas las olas se ven intimidantes y suenan atronadoras. Algunos avanzan como si estuvieran tomándose un espresso; otros caen en lo que parece el golpe de sus vidas. Cuando dejan trajes y tablas, se relajan tomando algo en los decks sobre la arena. Como Yvette Shaw, una rubia neozelandesa que viaja por Sudamérica. Se autodefine “apenas encima de principiante” y dice que se divierte aun- que el mar esté calmo. Ama estar en el agua y cruza los dedos para, algún día, subirse a su gran ballena blanca: una ola grande e inolvidable.

El hotel Puerto Viejo y su continuidad con el entorno mediante el deck, la piscina cubierta y hot tub al fondo.Sebastian Pani

Una hilera de pirámides blancas crece junto a las piletas donde los trabajadores de las salinas de Lo Valdivia cargan su producción en carretillas azules. Cinco kilómetros después, surge Boyeruca, una costa de barcos coloridos que descansan como un recuerdo romántico. Con el agua hasta las rodillas, afirmados entre las salientes filosas, los recolectores llenan un par de canastas de mimbre. Juntan algas para ensaladas, jalea y champú, y nos alcanzan un par: textura gomosa, sabor a mar. Cuando hay marea alta buscan jaibas –un tipo de cangrejo de carne agradablemente suave–, cuidándose de las mordidas. “Hay harto”, dice Marcos Guerra, que sirve el clásico pastel sedoso con crema, cebolla y queso en el restaurante Boyeruca.

En Llico, nuestra última escala, las gaviotas anidan en una caleta donde suenan cumbias románticas mientras los pescadores desatoran sus redes. Es el final de la jornada con un pez sierra que se dora a la parrilla, regado con vino blanco.

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Patricio Gutiérrez Navarro y la pesca
del día. En este caso, un cargamento de
lenguados.
Sebastian Pani

Patricio Gutiérrez Navarro trae un cargamento de lenguados que levantó frente de la costa. Todavía a bordo de El Raúl I (homenaje a su hijo), promociona el pueblo: “Es muy precioso. Nos distingue la tranquilidad; tenemos playa, un lindo Pacífico, lagunas de agua dulce y santuarios de cisnes”, y dice que pescar acá “es un encanto y un privilegio”.

Al final del pueblo, tres pilotes oscuros muestran los vestigios de lo que pudo ser. En 1894 empezó la construcción de una estructura de madera y hierro forjado, 68 metros de en vigado que soportarían la carga y descarga de sal y cereales, además de conectar con un megaproyecto del presidente José Manuel Balmaceda: la primera base naval de la Armada en el lago vecino de Vichuquén, que permitía esconder los buques de guerra y salir hacia el océano por un estero. Pero las inestabilidades políticas y un suelo demasiado rocoso frustraron los planes y el muelle se fue rompiendo de a poco.

En la zona de Trilco, el camino se vuelve una mezcla intimidante de subidas y bajadas (conviene llegar con un vehículo de motor potente) que revelan un esplendor de valle, viento, bosque y mar que enmudece. La panorámica se abre al oleaje feroz y a un horizonte desafiante, con la punta de un faro –el primero privado de Chile– en un extremo de la playa.

Isla Cerrillos, en el centro del lago Vichuquén.Sebastian Pani

Para bajar las pulsaciones, lo mejor es desandar camino hacia el lago Vichuquén, con casas fastuosas y muelles privados. La playa de acceso público es Paula, una franja de arena estrecha con un objetivo bien marcado: nueve sombrillas de paja que regalan centímetros de sombra. Las boyas limitan el área de natación apenas a diez metros de la orilla; lo demás es kayak y paddle surf, que se alquilan en la costa.

Enfrente se levanta Aquelarre, pueblito entre pinos aromáticos y araucarias solitarias, con familias que pusieron su apellido a la entrada de cada casa. “Empresarios de mucha influencia que no quieren que se mejoren los caminos”, se descarga un vecino que pide anonimato.

La historia oficial del pueblo de Vichuquén (“Serpiente de mar”, en mapudungún) tiene 434 años. Aunque buena parte de sus casas de adobe y fachada colonial debieron reconstruirse después del terremoto de febrero de 2010 (525 muertos y 23 desaparecidos en todo el país), en este rincón no hubo que llorar a nadie.

De vuelta en el Hotel Puerto Viejo de Llico, la imagen hipnótica del muelle insiste en reclamar atención, con el rumor furioso del océano; suena tan fuerte que, de hecho, hay que subir la voz. Nada preocupante. El único dilema es disfrutar del show desde la cama mullida o el lobby luminoso.

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SOCIEDAD

Ruta del Olivo: un nuevo circuito entre sierras y arroyos para degustar aceites de calidad

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Si bien La Rioja, Catamarca, San Juan y Mendoza lideran la producción de aceitunas de mesa y aceites de oliva, Córdoba empieza a pelear su lugar con la creación de un Camino del Olivo que une a 13 productores en un corredor que va desde el noroeste de la provincia hasta Traslasierra.

Esta zona es una de las primeras en las que se fabricó aceite de oliva. La aceituna llegó con los españoles allá por el 1600 y Córdoba fue una de las provincias que más olivares tuvo”, cuenta Pablo Daniel Geier, hijo del fundador y actual dueño de Olium, una de las productoras que forma parte del circuito.

Muchos de los olivos que existían en aquel momento fueron talados porque dejaron de ser rentables. “Por eso Córdoba perdió hectáreas respecto a las provincias que hoy son líderes en esta producción. Es una excelente zona para hacer aceite de oliva por el clima. Desde acá sale una de las mejores aceitunas del país”, agrega.

La cosecha en Sierra Pura, una de las productoras de la localidad de Luyaba

El circuito tiene dos partes: una hacia el norte, donde hay productores en Cruz del Eje, Villa del Soto y Paso Viejo; y otra hacia el sur, con proyectos en Villa de las Rosas, Las Tapias, Luyaba y La Paz. En cada parada, los turistas pueden degustar aceitunas y aceites de oliva, recorrer las fábricas y plantaciones y participar de actividades como talleres de cocina.

Uno de los primeros

La receta para hacer el aceite de oliva de Olium, que está en Villa de las Rosas, vino directamente desde Italia: el fundador viajó varias veces a ese país para conocer cómo era la producción allá. “Se trata de un aceite más frutado, amargo, picante y con sabores más verdosos. En esa época, ese tipo de aceites no se usaban en la Argentina”, explica Geier.

La producción de este emprendimiento empezó en 1997 y el primer aceite salió a la venta en 2001, año en el que fue elegido como el mejor aceite argentino. Hoy ya tienen reconocimientos en Italia, España, Francia y Estados Unidos.

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Desde ese primer día la fábrica de Olium está abierta al público y ofrece visitas guiadas diarias en las que se explica cómo se hace el aceite de oliva. La fábrica está abierta todos los días del año y no requiere reservas. También incluyen degustaciones sin costo alguno.

Se pueden visitar establecimientos en plena producción

El primer olivar lo plantó el abuelo de la familia que emigró desde Siria y se instaló en Cruz del Eje, a 140 kilómetros de Córdoba Capital. “En 2004, armamos una empresa pensada para extraer únicamente aceite de oliva virgen extra de alta calidad”, explica Jeder M. Aleua, ingeniero y uno de los propietarios de Fincas Cruz del Eje.

En un primer momento, el proyecto producía aceite a granel y hoy ya tienen sus propios productos como el aceite de oliva virgen extra y el aceite de oliva virgen El Federal que, en 2021, fue ganador de un premio innovación por ser el único elaborado 100% con aceitunas negras.

“Somos un proyecto joven, de unos 20 años, e intentamos distinguirnos por nuestra calidad, nuestra innovación y la tecnología que incorporamos. Hemos logrado algunos premios internacionales y, desde el año pasado, sumamos la parte turística”, agrega Aleua y comenta que también están certificados por IRAM.

Fincas Cruz del Eje, desde hace 20 años produce aceite en el norte cordobés

Una visita guiada por este lugar dura aproximadamente unas dos horas donde se pueden conocer los procesos, aprender a catar aceite de oliva y sumergirse en la historia de este proyecto. Los que deseen visitar otros productores en la zona, pueden continuar por Verde Cosecha, Aceitunas Álvarez y Solivia S.R.L, todos ubicados también en Cruz del Eje.

A 26 kilómetros, en Villa del Soto, se puede conocer Finca Robledo Balzarini donde también producen vino y tienen espacio de alojamiento. El circuito puede continuar por Paso Viejo –a unos 22 kilómetros de Villa del Soto — donde está Verdicchio, un pequeño proyecto que completa el recorrido por la parte norte.

Diego llegó a Luyaba, un rincón de Traslasierra hace 18 años junto a su esposa, Josefina, luego de haber vivido un tiempo en España. “Entendimos la importancia de generar alimentos de calidad cuando llegaron nuestros hijos. Ahí nos pusimos a desarrollar los productos”, detalla Diego Niembro, hijo del periodista deportivo Fernando Niembro y dueño de Chacras de Luyaba.

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Este proyecto está enfocado en la producción de aceite de oliva extra virgen –reconocido como el mejor del país en la feria Caminos y Sabores 2024 — y biocosmética derivada del mismo que incluye productos como serum natural con hierbas silvestres y el hidrolato de hojas de olivo conocido por su propiedades antisépticas.

Somos conscientes de la necesidad que existe en la gente de encontrar experiencias que la conecten con lo natural y poder validar que los productos que consume son buenos para su bienestar”, agrega Niembro y cuenta que también reciben visitas donde los turistas pueden cosechar las olivas y presenciar el procesamiento en planta. También pueden recolectar plantas del monte, procesarlas en el destilador y llevarse cosmética hecha con sus propias manos.

Esta visita puede complementarse con un paseo por Sierra Pura, otro de los establecimientos que están en Luyaba. Se trata de un proyecto familiar que fusiona dos culturas: una arraigada en la Sierra de los Comechingones y otra de origen europeo.

Es un predio de 42 hectáreas donde crecen siete variedades distintas de olivos y desde donde surgen sus aceites de oliva: cinco de varietales, tres blends y una línea exclusiva de 14 aceites saborizados con hierbas y frutos autóctonos como el ají bravo, el romero serrano, la albahaca, la mandarina o la peperina.

“Aquí los visitantes pueden disfrutar de un día entre olivos, aprender cómo es la producción y descubrir los diferentes varietales de aceitunas”, explica Verónica Ortega, creadora de Sierra Pura y cuenta que también ofrecen hospedaje en un lodge exclusivo en medio de la plantación. Las visitas se hacen todos los días, de 9.30 a 13.30 y de 15 a 19, son gratuitas y no requieren de reserva previa.

En Luyaba, el circuito se completa con Olivate y Abra de los Olivos; Le Sommelier, a unos 30 kilómetros de distancia, en Las Tapias y Olivida en La Paz, a unos 9 kilómetros desde Luyaba.

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Olium es un aceite de oliva extra virgen, producido en forma artesanal en el Valle de Traslasierra, en la provincia de Córdoba

Augosto Famulari

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◗ En el norte provincial

◗ En Traslasierra

La historia de las aceitunas en la región se remonta al 1600Augosto Famulari

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