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SOCIEDAD

Semana financiera: el mercado se rebeló frente a la licuación del Gobierno y aceleró la demanda de dólares

El dólar libre subió 100 pesos o un 8,9%, a $1.220. Los dólares bursátiles alcanzaron máximos por encima de los $1.300. El BCRA compró casi USD 800 millones en el mercado. El S&P Merval escaló 12,2% en pesos, aunque quedó neutro medido en dólares

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Los dólares alternativos anotaron nuevos máximos en la última semana
Los dólares alternativos anotaron nuevos máximos en la última semana (Juan Ignacio RONCORONI/)

El recorrido de las variables financieras en la última semana dejó datos incontrastables: un importante repunte en las cotizaciones libres del dólar, que amplió la brecha a su rango más alto desde la devaluación del 13 de diciembre, y una reacomodamiento en acciones y bonos, cuya cotización en dólares bajó entre lunes y jueves, para recién estabilizarse el viernes último.

Ante tasas de interés negativas en términos reales, un dólar mayorista prácticamente “congelado” por la voluntad oficial y una inflación que está lastrando a la actividad económica más allá de lo previsto, la toma de coberturas en dólares fue la estrategia elegida por los agentes del mercado, que se rebelaron a la simple y llana “licuación” del valor de las tenencias en pesos.

El dólar libre subió por cuatro días consecutivos y recién el viernes descontó 20 pesos, para finalizar la semana ofrecido a $1.220 para la venta. De esta forma ganó 100 pesos o un 8,9% respecto del viernes 12. Asimismo, mantiene en el mes de enero una ganancia de 195 pesos o un 19%,una tasa que apunta a superar a la inflación del período.

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Con un dólar mayorista que se encareció 3,70 pesos en la semana (+0,5%), a $819,70, la brecha cambiaria se situó en el 49,4 por ciento.

La tendencia alcista para los dólares alternativos también fue evidente en las cotizaciones bursátiles. prueba de ello fue el récord intradiario de $1.310 alcanzado el viernes por el “contado con liquidación” en el promedio de acciones.

“Continúa la tensión en los dólares financieros llevando a la brecha a un nuevo máximo post devaluación de 56%. Dentro de los factores que consideramos explican este recalentamiento en el mercado cambiario destacamos el sostenimiento de una tasa real negativa frente a la existencia de una masa mayúscula de pesos excedentes en búsqueda de rendimientos describió un informe del Grupo IEB (Invertir en Bolsa).

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“Si lo analizamos en términos reales y en términos históricos, el contado con liquidación continúa sustancialmente por debajo de los máximos alcanzados en agosto de 2020 y previo a las elecciones generales. De todas formas, al analizar el balance del BCRA el benchmark del ‘contado con liqui’ arroja un valor en torno a $1.800, lo cual implica un desvío considerable del 45% frente al ‘contado con liqui’ de mercado y lleva a pensar que las subas observadas recientemente en los dólares financieros tendrían justificativos para continuar en los fundamentals”, apuntó el informe del Grupo IEB.

“Era razonable que la brecha se ajuste, porque al fin y al cabo pensar en brechas por debajo del 20% cuando tenemos cepo cambiario no era una situación sustentable. Creo que el mercado está en una zona de contención de la suba de brecha. Llegó a testear niveles de 55% al 60% aproximadamente. Esta zona es lo que llamamos de resistencia, que solamente fue superada post pandemia, con toda la desconfianza que generó de entonces y eso fue lo que acentuó hacia adelante con el pasado de los meses, convirtiéndose una zona de 80% en la zona de piso de la brecha”, indicó el analista financiero Ruben Ullúa.

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Por su intervención en el mercado mayorista, el Banco Central acumuló compras en el mercado por USD 794 millones a lo largo de la semana. Con 28 días operativos con compras en la plaza mayorista la entidad monetaria ya anotó un saldo comprador total de USD 5.125 millones desde el lunes 11 de diciembre, inclusive.

En tato, las reservas brutas alcanzaron los USD 24.421 millones, el stock más alto desde el 30 de octubre de 2023. En la semana este activo aumentó en 445 millones de dólares.

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En la Bolsa de Buenos Aires el panel líder S&P Merval finalizó la semana en máximo nominal de 1.174.875 puntos, con una mejora en pesos de 12,2 por ciento. No obstante, cuando se lo mide en dólares “contado con liqui”, el resultado fue prácticamente neutro, con un Merval en los 901 puntos.

Y en cuanto a la deuda soberana, los bonos Globales -en dólares con ley extranjera- negociados en Wall Street hilvanaron cinco ruedas bajistas, para completar un balance semanal con una caída promedio del 3 por ciento. En tanto, el riesgo país de JP Morgan subió unos 72 puntos básicos para Argentina, en las 1.972 unidades.

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“Toda la caída del inicio del año ha sido con una contracción en el volumen. Esto demuestra que los compradores no han aparecido, pero tampoco hay vendedores que estén desarmando cartera. La fuerza vendedora está bastante contenida, por eso también el volumen es reducido, y básicamente lo que falta es una fuerza compradora que pueda consolidar una tendencia. Seguramente esa fuerza compradora va a llegar cuando aparezcan posiblemente algunos fundamentos que retroalimenten el ingreso de flujos”, afirmó Rubén Ullúa.

“El mercado está con expectativa positiva, pero no está dispuesto a desarmar sus posiciones que trae ya desde antes, pero también es cierto que exige algunos estímulos para poder volver a inyectar flujo y que podamos tener un comportamiento expansivo como lo hemos tenido tras el balotaje, un comportamiento donde tengamos suba de precios acompañada por volumen. Creemos que eso va a ocurrir, por eso seguimos a la espera de que el mercado pueda soportar la baja en esta zona de los 900 dólares (del Merval den “contado con liqui”). El sector más rezagado del mercado argentino sigue siendo el sector bancaria”, agregó Ullúa.

SOCIEDAD

Mundos íntimos. Viví obsesionado, temía enfermarme. A los 32 me descubrieron un tumor: estoy bien, pero sigo angustiado.

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Mientras escribo, una mano me aprieta la garganta. Una mano negra, con dedos largos y nudosos como ramas de un árbol viejo, muerto. Apenas me deja respirar, y sé que, si no hago algo, si no me zafo de ella, llegará el momento en que ya no dejará pasar ni un hilo de aire. Entonces moriré, como murió mi papá y mi abuelo. Tal vez a los 58 años, cumpliendo con una triste costumbre familiar, tal vez antes. Espero que sea después, mucho después.

Nunca hablé de lo que voy a hablar ahora. No, al menos, con la claridad con la que pretendo hacerlo. Siempre sentí eso de que “si no lo digo no va a ocurrir”. Por eso, como hipocondríaco, evito hablar de enfermedades. Una estupidez. Las desgracias ocurren incluso cuando nos negamos a pronunciarlas.

Me animo a pensar ahora que las cosas pueden funcionar de otra manera. Puede que las palabras conjuren ese destino, lo tuerzan y lleguen a liberarme. Sea como fuere, no pierdo nada con intentarlo. La mano, de cualquier forma, sigue apretando.

Reflejo. La mirada al horizonte de Lucas Berruezo muestra su preocupación.Reflejo. La mirada al horizonte de Lucas Berruezo muestra su preocupación.

El momento más adecuado para comenzar este relato es el 23 de julio de 2013, día en que murió mi viejo, víctima de un cáncer generalizado. Él era una persona que, con sus 58 años, mantenía una vida sana y activa. Había dejado de fumar, iba a su trabajo en bicicleta, se cuidaba en las comidas, no bebía ni una gota de alcohol y entrenaba en el gimnasio al menos cuatro veces por semana. Por esto, procesar su enfermedad, tan vertiginosa que se lo llevó en apenas tres meses, fue difícil para todos.

Ese día de julio, por la mañana, mi mamá me llamó para decirme que papá no estaba bien. La notaba alterada, pero no imaginaba la verdadera razón.

Papá murió —afirmó entre lágrimas, al salirme al encuentro en la vereda, ni bien me bajé del remís.

En el hospital. Lucas Berrruezo luego de la operación para tratar el cáncer.En el hospital. Lucas Berrruezo luego de la operación para tratar el cáncer.

Nos abrazamos. Luego, y sin poder creer todavía lo que acababa de escuchar, entré. Subí las escaleras, fui a la habitación y lo vi ahí, sobre la cama, irreconocible de tan flaco, con los ojos abiertos. Lloré y le dije, como si lo estuviera retando: «Así no, pa. Así no». Me acerqué, me incliné sobre él, le cerré los ojos con mi mano derecha y le di un beso en la frente.

Fue en ese momento cuando la mano se aferró a mi cuello, para no volver a soltarme.

Algún día hablaré de cómo mi viejo dijo durante toda su vida que iba a morir a los 58 años, igual que su padre, mi abuelo. También diré cómo llegó a esa edad con una salud y un estado físico envidiables; cómo, cuando ya quedaba poco para su cumpleaños, se enfermó, muriendo una semana exacta antes de cumplir los 59. Nunca logró liberarse de esa herencia que él mismo se había impuesto. Algún día hablaré de todo eso, pero hoy no. Hoy toca hablar de mí.

Mi hipocondría, que hasta ese momento se había mantenido en niveles manejables, se disparó. Empecé a pasar noches en vela asociando cada sensación de mi cuerpo con un tipo de cáncer diferente. Iba al médico, me hacía estudios (entre ellos, una videocolonoscopía) y volvía a casa con palabras tranquilizadoras.

No tenía nada. Me tenía que relajar. También empecé, a pedido de mi esposa, terapia. Mi miedo a tener cáncer ya afectaba mi vida cotidiana, y debía hacer algo al respecto. Era padre de dos hijos hermosos, una nena de cinco años y un nene de dos, no hacía mucho que me había recibido de Licenciado en Letras y acababa de firmar un contrato para publicar mi primera novela. Las cosas estaban saliendo bien, no podía arruinarlo todo por miedos irracionales.

La vida siguió, con ataques de ansiedad más o menos regulares, pero siguió.

A finales del 2014, un año y medio después de la muerte de mi viejo, saqué turno con el clínico porque me dolían las tetillas. No constantemente, pero sí de manera frecuente. Incluso, a veces, cuando me apretaba sin querer, la punzada llegaba a sobresaltarme. Mi autodiagnóstico fue, por supuesto, inmediato: cáncer de mama. Sabía que, aunque en menor proporción en comparación con las mujeres, podía afectarles a los hombres. Fui entonces a la consulta y mi médico, después de revisarme, me mandó a hacer una ecografía en ambas mamas. Antes de terminar, recapacitó y agregó una ecografía testicular. Según él, a veces, cuando dolía ahí arriba era porque había algo ahí abajo.

Como nos acercábamos a fin de año, estaba tapado de trabajo. Soy profesor de Literatura, y lo meses de noviembre y diciembre suelen dejar poco margen para cualquier otra cosa que no sea corregir y cerrar notas. A punto estuve de no ir a hacerme los estudios. Las tetillas ya casi no me dolían y me había acostumbrado a que hacerme chequeos era una pérdida de tiempo. Siempre salía todo bien. No obstante, terminé yendo. El doctor que me atendió era el mismo que le había hecho los controles a mi esposa en sus dos embarazos. Algo que, de alguna manera, me dio tranquilidad. Al menos por un momento.

Las ecografías de las mamas dieron bien. Cuando el doctor empezó a examinarme los testículos, lo hizo casi con desinterés, como si supiera que no iba a encontrar nada. Y, en efecto, no lo hizo, al menos en el primer testículo, el derecho. Sin embargo, al llegar al izquierdo, vio lo que él llamó una lesión. Me preguntó si me había golpeado y si me dolía. Le respondí, con respecto a la primera pregunta, que no lo recordaba y, con respecto a la segunda, que no, no me dolía. Después de eso, no dijo nada más hasta terminar la revisación. Antes de salir, no me pude aguantar y le pregunté con la voz ahogada (la mano estaba apretando con todas sus fuerzas) si podía ser un tumor, a lo que me respondió que sí, que podía serlo, pero que de cualquier manera tenía que verlo el médico clínico. No juzgo su cautela, envuelta en empatía hacia un chico de 32 años desesperado, pero no tengo dudas de que sabía perfectamente de qué se trataba.

La visita con el clínico vino poco después y él no dejó lugar a ninguna duda. Sí, se trataba de un tumor, pero no tenía que desesperarme. Lo tumores testiculares se encontraban entre los tipos de cáncer con más posibilidades de supervivencia.

De hecho, él mismo había tenido cáncer testicular hacía poco tiempo, por lo que sabía de lo que hablaba. De seguro, esa reciente experiencia influyó en su diagnóstico, que lo llevó a ser una especie de Dr. House real, que, de una molestia en una tetilla, llegó a la conclusión de un tumor en un testículo. Varios doctores, a lo largo de mis chequeos, expresaron su sorpresa y su admiración por esa perspicacia.

Del clínico pasé al urólogo y, a partir de ahí, todo se aceleró. En apenas unos días, pasé por estudios y más estudios, consultas en la obra social, fechas para la cirugía y, por último, la operación. No hay mucho para decir sobre eso. El postoperatorio fue breve, y en dos días ya estaba en casa. Al cabo de una semana, mi vida era prácticamente la misma de antes. No tuve que hacer tratamiento, ya que la biopsia reveló un tumor de células de Leydig, algo extremadamente raro, que en la mayoría de los casos tenía un comportamiento benigno. Sólo tuve que concurrir asiduamente al oncólogo y hacerme chequeos cada tres meses durante los primeros años; cada seis meses después; y, ahora, con casi diez años cumplidos, uno por año. Y acostumbrarme a vivir con un testículo menos, algo que, a fuerza de ser honesto, no es para nada difícil.

Me gustaría decir que ya está, que todo terminó, que la mano desapareció de mi cuello y de mi vida, pero no sería verdad. Es cierto que nunca tuve ningún problema, que todos los chequeos me dieron bien, que desde el primer momento varios doctores me dijeron que no me preocupara. Sí, todo eso es cierto.

Pero también es cierto que, en mi caso, la pelea siempre fue más mental que física. Tener cáncer a los 32 años, con dos hijos chiquitos, un año después de que mi viejo falleciera de lo mismo, incluso cuando el cáncer era lo que me mantenía despierto por las noches y la razón por la que todavía seguía yendo a terapia, era mucho para mí. Supongo que sería mucho para cualquiera. A veces, cuando me animo a bromear, digo que uno no sabe en verdad lo que es el miedo hasta que ve a un oncólogo observar con meticulosidad su tomografía.

Así y todo, seguí adelante, con determinación, tratando de respirar cuando la presión en mi cuello amenazaba con ahogarme. Una parte de mí (esa parte que busca el porqué de las cosas) pensaba que, después de todo ese infierno, las cosas serían más fáciles. Mi carrera como escritor despegaría, mis relaciones de pareja se destrabarían, mi vida espiritual se elevaría hasta un nuevo nivel… En definitiva, llegué a pensar que el paraíso estaba ahí, cerca, a pocos pasos de distancia. Tonto de mí.

El infierno, cuando es propio, es más profundo de lo que podemos llegar a creer y desear, con más círculos que los nueve detallados en el poema dantesco. Salió mi primer libro, y tuve que luchar para poder sacar el segundo, el tercero y el cuarto. No hay dudas de que la frustración es la gran compañera del escritor. Sigo trabajando como profesor a tiempo completo, algo que en teoría sólo iba a ser provisorio. Todavía no llego a fin de mes con relativa tranquilidad. De hecho, cada vez me cuesta más hacerlo. No, no hay un “después del infierno” cuando el infierno está en nuestro interior. No hay a dónde ir cuando el camino es hacia adentro.

Espero que escribir esto me libere de esos dedos duros y ásperos, adheridos a mi garganta. Mi viejo murió por esos dedos, estoy seguro. Puede que mi abuelo también. Ambos se enfrentaron al miedo a la muerte con una fijación propia del maníaco. Mi abuelo se dejó morir mucho antes de que la muerte se lo llevara; mi viejo se puso fecha de vencimiento, y ningún esfuerzo lo libró de esa profecía autoinfligida. No tengo dudas de que mi cáncer fue, también, la consecuencia de una obsesión. La opresión en mi garganta me lo confirma.

Mi intención es evadir ese destino que, conmigo, se convertiría en una macabra tradición familiar. No voy a dejar que me siga haciendo daño. Tampoco voy a dejar que esto pase a mis hijos. Tal vez, si aguanto, si me libro, llegue el momento en que pueda vivir mis días sin pensar, a cada momento, en la posibilidad de una fatalidad.

Quiero creer que el miedo a la muerte no dura toda la vida.

No obstante, mientras escribo, la mano me aprieta la garganta, esa mano de dedos largos y nudosos como ramas de un árbol viejo, ya muerto.

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Lucas Berruezo nació en Buenos Aires, en 1982. Es Licenciado en Letras por la UBA, docente y escritor. Sus cuentos y artículos circulan en varias antologías y revistas, tanto nacionales como internacionales. En 2015, Muerde Muertos publicó su primera novela, “Los hombres malos usan sombrero”. Su segundo libro, “Frente al abismo”, salió en 2017, de la mano de Ediciones Erradícame, de España. Del 2020 es “Enfermos de oscuridad”, su tercer libro, editado por Azul Francia. Su última novela, “Colimba”, fue publicada en 2023 por Trapezoide Ediciones. Vive en Castelar, con su esposa y sus dos hijos.

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