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CHIMENTOS

Walter Quiroz, el actor que se alejó siete años para reencontrarse y hoy revela un abuso que finalmente pudo sanar

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Walter Quiroz está a punto de estrenar La ratonera, el clásico de Agatha Christie (Gustavo Gavotti)

Hay regresos que se anuncian con luces, carteles y una fecha de estreno. Y hay otros que empiezan mucho antes, en silencio, cuando nadie los está mirando. El de Walter Quiroz pertenece a esa segunda categoría. Después de haber sido durante años uno de los rostros reconocibles de la televisión y el teatro, el actor decidió correrse de la escena, alejarse de los medios y dejar de trabajar. No hubo un comunicado ni una explicación pública demasiado elaborada. Simplemente se fue. Durante siete años, mientras afuera podían preguntarse dónde estaba o por qué había elegido desaparecer del circuito artístico, él atravesó un proceso íntimo que hoy puede mirar con otra perspectiva: la muerte de sus padres, el duelo, la búsqueda espiritual, el encuentro con maestros budistas, el descubrimiento de heridas que habían permanecido ocultas durante décadas y, finalmente, una vuelta hacia sí mismo.

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Ahora está otra vez en Buenos Aires. Ensaya La ratonera, el clásico de Agatha Christie que está próximo a estrenarse el 3 de septiembre, y habla de este regreso con una emoción difícil de disimular. No parece estar simplemente preparando una obra. Hay algo más profundo en lo que sucede alrededor de él. Cada ensayo, cada compañero que vuelve a aparecer, cada llamado y cada encuentro casual parecen formar parte de una misma trama. Como si la vida, después de haberlo obligado a detenerse, estuviera devolviéndole lentamente aquello que había sembrado durante tantos años.

“Estoy contento”, dice cuando le preguntan cómo está viviendo este momento. Podría ser una respuesta sencilla, casi automática, pero en su caso tiene otra dimensión. Porque inmediatamente empieza a hablar de sus compañeros, del equipo, de Manuel González Gil, su paciencia como director y de una sensación que lo acompaña desde que regresó: la de estar reencontrándose con una familia que nunca dejó de ser suya.

Cuenta que hace pocos días salió del estudio y comenzó a caminar. En algún momento escuchó una voz que lo llamaba: “¡Walter, Walter!”. Se acercó y descubrió que era Miguel Ángel Solá. El encuentro lo dejó sin palabras. “Le digo: ‘No, me voy a poner a llorar’”, recuerda. Y no se trataba solamente de la emoción de cruzarse con un colega querido. Para Quiroz había algo más. Algo que todavía no puede explicar del todo, pero que siente con una intensidad enorme: la certeza de que, después de muchos años, algunas cosas de su vida estaban empezando a ponerse nuevamente en valor.

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Poco después ocurrió algo parecido con Betiana Blum. Quiroz había trabajado con ella cuando era muy joven y, después del primer ensayo, la actriz le dijo: “Nos volveremos a encontrar”. La frase volvió a tocarlo en un lugar profundo. Dos personas de su historia artística reaparecían casi al mismo tiempo, como si el pasado hubiera decidido presentarse delante suyo sin previo aviso.

Walter Quiroz - La ratonera
Después de siete años alejado de los escenarios, atraviesa uno de los momentos más profundos de su vida (Gustavo Gavotti)

“Lo que me está pasando es eso, que siento que me acaba de pasar algo”, explica. Y entonces aparece una palabra que va a repetirse durante toda la conversación: reencuentro.

“Siento que es como el reencuentro con la familia, ¿no? Con esta familia artística”, dice. Para él, volver al teatro no significa únicamente volver a interpretar un personaje. Significa volver a encontrarse con sus pares, con personas que fueron importantes en su recorrido, con aquellos que alguna vez le enseñaron algo y con quienes hoy pueden seguir enseñándole. Es una idea que se vuelve cada vez más poderosa a medida que habla: el escenario como un lugar de comunión, de encuentro y de humanidad.

Por eso, aunque La ratonera sea una obra construida sobre el suspenso, los secretos y el misterio, lo que verdaderamente le interesa está en otra parte: “Estamos ensayando una Agatha Christie, que es un clásico del suspenso, pero una de las cosas que pienso todo el tiempo y que hoy hablaba con Manuel es lo humano”, explica.

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Y vuelve sobre esa idea como quien encontró allí una respuesta: “Si hacemos pie en lo humano, entonces está contado”.

Tal vez esa frase sea también una manera de explicar su propia historia. Porque Walter regresó a la actuación después de haber pasado años intentando comprender justamente aquello que había debajo de la superficie. Lo que no se veía. Lo que no se decía. Lo que había quedado guardado.

Walter Quiroz - La ratonera
Entre el duelo, la espiritualidad y el reencuentro con sus compañeros, el actor habla por primera vez de las heridas que logró sanar (Gustavo Gavotti)

Fueron siete años sin trabajar. Siete años en los que, según cuenta, sus padres murieron y él tuvo la posibilidad de acompañarlos durante un período especialmente doloroso. “Fueron unos años duros porque viví la muerte de mis padres”, rememorò.

Pero incluso al hablar de uno de los momentos más difíciles de su vida consigue encontrar una mirada diferente. No niega el dolor. No intenta maquillarlo. Tampoco lo convierte en una historia de superación fácil. Lo que hace es reconocer que aquel tiempo también le permitió estar cerca de sus padres, acompañar sus últimos momentos y disponer de un espacio que, de otro modo, quizás no habría tenido.

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“Fue una gran oportunidad haber vivido, tener el espacio, el tiempo para dedicar a la agonía de estos seres”, dice.

La frase tiene una crudeza particular. Habla de la muerte sin eufemismos, pero también habla del privilegio doloroso de poder estar allí. Mientras su carrera quedaba en pausa, su vida estaba atravesando una de esas etapas que cambian para siempre la manera de mirar el mundo.

Fue entonces cuando comenzó a acercarse a la espiritualidad. Y la historia tiene un punto de partida inesperado: “Descubrí a mi maestro por YouTube”, cuenta. Una noche encontró un video y sintió que aquel hombre que hablaba desde una pantalla parecía estar hablándole directamente a él. No fue una curiosidad pasajera. Volvió a escucharlo. Y después otra vez. Y otra. “Todas las noches”, recordó.

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Comenzó a seguir sus enseñanzas, escribió y fue entrando poco a poco en un universo que hasta entonces parecía lejano. Incluso comenzó a prepararse con la ayuda de una persona que estaba en Nepal. El proceso fue creciendo hasta llevarlo a conocer al Lama Rinchen, a quien describe como un maestro severo, pero también profundamente amoroso.

Walter Quiroz - La ratonera
Walter Quiroz regresa al teatro con una mirada completamente diferente sobre la vida (Gustavo Gavotti)

“Un maestro muy severo, con la autoridad necesaria como para decirme cosas que tal vez otra persona no me había dicho nunca”, explicò. Pero esa severidad, aclara, convivía con otra cualidad indispensable: “El amor suficiente como para guiarme en una dirección para poder enfrentarme a lo que tenía, a cosas que tenía que enfrentarme”.

El resultado, dice, fue contundente: “Me cambió la realidad, porque me hizo volver a mí”. Volver a sí mismo. Esa parece ser la verdadera definición de aquellos siete años.

No fue una huida del mundo. Fue, según lo cuenta ahora, una búsqueda de un lugar interior desde el cual pudiera volver a habitarlo.

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Y entonces, cuando todavía estaba en ese proceso, apareció un llamado que volvería a modificar el rumbo de su vida.

Ingrid Pelicori se comunicó con él para hacer El zoo de cristal, de Tennessee Williams. La propuesta tenía una dificultad enorme: había que preparar el personaje en apenas diez días: “Mirá, tengo una locura para ofrecerte que es hacer El zoo de cristal, pero lo tenés que hacer en diez días”, recuerda.

Walter Quiroz - La ratonera
El regreso tiene mucho más que una obra de teatro detrás: tiene pérdidas, búsqueda, espiritualidad, encuentros inesperados y una profunda reconciliación consigo mismo (Gustavo Gavotti)

La primera reacción fue pensar que era imposible. Pero había algo que hacía que esa propuesta fuera diferente. Era una obra que ya conocía y un personaje que deseaba hacer. Y, además, quien se lo estaba ofreciendo era Ingrid: “Si no fuera imposible, te tendría que decir que no”.

Pero antes de ese llamado había sucedido algo todavía más significativo.

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Su maestro le había dicho que tenía que regresar: “Usted tiene que volver. Y tiene que decir sí. Y va a pasar esto, esto y esto”, recuerda que le dijo. Quiroz volvió. Y dijo que sí.

A partir de entonces, todo comenzò a suceder de una manera que todavía le resulta difícil de explicar: “Se abrieron las puertas de todo esto tan magnífico”, cuenta.

Él mismo lo llama “la serendipia de la vida”. Una sucesión de casualidades, encuentros y reencuentros que parecen conectarse entre sí como si alguien hubiera trazado el recorrido mucho antes.

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Miguel Ángel Solá aparece en el presente. Betiana Blum vuelve a cruzarse en su camino. Pino Solanas reaparece en sus recuerdos. Agustín Alezzo vuelve a ocupar un lugar fundamental. También aparecen productores, directores y compañeros con quienes trabajó durante distintas etapas de su carrera.

Walter Quiroz - La ratonera
Mientras ensaya La ratonera, Walter Quiroz mira hacia atrás y encuentra las “migas de pan” que fueron marcando su camino (Gustavo Gavotti)

Todo parece conducir a todo. “Las migas de pan”, dice Quiroz. Como si cada experiencia hubiera dejado una pequeña señal y recién ahora pudiera mirar hacia atrás y descubrir el dibujo completo: “Todo lo sembrado está ahí”, afirma.

Uno de los encuentros que más lo conmocionó fue, justamente, el que tuvo con Miguel Ángel Solá. Mientras lo abrazaba, Quiroz sintió que entendía algo que había comenzado a aprender muchos años antes. La relación con los maestros, con los compañeros y con el otro no es lineal. No siempre hay alguien que ocupa el lugar de quien enseña y otro que ocupa el lugar de quien aprende.

A veces el maestro está enfrente. “Entendí, mientras lo abrazaba a Miguel, que la clase empezó hace mucho tiempo”, cuenta. Y esa clase, para él, no se termina nunca.

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Recuerda incluso una escena de su adolescencia. Tenía apenas 16 o 17 años cuando había tenido un conflicto con Pino Solanas. Miguel Ángel Solá le había puesto un límite muy claro: “Si vos te peleás acá con este, yo dejo de ser tu amigo”. Con los años, aquella frase adquirió otra dimensión.

Quiroz entiende ahora que una parte de crecer consiste precisamente en aprender a escuchar. En respetarse. En acomodar la autoestima. En permitir que el ego deje de ocupar todo el espacio.

“Cuando vos te respetás y tenés la autoestima bien colocada, tu ego se baja, se calma, entonces podés entender que el maestro es el que tenés enfrente”, reflexiona.

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Walter Quiroz - La ratonera
Una historia de dolor y transformación en la que aprendió que pedir ayuda, escuchar, sanar y volver a conectarse con los demás también puede ser una forma de volver a vivir (Gustavo Gavotti)

Y enseguida profundiza todavía más: “El maestro es el otro”. El otro como espejo. El otro como guía. El otro como oportunidad. El otro como alguien que puede decirnos aquello que necesitamos escuchar. Es una idea que conecta directamente con su presente artístico.

Ahora puede dejarse guiar por un director. Puede permitir que otro compañero genere algo. Puede soltar el control. Y eso, para alguien que durante buena parte de su vida estuvo acostumbrado a sostener una carrera y una exposición pública, parece ser también una forma de libertad.

Pero hubo otra revelación en ese camino espiritual que modificó profundamente la manera en que Quiroz entiende su propia historia.

Durante el proceso que inició junto a sus compañeros en el budismo, fueron sometidos a distintas evaluaciones y a un trabajo terapéutico relacionado con traumas profundos. Entre esas herramientas apareció el EMDR, un método asociado al procesamiento de experiencias traumáticas.

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Y allí apareció una herida que había permanecido durante años. Walter decidió contarla públicamente por primera vez: “Solo tengo felicidades, quiero que sepas”, dice antes de hacer una pausa. Y entonces pronuncia una frase que cambia el tono de toda la conversación, con la voz entrecortada y los ojos llenos de recuerdos: “Sufrí un abuso cuando era chico”.

Walter Quiroz - La ratonera
Sus maestros, sus compañeros, sus padres y aquellas experiencias que hoy siente que finalmente empiezan a tener sentido (Gustavo Gavotti)

No lo dice como una revelación destinada a generar impacto. Lo dice desde un lugar de enorme vulnerabilidad. Como quien finalmente puede nombrar algo que durante demasiado tiempo había permanecido sin palabras: “Uno que ni siquiera sabía que existía”, agrega.

No significa que aquel episodio no hubiera dejado marcas. Las había dejado. Algunas se manifestaban de maneras que él mismo no lograba comprender: “Mucho autocastigo, autoflagelo, que no sabés de dónde ni por qué”, explica.

Ahora puede mirar esas conductas desde otro lugar. Entender que había una herida detrás. Que no todo era inexplicable. Que algunas respuestas del cuerpo y de la mente tenían una historia. Y que aquella historia podía ser trabajada.

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Por eso insiste en que vale la pena hablar. Porque quizás del otro lado haya alguien que esté atravesando algo parecido: “Es la primera vez que hablo de esto públicamente y pienso que vale la pena”, reconoce.

No porque el dolor necesite convertirse en espectáculo, sino porque ponerlo en palabras puede abrir una puerta.

Después de atravesar ese proceso, Quiroz podría haber elegido hablar exclusivamente de sí mismo. De lo que sufrió. De lo que perdió. De aquello que descubrió. Sin embargo, cada vez que llega al final de una idea vuelve a mirar hacia afuera.

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Hacia los demás. “La oferta es lo humano”, repite. Y entonces transforma su propia experiencia en un mensaje: “Que no dejes de soñar, que vayas a la búsqueda del otro, que escuches a tu gente, que busques un maestro, que levantes la mano, que quieras aprender, que investigues, que te muevas, que conectes”.

Walter Quiroz en 2018, previo al viaje que le cambiaría la vida
Walter Quiroz en 2018, previo al viaje que le cambiaría la vida

No importa dónde esté cada uno. No importa si se trata de un escenario, una oficina, una casa, una escuela o cualquier otro lugar. Para Quiroz, el camino comienza cuando uno deja de cerrarse: “El gol es ahí”, sentencia.

Hay algo profundamente coherente entre ese mensaje y la historia de su propia vida. Porque cuando era chico también levantó la mano. Vio películas en blanco y negro junto a su abuela correntina, Tita Varela. Después de hacer los deberes, compartían una hora de Cine Nacional. Él miraba aquellas historias y algo comenzó a crecer.

Hasta que un día volvió a su casa y dijo lo que sentía: “Mamá, yo quiero hacer eso”. Su madre le respondió que nadie iba a venir a buscarlo. Entonces Walter miró hacia la calle, vio pasar el colectivo 60 y tomó una decisión. Se subió. Se fue al viejo ATC. Y volvió con trabajo: “Y no paré de trabajar nunca”.

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Décadas después, aquella imagen del chico que se subió solo a un colectivo para perseguir un sueño adquiere una fuerza diferente. Porque, en cierto modo, Quiroz volvió a hacer exactamente lo mismo muchos años después. Volvió a subirse a su propio camino. Solo que esta vez no iba hacia un estudio. Iba hacia sí mismo.

Siente que algo se cerró definitivamente. Sus padres ya no están. Algunas etapas quedaron atrás. El hombre que alguna vez fue también cambió. Incluso se sorprendió al descubrir su propia edad. “Ahora recién me di cuenta de que tengo 53, pensé que tenía 55”, cuenta entre risas.

Y detrás de esa anécdota aparece una confesión más profunda: siente que recién ahora ingresó plenamente en su vida adulta: “Es lo loco, porque soy un viejo ya, pero siento eso, que definitivamente entré de lleno a mi vida adulta”, dice.

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Nacha Guevara en Museo Moderno
Álvaro Rufiner, Verónica Lozano y el actor Walter Quiroz en 2018

La frase parece contradictoria, pero en realidad describe exactamente el momento que atraviesa. Después de haber vivido décadas de carrera, éxitos, exposición, pérdidas y decisiones, siente que algo nuevo comienza.

“Esta otra parte nueva es tan mágica como el principio”, asegura. Y también cambió su vínculo con la gente. Antes existían fobias, incomodidades, distancias. Ahora, cuando alguien se acerca por la calle, cuando alguien le pide una foto o simplemente lo reconoce, lo vive de una manera diferente: “Si yo estoy trabajando, yo trabajo para vos”, piensa.

La frase tiene una sencillez enorme. Pero para él representa una transformación. “Estoy disfrutando mucho de eso, del sentido”, dice.

Y entonces llega a una de las definiciones más bellas de toda la conversación: “No hay nada que actuar”. Lo repite. “No hay nada que actuar”. Y vuelve a repetirlo. Para Walter Quiroz, esa es la felicidad.

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Quizás por eso este regreso no se parece al intento de recuperar una carrera perdida. No está intentando volver a ser el actor que era antes de alejarse. Tampoco parece interesado en demostrar que todavía puede ocupar el mismo lugar.

Está en otro sitio. Más grande. Más consciente. Más vulnerable. Más dispuesto a escuchar: “Hay mucho más todavía para hacer, mucho más para ofrecer”, afirma.

Y en esa frase está probablemente la verdadera razón de su regreso. No volvió porque necesitara demostrar algo. Volvió porque tiene algo para ofrecer.

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Mientras ensaya La ratonera, mientras vuelve a encontrarse con compañeros que fueron parte de su historia, mientras recibe llamados y propuestas, siente que todas aquellas pequeñas señales finalmente comienzan a tener sentido.

La obra es el escenario visible, pero debajo hay otra historia. La de un hombre que atravesó el duelo por sus padres, que se alejó del mundo para encontrarse consigo mismo, que buscó respuestas en la espiritualidad, que encontró maestros, que pudo ponerle nombre a un dolor de la infancia y que finalmente decidió hablar.

La de alguien que entendió que sanar no significa borrar el pasado, sino dejar de permitir que el pasado gobierne el presente. La de un actor que después de siete años vuelve a las tablas y descubre que no necesita interpretar una versión de sí mismo. Porque ya no siente que tenga que actuar.

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Al final de la conversación, cuando parece que ya no queda nada más para decir, vuelve a la oscuridad. Reconoce que la vida es compleja, que hay momentos difíciles, que el dolor existe y que él mismo atravesó etapas en las que no encontraba respuestas.

Pero también insiste en que es posible salir. No promete soluciones mágicas. No habla desde un lugar de superioridad. Habla desde la experiencia: “El maltrato hacia uno mismo es adicción, lo no dicho es adicción”, sostiene.

Y después vuelve a decir aquello que parece haberse convertido en su mantra: “Salir de ahí puede ser una posibilidad”. Pausa. “Vale la pena”. Otra vez. “Vale la pena”. Y entonces se ríe.

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Después de todo, quizás esa sea la imagen que mejor resume su presente: Walter Quiroz regresando al escenario después de años, con el dolor transformado en aprendizaje, el silencio convertido en palabra y el pasado convertido en una colección de maestros, encuentros y señales.

El actor que alguna vez se subió al colectivo 60 porque quería hacer aquello que veía en las películas vuelve ahora a caminar hacia las tablas.

Pero ya no es aquel chico. Tampoco intenta serlo. Ahora sabe que la vida tiene otras estaciones, que algunas puertas se cierran para siempre y otras se abren cuando uno menos las espera. Sabe que los maestros pueden aparecer en una pantalla, en un monasterio, en un director de teatro, en un compañero de elenco, en un amigo o incluso en un desconocido que nos llama por nuestro nombre en medio de la calle.

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Sabe que el otro puede ser un maestro. Sabe que hay heridas que necesitan ser nombradas para dejar de doler. Sabe que el duelo no desaparece, pero puede transformarse. Y sabe, sobre todo, que después de atravesar la oscuridad todavía puede haber belleza.

“Hay mucha belleza alrededor, mucha generosidad”, había dicho al intentar explicar este presente. Por eso está de vuelta. Por eso ensaya. Por eso vuelve a mirar al público. Por eso se permite emocionarse cuando aparecen Miguel Ángel Solá o Betiana Blum. Por eso siente que está regresando a una familia. Porque quizá el verdadero regreso no sea a la actuación. Sea a la vida.

Y después de siete años de silencio, esa vida vuelve a ofrecerle un escenario. Él, esta vez, eligió decir que sí.

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Es una de las actrices más talentosas y queridas, su vida privada siempre fue un misterio y ahora se descubrió su sorprendente relación con el periodista más polémico de la tele

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Hay historias que conmueven, hay otras que llaman la atención, están las que son un tanto obvias, las que no provocan demasiado, las que se caen de maduras, las que son inesperadas, las que sorprenden y las que no. Y en el medio de todas también están las que sacuden y shockean, como esta que trataremos acá.

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Le dieron forma un hombre y una mujer. Primero nos detendremos en ella, una de las actrices más queridas, exitosas y talentosas de la televisión y los teatros argentinos, alguien que ha logrado lo que no todas consiguen: caer bien no sólo a la gente, sino también entre sus colegas. A los/as artistas les encanta trabajar con ella. Y en ese ambiente lleno de celos, sospechas y miradas extrañas ese ya es un logro gigantesco.

Eleonora Wexler ha pasado por los más grandes sucesos de la pantalla nacional. Trabajó en todos los canales y con todas las productoras, pero siempre se la tuvo como una de las figuras de Canal 13 y de Polka, la productora de Adrián Suar. De sus trabajos se sabe todo. De su vida afectiva, poco y nada. Ha tenido parejas, es mamá, y poco más.

Ahora nos ocuparemos de él, sin dudas uno de los periodistas más picantes y arriesgados del momento. Nadie lo va a decir públicamente, pero lo haremos nosotros: es, por estas horas, el conductor más opositor al presidente Javier Milei. El que más lo critica, el que más lo pone contra las cuerdas, el que no le concede ni una. Y no, no es periodista político. Se dedica al chimento.

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ES UNA DE LAS ACTRICES MAS QUERIDAS DEL PAIS, SU VIDA SIEMPRE FUE UN MISTERIO Y AHORA SE CONOCIO SU RELACION CON EL

Rodrigo Lussich es el conductor de Intrusos (o uno de ellos, el otro es Adrián Pallares) pero además es un ciudadano que utiliza todas las vías de comunicación que tiene (específicamente, sus redes sociales) para marcar las profundas e irreductibles diferencias que tiene con el gobierno libertario. Además, recuerda con cariño la gestión de CFK. Lussich ha confesado una y mil veces que es gay, pero siempre jugó al misterio en torno a su relación con una mujer de la farándula.

A propósito de una visita al programa de Sabrina rojas y Tartu en América, Lussich volvió a tocar el tema y a contar algunos detalles de la historia. Confesó que salieron, que él le mandó un mensaje, que ella se lo devolvió, que fueron a cenar y que entre «pitos y flautas» la cosa duró un mes. Pero no reveló el nombre de la famosa. El perfil de Twitter especializado en cuestiones televisivas «TeleBizarra» investigó, reunió viejo material y encontró uno en el que confesaba que la afortunada se trataba de Eleonora.

 

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Rodrigo Lussich, Eleonora Wexler

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Las vacaciones de Cami Homs junto a su hija Aitana en Estados Unidos: playa, compras y relax

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Cami Homs sostiene en brazos a su hija Aitana durante un paseo por un centro comercial al aire libre en Estados Unidos

Cami Homs compartió una serie de imágenes de los días que pasa en Naples, la elegante ciudad a dos horas de Miami, junto a su hija Aitana, de siete meses. La modelo y creadora de contenido mostró escenas de su estadía entre salidas gastronómicas, recorridas por un centro comercial, compras, fotos en familia y una jornada de playa frente al mar.

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Pero una de las postales que más llamó la atención no tuvo que ver con el paisaje de Florida ni con los looks que eligió para el paseo. En una foto en blanco y negro, Aitana aparece sentada sobre las piernas de su mamá frente a la mesa de un restaurante. La beba observa con atención la pantalla de un teléfono celular, donde se reproduce el festejo de Estudiantes de La Plata, el club en el que juega su pareja, José Sosa, por la clasificación a las semifinales de la Copa Libertadores.

Una mujer se toma un autorretrato con su teléfono celular frente al espejo de un baño
Cami Homs se toma una fotografía frente al espejo de un baño durante su viaje por Estados Unidos.

El futbolista reaccionó a la publicación de Homs con un mensaje que expuso cuánto las extraña desde la Argentina. “Mis bebecitas, vuelvan que las extraño”, escribió el mediocampista. La influencer no tardó en responderle en el mismo tono: “Nosotras mucho más”.

La galería reúne distintas escenas de la rutina de madre e hija durante el viaje. En la postal vinculada al partido de Estudiantes, la modelo sostiene a la menor sobre su regazo mientras mira el celular. Sobre la mesa se ven un vaso con agua, una copa, un plato y cubiertos, en una imagen tomada con filtro blanco y negro.

Fotografía en blanco y negro de una mujer que sostiene a un bebé dormido mientras observa un partido de fútbol en la pantalla de un teléfono
Cami Homs observa en un teléfono móvil el partido de Estudiantes de La Plata mientras sostiene a su hija Aitana durante su estancia en Estados Unidos

En otro grupo de fotos, la modelo recorre un paseo comercial al aire libre. El lugar cuenta con galerías, arcadas, palmeras y locales de moda. En una de las tomas se distinguen los carteles de importantes marcas mezclados con los restaurantes.

Durante una de las salidas, Cami llevó una musculosa negra, jeans amplios y desgastados a la altura de las rodillas, y sandalias negras de tiras anchas. Completó el conjunto con una cartera negra pequeña de Miu Miu. Para otro paseo, optó por un equipo de denim oscuro: un top o chaleco ajustado y una minifalda de jean, acompañados por una cartera blanca acolchada con cadena metálica.

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Una mujer sostiene en brazos a una niña pequeña y la besa en la mejilla en un pasillo cubierto con tiendas a los lados
Cami Homs abraza a su hija Aitana durante un paseo por una galería comercial en Estados Unidos

La secuencia también incluye detalles de ambos looks. En una imagen se enfoca en sus sandalias negras de plataforma; en otra, se ven unas blancas de tiras gruesas sobre suela oscura. Homs lució las uñas de los pies pintadas en un tono oscuro.

Aitana fue protagonista de buena parte del álbum. La niña aparece sentada en un sillón claro, con una prenda blanca de estampado floral marrón, cuello grande con volados y una vincha beige decorada con moños y apliques de perlas. En esa imagen mira hacia un costado y sonríe mientras sostiene una tarjeta pequeña entre sus manos.

Una niña pequeña con vestido estampado blanco y moños en el cabello sonríe sentada en un sillón gris mientras sostiene una tarjeta
La felicidad de Aitana, la hija de Cami Homs, durante sus vacaciones en Estados Unidos

Otra foto se concentra en sus pies descalzos, apoyados sobre el sillón. En una posterior, la beba aparece recostada boca abajo sobre un banco blanco y juega con la cadena de una cartera. Para ese momento, lleva un conjunto de flores pequeñas con puntillas y una capota a juego que le cubre parte del cabello.

También hubo lugar para una selfie en un ascensor de paneles espejados. Homs carga a Aitana en brazos y los reflejos reproducen la escena desde distintos ángulos y permiten ver el cochecito, varias bolsas de compras y el bolso blanco acolchado que la modelo llevaba durante el recorrido.

Una mujer sentada junto a una mesa blanca de exterior sostiene en brazos a un bebé frente a unas tiendas
Cami Homs disfruta de una jornada al aire libre con su hija Aitana

En una de las imágenes más espontáneas, madre e hija están sentadas en la mesa de un bar al aire libre. Cami sostiene a la beba frente a ella y sonríe mientras Aitana apoya la cabeza sobre la de su madre. Detrás aparecen palmeras, vegetación, mesas, sillas y el acceso a locales del complejo comercial.

El cierre de la secuencia transcurre en la playa. Homs ofrece una panorámica de la costa, con arena clara, mar tranquilo, cielo parcialmente nublado y una embarcación de carga en el horizonte. La imagen también registra las sombrillas a rayas turquesas y blancas que cubren las reposeras de la zona.

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Una mujer con traje de baño y gafas de sol yace en una reposera blanca en la arena frente al mar, bajo una sombrilla de franjas azules y blancas
Un momento de relax para Cami Homs en Naples

La modelo posó recostada boca abajo sobre una reposera blanca, cubierta por toallas. Para ese momento eligió una bikini celeste y blanca, anteojos de sol oscuros, una cadena fina en el cuello y el cabello suelto. En otra toma, se ve a Aitana acomodada en su cochecito bajo la sombra de una sombrilla.

La publicación dejó ver el costado familiar del viaje de Cami Homs, quien alternó momentos de descanso junto al mar con sus recorridas por Naples. Desde la distancia, José Sosa acompañó la secuencia con su mensaje para la modelo y su hija, mientras continúa con su actividad como jugador de Estudiantes de La Plata.



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Acompañada de Facundo Mazzei, la cruda revelación de Araceli González a sus 59 años: «Me parece muy delicado todo»

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La farándula argentina se encuentra realmente consternada por todo el revuelo familiar que atraviesa Tini Stoessel con sus papás, Alejandro y Mariana Muzlera, pero también con su hermano Francisco, en todo lo que respecta a su patrimonio y cómo se terminará resolviendo el tema.

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Siendo una situación extremadamente delicada, y a donde el vínculo de la Triple T con sus papás es nulo, es decir, no hay contacto alguna -incluso cuando estuvo internado hace poco, ella siempre se mantuvo en su postura inflexible-.

A partir de este presente que viven, a donde en estas últimas horas Moria Casán confirmó que Fran Stoessel recibió amenazas de muerte, desde su programa fueron a buscar diferentes famosos que opinaron respecto al tema.

Nicole Neumann dio su propia experiencia sobre cuando ella era chica y cómo lo vivió, y cómo ahora ocurre con sus tres hijas. Y la que se sumó con su palabra fue Araceli González, quien en su momento también le tocó acompañar de cerca a sus hijos cuando apenas eran unos niños y trabajan.

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ARACELI GONZÁLEZ OPINÓ DE UN TEMA TAN SENSIBLE PARA LA FARÁNDULA

“La verdad es que lo que yo pude escuchar así por arriba, es la situación que está viviendo Tini, la familia, me parece muy delicado todo. Opinar es bastante difícil, porque siempre las familias tienen sus códigos y cosas”, comenzó diciendo.

Acompañada y bajo la atenta mirada de su marido, Fabián Mazzei, agregó: “Yo con mis hijos siempre trabajaron muy jóvenes, y la verdad es que el dinero siempre se los guardé, lo puse en un lugar de ahorro y ellos lo utilizaron como quisieron. Tenían como objetivos, eso va a en cada familia, es muy difícil poder hablar”

Ya sobre el cierre de la nota, Mazzei agregó que “lo ideal es el apoyo de los padres y acompañar”. Sin dudas que al ser un tema tan delicado y sensible al estar hijos y padres involucrados, cada uno habla desde su experiencia personal, sin estar en los zapatos del otro.

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Araceli González, Fabián Mazzei, Tini Stoessel

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