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La noche que la dictadura reconoció que los desaparecidos estaban muertos y buscó no pagar por sus crímenes en un “documento final”

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El difícil saber si la fecha elegida fue producto de la torpeza de la dictadura en retirada o un último acto perverso de los responsables del genocidio perpetrado en la Argentina. Corría 1983 y ese viernes 29 de abril se cumplían exactamente seis años del día que las Madres de Plaza de Mayo habían empezado a hacer sus rondas para reclamar la aparición con vida de sus hijos desaparecidos por los grupos de tareas y sumergidos en el oscuro terror de los centros clandestinos de detención. Sea como fuere, fue el día que los dictadores hicieron público lo que pomposamente llamaron Documento Final de la Junta Militar sobre la Lucha contra la Subversión y el Terrorismo y el Acta Institucional, un texto que militares de las tres fuerzas venían preparando desde hacía tiempo bajo el nombre en clave de “Delta” con la intención de justificar el plan sistemático de represión ilegal puesto en práctica por la dictadura y protegerse de las posibles consecuencias de sus actos criminales cuando el país recuperara la democracia.

Habían transcurrido también casi cuatro años desde que, ante una valiente pregunta del periodista José Ignacio López por la suerte de los miles de desaparecidos desde el golpe de Estado, el dictador Jorge Rafael Videla respondiera con inigualable cinismo: “Frente al desaparecido en tanto esté como tal, es una incógnita. Si el hombre apareciera tendría un tratamiento X y si la aparición se convirtiera en certeza de su fallecimiento, tiene un tratamiento Z. Pero mientras sea desaparecido no puede tener ningún tratamiento especial, es una incógnita, es un desaparecido, no tiene entidad, no está… ni muerto ni vivo, está desaparecido”, había dicho el genocida que por entonces ocupaba la Casa Rosada.

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El anticipo del documento final se conoció a las diez de la noche del día anterior, jueves 28, cuando la cadena nacional interrumpió las programaciones habituales de radio y televisión para que, en una transmisión que duró 44 minutos, un locutor oficial leyera un texto en off sobre un montaje de imágenes que pretendían mostrar el accionar de las organizaciones guerrilleras en el campo y la ciudad, fundidas con planos subliminales de obreros agrícolas e industriales trabajando bajo la supuesta paz que habían instalado en el país las Fuerzas Armadas después de dar el golpe del 24 de marzo de 1976.

El documento se presentaba como un balance a partir del cual la Junta Militar planteaba que las violaciones a los derechos humanos ocurridas en los años previos no podían ser juzgadas como tales, ya que debían enmarcarse en un contexto de guerra que implicaba una necesaria suspensión de los derechos y garantías individuales y la adopción de “procedimientos inéditos”, un eufemismo para referirse a los crímenes cometidos por el Estado terrorista. Y agregaba: “en este marco casi apocalíptico, se cometieron errores que, como sucede en todo conflicto bélico, pudieron traspasar, a veces, los límites del respeto a los derechos humanos fundamentales y que quedan sujetos al juicio de Dios en cada consciencia y a la comprensión de los hombres”.

También confirmaba lo que ya no era un secreto: que los desaparecidos estaban muertos. “De manera sintética, sus argumentos eran los siguientes: el Gobierno ratificaba lo actuado en la lucha contra la subversión bajo la perspectiva de que se había tratado de una ‘guerra inédita’; reconocía haber cometido ‘errores’ durante su desarrollo y se encomendaba por ello al juicio de la Historia; ratificaba su convicción de volver a hacerlo si era necesario, y declaraba de manera definitiva que los desaparecidos estaban muertos y que no tenía más informaciones que dar”, resume la investigadora del Conicet Marina Franco en su trabajo El Documento Final y las demandas en torno a los desaparecidos en la última etapa de la dictadura militar argentina.

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Aunque tratara de encubrirlo en medio de un fárrago de justificaciones de la represión dictatorial, el documento entero era funcional al objetivo de cerrar ese tema, algo fundamental para lograr la impunidad. En realidad, preparaba el terreno para un paso supuestamente legal: la promulgación de una ley de autoamnistía que la Junta Militar tenía planeado decretar en septiembre bajo el engañoso nombre de “Ley de Pacificación Nacional”.

Tibios y detractores

La difusión del Documento Final —como después la promulgación de la ley de autoamnistía— provocó reacciones de todo tipo en el espectro político argentino y terminó transformándose en uno de los ejes de las campañas electorales, donde los dos principales candidatos tuvieron posiciones encontradas, aunque hacia adentro de sus propios partidos también había miradas distintas.

Al día siguiente de conocerse el texto, el peronista Antonio Cafiero lo descalificó por ocultar la verdad. “La información que cabía esperar no es la que ha dado el Gobierno. Sin esa información previa, que obviamente deben suministrar las Fuerzas Armadas, es imposible que la civilidad defina una posición, absolutoria o condenatoria. Ello impondrá al futuro Gobierno constitucional el pesado lastre de indagar la verdad”, dijo.

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En el mismo sentido se pronunció otra de las figuras justicialistas de la época, Vicente Leónidas Saadi. “La Junta Militar ha puesto a las Fuerzas Armadas en una posición que las enfrenta al resto del país al hacer exactamente lo contrario de lo que todos anhelábamos y teníamos derecho a esperar. No han esclarecido nada, lo han confundido todo y con una terrible soberbia se vanaglorian de lo que todos repudian dando un documento que es esencia de cinismo”, sostuvo.

En cambio el expresidente provisional —y futuro candidato a presidente por el Justicialismo—, Ítalo Argentino Luder, se plantó en una posición opuesta. No resultó extraño ya que, antes del golpe, él mismo había rubricado con su firma el decreto de “aniquilamiento de la subversión” que abrió las puertas a la represión ilegal de las Fuerzas Armadas. “Resulta positivo el reconocimiento que se hace de la decidida actitud del general Perón, de la señora de Perón y mía frente al fenómeno terrorista”, respondió cuando lo consultaron.

El desarrollista Rogelio Frigerio, hombre de confianza del expresidente Arturo Frondizi y aliado al Justicialismo con miras a las elecciones que se aproximaban, fue terminante: “En el documento falta el principio elemental con el que debió concebirse: la verdad. Es inaceptable que los excesos cometidos que —según se admite— agraviaron derechos humanos fundamentales se califiquen como ‘errores’ exentos de toda explicación y eximidos de toda responsabilidad´”,

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Dentro del radicalismo el documento provocó controversias que se reflejaron también frente a la opinión pública. Uno de los referentes del partido —y futuro senador nacional por la Capital—, Juan Trilla, optó por mezclar una de cal y otra de arena. “Ningún argentino responsable y sensato puede soslayar su repudio de la subversión, ni tampoco dejar de apoyar a las Fuerzas Armadas de la Constitución en esa emergencia”, dijo, por un lado. “Pero ello no implica que queden cerrados los ámbitos de la Justicia. No habrá reconciliación si no existen las suficientes respuestas dignas para quienes quieran recurrir a los jueces de la Constitución para cada una de sus angustias”, agregó, por el otro. Sin esas medias tintas, Raúl Alfonsín, que aspiraba a la presidencia en las elecciones que marcarían el retorno a la democracia, condenó el documento. Para entonces ya había decidido que no había solución sin que las cúpulas militares de la dictadura asumieran su responsabilidad en la represión ilegal y fueran juzgadas por ella.

El documento provocó un inmediato rechazo de los organismos de derechos humanos, de muchos gobiernos europeos, de organizaciones internacionales, de la Iglesia católica a través de críticas del propio papa Juan Pablo II y aumentó el aislamiento internacional de la dictadura cívico militar.

El Documento Final preparaba el terreno para una ley de autoamnistía que la última Junta Militar tenía planeado decretar bajo el engañoso nombre de “Ley de Pacificación Nacional”

La impunidad hecha ley

Sin embargo, esas críticas no hicieron mella en la decisión de la última Junta Militar —integrada por Cristino Nicolaides, Jorge Anaya y Augusto Hughes— de promulgar una ley que garantizara la impunidad de los crímenes cometidos por la dictadura. Entró en vigor el 22 de septiembre, con la firma del presidente de facto Reynaldo Benito Bignone. Llevaba el nombre de “Ley de Pacificación Nacional” aunque nadie la llamó así, sino “ley de autoamnistía”.

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En el primer artículo parecía sostenerse en la fórmula de “reconciliación” entre bandos enfrentados: “Decláranse extinguidas las acciones penales emergentes de los delitos cometidos con motivación o finalidad terrorista o subversiva, desde el 25 de mayo de 1973 hasta el 17 de junio de 1982. Los beneficios otorgados por esta ley se extienden, asimismo, a todos los hechos de naturaleza penal realizados en ocasión o con motivo del desarrollo de acciones dirigidas a prevenir, conjurar o poner fin a las referidas actividades terroristas o subversivas, cualquiera hubiere sido su naturaleza o el bien jurídico lesionado. Los efectos de esta ley alcanzan a los autores, partícipes, instigadores, cómplices o encubridores y comprende a los delitos comunes conexos y a los delitos militares conexos”, decía.

En el artículo quinto quedaba claro lo que buscaba: “Nadie podrá ser interrogado, investigado, citado a comparecer o requerido de manera alguna por imputaciones o sospechas de haber cometido delitos o participado en las acciones a los que se refiere el artículo 1º de esta ley o por suponer de su parte un conocimiento de ellos, de sus circunstancias, de sus autores, partícipes, instigadores, cómplices o encubridores”.

Y lo remataba en el número 12: “Los Jueces Ordinarios, Federales, Militares u organismos castrenses ante los que se promuevan denuncias o querellas fundadas en la imputación de los delitos y hechos comprendidos en el artículo 1º, las rechazarán sin sustanciación alguna”. En otras palabras: no habría justicia para las víctimas.

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Cuando se promulgó la ley faltaban menos de cuarenta días para las elecciones del 30 de octubre y desde ese mismo momento se transformó en uno de los ejes de la campaña hacia la presidencia de los candidatos justicialista y radical. El peronista Ítalo Luder sostuvo que, gustara o no, la ley promulgada por la dictadura era legalmente válida y que, si llegaba a la presidencia, no la derogaría. El radical Raúl Alfonsín se paró en la vereda opuesta. “Se propiciará la anulación de la ley de amnistía dictada por el gobierno militar y se pondrá en manos de la Justicia la importante tarea de evitar la impunidad de los culpables”, dijo una y otra vez durante sus actos de campaña. Repitió esa misma frase en su discurso de asunción, el 10 de diciembre de 1983, y pocos días después firmó el decreto que ordenaba juzgar a las juntas militares.

Ernesto Sábato le entrega a Raúl Alfonsín el informe de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (Conadep), creada por el radical cinco días después de asumir con el objetivo de investigar los crímenes de lesa humanidad cometidos por la dictadura cívico militar (Facebook: Espacio Memoria y Derechos Humanos - ex ESMA)

Medio siglo después

En los 43 años de democracia formal que lleva la Argentina desde la finalización de la última dictadura cívico militar, la administración de justicia para los responsables del genocidio perpetrado entre 1976 y 1983 ha sufrido no pocos vaivenes. Tras el Juicio a las Juntas, las presiones militares —plasmadas en los levantamientos de los “carapintadas”— hicieron que el Gobierno de Raúl Alfonsín y el Congreso Nacional promovieran las leyes conocidas como de “Obediencia Debida”, que ponía fuera del alcance de la ley a los represores que habían “actuado cumpliendo órdenes superiores”, y de “Punto Final”, que marcó una fecha límite para la iniciación de los procesos judiciales. Más tarde, el peronista Carlos Menem completó el círculo de impunidad con los decretos de amnistía para los genocidas condenados con la excusa de la “reconciliación nacional”.

En agosto de 2003, impulsada por el Gobierno de Néstor Kirchner y con el apoyo de los organismos de derechos humanos y una gran mayoría de la sociedad, el Congreso sancionó la ley 25.779, que declaró insanablemente nulas a las leyes de impunidad y permitió la reapertura de las causas por los crímenes de la dictadura. Dos años más tarde, la Corte Suprema de Justicia de la Nación ratificó la inconstitucionalidad de esas leyes, alineándose con el derecho internacional que establece la imprescriptibilidad de los crímenes de lesa humanidad. Desde entonces, cerca de mil represores han sido condenados por la Justicia.

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El mes pasado, al cumplirse 50 años del golpe genocida del 24 de marzo de 1976, Infobae publicó un estudio nacional elaborado por el observatorio Pulsar.UBA de la Universidad de Buenos Aires y el Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS) que reveló que aproximadamente siete de cada diez argentinos apoyan la continuidad de los juicios por violaciones a los derechos humanos.

Además, el rechazo social a la dictadura se expresó en la percepción que los ciudadanos tienen de las causas del golpe: el 63% de los encuestados sostiene que no existieron motivos que justificaran la intervención militar de 1976. En la identificación de responsabilidades, el 39% señala directamente al Gobierno militar encabezado por Jorge Rafael Videla, Emilio Massera y Orlando Agosti como el principal artífices del quiebre institucional.

Según el estudio, el nivel de conocimiento sobre el período se mantiene elevado: siete de cada diez personas afirman saber mucho o algo sobre lo ocurrido entre 1976 y 1983. Ese conocimiento, sin embargo, ya no se origina principalmente en experiencias directas: la escuela y la universidad son identificadas como las fuentes principales de información sobre la dictadura, seguidas por las conversaciones con familiares o amigos.

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El trabajo concluye que “los desaparecidos, la represión y la violencia institucional están en el centro de la memoria” sobre aquellos años, lo que indica que el terrorismo de Estado permanece como el eje central de la memoria colectiva, a pesar de las movidas negacionistas e incluso reivindicadoras de la dictadura que han crecido en los últimos tiempos motorizadas desde algunos sectores políticos e incluso desde el Gobierno nacional.

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Los padres de Loan llegaron a Corrientes: qué declararán en el juicio y cómo será el cara a cara con los familiares imputados

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Enviado especial a Corrientes.— José Peña y María Noguera ya están en Corrientes. Este martes, por primera vez desde la desaparición de su hijo Loan Peña, declararán ante el Tribunal Oral Federal (TOF) que juzga a los 17 acusados. Será uno de los momentos más sensibles del juicio: deberán reconstruir lo ocurrido el 13 de junio de 2024 frente a varios de los familiares y allegados imputados por la sustracción y el ocultamiento del niño.

Para evitar que vuelvan a atravesar una situación traumática, la fiscalía solicitó que los acusados abandonaran la sala durante sus testimonios, que las preguntas fueran formuladas por escrito y que se instalara un biombo para impedir el contacto visual. El TOF rechazó todas esas medidas. Según pudo saber Infobae, la alternativa será mucho más sencilla: que los imputados eviten mirar a los padres mientras declaran, aunque eso dependerá de la voluntad de cada uno de ellos.

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«La idea es que inclinen su cabeza o la silla, sin dar la espalda al tribunal», explicaron a este medio fuentes judiciales.

A horas de que arranque la quinta audiencia, en Corrientes todo transcurre con normalidad. Por la mañana se trabaja y los niños van al colegio. A la salida, al mediodía, hablan del Mundial y compran figuritas para completar el álbum. En las plazas, amigos y parejas comparten un mate y algo para comer. Esto ocurre, precisamente, en la Plaza Libertad, a pocos metros del Escuadrón 48 de Gendarmería Nacional. Allí es donde se lleva a cabo el debate oral.

Los jueces del tribunal: Eduardo Belforte, Fermín Ceroleni y Simón Pedro Bracco

Después del almuerzo, “todo se plancha”, contó a Infobae un comerciante que se encuentra a un costado del sitio que eligieron para el desarrollo del proceso. A pesar de la magnitud y relevancia del caso, la ciudad no pierde su esencia: la serenidad. “Acá está todo tranquilo, hay un buen operativo de seguridad y la gente ni se entera”, contó un kiosquero que vive de cerca el día a día de lo que sucede en el predio de Gendarmería. A las 5 de la mañana se realiza el despliegue policial en la zona y, recién cerca de las 18, comienzan a desmontar.

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Ese clima de calma contrasta con uno de los momentos más tensos que enfrentarán José y María. En las últimas horas del lunes viajaron cerca de 180 kilómetros, desde la localidad de 9 de Julio, donde viven, hasta la capital provincial. Con el inicio de la tercera semana del juicio —quinta, sexta y séptima audiencia— serán los principales protagonistas del debate.

Ingresarán a la sala acompañados por la querella, a cargo de Belén Russo Cornara. Luego, en otro vehículo, harán su llegada los hermanos de Loan. En este tiempo, los Peña recibieron acompañamiento psicológico para afrontar la situación y, durante sus declaraciones, serán asistidos por una psicóloga de la Dirección General de Acompañamiento, Orientación y Protección a las Víctimas (DOVIC). La intención es crear un marco en el que se sientan lo más cómodos posible para hablar.

Laudelina Peña, hermana de José y tía de Loan, es señalada como una de las principales responsables de la sustracción del niño

La tensión llegará porque tendrán que compartir el recinto con los familiares imputados. Entre ellos está Laudelina Peña, hermana de José y tía del chico. La fiscalía la señala como una de las principales responsables de la sustracción de Loan, a quien, según la acusación, apartó de la vista de su padre.

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También está acusada de entorpecer la investigación: la fiscalía sostiene que instaló la falsa hipótesis de un accidente de tránsito para explicar la desaparición. Cuando fue citada para declarar, la imputada decidió ejercer su derecho a guardar silencio. Según supo Infobae, su estrategia sería declarar más adelante, una vez que la fiscalía haya producido buena parte de la prueba de cargo.

En el recinto también estarán presentes Antonio Benítez, esposo de Laudelina y tío político de Loan; una pareja de amigos suyos, integrada por Daniel “Fierrito” Ramírez y su esposa, Mónica Millapi; la ex funcionaria municipal María Victoria Caillava y su esposo, el ex capitán de navío Carlos Pérez. Todos ellos estuvieron en el almuerzo familiar.

También estará el ex comisario de 9 de Julio, Walter Maciel, acusado de haber desviado el operativo de búsqueda inicial para favorecer a los responsables, y las diez personas identificadas como la denominada “banda del hotel”, imputadas por presuntamente entorpecer la investigación tras presentarse como integrantes de la Fundación Lucio Dupuy.

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Se espera que las declaraciones de José ayuden a reconstruir lo que sucedió en el almuerzo en el que desapareció Loan

Cómo será el cronograma en la tercera semana del juicio

Este martes comenzarán a declarar José y María en su doble carácter de víctimas y testigos. Según supo Infobae de fuentes judiciales, la intención de la querella es que José reconstruya, minuto a minuto, desde el almuerzo en la casa de Catalina Peña, pasando por el recorrido hasta el naranjal, hasta el momento en que se perdió el rastro de Loan.

Se buscará que su relato tenga el mayor nivel de detalle posible. También deberá explicar cuál era su vínculo con cada uno de los imputados presentes aquel día y cómo fueron las horas posteriores a la desaparición.

A María, en cambio, se le pedirá que recuerde cómo era Loan. Que describa ante el tribunal su personalidad, sus hábitos y cómo vivió las primeras horas tras enterarse de la desaparición de su hijo. Por la carga emocional y el nivel de detalle que se espera de ambos relatos, la querella estima que las declaraciones podrían extenderse durante gran parte del martes e incluso continuar el miércoles.

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Junto a ellos también declarará Mariano, el hermano mayor de Loan. Luego, si el tiempo lo permite, será el turno del resto de los hermanos.

Por último, el jueves está previsto que declare la abuela, Catalina Peña. Al igual que con José, se buscará que reconstruya todo lo ocurrido durante el almuerzo y las horas posteriores. Su testimonio será clave para reconstruir el contexto en el que desapareció Loan y el comportamiento de quienes estaban presentes aquel 13 de junio de 2024, donde el menor fue visto por última vez.

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Chaco: murió una mujer de 30 años que había sufrido quemaduras tras manipular alcohol en su casa

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Una mujer de 30 años oriunda de General Pinedo, Chaco, murió este lunes en el hospital 4 de Junio de Sáenz Peña, donde permanecía internada por las graves quemaduras que sufrió el 6 de mayo durante un accidente doméstico ocurrido en una casa del barrio Ferro.

Según fuentes policiales, la víctima manipulaba una botella con alcohol cuando se produjo el hecho.

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Qué se sabe del accidente doméstico en General Pinedo

La mujer fue identificada como Yanela Ayelén Jaimez Baltazar. De acuerdo con la información policial, cuando los efectivos llegaron al lugar, la propia víctima relató que el episodio había sido accidental.

Por la falta de una ambulancia, fue trasladada por personal policial hasta el hospital local. Allí, los médicos constataron que presentaba quemaduras en el 30% del cuerpo, con lesiones en el tórax, abdomen, brazos, manos y pómulos.

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Debido a la gravedad del cuadro, fue derivada al hospital 4 de Junio de Sáenz Peña, donde permaneció internada hasta este lunes, cuando la División Unidad de Seguridad Hospitalaria y Policía Sanitaria Interior confirmó su fallecimiento.

La causa quedó en manos de la Fiscalía de Charata

Tras la muerte de la mujer, tomó intervención el Equipo Fiscal N° 3 de Charata, que dispuso remitir las actuaciones judiciales complementarias a la unidad correspondiente.

Además, la fiscalía autorizó la entrega del cuerpo a sus familiares para la realización de los servicios fúnebres.

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La causa había sido iniciada en un primer momento como “supuestas lesiones”, pero continuará ahora con las diligencias judiciales correspondientes luego del fallecimiento de la víctima.

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Lanzaron una colecta para ayudar a las víctimas de los terremotos en Venezuela y en un día se recaudaron $21 millones

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La Pastoral Universitaria, la Fundación Pastoral San Lucas y la UADE lanzaron una colecta solidaria para asistir a las víctimas de los terremotos que el 24 de junio sacudieron Venezuela, dejando más de 1.700 muertos y 5.034 heridos según el balance oficial, cifra que las propias autoridades advierten que continuará en aumento. En apenas 24 horas, la campaña reunió 21 millones de pesos.

El alias para realizar donaciones es: UADE.AYUDA

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Los fondos recaudados serán transferidos a Cáritas Venezuela y destinados principalmente a la adquisición de insumos médicos para los hospitales de la zona de La Guaira, la región costera al norte de Caracas que concentró los daños más graves: más de 100 edificios colapsaron allí tras los sismos. Las donaciones permanecerán abiertas hasta el jueves 2 de julio.

La iniciativa no parte de cero. Según explicó el padre Guillermo Marcó, presidente de la Pastoral Universitaria, la institución sostiene desde hace años un programa de becas para estudiantes universitarios de bajos recursos con buenos promedios, aplicado en decenas de universidades del país. El año pasado, esa misma red de organizaciones había impulsado una campaña equivalente tras el temporal que devastó Bahía Blanca.

La colecta será esencialmente para insumos médicos para Venezuela

Ante la magnitud de la catástrofe venezolana, los directivos de la Pastoral retomaron la iniciativa y establecieron contacto con Janeth Márquez, directora nacional de Cáritas Venezuela, y con monseñor Juan Carlos Bravo, obispo de Petare, quienes otorgaron una cuenta bancaria fuera del país para recibir los recursos. Fue a través de esos interlocutores que se identificó la necesidad concreta: insumos médicos para los centros de salud de La Guaira.

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Marcó subrayó que los fondos recaudados serán auditados por la firma internacional PwC (PricewaterhouseCoopers). El mecanismo prevé convertir los pesos donados a dólares y aplicar un sistema de trazabilidad sobre cada peso girado. “Consideró fundamental dar garantías de transparencia”, se informó desde la organización.

El Padre Marcó destacó la solidaridad de la gente, que quedó reflejada en la respuesta inmediata y volvió a remarcar que brindar claridad en el uso de los fondos es fundamental.

La urgencia de la ayuda se entiende mejor al dimensionar lo que ocurrió bajo tierra el 24 de junio. A las 18:04 hora de Caracas se registró un primer sismo de magnitud 7,2 con epicentro cerca de San Felipe, en el estado de Yaracuy, a unos 20 kilómetros de profundidad. Apenas 39 segundos más tarde, la tierra volvió a moverse con un terremoto de magnitud 7,5, más superficial, a solo 10 kilómetros bajo la superficie.

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La campaña por los terremotos en Venezuela reunió 21 millones de pesos en 24 horas y recibirá donaciones hasta el 2 de julio. REUTERS/Gaby Oraa

El geólogo Víctor Ramos, investigador emérito del CONICET y profesor emérito de la Universidad de Buenos Aires —primer sudamericano en ser miembro honorario de la Sociedad Geológica Americana—, explicó a Infobae que este tipo de fenómeno se denomina doblete sísmico. “El primer sismo activó niveles más superficiales y produjo el sismo de 7,5, que liberó tres veces más energía que el anterior”, señaló. El caso más parecido registrado ocurrió en Pakistán en 1997, con dos sismos de 7,0 y 6,8 grados separados por 19 segundos.

La poca profundidad del segundo terremoto explica en gran parte la escala de la destrucción. A 10 kilómetros bajo la superficie, la energía no recorre distancia suficiente para disiparse antes de golpear el suelo. La falla protagonista fue la de Boconó, que se extiende unos 500 kilómetros desde la frontera con Colombia hasta el centro-norte del país, con una tasa de desplazamiento de entre 5 y 8 centímetros por año. No registraba un movimiento de esta magnitud desde 1812, cuando un terremoto arrasó Caracas el Jueves Santo.

Ramos precisó a que el sismo “parece haber comenzado en la parte norte de la falla de Boconó y luego se desplazó hacia la falla de San Sebastián, una longitud total de aproximadamente 160 a 170 kilómetros”. Esa segunda falla corre paralela a la costa y pasa bajo el valle que separa Caracas del aeropuerto de Maiquetía; el viaducto que cruza ese corredor sufrió daños severos y dejó al aeropuerto desconectado de la capital durante los días más críticos del rescate.

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Funvisis, la agencia estatal venezolana de monitoreo sísmico, registró más de 300 réplicas desde los sismos principales. Ramos advirtió que vendrán decenas más a lo largo de la falla de San Sebastián y que el terreno afectado “tardará meses en recuperar la estabilidad”. Cerca del 80% de la población venezolana reside en zonas de alta amenaza sísmica, y el parque edilicio acumula décadas de déficit en normas de construcción antisísmica.

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