CHIMENTOS
Ana María Casanova antes de ser Moria Casán: la infancia de una mujer que aprendió a construirse a sí misma

Antes de los tacos aguja, de las plumas, de las luces de la revista, de las cámaras de televisión y de esa manera tan particular de entrar a un escenario como si éste le perteneciera desde siempre, hubo una niña llamada Ana María Casanova.
Una niña que creció entre el olor de una huerta, el perfume de un sabayón preparado por su abuela, la música clásica que sonaban en su casa, las clases de danza y piano, los veranos en Mar del Plata y los abrazos enormes de un padre que la sostenía mientras una ola los cubría en el mar.
Mucho antes de que el público conociera a Moria Casán, existió Ana María. Y en esa infancia, hecha de recuerdos luminosos y también de heridas que tardaría muchos años en poder nombrar, estaban algunas de las claves de la mujer que después construiría una vida a su medida.
Ana María nació un 16 de agosto, a las nueve de la mañana, en el Hospital Militar Central, en Belgrano. Era hija única y sus padres eligieron llamarla Moria desde el comienzo. El nombre quedó unido a ella para siempre, mucho antes de que pudiera imaginar que terminaría convirtiéndose en una de las identidades más reconocibles del espectáculo argentino.
Criada en el oeste del conurbano bonaerense, en José Ingenieros, partido de Tres de febrero, en su casa había afecto, disciplina y una educación que desde temprano la acercó al arte. Pero también existía ese otro territorio fundamental en la vida de cualquier niño: el de los abuelos, las tardes interminables y esas pequeñas escenas familiares que, con los años, adquieren una importancia que nadie puede medir cuando están ocurriendo.
En ese mapa sentimental hubo una figura que quedó especialmente marcada: su abuela Gerónima, la madre de su padre. Fue ella quien, según el recuerdo de Moria, dejó una huella particular. Esa mujer tenía los ojos celestes, casi transparentes, comparables en su intensidad con los de un perro husky, rememoraría. Vivía en Coronel Granada, un pequeñ pueblo de la provincia de Buenos Aires, y allí la infancia adquiría otro ritmo, mucho más ligado a la tierra y a las cosas simples.
Con ella, la pequeña Ana María conoció una parte de la vida que estaba lejos de las luces de Buenos Aires. La abuela la llevaba a la huerta y le enseñaba a cosechar remolachas y rabanitos. La mandaba al gallinero a buscar huevos. Le explicaba cómo se ordeñaba una vaca. Le mostraba, en definitiva, un mundo en el que las cosas no aparecían terminadas sobre una mesa: había que sembrarlas, cuidarlas, esperar y después recogerlas.
Y cada tarde tenía un premio: el sabayón.
Gerónima se lo preparaba para ella y ese ritual quedó asociado a una infancia atravesada por los sabores, la tierra y el cariño. No era solamente la comida. Era el tiempo compartido. Era la sensación de estar con alguien que tenía un mundo propio y que, durante unas horas, se lo entregaba a esa niña.
La otra abuela, Magdalena, era de La Pampa, pero un tiempo se mudó con su familia a la casa de la futura diva, y allí el vínculo tenía otra dinámica. Era una mujer a la que Moria recordaría como cariñosa y, al mismo tiempo, con un carácter fuerte. Sufría diabetes y la niña la observaba todas las mañanas inyectarse la insulina. Hay imágenes de la infancia que no necesitan explicación.
Magdalena estaba casi siempre sentada y vestida de negro. Tenía una piel muy blanca, ojos azules y el pelo completamente blanco. La enfermedad formaba parte de la rutina doméstica y la pequeña asistía, en silencio, a esos rituales cotidianos que le permitían comprender que incluso los adultos que parecían invencibles también tenían fragilidades.

Entre ambas abuelas existía una diferencia que Moria conservó en su memoria. Gerónima quedó asociada a la tierra, a la cocina, a la huerta, a los animales y al contacto con la naturaleza. Magdalena, en cambio, estaba ligada a la casa, la televisión y las novelas que seguía con una devoción que la niña nunca terminó de compartir. La televisión todavía no era el lugar de Moria. Pero, sin saberlo, ella ya estaba aprendiendo a mirar a los demás.
También quedó grabada la figura de su abuelo Bartolomé. Era un hombre de una inteligencia singular, casi artesanal. La diva lo recordaría como una especie de gran matemático capaz de convertir el paso del tiempo en un juego de observación. Construía relojes de cemento y los distribuía en diferentes sectores. La hora podía conocerse según la manera en que la luz del sol incidía sobre ellos.
Aquella imagen tiene algo profundamente cinematográfico: una niña recorriendo el universo de su abuelo, mirando cómo el sol se desplazaba sobre objetos que él mismo había construido y descubriendo, quizás sin saberlo, que el tiempo podía medirse de muchas maneras.
Su padre, Juan Casanova, era oficial del Ejército. Era un hombre de una presencia física imponente, de más de un metro noventa y cinco, y un gran nadador. De hecho, uno de los recuerdos más poderosos de aquella relación transcurrió en Mar del Plata.
Era la primera vez que la menor se acercaba al mar. Su padre se levantaba temprano para nadar y ella lo acompañaba. En una de aquellas jornadas entraron juntos al agua. Una ola los cubrió mientras él la abrazaba.

El recuerdo permaneció: el agua, el cuerpo del padre, el abrazo, la sensación de estar protegida. Décadas después, aquella escena seguía teniendo la fuerza de una fotografía que el tiempo no pudo borrar.
Y si la abuela Gerónima le había enseñado el lenguaje de la tierra, su padre comenzó a mostrarle otro: el del arte. La llevaba al Teatro Colón. La acercaba al ballet. Iban al anfiteatro de Agronomía. En la casa sonaba música clásica desde la mañana hasta la noche. La niña escuchaba, miraba, aprendía.
Todavía no sabía que algún día sería ella quien estaría bajo las luces, pero el escenario ya había comenzado a formar parte de su educación sentimental.
Su madre, Rosa Faga, había sido actriz vocacional y profesora de labores antes de casarse y dedicarse al hogar. En la familia existía además una particular atención por la belleza y el cuidado personal.
De aquellos años quedó una escena extraña y fascinante. Durante los veranos, su madre cubría el cuerpo de la pequeña con barro y la dejaba secarse al sol. El barro se endurecía sobre su piel y luego era retirado con agua tibia y una toalla. Primero estaba la transformación. Después, la limpieza. Finalmente, la piel volvía a quedar libre.

Con los años, aquella escena adquiriría una dimensión casi simbólica. Porque Moria terminaría haciendo de la transformación una de las grandes características de su vida: cambiar de piel, reinventarse, construir un personaje y después volver a desmontarlo.
Pero antes de eso estaba la niña, esa que también aprendía a bailar. En el Club Unión Argentina de Ciudadela comenzó a frecuentar espacios vinculados con el baile. Todavía no existía una carrera diseñada ni una formación académica perfectamente trazada. Lo que aparecía era algo mucho más instintivo: una conexión temprana con el cuerpo, con el ritmo, con el movimiento y con esa necesidad de expresarse frente a los demás.
La danza no llegó primero como profesión, llegó como impulso, como juego, una manera de estar en el mundo. Y esa conexión se volvió cada vez más fuerte.
Moria pasaba largos momentos frente al espejo inventando coreografías. En los cumpleaños familiares, cuando le pedían que bailara, desaparecía durante unos minutos y regresaba preparada para actuar, con la ropa adecuada y las zapatillas de punta.
El escenario todavía era doméstico, el público estaba compuesto por familiares y las luces podían ser imaginarias, pero la escena ya existía.
Hasta sus juegos tenían una estructura teatral. En una de sus fantasías infantiles representaba su propia muerte. Se hacía la muerta, una amiga asumía el papel de marido, aparecían las flores y el llanto, y después llegaba el momento de resucitar.

La tragedia duraba lo que duraba el juego. Después había que volver a vivir. Quizá haya algo de eso en toda la historia posterior de Moria Casán: la capacidad de atravesar el drama y transformarlo en otra cosa.
En su infancia también estaba la estudiante. Cursó la primaria en la Escuela N.º 13 de Villa Devoto y fue una alumna destacada. Estudió danza, danzas españolas, piano e inglés. Llegó a recibirse de profesora de piano junto con una prima y continuó rindiendo exámenes en el Conservatorio Santa Cecilia.
No era solamente una niña que soñaba frente al espejo, también era disciplinada, estudiosa, exigente consigo misma. A los doce años, además, apareció otra de las características que terminarían definiendo su vida: la independencia.
Durante una salida de compras con su madre vio unas zapatillas amarillas que quería tener. Pero no quiso esperar. Decidió conseguir el dinero por su cuenta.
Pidió que transformaran el garaje de su casa en un pequeño estudio de danza. Quiso una barra, espejos y hasta un cartel que la presentara como profesora de danzas clásicas españolas. Todavía no tenía el título, pero ya tenía iniciativa.

Comenzó a dar clases de danza y gimnasia y consiguió sus primeros ingresos. La escena parece pequeña: una niña, un garaje, unos espejos, una barra, algunos alumnos. Pero había algo enorme detrás de esa decisión: la idea de que podía construir su propio camino. No pedir, hacer. No esperar, buscar. Ese principio la acompañaría durante toda su vida.
La adolescencia llegó con nuevos descubrimientos. A los ocho años había tenido su primer novio, un compañero de escuela con quien intercambiaba cartas y pequeños gestos de afecto hasta que una maestra los descubrió.
Más adelante, a los catorce, inició otra relación con un joven que se había mudado frente a su casa, pero el amor nunca pareció desplazar su necesidad de libertad.
Mientras cursaba el secundario en el Liceo N.º 12 de Caballito, podía ser popular y participar de actividades con sus compañeros, pero también conservaba una distancia propia. No le interesaban demasiado algunos rituales de la adolescencia. Incluso decidió no participar del viaje de egresados a Bariloche. Podía estar en el centro, pero no necesitaba pertenecer. Esa contradicción sería parte de ella para siempre.
Al terminar el secundario, la familia imaginó para ella un camino diferente. Había abogados en su entorno y comenzó a estudiar Derecho en la Universidad de Buenos Aires, pero la carrera duró apenas dos años. La vida tenía otro plan.

En 1968, durante una función en el Teatro Nacional, un amigo la presentó a quien entonces era el coreógrafo. Él reparó en ella y le hizo una propuesta. Fue así que a los pocos días, aquella joven que había estudiado piano, danza, inglés y a las 9 de la mañana había asistido a una clase de Derecho, 12 horas después debutaba como figurita en la revista Cuando abuelita no era hippie, junto a Zulma Faiad y Adolfo Stray.
La puerta que había estado buscando sin saberlo finalmente apareció y ella entró. El Derecho quedó atrás y la revista apareció adelante. Así las cosas, el 2 de agosto de 1973 debutó como primera vedette en el teatro Cómico (ahora, Lola Membrives)
Después llegarían la televisión, las giras, la comedia, los grandes escenarios y una carrera que terminaría convirtiéndola en una figura imposible de ignorar.
Pero había una parte de esa infancia que permanecía en silencio. Moria también contó que durante su niñez sufrió abusos sexuales por parte de su abuelo paterno, Antonio Bautista. Según su reconstrucción, comenzaron cuando tenía alrededor de ocho o nueve años y se prolongaron durante un período de su infancia. Sus padres no llegaron a saberlo.
Esa experiencia forma parte de la historia de una niña que también tuvo momentos de felicidad, vínculos familiares profundos y una educación que estimuló su independencia y su relación con el arte.

No hay una sola explicación para Moria. No existe una única escena capaz de explicar una personalidad tan compleja.
Están las heridas, pero también están la huerta de Gerónima, los rabanitos, las remolachas, los huevos del gallinero, el aprendizaje de ordeñar, el sabayón de cada tarde.
Está Magdalena sentada frente al televisor, vestida de negro, con su piel blanca y su pelo blanco, mientras la pequeña observaba los rituales de su enfermedad.
Está Bartolomé y sus relojes de cemento, midiendo el tiempo con la luz. Está el padre en el mar, está la madre cubriéndola de barro bajo el sol. Está el piano, el espejo, el garaje, la barra de danza y las zapatillas amarillas que una niña decidió comprar con su propio esfuerzo.
Y está aquella muchacha que, cuando apareció una oportunidad inesperada, tuvo el coraje de abandonar Derecho para entrar a un escenario.

Por eso, mirar los primeros años de Moria Casán es mirar mucho más que la infancia de una futura vedette. Es mirar el origen de una mujer que desde muy temprano aprendió que podía construirse a sí misma.
Una mujer que creció entre la tierra de una huerta y las luces imaginarias de un escenario, que aprendió de sus abuelas el valor de las pequeñas cosas.
De su padre, el arte y el refugio, de su madre, algunos de los rituales de belleza, de la danza, el lenguaje del cuerpo.
Y de la vida, demasiado temprano, la necesidad de resistir. Después llegarían los tacos, las plumas, los flashes, los teatros llenos, la televisión, los amores, los escándalos, la fama. Y finalmente ese nombre que terminaría siendo suficiente para saber de quién se hablaba: Moria.
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CHIMENTOS
La inesperada escapada de Julieta Prandi a Brasil tras su separación de Emanuel Ortega: quién fue su acompañante

La separación de Julieta Prandi y Emanuel Ortega, anunciada apenas 27 días después de su casamiento, continúa generando repercusiones en el mundo del espectáculo. En medio de los rumores de infidelidad, las versiones sobre terceras personas y los testimonios que surgieron alrededor de la ruptura, la modelo decidió alejarse por unos días y viajar a Brasil. Sin embargo, no lo hizo sola: la acompañó Sebastián Waizer, uno de sus amigos más cercanos y una persona que ya había ocupado un lugar importante en otro momento delicado de su vida.
La situación se conoció durante este fin de semana, cuando desde la cuenta El Ejército de LAM compartieron una imagen de Prandi descansando en una reposera junto a Waizer. “Julieta Prandi atravesando su duelo en Brasil”, escribieron desde el perfil vinculado al ciclo conducido por Ángel de Brito. La publicación generó una gran cantidad de comentarios entre los usuarios, algunos de los cuales interpretaron que el hombre que aparecía junto a la modelo podía ser una nueva conquista, especialmente porque la postal se difundió poco tiempo después de que se hiciera pública su separación del músico.
Frente a las especulaciones, la propia Prandi decidió compartir una fotografía junto a su amigo para dejar en claro cuál era el vínculo que los unía. En la imagen, la actriz posó junto a Waizer y le dedicó un mensaje afectuoso: “Gracias amigo de mi corazón”. Poco después, Sebastián replicó la publicación en sus propias redes sociales y respondió: “En todas”. De ese modo, ambos expusieron la cercanía que mantienen y despejaron las versiones que habían comenzado a circular a partir de la primera imagen del viaje.

La relación entre Prandi y Waizer no es nueva. El coreógrafo formó parte de uno de los momentos más importantes de la vida de la modelo, cuando se presentó como testigo en el juicio contra su exmarido, Claudio Contardi. En ese proceso, relató cómo había advertido el deterioro físico y emocional de Julieta durante el período en el que permaneció en una relación abusiva con el empresario.
Durante una entrevista con el panel de Desayuno Americano (América), Waizer contó que había comenzado a percibir que la situación de Prandi se volvía cada vez más difícil de sostener. “Ella me contó lo que estaba pasando y yo me vi en la obligación, me adjudiqué esa responsabilidad. Era el único que sabía”, confió, visiblemente conmovido.

El vínculo entre ambos se había fortalecido a partir de los viajes que realizaban por distintas provincias para dar clases. También habían viajado a Uruguay. En un comienzo, Waizer interpretaba que la conducta de Prandi estaba relacionada con sus hijos, a quienes había dejado al cuidado de una niñera y con los que tenía poco contacto durante esas jornadas. “Me pareció raro porque, con esa trayectoria que tenía, estar del lado de la docencia… Después aprendí que eso era un oxígeno para ella de dos o tres días”, explicó. “Yo veía y pensaba que era por los nenes que los dejó con la niñera, no tenía mucho acceso a ella”, recordó.
“En el tercer viaje pegamos onda, yo veía que estaba súper tensa, somatizaba, mareada, siempre descompuesta, tomaba agua todo el tiempo, e incluso se ahogaba al dictar la clase”, relató. “Entonces, yo le hablé a Paul, que era el representante, y le dije que no estaba bien”, agregó el coreógrafo.“Después, me di cuenta de que no estaba bien de salud. Estaba raquítica y, encima, íbamos a provincias que la agasajaban, la invitaban a restaurantes, que luego se cancelaban por el miedo de salir a la habitación o por si llamaba a la habitación y ella no estaba. Él sabía todo”, sostuvo, en referencia a la situación que, según su testimonio, atravesaba la modelo durante la relación con Contardi.

El relato de Waizer alcanzó uno de sus momentos más fuertes cuando recordó la ocasión en la que Prandi le contó con mayor detalle lo que estaba viviendo. “Cuando me lo cuenta fue terrible todo porque se dio en 25 minutos. Fue como una película, lo miraba Paul, no podía hablar nada”, relató. “Me acuerdo que cuando se abría la puerta del avión, él, Claudio Contardi, estaba ahí con su mirada fulminante, su energía, y ella se ponía pálida. De ser la más cariñosa se transformaba”, describió.
Finalmente, el coreógrafo recordó el operativo de rescate improvisado que permitió sacar a la modelo de esa situación de control y asfixia. Su declaración volvió a adquirir relevancia a partir de la fotografía que Prandi compartió desde Brasil, donde ambos aparecen juntos durante el viaje que la modelo emprendió después de su separación de Emanuel Ortega.
Así, mientras la imagen publicada por El Ejército de LAM había generado especulaciones sobre un posible romance, Prandi se encargó de mostrar que Waizer es un amigo cercano que la acompaña desde hace años y que estuvo presente en uno de los períodos más complejos de su vida. Con su mensaje, “Gracias amigo de mi corazón”, y la respuesta de él, “En todas”, ambos dejaron expuesto el vínculo que mantienen mientras la modelo atraviesa el final de su matrimonio.
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Bautista Mascia habló sobre la salud de Denisse González tras su cuarta internación: qué dijo sobre su evolución.

En los últimos días, Denisse González volvió a preocupar a sus seguidores al ingresar por cuarta vez a una internación. Aunque la influencer había mejorado gracias al último tratamiento, tuvo que ser hospitalizada otra vez y, por supuesto, activó las alarmas. Como es de público conocimiento, la joven padece de Púrpura Trombocitopénica Inmune (PTI), lo que genera una baja de plaquetas muy fuerte y que ocasiona debilidad y desmayos.
En apenas tres meses, la ex Gran Hermano pasó por cuatro hospitalizaciones y su estado va cambiando y desmejorando en cada consulta con los profesionales. Quien decidió romper el silencio y hablar abiertamente de la salud de Denisse fue su novio Bautista Mascia, que la acompaña de manera incondicional. En diálogo con TN Show, el joven explicó a qué se debe esta situación en la paciente y qué podría pasar en los próximos días.
«Estamos con el tratamiento de la PTI que es lo que tiene ella. El número de plaquetas fluctúa y a veces tiene menos de lo que debería tener«, comenzó a decir el músico. Al igual que la vez pasada, González se someterá a diversas pruebas para volver a un tratamiento que sea el indicado para ella. «Estamos siguiendo un protocolo con distintas líneas de tratamiento y estamos esperando llegar al indicado«, aseguró.
A horas de que Mascia comentara «probablemente estos días ya le den el alta y hay que ver si hacemos algo para que se mantenga en los valores normales», la influencer comunicó que ya tenía el alta. A través de sus redes sociales, la influencer compartió un breve video desde la cama del hospital con el humor que la caracteriza. «Hoy termino la cuarta internación», anunció por medio de su cuenta oficial de Instagram.
DENISSE GONZÁLEZ HABLÓ DEL MOMENTO MÁS DRAMÁTICO DE SU INTERNACIÓN
Denisse González, la exparticipante de Gran Hermano, recordó el episodio más angustiante que atravesó durante su internación, cuando temió por su vida. En diálogo con María Laura Santillán, contó que los médicos le informaron que tenía una hemorragia interna y que, mientras estaba sola en el hospital, llegó a prepararse para el peor escenario. “Esa noche que estaba sola, hice un dibujito de despedida. Yo me asusté mucho”, confesó.
La joven también reveló que pasó aquella noche llorando y que decidió no contarles a sus padres lo que estaba viviendo para evitar preocuparlos. Después de atravesar momentos de mucha incertidumbre, los profesionales encontraron un tratamiento que permitió mejorar su cuadro. Sin embargo, Denisse continúa con controles médicos y hemogramas semanales para seguir de cerca la evolución de la trombocitopenia severa que le diagnosticaron.
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Flores, regalos y una foto vintage, así celebró Wanda Nara el Día de la Madre: “Mi prioridad”

Wanda Nara compartió una serie de postales junto a sus cinco hijos por el Día de la Madre y dejó a la vista la intimidad familiar que eligió para la fecha. Con flores, regalos, una foto de su infancia junto a Zaira Nara y Nora Colosimo, y el saludo de Valentino López, su primogénito con Maxi López, la conductora reunió distintos momentos de la jornada en sus redes sociales.
La primera publicación llegó a través de un carrete de imágenes. En la foto inicial, Wanda Nara aparece con sus hijos, vestida con un pijama a rayas y rodeada por un ramo de flores rosadas de grandes dimensiones. La empresaria acompañó la postal con una frase breve: “Mi prioridad. Feliz día de la madre”.
En las imágenes siguientes, los chicos posaron frente a cámara mientras sostenían el arreglo floral. Las niñas, a su vez, aparecen con un oso de peluche de gran tamaño, que formó parte de los obsequios para su mamá. El álbum mostró escenas domésticas, un desayuno fit con frutas, huevos revueltos y frutos secos con el café con leche y concentró la celebración en el vínculo de la conductora con sus hijos.
La publicación se produjo durante una fecha especial para muchas figuras del espectáculo argentino, que recurrieron a las redes sociales para compartir saludos familiares. En el caso de Wanda, las fotos combinaron la reunión con sus hijos y una selección de recuerdos dedicados a su propia madre.

Más tarde, la conductora de MasterChef Celebrity difundió en sus historias una imagen de otra época. En la fotografía aparecen Wanda y Zaira Nara cuando eran niñas, junto a su mamá, Nora Colosimo, ubicada en el centro de la escena. Las tres lucen trajes de baño y posan al aire libre.
La postal vintage incluyó una dedicatoria dirigida a Colosimo. “Gracias ma por ser la mejor mamá y abuela de todas. Orgullosas de la mamá que nos enseñó todo. Te amamos”, escribió Wanda junto a la imagen. El mensaje sumó un reconocimiento a la presencia de Nora en su familia y a su rol como abuela de los cinco chicos.
Colosimo mantiene una participación frecuente en la vida pública de sus hijas y, en la actualidad, se desempeña como columnista de LAM, el ciclo que conduce Ángel de Brito. Su aparición en las historias de Wanda ofreció una mirada sobre otra generación de la familia Nara y sobre el vínculo que la empresaria mantiene con su madre.
La celebración continuó con otro saludo familiar. Wanda reposteó una historia de Valentino López, su hijo mayor, quien eligió una foto de cuando era bebé para dedicarle unas palabras. En la imagen, la conductora lo sostiene en brazos y mira a cámara.

El adolescente escribió sobre esa postal: “A la mejor mamá, Wanda Nara”, junto a un emoji de corazón rojo. La conductora decidió compartir el mensaje con sus seguidores y sumó así otra muestra de afecto a las publicaciones que realizó durante el domingo.
Las fotos de Wanda con sus hijos se conocieron pocos días después de una semana de gran exposición para la figura de Telefe. El miércoles 14 de octubre recibió una distinción por “Bad Bitch” en la primera edición de los Martín Fierro de la Música, celebrada en el teatro Tango Porteño. Allí agradeció el reconocimiento y recordó su incursión en la música.
“Hago tantas cosas que me había olvidado de que en un momento canté”, expresó al subir al escenario. Más adelante, señaló que el tema surgió con un mensaje para el público femenino: “Fue una canción hecha para que las mujeres se animen a ser un poco más bad bitch”.

En ese evento también estuvo Nora Colosimo. Las cámaras registraron su saludo con L-Gante, que se acercó a la mesa de Wanda durante la ceremonia. La familia volvió a ocupar un lugar central en la actividad pública de la conductora, que días después eligió compartir una celebración más privada en sus redes.
El 8 de octubre, además, se conoció la sentencia que declaró disuelto el matrimonio entre Wanda y Mauro Icardi, tras un proceso que se tramitó ante el Tribunal de Milán. La resolución abordó los reclamos económicos presentados durante el divorcio y dejó fuera de su jurisdicción los asuntos referidos a la custodia y manutención de las dos hijas menores de la expareja.
En medio de esos acontecimientos, la conductora recurrió a las fotos familiares para expresar el sentido de la fecha. El ramo de flores, los regalos de sus hijos, la imagen junto a Zaira y Nora, y el saludo de Valentino quedaron reunidos en una secuencia dedicada a las personas que, según escribió, ocupan el primer lugar en su vida.
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