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La historia de Jorge Messi, el artífice silencioso que acompañó a su hijo para que cumpla sus sueños hasta llegar a la cumbre del fútbol mundial

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Lionel y Jorge, su padre

El mundo del deporte vive horas de profundo dolor tras conocerse la noticia de la muerte de Jorge Messi, el padre del astro argentino Lionel, pero también aquel que lo acompañó desde múltiples funciones en su carrera deportiva.

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Tal vez el punto fundacional de su rol haya sido cuando lo entrenaba de pibito en Grandoli. Quizás la raíz se fue expandiendo debajo de la tierra ante cada paso en las inferiores de Newell’s, donde también cultivó una de sus cualidades: estar siempre presente, pero pasando inadvertido. En algún punto, la línea estalló cuando debió dar un paso adelante y negociar para que Barcelona lo fiche con 13 años. Jorge Messi avanzó instintivamente y nunca más retrocedió. Fue padre primero, sumó el enfoque de representante luego y adquirió muchos años más tarde el traje de CEO de la estructura que arropó al futbolista que cambió la historia. El obrero que construyó su humilde casa en el sur de Rosario con sus manos se moldeó a sí mismo como un agente exitoso que fue la sombra de su hijo, un crack que lleva años de perfección en los rankings deportivos, pero también en los económicos: es uno de los deportistas que más dinero recauda dentro y fuera de la cancha en el planeta desde hace años.

Para entender la estética del padre de Lionel Messi hay que destacar primero una de sus mayores virtudes: sabía volar por fuera del radar, aprendió a no tentarse con los elogios, a no confundirse por esos flashes que explotaron a centímetros de su figura durante casi tres décadas. Aquel operario metalúrgico de Acindar que trabajaba de sol a sol para poner un plato de comida sobre la mesa de la casa ubicada en el estrecho pasaje de Lavalleja, sobre el Sur de Rosario, tuvo la sapienza para erigirse como un agente que guió una poderosa máquina de miles de caballos de fuerza muy difícil de manejar inclusive para aquellos pilotos administrativos con múltiples títulos de distinguidas universidades mundiales colgados en la pared. Voló bajito para que que las ondas del sonar no lo identifiquen, a punto tal que muchas veces fue ilocalizable para gente de su confianza laboral. Jorge fue padre, representante y CEO para Leo. En ese orden.

Padre porque desde que Leo era Piqui y empezó a correr en una canchita de fútbol, él se movió siempre con la certeza de saber que el nene sería una estrella. Aun cuando la línea de llegada estaba demasiado lejos y las tormentas repentinas del deporte estaban siempre a la orden del día. Y esas lluvias las sufrió en su propio sueño de ser volante de Newell’s, con la lesión que desestabilizó la carrera del talentoso Rodrigo, el mayor, y con las diferentes advertencias que dio el cuerpito todavía frágil de Leo inclusive después de aterrizado en tierras catalanas. Lo protegió, lo mimó, lo elogió, lo corrigió, lo apuntaló. Y allí lo que creció fue otra de sus virtudes: la convicción. Lo impulsó ese amor puro de padre que muchas veces empuja a ir de frente contra la tempestad por un hijo, pero con la diferencia de que él tuvo las evidencias sobre la mesa unos cuantos años más tarde. Leo verdaderamente fue el mejor en lo suyo.

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A Jorge nunca se lo veía, pero siempre estuvo. En Newell’s, en la prueba en River, en Barcelona, en PSG, en Inter Miami y, claro también, en la selección argentina. Él no fue la pieza importante, entendía, pero sí es la que ecualiza la temperatura para que el motor no funda. “Messi es una PyME familiar muy bien gestionada. Jorge no es empresario, pero ha hecho todo intuitivamente y lo ha hecho muy bien”, había graficado tiempo atrás ante Infobae una persona que conoció los ritmos de la hermética familia. “¿Una empresa familiar? ¡No! Es una multinacional”, disintió otra personalidad que circuló por la intimidad de los Messi en aquel entonces. La diferencia sobre la definición estuvo en dónde se colocaba la lupa, entre el pequeño entorno que resguarda hasta el día de hoy a Leo habitualmente (Pepe Costa o sus hermanos cuando está en Argentina) y aquellos que focalizan en la estructura de contactos empresariales que montó Jorge desde que el efecto Messi empezó a erigirse en una marca de índole planetaria. Contrató a los mejores de cada rubro para estudiar cada una de las múltiples propuestas que llegaban a diario por Leo. Un filtro para organizar los pormenores en la vida de una estrella. Son aquellos que le permitieron generar proyectos fructíferos con Adidas, el Ministerio de Turismo de Arabia Saudita, HardRock, Cirque du Soleil, Budweiser, Pepsi

Lionel Messi - Barcelona
Rodrigo, María Sol, Jorge, Celia y Matías sentados mientras los escolta Leo para una producción de El Gráfico del 2003 en la casa de Rosario (Foto: Marcelo Boeri/El Grafico/Getty Images)

Nadie podrá discutir que el mérito es absolutamente de Lionel. Su cabeza prodigiosa es tal vez mucho más importante que la brillantez de sus escurridizas piernas. Pero el entorno fue el marco teórico para que el éxito suceda y se prolongue. Con Celia y Jorge en el frente de batalla del escudo de blindaje, el padre tomó el rol de ordenar al grupo que colaboró para que Messi tenga su mente colocada el mayor tiempo posible en el fútbol y su vida personal. Que las esquirlas de la fama no lo laceren en exceso. Fue la voz cantante del team que arropó a Leo desde que se peleó con los dirigentes de la Lepra porque no le querían pagar el tratamiento de las hormonas hasta que se sentó a negociar un monstruoso acuerdo hace tres años para que su hijo cumpla su deseo de probar cómo es la vida en suelo norteamericano.

El operario de Acindar que se paraba a un costado alejado de las canchas en Malvinas y apenas emitía un silbido característico para que su hijo sepa que estaba allí con él, respetando ese código interno que tenían, rápidamente entendió que si había una gema había que pulirla con cuidado, cincelarla con amor. Leo debía jugar al fútbol y disfrutar de su talento, que su esencia no se modifique nunca, que su reservado carácter no sea un escollo. En el río revuelto del mundo del deporte, el botón rojo del crack está pegado al de proyecto frustrado casi indiferenciables. Aquello terminaron de entenderlo juntos. Leo tomó la decisión de permanecer en Barcelona mientras una fractura recién llegado sembraba interrogantes y su madre decidía volver a Rosario con sus tres hermanos que no podían adaptarse al nuevo mundo. Messi tenía apenas 13 años, pero miró el sacrifico a su alrededor y se juramentó no claudicar.

“Mi viejo estuvo siempre conmigo. Vivimos muchas cosas feas. Por ahí yo me encerraba a llorar solo en la pieza. O él sin que lo vea, o que sin que piense que lo vea. Hacíamos que estábamos bien los dos, pero estábamos mal. Mi viejo me pregunto: ¿qué querés hacer? ¿Quéres seguir o nos volvemos? Yo quise seguir y él se quedó conmigo“, relató Messi aquella escena con la voz entrecortada durante una entrevista en 2007 con el Pelado Ramírez en Rosario.

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Jorge era hijo de Eusebio, quien le enseñó el oficio de albañil –y junto con el que construyó la casita de Lavalleja que la familia aún conserva– y que años más tarde puso una panadería tras abandonar el rubro de la construcción. Fue un correcto mediocampista en las inferiores de Newell’s que debió pisotear su sueños deportivos cuando entró en el servicio militar. Al finalizar la obligación marcial, se casó con Celia, su novia de toda la vida, y hasta fantasearon con irse a vivir a Australia. Fue cobrador de un instituto médico, hizo tornillos para un taller metalúrgico y entendió que para progresar debía estudiar algo. Se formó como técnico químico y entró a la fábrica de Acindar en los 80 a donde llegó a ser gerente, según reconstruyó la biografía “Messi” de Guillem Balagué.

El primer Jorge en pose de rudimentario agente era el que arrastraba por las calles catalanas bajo su brazo una humilde carpetita azul con algún recorte periodístico en la era pre redes sociales para explicarle el potencial de su hijo a aquel cronista que les hizo una de sus primeras entrevistas mientras tomaban una gaseosa sobre la Gran Via de Carles III, donde tenían el departamento que les cedió el Barcelona. Messi padre era la voz cantante en esa mesa compuesta también por aquellos representantes que asesoraron a la familia en una primera estancia.

Esa precuela del potente agente que vino después tuvo una especie de semilla fundacional cuando, más como una de las cabezas de la familia que como manager, llevó a su hijo a River para presionar a Newell’s y, ante la imposibilidad de conseguir el tratamiento hormonal para su hijo en Argentina, encaminó un modelo de acuerdo que para ese entonces era una rareza. Un mundo nuevo. Que un club europeo fiche a un futbolista extranjero de 13 años y que, aparte, le diera un salario anual, techo y trabajo a su familia, y hasta pagos por derechos de imagen, según la puntillosa reconstrucción de Balagué. Y, claro está, el determinante tratamiento para crecer. El quid de la cuestión. Leo era un pichón de crack, pero la apuesta era vanguardista, audaz. En ese entonces sentó a todos en una mesa, uno por uno. A Rodrigo (20 años), a Matías (18), a Leo (13) y también a la pequeña María Sol (5) para preguntarles si estaban de acuerdo de la propuesta que previamente habían masticado con Celia en la intimidad de la pareja. Se lanzaron a la aventura europea que tuvo miles de ribetes dramáticos hasta que las primeras voces de éxito golpearon la puerta.

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Si bien el espíritu de representante no tuvo un suceso fundacional, y fue más bien una construcción con el tiempo, sí hay una tilde en el calendario en un enfoque más formal. Pocos meses después de arribar a Barcelona, en una renegociación de ese mentado contrato de infantil, halló cosas que no le gustaron de intermediarios y decidió tomar el mando definitivamente, según la reconstrucción de Balagué. Eran épocas donde el chiquito estaba en adaptación a su nueva vida y lloraba a escondidas de su padre. “Jorge se convirtió en sustituto temporal de amigos, en apoyo moral, en la columna vertebral de la vida de Leo en Barcelona”, lo resumió el periodista español.

Había dado algunas muestras de su método en el trayecto previo. Como la orden que le dio en aquel ya mítico intento de sumarse a las inferiores de River: “Fijate si te ponen, que se va a terminar la prueba”, le indicó desde atrás del tejido según el propio Jorge relató en Informe Robinson. “Hacé lo que sabés. Agarrás la pelota y directo al arco. Mostrate como sos”, lo volvió a apuntalar durante la prueba del Barcelona mientras los formadores de La Masía le exigían jugar a dos toques. No hay mayores registros de sus intervenciones a nivel futbolístico que esas. Su perfil fue cada vez más bajo, en consonancia con el crecimiento exponencial de su hijo. Apenas dio unas pocas entrevistas a lo largo de la historia (con El Gráfico, Kicker de Alemania, el Robinson de España o un escueto discurso en esa mencionada nota en Rosario del 2007 donde habló emocionado: “Hemos pasado muchos momentos buenos y no tan buenos. Sobre esos momentos no tan buenos vos sabés que siempre salimos reforzados”), además de su testimonio en un puñado de libros narrando a su hijo desde diversas perspectivas. “No es enigmático, es reservado. Él ya no es él. Jorge es Messi, entonces se cuida”, lo había pintado un hombre con amplio recorridos en medios años atrás.

Sus intervenciones en los últimos años se habían reducido a declaraciones escuetas con cronistas callejeros que lo abordaban sorpresivamente durante alguna negociación por el futuro de su hijo o con un esporádico posteo desde su cuenta de Instagram para desmentir informaciones que circulaban. Su última publicación fue en julio del 2024, con una caricatura celebrando la Copa América que Leo ganó con Argentina. Que su padre no diera entrevistas no significaba que su representante no hablara con la prensa fuera de micrófono llegado el caso para purificar algunos datos que circulaban especialmente en esas últimas temporadas altas de cambios de club.

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Jorge se corrió del ojo, pero tuvo en claro que no era simplemente un familiar privilegiado de Leo. Montó una estructura con tintes empresariales con áreas preparadas para la comunicación, los negocios o las acciones que fuesen necesarias. Fue el primer cortafuego para masticar el avasallante sistema solar que gira en torno a uno de los deportistas más grandes de la historia. Sin embargo, él fue el primero en salir a flote cuando el contexto lo requería. Fue él en primera persona quien negoció con Joan Laporta antes y después de PSG. También quien entró con sigilo por la puerta del predio del Inter Miami para refinar los pliegos finales del arribo de su hijo en 2023 según pudo captar por entonces un ojo de Infobae en Estados Unidos.

No figurar no era sinónimo de no interceder. Jorge lo hizo cuando Newell’s no le quería pagar el tratamiento o cuando el Barcelona no les cumplía con el acuerdo del pequeño y le mandó una carta al propio Joan Gaspart que años más tarde difundió El Gráfico: “Mi situación y la de mi familia es gravísima”, se iniciaba ese breve texto del 2001 en el que le planteaba al presidente del club su preocupación por la situación económica pocos después de llegar a Europa.

Y al paso que la imagen de la Pulga se potenciaba, Jorge entendió que sus intervenciones de manager debían ser justas, moderadas y precisas. Pero debían ser. Aquellos que conocen el mundo de la AFA aseguran que respetaba la mirada de Julio Grondona (Leo, incluso, viajó de emergencia en el 2014 para estar en el funeral): “Mi padre lo ayudó mucho cuando Messi recién se iniciaba en el Barcelona, porque no ganaba mucha plata. El primer gran contrato de Messi lo logró mi papá con la empresa Adidas”, aseguró Humbertito sobre ese vínculo de la familia con su padre. Esos mismos que caminaron los pasillos albicelestes también grafican que no recuerdan casi haberlo visto por el predio de Ezeiza, el territorio de su hijo, pero coinciden en el trato cordial y respetuoso –no subordinado– que tuvo en cada llamado que mantuvo con empleados de allí. Incluso mantuvo esa línea cuando levantó el teléfono preocupado en plena era de la caótica AFA de la “Comisión Normalizadora” para entender lo sucedido con un grave error organizativo que puso en riesgo a su hijo, su representado, el mejor jugador del mundo. Jorge fue también a quien Leo llamó para girar la plata de los sueldos adeudados de los empleados del predio durante esa época o quien se encargaba de coordinar alguna acción solidaria de la Fundación Messi con la Selección.

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En un mundo donde el dinero transforma a las personas y las convierte en buscadores de oro, a mí Jorge Messi me parece de las personas más honestas que he conocido en el ambiente del fútbol. Eso no es habitual”, lo definió, en diálogo con este medio, tiempo atrás Balagué, quien tomó contacto con el mundo Messi cuando se lanzó a escribir su biografía.

El producto se vendía solo, pensarán muchos. No hace falta ser un cerebro brillante para que Messi tenga ofertas tentadoras deportivas o millonarias propuestas de empresas, plantearán. Pero hasta el proyecto más excelso puede terminar en el ocaso si no tiene el entorno adecuado. Los negocios, mal capitaneados, podrían tener como único norte el dinero lo que llevaría al inevitable naufragio más temprano que tarde. Leo está en la cima deportiva desde hace dos décadas. También lo está en lo económico, según el tradicional ranking de la revista Forbes en cada año. Fue el tercer deportista que más dinero acumuló en la década pasada con un ingreso estimado en 750 millones de dólares, el tercero que más plata registró en el reciente listado publicado en mayo y el segundo futbolista en aparecer en el selecto grupo de deportistas multimillonarios.

Seguramente hubo debates, intercambios de ideas, posturas distintas como en cualquier relación humana, como en todo vínculo padre e hijo, como en los diversos tratos entre manager y jugador, más entre dos caracteres decididos como los de Leo y Jorge, pero lo que primó en todos estos años fue la articulación para lavar las penas con las puertas de casa cerradas. Un currículum público limpio para un jugador que tiene una lupa en su nuca las 24 horas, los 365 días del año. ¿No les resulta llamativo que, al fin y al cabo, se conozca tan poco del tipo más conocido del planeta desde hace veinte años? Otra gestión de pura cepa de Jorge: perfil bajo. Incluso con el momento más incómodo fuera de la cancha durante el problema con el Fisco español en 2016 en el que dejó en claro ante el juzgado que la familia derivaba temas de esta índole en uno de los especialistas de la estructura y se hizo cargo de su error. La premisa para el equipo pareció ser entender que todo funciona para Leo y es él quien decide cuándo apretar el acelerador con declaraciones confrontativas o algún gesto como pudo haber hecho en la selección argentina o en Barcelona en alguna ocasión que sintió necesaria. El entorno no está allí para hacer ruido, no es la estrella sobre la que orbita el sistema. Casi no hay archivos públicos de declaraciones de sus hermanos o de sus padres, algo que imitó Antonela Roccuzzo con sus hijos, quien se muestra respetuosa si algún cronista la aborda pero brindó escasas entrevistas. Tampoco hay grandes descripciones por parte de los Pepe Costa o los Daddy D’Andrea que eventualmente lo cobijan según el entorno en el que transita. “Si ven que pueden confiar en vos, entrás en su mundo que es muy reducido. Te respetan y te cuidan”, narró una persona que conoció la cocina de las decisiones.

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Mateo Messi muñeco
Jorge con la familia Messi y Roccuzzo en el palco del Lusail durante la semifinal del Mundial de Qatar (Foto: Jean Catuffe/Getty Images)

Evitar las turbulencias es lo que motivó este último paso rumbo a Miami. Sin posibilidades de acelerar el proceso en Barcelona, Leo, Jorge y el equipo de trabajo entendieron que no estaban dispuestos a pasar otra vez por la titubeante etapa de tratativas que por entonces decantó en su salida del club hacia Francia. Messi padre se sentó ante la directiva blaugrana y les anunció que no querían vivir de nuevo esa traumática experiencia de incertidumbre. “Si hubiese sido una cuestión de dinero me habría ido a Arabia Saudita. La verdad es que mi decisión pasa por otro lado y no por dinero”, lo explicó luego el propio Leo.

Campeón de todo, definitivamente indiscutible en Argentina, a Leo sólo le quedaba reencontrarse con el calor hogareño que lo abrazó en Barcelona. “Yo siempre tuve la ilusión de poder disfrutar y vivir la experiencia de vivir en Estados Unidos”, había adelantado años antes de llegar a Miami. Un entorno social y cultural distinto para la familia. Una prueba menos hostil que la experiencia en París. Desembarcó a los 36 años y con un acuerdo fructífero en el que, según The Athletic, también se sumaron a la mesa de negociaciones Adidas y Apple, dos de los principales patrocinadores de la MLS, para reconocer económicamente al mejor futbolista del mundo.

Poco a poco, en los últimos años, Leo empezó a tomar la posta de estos negocios desde la calma del éxito que construyó en Inter Miami: “Tuve una carrera deportiva muy larga y siempre tuve gente alrededor mío de confianza, que se ocupaba un poco de todo eso, pero en el último tiempo me interesé mucho más en lo que se hacía y lo que se puede hacer. El fútbol tiene una fecha de caducidad, lamentablemente. En algún momento se termina. Y me gusta empezar a ver qué se puede llegar a hacer. El empresariado me gusta, quiero seguir aprendiendo. Estoy arrancando en esto. Siempre me dediqué al 100% a la profesión, pero sé que se viene otra cosa, otro mundo y de a poquito me voy metiendo”, lo explicó el mismo Messi tiempo atrás en el America Business Forum. Desde entonces, se expuso más. Se mostró asociado a Luis Suárez en el Deportivo LSM, encabezó el desembarco como propietario al UE Cornellà de España y apoyó el proyecto familiar de Leones FC en Rosario.

Es cierto que Leo se desvive por Celia, su madre. Es la que decora el ambiente del cariño más puro. La cara de ella fue de sus primeros tatuajes. Pero siempre supo que Jorge fue el que arriesgó un pleno por él desde el primer minuto. Se jugó entero. Dejó todo en Rosario, su familia, su trabajo, sus amistades y se bancó los cachetazos cuando las cosas estuvieron más hostiles. Lo escuchó cuando le dijo que su sueño era ser futbolista, aunque apenas era un adolescente. Sin embargo, el éxito de esta relación padre/hijo, representante/representado, podría explicarse, al fin y al cabo, desde algo más elemental, más sencillo, como lo definió alguna vez Balagué en la biografía de Leo: ”Son los dos discretos, igualmente reservados. Hechos con el mismo molde para tantas cosas”.

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Familia Messi en Barcelona (2001)
Los Messi a poco de llegar a Barcelona en el 2001

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Por qué levantamos los brazos al ganar: la ciencia detrás del lenguaje corporal de la victoria

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Cuando un atleta cruza la línea de llegada o un futbolista celebra el gol que define un campeonato, el cuerpo se expande casi de manera automática: brazos en alto, pecho abierto, columna erguida.

Esa postura de expansión corporal, omnipresente en el deporte de alto rendimiento, no puede explicarse únicamente como un reflejo primitivo heredado de otros primates, según advierte Stéphanie Caillies, profesora de psicología cognitiva en la Universidad de Reims-Champagne Ardenne, consultada por el diario deportivo francés L’Équipe.

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La postura de expansión corporal se asocia en la investigación psicológica a emociones positivas de alta intensidad: alegría, orgullo y triunfo. Sin embargo, Caillies advierte que la misma postura puede comunicar una amenaza si se combina con expresiones faciales agresivas. “Una misma postura expansiva con un visaje agresivo puede significar: me preparo para golpear”, señaló la investigadora en declaraciones recogidas por L’Équipe.

La lectura de cualquier gesto corporal depende, según la especialista, de sus características cinemáticas, velocidad, trayectoria y del entorno en que ocurre. En el deporte de competición, ese contexto viene cargado de normas sociales que generan un repertorio gestual propio, distinguible del lenguaje corporal cotidiano.

El debate entre origen innato y aprendizaje social

La investigación psicológica asocia la expansión corporal con emociones positivas como alegría, orgullo y triunfo en el deporte (Erik Williams-Imagn Images/REUTERS)

Un trabajo publicado en 2008 por Jessica Tracy y David Matsumoto argumentó que, si personas no videntes de nacimiento adoptan posturas de victoria sin haberlas visto nunca, eso prueba su carácter innato. Caillies rechaza esa lectura: “Esas personas han evolucionado en una cultura que ha moldeado su forma de pensar. Han internalizado reglas que influyen en sus movimientos aunque no las hayan ‘visto’ literalmente”.

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La especialista fundamenta su posición en la teoría de la cognición corporizada, según la cual el pensamiento no depende solo del cerebro, sino de un sistema que incluye también el cuerpo y el entorno.

Bajo ese marco teórico, una persona no vidente puede incorporar normas de expresión emocional a través del tacto, el oído y la descripción verbal, y luego reproducir esos gestos sin que ello indique que son biológicamente predeterminados.

La comparación con los chimpancés y sus límites

La lectura del lenguaje corporal depende de la velocidad, la trayectoria y el contexto social en que ocurre el gesto deportivo (REUTERS/Dylan Martinez)

Los trabajos con chimpancés muestran que estos primates también despliegan expansiones corporales parecidas, lo que podría sugerir un origen evolutivo compartido. Caillies matiza esa analogía: en los grandes simios, la postura suele indicar dominancia o un cambio de jerarquía dentro del grupo, con una dimensión amenazante ausente, o mucho menos marcada, en el atleta humano que celebra una victoria.

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Podría decirse que el deportista que gana también cambia de estatus, pero es más complejo porque existe además una comunicación emocional: comparto la alegría del éxito con los miembros de mi grupo, lo que puede generar adhesión, admiración y reforzar la cohesión social”, puntualizó la investigadora. Esa dimensión grupal y afectiva del gesto distingue, a su juicio, la celebración humana del comportamiento de dominancia observado en otros primates.

La conclusión de Caillies es que la postura de victoria resulta de “la interacción entre predisposiciones biológicas y aprendizajes sociales”, sin que ninguna de las dos variables pueda reclamar la explicación completa.

El cuerpo humano impone restricciones físicas a los movimientos posibles, pero dentro de ese margen la cultura, transmitida mediante descripciones, relatos y convenciones compartidas, moldea qué gestos se producen y qué significados se les atribuyen.

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Predisposición biológica y cultura, sin jerarquía entre ambas

Lionel Messi celebra con los brazos arriba, durante un partido del Inter Miami (Crédito: Nathan Ray Seebeck-Imagn Images)

La investigadora menciona además que existen ciertas variables individuales, como pueden ser los rasgos específicos de la personalidad de cada individuo y el género, que también ejercen una influencia en este tipo de expresiones.

Todavía es necesario investigar para poder determinar si los códigos gestuales asociados con la victoria son exactamente iguales entre deportistas de ambos sexos o si, por el contrario, se observan diferencias sistemáticas en la manera en la que hombres y mujeres manifiestan el triunfo cuando se encuentran en situaciones competitivas.

Middle East,Soccer,Sport

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Julián Álvarez quedó afuera de los convocados del Atlético de Madrid: los motivos

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Julián Álvarez quedó fuera de la convocatoria del Atlético de Madrid para el partido de este domingo ante la Real Sociedad, correspondiente a la quinta fecha de la Liga de España, tras sufrir una sobrecarga muscular que lo obligó a abandonar el entrenamiento del sábado antes de su conclusión.

“Julián no viaja a San Sebastián por una sobrecarga muscular por la que se retiró en la sesión de entrenamiento de ayer. Realizadas las pruebas pertinentes, los servicios médicos han descartado su presencia en el partido de hoy”, comunicó el club rojiblanco en la mañana del domingo, instantes antes de que la delegación partiera hacia el norte de España.

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El delantero argentino de 26 años sintió las molestias en el tramo final de la práctica del sábado. Por precaución, el cuerpo técnico y los servicios médicos del club resolvieron no arriesgar su viaje a San Sebastián, donde por la noche se disputará el encuentro. Álvarez no es la única baja: Pablo Barrios y Alexander Sorloth también quedaron descartados por sendas lesiones musculares.

Simeone viaja con 23 jugadores y tres argentinos en la lista

Sin los tres lesionados, el entrenador Diego Simeone parte hacia Anoeta con 23 futbolistas, todos los disponibles del primer equipo más el defensor Jorge Domínguez y el mediocampista Jorge Castillo, ambos con ficha de las categorías inferiores. Entre los convocados figuran tres argentinos: el arquero Juan Musso, el defensor Cristian Romero y el extremo Giuliano Simeone. El puesto de Álvarez en el once inicial será cubierto previsiblemente por el canadiense Jonathan David, su recambio natural en la delantera, aunque Simeone también podría optar por el tridente conformado por Kang-in Lee, Álex Baena y Ademola Lookman, combinación que utilizó en el arranque de la temporada.

La sobrecarga pone en duda su participación en la ventana de amistosos de la Selección Argentina

Más allá del impacto inmediato en el conjunto colchonero, la situación genera inquietud de cara a la próxima ventana internacional. Entre el 21 de septiembre y el 6 de octubre, la selección argentina disputará sus primeros amistosos tras el Mundial 2026, con entre dos y tres partidos previstos cuyos rivales aún no se han confirmado oficialmente (Bolivia, Burkina Faso y Benín asoman como los posibles contrincantes).

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Al tratarse de una sobrecarga y no de una lesión de mayor entidad, la evolución de Álvarez será determinante. El atacante había disputado el miércoles ante el Liverpool su primer partido como titular y completo en la temporada, por lo que el cuerpo médico actuará con cautela. Si no llega en condiciones para el próximo partido del Atlético en casa ante Osasuna, el objetivo sería tenerlo a punto para el clásico frente al Real Madrid, programado el siguiente domingo en el estadio Metropolitano, duelo en el que Barrios y Sorloth también son duda.

Este contratiempo se da luego de un período de transferencias agitado para la Araña, quien recibió múltiples sondeos (del PSG y el Arsenal, por citar dos de los interesados), pero su foco estuvo puesto en el posible salto al Barcelona. No obstante, el Colchonero no quiso negociar con la dirigencia blaugrana, en un duelo mediático que dejó en el medio al jugador, que fue abucheado por el público en su primer duelo de la temporada, cuando ingresó en el empate ante el Villarreal.

Cuando se había confirmado su continuidad y buscaba demostrar su compromiso pese al affaire del mercado de pases, Álvarez sufrió esta lesión, que pone en pausa su participación en el elenco que dirige Diego Simeone.

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El rapto de furia de Sabalenka tras perder la final del US Open: una raqueta destruida y un amenazante mensaje a la cámara

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Aryna Sabalenka destrozó su raqueta contra el suelo en el Arthur Ashe Stadium, con los ojos llorosos y la mirada perdida, apenas segundos después de que Elena Rybakina sellara el título del US Open con un 6-4, 5-7 y 6-2 que le costó 2 horas y 21 minutos. La bielorrusa, bicampeona defensora, no encontró la manera de disimular una frustración que ya había mostrado en otros escenarios, y esta vez lo hizo frente a las cámaras y a las miles de personas que colmaban las tribunas del estadio más grande del tenis mundial.

El saludo en la red fue breve, casi protocolario. En cuanto Sabalenka llegó a su banco, tomó la raqueta y la reventó contra el suelo sin dudarlo. La imagen se viralizó en cuestión de minutos y despertó la memoria colectiva de los aficionados, que recordaron aquel episodio de 2023 cuando, tras caer ante Coco Gauff también en la final de Nueva York, las cámaras la captaron descargando su bronca en los pasillos del recinto. La historia, en más de un sentido, se repitió.

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La reacción que lo dice todo

La secuencia no terminó ahí. Mientras el equipo organizador montaba el escenario para la ceremonia de premiación, un camarógrafo se acercó a registrar el estado emocional de la bielorrusa. Ella, visiblemente afectada y con los ojos húmedos, hizo un ademán con la mano para que dejaran de filmarla y vociferó “fuck off” (“vete a la mierda”). No era enojo hacia el público ni hacia su rival: era el gesto de alguien que necesita un momento de intimidad que el deporte de élite pocas veces concede.

La propia Sabalenka, ya en el acto de premiación, intentó poner palabras a lo que sentía: “De verdad me sentí como en casa aquí y no puedo esperar para volver el próximo año. Ojalá pudiera haber jugado un poco mejor, pero supongo que el próximo año”, dijo. Una frase que mezcla el apego que siente por Flushing Meadows y la resignación de quien sabe que el margen fue mínimo, aunque el marcador no lo refleje del todo.

La derrota tiene una dimensión extra que pesa más allá del trofeo. Sabalenka buscaba convertirse en la primera jugadora desde Serena Williams en ganar tres ediciones consecutivas del US Open. Además, cayó precisamente ante la única rival que podía arrebatarle también el número uno del mundo: Rybakina llegó al partido ya como nueva líder del ranking WTA, un ascenso que completó con el título en la mano. Las 99 semanas de Sabalenka en lo más alto del circuito llegaron a su fin en el peor momento posible.

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Rybakina frenó una racha de 19 victorias seguidas en Flushing Meadows

Del otro lado de la red, la kazaja construyó su victoria sin necesitar su mejor versión. Rybakina concretó tres de las 12 oportunidades de quiebre que generó, suficientes para inclinar la balanza a su favor. Su primera bola de servicio no estuvo a la altura habitual —pese a ser la líder en aces del circuito—, pero su juego de devolución fue constante e implacable, capaz de neutralizar la potencia de Sabalenka en los intercambios largos.

Con este título, Rybakina alcanzó su tercer Grand Slam —Wimbledon 2022, Abierto de Australia 2026 y ahora el US Open— y cortó la racha de 19 victorias consecutivas que Sabalenka acumulaba en Flushing Meadows desde aquella final perdida frente a Gauff. También igualó a la propia Sabalenka y a Mirra Andreeva, campeona de Roland Garros, con tres títulos en la temporada, la cifra más alta del circuito femenino. El cheque que se llevó fue de 5,5 millones de dólares, el mayor en la historia de un Grand Slam.

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En la ceremonia, Rybakina tuvo palabras para su rival que resumieron el nivel del enfrentamiento: “Es muy difícil jugar contra ti; llevas todo al límite. Me estaba muriendo en la cancha contra ti. Solo intentaba llegar a todas las pelotas posibles. Felicitaciones por tus logros y a tu equipo; ustedes hacen un trabajo increíble. No encuentro las palabras ahora mismo, lo siento”, declaró la nueva número uno.

“Si hubiera guardado mis emociones dentro de mí, no habría podido decir una palabra en la pista o ahora mismo. Es realmente difícil controlar tus emociones cuando pierdes en la final de un Grand Slam y cuando estabas intentando lograr un tricampeonato. Quería liberar toda esa agresión y decepción afuera”, se justificó la bielorrusa.

Solo le falta Roland Garros para completar el Grand Slam de carrera. Sabalenka, mientras tanto, tendrá que esperar hasta el año que viene para intentar recuperar lo que perdió este sábado en Nueva York.

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