DEPORTE
La insólita cifra de espectadores en un partido de Mundial: el día que (casi) nadie fue a la cancha

En el Mundial de las Conspiraciones, donde se aclara oscureciendo, hay una maldita costilla que la FIFA se encarga de enumerar desde un ábaco virtual : el público en los estadios. ¿Entradas impagables? ¿Reventa oficial de locos? ¿Butacas vacías a pesar del cartelito de Sold Out? ¡Basta! Lo ves en la tele. A pesar de las especulaciones, las canchas se perciben full (house, según los tableros electrónicos XXXL); desde Zurich, Suiza, la cantidad de espectadores rejuntados se actualiza con un F5 metódico; y serán unos siete millones al final de la historia de este domingo en la Costa Este yanqui. A toda pompa, por caso, hace unos días reconocieron a un tal Immy Khan, de Fort Worth, Texas, de origen pakistaní, por haber sido el ‘fan 50.000.000’ en la historia de los Mundiales. Y contando…
La cifra es estrambótica e incluye un récord Guinness, como los 173.850 espectadores que vieron el Maracanazo en Brasil 1950 (aunque se dice que, con colados y todo, llegaron a ser 199.854) y espera acrecentarse, por caso, con los 80.663 que según la Federación Internacional del Fútbol Asociación, estarán el domingo 19 de julio en el New York-New Jersey Stadium (popularmente conocido como MetLife) para la final de la World Cup. Sin embargo, en ese pack de cifras, hay una casi ignorada -lejos de las grandes marcas- de un match casi ignorado. Fueron apenas un par de tipos quienes contribuyeron a la causa ‘Attendance’.
Este martes, justamente, se cumplen 96 años de la peor contribución a esa suma millonaria de hinchas. El hecho en cuestión sucedió en Uruguay 1930 entre los representativos de dos países futboleros que, en este 2026, disfrutaron -por decirlo de algún modo- el Mundial pero por TV. Así las cosas, Olé reconstruyó lo que hoy podría ser rebautizado como Perú vs Rumania, ‘el partido que no le interesó a (casi) nadie’.
El que quiere Celeste, que le cueste…
Aconteció a orillas del Río de la Plata, en una Montevideo estilo Viejo Continente, ciudad puerto, capital pujante, con un 10% de inmigrantes en algo más de medio millón de habitantes, plazas en cada barrio, un Palacio Legislativo recién estrenado y una envidiada rambla Sur en construcción. La ciudad colonial levantada alrededor de la Plaza Matriz, frente al Cabildo y a la Catedral, comenzaba a darle lugar a anchas avenidas y a imponentes edificios de vanguardia. El centenario de la jura de la primera Constitución ameritaba la organización de un evento deportivo de magnitud, una apertura al mundo para ratificar aquello de ‘la Suiza de América’.
En 1928, a una FIFA en crecimiento pero increíblemente pobretona, la nafta le daba sólo para darle una mano al Comité Olímpico Internacional en el armado del torneo de los cinco anillos, que solía jugarse incluso fuera de calendario. Su aspiración de independizarse y expandirse planetariamente en plena controversia -británicos mediante- sobre los pro y los contra del amateurismo colaboró para abrirse definitivamente de Pierre de Coubertín, el padre de los JJ.OO modernos.
Así, en Holanda, a un día del inicio de los Juegos de Amsterdam, se decidió en el 17° Congreso de la FIFA la creación de una Copa Mundial a partir de 1930 abierta incluso a profesionales, algo con lo que ya se coqueteaba desde su fundación en 1904. La idea del francés Henri Delaunay, de armar un campeonato cada cuatro años que incluyera elencos no europeos y aceptando jugadores aficionados y pagos, significó un crac que tomó color un año más tarde cuando, en Barcelona, fue confirmada Uruguay como sede del primer Mundial (exclusivamente) FIFA por fuera del COI con el voto de 23 concurrentes al acto decisivo.
Fueron dos dirigentes de Nacional, José G. Usera Bermúdez y Roberto Espil, quienes presentaron la postulación golpeándose el pecho tras el par de oros al hilo en Colombes y Amsterdam, dorado bicampeonato olímpico-mundial (las famosas ‘primeras dos estrellas’). Consiguieron el visto bueno de la Asociación Uruguaya de Fútbol y también de la Confederación Sudamericana.
El momento de poner los huevos sobre la mesa ocurrió en el Congreso de Barcelona, el 18° de la FIFA. El 19 de mayo de 1929 se inauguró en la colina de Montjuic la esplendorosa Exposición Internacional (Feria Mundial). Con esa buena excusa, allí se reunieron una vez más los representantes futboleros de todo el mundo. De a una, naciones europeas como Holanda, Hungría, Italia, España y Suecia se fueron desinflando de su afán organizador de la Copa. Era el momento para Uruguay, el ‘ahora o nunca’.
Desarrollado en seis hojas mecanografiadas, el discurso del argentino Adrián Beccar Varela -traducido verbalmente en simultáneo a lengua gala por el Doctor Enrique Buero, diplomático charrúa, influencer y primer vice no europeo de FIFA- fue lo suficientemente contundente como para llevar el certamen -y las dificultades- a Sudamérica.
Según cuenta la leyenda, el propio Buero, cuatro años antes, en su rol de delegado uruguayo ante la Sociedad de las Naciones (creada por el Tratado de Versalles tras la Primera Guerra Mundial para establecer bases de pacificación entre los pueblos), ya le habría tirado la onda a Jules Rimet en el Quai des Bergues de Ginebra. El histórico presidente de la FIFA, dicen, se la pateó para adelante aunque le habría hecho un guiño a futuro: si se hacían cargo de todos los gastos (que eran muchos), a lo mejor… Y así fue.
Juan Campisteguy llegó al poder en Uruguay en 1927. En una elección muy peleada, el referente del Partido Colorado -por alrededor de 1500 votos de ventaja- se quedó con la presidencia ante Luis Alberto de Herrera del Partido Nacional. Más allá de su pasión por la Pelota Vasca, dio las garantías desde el Gobierno para bancar a la nueva competencia internacional, cuestión que incluía el viaje y la estadía de las delegaciones, así como la construcción de un mega estadio. Sí, el ahora Centenario…
Era un momento próspero para la República, con una economía agroexportadora viento en popa y un Estado de Bienestar a punto. Sin embargo, la crisis mundial de 1929 -el desplome de Wall Street- embarró la cancha. Literal. El hijo del pope, Juan Carlos, sí era futbolero. Fue secretario de la AUF, participó de la organización, y en su rol de médico, le llegó a recomendar a Francisco Varallo que, lesionado, no formase parte del XI argentino que disputaría la final. Pancho, por supuesto, jugó…
Empezamos el año mundialista con una historia de la primera Copa del Mundo en 1930: la histórica final entre Argentina y Uruguay en el Estadio Centenario. @feligara_
Sin Eliminatorias, a mendigar invitados: ¿quién viene?
Se eligió una fecha invernal para que no coincidiera con los momentos europeos de competencia y alimentar las chances de visita. Así y todo, hubo peros en tiempos donde la UEFA no existía. Los profesionales no querían venir porque sus clubes no los dejaban. Los amateurs tampoco, porque no encontraban sustitutos en sus trabajos para tomarse vacaciones deportivas. Ni siquiera por los 18 días que duraba la justa. Tres semanitas de ida en barco, casi una quincena de juego, y otras tres semanitas de vuelta no resistían ninguna economía. A un semestre del Mundial, las invitaciones emanadas desde la organización (y con la ayuda de Cancillería y consulados) empezaban a rebotar. Desde las potencias de la época hasta selecciones que podrían hacer bulto al menos.
Al ‘no’ de Alemania (su prensa juraba que los uruguayos eran malos perdedores y respondían a naranjazos contra los malos resultados), Austria, Checoslovaquia y Hungría (gran equipo gran), se sumaron luego Polonia, España (con bronca por no haber conseguido la organización de la Copa), Suecia, Noruega, Suiza, Holanda e Italia (situación símil Madre Patria). Ni siquiera los británicos, out of context, aceptaron un acercamiento por interés (pretendían, además, el 50% de las recaudaciones brutas de cada uno de sus partidos). Pintaba la desesperación.
Entonces Buero fue clarito con su amigote Rimet: debía mover el bote en Europa Central o todas las selecciones de la CSF, actual Conmebol, abandonarían el barco de una FIFA que se quería latinoamericanizar. Mitad advertencia, mitad de amenaza. Si se la pudrían, olvidate de Sudamérica en el Mundial 1934. La presión dio sus frutos. Aunque la mano de obra fue toda uruguaya.
Se había trabajado, visto y considerando el caos organizativo, la idea consuelo de un petit torneo en Europa (Italia) y otro en América (Uruguay). Los finalistas definirían en un cuadrangular las cosas en Montevideo. No convenció. Para nada. Campisteguy se había puesto nervioso: no tenía en sus planes un gastadero de dinero para acabar por disputar un Panamericano lejos de las grandes potencias.
Cuando se subió al Costa Verde, Rimet amasaba en su cabeza el boceto de un campeonato por eliminación -estilo olímpico- y otro para los perdedores de cada ronda. Y también pensaba en la ceremonia de premiación. Para ello, tiempo antes, había enviado a través del hijo de Buero (también bautizado Enrique, de 16 años) un trofeo de 1,8 kilos, con base de mármol y modelada en oro, construida por su compatriota Abel Lefleur. Incluso se rompió el molde para que no existieran chances de que la trucharan. Sin embargo, ninguno de sus dos objetivos acontecieron: esa Copa nunca apareció en la final (Uruguay 4-Argentina 2) y el torneo nada tuvo que ver con un Playoff -al menos tal como estaba planteado- porque apenas juntaron a 13 participantes.
Raúl Jude, presidente de la Asociación Uruguaya de Fútbol y presidente del Comité Ejecutivo del Campeonato Mundial (íntegramente Celeste) lo convenció a Don Jules de hacerlo en zonas, por puntos, y luego sí, con un Final Four. A más partidos, mayores recaudaciones. Clink caja. Había que juntar/recuperar la que se puso…
El sorteo: ¿papelitos o papelones?
No había demasiado espacio para la planificación. Todo se desarrollaba a los ponchazos. El 7 de julio, seis días antes del arranque del Mundial, cuando todavía algunas delegaciones ni siquiera habían llegado a la capital uruguaya, se realizó el particular sorteo. Mientras México y Estados Unidos estaban desde hacía rato en Montevideo, Bolivia, tras haber solucionado complicaciones sociales y políticas que lo pusieron en duda hasta el final, apareció sobre la hora. Tal vez por eso recibieron ocho goles en sus dos partidos…
La cita fue en el edificio de la AUF, sobre la Avenida 18 de Julio al 1500, a las 18.30. Hoy por hoy, en lo que sería ‘la parte de atrás’, se encuentra el actual local, sobre la calle Guayabos. «Era una casa señorial. Planta baja y primer piso. Tenía una gran puerta, que todavía puede verse porque se conservó. Llevaba a una gran escalera de mármol. En la planta principal, una majestuosa sala de reuniones. Incluso la del sereno. Abajo, enorme puerta telescópica, una de entrada y dos vidrieras, un largo mostrador, la administración. Adentro, sala de sesiones…”, le contó a Olé el presidente de la Asociación de Historiadores e Investigadores del Fútbol Uruguayo (AHIFU), Atilio Garrido.
Según el Capítulo 6 del Reglamento, “los delegados de las naciones participantes serán convocados a presenciar el acto de tiraje a la suerte que se efectuará tres días antes de la iniciación del torneo…”. Entre Jules Rimet, el ingeniero húngaro Maurice Fischer (vice FIFA), Jude y miembros del Comité Organizador, se reunieron una horita a puertas cerradas y salieron con los bombos listos, sin ranking, a puro dedo. Serían, como se dijo, 13 selecciones en cuatro zonas irregulares. Tres cabezas de serie netas (Argentina, Brasil, Uruguay) y una bicéfala (Estados Unidos y Paraguay).
El fixture, oficializado un día después, también tuvo sus particularidades: fue armado artesanalmente por los delegados. Si no había consenso, definía el Comité. “Por el grupo de Argentina, se juntaron Augusto Rouquette -dirigente de Banfield representante a la Asociación Argentina de Football-, el galo Jacques Caudron, el mexicano Ernesto Sota García y el mayor Aquiles Frías Ahumada por Chile. Quedaron en jugar con un intervalo, mínimo, de tres días entre partido y partido. A Francia le daba lo mismo mientras se respetase el reglamento. Es decir, dentro de lo posible, un juego cada 48 horas”, recordó Garrido.
Por su parte, el combinado local fue referente de la Tercera Serie -que hoy sería una Zona 3 o un Grupo C-. En suerte le tocaron dos selecciones en progreso: Perú y Rumania. Sin Eliminatorias, y más allá de su falta de pedigree, se trató de dos invitados ‘de lujo’ para el debut.
Olé te cuenta las particularidades organizativas de Uruguay 1930. ¿Cómo se organizó el fixture? ¿Cómo trataron a la Argentina?
Este viernes 5 de diciembre, casi un siglo después de aquella edición, se realizará en Washington DC el de la Copa del Mundo 2026.
Uno por el Pacífico, otro por el Atlántico: ‘sparrings’ para Uruguay
Si bien la Confederación Sudamericana de Fútbol había nacido en Buenos Aires allá por 1916, Perú tardó unos cuantos años en ser parte del grupo selecto integrado por Argentina, Brasil, Chile y Uruguay, sus fundadores. En tierras incaicas, el fútbol interclubes comenzó a jugarse oficialmente en 1912, de manera amateur, aunque solo incluía a equipos capitalinos. En 1922, ya en expansión, se boceteó un combinado local para recién, en 1927, ya con una firme Federación Peruana, crear una selección que fue parte del Sudamericano organizado en su tierra. Todo pareció darse de manera tardía (y algo forzada), siempre bajo la supervisión -también el apoyo- del presidente de la Nación, Augusto Bernardino Leguía y Salcedo, quien no se perdía un evento popular para salir en la foto.
“La selección peruana, por esos tiempos, era muy modesta. Solo había participado previamente en dos Sudamericanos. En Lima 1927, apenas le ganó a Bolivia; y en Buenos Aires 1929 quedó última. Entonces llegaba a Montevideo con pocos bríos… Perú esperó para afiliarse a FIFA hasta 1924. En Chile, la Federación local había sido creada en 1895 y a la FIFA se sumó en 1913. Y menciono a Chile porque a fines del siglo XIX había sostenido una guerra con Perú. Mi hipótesis es que nuestro país se estaba reconstruyendo de la guerra y el fútbol no era una prioridad…”, analizó para Olé el ‘enciclopedista del fútbol peruano’ Antenor Guerra García.
Desde el puerto de El Callao y casi con lo puesto (hicieron rifas incluso para recaudar fondos y terminar de pagar los 200 dólares de inscripción en el torneo), sobre las costas del Océano Pacífico, la selección peruana el 25 de junio se subió al vapor Orcoma. Con ellos se subieron los paraguayos de Olimpia, que jugaron por aquellas tierras varios amistosos -entre ellos, contra varios de sus compañeros de viaje-. El barco hizo mil escalas: Mollendo, Arica, Iquique, Antofagasta hasta llegar a Valparaíso. Allí se subieron al Ferrocarril Trasandino y tras un par de días llegaron a Buenos Aires. Faltaba el último tramo: navío a Montevideo, donde el 5 de julio, después de diez días de viaje, arribaron a la capital uruguaya de la mano del Comandante Guzmán Marquina (mandamás de la delegación) y se hospedaron en un petit hotel sobre la calle José Martín, en el corazón del barrio de Pocitos.
Del otro lado del mostrador, la situación no era muy diferente. Todo estaba por hacerse en Rumania. También la fama. “El primer campeonato local se jugó en 1909 con solo tres equipos. La Primera Guerra Mundial dejó 500.000 bajas entre muertos y desaparecidos. Hubo que esperar a la resurrección del país, a 1922 para ver el primer match de la selección y hasta 1924 para hablar de la primera participación oficial, en los Juegos Olímpicos de París. Por ese entonces, al llegar la invitación para el Mundial, la Tricolorii venía de ganarle 2-1 a Yugoslavia y 8-1 a Grecia por la Copa de los Balcanes, que terminó por conseguir en 1931. Solo se cruzaba contra países vecinos. Saber que Uruguay pagaría todos los gastos fue el gran incentivo para viajar a Montevideo…”, reflexionó Catalín Oprisan, autor de la obra ‘100 años – Historia de la selección rumana’, en charla con Olé.
Los europeos del Este llegaron a tierras charrúas después de 18 días de travesía y de recorrer 14.000 kilómetros. Viajaron en segunda clase desde la estación del Norte capitalina y, con la diferencia de dinero, los jugadores se compraron unos coquetos trajes oscuros. También, uno de los mecenas del equipo aportó pan y queso para llenar la panza. Fueron 2000 km por las vías: Bucarest-Timsoara y, desde allá, hasta Génova, Italia. En su puerto, se subieron al lujoso barco Conte Verde, que levantó en el camino acuático a las distintas delegaciones -y hasta el presidente de la FIFA, Jules Rimet-. Génova-Villafranche sur Mer-Barcelona-Rio de Janeiro-Montevideo.
Se entrenaron en la cubierta (perdieron muchas pelotas en el agua), hicieron coros en las cenas-show para casi 2000 personas, y le canjeaban ‘a los aborígenes que se acercaban’ monedas por algunas frutas. Fueron recibidos en el puerto MVD con salvas de cañón. Los peruanos, se dijo, llegarían dos días después. Aún faltaban nueve jornadas para el debut mundialista. La expectativa por los rivales de Uruguay era… nula.
El reloj y la cuenta regresiva: los rivales de Uruguay que no entraron en el sorteo
A la primera Copa del Mundo organizada con exclusividad por FIFA (aunque toda la logística y la inversión recayó finalmente en la Asociación Uruguaya) se le vino el calendario encima. Construir un estadio ‘estatal’ a la altura de las circunstancias costó pesos, sangre, sudor y lágrimas. Todo se hizo en nueve meses. Sí, un parto. Para que lo simbólico le ganase a lo material, decidió inaugurarse el 18 de julio, justo 100 años de la famosa jura de la Constitución. En su Centenario.
La idea primitiva era jugar todo el Mundial en un canchón para 100.000 espectadores en una ciudad de 400.000 habitante s. “El proyecto fue aprobado en agosto de 1929 y el resto de la historia es una victoria contra el tiempo gracias a la acción de 1100 obreros que trabajaron en tres turnos, incluso por las noches…”, grafica el profesor Andrés Morales en Fútbol, Identidad y Poder, 1916-1930.
Sin embargo, el torneo comenzó cinco días antes del corte de cinta en el Parque Battle y Ordóñez. Debió entonces buscarse una alternativa para los ocho juegos previos. Así, tanto Nacional como Peñarol tuvieron que dar una mano en la planificación: de manera gratuita -porque había que poner el hombro frente a un certamen que preveía un desarrollo a pérdida- pusieron sus templos a disposición.
El Parque Central en La Blanqueada se mantiene hoy en el mismo lugar aunque con su orientación modificada; Pocitos, el del Carbonero, apenas resiste en la memoria con monumentos recordatorios en plena área edificada. Allí, por caso, el galo Lucien Laurent convirtió el primer gol en la historia de los Mundiales en el 4-1 de Francia sobre México. En ese estadio, ubicado a unas 15 cuadras del futuro Centenario y a otras tantas de la coqueta Rambla que bañaba el Rio de la Plata, estaba programado el duelo entre peruanos y rumanos el lunes 14 de julio a las 14.45 horas.
La zona del estadio ahora inexistente hoy es parte de una de las zonas más bonitas y bacanas de la ahora capital del Mercosur. Hace más de un centenar de años, la firma de tranvías La Comercial contaba en ese lugar con un terreno que funcionaba como campo de pastoreo de los caballos que movían el transporte antes de la electrificación del servicio.
Si bien Peñarol contaba con cancha propia en Las Acacias -actual Ciudad Deportiva-, se vio tentado por un campo -más céntrico y más cercano al exclusivo balneario- que fue estrenado en 1921 contra el mismísimo River argentino. La Comercial se aseguró por los primeros cinco años un porcentaje de las recaudaciones y Peñarol con los dineros de la publicidad estática.
“Ya entonces era una zona con abundante movimiento comercial, con almacenes, una colchonería, la peloquería de Atilio Bellini, la tienda de artefactos eléctricos de los hermanos Scarone y el cine Latino. Una alta verja separaba la cancha de la calle, con un doble portón. Un ancho sendero arbolado llevaba hasta el campo de juego…”, describía Luis Prats en ‘Montevideo, la ciudad del fútbol’. El estadio tenía una capacidad para algo más de 10.000 personas. Post Mundial, con el Centenario como cancha rutilante, fue dejado de lado. Se desmanteló, se hizo baldío Mundialista y, entrados los ’40, fue atravesado por el tramado urbano entre calles y avenidas.
Perú y Rumania, dos selecciones ‘armadas’ con conflicto y artesalmente
En tiempos de Mundial sin TV, sin streaming, sin redes sociales, y con la difusión exclusiva de la radio del flamante SODRE (Servicio Oficial de Difusión, Representaciones y Espectáculos), los diarios también uruguayos, los enviados especiales de los medios internacionales (como los del sensacional y sensacionalista diario argentino Crítica) y las entregas metódicas de las agencias de noticias internacionales que distribuían por el mundo ‘cables periodísticos’ a la velocidad de un tuit, la programación del novel y experimental torneo se hacía a los ponchazos. Por eso no sorprendió que en la segunda jornada de la Copa, el Comité hubiera decidido que, a la misma hora y a tres kilómetros de distancia, jugaran Brasil-Yugoslavia en La Blanqueada y Perú-Rumania en Pocitos.
“ El campeonato del mundo estaba bajo la órbita de la FIFA pero los precios los estipulaba la AUF. En esa segunda fecha, tanto en cancha de Nacional como en la de Peñarol, los precios eran iguales: 20 centavos las generales; 80 centavos las gradas sin entradas; 1,50 pesos la tribuna principal y 2 pesos la platea y, sólo en el el Parque Central, 15 pesos los palcos. Para tener una referencia, un Peñarol-Nacional de la época podría costar, según la ubicación, entre 0,20 centavos y un peso. Un diario salía 0,30 centavos y un sueldo, si bien no existía un salario mínimo, iban de 30 pesos en adelante…”, le cuenta a Olé con precisión de contador Sebastián Suárez Brandi, ‘historiador aficionado’ charrúa y el responsable de la cuenta vintage Uruguayan Football History. “ En el Mundial, como había extrema necesidad de recaudación, no se le permitió a los hinchas Bolsos y Carboneros entrar gratis más allá de que sus clubes prestaban las canchas”, agregó. La pregunta que surge en este especial contexto y a la distancia temporal se cae de madura. Sin turismo ni barras ni hinchas de a pié. Sin fanáticos de Perú ni de Rumania interesados en el duelo… ¿Por quiénes el espectador ‘neutral’ pudo haber pagado un ticket?
Que peruanos y rumanos pudiesen jugar incluso merece un capítulo aparte. Más allá de los interminables viajes hasta el Rio de la Plata, la conformación de los planteles también fue resultado de un verdadero milagro. Detrás de cada caso aparece el amateurismo marrón, el pago por debajo de la mesa, como uno de los focos de conflicto principales: si se juega (gratis) para la selección, no se cobra (en los trabajos). Sin embargo, cuestiones sociales, de modos de entender el fútbol, y hasta la intervención de la realeza (sí, la realeza), serán parte del armado de estos combinados nacionales.
Perú, una paleta de colores y distintos modos de ver la vida a través del fútbol
Las ideas filosóficas de Herbert Spencer y su Darwinismo Social se metieron en el verde césped. La disciplina como vector para la supervivencia del más apto. Y ahí entraba la grieta. Se la explicó a Olé el autor de ‘De Golpes y Goles, los políticos y la selección peruana de fútbol (1911-1939)’, Jaime Pulgar Vidal: “En principio, se hablaba de una selección peruana pero solo se trataba de jugadores de equipos de Lima y El Callao. En ese momento, Alianza era el que mejor estaba. Sus jugadores eran de ‘terral’, como el potrero argentino aunque sin tanta educación. Juego callejero de gambeta y dribbiling. Hasta bailaban ‘marinera’, una danza nacional, en pleno campo de juego. Y encima, mayoritariamente, de piel negra. Como eran trabajadores independientes (adoberos, albañiles, choferes, carpinteros), no se sometían a ninguna disciplina y estaba mal vistos. Preferían hacer lazos con sus amigos que el látigo de una fábrica. El presidente Leguía, de alguna manera, los apadrinaba”.
A su vez, el Licenciado en Ciencias Sociales con especialidad en Historia, agregó conceptos sobre la contraparte: “Del otro lado, estaban los jugadores de la Federación Universitaria, hoy Universitario de Deportes, que si bien no eran profesionales, se tomaban el fútbol muy en serio. Allí atajaba Daniel Fosalba, hijo del embajador uruguayo en Perú, quien trabajó para conseguir la invitación. Se cruzaban entonces los que querían hacer lujos, por un lado, y los que practicaban un deporte de manera aburrida cuidando su cuerpo fuera de las canchas, por el otro”. Pequeño caos.
Rumania y la monarquía ‘destrabando’ jugadores por decreto
Armar y desarmar ha sido una especialidad de la casa. La mayor parte del actual territorio de Rumania estuvo bajo el control del Imperio Otomano durante siglos. Más tarde, al final de la Primera Guerra Mundial el Imperio austrohúngaro y el Imperio ruso habían desaparecido, y permitieron la unión de Besarabia, Bucovina y Transilvania (sí, las tierras de Drácula) para la gestación de la Gran Rumania. En ese mambo nació una selección.
En 1929, un año antes del Mundial, se puso el profesionalismo en la vidriera cuando se promulgó la Ley de Educación Física y Deporte. “Nuestros jugadores y equipos eran muy respetados en esta región del mapa. El fútbol se volvió competitivo. En ese momento, éramos una monarquía y, aunque hubo rumores de que el Rey Carol II intervino en la elección del plantel, en realidad lo que hizo -a pedido de Aurel Leucutia, primer presidente de la Federación Rumana, fue promulgar una ley especial -12 días antes de la partida a Montevideo- que le permitía a los jugadores dejar sus trabajos durante tres meses sin perderlo. Unas vacaciones por fútbol… Porque algunos trabajaban en una compañía petrolera (Astra Romana), otros en un banco (Banca Comerciala Italiana) y los patrones no querían saber nada con darles tanto tiempo libre… Fue Octavo Luchide, que representó al pais en la selección de rugby durante los Juegos Olímpicos 1924 y también estuvo a cargo de la Federación de Atletismo quien como secretario de la FRF, se encargó de todo”, le aseguró a Olé Andrei Antoine, ex árbitro, investigador académico y actual estudioso de la sociopolítica del fútbol en Europa del Este.
Dos entrenadores, dos personajes, una lista de buena fe variopinta
Los medios del País del Sol tenían cierta disputa a la hora de la búsqueda del entrenador. Algunos pretendían un DT local, un peruano. Otros, consideraban que era mejor buscar un tótem extranjero. Ganó la posición foránea: a 45 días del comienzo del Mundial comenzaron las negociaciones con un madrileño. Ganador de la medalla de plata con España en los Juegos Olímpicos de Amberes en 1920, Francisco Bru fue el elegido. Como zaguero, ganó la Copa del Rey con el Barcelona en 1910. Como míster, levantaría la misma Copa con Real Madrid en 1934 y 1936.
Paco no tuvo mucho tiempo de preparación que digamos. La idea era que los dirigentes marcasen a los jugadores y el técnico, que apenas consiguió verlos en un amistoso, los ‘mejorase’. La prensa y las cartas de lectores en los diarios también influían en los planes. Había internas, claro. Por su cosmovisión no solo futbolera, el grupo selecto de la U no gustaba de la presencia en el team de los colegas de Alianza. Pero imperaron Los Intimos, que finalmente colocarían en el XI del bautismo mundialista a seis players; Universitario incluyó a tres, Lawn Tennis a uno y el Necaxa mexicano a otro. Se trataba de Julio Lores, de descendencia china, que llevaba el apellido del propietario de la hacienda que había ‘contratado’ a sus ancestros para trabajar. Luego jugará para la selección azteca.
“¿La figura? El «diferente» de Perú en el Mundial del ’30 era Alejandro ‘Manguera’ Villanueva de Alianza Lima. Fue un jugador de clase. Un delantero muy hábil, a pesar de su metro noventa de estatura. Imponía en el campo su juego señorial. Era muy preciso en los pases. Jugaba y hacía jugar. A ello se sumaba un don innato para liderar el grupo. El maestro Villanueva vivió la época de oro de Alianza Lima que se inició en 1926 y se prolongó durante diez años”, confirmó Guerra García. “Durante los años 30, la estrella peruana sería Lolo Fernández, de la U, pero durante el Mundial jugaba en Reserva. Con él, más tarde, se ganó el Campeonato Sudamericano 1939, primer título del país dentro del mundo de la CSF…”, acotó Pulgar Vidal. Y además estaban Maquilón, De las Casas, Galindo, Lavalle, Luis de Souza (autor del primer gol en un Copa del Mundo) y siguen las firmas…
Las cosas no estuvieron mucho más fáciles en los Cárpatos. Tenía desde 1929 un todoterreno como entrenador. Se trataba de Costel Radulescu, un ex arquero conocido como el Manco de Doaga. En la Primera Guerra Mundial fue herido en combate en su mano derecha -de ahí el apodo- aunque siguió atajando -con la izquierda- Se retiró y se puso al servicio del fútbol local: tradujo el reglamento para implementarlo en Rumania y, en la misma línea, se transformó el árbitro. De no creer hoy por hoy, invitado por Jules Rimet, fue juez de línea en dos partidos de Argentina en Uruguay 1930 (contra México y Francia) Sí, referee y entrenador al mismo tiempo. También conciliador.
De entrada, antes de subirse al barco, hubo tire y afloje porque de los 20 boletos pagos por la organización, cinco estaban reservados para dirigentes y no quedaban cupos para jugadores suplentes. Solucionado el asunto y con los permisos laborales correspondientes, con los mejores jugadores disponibles de los torneos regionales partieron a la aventura: 12 jugadores no conocían el mar.
“El equipo reflejaba el carácter multicultural del país en el período de entreguerras. No había ninguna superestrella. Sólo un jugador profesional, Rudy Wetzer, delantero, líder, y el más experimentado del plantel. Otro destacado era Emerich Vogl, defensor, quien ganó seis títulos en los años 20 con el Chinezul Timisoara, el mejor equipo rumano de la época, y DT de la selección en los ’40. A Stefan Dobay, el Caballo, lo dejaron abajo ‘por joven’ a pesar de su gran proyección”, explicó Antoine.
“ No existía un Messi. Encima, en 1928, se retiró Aurel ‘Aurica’ Guga, que era el mejor de los nuestros. Wetzer -coincide Oprisan- era el distinto. Se dice que, en toda su carrera, llegó a convertir 1047 goles. Fue el primer rumano por el cual se pagó un traspaso cuando lo compró el Ujpest húngaro por 10.000 pengó. Rudy era judío y murió en Israel en 1993”. Como bonus track de rarezas, puede contarse Alfred Eisenbeisser también era parte del plantel y, seis años más tarde, representó a Rumania en patinaje artístico durante los Juegos Olímpicos de Invierno.
A la cancha, mis valientes
Peruanos y rumanos, muy abrigados, salieron al campo de juego tipo 14. Estaba pesado. La tarde anterior, incluso, había caído agua-nieve en la capital uruguaya. El sistema de drenaje, claro, era inexistente. Pintaba algo estropeado. Mario de las Casas y Emerich Volg, los capitanes, participaron de un sorteo favorable a los europeos. Lo ganaron y prefieron ‘lado’ para aprovechar el viento a favor -helado- que llegaba desde el río. La previa era dura por el “intenso frío y la situación de pobre resguardo para las inclemencias del tiempo”, según informó el diario La Mañana.
Sacaron los sudamericanos, vestidos con camiseta blanca con puños y vivos rojos (la banda diagonal colorada todavía no existía), pantalones caqui. Del otro lado, gigantes vestidos de rojo, con puños y vivos amarillos, más shortcitos azules. En el palco bajo techo, Raúl Jude, presidente de la AUF; Asdrúbal Casas, delegado de la selección; jugadores de Uruguay y de Chile (que en el entretiempo se irían para el Parque Central para ver el cierre de Brasil-Yugoslavia); y los suplentes que integraban la lista de Perú y Rumania ( no había banco todavía ni cambios dentro del partido).
A las 14.38, casi dos horas después de lo convenido originalmente, el árbitro chileno Alberto Warnken dio el pitazo inicial. El juez ya conocía Montevideo: en 1919, en representación de su país, fue medalla de oro en lanzamiento de disco durante el Campeonato Sudamericano de Atletismo.
Al minuto nomás, Adalbert Desu puso el 1-0 para los europeos. Promediando el primer tiempo, el partido se detuvo unos diez minutos por la doble fractura del back Adalbert Steiner, quien fue tapado fuera del campo de juego con una frazada a la espera de la camilla; luego fue llevado por la Asistencia Pública al Sanatorio Inglés. Nunca terminó de recuperarse y debió retirarse del fútbol…
En el entretiempo, la Banda Municipal tocó el himno uruguayo, el peruano y el rumano. Por eso el complemento arrancó pasadas las 16 y de una manera particular: los europeos salieron con nueve hombres porque además de la baja de Steiner, Constantin Stanciu sufrió un desplazamiento de rótula y no salió a la cancha.
El encuentro, se notaba, era muy físico y algo violento. Al punto que, en un época donde todavía no existían las tarjetas amarillas y rojas, el árbitro trasandino decidió que el peruano Plácido Galindo abandonase la cancha por juego brusco (contestó desde el piso una agresión de Rudolf Wetzer). Sí, lo expulsó pero a la vieja usanza -verbal- al volante que fuera fundador, jugador, entrenador y hasta presidente de Universitario de Deportes. Sin embargo, a lo Folarín Balogun casi 96 años después, no fue suspendido y logró jugar en la fecha siguiente.
Las rarezas continuaron porque, rengo y todo, Stanciu volvió al pasto barroso. Vio como Luis de Souza Ferreira a 15′ del final igualaba las cosas pero, incluso lesionado, puso el 2-1 a los 79′. Nicolae Kovacs cerró el score a los 89′ para el 3-1 definitivo. Sería el último triunfo rumano en Mundiales hasta México 1970.
Los suplentes europeos invadieron el campo para levantar en andas a los ganadores. Según los enviados argentinos del diario Crítica, que paraban en el mismo hotel de los rumanos, los propios jugadores peruanos les tiraron piedras al vehículo que sacaba de Pocitos a los vencedores. En tanto, Paco Brú habló de “cancha pesada”, “viento en contra” e “intenso frío” en su cruce con la prensa… ¿Testigos? Pocos, como nunca antes -lógico- y como nunca después en la historia de los Mundiales. ¿Qué pasó con la convocatoria? ¿Cuando no salen campeón esas tribunas están vacías?
Plata amarga
En Internet no siempre está la verdad. Según puede verse en la página web de la FIFA, hubo (supuestamente) 2549 espectadores en Pocitos. ¿Fuente? De los deseos. Los números no cierran y no solo por el “ante escasa concurrencia…” de la crónica del diario La Mañana. Principalmente porque los organizadores, se dijo, eran los uruguayos. La posta era charrúa. Y la dejaron sentada por escrito.
Post Mundial fue publicado un Album que hizo las veces de Libro Oficial del torneo. Y lo de ‘Oficial’ es literal ya que la obra dirigida por Arturo Carbonell Debali, escrita en español y en francés, fue editada bajo ‘el contralor de la Asociación Uruguaya de Football’. Allí, en su página 105 dedicada a las recaudaciones del torneo, puede verse como la más baja -y con diferencia- fue la de Perú vs Rumania: solo 657, 20 pesos. Unas 45 veces menos que la final entre Uruguay y Argentina en el Centenario.
“Hubo un cúmulo de factores. La venta de entradas arrancó en boleterías unos minutos antes del partido. El estadio no estaba muy al resguardo del frío por su cercanía con el río. En ese sentido, era mejor ir al Parque Central, que además de ser más grande y más cómodo, tenía otro juego más interesante en el mismo horario. Dependía del espectáculo porque las entradas eran ‘pagables’. Fijate que fue el único partido del Mundial con una recaudación tan pobre…”, reflexionó dato en mano Suárez Brandi, quien aportó un cálculo esclarecedor acerca de cuánta gente hubo en el field de Peñarol.
“Solo se ve en las fotos algo de público en la tribuna principal, que tenía capacidad para 4000 personas. El resto está vacío. Teniendo en cuenta los 657 pesos de recaudación, si todos hubiesen ido a la platea por 2 pesos, se debieron haber vendido 328 entradas. Si todos hubiesen ido a la tribuna principal, a 1,50 pesos, se debieron haber vendido 438 entradas. Si bien es un juego de especulaciones y tenemos que considerar algún margen de error, las entradas vendidas tuvieron que haber estado entre las 328 y las 428 aproximadamente…”, acotó calculadora en mano. Jamás de los jamases se repetiría algo así en la historia de las Copas del Mundo. Lejos en el tiempo y lejos del full house.
El resto del Mundial continuó sin pena ni gloria para peruanos y rumanos. Los sudamericanos, al menos, se dieron el gusto de inaugurar el Centenario el 18 de julio -ahora sí, a cancha repleta, con un 0-1 contra la Celeste. Como regalos especiales, la delegación incaica le llevó a los dirigentes charrúas un cofre de plata y se donó para el museo (abierto muchos años después debajo de la platea Olímpica) la camiseta del capitán Antonio Maquilón.
En tanto, tres días más tarde, los europeos cayeron 0-4 (con una formación remendada después de tantas lesiones) ante el posterior campeón de la primera Copa del Mundo FIFA. Como Los Tricolorii debían esperar la finalización del torneo y de la mayoría de sus participantes para pegar la vuelta, todos juntos, rumbo al Viejo Continente en el Conte Verde, aprovecharon el bache para cruzar a Buenos Aires y jugar un amistoso con Racing. Perdieron 1-0 con gol de Pedro Ochoa. Y juran que, en Avellaneda, había más gente que en Pocitos…

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DEPORTE
Por qué levantamos los brazos al ganar: la ciencia detrás del lenguaje corporal de la victoria

Cuando un atleta cruza la línea de llegada o un futbolista celebra el gol que define un campeonato, el cuerpo se expande casi de manera automática: brazos en alto, pecho abierto, columna erguida.
Esa postura de expansión corporal, omnipresente en el deporte de alto rendimiento, no puede explicarse únicamente como un reflejo primitivo heredado de otros primates, según advierte Stéphanie Caillies, profesora de psicología cognitiva en la Universidad de Reims-Champagne Ardenne, consultada por el diario deportivo francés L’Équipe.
La postura de expansión corporal se asocia en la investigación psicológica a emociones positivas de alta intensidad: alegría, orgullo y triunfo. Sin embargo, Caillies advierte que la misma postura puede comunicar una amenaza si se combina con expresiones faciales agresivas. “Una misma postura expansiva con un visaje agresivo puede significar: me preparo para golpear”, señaló la investigadora en declaraciones recogidas por L’Équipe.
La lectura de cualquier gesto corporal depende, según la especialista, de sus características cinemáticas, velocidad, trayectoria y del entorno en que ocurre. En el deporte de competición, ese contexto viene cargado de normas sociales que generan un repertorio gestual propio, distinguible del lenguaje corporal cotidiano.
El debate entre origen innato y aprendizaje social

Un trabajo publicado en 2008 por Jessica Tracy y David Matsumoto argumentó que, si personas no videntes de nacimiento adoptan posturas de victoria sin haberlas visto nunca, eso prueba su carácter innato. Caillies rechaza esa lectura: “Esas personas han evolucionado en una cultura que ha moldeado su forma de pensar. Han internalizado reglas que influyen en sus movimientos aunque no las hayan ‘visto’ literalmente”.
La especialista fundamenta su posición en la teoría de la cognición corporizada, según la cual el pensamiento no depende solo del cerebro, sino de un sistema que incluye también el cuerpo y el entorno.
Bajo ese marco teórico, una persona no vidente puede incorporar normas de expresión emocional a través del tacto, el oído y la descripción verbal, y luego reproducir esos gestos sin que ello indique que son biológicamente predeterminados.
La comparación con los chimpancés y sus límites
Los trabajos con chimpancés muestran que estos primates también despliegan expansiones corporales parecidas, lo que podría sugerir un origen evolutivo compartido. Caillies matiza esa analogía: en los grandes simios, la postura suele indicar dominancia o un cambio de jerarquía dentro del grupo, con una dimensión amenazante ausente, o mucho menos marcada, en el atleta humano que celebra una victoria.
“Podría decirse que el deportista que gana también cambia de estatus, pero es más complejo porque existe además una comunicación emocional: comparto la alegría del éxito con los miembros de mi grupo, lo que puede generar adhesión, admiración y reforzar la cohesión social”, puntualizó la investigadora. Esa dimensión grupal y afectiva del gesto distingue, a su juicio, la celebración humana del comportamiento de dominancia observado en otros primates.
La conclusión de Caillies es que la postura de victoria resulta de “la interacción entre predisposiciones biológicas y aprendizajes sociales”, sin que ninguna de las dos variables pueda reclamar la explicación completa.
El cuerpo humano impone restricciones físicas a los movimientos posibles, pero dentro de ese margen la cultura, transmitida mediante descripciones, relatos y convenciones compartidas, moldea qué gestos se producen y qué significados se les atribuyen.
Predisposición biológica y cultura, sin jerarquía entre ambas
La investigadora menciona además que existen ciertas variables individuales, como pueden ser los rasgos específicos de la personalidad de cada individuo y el género, que también ejercen una influencia en este tipo de expresiones.
Todavía es necesario investigar para poder determinar si los códigos gestuales asociados con la victoria son exactamente iguales entre deportistas de ambos sexos o si, por el contrario, se observan diferencias sistemáticas en la manera en la que hombres y mujeres manifiestan el triunfo cuando se encuentran en situaciones competitivas.
Middle East,Soccer,Sport
DEPORTE
Julián Álvarez quedó afuera de los convocados del Atlético de Madrid: los motivos

Julián Álvarez quedó fuera de la convocatoria del Atlético de Madrid para el partido de este domingo ante la Real Sociedad, correspondiente a la quinta fecha de la Liga de España, tras sufrir una sobrecarga muscular que lo obligó a abandonar el entrenamiento del sábado antes de su conclusión.
“Julián no viaja a San Sebastián por una sobrecarga muscular por la que se retiró en la sesión de entrenamiento de ayer. Realizadas las pruebas pertinentes, los servicios médicos han descartado su presencia en el partido de hoy”, comunicó el club rojiblanco en la mañana del domingo, instantes antes de que la delegación partiera hacia el norte de España.
El delantero argentino de 26 años sintió las molestias en el tramo final de la práctica del sábado. Por precaución, el cuerpo técnico y los servicios médicos del club resolvieron no arriesgar su viaje a San Sebastián, donde por la noche se disputará el encuentro. Álvarez no es la única baja: Pablo Barrios y Alexander Sorloth también quedaron descartados por sendas lesiones musculares.
Simeone viaja con 23 jugadores y tres argentinos en la lista
Sin los tres lesionados, el entrenador Diego Simeone parte hacia Anoeta con 23 futbolistas, todos los disponibles del primer equipo más el defensor Jorge Domínguez y el mediocampista Jorge Castillo, ambos con ficha de las categorías inferiores. Entre los convocados figuran tres argentinos: el arquero Juan Musso, el defensor Cristian Romero y el extremo Giuliano Simeone. El puesto de Álvarez en el once inicial será cubierto previsiblemente por el canadiense Jonathan David, su recambio natural en la delantera, aunque Simeone también podría optar por el tridente conformado por Kang-in Lee, Álex Baena y Ademola Lookman, combinación que utilizó en el arranque de la temporada.
La sobrecarga pone en duda su participación en la ventana de amistosos de la Selección Argentina
Más allá del impacto inmediato en el conjunto colchonero, la situación genera inquietud de cara a la próxima ventana internacional. Entre el 21 de septiembre y el 6 de octubre, la selección argentina disputará sus primeros amistosos tras el Mundial 2026, con entre dos y tres partidos previstos cuyos rivales aún no se han confirmado oficialmente (Bolivia, Burkina Faso y Benín asoman como los posibles contrincantes).
Al tratarse de una sobrecarga y no de una lesión de mayor entidad, la evolución de Álvarez será determinante. El atacante había disputado el miércoles ante el Liverpool su primer partido como titular y completo en la temporada, por lo que el cuerpo médico actuará con cautela. Si no llega en condiciones para el próximo partido del Atlético en casa ante Osasuna, el objetivo sería tenerlo a punto para el clásico frente al Real Madrid, programado el siguiente domingo en el estadio Metropolitano, duelo en el que Barrios y Sorloth también son duda.
Este contratiempo se da luego de un período de transferencias agitado para la Araña, quien recibió múltiples sondeos (del PSG y el Arsenal, por citar dos de los interesados), pero su foco estuvo puesto en el posible salto al Barcelona. No obstante, el Colchonero no quiso negociar con la dirigencia blaugrana, en un duelo mediático que dejó en el medio al jugador, que fue abucheado por el público en su primer duelo de la temporada, cuando ingresó en el empate ante el Villarreal.
Cuando se había confirmado su continuidad y buscaba demostrar su compromiso pese al affaire del mercado de pases, Álvarez sufrió esta lesión, que pone en pausa su participación en el elenco que dirige Diego Simeone.
DEPORTE
El rapto de furia de Sabalenka tras perder la final del US Open: una raqueta destruida y un amenazante mensaje a la cámara

Aryna Sabalenka destrozó su raqueta contra el suelo en el Arthur Ashe Stadium, con los ojos llorosos y la mirada perdida, apenas segundos después de que Elena Rybakina sellara el título del US Open con un 6-4, 5-7 y 6-2 que le costó 2 horas y 21 minutos. La bielorrusa, bicampeona defensora, no encontró la manera de disimular una frustración que ya había mostrado en otros escenarios, y esta vez lo hizo frente a las cámaras y a las miles de personas que colmaban las tribunas del estadio más grande del tenis mundial.
El saludo en la red fue breve, casi protocolario. En cuanto Sabalenka llegó a su banco, tomó la raqueta y la reventó contra el suelo sin dudarlo. La imagen se viralizó en cuestión de minutos y despertó la memoria colectiva de los aficionados, que recordaron aquel episodio de 2023 cuando, tras caer ante Coco Gauff también en la final de Nueva York, las cámaras la captaron descargando su bronca en los pasillos del recinto. La historia, en más de un sentido, se repitió.
La reacción que lo dice todo
La secuencia no terminó ahí. Mientras el equipo organizador montaba el escenario para la ceremonia de premiación, un camarógrafo se acercó a registrar el estado emocional de la bielorrusa. Ella, visiblemente afectada y con los ojos húmedos, hizo un ademán con la mano para que dejaran de filmarla y vociferó “fuck off” (“vete a la mierda”). No era enojo hacia el público ni hacia su rival: era el gesto de alguien que necesita un momento de intimidad que el deporte de élite pocas veces concede.
La propia Sabalenka, ya en el acto de premiación, intentó poner palabras a lo que sentía: “De verdad me sentí como en casa aquí y no puedo esperar para volver el próximo año. Ojalá pudiera haber jugado un poco mejor, pero supongo que el próximo año”, dijo. Una frase que mezcla el apego que siente por Flushing Meadows y la resignación de quien sabe que el margen fue mínimo, aunque el marcador no lo refleje del todo.
La derrota tiene una dimensión extra que pesa más allá del trofeo. Sabalenka buscaba convertirse en la primera jugadora desde Serena Williams en ganar tres ediciones consecutivas del US Open. Además, cayó precisamente ante la única rival que podía arrebatarle también el número uno del mundo: Rybakina llegó al partido ya como nueva líder del ranking WTA, un ascenso que completó con el título en la mano. Las 99 semanas de Sabalenka en lo más alto del circuito llegaron a su fin en el peor momento posible.
Rybakina frenó una racha de 19 victorias seguidas en Flushing Meadows
Del otro lado de la red, la kazaja construyó su victoria sin necesitar su mejor versión. Rybakina concretó tres de las 12 oportunidades de quiebre que generó, suficientes para inclinar la balanza a su favor. Su primera bola de servicio no estuvo a la altura habitual —pese a ser la líder en aces del circuito—, pero su juego de devolución fue constante e implacable, capaz de neutralizar la potencia de Sabalenka en los intercambios largos.
Con este título, Rybakina alcanzó su tercer Grand Slam —Wimbledon 2022, Abierto de Australia 2026 y ahora el US Open— y cortó la racha de 19 victorias consecutivas que Sabalenka acumulaba en Flushing Meadows desde aquella final perdida frente a Gauff. También igualó a la propia Sabalenka y a Mirra Andreeva, campeona de Roland Garros, con tres títulos en la temporada, la cifra más alta del circuito femenino. El cheque que se llevó fue de 5,5 millones de dólares, el mayor en la historia de un Grand Slam.
En la ceremonia, Rybakina tuvo palabras para su rival que resumieron el nivel del enfrentamiento: “Es muy difícil jugar contra ti; llevas todo al límite. Me estaba muriendo en la cancha contra ti. Solo intentaba llegar a todas las pelotas posibles. Felicitaciones por tus logros y a tu equipo; ustedes hacen un trabajo increíble. No encuentro las palabras ahora mismo, lo siento”, declaró la nueva número uno.
“Si hubiera guardado mis emociones dentro de mí, no habría podido decir una palabra en la pista o ahora mismo. Es realmente difícil controlar tus emociones cuando pierdes en la final de un Grand Slam y cuando estabas intentando lograr un tricampeonato. Quería liberar toda esa agresión y decepción afuera”, se justificó la bielorrusa.
Solo le falta Roland Garros para completar el Grand Slam de carrera. Sabalenka, mientras tanto, tendrá que esperar hasta el año que viene para intentar recuperar lo que perdió este sábado en Nueva York.
North America,Sport,Tennis
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