DEPORTE
La tarde en que Juan Martín Del Potro ganó un partido y perdió el tenis

La vincha apoyada sobre la red, los ojos enrojecidos y el esfuerzo por contener las lágrimas explicaban mucho más que cualquier conferencia de prensa. Aquella noche del 8 de febrero de 2022 tenía, para Juan Martín del Potro, el tono de una despedida. El Buenos Aires Lawn Tennis Club lo acompañaba con una ovación interminable mientras Federico Delbonis lo abrazaba al otro lado de la red.
La historia del adiós, sin embargo, había comenzado 965 días antes, sobre el césped del Queen’s Club de Londres. Aquel martes 18 de junio de 2019 la lluvia no permitió que se concretara la programación del torneo y Del Potro debió esperar un día más para iniciar su camino en uno de los torneos de la gira que desemboca en Wimbledon. Su rival, el canadiense Denis Shapovalov, debió soportar una andanada de 11 aces, para terminar cediendo ante el por entonces número 12 del mundo y tercer preclasificado, con parciales de 7-5 y 6-4.
En el medio del partido, La Torre de Tandil sufrió un resbalón, uno como tantos sobre la hierba. La rodilla derecha se le forzó y tocó el suelo, pero Del Potro siguió. Nada que pareciera grave o capaz de provocar más que alguna mueca de dolor. Nada que justificara una alarma inmediata.
El ganador saludó a su rival, firmó algunas pelotas y llegó al vestuario. Allí aparecieron el dolor y la inflamación. Luego, los estudios confirmaron la peor noticia: Delpo había sufrido una nueva fractura de rótula en la misma rodilla que venía condicionando su carrera desde el año anterior.
Del Potro se retiró inmediatamente del torneo y comenzó un proceso que terminaría marcando el tramo final de su carrera. A sus 30 años, ya conocía de memoria el camino de las rehabilitaciones. Había atravesado múltiples operaciones en ambas muñecas y protagonizado regresos que parecían imposibles. Durante los meses posteriores, el tandilense intentó aferrarse a ese bote salvavidas que en más de una ocasión lo había ayudado a regresar de las aguas turbulentas de la incertidumbre.
“No sé si el otro día jugué mi último partido de tenis o no”, dijo Del Potro entonces y dio un primer paso en Barcelona, donde volvió a ingresar a un quirófano para una nueva intervención quirúrgica bajo la supervisión del doctor Ángel Ruiz Cotorro, uno de los especialistas más reconocidos del tenis mundial. El mensaje fue optimista: había confianza y existía la sensación de que el proceso de recuperación fuera largo, pero exitoso.
Sin embargo, los controles posteriores no mostraban la evolución esperada y el dolor persistía. La consolidación ósea avanzaba más lentamente de lo previsto y, una vez en carrera para el ansiado regreso, los entrenamientos se interrumpían una y otra vez. Cuando parecía acercarse una fecha tentativa para regresar al circuito, aparecía una nueva molestia que obligaba a comenzar nuevamente.
La pandemia llegó en 2020 y el planeta entero se detuvo. Para muchos deportistas significó una pausa obligada. Para Del Potro, en cambio, fue apenas un capítulo más dentro de una rehabilitación que seguía sin encontrar salida.
En agosto de ese año, el campeón del US Open 2009 volvió a pasar por el quirófano en Berna, Suiza, donde fue intervenido por Roland Biedert, uno de los especialistas en rodilla más reconocidos del mundo. Tampoco alcanzó.
En enero de 2021 llegó una nueva cirugía. Dos meses más tarde, otra más. Con el paso del tiempo, la situación dejó de girar exclusivamente alrededor del tenis. El objetivo comenzó a ser algo mucho más básico: recuperar una calidad de vida normal.
Hubo momentos en los que caminar le resultaba difícil a Delpo. Subir una escalera se transformaba en un desafío cotidiano, porque la rodilla condicionaba actividades simples, situaciones normales para cualquier persona. Y eso, para alguien que había construido toda su vida alrededor del deporte, resultaba especialmente cruel.

Del Potro buscó distintas alternativas médicas: consultó especialistas en varios países, probó diferentes tratamientos, viajó a Estados Unidos y escuchó opiniones diversas. Intentó encontrar respuestas allí donde todavía quedaba una pequeña posibilidad de recuperar una vida normal, pero nada funcionó. Con el paso del tiempo, la discusión ya no giraba únicamente alrededor del tenis. El pensamiento empezó a impregnarse de una idea aterradora: cómo convivir cada día con el dolor.
“Después de esa primera cirugía hasta el día de hoy nunca más pude subir una escalera sin dolor. Me duele muchas veces para dormir, cuando me giro de lado o me despierto porque me pegan unos pinchazos que son muy feos», diría años más tarde, en noviembre de 2024, en un video publicado en sus redes sociales en la previa de una exhibición junto a Novak Djokovic. Allí contó que tomaba “entre seis y ocho pastillas, entre un protector gástrico, un antiinflamatorio, un analgésico y otra para la ansiedad” y expresó un deseo en forma de súplica: “Ojalá algún día se acabe, porque quiero vivir sin dolor”.
Entre junio de 2019 y comienzos de 2022 acumuló cinco operaciones en la rodilla derecha, innumerables sesiones de rehabilitación y meses enteros de incertidumbre. Sin embargo, todavía quedaba una última ilusión.
A fines de 2021, comenzó a tomar forma la posibilidad de volver a competir en el Argentina Open, el mismo torneo que le había abierto las puertas del circuito grande en 2006 gracias a una invitación. El 31 de enero de 2022, la organización confirmó oficialmente su participación.
Las semanas previas estuvieron cargadas de dudas. El propio Del Potro reconocía vivir en un estado de incertidumbre. Entendía que aquella presentación podía representar una nueva oportunidad, pero también una despedida.
El 8 de febrero llegó el momento. Era el día 965 tras aquel resbalón en Queen’s, un martes con el Buenos Aires Lawn Tennis Club poblado de gente que coreaba su nombre. Cada punto fue un gran acontecimiento. Del otro lado de la red estaba Delbonis, amigo, compañero de generación y protagonista involuntario de una noche histórica.

La derrota quedó en segundo plano. El público entendió que estaba presenciando algo más importante. Del Potro también. Por eso, cuando apoyó la vincha sobre la red y las lágrimas comenzaron a aparecer, la emoción recorrió cada rincón del estadio.
Tres días más tarde, el ex número 3 del mundo se bajó del ATP de Río de Janeiro. No hubo entonces más anuncios que el inicio de una nueva recuperación. Sin embargo, Delpo ya no volvería a pisar oficialmente una cancha de tenis. El círculo se había cerrado en el mismo torneo donde había comenzado su historia en el circuito mayor.
2019:06:19 12:44:19
DEPORTE
Los secretos de los goles de Maradona a los ingleses: del sándwich que lo motivó a la ventaja que solo vio Diego

El 22 de junio de 1986, Diego Maradona se despertó más temprano que nunca en el predio del América de México. “Se quedó boludeando un rato, compartía el cuarto con (Pedro Pablo) Pasculli. En un momento dijo: ‘Tengo unas ganas de comerme un sánguche de mortadela’. Y nosotros teníamos mortadela, eh, habíamos llevado mucha comida de Argentina”, le contó Roberto Mariani, uno de los ayudantes de campo de Carlos Bilardo, a Andrés Burgo, autor del libro “El partido”, que se sumerge en la apasionante historia de aquel duelo por los cuartos de final ante Inglaterra del Mundial de 1986, y que luego se convirtió en documental.
Sí, a horas de pisar el césped del estadio Azteca, de componer su obra más trascendente y recordada, de abrir el marcador con una mano camuflada de cabezazo y de rematarla con un eslalon artístico, inolvidable; Maradona pedía un “sánguche de mortadela” cual Popeye reclamando su espinaca. Esa paz, tal vez, tenía raíces en su vaticinio, que procuró regar entre sus íntimos y sus compañeros.
“Diego también contó que había hablado con sus hermanos, con Lalo (Raúl) y el Turco (Hugo) de una jugada en la que él se recostaba sobre la derecha, encaraba, dejaba rivales en el camino y definía al segundo palo. Y entonces dijo: ‘Tengo unas ganas de hacerle un gol de esos a los ingleses’. Y bueno, un rato después, de esa manera, hizo el gol de su vida”, completó Mariani.
Más: a Raúl Madero, el médico del plantel, Pelusa le dijo que había soñado que iba a hacer dos goles. Y tan envalentonado estaba que con su augurio en un puño le propuso una apuesta al recordado José Luis Brown. “¿Podés creer que Diego había dicho antes del partido que ganábamos 2 a 1 y hacía los dos goles?”, le dijo entonces el Tata a la revista Sólo Fútbol.
En ocasión del aniversario N° 34 de su oda, Maradona contó que la revivió frente a la pantalla en una entrevista con Infobae. Cada replay le ofrecía nuevas perspectivas. “El segundo gol me sigue emocionando. Siempre le encuentro algo nuevo, la mala salida de Shilton o el pase del Negro Enrique. Porque joden con eso, pero yo arranqué ahí. Otro por ahí la tiraba a la mierda, pero él me vio y me dio la pelota”, señaló sobre ese toque del mediocampista que en principio supo a instrascendente, pero que puso en marcha a la corrida eléctrica del Diez que terminó en su toque a la valla vacía tras superar a todos los adversarios que tuvo por delante para firmar el 2 a 1 definitivo.
Se cumplen 40 años de aquel triunfo histórico, de “la Mano de Dios”, del “gol del siglo”. De una victoria que, por más de que se tratara sólo de una contienda deportiva, traía la carga emotiva de la guerra de Malvinas, desarrollada apenas cuatro años antes del partido. Se cumplen 40 años de un gol ilegal, que el VAR no hubiera permitido, pero con la astucia del campito de tierra; un regate al reglamento, a los seis ojos del árbitro y los jueces de línea, y también a buena parte de la multitud que no lo captó en el primer golpe de vista, que necesitó de la repetición. Se cumplen 40 años de su majestuosa jugada individual, la alabanza a la gambeta rioplatense, a la reversión del fútbol en las narices de sus creadores. En 61 metros de recorrido pasaron Glenn Hoddle, Peter Reid, Kenny Sansom, Terry Butcher, Terry Fenwick y el arquero Shilton.
“Con el tiempo dije que el segundo gol a Inglaterra fue para que después no digan que les había hecho un gol con la mano, ja. Creo que fue justo para eso, así no tenían excusas”, añadió en aquella entrevista, una de las últimas antes de su muerte, el 25 de noviembre de 2020.
La enorme virtud del fantasista argentino se complementó en el imperdonable error de planificación de Bobby Robson, entonces entrenador de Inglaterra. También está indicado en el libro “El partido”. “Yo esperaba que el técnico nos detallara cómo íbamos a marcar a Maradona hombre a hombre, pero Sir Bobby tenía otras ideas: la orden era marcarlo colectivamente y que se ocupara el jugador que estuviera más cerca. Sir Bobby me llevó a un costado para decirme que Maradona sólo tenía un pie del que debía estar atento, pero claramente no me explicó cuán bueno era ese pie”, sorprendió Fenwick con su testimonio. “Tuvimos reuniones para hablar del partido, pero Bobby nunca fue de hacer demasiados análisis tácticos. Era más un motivador”, firmó Hodge en su biografía. Insuficiente para enfrentar a Diego en estado de gracia.
“A una selección como Brasil, Uruguay o alguna otra potencia como Alemania o Francia, creo que no le hubiese podido hacer el gol, porque me hubiesen bajado antes. Mirá si un uruguayo me va a correr al lado o me va a tirar un manotazo al estómago. Me la ponen en la cara…”, se rió fuerte Pelusa al confirmar que la forma de marcar de los ingleses lo benefició.
El 22 de junio de 1986 Diego cumplió con todos sus ritos. “Uno de ellos fue poner un calendario grande que pegamos en la pared entre las dos camas. Primero íbamos marcando los días que faltaban para el Mundial. Segundo, marcábamos con crucecitas cada vez que un seleccionado perdía y se volvía a su casa. Anotábamos los partidos que se iban a jugar y los veíamos por la tele. Era un ritual. Además, en las paredes colgábamos fotos de nuestros familiares antes de los encuentros para sentirnos cerca de ellos. Él ponía las de son Diego, doña Tota y de Claudia (Villafañe). Pero no sólo de los familiares, sino también de dos mujeres que eran muy bellas para Diego, que le gustaban mucho: Valeria Lynch y Pata Villanueva”, detalló Pedro Pablo Pasculli en una entrevista con Infobae.
Tito Benros, el utilero principal, le lustró los botines Puma talle 37 que le calzaban como un guante. Salvatore Carmando, el masajista del Napoli al que se llevó a México (además, era un experto cocinero) trabajó en su cuerpo durante una hora. En las prácticas previas, aunque suene increíble, había practicado el salto con el puño camuflado detrás de su cabellera frondosa. En realidad, se trataba de un gesto característico en el área, cuando sabía que iba a ser anticipado por el arquero.
“En el primer gol Shilton pensó que yo iba a chocar contra él. Eso es lo que pasa en esas jugadas, siempre. Pero yo me hice chiquito y salté. No sabía si iba a llegar, tampoco si me lo iban a cobrar, pero no la iba a dejar pasar”, describió su picardía. Una picardía que cumple 40 años, como el mejor gol de la historia de los Mundiales. En el fondo, es solo una excusa para recordarlos, porque la eternidad no tiene edad.
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El mejor gol, el mejor relato y los dos medios que no le pusieron 10 puntos a Maradona: a 40 años del partido inmortal

Único e irrepetible. De esos partidos tocados por la varita mágica del tiempo para alojarse eternamente en la mente y el corazón. Como también lo fue la final de Qatar 2022. Esa clase de encuentros que uno siempre va a recordar dónde y con quién estaba. Y que nos sacarán por siempre una sonrisa y una lágrima. Argentina e Inglaterra por los cuartos de final del Mundial de México ‘86 tenía todos los condimentos. Como si la mano de un escritor fértil e inspirado, lo hubiese tramado con lujo de detalles. En medio de ese combo apasionante, una actuación extraordinaria. Un Diego Armando Maradona que minuto a minuto iba superándose a sí mismo, hasta elaborar su obra máxima.
El partido con Inglaterra. El que muchos soñaban, borroneando los límites del fútbol. No hay que mezclar, suelen sentenciar los sabiondos. Pero aquella vez sí. El sentimiento estaba a flor de piel, aún las heridas lacerantes, ardían desde cuatro años antes. Como tan bien resumió Víctor Hugo Morales, luego de su extraordinario relato, el mejor de su admirable carrera, cuando llegó el pitazo final: “Argentina le ha ganado a Inglaterra. Y lo voy a decir una sola vez y que Dios me perdone, porque no es un golpe bajo: por todos los pibes que no pueden gritar esta victoria”.
Siguiendo la línea de los medios, aquella debe haber sido la actuación individual menos discutible de la historia para poner un puntaje. Sin embargo, hubo dos publicaciones en nuestro país que no le colocaron un 10 a Maradona. Para el diario “Tiempo Argentino” jugó apenas para 8, mientras que la revista “Sólo Fútbol”, no tuvo dudas en ponerle 11…
La previa tuvo muchos matices. Argentina contaba con la ventaja de dos días más de descanso, porque había eliminado a Uruguay el lunes 16, mientras que Inglaterra dejó en el camino a Paraguay 3-0 el miércoles 18. Bilardo tenía que hacer una modificación obligada, ya que Oscar Garré estaba suspendido por acumulación de amarillas y no había dudas que su lugar sería ocupado por el Vasco Olarticoechea, en la novedosa posición de lateral – volante por la izquierda.
Cuando llegó la noticia que Argentina debía vestir casaca alternativa, comenzó la novela. El doctor había quedado disconforme con las azules utilizadas ante Uruguay, porque carecían del moderno sistema air tech, con pequeños agujeros, que sí tenía la celeste y blanca titular. Portando una tijera, intentó hacerlo rústicamente sobre las suplentes, con un resultado tan esperado como espantoso: quedaron inutilizadas.

El utilero Tito Benrós y el administrativo de AFA, Rubén Moschella, recorrieron contrarreloj los negocios del centro de la capital mexicana en busca del tesoro. La tarea fue agotadora, pero consiguieron dos juegos azules, con el isologo de Le Coq Sportif. Uno de ellos fue rápidamente desechado por el entrenador, porque era muy similar al que ya tenían, mientras que el otro era más liviano y brilloso. “No, tienen que ser caladas”, respondía el Narigón. Hasta que el azar se apiadó de esos dos hombres exhaustos, cuando Maradona pasó justo por allí y le dijo el DT: “Que linda camiseta, Carlos”. Éste no dudó y dijo: “Es esta”, dando inicio a la leyenda.
Además del cambio obligado de Olarticoechea por Garré, el entrenador hizo otra variante que cambiaría tácticamente al equipo y resultó ser un acierto: Héctor Enrique por Pedro Pasculli. La formación que inició el match frente a los ingleses sería la misma que lo haría ante Bélgica en la semifinal y con Alemania en la final.
El Tata Brown recordaba cómo fueron los instantes previos: “Antes del partido, nosotros jamás tuvimos una declaración, nada de nada, pero interiormente sí. Yo siempre digo lo mismo: hay que estar en ese momento en el túnel, con la gente de Inglaterra a la derecha, en el medio los árbitros y a la izquierda el grupo argentino, Y Diego, que cuando íbamos caminando nos decía: ‘Vamos, eh, vamos que estos capaz nos mataron a un vecino o un familiar’. Entonces llegás a la mitad de la cancha, escuchás el himno y yo, por ejemplo, me pongo el cuchillo entre los dientes. Por eso se festejó tanto”.

Mientras la transmisión de televisión nos traía imágenes con los equipos en el campo de juego, seguramente no reparamos en los suplentes de Inglaterra. Allí estaba Barnes con el número 19, desconocido para la mayoría de nosotros y que nos haría sufrir muchísimo una hora y media más tarde. En ese momento, antes de iniciar su incomparable relato por radio Argentina, Víctor Hugo tuvo una apreciación acertada sobre el juez: “Alí Bennaceur de Túnez, no puede ser el árbitro de un partido de esta naturaleza. No puede tener este hombre toda la experiencia y toda la capacidad que se necesitan”.
Argentina comenzó mejor, siendo el dominador, luego de unos primeros minutos de estudio, donde las dos primeras intervenciones que tuvo Maradona, terminaron con una infracción en su contra. Ya a los 8 trazó su primera pincelada: apareció por el sector derecho, la durmió en el pecho, enganchó hacia adentro dejando dos rivales por el camino, hasta que Fenwick le cometió una nueva falta y se ganó la amarilla. La única aproximación de Inglaterra en ese primer tiempo fue a partir de un error argentino, cuando Nery Pumpido quiso salir a rechazar al borde del área grande, patinó y Beardsley remató con poco ángulo y la pelota se estrelló en la parte externa de la red.

Según dijo Bilardo en su autobiografía, ese fue el primer partido donde pudo plasmar la táctica con la que venía soñando: 3 – 5 – 2. Brown como eficiente líbero, Ruggeri implacable stopper sobre el goleador Lineker y Cuciuffo haciendo lo propio con Beardsley, Batista bien plantando como volante central, con Giusti y Olarticoechea a sus costados como laterales volantes. De allí en adelante, los restantes cuatro hombres, sin posiciones fijas y desorientando al rival. El ingreso de Enrique ayudó en la recuperación de la pelota y liberó a Diego para actuar más arriba.
A los 32, un tiro libre de Maradona, desde su posición favorita, salió al lado del poste izquierdo de Peter Shilton. Y dos minutos más tarde, se produjo una situación risueña, que hizo desacartonar la tensión con la que se vivía el cotejo. Diego fue a patear un tiro de esquina, pero como no tenía espacio para tomar carrera por la gran cantidad de fotógrafos, sacó el poste del banderín del córner. El juez de línea, Benny Ulloa, le indicó que debía colocarlo en su lugar. Así lo hizo, volviéndolo a clavar. Pero le señaló que aún faltaba el banderín. El capitán lo apoyó sobre la punta, cosa que no dejó satisfecho el hombre de negro, que le pidió que lo colocara en forma correcta. Finalmente, el 10 lo dejó como estaba, ante la ovación del público.

Con una Argentina dominante y una Inglaterra desconcertada, se cerró el primer tiempo. Nadie podía presentir que se estaba en la antesala de 45 minutos históricos, cambiantes y con un frenesí inolvidable. Apenas iniciado, Víctor Hugo señaló que había incidentes en las tribunas entre hinchas de ambos países. Raúl Gámez, quien participó de aquella pelea, así nos lo recordó: “Todo se inició por una discusión muy simple, por una banderita. Se acercaron desafiantes unos ingleses, que querían ocupar un lugar que era para los argentinos. Comenzaron los forcejeos, hasta que me perdí mentalmente, pero logramos conseguir el espacio para nuestra gente. Yo soy de la idea que los hinchas ingleses son buena gente, trabajan y estudian de manera normal. Nosotros estamos confundidos, y más en ese momento, con el tema de Malvinas. Ellos son peligrosos cuando toman de más, porque ahí son capaces de cualquier cosa. Di y recibí bastante, porque nos agarramos varias veces. Incluso a la salida me estaban esperando los muchachos (risas). A veces me pone mal cuando me lo recuerdan, sobre todo por mis nietos”.
Pero en el campo de juego, comenzaba a gestarse el primer gol, uno de los más polémicos de la historia de los Mundiales. La ya legendaria “Mano de Dios”, con la que Diego impactó, superando la salida de Peter Shilton. Resulta increíble que el juez de línea, perfectamente ubicado, no lo haya percibido, ni tampoco el árbitro tunecino que lo convalidó. Lo cierto es que nuestro país explotó por primera vez en aquella soleada y fría tarde de domingo.
Desde el momento que Maradona la tocó con la mano hasta que tomó contacto con la pelota en el pase de Enrique para iniciar la obra maestra, pasaron exactamente 3 minutos y 40 segundos. No nos habíamos repuesto del festejo, que primero tuvo la lógica pátina de incredulidad, porque todos vimos la mano, y llegó ese instante supremo. Tiempos sin delay, donde la mayoría silenciamos la tele y poníamos la radio. Víctor Hugo lo fue acompañando. Sus palabras corrían a la par que el genio dejaba ingleses en el camino: “Arranca por la derecha el genio del fútbol mundial. Siempre Maradona. Genio, genio, genio. Tocó gol”. Y allí su grito, que se unió al nuestro en cada punto de la geografía nacional. Donde no supimos qué hacer. Algunos se quedaron extasiados frente a la pantalla, siguiéndolo en su carrera rumbo al banderín del córner. Otros lloraron como el relator o se abrazaron hasta el infinito con quienes tenían al lado. En mi caso, con la suerte enorme de hacerlo con mis adorados abuelos maternos, amantes de todos los deportes y a quienes tanto les debo.

Las cámaras mostraban al doctor Bilardo dando indicaciones, como si el gol hubiese sido algo natural. No quería que el equipo se desordenase. Se había producido un hecho fantástico y sin precedentes, como para decretar el final, pero el partido debía seguir. Argentina estaba en estado de gracia, con una enorme lucidez, sabiendo cada futbolista lo que tenía que hacer y con el as de espadas más afilado que nunca. Pero Inglaterra no claudicó y se fue para adelante en busca del descuento. El primer aviso fue un muy buen tiro libre de Waddle que Pumpido, en uno de sus mejores intervenciones del torneo, mandó al córner.
A falta de 16 minutos, el técnico inglés mandó a la cancha a Barnes, para actuar como puntero, bien abierto a la izquierda, en el mismo lugar donde Rubén Paz había hecho estragos seis días antes. Y en la primera ocasión que tuvo, eludió a Enrique y a Giusti, llegó al fondo y mandó un centro preciso que aterrizó en la cabeza del temible Lineker, que por primera vez en la tarde le ganó a Ruggeri para colocar el 1-2. Pero ese equipo argentino no se amedrentaba ante ninguna adversidad. Sacó del medio y entre Maradona y Tapia, que había ingresado por Burruchaga, armaron una hermosa doble pared que concluyó con un violento derechazo del volante de Boca que fue devuelto por la base del palo, en una injusticia más grande que el estadio Azteca.
Inglaterra seguía atacando por la izquierda. En su autobiografía, el doctor Bilardo hizo una autocrítica: “En el banco todos los suplentes me decían: ‘Carlos, perdemos, saque a Giusti’. Lo veía hasta un ciego. El cambio era cantado: Clausen, que era marcador de punta por el Gringo. No lo quise hacer, estuve mal, porque era una variante cantada”. Y nuevamente Barnes la recibió en esa zona y sacó otro centro impecable. Cayó en la boca del arco con Pumpido superado. Era gol, pero el Vasco Olarticoechea se vistió de héroe y así nos los evocó: “Sobre el final se dio esa jugada que bautizaron ‘La nuca de Dios’ (risas), porque me tiré de palomita contra nuestro arco y con la nuca la pude sacar ante la presencia de Lineker, que estaba listo para empatarnos. Por suerte lo anticipé y llegué antes, porque estaba calcada a la jugada del gol de ellos”.
Fue la última zozobra. Del mismo modo que contra Uruguay, un partido para ganar cómodo, se convertía en un sufrimiento tremendo. Llegó el final y se desató un festejo inmenso, allá y acá, porque la gente por primera vez en ese Mundial, salió a las calles. Argentina estaba entre los cuatro primeros. Maradona se probaba la corona y el trono. No necesitaba salir campeón para demostrar que era el mejor del planeta. Ya había dejado un legado irrefutable: el más grandioso gol de todos los tiempos.
Próximo episodio: Bélgica
Fecha: 25 de junio
Locación: Estadio Azteca
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DEPORTE
Una de las imágenes más llamativas del Mundial: la colorida previa de los hinchas de Japón al ritmo de la cumbia villera

En un bar de Monterrey decorado con el escudo de los Rayados, hinchas japoneses y aficionados locales compartieron pista de baile al ritmo de «La Zorra», de La Repandilla, y terminaron saltando juntos al grito de «Vamos Nippon» durante el Mundial 2026
Un bar en Monterrey fue el escenario de una de las imágenes más llamativas del Mundial 2026: hinchas japoneses y aficionados locales mezclados en una misma pista de baile, al ritmo de cumbia villera argentina. Lo que ocurrió allí, entre camisetas azules de la selección de Japón y banderas de los Rayados, ya circula en redes sociales y resume algo que el fútbol pocas veces logra tan naturalmente.
La escena se desarrolló en un bar de la ciudad regiomontana, donde la decoración no dejaba dudas sobre la identidad local: en la pared del fondo, la frase «MTY LADRÓN DE MI CORAZÓN» acompañaba el escudo del club Monterrey. Sobre ese fondo, una multitud de seguidores nipones, con sus camisetas azules características, compartió espacio y euforia con aficionados del equipo anfitrión.
En medio del público, una banda tocaba en vivo. El repertorio incluyó «La Zorra“, tema del grupo argentino de cumbia La Repandilla, que los asistentes —japoneses y mexicanos por igual— recibieron con una energía que no distinguía fronteras.
En otro video, la escena escaló a un nuevo nivel: la percusión marcó un cambio hacia un ritmo de estadio, y toda la multitud —hinchas japoneses y mexicanos juntos— empezó a saltar al unísono. El cántico que surgió fue «¡Ooooooooh, vamos Nippon! ¡Nippon! ¡Nippon! ¡Vamos Nippon!“, entonado a todo pulmón mientras varios grababan la escena con sus teléfonos. Entre el público se vieron bufandas con la bandera de Japón y la palabra “NIPPON”, y al menos un aficionado japonés con un sombrero de paja mexicano sobre la cabeza.
Este tipo de escenas no son aisladas en el torneo. Los videos de los hinchas japoneses en el Mundial 2026 se han multiplicado con el correr de los días, con momentos que el medio describió como “a lo Argentina”. Los seguidores nipones han adoptado cánticos, rituales y formas de alentar propias del fútbol sudamericano, con camisetas, banderas y tatuajes que sorprendieron a más de un observador.
El comportamiento de la hinchada japonesa no se limitó a los bares. En el AT&T Stadium de Arlington, Texas, durante el partido ante Países Bajos, los seguidores nipones entonaron en español una melodía con el ritmo de “Pop Goes The World” de Men Without Hats, adaptación que clubes como River Plate y Boca Juniors popularizaron en la Argentina.
Al término de ese encuentro, también protagonizaron otra escena que recorrió el mundo: permanecieron en sus butacas para recolectar residuos de las tribunas en bolsas azules. La singularidad de la escena radicó en el contraste con la costumbre de otros públicos. No era la primera vez que los seguidores japoneses realizaban esta práctica en certámenes internacionales, pero su presencia en el torneo estadounidense renovó la conversación sobre el significado de este acto. El fenómeno se viralizó en redes sociales, donde usuarios de diferentes países expresaron sorpresa y respeto por el compromiso mostrado por la hinchada asiática.
La explicación tras este comportamiento habitual se encuentra en una palabra clave del idioma japonés: O-soji. Esta noción va mucho más allá de la limpieza doméstica, implica un principio de respeto hacia los demás y hacia los espacios compartidos. En Japón, limpiar no solo es un deber práctico, sino una expresión de responsabilidad social y cuidado del entorno común. Para los hinchas, dejar el estadio en condiciones óptimas es una forma de agradecer el espacio y de convivir con miles de personas bajo una misma pasión.
El rendimiento deportivo del equipo acompaña el fervor de sus seguidores. Japón llegó al torneo como uno de los candidatos a ser revelación y, por el momento, no defrauda. Tras empatar 2-2 ante Países Bajos en su debut en el Grupo F —luego de ir dos veces abajo en el marcador— el equipo dirigido por Hajime Moriyasu aplastó 4-0 a Túnez en su segunda presentación, en el partido número 1.000 de la historia de los Mundiales, disputado en el estadio de Monterrey. Ayase Ueda anotó dos goles en ese encuentro, mientras que Daichi Kamada y Junya Itō también marcaron. Con cuatro puntos, el equipo asiático llega a la última fecha de la fase de grupos con chances de liderar la zona cuando enfrente a Suecia.
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