CHIMENTOS
Moria Casán: éxitos, polémicas y transformaciones de la mujer que hizo de la televisión el escenario de su vida

Hay carreras que se construyen a fuerza de éxitos meteóricos y otras que necesitan la colectora de la insistencia. La de Moria Casán en la televisión pertenece a esa segunda categoría: una historia en la pantalla chica atravesada por cambios de canal, programas que funcionaron y otros que apenas sobrevivieron unas pocas emisiones, polémicas, reinvenciones, personajes, entrevistas, realities, entrevistas y una certeza que parece haberla acompañado desde el comienzo: nunca necesitó pedir permiso para ocupar un lugar.
Desde aquellas primeras apariciones junto a Alberto Olmedo y Jorge Porcel hasta sus más recientes experiencias en la pantalla convertida en conductora todoterreno, Moria atravesó buena parte de la historia de la televisión argentina. Lo hizo como protagonista, testigo y, muchas veces, también como alguien dispuesta a correr los límites de lo que podía hacerse frente a una cámara.
Su debut como conductora llegó después de haber construido una fuerte presencia como actriz y vedette, y tuvo como escenario Canal 9. Primero fue El club privado de Moria (1983), pero poco después el programa cambió de nombre y pasó a llamarse Monumental Moria. Durante tres temporadas, los viernes a las 22, se instaló en el horario central y comenzó a descubrir una nueva faceta de sí misma: la de una mujer capaz de sostener un programa propio, dialogar con el público y convertirse en el centro absoluto de la escena. No era un detalle menor en una televisión todavía dominada por figuras masculinas. En compañía de Mario Castiglione, su pareja, productor y futuro padre de su hija, Moria no solamente le ponía el nombre y el cuerpo frente a las cámaras. Casi al mismo tiempo, empezaba a construir un personaje televisivo que, con el paso de los años, terminaría siendo inseparable de su propia identidad.
En 1987, tras el nacimiento de Sofía Gala, llegó el cambio de canal. La diva desembarcó en Canal 11 con Las tretas de Moria, programa del que más se recuerda el título que la propuesta, y luego reformuló para pasar a llamarse Morias noches. El impacto no fue el mismo que había conseguido en el canal de Alejandro Romay y aquella etapa dejó una de las primeras enseñanzas de una carrera que nunca fue lineal: no todo proyecto estaba destinado a convertirse en éxito.
En 1988 volvió a intentarlo con Moria, marca registrada (por Canal 11 los jueves a las 22, para luego pasar a los domingos a las 21), aunque aquella experiencia duró apenas un par de meses. Al año siguiente regresó a Canal 9, pero esta vez para sumarse a Las gatitas y ratones de Porcel, en un momento en que el histórico ciclo humorístico necesitaba recuperar audiencia.
Pero si hubo una etapa capaz de resumir el espíritu de Moria, fue la que comenzó en 1991 con A la cama con Moria. La medianoche se convirtió en territorio propio y la conductora recibió en su mega queen size televisiva a figuras de la política y del espectáculo, en una propuesta que jugaba con la provocación, el humor y una irreverencia que todavía hoy permanece en la memoria de quienes la vieron o de quienes tuvieron la posibilidad de acercarse a ese ciclo gracias a la serie de la diva. En la ficción, se pueden ver a invitados como Fito Páez, Fernando Galmarini o Batato Barea, una muestra del amplio derecho de admisión. Duró una temporada, pero alcanzó para dejar una marca. Moria entendió antes que muchos que la televisión también podía ser un lugar para incomodar, sorprender y generar conversación al día siguiente.
Y justamente al año siguiente llegó uno de esos episodios que terminaron de convertirla en sinónimo de controversia. Juegos nocturnos tuvo una sola emisión y generó un escándalo por una propuesta que incluyó secretarias en topless y una performance de Mónica Ayos desnuda en una bañera. La emisión superó todo lo aceptado por el COMFER y el episodio terminó con el levantamiento del programa. Moria partió entonces hacia Chile para llevar allí el espíritu de A la cama con Moria. Una vez más, incluso cuando la televisión parecía cerrarle una puerta, ella encontraba otra pantalla por la que entrar.
El teatro también funcionó como puente hacia una nueva etapa. El éxito de Brujas le abrió las puertas de la ficción televisiva y Moria compartió elenco con Nora Cárpena y María Valenzuela en Con pecado concebidas (1993), donde interpretó a una de las tres fugitivas que se hacían pasar por monjas. La propuesta, con música original de Julia Zenko y de gran aceptación por parte del público, generó una reacción de la Iglesia, que pidió que el unitario fuera levantado, aunque finalmente no lo consiguió. Emitido los lunes a las 22, fue el programa más visto de ese año e incluso La One recibió el Martín Fierro a mejor actriz de comedia por esa ficción.Un año más tarde, Moria volvió a la ficción con Tres minas fieles, nuevamente por Canal 9, pero el éxito anterior no logró repetirse.


Para 1995, Alejandro Romay volvió a apostar fuerte por ella. La idea era ambiciosa: poner a Moria al frente de toda la programación central del canal, en un formato que mezclaba tira diaria, musicales, juegos, entrevistas, premios y sketchs. Era, en cierta manera, un intento por encontrar en ella una nueva gran figura de entretenimiento, con un modelo cercano al de Susana Giménez. Pero el resultado no estuvo a la altura de las expectativas. Aquella experiencia terminó siendo recordada como una “kermese imposible”, una propuesta que quiso abarcarlo todo y terminó sin encontrar su verdadera identidad.
Y entonces Moria volvió a hacer lo que mejor sabía: cambiar.
A finales de los años 90 encontró en el talk show un territorio ideal para desplegar otra de sus grandes virtudes: escuchar, provocar, intervenir y convertir una historia ajena en televisión. En Amor y Moria recibió testimonios atravesados por conflictos familiares, dramas personales y situaciones límite, mientras instalaba una frase que quedó asociada para siempre al programa: “Si querés llorar, llorá”. No era solamente una conductora: era una presencia capaz de modificar el clima de un estudio con una mirada o una frase. Poco después llegó La noche de Moria (1999), donde reunió incluso a sus entonces ex y actual marido, Mario Castiglione y Luis Vadalá, en otra muestra de una televisión en la que la vida privada podía convertirse en espectáculo. Ambas situaciones están muy bien documentadas en la serie.


El cambio de siglo volvió a encontrarla en movimiento. Entre 1999 y 2000 se incorporó a la ficción Buenos vecinos, donde interpretó a Patricia “Chini” Baccinelli en un protagónico compartido con Hugo Arana. Entre 2001 y 2003 condujo Moria, que luego pasó a llamarse Entre Moria y vos. En 2005 regresó a la actuación con Doble vida, donde el rating no la acompañó. Y un año después volvió a sorprender: dejó momentáneamente el lugar de conductora y se convirtió en participante de Bailando por un sueño, el por entonces arrollador éxito comandado por Marcelo Tinelli.
Llegó hasta las semifinales, pero lo verdaderamente importante estaba por venir. Para la siguiente edición fue convocada como jurado y encontró allí otro de los grandes capítulos de su carrera. La silla más caliente de la televisión terminó convirtiéndose en uno de sus territorios naturales, desde donde construyó frases, discusiones, personajes y momentos televisivos que trascendieron el programa.
Su presencia como jurado se repitió a lo largo del tiempo y tuvo asistencia perfecta en las diez ediciones siguientes. Volvió en el 2023, en la que hasta ahora es la última emisión del concurso. A esa altura, algo resultaba evidente. Moria podía cambiar de rol sin dejar de ser Moria.

También hubo humor, como en Si querés reír, reí, en 2010; noches de entrevistas, como Esta noche con Moria Casán, emitido por Magazine en 2011; y conversaciones con mujeres del espectáculo en Malas Muchachas, por C5N, en 2013. Después llegó Incorrectas, entre 2018 y 2020, un ciclo con el que volvió a ocupar el centro de la conversación televisiva, esta vez desde el análisis de la actualidad y el debate. En 2018, además, condujo como invitada Intrusos durante 80 programas y, dos años después, volvió a ponerse en el lugar de jurado en Cantando 2020.
Cuando muchos pensaban que ya había transitado prácticamente todos los formatos posibles, Moria volvió a reinventarse. Entre 2021 y 2022 condujo Moria es Moria, un late show por Canal 9. Y desde 2025 está al frente de La mañana con Moria, en El Trece, donde sumó la cobertura de la actualidad a su amplia foja de servicios. Y hoy por hoy, parte de esa actualidad es ella misma, con el furor de su biopic. Y nada más Moria que eso.


Más de cuatro décadas después de aquel primer programa propio, la historia se parece menos a una carrera televisiva tradicional que a una sucesión de vidas profesionales dentro de una misma vida. Moria fue vedette, actriz, conductora, entrevistadora, protagonista de ficciones, participante, jurado y polemista. Pasó por programas que hicieron historia y por otros que quedaron en el camino. Cambió de canal, cambió de formato, cambió de horario y cambió de personaje. Pero hubo algo que nunca cambió: esa capacidad casi instintiva para entender que la televisión, antes que nada, es presencia.
Porque quizás ahí esté el secreto de su permanencia. En una pantalla que se renueva cada temporada, que despide figuras y fabrica otras nuevas, Moria Casán sigue siendo Moria Casán. Y eso, después de más de cuarenta años de cámaras encendidas, polémicas, aplausos, fracasos y reinvenciones, ya no es solamente una carrera. Es parte de la historia de la televisión argentina.
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CHIMENTOS
Carlos Casella contó el secreto de su vínculo con Griselda Siciliani: “Tenemos una pasión muy parecida”

Carlos Casella y Griselda Siciliani vuelven a compartir escenario con Boite, una propuesta íntima de music-hall que reúne música, actuación, monólogos, humor y sensualidad en La Trastienda. La obra recupera la estética de los cabarets y las boîtes de la década de 1970, con músicos en vivo y un repertorio que incluye versiones de Sesso e samba, Believe y Como dos extraños, entre otros temas.
La reunión también pone en primer plano un vínculo artístico de más de 25 años. Ambos construyeron una sociedad escénica que ya tuvo pasos por espectáculos como Estás que te pelas, Sputza! y Pura Sangre. En diálogo con Teleshow, Carlos Casella, actor, baiarín y cantante, repasó ese recorrido y explicar cómo esa historia compartida dialoga con el presente de Boite, que finaliza el 27 de sepiembre.
—Boite los volvió a reunir sobre el escenario y la respuesta fue inmediata. ¿Qué tiene esa dupla que conecta tan rápido con la gente?
—Creo que tiene que ver con una química muy real. Con Griselda nos conocemos hace 25 años: yo era su profesor de danza y ella era mi alumna. Tenemos un origen muy parecido y, aunque después nuestros caminos se fueron diversificando, cada tanto se vuelven a cruzar. Cuando eso pasa, es como si compartiéramos una misma raíz, pero con nueva información. Para mí eso es recontra enriquecedor.
—Cuando una dupla funciona así, suele haber algo más que talento. ¿La clave es la confianza?
—Obviamente están las dos cosas, pero la confianza es fundamental. Tenemos una pasión muy parecida, una forma de trabajar muy afín, y eso en el escenario se nota. Podemos subir sin ningún plan y en el escenario se arma el plan. Y eso es un capital enorme, porque no te pasa con mucha gente en la vida.
—Cuando hablás de Griselda aparece mucha admiración. ¿Qué te sigue sorprendiendo de ella?
—Su pasión, su entrega y lo divertido que es trabajar con ella. Me gusta íntegra, 360. Y además, en estos años desarrolló muchísimo su expertise en la comedia, el humor y el ritmo escénico. Eso lo maneja como nadie. Para este show la escuché muchísimo en cada palabra que queríamos decir entre tema y tema. Su mirada sobre los silencios, el ritmo y el humor es enorme.
—¿Y qué sentís que aportás vos a esa sociedad?
—En estos años crecí mucho con la música. Estoy muy dedicado a cantar, a armar repertorios sorpresivos, lúdicos, divertidos. Entonces mi aporte tiene mucho que ver con la selección de las canciones, con cómo hacerlas, hacia dónde llevarlas. Y también con mi faceta como cantante.
—Viéndolos, parece que todo fluye con libertad, pero también hay mucho trabajo detrás. ¿Cómo construyen ese equilibrio?
—Hay libertad, sí, pero también una estructura. Trabajamos mucho sobre el deseo y no desde una lógica tan lineal. A partir de eso armamos una dramaturgia y un show. En elegir el material no tardamos tanto; lo que más tiempo nos lleva es ponernos de acuerdo en cuándo hacerlo. Hace bastante que veníamos hablando de Boite, pero una vez que encontramos el momento, todo se ordenó rápido.

—¿Y en ese proceso es clave una mirada externa?
—Totalmente. Nos dirige Ana Frenkel. Somos bastante grupales, pero Ana está afuera mirándonos y eso es fundamental. Las decisiones pasan un poco por los tres. Griselda y yo llevamos el material y Ana lo conduce, lo ordena, lo pone en valor.
—Hay gente que siente que cuando ustedes se juntan pasa algo distinto. ¿Vos también lo percibís así?
—Sí, lo siento. Y también me conmueve que la gente lo registre, porque en realidad no hicimos tantas cosas juntos. Entonces me parece hermoso que la gente diga: “Se los extrañaba juntos” o “qué bueno que volvieron”, porque evidentemente quedó algo muy fuerte, en los espectáculos anteriores.

—¿Te interesa entender qué produce esa dupla o preferís que una parte siga siendo inexplicable?
—Me interesa hasta cierto punto. Creo que hay algo que se puede pensar y otro poco que simplemente sucede. Hay confianza, admiración mutua y una manera de entender el escenario que compartimos. Después hay algo que pasa ahí, en vivo, que no conviene explicar tanto porque tiene que ver con lo imprevisible.
—También se nota que disfrutan mucho estar ahí arriba. ¿Eso sigue siendo el gran motor?
—Sí, absolutamente. Cada vez que está por empezar el show, estamos atrás de la escenografía esperando para entrar, y siempre nos miramos como diciendo: “Qué bueno esto que estamos haciendo”. A veces uno pierde perspectiva de lo valioso que es estar arriba de un escenario con alguien que te banca cien por ciento. Es muy enriquecedor. Y creo que algo de esa alegría le llega a la gente.

—El espectáculo ya sumó funciones. ¿Sentís que este reencuentro puede extenderse más de lo que imaginaban?
—Ojalá. Agregamos funciones y eso ya nos pone muy contentos. También hay ideas de llevar el show a lugares cercanos, como Uruguay o Chile. Estamos viendo cuándo podría hacerse, porque cada uno tiene sus compromisos, pero sí, hay ganas de que siga creciendo.
—Más allá de tus otros proyectos, ¿hoy tu energía está puesta sobre todo en Boite?
—Sí. Tengo conciertos, presentaciones y mis cosas personales, que me encanta seguir haciendo. Pero como proyecto importante de acá a fin de año, Boite cien por ciento.
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Analía Franchín revivió la trágica historia de su hermana Sandra y lo que llegó a hacer para rescatarla de las calles: «Tuve que ir vestida de prostituta para…»

Sandra, la hermana de Analía Franchín, sufrió durante décadas una fuerte adicción a las drogas y atravesó distintas internaciones y situaciones de extrema vulnerabilidad. En junio de 2024 murió a los 61 años luego de padecer una neumonía que se complicó. Además, tenía un diagnóstico positivo de HIV. Analía había contado públicamente durante años el enorme esfuerzo familiar que hicieron para acompañarla y ayudarla a recuperarse.
En aquel relato en PH, Franchín explicó que su hermana comenzó a atravesar una situación muy complicada cuando era joven. Según contó, Sandra tenía alrededor de 25 años y una hija de apenas tres, y en medio de su problema de adicciones llegó a llevarse a la niña. La periodista remarcó que no consideraba que lo hubiera hecho con maldad, sino que entendía que su hermana estaba enferma y atravesaba una situación límite.
“Tuve que entrar a la casa de un narco. Había una mesa con estupefacientes y una mantita donde la noche anterior había dormido mi sobrina”, recordó, al reconstruir uno de los momentos más desesperantes de aquella búsqueda. La periodista explicó que su objetivo era encontrar a su hermana y recuperar a la pequeña, mientras la familia atravesaba una situación que se volvía cada vez más peligrosa.
La búsqueda también la llevó a otros lugares de extrema peligrosidad. “Fui a tocar timbre a la casa de un tipo que estaba buscado por homicidio. Tampoco la encontré y me dirigí al Bajo Flores”, relató Franchín. La periodista recordó que, siendo muy joven, llegó incluso a recurrir a una estrategia impensada para poder ingresar a determinados lugares. “Tuve que ir vestida de prostituta a los 15 años”, contó Analía, al describir hasta dónde llegó para intentar rescatar a su hermana.
ANALÍA FRANCHÍN TUVO UNA LUCHA INCANSABLE POR SALVAR A SU HERMANA
La historia de Sandra estuvo atravesada por numerosas recaídas e intentos de recuperación. En 2021, Franchín contó que su hermana llevaba alrededor de 40 años luchando contra las adicciones y que la familia había pasado por internaciones y períodos en los que directamente no sabían dónde se encontraba. En aquella oportunidad, también agradeció públicamente a Gastón Pauls por haberla ayudado a encontrar una institución para comenzar un tratamiento.
Pero uno de los recuerdos más duros de Analía fue el día en que encontró a Sandra en un estado que la impactó profundamente. “Un día la encontré en un estado deplorable, comiendo pollo crudo”, relató en PH. La periodista explicó que, pese a las innumerables dificultades y recaídas, nunca dejó de intentar que su hermana pudiera recuperarse.
“Le juré que iba a estar con ella hasta el final y así fue”, aseguró Franchín. Esa frase terminó sintetizando una relación marcada por el dolor, pero también por una enorme presencia familiar. Durante años, Analía insistió en que no culpaba a Sandra por su adicción y que entendía que se trataba de una enfermedad que había afectado a toda la familia.
En 2021, Analía había relatado que en una oportunidad su hermana había tenido una crisis en la que estaba con un cuchillo y que fue necesaria la intervención del SAME y de la Policía. La periodista utilizó entonces su propia experiencia para cuestionar las dificultades que enfrentan las familias de personas con problemas graves de adicción y salud mental.
Analía Franchín
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Guillermo Andino: “Mi vocación nació a partir del momento más triste de mi vida”

La música acompañó a Guillermo Andino desde la infancia, mucho antes de que se convirtiera en una figura de la televisión argentina. Entre los vinilos de tango y jazz que sonaban en su casa, las guitarras que aprendió a tocar a los 7 años y una relación entrañable con su padre, el legendario periodista de gráfica, radio y televisión Ramón Andino, encontró una forma de volver a una pasión que había quedado en segundo plano.
En diálogo con Teleshow, Andino repasó los recuerdos familiares que lo unieron a Aníbal Troilo y Osvaldo Pugliese, su fascinación por The Beatles y la emoción de haber conocido a Paul McCartney y Ringo Starr. También habló de su participación en Es mi sueño, el programa que hoy le permite cumplir el deseo de interpretar en televisión canciones que marcaron su vida.
—¿La música siempre estuvo presente en tu vida?
—Sí. Era una actividad que hacía sin que mucha gente lo supiera. Toco la guitarra y el bajo, y hasta la llegada de esta propuesta lo reservaba para mi familia y mis amigos. Después de cuarenta años ininterrumpidos en la televisión, pensé: “¿Por qué no?”.
—¿Cuándo empezaste a tocar la guitarra?
—A los 7 años, en la escuela marista de Parque Patricios. Allí aprendíamos zambas y cantábamos en el colegio, en el Club Huracán y en la misa de la iglesia de San Antonio. Sin embargo, mi objetivo era aprender temas de rock nacional y de The Beatles. Cuando estaba en sexto grado, el profesor empezó a enseñarnos otras canciones y ahí comenzó todo.
—¿Hubo un momento en que dejaste de lado esa pasión?
—Durante mi adolescencia murió mi papá y tuve que reorganizar mi vida. Empecé a trabajar y ya no tenía el mismo tiempo, aunque cada tanto agarraba la guitarra. Fue doloroso porque sentía que empezaba otra etapa, pero las ganas de cantar nunca se fueron.
—¿Qué lugar ocupaba la música en tu vínculo con tu padre?
—Mi papá escuchaba mucho tango, jazz, Los Chalchaleros. Durante los 18 años que compartimos, intercambiábamos música: él me decía “escuchá esto” y me acercaba a Aníbal Troilo con Francisco Fiorentino, a Julio Sosa y a otros intérpretes. Yo le mostraba a Phil Collins, Soda Stereo y otros artistas que escuchaba. Ese intercambio fue muy importante para mí.
—¿Tuviste contacto con grandes figuras del tango desde chico?
—Mi papá era amigo de Osvaldo Pugliese y recuerdo haber ido a su casa sin tomar entonces verdadera dimensión de quién era. Con los años entendí que había estado cerca de personas enormes de la cultura. También conservo una foto, cuando tenía 5 años, junto a Aníbal Troilo y mi papá a la salida de un teatro.

—¿Cómo nació tu fanatismo por The Beatles?
—Vivía frente a una disquería y escuchaba mucho rock nacional. Un vecino mayor tenía un disco que decía Help! y me preguntó si alguna vez había escuchado a The Beatles. Le dije que no. Después de oírlo no paré más. Le pedía a mi mamá que, si me iba bien en el colegio, me comprara un disco de ellos. Fue un estímulo enorme para estudiar.
—¿Qué significó conocer a Paul McCartney y a Ringo Starr?
—Fue muy fuerte. En una conferencia de prensa de Paul McCartney pude hacerle una pregunta y luego sacarme una foto con él, además de charlar unos 30 segundos. También conocí a Ringo Starr en un encuentro en Uruguay. Para alguien que creció escuchando a The Beatles, fueron momentos inolvidables. Al único que no pude conocer, por razones obvias, fue a John Lennon.

—¿Qué sentiste al cantar Let It Be en televisión?
—Fue cumplir un sueño. La producción de Es mi sueño armó una puesta con pantallas y fotos de The Beatles, principalmente de Let It Be. Cuando salí a cantar, quise sentirme un poco como Paul McCartney. No soy un cantante profesional, pero me aferré a todo lo que había escuchado de él durante tantos años.
—¿Por qué habías rechazado otras propuestas similares?
—Hace años me convocaron para participar en Cantando por un sueño, pero no me sentía preparado. Estaba en el noticiero y tenía cierto pudor. También me llamaron para un programa de baile, pero sé que, si no puedo hacer algo bien, prefiero no hacerlo. Esta vez sentí que era el momento.
—Si no hubieras sido periodista, ¿qué profesión habrías elegido?
—Tuve varias etapas. De chico quería jugar al fútbol y llegué a probarme en las inferiores de Ferro. Jugaba de nueve porque era alto, pero entendí que no tenía la ambición necesaria para entrenar todos los días. Después estudié Relaciones Internacionales y Ciencias Políticas; soy licenciado en Relaciones Internacionales y bachiller en Ciencias Políticas. También cursé 3 años del profesorado de Historia.

—¿Cómo descubriste tu vocación periodística?
—La encontré a partir del momento más triste de mi vida, la muerte de mi papá. Empecé como cronista en Canal 13 y a la semana ya estaba enamorado de salir a la calle y contar lo que pasaba. Hice policiales y deportes, y después seguí en noticieros y magazines. Llevo 40 años en esta profesión.
—¿Cómo compatibilizaste los estudios con el trabajo?
—Entraba a Canal 13 a las 7 de la mañana, salía a las 14 y estudiaba de 17 a 22. En el último año de la facultad me convocaron para Nuevediario. Era un momento de enorme exposición y me daba vergüenza llegar a la universidad con mi foto en las tapas de las revistas, pero pude terminar la carrera mientras trabajaba.
—¿Qué te aporta esta experiencia musical?
—Me permite disfrutar y aprender. Los entrenadores dan devoluciones que intento aplicar en la canción siguiente, y pasar por distintos géneros obliga a trabajar de otra manera. Empecé con Sinatra, seguí con temas románticos, Sandro, Elvis Presley y música clásica. Ensayo como si hubiera estudiado en Berklee, porque quiero hacerlo con seriedad.

—¿También encontraste una conexión especial con tus compañeros?
—Sí. Muchos quieren iniciar una carrera y trabajan con mucho compromiso. Hablar con ellos, compartir los nervios y preparar cada tema genera un intercambio muy valioso. Termina siendo una escuela de canto para todos.
—Durante la pandemia también llevaste la música a tu barrio. ¿Cómo fue?
—Tuve COVID cuando todavía no había vacunas y mis vecinos estuvieron muy presentes. Cuando me recuperé, quise devolverles ese cariño: salía al balcón de mi habitación, ponía un parlante y cantaba canciones de The Beatles para el vecindario. Lo anunciaba en el grupo de WhatsApp del edificio. Fue mi manera de agradecerles.
Guillermo Andino,Ramón Andino
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