CHIMENTOS
Sergio Lapegüe y Bochi contaron cómo fue el nacimiento de Delfina, la hija de Mica Lapegüe

Sergio Lapegüe y Bochi Todaro atraviesan uno de los momentos más emocionantes de su vida: se convirtieron en abuelos por primera vez con el nacimiento de Delfina, la hija de Mica Lapegüe y Tomás Bartolomé. La beba nació este sábado 19 de septiembre y, desde el Sanatorio Otamendi, sus flamantes abuelos compartieron detalles de las horas previas al parto.
La llegada de Delfina fue muy esperada por toda la familia y finalmente se produjo después de un proceso de inducción que tenía como objetivo lograr un parto natural. Sin embargo, la situación tomó otro rumbo cuando Mica no logró dilatar como esperaban los médicos y se decidió avanzar con una cesárea para que pudiera nacer la beba.
Bochi fue quien contó cómo vivieron ese momento y explicó que recibieron un video de Mica mientras comenzaba el proceso de inducción. “Nos mandaron un video para contarnos que Mica estaba recibiendo el goteo para inducir el parto y que como no dilataba, el médico había decidido ir a cesárea”, relató sobre las horas de incertidumbre antes del nacimiento.
Finalmente, todo salió bien y Delfina llegó al mundo para alegría de sus padres, abuelos y del resto de la familia. Sergio Lapegüe fue quien reveló algunos de los primeros datos de la recién nacida y contó cuánto pesó y midió la hija de Mica, en medio de la emoción por convertirse en abuelo.

CUÁNTO PESÓ Y MIDIÓ DELFINA, LA NIETA DE LAPEGUE
Según contó Sergio, Delfina nació con un peso de 3,360 kilos y midió 49 centímetros. El dato generó una particular emoción en Bochi, quien descubrió que su nieta tuvo la misma longitud que Mica cuando ella nació. Una coincidencia que volvió todavía más especial la llegada de la pequeña.
Luego del nacimiento, Bochi también brindó detalles sobre el estado de salud de Mica Lapegüe. La joven se encuentra atravesando las primeras horas de recuperación de la cesárea y, como es habitual después de la intervención, permanece dolorida y con los cuidados correspondientes.
En este comienzo de la maternidad, Mica cuenta además con el acompañamiento permanente de Tomás Bartolomé. El flamante papá estuvo junto a ella durante todo el proceso y ambos comenzaron a disfrutar de esta nueva etapa junto a Delfina, que se convirtió rápidamente en la gran protagonista de la familia.
Sergio Lapegüe, Mica Lapegüe
CHIMENTOS
Gilda antes de la fama: la historia de Miriam Bianchi, la mujer que aprendió a cantar mientras la vida le exigía crecer

Mucho antes de que miles de personas corearan su nombre y de que sus canciones se convirtieran en parte de la memoria sentimental de varias generaciones, hubo una mujer que llevaba una vida muy diferente a la de aquella cantante que finalmente conquistaría los escenarios.
Se llamaba Miriam Alejandra Bianchi, había nacido el 11 de octubre de 1961 en Villa Devoto y era la hija mayor de Omar Eduardo Bianchi, un empleado público, y de Isabel Scioli, una profesora de piano. Durante sus primeros años vivió junto a sus padres y su hermano Omar, cinco años menor, en la casa de su abuela, una típica vivienda tipo chorizo con un gran patio que terminaría ocupando un lugar especial en sus recuerdos.
En ese patio transcurrieron buena parte de sus juegos de infancia. La joven tenía una imaginación desbordante y encontraba en la ropa que su madre y su abuela ya no usaban el vestuario perfecto para convertirse, por un rato, en las cantantes que admiraba. Su padre acompañaba aquellas fantasías con la sencillez de quien entiende que para un chico no hace falta demasiado para construir un mundo: le había armado un micrófono con un palo y lo había pintado de dorado. Con aquel objeto improvisado, ella hacía fonomímica, actuaba y cantaba mientras imaginaba que estaba frente a un público.
La inclinación artística aparecía también en otros aspectos de su vida. Desde pequeña disfrutaba de la danza clásica y española y tenía una relación espontánea con la música. En la casa de una vecina solía ensayar la orquesta de Tito Alberti -sí, el padre de Charly, baterosta de Soda Stereo- y ella se acercaba con una pandereta para acompañar aquellas melodías. Sin embargo, en su familia aquella facilidad para la actuación y el canto no llegó a convertirse en una formación profesional. Con el paso de los años, aquella parte de su personalidad quedaría relegada frente a las obligaciones que la vida le impondría.
Su infancia también estuvo marcada por los cambios. Cursó la primaria en un colegio de monjas hasta sexto grado, pero la situación laboral de su padre llevó a la familia a mudarse a Villa Lugano. Allí pasó a una escuela mixta, después de haber estudiado durante años en un ámbito exclusivamente femenino. Era una alumna particularmente adelantada y había logrado saltearse grados por su buen desempeño, por lo que durante parte de la primaria compartió las aulas con chicos mayores que ella.
Aquella educación religiosa había estado atravesada, además, por una estructura muy rígida y por una enseñanza que en su infancia estuvo cargada de referencias al pecado, al cielo y al infierno.
De hecho, uno de los recuerdos que ella remarcaría de esa época es la ambientación de la iglesia, en la que había en el cielo pintados ángeles que ella veía feos, y en donde se le repartía el catecismo donde aclaraban que si las personas se portaban bien irían al cielo, y en caso de que no, e veía el dibujo del diablo, aclarándoles que irán con él.
En ese momento ella entendió que no quería ni ir para arriba ni ir para abajo, porque arriba lo que había no le gustaba y lo que le mostraban spbre el abajo, tampoco. Con el tiempo, aprendió a creer mucho en Dios y en Jesús, pero no atribuirle demasiada fuerza a las instituciones.
Pero hubo un hecho que tendría un peso mucho mayor en la construcción de aquella adolescente: la enfermedad de su padre. Omar Bianchi sufrió dos accidentes cerebrovasculares y quedó con una hemiplejia siendo todavía joven. La situación modificó profundamente la dinámica familiar y obligó a todos a asumir responsabilidades que, en otras circunstancias, hubieran llegado mucho más tarde. Había que trabajar, sostener la casa y convivir con una enfermedad que condicionaba buena parte de la vida cotidiana.
A eso se sumaban los problemas de salud de su abuela y las dificultades económicas que atravesaba la familia. Miriam creció, entonces, entendiendo que había cosas que no podían postergarse. El trabajo y el estudio ocuparon un lugar central en su vida, incluso cuando la adolescencia le exigía otras cosas. Para ella, terminar sus estudios y conseguir una profesión representaba una forma concreta de construir un futuro propio.

La música, mientras tanto, no desapareció, aunque tampoco parecía tener un lugar definido en ese futuro. Sus gustos estaban muy lejos de la música tropical que años más tarde la convertiría en una figura popular. Escuchaba Sui Generis, Bob Marley y artistas extranjeros, se sentía atraída por la música que llegaba desde Estados Unidos y también disfrutaba del folclore que aparecía en los fogones y las reuniones familiares. La música tropical todavía tenía una presencia limitada en Buenos Aires y no formaba parte del universo cotidiano en el que había crecido.
A los 18 años conoció al primer amor de su vida, Raúl Cagnin, y decidió casarse. De aquella relación nacieron dos hijos, Mariel y Fabricio, quienes ocuparían un lugar fundamental en su vida. La maternidad llegó mientras Miriam continuaba construyendo una existencia vinculada principalmente al trabajo y a la familia, sin imaginar todavía el giro que tendría su historia algunos años después.
Eligió la docencia como profesión. Se formó como maestra jardinera y también como profesora de Educación Física. Incluso llegó a poner junto a su madre un jardín de infantes en la casa familiar. Durante años, su mundo estuvo compuesto por los chicos, las aulas, los actos escolares y las actividades que organizaba para cada celebración.
Y fue precisamente en ese ámbito donde comenzó a cantar frente a otras personas.
Miriam tenía una facilidad especial para organizar fiestas y festivales escolares. Preparaba obras de teatro, dirigía a los alumnos y encontraba la manera de convertir cada acto en una verdadera puesta en escena. La música formaba parte de aquellas celebraciones y su voz empezó a hacerse conocida entre los chicos, los padres y los docentes.

La escuela se transformó así en un espacio donde podía desarrollar una faceta que había estado presente desde la infancia. Sin abandonar sus obligaciones familiares ni su trabajo, encontraba en aquellos espectáculos una manera de expresarse y de acercarse nuevamente a la música.
Por entonces, su vida parecía encaminada hacia la docencia. Había construido una familia, tenía una profesión y conocía perfectamente las responsabilidades que implicaba sostener una casa. Sin embargo, una oportunidad inesperada iba a modificar el rumbo.
En 1990 apareció un aviso en el diario en el que se buscaban vocalistas para formar un grupo musical. En una época en la que una convocatoria de ese tipo podía hacerse simplemente a través de los clasificados, Miriam decidió presentarse. El 20 de septiembre de aquel año llegó a la prueba y cantó frente a Juan Carlos “Toti” Giménez.
El músico quedó sorprendido por aquella mujer que llegaba desde la docencia y que tenía una combinación particular de personalidad, dulzura y carisma. Su manera de cantar también tenía una identidad propia. Aquella prueba fue el primer paso concreto hacia una actividad que, hasta ese momento, había permanecido en un segundo plano.
En 1991, Giménez la recomendó para participar en algunos temas del séptimo disco de Las Primas, del que fue parte de los coros. Poco después comenzaron a trabajar juntos. La música comenzó a ocupar un lugar cada vez más importante y Miriam tuvo que tomar una decisión que implicaba dejar atrás una parte importante de la vida que había construido.

En 1992 abandonó la docencia para dedicarse de lleno a la música. Ese mismo año apareció De corazón a corazón, su primer álbum de estudio, editado por Magenta. El público comenzó a conocer a Gilda, el nombre artístico detrás del cual Miriam Bianchi empezaría a construir una carrera que crecería rápidamente, inspirado en el nombre del personaje que consagró a Rita Hayworth.
Al año siguiente llegó La única, y en 1994 publicó Pasito a pasito con… Gilda. La cantante comenzó a recorrer el país y a presentarse ante públicos cada vez más numerosos. Aquella mujer que durante años había trabajado como docente empezó a convertirse en una de las figuras reconocibles de la música tropical argentina.
Entonces llegó “No me arrepiento de este amor”.
La canción, publicada en 1994, había sido compuesta por la propia Gilda a partir de una experiencia sentimental vinculada a la ruptura con su exesposo. Con el tiempo se transformaría en uno de los mayores éxitos de su carrera y en una pieza fundamental de la música popular argentina. Su historia personal había encontrado una forma de expresión que podía ser compartida por miles de personas.
En 1995 apareció Corazón valiente, su cuarto y último proyecto publicado en vida. El álbum se convirtió en un éxito rotundo y recibió un disco de oro y doble platino en Argentina.
Para entonces, la transformación era completa. La mujer que había pasado años entre escuelas, chicos y obligaciones familiares había dejado atrás aquella vida para convertirse en una cantante reconocida en todo el país. Pero el éxito no borró a Miriam.

Detrás del nombre artístico seguía existiendo la mujer que disfrutaba cocinar, leer, andar en bicicleta con sus hijos, salir a correr, recibir amigos y compartir tiempo con su familia. También permanecía aquella personalidad descontracturada y espontánea que no tenía demasiado apego por el reloj ni por una vida perfectamente organizada.
La diferencia estaba en lo que ocurría cuando subía a un escenario.
Allí aparecía una mujer capaz de transformarse frente al público sin dejar de ser quien era. La exposición exigía una energía diferente, una manera particular de sobreponerse a lo que pudiera ocurrir en su vida cotidiana y salir a cantar como si durante esos minutos todo lo demás quedara suspendido.
Pero esa fortaleza no había nacido con la fama. Se había construido mucho antes, durante una infancia atravesada por la enfermedad de su padre, las dificultades familiares y la necesidad de asumir responsabilidades; durante los años de estudio y trabajo; durante la maternidad y la docencia; y también en todas aquellas ocasiones en las que había tenido que elegir entre lo seguro y aquello que verdaderamente la movilizaba.
Por eso, para comprender quién fue Gilda, hay que mirar bastante más atrás de los escenarios.
Hay que volver a aquella casa de Villa Devoto donde una niña jugaba con la ropa de su madre y de su abuela, donde un micrófono hecho de madera y pintado de dorado podía convertirse en el centro de una función imaginaria y donde nadie podía saber todavía que aquella pequeña actriz terminaría teniendo un público de miles de personas.

Hay que mirar a la adolescente que creció demasiado rápido porque la enfermedad de su padre transformó la vida familiar. A la joven que estudió y trabajó mientras construía una familia. A la maestra jardinera que convirtió los actos escolares en verdaderos espectáculos. A la mujer que durante años encontró en la escuela un espacio para cantar sin imaginar que aquella actividad terminaría convirtiéndose en su profesión.
Primero estuvo Miriam Bianchi, con su vida cotidiana y sus responsabilidades. Después llegó Gilda, con una carrera que en apenas unos años alcanzó una enorme popularidad.
Y entre una y otra nunca hubo una ruptura definitiva. La cantante simplemente llevó consigo a la mujer que había sido durante toda su vida.
CHIMENTOS
La foto que la China Suárez borró tras el divorcio de Mauro Icardi con Wanda Nara y que desató polémica

El reencuentro de dos figuras recordadas por su paso por Casi Ángeles generó repercusión en las redes. La China Suárez y Emilia Attias se encontraron el jueves en Tequila, donde la actriz estuvo junto a Mauro Icardi para celebrar el divorcio de Wanda Nara. Sin embargo, hubo un detalle que resultó llamativo, por el accionar mismo de la novia del futbolista.
Durante la noche, la China y Emilia posaron tan abrazadas como sonrientes en una foto que no tardó en llegar a Instagram. La postal tenía un ingrediente especial para los fans de Casi Ángeles, la ficción juvenil que las tuvo como parte de un fenómeno televisivo que sigue despertando nostalgia. Hasta ahí, un encuentro entre dos figuras que cautivaron a todos.
La foto fue publicada originalmente por una agencia de influencers y con una frase dedicada a los seguidores de la tira: “Lo admitimos, no superamos Casi Ángeles”. La China compartió esa publicación en sus propias historias. Y además, sumó un guiño musical que reforzó los recuerdos de aquella etapa: eligió “Que nos volvamos a ver”, uno de los clásicos de los TeenAngels.
Parecía ser una forma de celebrar el encuentro y recordar una historia que marcó a toda una generación. Sin embargo, poco después, la China eliminó la historia y la imagen dejó de estar disponible en su perfil. Entonces comenzaron a surgir las preguntas: ¿Fue por la agencia de mkt en cuestión o hay algo más de fondo?
¿PELEADAS? LA FOTO DE LA CHINA SUÁREZ CON EMILIA ATTIAS QUE LA ACTRIZ DECIDIÓ ELIMINAR DE SU INSTAGRAM
Una de las teorías que apareció hizo referencia a una supuesta pelea entre la China y Attias. Se sabe que desde hace tiempo las amistades y relaciones que se forjaron en aquella ficción dejaron de ser las de antes. El caso, sin ir más lejos, es lo que pasó por ejemplo con Gimena Accardi, de quienes varias del grupo estarían distanciadas. De hecho, en el pasado también se habló de algunas fricciones con la actual novia de Icardi. ¿Qué pasa entonces?
Por el momento, no trascendieron los motivos por los que la China decidió borrar la historia. Pero también es verdad que no hay nada confirmado sobre un supuesto conflicto entre las protagonistas de la postal. El misterio fue creciendo con el correr de las horas, y en las redes comenzaron a desempolvar viejas disputas que ha tenido aquel elenco de Cris Morena con el paso de los años.
Ahora bien, hay otro detalle importante: Emilia nunca compartió la historia, a pesar de también estar etiquetada dentro de la imagen. Cualquiera podría decir que la morocha no vio la foto, pero lo cierto es que ya pasó casi un día completo y no reaccionó a la publicación. ¿Qué pasa entonces?
Cabe destacar que el encuentro entre la China y Emilia se dio mientras la actriz festejaba con Icardi el divorcio del futbolista de Wanda. La foto de las artistas fue tomada en el mismo boliche donde la parejita celebraba el fallo de la Justicia italiana y en consecuencia sus futuros planes de casamiento. Un detalle más que se suma a esta noche porteña que parece haber tenido todos los condimentos.
China Suárez, Mauro Icardi, Emilia Attias
CHIMENTOS
Bebe regresa a Argentina para cantar el disco que le cambió la vida: “Ya me saqué de encima todos los prejuicios”

Hay discos que no envejecen porque se instalaron en la memoria colectiva de una generación entera. Que permanecen allí, como una cápsula de tiempo dispuesta a ser usada para recordar aquellos que fuimos o el mundo que nos rodeaba. Pafuera Telarañas, el álbum debut de Bebe editado en 2004, es uno de ellos. Para su autora, nacida como María Nieves Rebolledo Vila, un nombre que estaba a punto de perder, fue un compendio de historias personales y crónicas urgentes plasmadas en canciones pensadas para ser interpretadas en los bares. “Ella”, “Ska de la tierra”, “Siempre me quedará” o “Men señará” abordaban cuestiones como el empoderamiento femenino, el diagnóstico de un mundo en descomposición, la nostalgia de un pasado que empezaba a quedar lejano. Y naturalmente también estaba “Malo”, el himno contra el maltrato físico y psicológico de las mujeres que marcó su carrera para siempre.
Cuando se acercaban los 20 años de aquel lanzamiento, Bebe sintió ganas de visitar aquel pasado desde este presente. Lo que iba a ser un concierto conmemoratorio en su país natal mutó en gira por América Latina después de una charla reveladora con su madre. Un consejo que le dio el impulso necesario para embarcarse otra vez en modo gira y regresar después de ocho años a Buenos Aires. Aquella ciudad que la recibió con “Malo” sonando en la televisión, en las radios, en las calles. Y que le hizo dar cuenta, por si todavía hacía falta, de que no estaba preparada para soportar todo eso.
Bebe atiende a Teleshow a través de una videollamada que permite advertir su sonrisa fácil y esas ganas a flor de piel de quien cuenta los días para un reencuentro. Entre risas y recuerdos, repasa aquella primera visita al país, reconoce haber sufrido el vértigo de la fama repentina, recorre su vínculo entrañable con la música argentina y explica las razones que la llevaron a reinterpretar, canción por canción, el disco que le valió el Premio Grammy Latino a Mejor Artista Nuevo y que vendió más de un millón de copias en todo el mundo.
—¿Qué recordás de tu primera vez en Buenos Aires a mediados de los 2000?
—Aquella visita fue rock and roll, lo pasamos superbién y además no lo esperábamos. Tocamos en Niceto y fue una locura, porque siempre digo que el público argentino es supercaliente. Fue divertidísimo, muy gamberro, muy efusivo, y la verdad es que nos sorprendió muchísimo porque yo pensaba que iba a estar todo mucho más tranquilo. Y de repente la gente conocía “Malo” por la calle, que yo ni sabía que salía por televisión. Fue muy divertido porque a diferencia de otros lugares estuvimos toda una semana, pudimos pasear por la ciudad. Recuerdo ir caminando hacia San Telmo por la calle y de repente escuchar la canción en un auto, y alguien que me reconoció. Fue toda una sorpresa.
—¿Cómo surge la idea de volver a girar con aquellas canciones?
—Mi primera idea era hacer solamente un concierto por los 20 años y ya, porque estaba trabajando en el próximo disco. Pero me propusieron hacer una gira, y yo tenía sentimientos encontrados, pero charlando en casa con mi familia, mi madre me dijo algo muy sabio: “Mira, cariño, creo que deberías hacer esa gira, porque en ese tiempo tú fuiste la que menos disfrutó. Creo que te debes a ti misma volver a cantarlas y disfrutarlas como no las disfrutaste en su momento”. Y tenía razón, porque en aquel momento yo tenía muchísimos conciertos, viajes, entrevistas y 20 años después, con toda la calma, la perspectiva y el tiempo que pasó, uno valora cada cosa que pasó en ese tiempo.
—¿Sos de pedirle consejos a tu familia o fuiste puntualmente a charlar de este tema?
—Hablo mucho con mis padres, con mis hermanos también. Ellos me conocen desde el minuto uno. Mis padres vieron desde mi primer concierto, cuando yo estaba sola con la guitarra, y venían a los bares por si aparecía la policía. Entonces conocen muy bien cómo viví todo eso, cómo estaba emocionalmente estresada. Cada vez que surge algo así tengo que hablar con mi familia, porque sé que me van a dar una mejor perspectiva. Y así fue.
—¿Y cómo fue revivir todo lo que pasó más allá de las canciones? Hablo de aquella explosión de popularidad, obtener el Grammy, que te reconozcan en una calle de San Telmo…
—Es que fue tan repentino que no hubo un orden en nada. Cada concierto, emocionalmente, para mí es fuerte. Cuando terminas un concierto, tu química también baja. Entonces sube, baja, concierto, viajes transoceánicos para arriba y para abajo, todo eso también te vuelve loca. Y hacer entrevistas constantemente. De hecho, cuando estuvimos en Argentina disfrutamos mucho porque fue una semana en la que de pronto pudimos parar, y además vinieron amigas mías que me traje, y lo pasamos muy bien porque pudimos tener un poco de sosiego, que de otra manera no teníamos. Ahora lo estoy disfrutando mucho.
Revisar el repertorio de Pafuera Telarañas significó, para la artista, encontrarse cara a cara con la Bebe de 20 años y lo vivió como una experiencia profundamente emotiva. “Es muy bonito ver cómo esas canciones que hiciste en tu intimidad, no solo cambiaron la vida de mucha gente sino que también se las enseñaron a sus hijos”, reflexiona. En ese juego entre el pasado y el presente apareció la relectura de la obra propia y los cambios físicos y emocionales. La maternidad, el paso del tiempo y la mirada crítica sobre aquella explosión representaron un ejercicio que disfrutó más de lo que había imaginado.
—¿Cuándo te diste cuenta de que pasaba algo con tu música? ¿Tuviste algún indicio de que podía pasar algo así?
—La verdad es que no me lo esperaba, ni siquiera lo había imaginado. Sobre todo acá en España fue muy rápido, como en un mes ya “Malo” sonaba en todos lados. Y pasa esa cosa que te hacés popular aunque la gente no sabe realmente quién sos.
—Leí que en algún momento te habías cansado un poco de interpretarla, algo que le pasó a muchos artistas que tienen una canción que marca de alguna manera la carrera. ¿Fue así, tomaste cierta distancia?
—Lo que aprendí con el tiempo es que la música la haces tú en tu intimidad, pero cuando trabajas con un productor, ya es también de tu productor; cuando lo haces con los músicos, ya es de los músicos; y cuando sale a la calle, es de la calle. Lo que sí ocurre es que, cuando haces un álbum nuevo, te apetece cantar las canciones nuevas. No es que le tenga nada en contra a “Malo”: le debo todo, me cambió la vida. Pero si tienes un tiempo determinado para un concierto, te apetece meter otras canciones que forman más parte del momento vital en el que estás. Por eso, en este concierto, claro que está “Malo”, como todas las canciones del primer álbum. Pero quizá, cuando vuelva con el siguiente disco, no esté, porque tengo que equilibrar e ir seleccionando.

—Hablabas de los diálogos con tu familia y de como cambió tu vida con el nacimiento de tu hija, Candela. ¿Ella también es una referencia a la hora de compartir tus decisiones artísticas?
—Ella forma parte de eso, de la misma manera que todos en mi familia vivimos acostumbrados a tener música constantemente. Mis padres siempre cantaron, y aunque mis hermanos se dedican a otra cosa, en casa nos ponemos los cinco a cantar y parecemos la familia von Trapp, nos encanta. Y mi hija también estuvo ahí desde muy pequeñita. El otro día estaba revisando unas grabaciones antiguas y sale su vocecita de chica, hablando en casa. Ella siempre estuvo, entra y sale de manera muy natural. Cuando estoy trabajando en casa y tengo que escuchar algo, se lo pongo, y si quiere lo escucha, si no dice “ay, mami, esto no”. Es adolescente, la dejo ser totalmente ella. Y lo que sí me hace ilusión es que le gusta mucho venir a los conciertos. Me sorprende, porque siendo adolescente, ya en otra cosa, el otro día estuvimos en Madrid y vino al concierto con su padre, con familia, con amigos, y eso es súper emocionante para mí.
—Bueno, convengamos que su madre tiene un trabajo bastante interesante… ¿Cómo era tu relación con la música de chica, en ese ambiente que describís?
—Me acerqué de manera muy natural a la música. En casa cantábamos desde que tengo uso razón, y hace poquito, en verano, después de una cena en el campo terminamos todos cantando. Desde muy chiquita, en la misa del gallo, le cantaba villancicos al Niño Jesús en la iglesia. Mis padres cantaban en casa, tenían grupos aficionados de música y siempre estuvieron los instrumentos en casa. Eso es algo muy habitual en España y de alguna manera todo me fue llevando ahí.
—¿Esa raíz flamenca que se percibe en tu música viene también de aquella casa?
—Eso es porque a mí me encanta el flamenco antiguo y lo escucho habitualmente. Cuando necesito ubicarme para escribir, me pongo clásicos, que tienen ese “menos es más”, esa sensación. El flamenco tiene letras muy escuetas pero súper potentes, y es muy emocional. Yo no considero que hago flamenco, pero evidentemente hay algunos giros, en mis canciones.
—Siempre fuiste muy abierta a ir metiendo diferentes sonidos en tu música, incluso del reggaetón, con esa mala imagen que lo persigue. ¿Qué otros géneros te gustan?
—Lo escucho todo, todo lo que me emociona me encanta, y me encanta que sea diferente. Si por mí hubiera sido, habría hecho música de todo tipo, me habría atrevido a hacer muchas cosas. Dediqué mi vida a otras cosas también, me gusta mucho ser mamá, criar. Pero creo que los prejuicios en la música no son nada buenos, porque te limitan. Cuando empecé tenía más prejuicios conmigo misma, más pudores. Ya me saqué todo eso de encima. Me gusta la música que me emocione, que me diga algo, sin importar el género, sin importar que tenga letra o no.

—¿Y cuál fue tu primer contacto con la música argentina? ¿También surgió en aquella casa desbordante de música?
—Escuché mucho al señor Alberto Cortez, me crie con él porque mi padre cantaba sus canciones. Y escucharlas es derretirme, literalmente, porque evocan mi infancia absolutamente, y a mi padre cantándolas. Esa fue la primera y la más poderosa influencia, y sigue hasta el día de hoy. Y también llegó bastante el tango, porque mis padres tenían unos discos maravillosos de tango antiguo que me encantaban. Creo que al final somos muy básicos y seguimos cantando las mismas cosas, con otras palabras, da igual. Pero me encanta escucharlo, y aunque no haga esa música, siempre es un refugio. Como te decía del flamenco, volver a los clásicos siempre es algo que me centra y me recoloca.
—¿Con qué expectativa venís a Buenos Aires y con qué concierto nos vamos a encontrar el 15 de octubre en el Teatro Ópera?
—Nunca procuro hacerme expectativas, porque no creo que se trate de eso. Procuro trabajar y ponerle toda la emoción y las ganas a lo que voy a presentar. Vamos a hacer el primer disco con la historia que lleva. Hablo bastante en el show porque me gusta compartir ese rato con el público. Lo vamos a hacer a trío, y va a ser una tocata muy emocionante para mí, porque hace mucho tiempo que no voy a Latinoamérica. Voy con respeto y con el nervio que da haber estado tanto tiempo sin ir. Ojalá la gente lo reciba con las ganas que nosotros lo preparamos.
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