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Coronel Sur: calidad del aire este 25 de enero de 2024

Estos son algunos consejos a considerar para el estado actual de la calidad del aire

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Chile ha implementado una serie de medidas para mejorar la calidad del aire. (Infobae/Jovani Pérez)
Chile ha implementado una serie de medidas para mejorar la calidad del aire. (Infobae/Jovani Pérez)

Ocho de las 10 ciudades con la peor calidad del aire de los países de Sudamérica se encuentran en Chile, por lo que la contaminación es uno de los principales problemas a los que se enfrenta este país latinoamericano.

De acuerdo con un informe elaborado por IQ Air, una empresa suiza de tecnología en calidad del aire, entre las ciudades más contaminadas con datos históricos de Sudamérica de 2017 a 2021 se encuentran las siguientes ciudades chilenas: Angol, Coyhaique, Padre de las Casas, Coronel, Temuco, Traigue, Nacimiento y la capital, Santiago.

A nivel mundial, los cinco países más contaminados en el último año fueron Bangladesh, Chad, Pakistán, Tayikistán y la India; en tanto que por capitales Nueva Delhi (India) es la más contaminada por cuarto año consecutivo, seguida de Dhaka (Bangladesh), N’Djamena (Chad), Dushanbe (Tayikistán) y Muscat (Omán).

De los países que conforman la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), Chile es el tercer miembro con mayor concentración promedio anual de materia particulada (MP) 2,5.

Ante este panorama, te dejamos a continuación el estado de la calidad del aire este 25 de enero de 2024 en Coronel Sur:

Bueno (MP 10 54 µg∕m3N) ICAP 42
Bueno (Dióxido de azufre 4.27 µg∕m3N) ICAGSO2 1
Bueno (Dióxido de nitrógeno 16.09 ppbv)
Bueno (Monóxido de carbono 0.21 ppmv)
Bueno (Ozono 2 ppbv)

Restricciones en estado «bueno»

Calefacción: prohibición de uso de calefactores a leña (excepto pellets) en la provincia de Santiago y las comunas de San Bernardo y Puente Alto.
Control de humos visibles a calefactores.

Automóvil: restricción permanente a vehículos sin sello verde al interior del Anillo Américo Vespucio y restricción de cuatro dígitos fuera del Anillo Américo Vespucio, de lunes a viernes.
Restricción permanente a vehículos con sello verde (dos dígitos), inscritos antes del 1 de septiembre de 2011, de lunes a viernes.

Motocicletas: restricción permanente a motos (dos dígitos), inscritas antes del 1 de septiembre de 2010, de lunes a viernes.

Camiones: restricción a transporte de carga, sin sello verde, de cuatro dígitos, de lunes a viernes.

Fuentes Fijas: no aplica.

Leña Seca: prohibición de quemas agrícolas en toda la región metropolitana, entre el 15 de marzo y el 30 de septiembre.

Actividad Física: no aplica.

El ICAP

Índice de Calidad del Aire referido a Partículas (ICAP) según D.S. Nº 59/1998 del Ministerio Secretaría General de la Presidencia de la República (MINSEGPRES) que establece la Norma de Calidad Primaria para Material Particulado Respirable MP10 y en especial los niveles que definen situaciones de Emergencia Ambiental.

Buena: 0 – 99
Regular: 100 – 199
Alerta: 200 – 299
Pre-emergencia: 300 – 499
Emergencia: 500 – superior

Las MP10 o partículas gruesas, llamadas también como partículas inhalables, son las partículas menores a 10 micrómetros pero más grandes que 2.5 micrómetros de diámetro que se encuentran en el aire y son generadas por fuentes móviles como estacionarias, de manera natural o antropogénica, asociadas por lo general a la combustión no controlada y procesos de combustión en vehículos, industrias de fundición, pinturas, cerámica y plantas de energía.

Recomendaciones generales

Se recomienda en días de pre-emergencia y emergencia ambiental el uso de mascarillas en adultos mayores, niños, embarazadas y enfermos crónicos.

Preferir el transporte público y/o compartir auto.
Mantener los vehículos con la revisión de gases al día y cambiar el aceite del motor antes de su vencimiento.
No fumar al interior de la casa, lugar de trabajo o estudio.
Al comprar un calefactor, cerciorarse que esté certificado en cuanto a emisiones, eficiencia energética y seguridad.
No quemar hojas ni basura.
Denunciar a quienes no respeten las medidas adoptadas para los días de alerta, pre-emergencia y emergencia.
Realizar mantenimiento a los calefactores con la periodicidad indicada por el fabricante.
Uso adecuado de calefactores
Usar siempre leña seca (menor a 25% de humedad), distribuida por comerciantes establecidos.
Usar siempre leña picada, no quemar troncos enteros.
En calefactores a leña, iniciar el fuego sólo con papel y astillas secas.
En calefactores a leña, mantener el tiraje completamente abierto durante al menos 10 minutos después de iniciar el fuego o efectuar una recarga de leña.
Revisar constantemente la salida de humo por el cañón de su calefactor o cocina a leña. Si es visible, abrir el tiraje de su calefactor para mantener una llama viva. Nunca cerrar completamente el tiraje de su calefactor.
Evitar que en su cañón se forme una capa de creosota y hollín, ya que aumenta el riesgo de inflamación, disminuye la capacidad de calefacción y su estufa contamina más.
Si es posible, cambiar el calefactor antiguo por uno de menores emisiones y mayor eficiencia.
Privilegiar el uso de combustibles alternativos como: gas, electricidad, briquetas, derivados del petróleo, pellet, entre otros.
Todos los comerciantes de leña deben contar con patente municipal, documentación tributaria y forestal, que acredite el origen lícito de la leña.
Exija su boleta al momento de comprar leña. Con ella puede hacer valer su derecho como consumidor al cambio del producto o la devolución del dinero si no queda conforme con la compra.

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Mundos íntimos. Viví obsesionado, temía enfermarme. A los 32 me descubrieron un tumor: estoy bien, pero sigo angustiado.

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Mientras escribo, una mano me aprieta la garganta. Una mano negra, con dedos largos y nudosos como ramas de un árbol viejo, muerto. Apenas me deja respirar, y sé que, si no hago algo, si no me zafo de ella, llegará el momento en que ya no dejará pasar ni un hilo de aire. Entonces moriré, como murió mi papá y mi abuelo. Tal vez a los 58 años, cumpliendo con una triste costumbre familiar, tal vez antes. Espero que sea después, mucho después.

Nunca hablé de lo que voy a hablar ahora. No, al menos, con la claridad con la que pretendo hacerlo. Siempre sentí eso de que “si no lo digo no va a ocurrir”. Por eso, como hipocondríaco, evito hablar de enfermedades. Una estupidez. Las desgracias ocurren incluso cuando nos negamos a pronunciarlas.

Me animo a pensar ahora que las cosas pueden funcionar de otra manera. Puede que las palabras conjuren ese destino, lo tuerzan y lleguen a liberarme. Sea como fuere, no pierdo nada con intentarlo. La mano, de cualquier forma, sigue apretando.

Reflejo. La mirada al horizonte de Lucas Berruezo muestra su preocupación.Reflejo. La mirada al horizonte de Lucas Berruezo muestra su preocupación.

El momento más adecuado para comenzar este relato es el 23 de julio de 2013, día en que murió mi viejo, víctima de un cáncer generalizado. Él era una persona que, con sus 58 años, mantenía una vida sana y activa. Había dejado de fumar, iba a su trabajo en bicicleta, se cuidaba en las comidas, no bebía ni una gota de alcohol y entrenaba en el gimnasio al menos cuatro veces por semana. Por esto, procesar su enfermedad, tan vertiginosa que se lo llevó en apenas tres meses, fue difícil para todos.

Ese día de julio, por la mañana, mi mamá me llamó para decirme que papá no estaba bien. La notaba alterada, pero no imaginaba la verdadera razón.

Papá murió —afirmó entre lágrimas, al salirme al encuentro en la vereda, ni bien me bajé del remís.

En el hospital. Lucas Berrruezo luego de la operación para tratar el cáncer.En el hospital. Lucas Berrruezo luego de la operación para tratar el cáncer.

Nos abrazamos. Luego, y sin poder creer todavía lo que acababa de escuchar, entré. Subí las escaleras, fui a la habitación y lo vi ahí, sobre la cama, irreconocible de tan flaco, con los ojos abiertos. Lloré y le dije, como si lo estuviera retando: «Así no, pa. Así no». Me acerqué, me incliné sobre él, le cerré los ojos con mi mano derecha y le di un beso en la frente.

Fue en ese momento cuando la mano se aferró a mi cuello, para no volver a soltarme.

Algún día hablaré de cómo mi viejo dijo durante toda su vida que iba a morir a los 58 años, igual que su padre, mi abuelo. También diré cómo llegó a esa edad con una salud y un estado físico envidiables; cómo, cuando ya quedaba poco para su cumpleaños, se enfermó, muriendo una semana exacta antes de cumplir los 59. Nunca logró liberarse de esa herencia que él mismo se había impuesto. Algún día hablaré de todo eso, pero hoy no. Hoy toca hablar de mí.

Mi hipocondría, que hasta ese momento se había mantenido en niveles manejables, se disparó. Empecé a pasar noches en vela asociando cada sensación de mi cuerpo con un tipo de cáncer diferente. Iba al médico, me hacía estudios (entre ellos, una videocolonoscopía) y volvía a casa con palabras tranquilizadoras.

No tenía nada. Me tenía que relajar. También empecé, a pedido de mi esposa, terapia. Mi miedo a tener cáncer ya afectaba mi vida cotidiana, y debía hacer algo al respecto. Era padre de dos hijos hermosos, una nena de cinco años y un nene de dos, no hacía mucho que me había recibido de Licenciado en Letras y acababa de firmar un contrato para publicar mi primera novela. Las cosas estaban saliendo bien, no podía arruinarlo todo por miedos irracionales.

La vida siguió, con ataques de ansiedad más o menos regulares, pero siguió.

A finales del 2014, un año y medio después de la muerte de mi viejo, saqué turno con el clínico porque me dolían las tetillas. No constantemente, pero sí de manera frecuente. Incluso, a veces, cuando me apretaba sin querer, la punzada llegaba a sobresaltarme. Mi autodiagnóstico fue, por supuesto, inmediato: cáncer de mama. Sabía que, aunque en menor proporción en comparación con las mujeres, podía afectarles a los hombres. Fui entonces a la consulta y mi médico, después de revisarme, me mandó a hacer una ecografía en ambas mamas. Antes de terminar, recapacitó y agregó una ecografía testicular. Según él, a veces, cuando dolía ahí arriba era porque había algo ahí abajo.

Como nos acercábamos a fin de año, estaba tapado de trabajo. Soy profesor de Literatura, y lo meses de noviembre y diciembre suelen dejar poco margen para cualquier otra cosa que no sea corregir y cerrar notas. A punto estuve de no ir a hacerme los estudios. Las tetillas ya casi no me dolían y me había acostumbrado a que hacerme chequeos era una pérdida de tiempo. Siempre salía todo bien. No obstante, terminé yendo. El doctor que me atendió era el mismo que le había hecho los controles a mi esposa en sus dos embarazos. Algo que, de alguna manera, me dio tranquilidad. Al menos por un momento.

Las ecografías de las mamas dieron bien. Cuando el doctor empezó a examinarme los testículos, lo hizo casi con desinterés, como si supiera que no iba a encontrar nada. Y, en efecto, no lo hizo, al menos en el primer testículo, el derecho. Sin embargo, al llegar al izquierdo, vio lo que él llamó una lesión. Me preguntó si me había golpeado y si me dolía. Le respondí, con respecto a la primera pregunta, que no lo recordaba y, con respecto a la segunda, que no, no me dolía. Después de eso, no dijo nada más hasta terminar la revisación. Antes de salir, no me pude aguantar y le pregunté con la voz ahogada (la mano estaba apretando con todas sus fuerzas) si podía ser un tumor, a lo que me respondió que sí, que podía serlo, pero que de cualquier manera tenía que verlo el médico clínico. No juzgo su cautela, envuelta en empatía hacia un chico de 32 años desesperado, pero no tengo dudas de que sabía perfectamente de qué se trataba.

La visita con el clínico vino poco después y él no dejó lugar a ninguna duda. Sí, se trataba de un tumor, pero no tenía que desesperarme. Lo tumores testiculares se encontraban entre los tipos de cáncer con más posibilidades de supervivencia.

De hecho, él mismo había tenido cáncer testicular hacía poco tiempo, por lo que sabía de lo que hablaba. De seguro, esa reciente experiencia influyó en su diagnóstico, que lo llevó a ser una especie de Dr. House real, que, de una molestia en una tetilla, llegó a la conclusión de un tumor en un testículo. Varios doctores, a lo largo de mis chequeos, expresaron su sorpresa y su admiración por esa perspicacia.

Del clínico pasé al urólogo y, a partir de ahí, todo se aceleró. En apenas unos días, pasé por estudios y más estudios, consultas en la obra social, fechas para la cirugía y, por último, la operación. No hay mucho para decir sobre eso. El postoperatorio fue breve, y en dos días ya estaba en casa. Al cabo de una semana, mi vida era prácticamente la misma de antes. No tuve que hacer tratamiento, ya que la biopsia reveló un tumor de células de Leydig, algo extremadamente raro, que en la mayoría de los casos tenía un comportamiento benigno. Sólo tuve que concurrir asiduamente al oncólogo y hacerme chequeos cada tres meses durante los primeros años; cada seis meses después; y, ahora, con casi diez años cumplidos, uno por año. Y acostumbrarme a vivir con un testículo menos, algo que, a fuerza de ser honesto, no es para nada difícil.

Me gustaría decir que ya está, que todo terminó, que la mano desapareció de mi cuello y de mi vida, pero no sería verdad. Es cierto que nunca tuve ningún problema, que todos los chequeos me dieron bien, que desde el primer momento varios doctores me dijeron que no me preocupara. Sí, todo eso es cierto.

Pero también es cierto que, en mi caso, la pelea siempre fue más mental que física. Tener cáncer a los 32 años, con dos hijos chiquitos, un año después de que mi viejo falleciera de lo mismo, incluso cuando el cáncer era lo que me mantenía despierto por las noches y la razón por la que todavía seguía yendo a terapia, era mucho para mí. Supongo que sería mucho para cualquiera. A veces, cuando me animo a bromear, digo que uno no sabe en verdad lo que es el miedo hasta que ve a un oncólogo observar con meticulosidad su tomografía.

Así y todo, seguí adelante, con determinación, tratando de respirar cuando la presión en mi cuello amenazaba con ahogarme. Una parte de mí (esa parte que busca el porqué de las cosas) pensaba que, después de todo ese infierno, las cosas serían más fáciles. Mi carrera como escritor despegaría, mis relaciones de pareja se destrabarían, mi vida espiritual se elevaría hasta un nuevo nivel… En definitiva, llegué a pensar que el paraíso estaba ahí, cerca, a pocos pasos de distancia. Tonto de mí.

El infierno, cuando es propio, es más profundo de lo que podemos llegar a creer y desear, con más círculos que los nueve detallados en el poema dantesco. Salió mi primer libro, y tuve que luchar para poder sacar el segundo, el tercero y el cuarto. No hay dudas de que la frustración es la gran compañera del escritor. Sigo trabajando como profesor a tiempo completo, algo que en teoría sólo iba a ser provisorio. Todavía no llego a fin de mes con relativa tranquilidad. De hecho, cada vez me cuesta más hacerlo. No, no hay un “después del infierno” cuando el infierno está en nuestro interior. No hay a dónde ir cuando el camino es hacia adentro.

Espero que escribir esto me libere de esos dedos duros y ásperos, adheridos a mi garganta. Mi viejo murió por esos dedos, estoy seguro. Puede que mi abuelo también. Ambos se enfrentaron al miedo a la muerte con una fijación propia del maníaco. Mi abuelo se dejó morir mucho antes de que la muerte se lo llevara; mi viejo se puso fecha de vencimiento, y ningún esfuerzo lo libró de esa profecía autoinfligida. No tengo dudas de que mi cáncer fue, también, la consecuencia de una obsesión. La opresión en mi garganta me lo confirma.

Mi intención es evadir ese destino que, conmigo, se convertiría en una macabra tradición familiar. No voy a dejar que me siga haciendo daño. Tampoco voy a dejar que esto pase a mis hijos. Tal vez, si aguanto, si me libro, llegue el momento en que pueda vivir mis días sin pensar, a cada momento, en la posibilidad de una fatalidad.

Quiero creer que el miedo a la muerte no dura toda la vida.

No obstante, mientras escribo, la mano me aprieta la garganta, esa mano de dedos largos y nudosos como ramas de un árbol viejo, ya muerto.

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Lucas Berruezo nació en Buenos Aires, en 1982. Es Licenciado en Letras por la UBA, docente y escritor. Sus cuentos y artículos circulan en varias antologías y revistas, tanto nacionales como internacionales. En 2015, Muerde Muertos publicó su primera novela, “Los hombres malos usan sombrero”. Su segundo libro, “Frente al abismo”, salió en 2017, de la mano de Ediciones Erradícame, de España. Del 2020 es “Enfermos de oscuridad”, su tercer libro, editado por Azul Francia. Su última novela, “Colimba”, fue publicada en 2023 por Trapezoide Ediciones. Vive en Castelar, con su esposa y sus dos hijos.

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