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SOCIEDAD

La Rioja tiene casi 40 empresas estatales y más empleo público que privado registrado

El gobernador Ricardo Quintela admitió que no llega a cubrir la totalidad de los sueldos y por eso emitirá una cuasimoneda para abonar parte de los salarios. La puja con el gobierno nacional

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gobernador de La Rioja Ricardo Quintela
Ricardo Quintela, gobernador de La Rioja, emitirá una cuasimoneda para pagar salarios

Todo cambió desde el 10 de diciembre. O todo comenzó a cambiar. El nuevo Gobierno encabezado por Javier Milei impulsó desde el primer día un rotundo giro en el paradigma económico del país, con una rápida salida de la participación del Estado en la actividad productiva para fomentar mayor presencia privada. Todo impulsado con un DNU que desregula la economía y la ley ómnibus que el Congreso trata por estos días.

Esa situación, acompañada por una devaluación del 118% y un fuerte aumento de la ya de por sí alta inflación, provocaron tensiones en la sociedad y también en la relación con las provincias, particularmente con las que aún mantiene el peronismo. Y una de esas disputas más fuertes tiene por estos días como protagonista al gobernador de La Rioja, Ricardo Quintela.

El mandatario provincial dio el puntapié inicial y La Rioja emitirá una moneda propia para afrontar parte de la masa salarial pública. El proyecto fue aprobado este miércoles por la Legislatura local.

Esa decisión, según aseguró el gobernador, está impulsada por una deuda de más de 10.000 millones de pesos que la Nación mantiene con la provincia por fondos coparticipables que se generaron a partir del resultado del balotaje presidencial.

“Cuando se termina el balotaje… Massa iba cubriendo parte de esos fondos y se dejó de pagar una parte de octubre, noviembre y diciembre. Eso hace un monto aproximado de 9.300 millones de pesos. A eso se le tiene que agregar la cuota de enero, otros 3.700 millones de pesos. La Rioja no puede prescindir de esa plata porque es parte de la coparticipación, de los recursos que son parte de las provincias”, explicó Quintela durante una entrevista con Radio 10.

Por esa deuda, la provincia presentará una demanda ante la Corte Suprema una vez que termine la feria judicial, en febrero.

El gobernador explicó además que la llamada cuasimoneda “es un bono de cancelación de deuda” que se utilizará para el pago de parte de los salarios públicos. Pese a la falta de recursos, en las últimas horas Quintela anunció el pago de un bono de entre 50 mil y 80 mil pesos para los empleados públicos de la provincia.

El Estado presente, versión La Rioja

Más allá de la abierta posición política opositora de Quintela respecto del Gobierno, la estructura económica que la provincia ha ido forjando en los últimos años la ubican en las antípodas del modelo que promueve Milei. La Rioja tiene una gran cantidad de empresas públicas que actúan en prácticamente todos los ámbitos de la economía y, además, experimentó un fuerte crecimiento del empleo estatal. De hecho, según un informe reciente, es la segunda provincia del país que tiene mayor cantidad de trabajadores públicos que privados, detrás de Formosa.

En concreto, en La Rioja funcionan 38 empresas estatales, de las cuales 17 son de servicios y 21 de elaboración de productos.

En orden alfabético, las empresas estatales que funcionan en La Rioja son: Agroandina; Agroarauco; Aguas Riojanas; Alfa; Agrogenética Riojana; Bodegas y Fincas de Aminga; BR Servicios Financieros; Caudillos Riojanos; Cerámica Riojana; Cerdo de Los Llanos; Colonia Cunícola Riojana; DRIPSA; EDELAR; ELARGAS; Energía y Minerales; ERSA; EMSE; Federal Riojana; Fogaplar; Frutos de San Nicolás; Granjas Riojanas; Hortícola Riojana; Internet para Todos; Kayne; La Rioja Telecomunicaciones; La Rioja Vitícola; Ledlar; Parque Eólico Arauco; Puertas Del Sol; Riodeco; Rioja Bus; Rioja Vial; Textil del NOA;Triángulo del Sol; Vallesol; Vidrios Riojanos; Vivero Del Oeste Riojano y Vivero San Gabriel.

Empleo público provincial vs empleo privado registrado infografia
La variación del empleo público y privado, provincia por provincia (Infografías: Marcelo Regalado)

Así, la presencia estatal alcanza casi todos los sectores de la economía, tanto productiva como de servicios. Unos 3.000 empleados trabajan en esas compañías públicas.

A propósito de la situación que vive La Rioja, el presidente de la Cámara de Diputados, Martín Menem, le aseguró a Infobae que la provincia no tiene problemas de fondos, sino de administración, y dijo que debe haber un “sinceramiento” y que se debe terminar con “los gastos políticos”. Además, advirtió que hay falta de actividad privada por la presencia del Estado en todas las áreas económicas.

“La Rioja está en emergencia económica, sanitaria, hídrica, social, todo. Y es a solo efecto de evitar hacer licitaciones públicas”, explicó Menem, quien además contó que hay una ausencia total de control ya que “el Tribunal de Cuentas está cooptado por el oficialismo”.

Jura Diputados
Martín Menem, presidente de la Cámara de Diputados

Respecto de las empresas estatales, el hijo de Eduardo Menem afirmó que reciben “cinco veces más de fondos de lo que cuestan los empleados” que trabajan en esas compañias, y afirmó que “hasta hace 5 años, el 85% de los recursos se gastaba en salarios, y hoy llega al 50%”, lo que demuestra el bajo nivel de ingresos de los trabajadores.

Respecto a la cuasimoneda emitirá a emitir la provincia, el titular de la Cámara de Diputados advirtió que tendrá efectos inflacionarios y aseguró que “no está respaldada por nadie, no se sabe quién la va a rescatar, se va a licuar rápidamente”.

“La solución no pasa por una cuasimoneda, pasa por administrar bien, sincerando, dejar de lado los gastos políticos”, agregó.

En tanto, el dirigente de la UCR de La Rioja y ex ministro de Defensa durante el gobierno de Mauricio Macri, Julio Martínez, también cuestionó la gestión provincial: “Quintela es el más populista y el que menos hizo por generar un sistema productivo en la provincia, que depende del 95% de los fondos de la Nación. En estos cuatro años no se le cayó una sola idea para cambiar eso”.

Martínez comparó la situación de La Rioja con lo que ocurre en Jujuy, donde el gobernador Gerardo Morales “a través del cannabis o de los parques productivos ha generado un circuito propio”. “Quintela sólo agrandó el Estado y precarizó a los trabajadores”, sentenció.

Julio Martínez, ex ministro de Defensa
Julio Martínez, ex ministro de Defensa

“Quintela prioriza la renta social por sobre la renta económica, y no le importa que las empresas pierdan dinero. Agroandina pierde 3.000 millones de pesos al años; la empresa urbana de transporte, 300 millones. En los últimos cuatro años, y también durante el Gobierno de Macri, La Rioja recibió la mayor cantidad de fondos y paga los sueldos más bajos del país”, añadió quien también fuera diputado y senador nacional.

El hiperestatismo de La Rioja se evidencia además en la cantidad de empleados públicos que tiene la provincia que, junto con Formosa, han sido la punta de lanza del crecimiento del trabajo estatal que experimentó el país desde el 2011.

Según un informe de la Fundación Mediterránea, el empleo público provincial y municipal creció un 35% entre 2011 y 2022, mientras que a nivel nacional lo hizo un 28%. El mayor aumento ocurrió en Misiones (69%), Chubut y La Rioja (45%) y San Luis (42%), mientras que cayó en Córdoba, La Pampa y Tucumán.

“La Rioja parece responder a un patrón de provincia extremadamente dependiente de las transferencias de coparticipación y discrecionales, sin holgura fiscal (comparada con el resto), con un perfil productivo de muy limitado sesgo exportador, fuerte dinamismo en la creación de empleo público y caída (en términos per-cápita) del empleo privado, ocupando puestos de retaguardia en los rankings que miden el nivel de los salarios y la formación de los recursos humanos por provincia”, señala un informe publicado esta semana por el IERAL que advirtió sobre el riesgo de la emisión de cuasimonedas por parte de las provincias.

Empleo público provincial vs empleo privado registrado infografia
En La Rioja, el empleo público provincial y municipal creció un 35% entre 2011 y 2022, mientras que a nivel nacional lo hizo un 28%

En ese marco, el organismo advirtió que en el caso de La Rioja “habría consecuencias significativas en caso de implementarse” la cuasimoneda.

“En primer lugar, como los agentes económicos buscarán desprenderse antes de esos papeles que de otras monedas, la velocidad de circulación aumentará, potenciando el descuento impuesto por el mercado al valor de eso bonos; consecuencia de los dos factores descriptos, la población local sufrirá un golpe inflacionario adicional al impuesto por la propia dinámica devaluatoria del peso; pero, además, las empresas instaladas en la provincia verán encarecerse los impuestos nacionales en términos de la cuasimoneda (que será la moneda predominante en la que cobrarán por la venta de sus bienes y servicios), porque para pagar (los impuestos nacionales) deberán cambiar bonos locales por debajo de la par”, advierte el IERAL.

“Puede ser que esas empresas incurran en atrasos en el pago de esos impuestos nacionales pero, dada la ponderación de La Rioja en el PIB total, ese efecto será marginal sobre el fisco nacional; el impacto mayor en este plano se dará sobre la rentabilidad de las empresas instaladas, debilitando aún más los incentivos a la creación de empleos privados en la provincia”, añade.

Mientras tanto, Quintela mantiene su confrontación política con el Gobierno y recurre a nuevos (o no tanto) mecanismos financieros que le permitan afrontar las obligaciones salariales de su provincia que, como pocas en el país, tiene una fuerte dependencia estatal.

SOCIEDAD

Mundos íntimos. Viví obsesionado, temía enfermarme. A los 32 me descubrieron un tumor: estoy bien, pero sigo angustiado.

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Mientras escribo, una mano me aprieta la garganta. Una mano negra, con dedos largos y nudosos como ramas de un árbol viejo, muerto. Apenas me deja respirar, y sé que, si no hago algo, si no me zafo de ella, llegará el momento en que ya no dejará pasar ni un hilo de aire. Entonces moriré, como murió mi papá y mi abuelo. Tal vez a los 58 años, cumpliendo con una triste costumbre familiar, tal vez antes. Espero que sea después, mucho después.

Nunca hablé de lo que voy a hablar ahora. No, al menos, con la claridad con la que pretendo hacerlo. Siempre sentí eso de que “si no lo digo no va a ocurrir”. Por eso, como hipocondríaco, evito hablar de enfermedades. Una estupidez. Las desgracias ocurren incluso cuando nos negamos a pronunciarlas.

Me animo a pensar ahora que las cosas pueden funcionar de otra manera. Puede que las palabras conjuren ese destino, lo tuerzan y lleguen a liberarme. Sea como fuere, no pierdo nada con intentarlo. La mano, de cualquier forma, sigue apretando.

Reflejo. La mirada al horizonte de Lucas Berruezo muestra su preocupación.Reflejo. La mirada al horizonte de Lucas Berruezo muestra su preocupación.

El momento más adecuado para comenzar este relato es el 23 de julio de 2013, día en que murió mi viejo, víctima de un cáncer generalizado. Él era una persona que, con sus 58 años, mantenía una vida sana y activa. Había dejado de fumar, iba a su trabajo en bicicleta, se cuidaba en las comidas, no bebía ni una gota de alcohol y entrenaba en el gimnasio al menos cuatro veces por semana. Por esto, procesar su enfermedad, tan vertiginosa que se lo llevó en apenas tres meses, fue difícil para todos.

Ese día de julio, por la mañana, mi mamá me llamó para decirme que papá no estaba bien. La notaba alterada, pero no imaginaba la verdadera razón.

Papá murió —afirmó entre lágrimas, al salirme al encuentro en la vereda, ni bien me bajé del remís.

En el hospital. Lucas Berrruezo luego de la operación para tratar el cáncer.En el hospital. Lucas Berrruezo luego de la operación para tratar el cáncer.

Nos abrazamos. Luego, y sin poder creer todavía lo que acababa de escuchar, entré. Subí las escaleras, fui a la habitación y lo vi ahí, sobre la cama, irreconocible de tan flaco, con los ojos abiertos. Lloré y le dije, como si lo estuviera retando: «Así no, pa. Así no». Me acerqué, me incliné sobre él, le cerré los ojos con mi mano derecha y le di un beso en la frente.

Fue en ese momento cuando la mano se aferró a mi cuello, para no volver a soltarme.

Algún día hablaré de cómo mi viejo dijo durante toda su vida que iba a morir a los 58 años, igual que su padre, mi abuelo. También diré cómo llegó a esa edad con una salud y un estado físico envidiables; cómo, cuando ya quedaba poco para su cumpleaños, se enfermó, muriendo una semana exacta antes de cumplir los 59. Nunca logró liberarse de esa herencia que él mismo se había impuesto. Algún día hablaré de todo eso, pero hoy no. Hoy toca hablar de mí.

Mi hipocondría, que hasta ese momento se había mantenido en niveles manejables, se disparó. Empecé a pasar noches en vela asociando cada sensación de mi cuerpo con un tipo de cáncer diferente. Iba al médico, me hacía estudios (entre ellos, una videocolonoscopía) y volvía a casa con palabras tranquilizadoras.

No tenía nada. Me tenía que relajar. También empecé, a pedido de mi esposa, terapia. Mi miedo a tener cáncer ya afectaba mi vida cotidiana, y debía hacer algo al respecto. Era padre de dos hijos hermosos, una nena de cinco años y un nene de dos, no hacía mucho que me había recibido de Licenciado en Letras y acababa de firmar un contrato para publicar mi primera novela. Las cosas estaban saliendo bien, no podía arruinarlo todo por miedos irracionales.

La vida siguió, con ataques de ansiedad más o menos regulares, pero siguió.

A finales del 2014, un año y medio después de la muerte de mi viejo, saqué turno con el clínico porque me dolían las tetillas. No constantemente, pero sí de manera frecuente. Incluso, a veces, cuando me apretaba sin querer, la punzada llegaba a sobresaltarme. Mi autodiagnóstico fue, por supuesto, inmediato: cáncer de mama. Sabía que, aunque en menor proporción en comparación con las mujeres, podía afectarles a los hombres. Fui entonces a la consulta y mi médico, después de revisarme, me mandó a hacer una ecografía en ambas mamas. Antes de terminar, recapacitó y agregó una ecografía testicular. Según él, a veces, cuando dolía ahí arriba era porque había algo ahí abajo.

Como nos acercábamos a fin de año, estaba tapado de trabajo. Soy profesor de Literatura, y lo meses de noviembre y diciembre suelen dejar poco margen para cualquier otra cosa que no sea corregir y cerrar notas. A punto estuve de no ir a hacerme los estudios. Las tetillas ya casi no me dolían y me había acostumbrado a que hacerme chequeos era una pérdida de tiempo. Siempre salía todo bien. No obstante, terminé yendo. El doctor que me atendió era el mismo que le había hecho los controles a mi esposa en sus dos embarazos. Algo que, de alguna manera, me dio tranquilidad. Al menos por un momento.

Las ecografías de las mamas dieron bien. Cuando el doctor empezó a examinarme los testículos, lo hizo casi con desinterés, como si supiera que no iba a encontrar nada. Y, en efecto, no lo hizo, al menos en el primer testículo, el derecho. Sin embargo, al llegar al izquierdo, vio lo que él llamó una lesión. Me preguntó si me había golpeado y si me dolía. Le respondí, con respecto a la primera pregunta, que no lo recordaba y, con respecto a la segunda, que no, no me dolía. Después de eso, no dijo nada más hasta terminar la revisación. Antes de salir, no me pude aguantar y le pregunté con la voz ahogada (la mano estaba apretando con todas sus fuerzas) si podía ser un tumor, a lo que me respondió que sí, que podía serlo, pero que de cualquier manera tenía que verlo el médico clínico. No juzgo su cautela, envuelta en empatía hacia un chico de 32 años desesperado, pero no tengo dudas de que sabía perfectamente de qué se trataba.

La visita con el clínico vino poco después y él no dejó lugar a ninguna duda. Sí, se trataba de un tumor, pero no tenía que desesperarme. Lo tumores testiculares se encontraban entre los tipos de cáncer con más posibilidades de supervivencia.

De hecho, él mismo había tenido cáncer testicular hacía poco tiempo, por lo que sabía de lo que hablaba. De seguro, esa reciente experiencia influyó en su diagnóstico, que lo llevó a ser una especie de Dr. House real, que, de una molestia en una tetilla, llegó a la conclusión de un tumor en un testículo. Varios doctores, a lo largo de mis chequeos, expresaron su sorpresa y su admiración por esa perspicacia.

Del clínico pasé al urólogo y, a partir de ahí, todo se aceleró. En apenas unos días, pasé por estudios y más estudios, consultas en la obra social, fechas para la cirugía y, por último, la operación. No hay mucho para decir sobre eso. El postoperatorio fue breve, y en dos días ya estaba en casa. Al cabo de una semana, mi vida era prácticamente la misma de antes. No tuve que hacer tratamiento, ya que la biopsia reveló un tumor de células de Leydig, algo extremadamente raro, que en la mayoría de los casos tenía un comportamiento benigno. Sólo tuve que concurrir asiduamente al oncólogo y hacerme chequeos cada tres meses durante los primeros años; cada seis meses después; y, ahora, con casi diez años cumplidos, uno por año. Y acostumbrarme a vivir con un testículo menos, algo que, a fuerza de ser honesto, no es para nada difícil.

Me gustaría decir que ya está, que todo terminó, que la mano desapareció de mi cuello y de mi vida, pero no sería verdad. Es cierto que nunca tuve ningún problema, que todos los chequeos me dieron bien, que desde el primer momento varios doctores me dijeron que no me preocupara. Sí, todo eso es cierto.

Pero también es cierto que, en mi caso, la pelea siempre fue más mental que física. Tener cáncer a los 32 años, con dos hijos chiquitos, un año después de que mi viejo falleciera de lo mismo, incluso cuando el cáncer era lo que me mantenía despierto por las noches y la razón por la que todavía seguía yendo a terapia, era mucho para mí. Supongo que sería mucho para cualquiera. A veces, cuando me animo a bromear, digo que uno no sabe en verdad lo que es el miedo hasta que ve a un oncólogo observar con meticulosidad su tomografía.

Así y todo, seguí adelante, con determinación, tratando de respirar cuando la presión en mi cuello amenazaba con ahogarme. Una parte de mí (esa parte que busca el porqué de las cosas) pensaba que, después de todo ese infierno, las cosas serían más fáciles. Mi carrera como escritor despegaría, mis relaciones de pareja se destrabarían, mi vida espiritual se elevaría hasta un nuevo nivel… En definitiva, llegué a pensar que el paraíso estaba ahí, cerca, a pocos pasos de distancia. Tonto de mí.

El infierno, cuando es propio, es más profundo de lo que podemos llegar a creer y desear, con más círculos que los nueve detallados en el poema dantesco. Salió mi primer libro, y tuve que luchar para poder sacar el segundo, el tercero y el cuarto. No hay dudas de que la frustración es la gran compañera del escritor. Sigo trabajando como profesor a tiempo completo, algo que en teoría sólo iba a ser provisorio. Todavía no llego a fin de mes con relativa tranquilidad. De hecho, cada vez me cuesta más hacerlo. No, no hay un “después del infierno” cuando el infierno está en nuestro interior. No hay a dónde ir cuando el camino es hacia adentro.

Espero que escribir esto me libere de esos dedos duros y ásperos, adheridos a mi garganta. Mi viejo murió por esos dedos, estoy seguro. Puede que mi abuelo también. Ambos se enfrentaron al miedo a la muerte con una fijación propia del maníaco. Mi abuelo se dejó morir mucho antes de que la muerte se lo llevara; mi viejo se puso fecha de vencimiento, y ningún esfuerzo lo libró de esa profecía autoinfligida. No tengo dudas de que mi cáncer fue, también, la consecuencia de una obsesión. La opresión en mi garganta me lo confirma.

Mi intención es evadir ese destino que, conmigo, se convertiría en una macabra tradición familiar. No voy a dejar que me siga haciendo daño. Tampoco voy a dejar que esto pase a mis hijos. Tal vez, si aguanto, si me libro, llegue el momento en que pueda vivir mis días sin pensar, a cada momento, en la posibilidad de una fatalidad.

Quiero creer que el miedo a la muerte no dura toda la vida.

No obstante, mientras escribo, la mano me aprieta la garganta, esa mano de dedos largos y nudosos como ramas de un árbol viejo, ya muerto.

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Lucas Berruezo nació en Buenos Aires, en 1982. Es Licenciado en Letras por la UBA, docente y escritor. Sus cuentos y artículos circulan en varias antologías y revistas, tanto nacionales como internacionales. En 2015, Muerde Muertos publicó su primera novela, “Los hombres malos usan sombrero”. Su segundo libro, “Frente al abismo”, salió en 2017, de la mano de Ediciones Erradícame, de España. Del 2020 es “Enfermos de oscuridad”, su tercer libro, editado por Azul Francia. Su última novela, “Colimba”, fue publicada en 2023 por Trapezoide Ediciones. Vive en Castelar, con su esposa y sus dos hijos.

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