CHIMENTOS
Victoria Carreras y el regreso de El conventillo de la paloma: “Retomo un sueño inconcluso de mi padre”

Victoria Carreras lleva sobre sus hombros un apellido que remite de inmediato a los orígenes del teatro argentino. Hija de Enrique Carreras y Mercedes Carreras, su infancia transcurrió entre camarines, ensayos y estrenos. El oficio actoral no solo le fue transmitido, también lo adoptó como una forma de vida. Hoy, con una trayectoria consolidada, suma un nuevo capítulo a su carrera con la puesta en escena de El conventillo de la paloma, obra que marcó su reciente consagración en Mar del Plata y que ahora llega a Buenos Aires.
El regreso de este clásico, a casi cien años de su primera función, propone un giro audaz: por primera vez El conventillo de la paloma se presenta como un gran sainete musical. Victoria asume un doble rol, como codirectora junto a su hermana María Carreras y como actriz en el papel de la gallega Mariquiña. El proyecto reúne a más de treinta artistas y técnicos en escena, con un equipo marplatense que apuesta a renovar la vitalidad de los conventillos y a poner en diálogo las tradiciones porteñas con las sensibilidades actuales.
En los pasillos del Teatro Regina, la expectativa se percibe en el ambiente. El espectáculo, que convoca a actores, músicos y bailarines, busca recrear el universo de los conventillos de principios del siglo XX y celebrar la diversidad cultural que los caracterizaba. Para Victoria Carreras, este estreno representa mucho más que un desafío profesional: es un tributo a la memoria artística de su familia y una invitación a que nuevas generaciones descubran la potencia y el espíritu colectivo del teatro argentino. En ese marco, mientras ultima detalles para el estreno de este domingo a las 18, la actriz recibió a Teleshow en un café de Buenos Aires.
– ¿Cómo estas en este momento de tu vida?
– La verdad que es un momento de mucha intensidad y de mucha plenitud, venimos de una temporada que para este espectáculo, El conventillo de la Paloma, fue muy positiva, y ahora frente a un desafío importante que es movilizar esta compañía de treinta artistas. Un equipo de 30 personas de Mar del Plata, grandes artistas, grandes actores y también toda la parte de vestuario y escenografía y producción ejecutiva. Y movemos todo esto al teatro Regina en Buenos Aires. Tiene que ver con un momento de una expansión mía personal también, de animarme a un proyecto semejante, de haber creído en esto cuando parecía un disparate.

– ¿Disparate desde la cantidad de personas?
– Sí, cuando todo el mundo está haciendo un unipersonal o pensando en teatros de pequeño formato, junto con mi hermana se nos ocurrió reversionar este clásico del teatro rioplatense. Es una obra que tiene casi cien años, en una versión de sainete musical, con una cantidad de artistas como nunca se hizo. La confluencia de público que tuvimos, la cantidad de premios que recibimos y de estímulos del público, sobre todo, la sala llena todas las funciones. Pero bueno, una cosa es Mar del Plata y otra cosa ahora es Buenos Aires, así que es un nuevo desafío.
– No es nada fácil triunfar en el verano marplatense…
– Soy consciente de eso. Pero hay momentos en la vida de un artista donde la fortuna gira hacia arriba. Y no sé si es esta obra, una obra angelada, porque cada vez que se hace El conventillo de la Paloma es un éxito, por algo perdura y perdura a través del tiempo. No sé también si es algo como aluvional en el sentido del camino artístico de mi hermana y mío, donde nosotras hicimos un formato de obra en el que tenemos mucho contacto con la gente. La obra termina con un baile popular, terminamos bailando con el público en el hall y con los músicos acompañando. Entonces, en ese momento hay una comunicación muy directa con los espectadores y ahí se produce una catarsis emotiva muy fuerte, donde la gente te reconoce. Yo empecé a trabajar y mi hermana también, muy niñas en la ciudad de Mar del Plata, haciendo teatro con mis padres, Mercedes y Enrique Carreras. Y es como si esos niños jóvenes que nos venían a ver en ese momento, hoy ya vienen con sus nietos o traen a sus padres mayores, o te dicen: “Yo iba con mis viejos y ahora te vengo a ver de vuelta”. Hay como un revival de algo, no sé que tiene que ver con esto, ¿no? Como si la gente celebrara la obra y también celebra un recorrido de las Carreras.

– Y como propio de su familia, de ser un recuerdo de ellos en algún momento.
– Sí, hay algo de eso que se activa con esta obra mágicamente. Y entonces es como cuando vos te encontrás con un primo que hace mucho que no veías y de repente lo ves bárbaro y lo ves bien. Como que nunca te dejaste de ver. Esa es la sensación con el público. Vos te encontrás con los espectadores en Mar del Plata, te dejás de ver por un año y cuando volvés es como si reanudaras la conversación que quedó.
– ¿Y en Buenos Aires?
– ¿Qué va a pasar en el Regina? La verdad es que ayer me enteré que hay una gran cantidad de entradas vendidas para el estreno. Entonces digo: “Esto está sucediendo y es real, vamos a aceptarlo. Por ahí es un éxito”.
– Y el primer capítulo de este nuevo Conventillo de la Paloma empezó en Mar del Plata…
– Claro, empezamos a ensayar en septiembre, octubre y el 7 de enero estábamos debutando. Y antes de estrenar, ya la gente del teatro Regina me pidió el espectáculo. Yo dije: bueno, sí.

– Cuando leías el proyecto, ¿qué te convenció de hacerlo? Y más de esta manera, con treinta artistas.
– Yo vengo de un estirpe de teatro popular. El último proyecto que tuvo Enrique Carreras, mi padre, quedó inconcluso, no llegó a cumplirse, él quería hacer la segunda versión fílmica de El conventillo de la paloma. La primera es de Carlos Torres Ríos. Mi padre quería reversionar esa película y falleció y no lo pudo hacer. Pero mi viejo murió hace treinta años. No es que yo estuve treinta años pensando que lo quería hacer. De repente un día empecé a pensar en esta obra, y a imaginar que era necesaria una reposición. Porque es un género que no es como el teatro contemporáneo. Hay una forma de actuar, de hablar, hay melodías que tienen que ver con el tango, hay que saber bailar. Muchas cosas que tienen que suceder para que salga bien. Y si eso no se replica, se pierde en el tiempo.
– ¿Por qué crees que tu papá ya quería reversionar la película? ¿Qué veía en esta historia?
– Él tenía un olfato para lo popular y decía: “El conventillo siempre es un batacazo”. Cada vez que se hace funciona bien. Y él la quería filmar, a él le gustaba hacer un cine industrial y masivo. Entonces, por eso quería hacer eso. Algo de razón tiene, porque treinta años después de la muerte de mi viejo, nosotras montamos esta obra y se vuelve a llenar la sala. El nieto de mi hermana, Augusto, que tiene trece años, fue al estreno y nosotras pensábamos: “¿Le gustará una obra donde se habla, se baila el tango, se habla lunfardo?”. Cuando terminó la función, él dijo que le encantó y que era como El Chavo del Ocho. Es perfecto.
– ¿Cómo se han repartiendo el trabajo con tu hermana?
– Nos dividimos bastante bien las tareas y hubo un momento en el que participé de la búsqueda de los personajes, las marcaciones, el estilo, el ritmo y todo, y hubo un momento donde la obra quedó lisa y llanamente bajo la mirada de María. Yo estoy en el escenario y no puedo estar marcando a un compañero al tiempo que actuo. Para eso somos dos.

– Es medio raro, pero vos tenés la capacidad y la trayectoria para eso.
– Sí. Pero hay un momento donde quiero solamente disfrutar con mis compañeros a la par, que es algo único, inigualable y lo que más me gusta hacer en la vida. La obra es coral, no es un protagónico exclusivo, sino es que todo el mundo tiene lugar. Por ahí en las escenas donde yo no participaba podía estar un poco más desde afuera, pero ahí me entregaba a la mirada de María.
– Sos el nexo entre ambas partes dirección y el elenco en el escenario.
– Es una idea que yo le llevé a mi hermana, María. Fue una ocurrencia mía feliz, de la que estoy muy contenta de haberme animado y de haber persistido. Y entre las dos armar este equipo, que no es menor, (risas) somos muchos.
– ¿Y te ves hacia futuro jugando con este doble rol en otras ocasiones?
– Sí. Ya estoy pensando lo que voy a hacer el año que viene. Estoy adaptando una versión de Frutilla, una obra que escribió Abel Santa Cruz, una comedia musical argentina de la década del setenta. La protagonizaron Osvaldo Miranda y Mercedes Carreras. Era una comedia musical de pequeño formato y ahora la vamos a hacer más grande.

– ¿Y en la familia cómo se va charlando y llevando los nuevos proyectos?
– Es una familia grande que ha ido cambiando de forma a lo largo del tiempo, por decisiones de vida, porque nos hemos casado, nos hemos separado, nos hemos vuelto a juntar. Hay gente que falleció, que se incorporó, hay gente joven. La va mutando, pero sí, es una familia artística y es un tema predominante y se habla en voz alta (risas), se discute, se comparte.
– ¿Cómo se traslada la pasión por el teatro a las generaciones más jóvenes?
– A mí me entusiasma mucho el teatro en este momento, porque como es una época de tanta pantalla, me parece revolucionario imaginar que te vas a encerrar a una habitación oscura con gente que no conocés, donde hay gente de carne y hueso que transpira, que está ahí y que no sabés qué va a pasar. Hay un pacto de creer que va a llegar a término, pero puede no pasar. Y eso es extraordinario, porque está vivo y está sucediendo ahí.
CHIMENTOS
Mey Scápola, entre la dirección y la actuación: “Tengo un pie en cada lugar”

Backstage de la obra A cielo abierto, dirigida por Mey Scápola
Mey Scápola llega al estreno de A cielo abierto con la sensibilidad de quien conoce el teatro desde la infancia y la perspectiva de quien hoy también conduce una obra desde afuera de la escena. La pieza del dramaturgo inglés David Hare se estrenó en el Teatro Regio como parte del Festival Internacional de Buenos Aires (FIBA) y continuará en cartel hasta noviembre.
A cielo abierto, con un elenco integrado por el español Luis Bermejo, Paula Reca y Felipe Saade, retrata el reencuentro entre Luis, un empresario, y Ana, una maestra, unidos por un pasado amoroso y separados por profundas diferencias ideológicas. La obra indaga en la tensión entre el deseo, las convicciones y la posibilidad de amar a quien piensa distinto En diálogo con Teleshow, Scápola habló de los límites que plantean los vínculos, su presente como actriz y directora, sus maestros y la importancia de construir equipos de trabajo.
—En “A cielo abierto” no hay villanos definidos. ¿Qué te resulta más desafiante de llevar esa ambigüedad a escena?
—Lo más interesante es que ninguno de los personajes baja línea. Los escuchás a los dos y cada uno tiene sus razones, su dolor y su manera de contar lo que vivió. Hay más víctimas que asesinos. Esa complejidad hace que la obra no se resuelva desde un lugar moral, sino desde los vínculos y las heridas que dejan.
—¿Y para vos, cuáles son los límites que no se pueden negociar en un vículo?
—Hay temas que me resultan infranqueables, como la política, la justicia social o la empatía hacia quienes son distintos a nosotros. Se puede tener una diferencia sobre cuestiones más livianas, pero hay una forma de mirar el mundo que para mí es fundamental. Me interesa pensar hasta dónde uno puede estar cerca de alguien que tiene valores muy diferentes.

—¿Qué te permite la dirección que quizá no encontrás cuando estás solamente arriba del escenario?
—Me encanta armar equipos y pensar la obra desde todos esos lugares. Es una parte del proceso que disfruto muchísimo.
—¿Qué detalle cotidiano te sirven para comprender a un personaje antes de interpretarlo o dirgirlo?
—Me gusta pensar en todo, qué lleva en la cartera, cómo se viste, qué comió, cómo se peina. Son datos que pueden parecer pequeños, pero ayudan a construir una vida. No puedo abrir una cartera en escena y que no haya nada: necesito que esos objetos cuenten algo de esa persona.

—¿Cuál fue el elogio que más te conmovió que te hayan dicho como directora?
—Que el equipo quiera ir a ensayar. Llegar al teatro y sentir que las personas la están pasando bien, que hay generosidad y ganas de trabajar juntas. El talento es indispensable, pero para mí también importa mucho que haya buenas personas y buenos compañeros. Esa es una de las cosas que más valoro.
—En un momento de menor producción de ficción, ¿cómo sostenés tu impulso como actriz?
—Hay menos trabajo como actriz, y eso se siente. Dirigir me permite seguir creando y no quedarme esperando a que suene el teléfono. Pero no siento que haya dejado de ser actriz: tengo un pie en cada lugar. La dirección me da otra posibilidad de trabajo, aunque actuar sigue siendo algo que amo profundamente.

—¿Cuándo entendiste que el teatro podía ser más que un juego de infancia?
—De chica yo vivía en el teatro por mi mamá, que además nos llevaba a ver muchas obras. También tengo recuerdos de jugar con mi hermana y amigos, de mirar las representaciones de las obras de Hugo Midón y volverme loca. En ese momento era disfrute; después se transformó en una elección y en una carrera. Mis maestros, como Agustín Alezzo y Julio Chávez, fueron muy importantes en ese camino.
—¿Qué recordás de esos años de formación con Agustín Alezzo y Julio Chávez?
—Agustín (Alezzo) fue mi primer maestro y me dio mucho amor por el teatro y curiosidad. Con Julio (Chávez) también aprendí muchísimo. Creo que esa formación alimentó una mirada de dirección que yo ya tenía incluso cuando actuaba: siempre estaba pendiente de cómo funcionaba el conjunto, de los detalles y de todo lo que acompañaba al personaje.

—¿Podés decir que no a determinados proyectos?
—Claro, no todos podemos hacer todo. Hay trabajos que no tienen que ver con una, con lo que puede dar o con la energía que puede poner ahí. Me ofrecieron varios unipersonales, por ejemplo, y no siempre sentí que fueran para mí. A veces no conecta el texto, a veces no se puede poner el alma o la creatividad en ese proyecto, y otras veces las condiciones no acompañan. A veces una se equivoca, por supuesto, pero también hay momentos en los que intuís que algo no es para vos. Poder reconocerlo es parte del trabajo.
—Además de dirigir, mencionaste proyectos recientes como actriz…
—Hice una obra con muchos actores que disfruté mucho, una película y un proyecto para Disney. También terminé de filmar una película para una plataforma, aunque todavía no puedo contar de qué se trata. Me entusiasma seguir actuando, aun cuando hoy haya menos ficción y las oportunidades sean más acotadas.

—La obra parte de una relación clandestina, pero elegiste leerla desde las diferencias profundas entre dos maneras de entender la vida. ¿Por qué?
—El autor contó que escribió la obra a partir de su interés por el mundo de los negocios y del dinero. A mí me interesó más pensarla desde los vínculos: si se puede amar o estar cerca de una persona que mira el mundo de un modo muy distinto al propio. Me parece una lectura más cercana a nuestro contexto y a las preguntas que hoy nos hacemos.
—¿Cómo te acercás a una elección que, en lo personal, no compartirías, como una relación paralela?
—Ella, el personaje de la obra, pudo hacerlo y lo cuenta con mucha naturalidad. A mí me resultaría imposible, me aburriría y no me interesa. Pero el personaje tiene su lógica y su historia. La obra no juzga a nadie: permite escuchar qué vivió cada uno y entender desde qué lugar tomó sus decisiones.

—Cuando forma un equipo para dirigir, ¿qué busca antes que nada?
—Busco talento, desde ya, pero también generosidad y buena convivencia. En esta obra pude proponer a Matías Sendón y Gonzalo Córdoba, con quienes ya había trabajado, y a Diego Steiner en la música. Me interesa rodearme de personas que tengan una mirada propia y que, a la vez, disfruten del trabajo con los demás.
—En los ensayos hay una costumbre tuya que suele llamar la atención…
—Soy muy de cuidar a mis equipos. Llevo facturas, budín o cualquier cosa para compartir porque me gusta que el ensayo sea un espacio agradable. Hay días mejores y peores, como en todos los trabajos, pero si existe un buen clima y las personas se sienten parte, eso también aparece después en el escenario.

—Con la obra ya en marcha, ¿qué esperás que le quede al público al salir del Teatro Regio?
—Me gustaría que se vaya con preguntas. Que pueda escuchar a los personajes sin buscar enseguida quién tiene razón, y que piense qué diferencias está dispuesto a aceptar en un vínculo y cuáles no. Para mí, esa conversación es el centro de “A cielo abierto”.
CHIMENTOS
Moria Casán apuntó contra Susana Giménez, habló de ‘envidia’ y lanzó una frase demoledora: «No tiene éxito, yo soy…»

Moria Casán volvió a encender la polémica con Susana Giménez y dejó en claro que las diferencias entre ambas están lejos de quedar atrás. En un móvil con Primicias Ya, la conductora respondió a las declaraciones de la diva y lanzó varias frases filosas sobre su presente, su carrera y hasta el nuevo proyecto que prepara.
Uno de los puntos que más llamó la atención fue cuando le preguntaron si detrás de las diferencias podía existir algo de envidia. Lejos de descartarlo de plano, Moria respondió: “No sé, puede haber algo”. Y enseguida explicó cómo interpreta la mirada de Susana: “Para mí es la mirada de una doña que se retiró, como una mirada de señora que vive en otro lado, un retiro”.
La actriz también rechazó de manera contundente la idea de que Susana se hubiera referido a ella de manera positiva al definirla como una mujer “tranquila”. “Me vio tranquila como que estoy en retiro igual que ella. No, mi amor, tranquila nada, estoy trabajando”, disparó.
En ese sentido, Moria reivindicó su actualidad profesional y marcó una diferencia con la situación que, según su mirada, atraviesa Giménez. “Me permito trabajar a esta edad y seguir hace un año y medio haciendo cosas, porque soy la mujer de mayor convocatoria teatral”, afirmó.
MORIA CASÁN DURÍSIMA CON SUSANA GIMÉNEZ
Pero el dardo más directo llegó cuando Casán habló de cómo interpreta el éxito de cada una. “No recogí el guante porque dijo ahora que es exitosa. Me parece que es una mirada vulgar hacia el éxito. No debe poder creer mi éxito masificado”, sostuvo. Y remató, entre risas: “No soy exitosa, soy exitosísima”.
La conversación también derivó en el nuevo proyecto de Susana, quien se encuentra trabajando en su propia serie. Cuando le mencionaron que la diva estaría muy entusiasmada con la producción, Moria no dejó pasar la oportunidad para lanzar otra de sus frases características: “Segundas partes nunca fueron buenas”.
A pesar de la contundencia de sus declaraciones, Casán intentó cerrar la polémica bajándole el tono al enfrentamiento. “Está todo bien. Está todo bien”, aseguró después de sus distintas críticas.
Así, Moria volvió a dejar varias frases que reavivan su histórica rivalidad con Susana. Entre cuestionamientos al éxito, referencias al retiro y un dardo directo a la serie que prepara la diva, la pelea entre dos de las figuras más importantes del espectáculo argentino sumó un nuevo capítulo.
CHIMENTOS
El presente de Romina Gaetani tras los golpes de la vida: “La que está hablando hoy, está volviendo a nacer”

Faltan poco más de dos horas para que el telón del Teatro Liceo vuelva a levantarse. En los camarines todavía se respira esa mezcla inconfundible de concentración, apuro y expectativa que precede a cada función. Afuera, Buenos Aires es un concierto de bombos y bocinazos en medio de una manifestación; adentro, en cambio, el tiempo parece detenerse. La escenografía de La Ratonera, el clásico policial de Agatha Christie, ya está preparada para recibir al público y Romina Gaetani se acomoda en uno de los sillones que forman parte de ese universo cerrado y misterioso del hostal Monkswell.
Allí, dentro de la ficción, interpreta a Mollie Ralston, la anfitriona y propietaria, junto a su marido Giles, del hospedaje en el que un grupo de desconocidos quedará atrapado mientras un asesino permanece oculto entre ellos. Pero esta tarde, lejos de ser Mollie, Gaetani es Romina. Y en sus palabras aparecen inevitablemente las marcas de un año que la obligó a atravesar algunos de los momentos más dolorosos de su vida y que, al mismo tiempo, la encuentra nuevamente abrazada por aquello que eligió desde muy joven: actuar.
Hace apenas quince días que La Ratonera regresó a la cartelera porteña, con funciones de miércoles a domingos, y el recibimiento del público ya tiene una respuesta concreta: localidades agotadas prácticamente desde el comienzo, con doble función los sábados. Para Gaetani, sin embargo, el éxito de la obra excede cualquier número de entradas vendidas, y con entusiasmo amplía el significado de ese presente: “Esto es un premio como persona y como actriz. Poder estar interpretando un personaje de Agatha Christie en la obra que es un éxito mundial que no se ha bajado en 74 años del escenario de una de las salas más importantes de Londres, como en el resto de otras ciudades”.
La actriz sabe, además, que no está ante cualquier obra ni ante cualquier escenario. La obra ocupa un lugar singular en la historia del teatro mundial y esta es la tercera vez que se representa en Buenos Aires, siempre con una importante respuesta del público. Y ahora encontró como casa al Liceo, una sala que para Gaetani tiene una carga emocional todavía mayor.

“En este marco, que es lo que estamos viendo delante nuestro, que es el Liceo, creo que es el mejor marco que puede tener hoy La Ratonera”, sostiene. Y hay algo más detrás de esa afirmación. Porque el mismo escenario en el que hoy interpreta a Mollie fue, hace casi tres décadas, el lugar donde comenzó a construir su historia como actriz. Allí debutó de la mano de Pepe Cibrián Campoy, cuando todavía era aquella joven que golpeaba puertas, hacía castings y buscaba encontrar su lugar en una profesión que desde entonces nunca abandonó.
Por eso, regresar al Liceo después de tantos años tiene para ella algo de círculo que se cierra y, al mismo tiempo, de historia que vuelve a empezar. “Qué loco que en este momento de mi vida vuelva al teatro donde nací como actriz. Qué loco, nací como actriz”, dice, como si todavía necesitara pronunciarlo en voz alta para terminar de comprenderlo. Y después agrega una frase que funciona casi como una declaración de principios para esta nueva etapa: “Siento que la Romina que está hablando hoy, también está volviendo a nacer. Así que qué loco que sea en el Liceo. Agradezco. Agradezco que sea acá”.
El presente dela actriz llega después de un período especialmente complejo. A fines de 2025, contó públicamente que había sido víctima de violencia de género por parte de su entonces expareja, Luis Cavanagh. El episodio derivó en una internación y posteriormente en una denuncia judicial. En ese mismo año también atravesó otra situación que modificó profundamente su relación con el espacio público: denunció por acoso y hostigamiento a una mujer que, según relató, comenzó a perseguirla y presentarse reiteradamente en distintos lugares vinculados con su vida cotidiana y profesional. La Justicia dispuso una restricción perimetral y se le entregó un botón antipánico. Aquella experiencia dejó consecuencias que todavía persisten y que incluso condicionan algo tan sencillo, y tan habitual para una actriz, como salir de un teatro después de una función.
Antes de llegar a La Ratonera, Gaetani había regresado a las tablas en marzo de 2026 con El divorcio del año, obra en la que compartió escenario, entre otros artistas, con Ernestina Pais. Lo que comenzó como un proyecto laboral terminó transformándose en un vínculo afectivo inesperado y profundo. Gaetani había admirado durante años a Pais, pero no la conocía personalmente. El trabajo compartido modificó esa distancia y convirtió a aquella admiración en amistad. Y cuando todavía quedaban funciones por delante y se preparaba la gira por distintas ciudades del país, la noticia de la muerte de Ernestina, ocurrida el 26 de junio, golpeó de lleno a la actriz.

“Fue literalmente un salvavida a nivel emocional”, define Gaetani cuando recuerda la llegada de La Ratonera después de la cancelación de El divorcio del año. El proyecto fue producido por Juan Caballé, el mismo productor de la obra anterior, junto con Tomás Rotemberg y Javier Faroni. “Realmente me sacó de un lugar muy doloroso, que es la pérdida de Ernestina Pais”, reconoce. Y entonces la entrevista deja de ser solamente una conversación sobre teatro y se transforma en el relato íntimo de un duelo todavía abierto.
Gaetani habla de Ernestina con una emoción que se filtra incluso en los silencios. Cuenta que había sido una de las primeras personas en comunicarse con ella en febrero, incluso antes de que comenzaran a trabajar juntas, para ofrecerle su apoyo y acompañamiento. También recuerda que Pais se había manifestado inmediatamente cuando conoció la situación que la actriz había atravesado con su expareja. “Eran diálogos telefónicos muy, muy, muy… Ni siquiera… No sé cómo decirlo, porque no quiero caer en palabras comunes”, explica, buscando una manera de describir algo que parece escaparle al lenguaje. Y finalmente encuentra una imagen: “Ese abrazo al alma de una mujer que también ha vivido lo suyo y que sabía lo que me estaba diciendo, y sabía cómo apoyar sus manos en mi espalda”.
Todavía no puede hablar de Ernestina en pasado sin que aparezca el desconcierto. “Todavía estoy en shock. No puedo creer que no la tengamos”, confiesa. Lo que permanece, dice, son las reflexiones que su amiga compartió públicamente, sus mensajes, sus consejos y una manera de mirar la vida con la que Gaetani asegura sentirse profundamente identificada. “Me quedo con una mujer con quien me sentía muy reflejada en muchas cosas, en su manera de ser, en su manera de pensar, de actuar ante la vida”, cuenta.
Hay una frase que resume especialmente bien la dimensión de esa pérdida. Gaetani recuerda que, cuando comenzó a conocerla y a trabajar con ella, sintió algo inmediato: “De esta mujer no me separo hasta el día que me muera”. Y la vida, una vez más, le impuso un giro inesperado. “Sin embargo, la muerte nos separó en un momento inesperado, con una tragedia, que es espantoso, porque no sé cuándo se supera una tragedia así”, admite.

Frente a la ausencia, encontró una forma posible de continuar el vínculo: permanecer cerca de Benicio, el hijo de Ernestina. “Creo que lo único que me queda hacer es seguir reflexionando sobre sus consejos, seguir repitiendo sus mensajes, que siempre daba a modo de ayuda y de acompañamiento y de reflexión como sociedad y estar en contacto con su hijo”, explica. Ese contacto no quedó en una intención. Benicio ya fue a verla a La Ratonera, y ambos continúan haciendo planes: salir, comer algo, ir juntos a un espectáculo musical. “Le prometí ir a un lugar que le gusta mucho, a comer torta. Así que estamos haciendo planes”, cuenta Gaetani. En medio del duelo, esos pequeños planes cotidianos parecen convertirse en una manera silenciosa de mantener viva una parte de Ernestina.
Cuando se le pregunta si siente que quedó algo pendiente con ella, la respuesta llega sin vueltas: “Ante la tragedia y la muerte de una amiga, imaginate, todo te quedó pendiente. No hay mucho más que agregar”. No hay una conclusión posible para una muerte inesperada. No existe una última conversación que alcance para cerrar una historia que todavía estaba empezando a crecer. Y quizá por eso Gaetani no intenta cerrar el duelo: lo incorpora a su vida.
“Terminó el 25 fuerte, comenzó fuerte”, resume cuando mira hacia atrás y observa el recorrido de estos meses. Pero inmediatamente se corrige a sí misma para poner el foco en otro lugar: “Con mucho crecimiento. Mucho crecimiento”. La actriz reconoce que atravesó un estrés postraumático y que todavía existen “resabios” de aquella experiencia. Habla de la necesidad de escuchar al cuerpo, detenerse, comprender qué necesita una persona después de atravesar una situación límite y aprender a convivir con una tragedia que no desaparece simplemente porque pasan los días. “No me quedo en el dolor, me quedo en el crecer”, afirma.
Y allí aparece una de las grandes paradojas de su presente: el dolor y la felicidad conviven. Por un lado, la pérdida de una amiga y compañera que todavía no logra asimilar; por el otro, la alegría que le provoca encontrarse nuevamente con un elenco, un equipo y una obra que siente como un verdadero refugio, y no habla solamente de sus compañeros de escena. Menciona a todos los que forman parte del teatro, desde quienes abren las puertas y mantienen los espacios hasta quienes colaboran para que los camarines estén en condiciones, pasando por los actores y actrices que comparten cada función. En ese universo colectivo encuentra algo que necesita: volver a sentirse parte.

Pero incluso el fin de las funciones, ese momento que para tantos artistas representa el contacto más directo con quienes fueron a verlos, todavía tiene para Gaetani un significado diferente. La experiencia de acoso que atravesó cambió esa dinámica. “Soy de irme rapidito últimamente”, cuenta. No es una elección estética ni una cuestión de distancia con el público: es una precaución.
“A mí no me gusta decir la palabra fan, pero no era fan, era fanática directamente”, explica al recordar aquella situación. “A los fanáticos sí hay que tenerles un poquito más de respeto”. Y enseguida agrega: “Y cuidado”. La persecución durante meses y las situaciones que derivaron en una restricción perimetral dejaron una huella concreta. “Eso te cambia mucho la dinámica después a la hora de salir al teatro”, reconoce.
Por eso hoy el final de las funciones tiene otro ritmo. “Lamentablemente todavía no puedo disfrutar la salida de los teatros. Salgo rápido. No, el contacto físico con la gente… Voy con cuidado, voy despacito”, relata. Incluso la intensidad de una muestra de cariño puede resultarle difícil en determinados días. “Si veo que vienen muy emocionados, mi cuerpo no está para soportar emociones de demasiada gente”, explica. Y enseguida matiza: “Hay días que sí, uno puede, hay días que no”.
En medio de todo eso, el Liceo adquiere una dimensión todavía más profunda. Porque no se trata solamente del teatro donde actualmente funciona La Ratonera. Es el lugar donde comenzó todo. Hace casi treinta años, de la mano de Pepe Cibrián, una joven Gaetani daba sus primeros pasos profesionales. Desde entonces atravesó televisión, cine, teatro y música; conoció el éxito, la exposición, los períodos de silencio, los desafíos, los rechazos y las nuevas oportunidades. Pero volver a ese escenario parece haberla conectado con una versión de sí misma que creía lejana.

“Después de muchos castings, muchos no”, responde sobre su pasado, pero con una certeza que parece haber construido durante décadas: “Cuando uno tiene una vocación, no hay nada que te pare”.
No asegura haber estado preparada para cada desafío. De hecho, admite exactamente lo contrario: “Ni siquiera siento que hoy esté preparada para muchas cosas”. Lo que sí conserva es la voluntad de seguir aprendiendo. “Hay vocación, hay amor, hay respeto y hay necesidad de seguir aprendiendo”, sostiene. Y habla también de la humildad como una herramienta indispensable para una profesión que nunca termina de enseñar: reconocer dónde uno se siente más débil, qué necesita reforzar y cómo continuar trabajando sobre el cuerpo, las emociones, lo psíquico y lo intelectual.
Quizás por eso, cuando se le pregunta si el teatro fue su refugio en los momentos más oscuros, Gaetani amplía la respuesta. No se trata solamente del escenario. Se trata del arte en todas sus formas, tanto desde el lugar de intérprete como desde el de espectadora. “En general, tanto como espectadora, como intérprete, como actriz o como cantante, cantautora, disfrutando de la cultura en general, en todas sus formas”, explica.
Y reivindica el valor de aquello que sucede cuando una obra, una canción o una expresión artística logra modificar algo en quien la recibe. “Eleva tanto nuestra conciencia y nuestra alma y nuestra vibración, y nos modifica y nos hace pensar y nos hace crecer, que es inevitable no sentirse abrazado por la música y el arte en general”, sostiene.

Porque Gaetani no abandonó a la cantante que también es. Simplemente, hoy el teatro ocupa buena parte de su energía. Hace apenas unos días volvió a cantar y ya tiene prevista otra presentación. También tiene canciones escritas y proyectos pendientes. “No estoy escribiendo, pero tengo muchas cosas escritas”, cuenta. Cuando la intensidad de La Ratonera baje un poco, espera recuperar esos espacios de tranquilidad que le permitan volver al estudio y grabar.
La música, además, tiene para ella una dimensión de absoluta independencia. “Yo soy independiente en la música”, explica, y eso significa que cada proyecto implica una inversión personal que muchas veces no recupera económicamente. “Eso es amor al arte y vocación también. Así que paso a paso”, resume.
Y entonces aparece la última pregunta, quizás la que más naturalmente permite mirar hacia atrás: ¿qué queda de aquella chica de San Martín que alguna vez soñó con ser actriz? La respuesta de Gaetani llega inmediata y con una sonrisa: “Está hablando con vos”.
Pero no se engaña con la nostalgia. No cree que aquella mujer siga siendo exactamente la misma. “Nadie sigue siendo el mismo. Sería muy aburrido seguir siendo el mismo”, afirma. Y esa frase parece contener buena parte del recorrido que acaba de contar: una mujer que atravesó experiencias que la transformaron, que todavía carga dolores, que sigue elaborando pérdidas y que, sin embargo, elige avanzar.

“Como soy una mujer que se arriesga y siempre va para adelante, siempre tengo cosas nuevas por vivir y siempre elijo cosas que no sean cómodas, si no también sería muy aburrido”, dice. Y cierra con una certeza: “Esas cosas incómodas te modifican indudablemente”.
A pocos minutos de que llegue el público, la conversación termina. En el escenario permanece el universo de Agatha Christie: el hostal Monkswell, sus huéspedes, sus secretos y un crimen que espera ser descubierto.
Gaetani, en cambio, acaba de contar su propia historia de estos meses: una historia hecha de heridas, pérdidas, miedo, aprendizaje y una necesidad irrenunciable de seguir. Cuando las luces se apaguen en la sala y el telón vuelva a levantarse, Mollie Ralston aparecerá nuevamente en escena. Pero detrás de ese personaje estará Romina, la mujer que regresó al mismo teatro donde nació como actriz para descubrir, casi treinta años después, que a veces volver al lugar donde comenzó todo también puede ser una manera de volver a empezar.
Crédito fotos: RSFotos
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