CHIMENTOS
Los cuatro signos del horóscopo chino que comenzarán agosto con una advertencia, según Ludovica Squirru

Agosto comienza con una energía que invita a bajar el ritmo y priorizar las decisiones bien pensadas. Según las enseñanzas de Ludovica Squirru, los primeros días del mes serán ideales para fortalecer lo que ya está en marcha, colaborar con otros y evitar movimientos impulsivos que puedan traer complicaciones más adelante.
Squirru señala que será un período más favorable para el trabajo silencioso, la organización y las tareas que requieren constancia que para dar grandes golpes de timón. Mudanzas, inauguraciones, casamientos o proyectos de construcción podrían encontrar un mejor momento si se postergan unos días.
Caballo
El comienzo de agosto le pedirá serenidad y estrategia. Antes de tomar una decisión importante, será conveniente revisar cada detalle y evitar actuar por ansiedad. La paciencia será la clave para obtener mejores resultados.
Conejo
Encontrará estabilidad en las pequeñas acciones cotidianas. Los primeros días del mes favorecerán los vínculos cercanos, el trabajo en equipo y los proyectos que avancen paso a paso, sin necesidad de acelerar los tiempos.
Perro
Será importante no dejarse llevar por la presión del entorno. La energía aconseja reflexionar antes de asumir compromisos o realizar cambios importantes, especialmente en cuestiones familiares o económicas.
Búfalo
Su capacidad de organización será una gran ventaja. Agosto empezará con la oportunidad de ordenar asuntos pendientes, fortalecer proyectos ya iniciados y preparar el terreno para desafíos que llegarán más adelante.
horóscopo chino, Ludovica Squirru, agosto 2026, signos chinos
CHIMENTOS
Alejandra Perlusky, una vida atravesada por la danza, el teatro y los grandes musicales: “El arte puede salvar el alma”

Hay recuerdos que nunca abandonan a un artista. No importa cuántos escenarios haya recorrido, cuántas ovaciones haya recibido o cuántos personajes haya habitado. Siempre existe una imagen que permanece intacta, inmune al paso del tiempo. En el caso de Alejandra Perlusky, esa postal no tiene marquesinas iluminadas, ni telones de terciopelo, ni aplausos interminables. Está mucho más cerca de una placita de Martínez, donde una nena de apenas cinco años caminaba tomada de la mano de su mamá rumbo a una clase de ballet, sin imaginar que esos pasos diminutos terminarían marcando el camino de toda una vida.
En momentos en que transita los últimos días de funciones de Billy Elliot -hasta el 9 de agosto en el Teatro Ópera- hoy, cuando mira hacia atrás, entiende que aquello no era un pasatiempo ni una actividad extracurricular. Era una necesidad. Una forma de habitar el mundo.
“Yo me percibía siempre distinta en el colegio y con mis compañeros. Recién ahora pude entenderlo”, cuenta mientras busca las palabras exactas para describir una sensación que la acompañó durante toda la infancia. Habla de una intensidad emocional difícil de explicar. De una energía que necesitaba encontrar un cauce. Y fue precisamente el movimiento el que le permitió ordenar ese universo interior.
Por eso, cuando escucha la célebre frase de Billy Elliot sobre esa “electricidad” que recorre el cuerpo cuando baila, siente que también está hablando de ella. “Sentía una pulsión muy parecida. En la danza encontré la posibilidad de canalizar una emocionalidad muy potente que tenía como niña. Gracias a Dios pude descubrirlo y llevarlo adelante”.
No es casual que hoy interprete a Mrs. Wilkinson, la profesora que descubre el talento oculto de Billy antes que nadie. Quizá ese personaje la atraviese de una manera tan profunda porque ella misma sabe lo que significa que un adulto vea algo en un chico que todavía ni siquiera entiende quién es.

Las primeras clases llegaron casi naturalmente. El ballet apareció antes que cualquier otra disciplina artística y ocupó durante años el centro de su vida. La disciplina era rigurosa. Había ejercicios, repeticiones, correcciones permanentes y una exigencia que para muchos niños podía resultar agotadora. Para ella, en cambio, era el lugar donde todo cobraba sentido.
Mientras otros chicos soñaban con ser médicos, futbolistas o astronautas, Alejandra ya intuía que su futuro estaba vinculado al escenario: “Nunca pensé la actuación como un hobby. Desde muy chica tuve la convicción de que quería dedicarme a esto. Nunca me imaginé haciendo otra cosa”, recuerda.
Apenas hubo una duda pasajera, casi una travesura del destino. La fascinaban los animales y durante un tiempo creyó que podía estudiar Veterinaria. Pero esa posibilidad desapareció tan rápido como había llegado. “Entendí que para curar a un animal quizás tenía que abrirlo, coserlo, enfrentar situaciones muy difíciles… y ahí se me fueron todas las dudas”, dice entre risas.
Como ocurre en muchas familias, la elección artística despertó más incertidumbre que entusiasmo. Sus padres conocían perfectamente las dificultades de una profesión atravesada por la inestabilidad, los contratos temporarios y la incertidumbre económica. Querían verla feliz, pero también protegida. “Eran personas de una sensibilidad enorme”, rememoró.
Con el tiempo descubriría que, detrás de esos temores, también se escondía una historia personal.Su padre había sido cantor de tangos durante la juventud. Amaba profundamente el arte, pero nunca se animó a convertirlo en profesión. Eligió Medicina. Años después le confesó algo que Alejandra jamás olvidaría: sentía que, de alguna manera, había traicionado ese sueño artístico que siempre había llevado adentro.
Quizá por eso, al principio, la preocupación era inevitable. No querían verla sufrir. No querían que la pasión terminara convirtiéndose en frustración. Sin embargo, hubo una persona que nunca dejó de empujarla hacia adelante: su mamá.
La mujer que la llevó una y otra vez a aquellas clases de ballet frente a la placita de Martínez. La que, sin saberlo, estaba alimentando una vocación que terminaría definiendo toda una existencia. Hoy, varias décadas después, Alejandra sigue emocionándose cuando habla de ella: “Le agradezco enormemente que me haya llevado tantas veces. Es tan importante el arte… puede hacer tan feliz a una persona. Puede salvar el alma, el corazón y ayudar a atravesar un montón de situaciones”.
Durante años creyó que ese camino terminaría exclusivamente en la danza. Pero la vida tenía preparada otra sorpresa. Llegó el momento de presentarse a un seminario de técnica de la danza clásica del Colón. Y su madre dijo ‘no’.
Fue entonces que decidió probar suerte como actriz. No buscaba una revolución. Ni siquiera imaginaba que esa decisión modificaría para siempre su destino. Sin embargo, fue durante una audición cuando descubrió una herramienta que desconocía: la voz. No solamente la capacidad de cantar. También la posibilidad de contar historias desde otro lugar.
Después vendrían las clases de canto junto a Marcelo Velasco y Carlos Vittori, maestros fundamentales para construir un instrumento que, con el tiempo, terminaría convirtiéndose en una de las marcas distintivas de su carrera. Pero, sobre todo, apareció una certeza.

La danza seguía siendo parte de ella. La actuación también. Y la música unía ambos mundos. Sin proponérselo, estaba empezando a recorrer el camino que años más tarde la convertiría en una figura indispensable del teatro musical argentino.
Pasaron los años. Aquella nena que cruzaba una placita de Martínez con un bolso de ballet al hombro terminó convirtiéndose en una artista capaz de emocionar desde los escenarios más importantes del país y del exterior.
Hoy ese escenario es el del musical Billy Elliot. Y mientras el público ocupa lentamente las butacas y el murmullo de la sala reemplaza al silencio de los camarines, Alejandra se prepara para transformarse, una vez más, en Mrs. Wilkinson. La profesora de danza que, en medio de un pueblo atravesado por la dureza, las huelgas mineras y los prejuicios, es la primera persona que se anima a mirar a un chico diferente y decirle, sin rodeos, que su destino puede ser mucho más grande de lo que él mismo imagina.
“Es un rol soñado. Es un personaje súper divertido y muy exigente”, resumió. Pero detrás de esa definición breve hay mucho más. Cada vez que Billy habla de esa “electricidad” que siente cuando baila, Alejandra recuerda inevitablemente a la chica que fue. La niña que tampoco encontraba palabras para explicar por qué necesitaba moverse, cantar o actuar para sentirse completa.
Pero hay otro elemento que vuelve único este trabajo: los chicos. En la mayoría de los espectáculos, los actores construyen una dinámica que se repite noche tras noche. Las escenas adquieren una mecánica casi automática. Los silencios aparecen siempre en el mismo lugar. Las miradas encuentran exactamente el mismo recorrido.

“Lo más inolvidable es trabajar con niños, con elencos rotativos que cambian semana a semana. Es simplemente mágico porque cada noche tengo un Billy distinto, una hija distinta y un grupo diferente de alumnitas. Cada uno tiene su propia emocionalidad, una forma muy personal de sentir y de expresar cada escena. Esa rotación hace que nunca aparezca la rutina. Es una experiencia única que posiblemente no olvide nunca”.
Habla de ellos con la ternura de una maestra y la admiración de una colega. Porque, aunque sean niños, arriba del escenario sostienen una responsabilidad enorme. Entiende que cada uno necesita tiempos distintos, estímulos diferentes y una confianza particular para encontrar su mejor versión.
Y esa búsqueda también genera momentos inolvidables. Como aquella noche en la que una falla técnica puso en riesgo una de las escenas más importantes del musical: “En el momento casi me infarto”, cuenta. En una escena clave, Mrs. Wilkinson se dirige hasta los baños del gimnasio para convencer a Billy de continuar estudiando danza en secreto y preparar la audición para la Royal Ballet School. Todo transcurre normalmente, hasta que deja de hacerlo. El mecanismo que debía abrir los paneles del baño se trabó. Del otro lado quedó encerrado Mateo, uno de los chicos que interpretaba a Billy. Durante algunos segundos nadie supo cómo resolver la situación. El tiempo, sobre un escenario, tiene otra velocidad, cada segundo parece eterno.
“Por suerte Mateo fue muy ágil y encontró una salida alternativa. Lo solucionó enseguida y el público prácticamente no se dio cuenta de nada”. Son esos pequeños accidentes los que terminan construyendo la memoria íntima de una compañía.
Detrás de la perfección que el espectador observa desde la platea existe un universo invisible hecho de nervios, respiraciones compartidas, abrazos antes de levantar el telón y miradas cómplices cuando algo inesperado sucede.

Pero antes de los grandes personajes hay cientos de ensayos en salas diminutas, funciones para pocas personas, audiciones que terminan en silencio y otras tantas en las que alguien pronuncia ese esperado “quedaste”. Alejandra conoce ese recorrido de memoria porque nunca fue una artista fabricada por una moda ni impulsada por la popularidad televisiva. Su carrera se construyó exactamente igual que se construye una obra: escena tras escena.
Después de descubrir que la actuación podía convivir con la danza y el canto, el siguiente paso fue ingresar al Conservatorio Nacional de Arte Dramático. Paralelamente aparecieron las clases de técnica vocal. El teatro musical exige un nivel de preparación poco frecuente: actuar, cantar y bailar al mismo tiempo, con la misma intensidad durante dos o tres horas.
Las primeras oportunidades llegaron en el circuito independiente, ese universo donde muchas veces el presupuesto escasea pero la libertad artística sobra. Allí aprendió una lección que jamás olvidaría: el escenario nunca distingue entre una sala para cincuenta espectadores y un teatro para dos mil. La entrega debe ser exactamente la misma.
Fue en ese ámbito donde comenzaron a aparecer trabajos que llamaron la atención de la crítica especializada. Sally, una farsa, Canciones degeneradas, Berlín, hora cero y Plumas y sangre fueron consolidando una intérprete capaz de moverse con la misma naturalidad entre el drama, la comedia y el musical. No tardaron en llegar los reconocimientos. Por Sally, una farsa obtuvo el Premio Hugo como Mejor Actriz, una distinción que confirmaba lo que muchos dentro del ambiente ya sabían: estaba frente a una artista integral, de esas que podían sostener una obra completa desde el escenario.
Pero el verdadero crecimiento no llegó únicamente a través de los premios. Llegó con los personajes. Cada uno la obligó a correrse un poco más de su zona de confort, cada uno le dejó una herramienta distinta.

Con el tiempo comenzaron a aparecer los grandes títulos del teatro musical argentino. Chicago fue uno de esos desafíos que marcan un antes y un después. Su trabajo le valió una nominación como Mejor Actriz Protagónica en los Premios Hugo. Poco después llegaría Falsettos, completamente diferente, más íntima, más emocional. Otra vez, la crítica destacó su labor y volvió a reconocerla con una nueva nominación a los Hugo.
También hubo lugar para los grandes clásicos familiares: Aladín, Mamma Mia!, Pretty Woman. Producciones enormes, cambios escenográficos permanentes y una maquinaria técnica que convierte cada función en una coreografía perfecta incluso detrás del telón.
En Mamma Mia! interpretó a Tanya, uno de los personajes más queridos del espectáculo. Su desempeño le permitió recibir el premio a Mejor Cantante en los Premios Carlos 2024. Después llegaría Kit De Luca en Pretty Woman, otro personaje completamente distinto, donde volvió a demostrar esa capacidad para cambiar de registro sin perder autenticidad.
Su recorrido también incluyó una de las experiencias más prestigiosas que puede vivir un artista argentino: el Teatro Colón.
Participar de Astor, Piazzolla eterno significó mucho más que sumar un título al currículum, era llegar al escenario más emblemático del país, el lugar con el que sueñan generaciones enteras de músicos, cantantes y actores. Pero el recuerdo más fuerte de aquella noche no está relacionado con el espectáculo, está en la platea. O, mejor dicho, en el final de la función.
Revive la emoción del aclamado espectáculo ‘Astor Piazzolla Eterno’ en el majestuoso Teatro Colón. Un viaje musical y visual a través de la vida y obra del genio del tango, con una orquesta en vivo, cantantes extraordinarios y bailarines apasionados.
Cuando todo terminó y los aplausos comenzaron a apagarse, su padre apareció con un ramo de flores. La emoción fue inmediata. “Me partí en llanto”, recuerda. No lloraba únicamente por el éxito de la función. Lloraba porque comprendía el significado de ese gesto. Su padre, aquel hombre que alguna vez había sentido miedo por su futuro artístico, estaba allí, orgulloso. El mismo hombre que le había confesado que nunca se había animado a seguir su propia vocación como cantor de tangos. “Uno siempre busca la mirada de aprobación de sus padres”, dice. Y esa noche sintió que finalmente había llegado. “Sé que mi papá está muy orgulloso de mí. Cantar Piazzolla en el Colón fue una emoción única para los dos”.
Su carrera, sin embargo, nunca se limitó a la Argentina. Todavía muy joven apareció una oportunidad inesperada: España. Junto a Omar Calicchio emprendió una aventura que, vista con perspectiva, parece casi una locura. Viajaron con Vivitos y coleando para participar de un festival en Madrid, en un momento en que la comedia musical apenas comenzaba a abrirse camino en ese país: “Éramos como extraterrestres”, recuerda entre risas.
Mientras los grandes musicales recién empezaban a instalarse con producciones como My Fair Lady, ellos recorrían salas independientes mostrando un lenguaje escénico que todavía resultaba novedoso para buena parte del público español.
Después llegaría otra experiencia completamente distinta. México. Los Cabos. Allí trabajó como cantante en un exclusivo hotel internacional. Las jornadas eran extenuantes. Cuatro sets diarios. Seis días por semana. Horas y horas cantando frente a un público tan exigente como imprevisible. Entre los huéspedes aparecían algunas de las figuras más conocidas del mundo: George Clooney, Cindy Crawford, Luis Miguel. Celebridades acostumbradas a los mejores espectáculos del planeta.
Sin embargo, lo que más recuerda de aquella etapa no son los nombres. Es la disciplina, la resistencia, el aprendizaje cotidiano: “Me dio un entrenamiento vocal enorme y me enseñó a mantener siempre el mismo nivel, me escucharan o no”.

Años más tarde también llegaría Nueva York. Integrar el ciclo American Songbook, en el Lincoln Center, significó cumplir uno de esos sueños que parecen reservados para unos pocos. Compartir una tradición teatral que inspiró a generaciones enteras de artistas argentinos.
Paradójicamente, después de todos esos viajes, Alejandra siempre termina regresando al mismo lugar: Buenos Aires. Porque es aquí donde eligió construir su carrera, donde el teatro musical pelea función tras función para seguir creciendo, donde continúa creyendo que cada nuevo personaje representa una oportunidad para volver a empezar.
Porque, para ella, el oficio no consiste en acumular personajes, consiste en seguir encontrando, en cada uno de ellos, una nueva forma de conocerse a sí misma.
A pesar de haber recorrido algunos de los escenarios más importantes de la Argentina y del exterior, Alejandra nunca perdió la costumbre de observar lo que sucede alrededor. Mientras muchos artistas se concentran exclusivamente en el próximo estreno, ella suele detenerse a pensar en el lugar que ocupa el teatro musical dentro de la cultura argentina y en los desafíos que todavía tiene por delante un género que, aunque creció enormemente en las últimas décadas, continúa peleando por consolidarse como una verdadera industria.
No habla desde la queja, habla desde la experiencia, desde la mirada de alguien que atravesó casi todos los formatos posibles. Por eso, cuando analiza el presente del musical argentino, evita las frases grandilocuentes y prefiere apoyarse en la realidad cotidiana de quienes viven de este oficio: “El gran desafío es desarrollar una industria que pueda sostener al género”, explica.

Y enseguida aparece la comparación inevitable con Broadway, ese faro al que cualquier artista de teatro musical mira alguna vez. Allí, recuerda, espectáculos como Chicago, Cats o El Rey León permanecieron durante años en cartel gracias a un circuito turístico y cultural que garantiza una afluencia constante de espectadores de todo el mundo.
Buenos Aires, sostiene, todavía está lejos de ese escenario: “No somos la meca de los musicales. Tenemos un nivel artístico enorme, pero todavía no existe esa industria que hace que la gente viaje específicamente para ver teatro musical. Ojalá podamos convertirnos, al menos, en un polo de atracción para los países vecinos. Siento que, de a poco, eso empieza a suceder”. No es una crítica, es un deseo.
Porque después de tantos años de profesión sabe que detrás de cada estreno hay cientos de trabajadores que dependen de que una obra funcione. El teatro nunca es el triunfo de una sola persona. Siempre es una construcción colectiva.
Quizás por eso también entiende una de las discusiones más incómodas del ambiente: la presencia cada vez más frecuente de figuras mediáticas encabezando los elencos. Y prefiere analizar el fenómeno con honestidad: “Como buena trabajadora del teatro, lucho permanentemente con las figuras mediáticas. Ellas siempre tienen una ventaja porque los productores necesitan vender entradas. Muchas veces eso nos deja en desventaja a quienes venimos exclusivamente del oficio”.
No hay resentimiento en sus palabras, hay comprensión. Sabe perfectamente cómo funciona la industria. También sabe que el público suele acercarse atraído por un nombre conocido, pero inmediatamente agrega un matiz que considera fundamental.

Cuando un espectáculo tiene un peso propio, cuando la producción ya despierta interés por sí misma, cree que los personajes deberían quedar en manos de quienes cuentan con la preparación necesaria para interpretarlos. Y pone un ejemplo, Osvaldo Laport: “Es un artista completísimo. Canta, actúa, baila, tiene presencia. Siempre hay que nivelar para arriba”.
La frase resume buena parte de su filosofía profesional. Nunca habló de competir con otros artistas. Siempre habló de elevar el nivel. De exigir más. Exactamente igual que Mrs. Wilkinson.
Después de tantos personajes, Alejandra sigue sintiendo los mismos nervios antes de cada estreno. Sigue repasando mentalmente las escenas. Sigue escuchando las indicaciones del director. Sigue buscando pequeños detalles que puedan mejorar una interpretación.
Tal vez esa sea una de las razones por las cuales tantos directores vuelven a convocarla. Nunca deja de trabajar, nunca cree que ya lo sabe todo. Todavía se permite aprender de un compañero, de un director, incluso de un niño.
Todavía siente esa electricidad de la que habla Billy Elliot. Todavía cree, como creía entonces, que el arte puede salvar el alma, aliviar el corazón y convertirse en un refugio cuando todo lo demás parece tambalear.

Quizás esa sea la verdadera explicación de una carrera construida con paciencia, talento y perseverancia. No hubo fórmulas secretas. No hubo golpes de suerte. Hubo trabajo, disciplina, maestros, padres que primero sintieron miedo y después orgullo, escenarios enormes y salas diminutas, aplausos inolvidables y también noches difíciles.
Y hubo, sobre todo, una certeza que nunca cambió, la misma que acompañaba a aquella niña mientras acomodaba sus zapatillas de ballet antes de entrar a clase. La misma que hoy la acompaña unos segundos antes de que se abra el telón.
Que el escenario no era solamente el lugar donde quería trabajar, era, desde el principio, el lugar donde siempre había pertenecido.
Alejandra Perlusky,Mrs. Wilkinson,Billy Elliot,musical,teatro,actriz
CHIMENTOS
Brian Buley vuelve a la actuación: “No por ser de talla baja voy a dejar lo que me hace feliz”

Brian Buley lleva años sin que la industria audiovisual argentina le dé un respiro económico, pero eso no lo detiene. El actor de talla baja que se ganó el corazón del público con su papel de Pedrito en El Marginal —y que en 2016 fue nominado al Martín Fierro como Revelación— está a punto de estrenar Sin Ley, una película de acción y suspenso producida por Aires New York Films y dirigida por Carlos Lasso. En el film interpreta a Tucán, un expolicía que se lanza a investigar el secuestro de la hija de un amigo. El estreno está previsto el 13 de agosto en el cine Gaumont.
La película, de 93 minutos, fue rodada en Argentina con talento y recursos locales. El guion es de Tony Rodríguez y Gaby Zomb, y el elenco lo completan Rodríguez, Claudio Medina, Maru Gandolfo y Enrique Bogado. La producción ya cosechó el premio a mejor dirección en el Festival Cine con Riesgo 2025. La entrevista con Teleshow tuvo lugar días después de que Buley despidiera a su hermano Matías, de 29 años, de cuya muerte no quiere hablar demasiado y a quien le dedicó un sentido posteo en su cuenta de Instagram: “Hay personas que dejan este mundo demasiado pronto, pero nunca dejan el corazón de quienes las aman. Dondequiera que estés, espero que puedas sentir cuánto te seguimos amando. Hasta el día en que nos volvamos a encontrar”.
La pastilla de la actuación de Brian Buley en la película de acción ‘Sin Ley’
— ¿Qué te atrapó de la historia de Sin Ley?
— La historia habla de crímenes, de todo un poco. Pero lo que más me atrapa es la búsqueda de una chica que desaparece. Un padre se desesperaría al no encontrar a su hija de un día para el otro, puede estar viva o puede estar muerta. Eso es lo que conlleva Sin Ley.
— ¿Y quién es tu personaje?
— Mi personaje es Tucán. Es un expolicía que está desesperado por investigar, pero que no sabía que la chica desaparecida era la hija de un amigo suyo. Era un expolicía que andaba en la joda, digamos.
— La película ganó el premio a mejor dirección en el Festival Cine con Riesgo 2025. ¿Cómo fue trabajar con Carlos Lasso?
— Con Carlitos ya hice un cortometraje llamado El Magistral, con varios actores amigos, entre ellos el Chiqui Ocupa. La dirección de Carlos Lasso es tremenda. Es un tipo muy atento, al igual que Tony Rodríguez, que son dos personas de mente muy pensativa. Fijate que después de Sin Ley vamos a hacer algo muy lindo: una película, una comedia de amor en Italia, con la productora de Tony.
— Hace un tiempo contaste que estabas pasando por una etapa económica difícil y que habías arrancado un emprendimiento de electrodomésticos. ¿Cómo está eso?
— Ahora trato de recuperarme, porque hace una semana más o menos perdí a mi hermano Matías. Pero respecto a lo de electrodomésticos, sí, me dediqué a vender secadores de pelo, maquinitas de cortar pelo, toallas. Vendía por catálogo y por internet, por WhatsApp, con una lista que se llamaba Electrobrain. Ahora paró un poco la venta por la situación económica. Hoy día como que cuesta llegar al mes. Tratás de juntar billete por billete para poder hacerte una salchicha con arroz. Esa plata que antes te dabas el gusto de gastar en una hamburguesa, hoy la juntás con otra para poder llegar a fin de mes.
— Empezaste cuidando autos en Capital, pasaste por El Marginal, te nominaron al Martín Fierro como Revelación, estuviste en la mesa de Mirtha Legrand. ¿Cómo procesás esa montaña rusa cuando mirás para atrás?
— Hoy estoy muy agradecido. Agradecido a la familia Ortega, empezando por Luis Ortega, que fue quien confió en lo que yo podría dar. Yo en El Marginal fui por un capítulo, pero tuve la sorpresa de conocer a Juan Minujín, que era el protagonista. El primer día de rodaje, Luis me agarró y me sentó en el sillón de los Borges, diciendo que yo iba a formar parte de ahí. Pero después terminé yendo con los pibes de la Sub 21, que era donde más encajaba. Al mismo Sebastián Ortega le gustó lo que venía haciendo, con solo tres meses de estudio en teatro. Y Juan Minujín dijo: “Yo no sé por qué Brian tiene que hacer un solo capítulo, que se quede toda la tira”. Eso fue en el Marginal 1. Terminé abarcando de la 1 a la 5.
— ¿Qué cambiarías en la industria audiovisual argentina para que actores como vos puedan vivir de su oficio?
— Yo pienso que fui tocado por Dios, soy cristiano. Eso me enseñó a no decaerme. No porque sea de talla baja voy a dejar de hacer lo que me hace más feliz. Yo creo que hoy día en cualquier circo o producción están buscando personas de una condición como la mía.

— Fuiste crítico de En el barro. ¿Hablaste después con los Ortega?
— No, fue un malentendido. Yo no había hablado mal de la serie, lo que dije es que me habían prometido una serie y me dieron un telo: se la pasaban garch.. todo el día. Mostrame una puñalada, una cortada de cogote, que es lo que la gente busca. No un meta y ponga (ríe).
— ¿Te gusta más la acción, entonces?
— Exacto. El Marginal me enseñó eso. Salí del Marginal 1, donde ahí había todo el tiempo puñaladas, que saltaba uno, que moría el otro, que rociaban con nafta. Hasta el día de hoy la gente en la calle me dice: “Pedrito, no puedo creer que tu personaje haya muerto en El Marginal”. Yo en esa serie aporté algo muy lindo. Por eso hoy, trabajando con Tony Rodríguez, vamos por ese lado.
— Dijiste alguna vez que venías con una curva medio torcida en la vida. ¿Qué cosas hiciste de las que hoy te arrepentís?
— Por ejemplo, quedarme con lo ajeno. No volvería a hacer lo que hacía antes: ir a dormir a una plaza, hacer boludeces y esas cosas.

— Perdiste a tu hermano Matías hace muy poco. ¿Querés contarnos cómo era él?
— Mati era muy buena persona conmigo, con mi familia, con mis hermanas. Con él viví mucho, porque nos criamos juntos, toda la vida juntos. Siempre vivimos para mamá y tratamos de que entre los dos no le faltara nada ni a mis hermanas ni a ella. Tengo una anécdota muy linda: vivíamos en una pensión en Capital y era el Día del Padre. Habíamos juntado plata y le compramos una Pepsi y una cerveza. No sabíamos escribir bien, pero hicimos un garabato y pusimos “Feliz día, papá”. Entonces yo le dije a Matías que nos metiéramos adentro de la baulera para que papá no nos viera. Él había puesto un broche para que no se cerrara la puerta, y me dijo: “No saques el broche, Brian, porque nos quedamos encerrados y de este lado no hay picaporte para abrir”. Yo le dije que no pasaba nada, tiré el broche y se cerró la puerta. Terminamos encerrados en la baulera pidiendo ayuda. Cuando salimos, me comí una paliza por desobedecer. Matías era más inteligente que yo. Tenía 29 años. Me quedo con los mejores recuerdos de él.
brian buley
CHIMENTOS
El horóscopo de hoy: sábado 1 de agosto

ARIES (del 21 de marzo al 20 de abril)
Sentirás una inusual necesidad de bajar las revoluciones y escuchar tu voz interior. Tu mente estará más receptiva y procesarás recuerdos o emociones del pasado con mucha compasión, permitiéndote sanar viejas heridas en silencio.
TAURO (del 21 de abril al 20 de mayo)
Te sentirás profundamente conectado con tus amigos y grupos de pertenencia. Es un día ideal para tener conversaciones de corazón a corazón con personas queridas; tu palabra será un refugio y sabrás escuchar con empatía real.
GÉMINIS (del 21 de mayo al 21 de junio)
Tu agudeza mental habitual se tiñe de una fuerte intuición aplicada a tu carrera o metas. Te sentirás muy seguro de lo que dictan tus corazonadas a nivel profesional y sabrás comunicar tus ideas con una sensibilidad que cautivará a tus superiores.
CÁNCER (del 22 de junio al 22 de julio)
Con Mercurio en tu signo potenciado por la Luna en Piscis, te sentirás en tu salsa. Tu mente se expande hacia horizontes más espirituales o filosóficos; expresarás tus sentimientos con una claridad poética y una sabiduría que inspirará a los demás.
LEO (del 23 de julio al 22 de agosto)
Experimentarás una gran intensidad emocional, pero de forma muy liberadora. Sentirás el deseo de ir al fondo de las cosas y desintoxicar tu mente de miedos arraigados; los secretos o temas tabú se hablarán hoy con mucha naturalidad y alivio.
VIRGO (del 23 de agosto al 21 de septiembre)
El foco estará en tus relaciones de pareja o sociedades. Te sentirás sumamente empático con las necesidades del otro, logrando una telepatía emocional que facilitará los acuerdos y disolverá cualquier malentendido previo a través de la ternura.
LIBRA (del 22 de septiembre al 22 de octubre)
Encontrarás un bienestar especial en los pequeños rituales diarios y en tu entorno laboral. Te sentirás motivado a cuidar de tu salud y a organizar tu rutina escuchando lo que tu cuerpo te pide a gritos; la intuición guiará tus hábitos.
ESCORPIO (del 23 de octubre al 21 de noviembre)
Te inundará una ola de romance, inspiración y creatividad desbordante. Sentirás una gran alegría al expresar tu mundo interno, ya sea a través del arte, de un proyecto personal o declarando tu amor con palabras que saldrán directo del alma.
SAGITARIO (del 22 de noviembre al 22 de diciembre)
Tu sensibilidad se volcará por completo hacia el hogar y la familia. Te sentirás nostálgico, pero en el buen sentido, disfrutando de recordar anécdotas con los tuyos o de crear un ambiente acogedor y seguro para procesar tus emociones más íntimas.
CAPRICORNIO (del 23 de diciembre al 21 de enero)
Tu mente, usualmente tan lógica, se abrirá a los matices emocionales del entorno. Te sentirás muy fluido al escribir, hablar o estudiar; tus palabras tendrán un impacto sanador en tus hermanos, vecinos o personas de tu entorno cercano.
ACUARIO (del 22 de enero al 21 de febrero)
Sentirás una gran claridad intuitiva respecto a tus finanzas y recursos. Sabrás exactamente en qué invertir o cómo administrar tu dinero basándote en lo que te dicta el corazón, buscando siempre la estabilidad emocional más que el simple beneficio material.
PISCIS (del 22 de febrero al 20 de marzo)
Con la Luna en tu signo, tus emociones estarán a flor de piel, pero el trígono de Mercurio te dará el superpoder de ponerles palabras exactas. Te sentirás plenamente auténtico, magnético y con una enorme capacidad para hacerte entender y sanar a través del diálogo.
The post El horóscopo de hoy: sábado 1 de agosto appeared first on Revista Paparazzi.
horóscopo
INTERNACIONAL2 días agoTrump admin invokes 30-year dormant terror court as it seeks to deport Afghan woman tied to Election Day plot
INTERNACIONAL3 días agoAntisemitic violence reaches deadliest level since 1994, new global report finds
ECONOMIA3 días agoCreció la oferta de frutas importadas en las verdulerías: cuáles son las que más llegan y por qué



















