CHIMENTOS
Cine, lengua de señas y puente entre culturas: Emilio Insolera, el actor ítalo argentino que es sordo y conquista el mundo

Hay vidas que parecen hechas para el guion y Emilio Insolera lo sabe. Nació en Buenos Aires, pero su acento es global y su historia se mueve entre lenguas de señas, sets internacionales y una energía que desarma prejuicios. Protagonista de Sobran las palabras, la película italiana que escaló al primer puesto en Netflix y no para de sumar países y pantallas, Emilio es mucho más que un rostro: es un puente entre mundos que rara vez se rozan. En exclusiva con Teleshow, el actor comparte su recorrido, entre mudanzas, miradas y la certeza de que el cine puede decirlo todo sin una sola palabra.
En la industria, Insolera es ese nombre que aparece en los créditos de los grandes y se cuela en historias que cruzan fronteras. De trabajar con Johnny Depp, Jessica Chastain y Penélope Cruz, a recibir guiños de Ridley Scott y Jacob Elordi, el actor ítalo argentino se mueve entre sets de renombre internacional.
Hijo de una familia sorda, Emilio lleva el orgullo de su identidad como bandera, desarmando etiquetas con cada personaje y cada entrevista. Con una mirada que desafía, celebra y provoca, se planta ante el público y le recuerda que las palabras, a veces, sobran; lo que importa es lo que se siente, lo que se mira y lo que se comparte, sin traductores ni excusas.
—Mucha gente no sabe que naciste en Argentina… ¿qué vínculo tenés hoy el país?
—Es muy cercano. Nací y viví allí durante los primeros diez años. Mis primeras “grabaciones” de experiencia emocional y mental, que fueron muy bonitas y valiosas, quedaron profundamente impresas en mí y creo que se han reforzado desde el momento en que dejé el país. No faltan tampoco mi amor por la comida, desde las empanadas hasta los alfajores. Sigo teniendo experiencias increíbles cada vez que visito la gran ciudad azul y blanca.
—¿Recordás el momento en que dijiste: “quiero dedicarme a la actuación”?
—Desde niño, la actuación siempre fue parte de mí. En los pocos canales de televisión que había, entre estos Canal 7, 9, 11, 13, 2, veía películas sin subtítulos y sin sonido. Lo observaba todo de forma visual, incluso en los detalles más pequeños, pero me enfocaba principalmente en la actuación de los actores y desde ahí notaba algunas imperfecciones. Muchas veces terminaba imitándolos o imaginando cómo lo habría hecho yo mejor que ellos.
—Venís de una familia de personas sordas… ¿cómo influyó eso en tu identidad artística?
—Vengo de una familia de personas sordas, o, en otras palabras, de personas muy visuales que utilizamos una lengua exclusivamente visual. Mis padres, Alfio Insolera y María Cristina Drovetta, crecieron en una escuela para sordos, él en La Plata y ella en el Instituto Provolo; eran internos, por lo que la hermandad que mantienen con sus amigos y amigas de infancia es muy fuerte y profunda y, en términos cuantitativos, es una familia de sordos muy extensa, casi como una gran familia ampliada. Con esas líneas y rayos de luz, humor y slang en lengua de señas en la vida cotidiana con todos ellos, tuve sin dudas una influencia artística extremadamente positiva.
He incorporado en mí un lenguaje tejido de micro y macro expresiones faciales y una coreografía precisa desde brazos, manos hasta los dedos. No hay caos, aunque lo parezca desde fuera; hay gramática, estructura, arquitectura interna. Una lengua con reglas propias, orgánica y exacta, que exige años, décadas incluso, de refinamiento fino.

—¿Y cómo llevaste adelante tu educación?
—Yo iba al Instituto Oral Modelo, una escuela para personas sordas, pero no usábamos la lengua de señas. Yo utilizaba ambas lenguas: la sonora en la escuela y la visual fuera de ella. Este era el plan de mis padres: me preparaban para ser bi-modal y estar listo para convivir en ambos mundos, el audio-céntrico y el visual-céntrico. En Italia fui a una escuela para personas sordas, donde se usaba la LIS (Lengua de Señas Italiana) y luego cambié entre varias escuelas, tanto de oyentes como de sordos. Finalmente obtuve la beca Fulbright-Wirth y me fui a la Gallaudet University, en Estados Unidos, la única universidad del mundo para personas sordas. Este recorrido, y el aprendizaje de diferentes lenguas visuales, desde la LSA (Lengua de Señas Argentina), LIS hasta la ASL (Lengua de Señas Americana), me permitió desarrollar no solo un vocabulario visual más amplio, sino también una mayor sofisticación en las configuraciones manuales, las técnicas de movimiento, la fluidez y los distintos estilos de uso a nivel comunicativo.
—En una industria tan centrada en el sonido, ¿creés que todavía falta entender sobre el mundo de los sordos, o como decís, de los visual-centralistas?
—Sí, la fuerza lingüística de la industria cinematográfica es audiocéntrica, todavía no se ha comprendido del todo lo que queremos decir cuando hablamos de nuestro visualcentrismo. No se trata de imágenes visuales en el sentido convencional. Hablamos de lenguas, de nuestras manifestaciones expresivas del pensamiento y del sentimiento a nivel lingüístico. Es otro sistema de input y output comunicativo. Y, sin embargo, esta área sigue siendo en gran parte inexplorada. Aún no se ha entendido en profundidad este territorio.
—¿Sentís que hubo un progreso a raíz de los avances tecnológicos?
—Sí, muchos avances, desde las videollamadas hasta los subtítulos automáticos, que obviamente nos hacen respirar. Es exactamente comparable a lo que representaron para ustedes el nacimiento del teléfono o del cine sonoro. Lo que todavía falta explorar más profundamente es el reconocimiento de las lenguas de señas. A partir de ahí, podrían generarse subtítulos automáticos o incluso una voz de IA que hable por uno. Hay que asegurar siempre que ambas dimensiones, la sonora y la visual, estén bien equilibradas en cada innovación tecnológica para garantizar una accesibilidad justa para quienes las utilizan.
—Trabajaste con estudios enormes como Universal, Disney o Paramount… ¿hubo algún momento en el que sentiste “llegué”?
—“Llegar” no es una palabra que use para describirlo. Estoy de viaje dentro de esta industria y sé que todavía vienen nuevos capítulos. Hay directores y artistas con los que quiero colaborar, eso seguro. Pero, al mismo tiempo, tengo una responsabilidad en términos de representación. Además de romper estereotipos, todavía faltan historias realmente visuales, no como “tema”, sino como lenguaje en sí: una cultura más visual que pueda expresarse sin representaciones erróneas, sin distracciones, sin esa falta de foco en los detalles que realmente importan, y que pueda expandirse con precisión.

Eso es lo que quiero ver como resultado: algo más afilado, más consciente, más avanzado y estético en su intención visual, donde pueda decir sin dudas: “esta película me representa” o “me da orgullo verla”. Esto puede funcionar, sí, pero solo si hay un núcleo pequeño, muy afinado, de profesionales sordos trabajando en el centro del proceso junto a un equipo de oyentes. No como inclusión decorativa, sino como arquitectura real del lenguaje. El ojo del sordo ve lo que el ojo del oyente no ve.
—Tu película Sobran las palabras llegó al Top 10 en más de 40 países… ¿en qué momento te diste cuenta de que esto ya no era un proyecto más?
—Ya me di cuenta desde el momento en que me llamaron para este rol. Es el remake de la película francesa La Famille Bélier, que luego los estadounidenses adaptaron con CODA, hasta el punto de que Troy Kotsur, un actor sordo estadounidense, ganó el Óscar al mejor actor de reparto. Me preparé con algunos diálogos y, durante los primeros días de producción, le dije al director Luca Ribuoli que necesitábamos algunos ajustes en los diálogos, en particular con la lengua de señas, para que el mundo pudiera conectarse con la película. Él me respondió: “Esta es una película italiana, nacional, no pensada para el exterior. Es solamente para Italia.” En ese momento pensé: “No, todavía no entiende con quién está trabajando. Con Emilio Insolera. Y posiblemente no reconoce su propio talento; es un gran director”.

—También alcanzó el primer puesto en Argentina, ¿te sorprendió?
—Me imaginaba que en mi país natal, Argentina, de alguna manera, iba a alcanzar el número uno y así ocurrió. En una reciente video-entrevista con Matías Cufré, periodista sordo argentino de Locufre, la primera radio-streaming en Lengua de Señas Argentina accesible también para oyentes, descubrí un dato interesante a nivel estadístico: muchas personas en Argentina no utilizan Apple TV, por lo que no tuvieron la oportunidad de ver CODA. En ese contexto, Sobran las palabras se convirtió para muchos en la primera película de este tipo. El engagement generado por la comunidad sorda y sus aliados impulsó fuertemente la película en el ranking, acompañado también por el interés de la Generación Z y del público amante de la música. Desde una perspectiva de marketing, los datos muestran claramente que la lengua de señas en el cine es muy marketable: tiene un alto potencial de impacto y conexión con el público.
—¿Qué creés que conecta tanto con el público?
—Creo que lo que conecta tanto con el público de Sobran las palabras es la mezcla de varios elementos potentes. Primero, el contraste constante entre la música armónica y el ruido fastidioso. Esto genera tensión y humor al mismo tiempo, de una forma cómica un poco exagerada e irónica al estilo italiano. Segundo, el amor como lenguaje universal: la conexión y la desconexión entre los personajes muestran que el entendimiento va mucho más allá de las palabras.

—¿Qué te dejó este personaje a nivel personal?
—Me recordó a mi padre de alguna manera. De niño dejó Sicilia para ir a Buenos Aires, a los 10 años, y más tarde, cuando tenía alrededor de 50 años, regresó a Italia con toda la familia, incluido yo, que en ese momento tenía 10 años. Círculo interesante que se repite. Bueno, él tuvo una educación discontinua debido a la situación de la posguerra. A pesar de ser profundamente sordo y comunicarse exclusivamente a través de la lengua de señas, siempre tuvo una gran determinación y una fuerte voluntad para alcanzar sus objetivos.
Su pasión por los autos era tan intensa que, gracias a su fuerte base en matemática aplicada y precisión técnica, logró trabajar como matricero, para varias empresas automotrices. Aparte de mi padre, hoy en día el personaje de Alessandro Musso me deja sonrisas. Sería interesante explorar más este personaje. Me hago preguntas: “¿Qué haría como político?, ¿cómo manejaría el trabajo?» Ya me río solo imaginándolo: un caos total, como un casino, todo desordenado.
—¿Sentís que hoy hay un cambio real en la representación o todavía es más excepción que regla?
—Sí, hoy hay cambios. Hay más apertura por parte de la industria. Pero, al mismo tiempo, todavía sigue siendo más la excepción que la regla. Para mí, el cambio concreto sería cuando el mundo entienda que hablar visualmente es humano y no está reservado únicamente para una categoría de personas.
—¿Alguna vez te ofrecieron un rol que rechazaste por cómo representaba la sordera?
—Sí, he recibido guiones y he tenido que rechazarlos cuando la representación no estaba bien hecha, estaba mal planteada o claramente escrita por personas que imaginan lo que es la sordera o intentan explicar cómo se vive siendo sordo sin haberlo vivido. Siempre estoy abierto a modificarlo si hay espacio para cambios y mejoras.


—¿Cómo ves la relación entre actores de Hollywood y la lengua de señas dentro de la industria actual?
—Debo decir que muchos actores en Hollywood tienen una excelente relación con la lengua de señas y algunos conocen lo básico. Lo primero que me dijo Joaquin Phoenix en una fiesta en Los Ángeles, llevando todavía en la mano el Globo de Oro que acababa de ganar por su papel en Joker, fue que conocía el alfabeto manual. Era muy entusiasta y abierto a expandir la conversación desde ese ámbito. Sebastian Stan también me comentó que tenía un amigo sordo, así que nuestra conversación fue bastante fluida durante las semanas que compartimos rodaje. Incluso me dijo que le gustaría usar más lengua de señas en algunas películas.
El problema muchas veces no son los actores, sino los equipos de producción: hay que formar e instruir mejor a los equipos. Con Quentin Tarantino, por ejemplo, se mostró más bien reservado e inquieto, casi como si su percepción dominante era lo auditivo, con cierta dificultad para mantener una conversación fluida. Aun así, creo que puede ser una figura capaz de generar un gran cambio en la forma de contar historias y en la inclusión de actores sordos en el cine.

—¿Hay prejuicios en Hollywood que el público no ve?
—Sí, seguramente por falta de información correcta y de diversidad mediática. Todo empieza con los guionistas, donde muchas veces no se incorpora la diversidad desde el inicio del proceso creativo. Luego está el casting, donde las agencias de talento no siempre proponen a sus clientes para personajes sordos o visuales. Y después están los directores y productores, que no se atreven a hacer pequeños cambios en el lenguaje del diálogo o en la estructura misma de la escena.

Por ejemplo, en la película The 355, la actriz Jessica Chastain, ganadora del Oscar a la Mejor Actriz y una de las productoras de este proyecto, me ayudó a conseguir una audición con Simon Kinberg, lo que me permitió obtener un papel en la película. Todo esto fue posible no solo porque ella reconocía mi talento, sino también porque estaba familiarizada con lo básico de la lengua de señas y la cultura sorda. Por esto los medios de comunicación, como ustedes, los que moldean cómo se habla de nosotros y de nuestra comunidad visual, tienen un rol muy importante.
—¿Trabajaste alguna vez en una película en Argentina?
—Hace como una década aparecí en el videoclip de María Eva Albistur, “Flash”. Me gustó mucho la vibra, la identidad y el concepto del personaje interpretado por mí. Sería interesante expandir este ángulo y convertirlo en una película. Durante más o menos este mismo periodo me crucé con Gaspar Noé en un bar en la calle Honduras, en Buenos Aires, ambos estábamos de visita, y hablamos de nuestra movida en Japón, él para Enter the Void y yo para Sign Gene. Muy buena onda. Incluso estábamos armando un encuentro, pero el tiempo era corto: ambos en la capital por la misma razón, nuestros padres no estaban bien de salud, y al final perdimos el contacto.

Por otro lado, recientemente, fui contactado por Disney en Estados Unidos para prestar mi voz de doblaje en inglés a un personaje sordo en la serie argentina Limbo, producida por Mariano Cohn y Gastón Duprat. Lo hice, pero en Argentina la serie se realizó con un actor oyente que fingía ser sordo. Lamentablemente, el resultado de su actuación fue incorrecto en varios aspectos. Habría sido mejor contar con un actor sordo real y utilizar su propia voz en castellano, para lograr una representación más auténtica y respetuosa. Hoy en día, me encantaría trabajar en una película argentina, además de Gaspar, Mariano y Gastón, quizá con Ricardo Darín. Creo que juntos podemos crear algo potente.
—Si hoy ese chico que nació en Buenos Aires te viera, ¿qué creés que diría?
—Estaría orgulloso de mí mismo, sin dudas. Quizás me haría algunas preguntas, porque todavía no hago otro tipo de películas que admiraba y sigo admirando.

—¿Qué mensaje le darías a alguien que siente que su diferencia es un límite?
—Para mí, es una forma de bullying no intencional usar el término “capacitado” en oposición a “discapacitado”. Nadie es perfecto. Todos tenemos nuestros límites. Muchas veces, esos límites pueden superarse si buscamos soluciones en lugar de quedarnos dentro del problema. También es importante distinguir si se trata de un límite individual o de un límite externo. Y si lo es, se puede evitarlo o trabajar para cambiarlo. Lo peor es adaptarse pasivamente.
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Dalila le pidió a El Polaco que se separe de Barby Silenzi porque es ‘fea’ y apareció la explosiva respuesta: “Yo no tengo adicciones, ni soy una…”

Dalila se convirtió en una de las protagonistas de los Martín Fierro de la Música 2026. La cantante ganó el premio a Mejor Artista Tropical Femenina, pero sus declaraciones sobre El Polaco y Barby Silenzi terminaron generando un escándalo que trascendió la ceremonia. Sin vueltas, cuestionó a la bailarina y hasta le aconsejó al músico que buscara una pareja mejor.
“Te merecés una mina muchísimo mejor”, le dijo Dalila al cantante frente a las cámaras. Y, lejos de detenerse ahí, lanzó una frase que también apuntó directamente contra la apariencia física de Barby: “Con esa cara, dale, imaginate si le sacan el maquillaje”. Sus comentarios no pasaron inadvertidos y llegaron rápidamente a oídos de la pareja del músico.
La respuesta de Silenzi llegó a través de un audio que le envió a la producción de Intrusos, donde Rodrigo Lussich lo reprodujo al aire. La bailarina expresó su desconcierto por el ataque y cuestionó el argumento que había utilizado la artista tropical para referirse a su relación con El Polaco.
“No entiendo por qué una mujer me ataca de esa manera y además usando un argumento diciendo que él merece una mujer mejor que yo”, sostuvo Barby, visiblemente molesta por las palabras de Dalila. Aunque admitió que no puede agradarle a todo el mundo, dejó en claro que no está dispuesta a aceptar que se descalifique su vínculo sentimental a partir de una cuestión estética.
BARBY SILENZI LE RESPONDIÓ CON TODO A DALILA
“Las parejas se aman por un proyecto de familia, por amor. Y además el tiempo corre, el tiempo pasa para todos”, reflexionó la bailarina, que puso el foco en los sentimientos y en la historia que construyó con el cantante, más allá de las opiniones ajenas sobre su aspecto físico.
Pero Silenzi también puso en duda que Dalila conozca realmente al hombre detrás del personaje. “Ella no conoce cómo es él como persona. Habla como si el Pola se mereciera algo mejor, como si fuese el presidente de la nación”, disparó con ironía. En ese sentido, aclaró que para ella su pareja es simplemente “Ezequiel”, alguien con virtudes y defectos, lejos de la idealización que, según consideró, transmitieron los dichos de la cantante.
Finalmente, Barby eligió defenderse con una frase que sintetizó su postura y que apuntó tanto a las críticas sobre su apariencia como a los valores que considera fundamentales en su vida cotidiana. “Lo único bueno que tengo: seré fea, pero yo soy sana, no tengo adicciones, cuido a mi familia y respeto a todo el mundo”, sentenció, en una respuesta que dejó instalada la polémica tras la entrega de premios.
Barby Silenzi, El Polaco, Dalila
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El director Julián Tagle reflexiona sobre su documental familiar: “Los Machado son magnéticos, trágicos y genuinos”

En la familia Machado, una anécdota puede empezar como un recuerdo, volverse una escena y terminar en una carcajada. Entre silencios, gestos que dicen más que una explicación y una intimidad que no busca disimular sus contradicciones, Julián Santiago Tagle encontró el pulso de un documental sobre la familia, llamado sin ambages así, Machado, que mira hacia adentro sin ofrecer respuestas fáciles.
La película se asoma a ese universo familiar, donde muchos de sus integrantes se dedicaron a la actuación, con cercanía y sin solemnidad. Hay afectos, heridas, secretos a medias y personajes que parecen moverse con la naturalidad de quien no sabe que está dejando una huella. De esa convivencia entre lo cotidiano y lo inesperado nace una historia en la que cada revelación abre una nueva pregunta.
—¿Por qué empezaste a filmar a tu familia?
—Empecé hace mucho, hace como 20 años. No arranqué pensando tanto en contar la historia de la familia, porque había muchas cosas que no sabía cuando comencé a filmarlos. Pero me llamaba la atención lo que pasaba alrededor mío. Lo vivía más con la sensación de ser espectador que de ser director.
—¿Qué veías en ellos?
—Son muy magnéticos delante de la cámara. Son genuinos, divertidos. Hay algo de un Machado frente a cámara que funciona.

—¿Con qué equipos hiciste esas primeras filmaciones?
—Con el celular que tenía a mano. Por eso la película tiene una escalada de formatos: hay cosas que se ven muy mal, imágenes hechas con cámara de fotos, con celulares viejos y con celulares nuevos. Esa es también una de las reglas de la película.
—¿Tu familia aceptaba que la filmaras?
—A todos les encanta que los filmen. Incluso mi abuela, que no es actriz y es un personaje muy importante. Con el tiempo se acostumbraron a que estuviera con la cámara. Como tardé tanto en terminar la película, creo que por momentos habrán dudado de que fuera a llegar al final.

—¿Quiénes integran la familia que aparece en el documental?
—Mi mamá es Marta Machado, la mayor de cuatro hermanos. Después viene Rodolfo Machado, que se llama igual que mi abuelo. Él fue el único que no se dedicó a la actuación hasta que murió mi abuelo, en 2020. A partir de entonces empezó a trabajar como actor.
—¿Tu madre también tuvo una carrera artística?
—Sí. Actuó en Rosa de lejos, junto con mi abuelo; tuvo participaciones en Montaña rusa, Muñeca brava y Hombres de ley. También trabajó en El lado oscuro del corazón y en varias obras de teatro. Hizo trabajos con Alberto Ure y compartió escenario con Cristina Banegas.
—¿Vos seguiste ese camino?
—Estudié teatro durante bastante tiempo, pero entendí que no era lo mío. Me sirvió como una herramienta para lo que quería hacer, que era dirigir películas. Mi hermana menor, Carmen, sí es actriz; mi hermana mayor es abogada.

—En la película aparece la historia de tu mamá. ¿Cuándo comenzaron sus internaciones?
—Su primera internación fue cuando yo tenía 11 años. Me enteré de eso hace relativamente poco, porque yo recordaba como primera internación la que tuvo cuando se fue de casa, dos años después. Ella atravesó depresión, bipolaridad, trastorno límite de la personalidad y otros problemas de salud mental. También tuvo intentos de suicidio.
—¿Cómo fue ese proceso para la familia?
—En las internaciones le indicaban medicación, se estabilizaba y, al tiempo, recibía el alta. Después se sentía mejor y dejaba de tomarla, o se sentía mal y tomaba más de lo que le habían recetado. Eso la desestabilizaba. En distintos momentos, ella misma pidió volver a internarse. Nunca fue internada por la fuerza. En el lugar donde está ahora lleva cinco o seis años, pero antes pasó por alrededor de diez o quince instituciones psiquiátricas, entre la Ciudad y la provincia de Buenos Aires.

—¿Por qué se fue de su casa?
—Ella decidió irse porque sentía que no era feliz, que necesitaba libertad y vivir cosas que no había vivido. Pero nunca se fue y se borró. Siempre estuvo presente y, en el estado en que estuviera, su prioridad fuimos nosotros tres: mis dos hermanas y yo.
—¿Qué edad tenían ustedes entonces?
—Yo tenía 13 años, mi hermana menor nueve y la mayor 15. Nos quedamos viviendo con mi papá, que es psicoanalista. Él intentaba contenerla y ayudarla, pero para una persona con los impulsos que tenía ella también podía ser insoportable sentir que la controlaban todo el tiempo.
—¿Cómo describís hoy el problema de salud que atravesaba tu mamá?
—Nunca perdió la noción del tiempo y el espacio. Le costaba controlar impulsos y pensar en las consecuencias. Podía conseguir un trabajo muy bueno, ir una semana y después no volver. O tener plata y gastarla. Mi papá cuenta que, al principio, le fascinaba su costado libre y desestructurado. Hay algo de esa forma de ser que en la juventud puede resultar atractivo, pero con los años necesita otro encauzamiento.
—¿Filmar a tu familia fue un ejercicio catártico?
—Creo que ese fue un efecto secundario. Nunca encaré la película con ese objetivo. Si uno hace un proyecto así solo para tramitar un trauma o elaborar algo personal, puede terminar siendo insoportable para el espectador. Yo la pensé como una película para disfrutar en una sala, para reírse y emocionarse.
—¿Qué pasó en el plano personal mientras hacías la película?
—Inevitablemente pasan muchas cosas en el vínculo conmigo, con mi mamá y con mi familia. Tengo pocos recuerdos de mi infancia y, al ver la película, me conecto emocionalmente con situaciones de mi historia con ella que en la vida cotidiana no me pasan o me cuesta registrar. Viéndola me emociono, me río y me atraviesan cosas que no aparecen de la misma manera fuera de la película.

—¿El dolor fue lo que te impulsó a filmar?
—No. La película en punto es divertida. Ellos hablan de situaciones terribles desde el humor y el amor; atraviesan la tragedia de una forma muy vital. Eso siempre estuvo presente en la familia.
—Uno de los temas es la ludopatía de tu abuelo, Rodolfo Machado. ¿Cómo decidiste abordarlo?
—Es algo delicado de la intimidad familiar, pero quienes lo conocían sabían que era central en su vida. La actividad que más hacía era ir al bingo a jugar a las maquinitas. Sin embargo, tampoco era un tema tabú: él mismo se reía de eso.
—Tuvo una carrera con continuidad, y sobre todo en la ficción…
—Hizo muchísima televisión y todo tipo de personajes. En sus últimos 15 años dejó la televisión y salió de gira por la provincia de Buenos Aires con un unipersonal que escribía, dirigía, protagonizaba y vendía él mismo. Lo hacía en bares y teatros pequeños. Siguió trabajando hasta dos semanas antes de morir, a los 88 o 89 años.

—La obra también hablaba de su relación con el juego…
—La última se llamaba Cerraron el bingo, me quiero matar. Él se reía mucho de eso. En la familia, casi ningún tema funciona como un tema delicado. Es una forma de vivir y de transitar las cosas.
—¿Cuánto tiempo te llevó editar la película?
—Estuve diez años editando y trabajé con cinco montajistas distintos. Fue muy importante para mí trabajar con esas personas, porque cada una proponía una mirada diferente. A uno le parecía mejor sumar más escenas de novelas; otro proponía sacar entrevistas. Fui tomando lo que me servía de cada proceso.
—¿Por qué decidías cambiar de montajista?
—Porque no sentía que la película estuviera terminada. Con cada uno trabajaba un aspecto distinto y aparecían ideas nuevas. Seguí mucho mi intuición. Cuando terminé el último corte, sentí que habíamos llegado al mejor corte posible con el material que tenía. Después de tanto tiempo, fue una satisfacción enorme.
—¿Cuánto material reuniste?
—Hay unas 80 horas de filmaciones propias, además de muchas horas en VHS que mi abuela grababa cuando los Machado aparecían en televisión. Con los últimos dos montajistas, el trabajo fue muy preciso. Ellos partían del corte que yo les llevaba y proponían ideas; entonces yo podía volver a una escena o una entrevista determinada porque tenía todo el material catalogado y marcado.

—¿Todo lo que se ve en la película es real?
—Sí. Hay escenas de ficción protagonizadas por ellos que vienen de VHS en los que mi abuela grababa telenovelas, pero lo que contamos es real. Mucha gente me pregunta cómo podía estar con la cámara en ciertos momentos y no puede creer que no estuviera guionado.
—¿Agregaste voces o sonidos en el proceso de edición?
—En el documental se puede construir sentido con voces o sonidos que no estaban presentes cuando se registró una escena. En esta película, todo lo que se escucha estaba sonando y todo lo que se decía se dijo en el instante en que la cámara filmó. Hay algo genuino, incluso bruto, en la cámara enfocando y encuadrando como podía en ese momento. Eso forma parte del sentido de la película.
—¿Cómo fueron las primeras reacciones?
—En BAFICI la película recibió el premio de la crítica, el del público y el de asociaciones de montaje. En las últimas semanas pasó algo distinto: empezó a circular más, hubo entrevistas y recomendaciones de personas que la vieron. Las repercusiones fueron increíbles.
—Presenciaste funciones…
—Sí, claro. Disfruto mucho cuando la gente se ríe, y viene pasando bastante. Pero también hubo proyecciones en las que algunas personas se reían y otras se ofendían por esas risas. Depende de cómo lo tome cada uno. Hay quienes terminan más golpeados desde lo emocional y otros que salen más esperanzados. Que pase eso muestra que la película genera cosas.
—¿Los espectadores comparten sus propias experiencias?
—Muchísimo. Después de cada función se acercan dos o tres personas y dicen que su familia es igual o cuentan situaciones que vivieron. Se identifican mucho, y eso es algo lindo.

—¿Tu familia estuvo en el estreno?
—Sí, fueron todos, mi mamá, mi abuela y mis tres tíos. Estaban encantados. El único que no llegó a ver la película terminada fue mi abuelo, porque murió en 2020.
—¿Alguien te cuestionó una escena o te pidió que quitaras algo?
—No, nada. Vienen a verla y cada vez les gusta más. Antes del estreno, algunos estaban preocupados porque no habían visto el corte final y yo tenía muchísimo material. Con esas horas se podía armar una película muy diferente.
—¿Dejaste cosas afuera para cuidar la intimidad de la familia?
—Hay un montón de cosas que no usé, que habrían armado otra película y contado otros aspectos de la intimidad familiar. Decidí no incluirlas porque los conozco y sé qué cosas exponen y cuáles quieren que se sepan.

—¿Cómo fue la reacción de tu papá?
—Está fascinado y va a todas las funciones. En los primeros cortes tenía entrevistas muy buenas y era otro personaje de la película. Pero uno de los montajistas propuso sacarlo: mi papá, desde su lugar de psicólogo, podía quedar como una voz autorizada que opinaba sobre los Machado, y eso rompía con la esencia de la película.
—¿Y tu abuela?
—Era la persona sobre la que más dudas tenía, porque siempre fue muy de las formas, la imagen y lo correcto. Su familia tuvo mucho dinero y lo perdió todo, y a veces fue negadora con algunos aspectos de la historia familiar. Pero vio la película, le encantó y, al terminar la función, dijo que quería que todos supieran que seguía amando a su marido y que lo amaría para siempre.
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Mirtha Legrand rompió el silencio tras su grave internación de 3 semanas con una fuerte confesión: “Esta vez la pasé mal”

Después de casi tres semanas internada, Mirtha Legrand volvió a su casa y retomó el contacto con su círculo cercano. En ese contexto, Carlos Rottemberg contó que mantuvo una conversación con la conductora y reveló una frase contundente con la que ella resumió cómo atravesó esos días en el Sanatorio Mater Dei.
“Esta vez la pasé mal”, le confesó la diva al empresario teatral, según relató él. La expresión dejó en evidencia que esta última internación fue especialmente difícil para Mirtha, que a sus 99 años debió atravesar un nuevo problema de salud que la mantuvo alejada de sus actividades habituales.
Rottemberg, quien conoce a la conductora desde hace años y fue su productor, también compartió un detalle más distendido del diálogo. Apenas comenzó la conversación, apeló a una frase que suele utilizar cada vez que habla con ella y que ya se convirtió en una especie de código entre ambos: “Tenemos que pensar qué país le vamos a dejar a Mirtha Legrand”.
Según contó el empresario, ese comentario siempre consigue hacerla reír a carcajadas. Así, entre la sinceridad con la que Mirtha describió su estado durante la internación y el humor que caracteriza el vínculo entre ambos, la charla dejó al descubierto dos facetas de la conductora: la mujer que reconoce que atravesó un momento complicado y la figura que conserva su sentido del humor incluso después de una experiencia difícil.
MIRTHA LEGRAND HABLÓ DE LA GRAVE INTERNACIÓN QUE VIVIÓ DURANTES TRES SEMANAS
La preocupación por la salud de la histórica conductora se había instalado a mediados de septiembre, cuando volvió a ingresar al Sanatorio Mater Dei, pocos días después de una primera internación por bronquitis. En esta segunda oportunidad, permaneció 18 días bajo atención médica debido a un cuadro de neumopatía, por el que recibió tratamiento con antibióticos y asistencia kinesiológica.
Finalmente, Mirtha recibió el alta y pudo continuar la recuperación fuera del centro médico. Sin embargo, sus palabras a Rottemberg reflejaron que el proceso no fue sencillo. Lejos de minimizar lo ocurrido, la diva reconoció que esta vez la pasó mal, una confesión que permitió conocer cómo vivió desde adentro una internación que mantuvo en vilo a sus seguidores.
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