DEPORTE
Cuando Uruguay inventó el Mundial

La historia comenzó con una medalla olímpica en 1924, se convirtió en leyenda con el primer Mundial de 1930 y tendrá un nuevo capítulo en 2030, cuando Uruguay celebre simultáneamente el bicentenario de su Constitución y los cien años de la Copa del Mundo. Otra vez, el Centenario volverá a abrir sus puertas al planeta.
Hubo un tiempo en que un Mundial de fútbol era una utopía. Un proyecto improbable. Un sueño que parecía demasiado grande para una época demasiado difícil. En 1930, el mundo acababa de entrar en la Gran Depresión: las economías se derrumbaban, los gobiernos enfrentaban una crisis sin precedentes y organizar un campeonato internacional parecía una extravagancia imposible.
La FIFA (Federación Internacional de Fútbol Asociación) quería crear una Copa del Mundo, pero nadie quería asumir el desafío. Entonces apareció Uruguay. Un pequeño país del sur, con apenas dos millones de habitantes, decidió hacer algo que nadie más se animaba a hacer: organizar el primer Mundial de la historia.Un dato curioso: aunque hoy se usa en todo el mundo la sigla FIFA, conserva su nombre original en francés porque fue fundada en 1904 en París y el francés era entonces el idioma diplomático predominante en las organizaciones internacionales.

Cuando Uruguay presentó su candidatura no era una nación desconocida en el fútbol. Muy por el contrario: la selección celeste había conquistado la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de París en 1924 y repitió la hazaña en Ámsterdam en 1928. En aquellos años, cuando todavía no existía la Copa del Mundo, los Juegos Olímpicos eran considerados el máximo campeonato internacional de fútbol.
La FIFA encontró en Uruguay al candidato ideal: un país ganador dentro de la cancha y dispuesto a asumir una responsabilidad que ninguna otra nación quería tomar.

Una república moderna mirando al mundo
Para comprender la magnitud de aquella decisión hay que observar el Uruguay de comienzos del siglo XX. Bajo el legado reformista de José Batlle y Ordóñez y durante la presidencia de Juan Campisteguy, el país atravesaba uno de los períodos de mayor prosperidad y prestigio internacional de su historia. Sus niveles de alfabetización, desarrollo social y estabilidad institucional le habían valido el apodo de “la Suiza de América”.
Montevideo era una ciudad moderna para la época: los tranvías eléctricos recorrían sus avenidas, el puerto impulsaba el comercio internacional y una intensa vida cultural acompañaba el crecimiento urbano. Mientras gran parte del planeta intentaba recuperarse de la crisis económica de 1929, Uruguay decidió aprovechar una fecha simbólica para presentarse ante el mundo: el centenario de la Jura de la Constitución de 1830.

La organización del Mundial fue mucho más que un acontecimiento deportivo. Fue una declaración de confianza nacional.

Para recibir el campeonato se construyó una obra destinada a convertirse en leyenda: el Estadio Centenario. Su nombre homenajeó los cien años de la Constitución uruguaya y su construcción avanzó contra reloj. Levantado en pocos meses, en medio de una compleja situación económica internacional, simbolizó la capacidad de un país pequeño para concretar una obra de alcance global.

No existe una cifra única y confiable sobre el costo total de aquel primer Mundial. Sí se cita habitualmente que la construcción del Estadio Centenario demandó alrededor de un millón de dólares de la época. Para un país de apenas dos millones de habitantes, la inversión era enorme. Pero Uruguay no solo levantó el estadio: también asumió gastos de traslado, alojamiento y manutención de las delegaciones para garantizar la presencia de los equipos extranjeros.
La FIFA había aceptado la candidatura uruguaya, pero el problema recién comenzaba. Cruzar el Atlántico demandaba casi tres semanas de navegación. Los clubes europeos no querían liberar a sus futbolistas durante tanto tiempo y muchas federaciones consideraban que el viaje era demasiado costoso.

Finalmente solo cuatro países europeos aceptaron el desafío: Francia, Bélgica, Rumania y Yugoslavia. La historia de Rumania merece una mención especial: el rey Carol II intervino personalmente para convencer a los jugadores de viajar y les garantizó que conservarían sus empleos al regresar.
Las delegaciones europeas embarcaron rumbo a Sudamérica en el legendario transatlántico italiano Conte Verde. A bordo también viajaba Jules Rimet, presidente de la FIFA, llevando consigo el trofeo original de la competencia.
El torneo comenzó el 13 de julio de 1930. Participaron trece selecciones: Uruguay, Argentina, Brasil, Chile, Paraguay, Bolivia, Perú, Estados Unidos, México, Francia, Bélgica, Yugoslavia y Rumania.
No había televisión ni transmisiones satelitales. Las radios apenas comenzaban a desarrollar coberturas internacionales. Tampoco había marketing deportivo, patrocinadores globales ni redes sociales. Había fútbol. Y una ciudad entera pendiente de cada partido.

La Celeste no siempre fue celeste. Hasta 1910 Uruguay jugaba de blanco. El color que hoy identifica a la selección surgió como homenaje al club River Plate de Montevideo, que ese año derrotó al poderoso Alumni argentino vistiendo una camiseta celeste. Aquella victoria fue considerada un orgullo nacional y la Asociación Uruguaya adoptó ese color para la selección. Desde entonces, la Celeste se convirtió en una de las camisetas más emblemáticas de la historia del fútbol.El éxito deportivo tampoco fue casualidad. El fútbol había llegado tempranamente al Río de la Plata de la mano de los británicos y Uruguay desarrolló una estructura competitiva sólida antes que gran parte del mundo. La concentración de la población en Montevideo favorecía un nivel extraordinario entre los mejores jugadores.
Además, la selección celeste sorprendía por un estilo innovador. Mientras muchos equipos europeos privilegiaban el juego físico y directo, los uruguayos apostaban por la técnica, los pases cortos, la movilidad y la inteligencia táctica. Cuando conquistaron los Juegos Olímpicos de París en 1924, Europa descubrió que el mejor fútbol del planeta podía encontrarse no en Londres, Viena o Budapest, sino en una pequeña república del Río de la Plata.
El 30 de julio llegó el momento esperado. Uruguay y Argentina, los dos gigantes futbolísticos de la época, se enfrentaron ante más de 68.000 espectadores en el Estadio Centenario.
Argentina se fue al descanso ganando 2 a 1. Pero en el segundo tiempo ocurrió lo inesperado: Uruguay reaccionó, marcó tres goles más y se impuso por 4 a 2. Jules Rimet entregó personalmente el trofeo a los campeones y Montevideo estalló en festejos. El gobierno uruguayo declaró feriado nacional.

La derrota argentina generó protestas e incidentes frente al consulado uruguayo en Buenos Aires. Durante algunas horas, un partido de fútbol pareció capaz de alterar incluso las relaciones diplomáticas entre dos países vecinos. Era el comienzo de una rivalidad que atravesaría gran parte de la historia del fútbol sudamericano.
Veinte años después: el Maracanazo
La historia mundialista de Uruguay no terminó en Montevideo. Veinte años después de conquistar la primera Copa del Mundo, la selección celeste volvió a escribir una de las páginas más extraordinarias de la historia del fútbol.
El 16 de julio de 1950, en el estadio Maracaná de Río de Janeiro, Uruguay enfrentó a Brasil ante una multitud estimada en casi 200.000 espectadores. Los locales necesitaban apenas un empate para consagrarse campeones del mundo. Brasil comenzó ganando y el festejo parecía inevitable, pero Uruguay reaccionó: Juan Alberto Schiaffino marcó el empate y, a once minutos del final, Alcides Ghiggia anotó el gol que silenció al estadio más grande del planeta.

La victoria por 2 a 1 le dio a Uruguay su segunda Copa del Mundo y dio origen a una palabra que todavía hoy forma parte de la memoria colectiva del fútbol: el Maracanazo. Años más tarde, el propio Ghiggia resumiría aquella tarde con una frase que se volvió inmortal: “Solo tres personas lograron silenciar el Maracaná: el Papa, Frank Sinatra y yo.”
Con aquel triunfo, Uruguay se convirtió en bicampeón mundial. Primero había inaugurado la historia de los Mundiales en 1930; dos décadas después conquistaba la copa más recordada de todas, en el corazón futbolístico de Brasil.

La conquista de 1930 fue mucho más que un título. Fue el tercer gran capítulo de una historia que había comenzado varios años antes. Antes de crear la Copa del Mundo, la selección uruguaya ya había sorprendido al planeta al conquistar los Juegos Olímpicos de París en 1924 y de Ámsterdam en 1928. Aquellos torneos, organizados por la FIFA, eran considerados en su época los campeonatos mundiales de fútbol y marcaron la irrupción definitiva de la Celeste en la escena internacional.
Cuando Uruguay organizó y ganó el Mundial de 1930, confirmó que aquellos triunfos no habían sido una casualidad. Y veinte años más tarde, en el inolvidable Maracanazo de 1950, volvió a demostrarlo al derrotar a Brasil en Río de Janeiro y conquistar su segunda Copa del Mundo.Por esa razón, la camiseta celeste luce cuatro estrellas sobre su escudo. Cada una representa una de esas conquistas históricas: París 1924, Ámsterdam 1928, Montevideo 1930 y Maracaná 1950. La FIFA reconoce oficialmente esa singularidad y ha autorizado a Uruguay a mantener las cuatro estrellas, una distinción única en el fútbol mundial. Ninguna otra selección combina en su camiseta dos títulos olímpicos reconocidos como campeonatos mundiales y dos Copas del Mundo FIFA.De alguna manera, la historia de Uruguay resume la propia historia del fútbol internacional: antes de ganar el Mundial, ayudó a demostrar que una competencia global era posible; después, fue el primer país en conquistarla.
El trofeo entregado en 1930 era una pequeña escultura diseñada por el artista francés Abel Lafleur. Representaba a Niké, la diosa griega de la victoria, sosteniendo una copa octogonal. Décadas más tarde, la FIFA decidió que el país que ganara tres veces el campeonato conservaría definitivamente el trofeo. Brasil alcanzó esa marca en 1970 y se quedó para siempre con la histórica Copa Jules Rimet.

Pero aquella copa tuvo un destino novelesco. En 1983 fue robada de la sede de la Confederación Brasileña de Fútbol, en Río de Janeiro, y nunca volvió a aparecer. Se cree que fue fundida, aunque su paradero definitivo sigue siendo uno de los grandes misterios del fútbol mundial.
A partir de 1974 comenzó a entregarse la actual Copa Mundial de la FIFA, diseñada por el escultor italiano Silvio Gazzaniga. La nueva pieza muestra a dos figuras humanas sosteniendo el planeta y simboliza la dimensión universal que alcanzó el torneo.
A la distancia, aquel primer Mundial parece una aventura romántica: trece equipos, un viaje de tres semanas en barco, una economía mundial en crisis y un puñado de dirigentes convencidos de que el fútbol merecía una competencia global. Sin embargo, ese campeonato terminó convirtiéndose en el acontecimiento deportivo más importante del planeta.
Hoy la Copa del Mundo moviliza a miles de millones de espectadores, genera ingresos multimillonarios y paraliza países enteros cada cuatro años. Todo comenzó en Uruguay durante el invierno de 1930, con un barco llamado Conte Verde cruzando el Atlántico, con una copa viajando en la valija de Jules Rimet y con un pequeño país que se atrevió a imaginar lo que el resto del mundo todavía no podía ver.
Mientras el Mundial 2026 vuelve a reunir al planeta alrededor de una pelota, la ilusión sigue intacta. La selección que conquistó París 1924, Ámsterdam 1928, Montevideo 1930 y el Maracaná de 1950 vuelve a perseguir una hazaña reservada para muy pocos: alcanzar una quinta estrella y seguir escribiendo capítulos en una historia que ayudó a comenzar.Casi un siglo después, el contraste resulta asombroso. El Mundial 2026, organizado por Estados Unidos, México y Canadá, cuenta con un presupuesto de FIFA de 3.839 millones de dólares solo para la competencia masculina, dentro de un ciclo 2023-2026 que proyecta ingresos por 11.000 millones de dólares.

La comparación no necesita demasiada explicación: en 1930 todo se jugó en una sola ciudad; en 2026, el torneo se expande por tres países, 16 sedes, 48 selecciones y 104 partidos. Lo que nació como una apuesta audaz del Río de la Plata se convirtió en una de las mayores industrias deportivas del planeta.
Cien años después de aquel torneo pionero, Uruguay volverá a ocupar un lugar central en la historia del fútbol mundial. En 2030, cuando se cumpla el centenario de la primera Copa del Mundo, el Estadio Centenario de Montevideo será nuevamente escenario de un partido oficial del Mundial, en homenaje al país donde todo comenzó. La FIFA confirmó que Uruguay, Argentina y Paraguay albergarán los encuentros conmemorativos del centenario, mientras que el resto de la competencia se disputará en España, Portugal y Marruecos.
Será la primera Copa del Mundo organizada en tres continentes y seis países. Aunque la sede principal estará en Europa y África, el puntapié inicial de la celebración volverá a darse en el Río de la Plata, allí donde nació la competencia más importante del planeta. Cada uno de los tres países sudamericanos recibirá un partido oficial de sus respectivas selecciones como parte de los festejos por los 100 años del Mundial.Otra vez, el Centenario volverá a ser protagonista. El estadio construido para celebrar los cien años de la independencia uruguaya será también el escenario donde el mundo recordará que fue en Montevideo donde comenzó esta historia. Una historia que, un siglo después, sigue escribiendo nuevos capítulos de gloria.
- 1910 Nace la Celeste. Uruguay adopta la camiseta celeste tras la histórica victoria de River Plate sobre Alumni.
- 1924 Oro olímpico en París. El mundo descubre el fútbol uruguayo.
- 1928 Oro olímpico en Ámsterdam. Uruguay confirma que es la potencia del fútbol mundial.
- 1930 Montevideo organiza el primer Mundial de la historia y Uruguay conquista la Copa.
- 1950 Maracanazo. Uruguay vence a Brasil en Río de Janeiro y logra su segundo título mundial.
- 2026 La ilusión continúa. Una nueva generación defiende el legado de las cuatro estrellas.
- 2030 El Mundial vuelve a casa. A 100 años de la primera Copa del Mundo, Uruguay será sede de los partidos inaugurales del centenario.
Artículo publicado originalmente en Punta del Este Internacional
DEPORTE
Por qué levantamos los brazos al ganar: la ciencia detrás del lenguaje corporal de la victoria

Cuando un atleta cruza la línea de llegada o un futbolista celebra el gol que define un campeonato, el cuerpo se expande casi de manera automática: brazos en alto, pecho abierto, columna erguida.
Esa postura de expansión corporal, omnipresente en el deporte de alto rendimiento, no puede explicarse únicamente como un reflejo primitivo heredado de otros primates, según advierte Stéphanie Caillies, profesora de psicología cognitiva en la Universidad de Reims-Champagne Ardenne, consultada por el diario deportivo francés L’Équipe.
La postura de expansión corporal se asocia en la investigación psicológica a emociones positivas de alta intensidad: alegría, orgullo y triunfo. Sin embargo, Caillies advierte que la misma postura puede comunicar una amenaza si se combina con expresiones faciales agresivas. “Una misma postura expansiva con un visaje agresivo puede significar: me preparo para golpear”, señaló la investigadora en declaraciones recogidas por L’Équipe.
La lectura de cualquier gesto corporal depende, según la especialista, de sus características cinemáticas, velocidad, trayectoria y del entorno en que ocurre. En el deporte de competición, ese contexto viene cargado de normas sociales que generan un repertorio gestual propio, distinguible del lenguaje corporal cotidiano.
El debate entre origen innato y aprendizaje social

Un trabajo publicado en 2008 por Jessica Tracy y David Matsumoto argumentó que, si personas no videntes de nacimiento adoptan posturas de victoria sin haberlas visto nunca, eso prueba su carácter innato. Caillies rechaza esa lectura: “Esas personas han evolucionado en una cultura que ha moldeado su forma de pensar. Han internalizado reglas que influyen en sus movimientos aunque no las hayan ‘visto’ literalmente”.
La especialista fundamenta su posición en la teoría de la cognición corporizada, según la cual el pensamiento no depende solo del cerebro, sino de un sistema que incluye también el cuerpo y el entorno.
Bajo ese marco teórico, una persona no vidente puede incorporar normas de expresión emocional a través del tacto, el oído y la descripción verbal, y luego reproducir esos gestos sin que ello indique que son biológicamente predeterminados.
La comparación con los chimpancés y sus límites
Los trabajos con chimpancés muestran que estos primates también despliegan expansiones corporales parecidas, lo que podría sugerir un origen evolutivo compartido. Caillies matiza esa analogía: en los grandes simios, la postura suele indicar dominancia o un cambio de jerarquía dentro del grupo, con una dimensión amenazante ausente, o mucho menos marcada, en el atleta humano que celebra una victoria.
“Podría decirse que el deportista que gana también cambia de estatus, pero es más complejo porque existe además una comunicación emocional: comparto la alegría del éxito con los miembros de mi grupo, lo que puede generar adhesión, admiración y reforzar la cohesión social”, puntualizó la investigadora. Esa dimensión grupal y afectiva del gesto distingue, a su juicio, la celebración humana del comportamiento de dominancia observado en otros primates.
La conclusión de Caillies es que la postura de victoria resulta de “la interacción entre predisposiciones biológicas y aprendizajes sociales”, sin que ninguna de las dos variables pueda reclamar la explicación completa.
El cuerpo humano impone restricciones físicas a los movimientos posibles, pero dentro de ese margen la cultura, transmitida mediante descripciones, relatos y convenciones compartidas, moldea qué gestos se producen y qué significados se les atribuyen.
Predisposición biológica y cultura, sin jerarquía entre ambas
La investigadora menciona además que existen ciertas variables individuales, como pueden ser los rasgos específicos de la personalidad de cada individuo y el género, que también ejercen una influencia en este tipo de expresiones.
Todavía es necesario investigar para poder determinar si los códigos gestuales asociados con la victoria son exactamente iguales entre deportistas de ambos sexos o si, por el contrario, se observan diferencias sistemáticas en la manera en la que hombres y mujeres manifiestan el triunfo cuando se encuentran en situaciones competitivas.
Middle East,Soccer,Sport
DEPORTE
Julián Álvarez quedó afuera de los convocados del Atlético de Madrid: los motivos

Julián Álvarez quedó fuera de la convocatoria del Atlético de Madrid para el partido de este domingo ante la Real Sociedad, correspondiente a la quinta fecha de la Liga de España, tras sufrir una sobrecarga muscular que lo obligó a abandonar el entrenamiento del sábado antes de su conclusión.
“Julián no viaja a San Sebastián por una sobrecarga muscular por la que se retiró en la sesión de entrenamiento de ayer. Realizadas las pruebas pertinentes, los servicios médicos han descartado su presencia en el partido de hoy”, comunicó el club rojiblanco en la mañana del domingo, instantes antes de que la delegación partiera hacia el norte de España.
El delantero argentino de 26 años sintió las molestias en el tramo final de la práctica del sábado. Por precaución, el cuerpo técnico y los servicios médicos del club resolvieron no arriesgar su viaje a San Sebastián, donde por la noche se disputará el encuentro. Álvarez no es la única baja: Pablo Barrios y Alexander Sorloth también quedaron descartados por sendas lesiones musculares.
Simeone viaja con 23 jugadores y tres argentinos en la lista
Sin los tres lesionados, el entrenador Diego Simeone parte hacia Anoeta con 23 futbolistas, todos los disponibles del primer equipo más el defensor Jorge Domínguez y el mediocampista Jorge Castillo, ambos con ficha de las categorías inferiores. Entre los convocados figuran tres argentinos: el arquero Juan Musso, el defensor Cristian Romero y el extremo Giuliano Simeone. El puesto de Álvarez en el once inicial será cubierto previsiblemente por el canadiense Jonathan David, su recambio natural en la delantera, aunque Simeone también podría optar por el tridente conformado por Kang-in Lee, Álex Baena y Ademola Lookman, combinación que utilizó en el arranque de la temporada.
La sobrecarga pone en duda su participación en la ventana de amistosos de la Selección Argentina
Más allá del impacto inmediato en el conjunto colchonero, la situación genera inquietud de cara a la próxima ventana internacional. Entre el 21 de septiembre y el 6 de octubre, la selección argentina disputará sus primeros amistosos tras el Mundial 2026, con entre dos y tres partidos previstos cuyos rivales aún no se han confirmado oficialmente (Bolivia, Burkina Faso y Benín asoman como los posibles contrincantes).
Al tratarse de una sobrecarga y no de una lesión de mayor entidad, la evolución de Álvarez será determinante. El atacante había disputado el miércoles ante el Liverpool su primer partido como titular y completo en la temporada, por lo que el cuerpo médico actuará con cautela. Si no llega en condiciones para el próximo partido del Atlético en casa ante Osasuna, el objetivo sería tenerlo a punto para el clásico frente al Real Madrid, programado el siguiente domingo en el estadio Metropolitano, duelo en el que Barrios y Sorloth también son duda.
Este contratiempo se da luego de un período de transferencias agitado para la Araña, quien recibió múltiples sondeos (del PSG y el Arsenal, por citar dos de los interesados), pero su foco estuvo puesto en el posible salto al Barcelona. No obstante, el Colchonero no quiso negociar con la dirigencia blaugrana, en un duelo mediático que dejó en el medio al jugador, que fue abucheado por el público en su primer duelo de la temporada, cuando ingresó en el empate ante el Villarreal.
Cuando se había confirmado su continuidad y buscaba demostrar su compromiso pese al affaire del mercado de pases, Álvarez sufrió esta lesión, que pone en pausa su participación en el elenco que dirige Diego Simeone.
DEPORTE
El rapto de furia de Sabalenka tras perder la final del US Open: una raqueta destruida y un amenazante mensaje a la cámara

Aryna Sabalenka destrozó su raqueta contra el suelo en el Arthur Ashe Stadium, con los ojos llorosos y la mirada perdida, apenas segundos después de que Elena Rybakina sellara el título del US Open con un 6-4, 5-7 y 6-2 que le costó 2 horas y 21 minutos. La bielorrusa, bicampeona defensora, no encontró la manera de disimular una frustración que ya había mostrado en otros escenarios, y esta vez lo hizo frente a las cámaras y a las miles de personas que colmaban las tribunas del estadio más grande del tenis mundial.
El saludo en la red fue breve, casi protocolario. En cuanto Sabalenka llegó a su banco, tomó la raqueta y la reventó contra el suelo sin dudarlo. La imagen se viralizó en cuestión de minutos y despertó la memoria colectiva de los aficionados, que recordaron aquel episodio de 2023 cuando, tras caer ante Coco Gauff también en la final de Nueva York, las cámaras la captaron descargando su bronca en los pasillos del recinto. La historia, en más de un sentido, se repitió.
La reacción que lo dice todo
La secuencia no terminó ahí. Mientras el equipo organizador montaba el escenario para la ceremonia de premiación, un camarógrafo se acercó a registrar el estado emocional de la bielorrusa. Ella, visiblemente afectada y con los ojos húmedos, hizo un ademán con la mano para que dejaran de filmarla y vociferó “fuck off” (“vete a la mierda”). No era enojo hacia el público ni hacia su rival: era el gesto de alguien que necesita un momento de intimidad que el deporte de élite pocas veces concede.
La propia Sabalenka, ya en el acto de premiación, intentó poner palabras a lo que sentía: “De verdad me sentí como en casa aquí y no puedo esperar para volver el próximo año. Ojalá pudiera haber jugado un poco mejor, pero supongo que el próximo año”, dijo. Una frase que mezcla el apego que siente por Flushing Meadows y la resignación de quien sabe que el margen fue mínimo, aunque el marcador no lo refleje del todo.
La derrota tiene una dimensión extra que pesa más allá del trofeo. Sabalenka buscaba convertirse en la primera jugadora desde Serena Williams en ganar tres ediciones consecutivas del US Open. Además, cayó precisamente ante la única rival que podía arrebatarle también el número uno del mundo: Rybakina llegó al partido ya como nueva líder del ranking WTA, un ascenso que completó con el título en la mano. Las 99 semanas de Sabalenka en lo más alto del circuito llegaron a su fin en el peor momento posible.
Rybakina frenó una racha de 19 victorias seguidas en Flushing Meadows
Del otro lado de la red, la kazaja construyó su victoria sin necesitar su mejor versión. Rybakina concretó tres de las 12 oportunidades de quiebre que generó, suficientes para inclinar la balanza a su favor. Su primera bola de servicio no estuvo a la altura habitual —pese a ser la líder en aces del circuito—, pero su juego de devolución fue constante e implacable, capaz de neutralizar la potencia de Sabalenka en los intercambios largos.
Con este título, Rybakina alcanzó su tercer Grand Slam —Wimbledon 2022, Abierto de Australia 2026 y ahora el US Open— y cortó la racha de 19 victorias consecutivas que Sabalenka acumulaba en Flushing Meadows desde aquella final perdida frente a Gauff. También igualó a la propia Sabalenka y a Mirra Andreeva, campeona de Roland Garros, con tres títulos en la temporada, la cifra más alta del circuito femenino. El cheque que se llevó fue de 5,5 millones de dólares, el mayor en la historia de un Grand Slam.
En la ceremonia, Rybakina tuvo palabras para su rival que resumieron el nivel del enfrentamiento: “Es muy difícil jugar contra ti; llevas todo al límite. Me estaba muriendo en la cancha contra ti. Solo intentaba llegar a todas las pelotas posibles. Felicitaciones por tus logros y a tu equipo; ustedes hacen un trabajo increíble. No encuentro las palabras ahora mismo, lo siento”, declaró la nueva número uno.
“Si hubiera guardado mis emociones dentro de mí, no habría podido decir una palabra en la pista o ahora mismo. Es realmente difícil controlar tus emociones cuando pierdes en la final de un Grand Slam y cuando estabas intentando lograr un tricampeonato. Quería liberar toda esa agresión y decepción afuera”, se justificó la bielorrusa.
Solo le falta Roland Garros para completar el Grand Slam de carrera. Sabalenka, mientras tanto, tendrá que esperar hasta el año que viene para intentar recuperar lo que perdió este sábado en Nueva York.
North America,Sport,Tennis
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