CHIMENTOS
El bailarín Herman Cornejo vuelve a la Argentina: “Mi historia es un milagro”

El bailarín Herman Cornejo, desde New York, se detiene un instante en su rutina y comienza su charla con Teleshow, con emoción y brindando detalles de su vida. A sus ojos, el estreno de su espectáculo Anima Animal en Buenos Aires va mucho más allá de una función.
La vida de Herman pudo haber seguido otro rumbo. De niño, en cada recreo, se ilusionaba con la pelota entre los pies y soñaba con llevar una camiseta de fútbol. Esa pasión ocupó sus primeros años, hasta que un día, sin dudar, cambió los botines por las zapatillas de baile.
“Mi historia es un milagro”, reconoce Herman, recordando el episodio que lo marcó para siempre. Cuando tenía apenas once meses, una grave afección de salud lo llevó a un estado crítico. El relato familiar cuenta que su padre militar, en plena guerra de Malvinas, logró volver un instante del frente para despedirse de su pequeño. “Mi papá me besó y me desperté”, detalla Cornejo, quien siempre ha sentido que ese gesto selló su destino.
Para el bailarín, presentar esta obra en Buenos Aires es la concreción de un anhelo largamente postergado. El espectáculo simboliza la recuperación de una pieza que considera parte del patrimonio nacional y le permite compartir con su gente la riqueza de la historia de la danza local.
“Poder traer a la luz lo que hubiera sido en su momento el primer ballet para Argentina en el año 1917 es un gran honor y orgullo para mí”, confiesa Cornejo, quien siente que la obra es tanto un homenaje a la historia de la danza argentina como un acto de amor hacia su ciudad natal.
El bailarín describe la emoción de volver a sus raíces y brindar al público argentino una obra que dialoga con el pasado y proyecta hacia el futuro, inspirada en el bailarín y coreógrafo ruso Vaslav Nijinsky.

—¿Hace cuánto tiempo que no venías a la Argentina?
—La última vez que fui… A ver si no me falla la memoria, fue en 2022. Hice este mismo espectáculo en la provincia de San Juan.
—¿Tu deseo que el estreno fuera en Buenos Aires?
—Sí, sí… era el primero de los deseos, porque en su momento hubiera sido así, su estreno en Buenos Aires, además que es mi mi casa, el público que me vio nacer.
—¿Qué te pasa con esta obra que deseas y de la que estás tan orgulloso de dirigir?
—Primero y principal, creo que lo que me llena de orgullo es poder traer a la luz lo que hubiera sido en su momento el primer ballet para Argentina en los años 1900, que era cuando le Ballet Russe con Nijinsky iban a Argentina. Argentina, que no tenía una compañía de ballet, no existía. Y gracias a Vaslav Nijinsky es que se creó esta energía de decir Argentina, y especialmente en Buenos Aires, hacía falta crear una compañía y se creó gracias a él. Y Nijinsky, en ese momento, había aceptado hacer este ballet con una leyenda guaraní. Y que en su momento hubiera sido el primer ballet para Argentina. Así que para mí es un gran honor y orgullo poder traerlo a escena.

—¿La obra tiene un significado especial para vos?
—Sí, por todos lados, digamos, es algo muy histórico, es casi como un patrimonio nacional, y también de la humanidad. Nijinsky es, digamos, el icono mundial del ballet. Argentina es la cuna, es una de las cunas que tiene más de cien años de historia. Y en lo personal también muy aferrado y apegado a lo que es la figura de Nijinsky, no solamente por haber hecho la escuela que gracias a él se creó en el Teatro Colón con las técnicas rusas. Si no lo que significó en mi carrera. Yo hice El espectro de la rosa, que fue creado para él y fui nominado al Óscar de la danza por ese rol.
—¿Qué sentiste al ser comparado con figuras como Nijinsky o Julio Bocca?
—Imaginate, es todo un honor, son cosas que te van poniendo más arriba en la lista de bailarines.
—¿Soñaste alguna vez con todo lo que te pasó y te pasa en tu carrera?
—Es rarísimo porque no tengo recuerdo de sueños, pero tengo una seguridad muy grande. Yo ahora estoy escribiendo un libro de mi vida. Y esto lo he contado varias veces, que yo cuando tenía once meses estuve en coma. Y mi papá justo en ese momento estaba en la Guerra de Malvinas, en el año 1982. Y bueno, yo estaba en el hospital en coma, los doctores dijeron que no había vuelta atrás, estaba con un respirador, le avisaron a mi mamá que, si le quería avisar a mi padre que viniera al hospital. Mi papá vino a darme el último adiós, porque iban a desconectarme, llega al hospital, se acerca a la camilla, que me contaba que era un cuerpito, un esqueletito, y me da un beso en la frente para darme el último adiós y yo abro los ojos. Fue un milagro. Y yo no sé si en esos momentos, cuando uno está en coma, qué es lo que pasa, dónde el espíritu de uno va. A partir de allí cuando empiezo a crecer adquirí una seguridad muy grande, y sabía qué quería hacer y ser. Empecé ballet, no había otra opción para mí. No lo soñé, pero lo sentí desde siempre.
—¿Por qué estuviste en coma cuando eras bebé?
—Mi mamá me llevó al hospital porque tenía algo en el estómago, era como un virus. Supongo que ese virus habría sido demasiado fuerte, pero el problema fue que me medicaron mal. Así que al medicarme mal…
—¿Cuántos días estuviste en coma y cuántos meses tenías?
—Unos cuantos días, una semana por lo menos y tenía casi un año.
—¿Te acordás de algo de ese momento?
—Nada, no me acuerdo de nada en lo absoluto.
—¿Con el tiempo le encontraste un significado?
—Esta obra claramente, porque en el relato tiene ese salto para una segunda oportunidad, ese salto de la transformación. Todo se conecta, por eso es muy personal para mí.

—¿Por qué la danza, hubo otras opciones?
—Yo hacía fútbol, mi papá militar, imaginate. Mi hermana Erica sí había empezado ballet mucho antes, alrededor de los tres años. A mí como que me enganchó verla bailar en el estudio y demás, pero fue como algo que: “Es esto lo que quiero hacer”. Y yo tenía ocho años. A veces digo, cómo un niño de ocho años puede saber exactamente, con tanta seguridad, que es esto lo que le gusta, que es lo que quiere.
—¿Tus padres siempre te apoyaron en la decisión de bailar?
—Mis papás la verdad que fueron increíbles, me apoyaron desde el comienzo. Obviamente, creo que igualmente mi generación la tuvo más fácil, en el sentido que los varones en mi época era un poquito más fácil decir que querían bailar gracias a Julio Bocca, gracias a Maximiliano Guerra. Ellos fueron como los que más abrieron esas puertas. Igualmente existía un poco de prejuicios.
—¿Te sentís cómodo viviendo fuera del país?
—Mira, la verdad que yo me siento cómodo donde esté mi arte. Fui a New York realmente porque el American Ballet estaba ahí. Era la compañía de mis sueños. Yo creo que si hubiera estado en otro lugar también. No me aferro a los lugares. Si hablamos, por ejemplo, en cuestiones de casas, me he mudado más de veinte veces en treinta años. Me aferro a lo que vivo en el momento, en este, mi carrera y mi familia.

—¿Qué sentiste al estar frente a la puerta del American Ballet Theater por primera vez?
—Obviamente, crecí en Argentina pensando en el American Ballet Theater gracias a Julio (Bocca), a Paloma Herrera… en aquel momento no había Internet, entonces la única forma de conocer cosas de afuera era la gente que entraba y contaba. Entonces, obviamente, mi sueño después de ver tanto a Julio Bocca y de estar en su compañía durante dos años era como: bueno, el llegar al American Ballet es lograrlo, es llegar a lo máximo. Y en su momento, cuando después de estar dos años en la compañía de Julio y ganar la Medalla de Oro de Moscú, que también la ganó él, Julio me pidió de hacer una función en New York en su nombre, porque él no podía viajar. Y entonces yo le dije a Bocca, quiero audicionar a ABT, es mi compañía”. Y él me respondió: “Por supuesto”. Me pidió permiso, habló con el director para que me pudiera dar una clase, para audicionar. Y lo hice con mi hermana en ese momento. Fuimos y yo dije: “Bueno, vamos y nos quedamos”. No había plan B. Creo que también cuando uno es joven es como que uno no piensa mucho en las cosas. Cuando uno es jovencito tenés esa garra y esa fe de que todo puede pasar.
—La seguridad es fundamental…
—Totalmente, porque cuando salís a escena lo único que te puedes aferrar es en lo que vos creés, en lo que vos podés hacer. Y esto lo digo, por ejemplo, podés pasar años ensayando con un maestro cómo hacer una variación. Pero la verdad está cuando llegás al escenario, ese maestro no está más para decirte que es lo que tenés que hacer. Todo depende de vos. Entonces creo que esa fe y esa seguridad de lo que querés hacer tiene que estar en el bailarín, porque en escena es lo que se ve.

—¿Y alguna vez te pasó de confundirte en escena?
—Cuando hay mucho entrenamiento, esa equivocación no sucede. Lo lindo que tiene la danza es que es teatral. Te abre las puertas a que pongas sensaciones, cosas de tu propia vida, por más que estés interpretando un rol, por más que estés haciendo un Romeo. Pero más allá de eso, hay esta ventanita donde uno pone lo de uno. Pones la sensación, lo que te ha pasado en tu vida, y eso es lo que te hace diferente, lo que te va a diferenciar de otros bailarines que solamente hacen la parte técnica. Así que no hay eso de confundirse. Tal vez uno lo quiere hacer diferente a propósito o si existe esa confusión de que a lo mejor te confundiste. Hay un episodio muy divertido que cuando yo entré al American Ballet, no solían enseñarle a los chicos nuevos las coreografías. Uno tenía que ser muy rápido y aprenderse, estando parado al costado, roles, porque después te decían: “A ver, probalo, quiero verte”, y lo tenías que saber.
—¿Cuándo te pasó?
—Me pasó en Romeo y Julieta cuando me pusieron a bailar, me aprendí el rol con videos y viendo a otros bailarines, pero esa vez me había faltado un pedacito que no me había aprendido. Y durante el ensayo general de este ballet empezó una danza que era la parte de la carta y no tenía ni idea de qué iba ese momento. Y bueno, me quedé parado en un costado como el mejor actor, y nada, son momentos que pasan. Por suerte era un ensayo general. Había público, pero era un ensayo general, no era la función. Al día siguiente me tocaba la función. Y me lo aprendí como de emergencia en el momento para hacerlo al día siguiente.
—¿Qué te dejaron esos errores o tropiezos?
—Esos momentos la verdad que te hacen más fuertes. Ese momento tragame tierra, pero mucha más vida después de eso. Y hay una vida mucho más fuerte. Le podemos hablar de Messi, lo que le pasó en mundiales anteriores. Él pudo salir. Y decir: “Lo voy a ganar”. Es como que a veces estos bajones te llevan a algo más alto.
—¿Eras bueno en el fútbol cuando eras chico?
—Sí, me encantaba el fútbol, era muy bueno, era delantero. Recuerdo que yo hacía ballet y fútbol a la vez. En un momento el Teatro Colón hizo una carta a la escuela para que no me permitiera jugar más porque era contraproducente con el ballet. Si yo quería realmente ser un bailarín, en un partido te pueden lesionar, te torcés un pie. Así fue como quedó prohibido, y yo acepté, sabía que el ballet era lo mío. Pero bueno, recuerdo volver como delantero.
—¿Posición en la cancha?
—Jugaba en la delantera. Como un Martín Palermo, ponele. Me encantaba. El día que volví para despedirme… los chicos me decían: “No, no te podés ir del equipo”. Y justo ese partido iban perdiendo y me decían: “Entrá, por favor, entrá”… pero no lo hice.

—¿Te encontraste con muchos “cisnes negros” en tu carrera?
—Cisnes negros, ¿en qué sentido? [se ríe] Gente mala, buena, hay por todos lados. Creo que eso igualmente es un estigma que lleva el ballet, que tal vez sea muy anticuado. Mi generación fue cambiando, mismo en el American Ballet. En los últimos diez la compañía cambió brutalmente, para bien. Todos esos cisnes negros desaparecieron. Esta generación de los últimos diez años es mucho más amiga, mucho más hermana. Están uno ahí para el otro, se corrigen entre ellos. Tal vez le dan la oportunidad a un cuerpo de baile de hacer un rol principal y un principal le está corrigiendo a este cuerpo de baile cómo hacer las cosas mejores. Se ha diluido un poco esa competencia que existía antes. Cuando yo entré, se vivía un poco esto de: “No, yo soy principal, no te me acerques”. “Este es mi momento o esperá tu momento”. Hoy en día cambió muchísimo.
—¿En qué lugar vivís actualmente en Nueva York?
—Viví en muchísimos lados. La mayor parte de mi vida en el American Ballet, la viví al lado del teatro, cerca y fácil para ir a entrenar y volver. En los últimos siete años que hice una familia, me mudé al Bronx, cerca del Jardín Botánico. Para tener un lugar más grande y poder tener una familia más grande.
—¿Con quiénes vivís?
—Con mi mamá. Mi hermana, que la extraño muchísimo, ahora vive en Denver. Está ahí dirigiendo la escuela del Colorado Ballet.

—¿Y tu padre?
—Mi papá es una historia muy triste para mí. Seguimos en contacto, pero muy lejanos. Es a lo mejor una llamada de teléfono cada dos años. Vive en Argentina. Una lástima. Mis padres se divorciaron. Mi viejo se alejó muchísimo y desde hace quince años, más o menos, que no tenemos mucho contacto. Una lástima. Pero bueno, yo a mi vieja la tengo conmigo. La quiero muchísimo por todo lo que pasó en su vida y cómo nos ayudó.
—Y tu propia familia…
—Claro, mi esposa y mi nene. Mi mujer (María José Lavandera) es argentina. Nos conocimos en Buenos Aires. Ella es periodista y escritora. Tenía su propia revista de danza, Revol, en Argentina. Nos conocimos porque yo hacía diez años que no volvía a bailar a Argentina y me hizo una entrevista en esta vuelta que tuve a en el 2016. Y fue un flechazo.
—¿Qué sentís al volver a Buenos Aires con tu espectáculo?
—Para mí obviamente lo más importante es lo que va a pasar el uno de septiembre en el Teatro Coliseo, con el espectáculo. Y realmente es un un placer volver a mí país, volver a casa, a mi público.

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Tamara Báez reveló el malestar que atraviesa durante su embarazo: «Me duele mucho»

A finales de julio, Tamara Báez sorprendió al anunciar que está embarazada de su segundo bebé, fruto de su relación con Thiago Martínez. Desde entonces, la influencer comenzó a compartir distintos momentos vinculados con esta nueva etapa, entre ellos las experiencias que atraviesa durante la gestación y la reacción de su hija mayor, Jamaica, a quien tuvo durante su relación con L-Gante. Sin embargo, en medio de ese recorrido, la joven manifestó su preocupación por su estado de salud.
A través de una historia de Instagram, Tamara explicó su desconcierto frente a la intensidad del malestar. “Me duele mucho el cuerpo, los ovarios”, escribió en la publicación, donde decidió contarles a sus seguidores qué estaba atravesando. “Ya fui al médico, los hematomas ya no están”, explicó. En la misma historia, agregó: “En la eco salió perfecto mi bebé”.
A pesar de que el estudio mostró que el bebé se encontraba bien y de que los hematomas ya no aparecían, la preocupación persitió. “Ya no sé qué es”, expresó en otra parte de la publicación, al referirse a las molestias que continuaban afectándola. “Estoy tomando lo que me recetó el médico pero ni con eso me calma el dolor”, detalló la influencer, que decidió compartir la situación mientras intenta comprender el origen de los síntomas.
“No sé si es por la cirugía o qué, ya no entiendo”, manifestó la expareja de L-Gante en alusión a una intervención estética a la que se había sometido a mediados de octubre de 2025. A fines del año pasado, se realizó una cirugía de levantamiento de glúteos brasileño, conocida como BBL, y planteó la posibilidad de que las molestias estuvieran vinculadas con ese procedimiento.
A los dolores corporales y en la zona de los ovarios, Tamara sumó otro síntoma que también está alterando su descanso. “Encima me levanto a cada rato al baño para orinar”, contó en una de las historias que publicó en sus redes sociales. “No tengo infección urinaria. Me hicieron análisis antes de ayer”, escribió.
La actualización sobre su estado de salud llegó después de que, a mediados de agosto, la influencer usó sus historias de Instagram para consultarles a otras mujeres que hubieran atravesado una situación similar y explicar por qué debía limitar sus actividades. “Chicas, ¿alguna de ustedes tuvo hematomas? Yo tengo dos y uno es muy grande. Por eso desde que me quedé embarazada el obstetra me mandó reposo y nada de fuerza”, comenzó escribiendo sobre una imagen suya en la que aparecía con un filtro de la red social.
“Yo creo que fue por la mudanza (estaba embarazada y no lo sabía). También a los días de mudarme había arrancado el gym y hacía fuerza sin saberlo”, sumó junto a un emoji con una carita llorando.
El anuncio de su segundo embarazo había ocurrido a finales de julio, cuando Tamara compartió la noticia con sus seguidores y comenzó a mostrar parte del proceso que atraviesa junto a Thiago Martínez. En ese nuevo capítulo familiar también ocupa un lugar central Jamaica, su hija mayor, fruto de su relación con L-Gante. La influencer contó el anuncio a la niña y, desde entonces, fue compartiendo recuerdos y situaciones relacionadas con la llegada del bebé, mientras continúa atravesando los controles médicos propios de la gestación.
Mientras continúa con el reposo y el tratamiento indicado, Tamara intenta atravesar esta etapa con cautela y atenta a las señales de su cuerpo. Aunque la última ecografía confirmó que el bebé se encuentra bien y los hematomas ya no están, la influencer todavía busca una explicación para los dolores que persisten y decidió compartir ese proceso con sus seguidores.
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Fue la azafata más deseada de Guido Kaczcka y llegó a la final del Bailando: dejó todo para casarse con un millonario del fútbol, fue mamá y hoy sufre una gran crisis

La farándula arrojó una cantidad innumerables de personajes y que algunos de ellos, como ocurre lógicamente, con el paso del tiempo algunas se van perdiendo, y otras toman algún rumbo totalmente diferente, como es el caso de Ailén Bechara.
Allá por el 2014, Ailén apareció como una de las grandes revelaciones en A todo o Nada, como azafata del programa de Guido Kaczka. Empero, su vida dio un giro cuando conoció a Agustín Jiménez, famoso representante de futbolistas, y se fue alejando de todo.
Luego de un paso por el Bailando, en 2024 se casó con Jiménez, con quien tiene un hijo de 8 años. Actualmente decidió abocarse de lleno a su showroom de ropa, a donde reconoció que la situación no viene bien, a partir de la realidad económica del país.
Pero también contó las críticas que recibe a diario y cómo lo enfrenta: “El otro día subí un reel donde yo festejo que hice mi showroom. El showroom ya tiene un año. No sé, había comentarios que me ponían ‘cara dura’ .Tengo un marido que tal vez necesito un ayudín, él me puede colaborar. Me ponen cara dura”.
LA VIDA DE EMPRENDEDORA DE AILÉN BECHARA
“‘Te casaste con alguien que tiene plata y que puede bancarte’. Al principio me caía mal porque es como sacarme mérito a mí cuando yo sé todo el camino recorrido que hice. Sé todo lo que dejé por esta marca y dejo, todo el tiempo que le meto la plata que le meto de mi bolsillo. Estoy todo el día editando. Literal, estoy todo el día editando”, sostuvo.
Hoy a este emprendimiento le está poniendo mucha dedicación y se pasa muchísimas horas editando, lo cual lo conviene en su trabajo diario: “Me dice, ‘¿qué haces amor?’ Editando. Bueno, tengo un equipo pequeño. Claudia es la chica que me ayuda en el showroom. Tengo la chica de redes que me hace tienda nube en Google. Pero esto es como medio externo, el equipo que es de fotografía y eso. Está todo muy difícil. Clientes mayoristas del interior que me han comprado en el verano me terminaron de pagar recién el mes pasado».
“Lo hablé con mi marido. ‘Che, ¿y si cierro?’ Me dice, ‘no, ¿cómo vas a cerrar?’ Todavía me tengo fe, que el país va a andar mejor. El emprendimiento este es mi bebé, literal. Que dejarlo de la noche a la mañana sería tristísimo para mí. Pero es muy interesante igualmente que cuentes esta realidad entendiendo que emprender aún teniendo un nombre atrás, aún teniendo no sé qué cantidad de seguidores en Instagram, etc. Es muy complejo y también en el rubro de la indumentaria”, sentenció.
Ailén Bechara, Agustín Jiménez
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La encendida respuesta de Luisa Albinoni a Georgina Barbarossa tras sus palabras contra Jorge Porcel: «Mediocre y soez»

Luisa Albinoni llegó a Intrusos (América TV) con la mecha corta y se le notó desde el primer minuto. El rostro encendido, el labio temblando apenas, la voz subiendo de tono cada vez que alguien la interrumpía: la actriz salió a responder a Georgina Barbarossa por el relato de acoso sexual que la conductora hizo público sobre Jorge Porcel, y terminó casi a los gritos antes de bajar la guardia. “Mediocre y soez”, la llamó en un primer momento.
La actriz fue directa al punto desde el arranque. Ella estuvo con el capocómico entre 1978 y 1983 —luego de que la relación de Porcel con Carmen Barbieri llegara a su fin— y fue quien decidió separarse al descubrir las infidelidades. Eso, aclaró con énfasis, la ubica bien lejos de los episodios que describió Barbarossa, que ocurrieron en los ochenta. “Yo estuve con el gordo del 78 al 83. Si después el gordo se degeneró, qué querés que te diga”, lanzó, con una mezcla de fastidio y desafío que tensó el aire del estudio. El conductor Rodrigo Lussich intentó calmarla —“parecés en el móvil de Crónica”, le dijo entre risas— pero Albinoni no cedía.
“Revolviendo mierda”: arrancó incómoda y fue escalando
Antes de hablar de Barbarossa, Albinoni ya estaba caliente. Cuestionó que el tema de Porcel volviera a la agenda sin que hubiera, según ella, razones nuevas que lo justificaran. “Todo se desprende de la serie de Moria”, dijo, y apuntó contra quienes aprovechan la coyuntura para hablar de los muertos sin ofrecer nada propio a cambio. “Hagan lo que quieran, chicas, pero hagan teatro, algo talentoso, algo lindo. Dejen de hablar pelotudeces de los demás, sobre todo de los que están muertos”, disparó. Cuando el panelista Daniel Ambrosino quiso profundizar, Albinoni lo frenó en seco y la tensión en el piso fue palpable: “¿Con quién estoy hablando? Cortala, que a mí estas cosas no me gustan”.
Lo que encendió la mecha fue la frase que Barbarossa había soltado días antes en el ciclo SQP (América TV): que Dios tuviera a Porcel “en un tacho de mierda”. La conductora contó que el capocómico la tocó sin su consentimiento cuando daba sus primeros pasos en televisión, durante los años 80, y que siguió trabajando con él porque atravesaba serias dificultades económicas junto a su entonces marido. “Un día que el gordo me había tocado el culo horrible, de una manera espantosa que ni voy a contar, me fui llorando al camarín”, relató en SQP. Dijo también que fue la actriz Carmen Vallejo quien la acompañó y protegió desde ese momento. Al enterarse de las críticas de Albinoni, Barbarossa no esquivó: “Estuve guaranga, sí. La verdad que estuve muy maleducada. Pero me salió del alma”.
Fue el momento de mayor temperatura emocional del programa. Los conductores le pusieron el móvil de Barbarossa al aire y Albinoni escuchó en silencio. Cuando terminó, el tono había cambiado por completo. “Gracias, Georgina. Gracias por reconocer. Ves que es gente normal y real”, dijo. Y fue más lejos: reconoció que entendía que las mujeres a veces hablan del acoso cuando pueden, no cuando ocurre, y que el tiempo acumulado hace que el dolor salga con más fuerza. “Me imagino lo que sufriste, Georgina. Te compadezco”, cerró, con una calma que contrastó de lleno con los primeros minutos del llamado.

El episodio no surge de la nada. El estreno de la serie biográfica de Moria Casán reavivó los testimonios sobre Porcel al retratar al capocómico propasándose con una joven Susana Giménez. Desde entonces, varias figuras del ambiente tomaron la palabra. La propia Giménez lo describió como alguien que “no era buen compañero, era un tipo jorobado, no era querido por nadie”. La exvedette Sandra Míguez dijo sentirse “reflejada” con el relato de Barbarossa y recordó haber presenciado situaciones de acoso en los sets. Albinoni eligió un camino distinto: distinguir su experiencia personal de ese clima, sin negar que pudo haber ocurrido en otras etapas. “¿Por qué se tienen que agarrar de las bolas de un muerto?”, preguntó, a los gritos, antes de despedirse y cortar la comunicación.
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