CHIMENTOS
El horóscopo de hoy: domingo 12 de julio

ARIES (del 21 de marzo al 20 de abril)
La conjunción del Sol con Mercurio retrógrado pondrá el foco en tu hogar, tu familia y tu mundo emocional. Podrás comprender viejas situaciones familiares desde una mirada completamente diferente y encontrar las palabras necesarias para sanar vínculos. Será un excelente momento para reconciliarte con tu historia y fortalecer tus raíces.
TAURO (del 21 de abril al 20 de mayo)
Las conversaciones importantes encontrarán un nuevo sentido. Ideas que parecían confusas comenzarán a ordenarse y podrás expresar lo que sientes con mayor claridad. También será un período favorable para retomar estudios, resolver trámites o reencontrarte con personas significativas.
GÉMINIS (del 21 de mayo al 21 de junio)
La claridad llegará sobre temas económicos y de autoestima. Comprenderás mejor cuánto valen tus talentos y qué recursos necesitas fortalecer para sentir una mayor seguridad. Será un excelente momento para reorganizar tus prioridades y tomar decisiones financieras con más conciencia.
CÁNCER (del 22 de junio al 22 de julio)
La conjunción del Sol con Mercurio iluminará tu ascendente, brindándote una profunda comprensión sobre tu identidad y el rumbo que deseas tomar. Sentirás que muchas piezas comienzan a encajar y que ciertas dudas se disipan. Será un momento ideal para replantear objetivos personales y escucharte con honestidad.
LEO (del 23 de julio al 22 de agosto)
La conjunción del Sol con Mercurio favorecerá la introspección y el cierre de ciclos emocionales. Comprenderás situaciones del pasado que todavía influían en tu presente y podrás liberarte de cargas innecesarias. El silencio y la conexión espiritual serán tus mejores aliados.
VIRGO (del 23 de agosto al 21 de septiembre)
Los proyectos, las amistades y los objetivos de futuro recibirán una nueva luz. Conversaciones pendientes con personas cercanas podrán resolverse favorablemente y descubrirás cuáles son los sueños que realmente deseas seguir construyendo. La claridad llegará a través del diálogo.
LIBRA (del 22 de septiembre al 22 de octubre)
La vida profesional ocupará un lugar destacado. Podrías recibir noticias importantes o comprender cuál es el siguiente paso en tu carrera. Será un excelente momento para revisar metas laborales y tomar decisiones pensando en el largo plazo.
ESCORPIO (del 23 de octubre al 21 de noviembre)
Tus creencias y tu forma de comprender la vida vivirán un proceso de renovación. Podrás encontrar respuestas a preguntas que vienes haciéndote desde hace tiempo o recuperar el entusiasmo por un proyecto de estudio o un viaje. La intuición será una gran guía.
SAGITARIO (del 22 de noviembre al 22 de diciembre)
Será un período de transformación emocional profunda. Comprenderás mejor tus necesidades afectivas y podrás resolver asuntos relacionados con recursos compartidos o compromisos importantes. Dejar atrás viejos temores abrirá espacio para una nueva etapa.
CAPRICORNIO (del 23 de diciembre al 21 de enero)
Las relaciones serán el escenario donde aparecerán las mayores revelaciones. Una conversación sincera podrá aclarar malentendidos o fortalecer un vínculo importante. También será un buen momento para renegociar acuerdos y recuperar la confianza mutua.
ACUARIO (del 22 de enero al 21 de febrero)
La organización de tu rutina y de tu trabajo será una prioridad. Encontrarás nuevas maneras de optimizar tu tiempo y comprenderás qué hábitos necesitan modificarse para mejorar tu bienestar. Los pequeños cambios cotidianos producirán grandes resultados.
PISCIS (del 22 de febrero al 20 de marzo)
La creatividad, el amor y la expresión de tus emociones recibirán una energía especialmente inspiradora. Podrás reencontrarte con un talento olvidado, vivir conversaciones muy significativas con personas queridas o comprender con mayor claridad lo que verdaderamente desea tu corazón. Será un tránsito que favorecerá la autenticidad y la conexión con tu esencia.
horóscopo
CHIMENTOS
Llega Ellos, el nuevo ciclo de Luli Fernández que invita a los varones a mostrar su lado más humano y vulnerable

Luli Fernández lanza Ellos, su nuevo ciclo de entrevistas en Infobae Studio que se emitirá a partir del próximo viernes 7 de agosto en forma semanal por nuestro canal de YouTube. Será un espacio donde los varones son los protagonistas y la vulnerabilidad masculina deja de ser un tema vedado para convertirse en el eje de conversaciones francas y profundas.
Tras el recorrido de Ellas —el ciclo que puso a las mujeres en el centro del relato y que ya transita su segunda temporada—, Luli Fernández da vuelta la página para explorar el universo masculino desde otro ángulo: el de la intimidad, las presiones cotidianas y los vínculos que los hombres construyen lejos de los focos. El formato repite la fórmula que probó ser efectiva: conversaciones cercanas, sin solemnidad, donde la complicidad entre entrevistadora e invitado abre puertas que rara vez dejan entrar la luz de las confesiones en la televisión tradicional.
El ciclo parte de una pregunta que funciona como motor narrativo: ¿qué hay detrás de la masculinidad de hoy? No desde la denuncia ni la deconstrucción forzada, sino desde la curiosidad genuina. ¿Qué sienten los hombres cuando se apaga la pose? ¿Cómo procesan el miedo, las crisis personales, las paternidades activas? ¿Qué queda cuando se corre el estereotipo del hombre que no llora y solo habla de fútbol, mujeres o trabajo? Esas preguntas, que parecen simples, rara vez encuentran respuesta en los medios.
Luli Fernández no llega a este proyecto de manera improvisada. Modelo, conductora y empresaria argentina, construyó una carrera que arrancó desde muy joven —con participaciones en Super M, Rebelde Way, Floricienta y el certamen Patinando por un sueño en 2007— y que fue mutando hacia formatos más personales y reflexivos. Integró paneles en Desayuno Americano, realizó coberturas deportivas y diversificó su trabajo hacia el emprendimiento con el lanzamiento de Classy, su marca de belleza con cosmética, aromas y productos de cuidado personal, con producción local y proyección internacional. En sus redes sociales reúne a más de un millón de seguidores.
Esa trayectoria le dio algo que no se aprende en un estudio: la capacidad de generar un ambiente de confianza en forma rápida. Y eso, en el formato de entrevista íntima, vale más que cualquier guión.
Por el sillón de Ellos pasarán líderes, deportistas, artistas y referentes de la cultura. Hombres con trayectorias públicas que, en este espacio, se corren del personaje para hablar de sus propias historias: crisis personales, momentos de quiebre, relaciones, paternidad y la búsqueda de equilibrio en un contexto de exigencias permanentes.

El ciclo no propone respuestas universales ni pretende redefinir la masculinidad con un manual. Lo que ofrece es algo más simple y, a la vez, más difícil de lograr en pantalla: el tiempo y el clima necesarios para que alguien baje la guardia y hable de verdad. La ironía sana y la profundidad emocional conviven en cada entrevista, sin que una cancele a la otra.
La apuesta de Ellos se inscribe en una tendencia que gana terreno en los medios: la de crear espacios donde la vulnerabilidad masculina no sea leída como debilidad, sino como una dimensión legítima de la experiencia humana. Que un hombre hable de sus temores, de sus fracasos o de cómo aprendió a estar presente en la vida de sus hijos ya no es una rareza, pero sigue siendo un territorio poco explorado en el periodismo de entretenimiento en español.
Ellas demostró que el público responde cuando las historias son genuinas. Ellos llega a Infobae Studio con la misma lógica: que detrás de cada figura pública hay una persona con preguntas sin respuesta, y que esas preguntas, cuando se hacen bien, valen la pena escuchar.
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El durísimo relato de la prima de Thiago Medina tras denunciarlo por abuso: «Él tiene dos nenas, tienen que saberlo»

La denuncia contra Thiago Medina sumó un capítulo de altísimo impacto. Horas después de que el ex Gran Hermano negara las acusaciones en su contra, fue su propia prima quien decidió romper el silencio en LAM y brindar un extenso testimonio sobre el presunto episodio que denunció ante la Justicia. Conmovida, la joven explicó por qué decidió hablar ahora, recordó el momento en que asegura haber contado todo dentro de la familia y reveló una frase que dejó helado al estudio.
Consultada por el momento en el que decidió avanzar con la denuncia, fue contundente. «Porque Camila salió a decir que yo mentía», aseguró en referencia a la hermana de Thiago. Según su versión, hasta ese momento el tema permanecía puertas adentro de las dos familias. «Este tema lo habíamos hablado únicamente entre las familias. Fue Camila la que salió a contarlo por todos lados. Después de eso hice la denuncia. Primero publiqué el video», explicó.
Lara Ledesma contó que el presunto abuso ocurrió cuando ambos eran menores y que durante años eligió guardar silencio. «Vivíamos a unas seis cuadras, pero no teníamos mucho contacto. Ese día pasó lo que pasó», relató. También recordó que recién a los 15 años reunió fuerzas para hablar de lo sucedido. «Me lo guardé durante mucho tiempo. Cuando cumplí 15 años decidí hablarlo. Ahí fue cuando nos reunimos con la familia de él. Estaban Brisa y el papá». Sin embargo, aseguró que no encontró el respaldo que esperaba. «No me creyeron. Brisa me había dicho que me iba a apoyar, pero bueno…».
Uno de los momentos más fuertes de la entrevista llegó cuando reveló cómo habría reaccionado Thiago durante aquella reunión familiar. «Llorando me pidió perdón. Mi mamá estaba presente», afirmó. Y agregó cuál fue la respuesta de su madre: «Le dijo que no lo iba a perdonar, pero que tampoco le iba a hacer nada. Lo único que queríamos era que no se enterara todo el mundo, aunque en el barrio todos lo saben».
HABLÓ LA PRIMA DE THIAGO MEDINA TRAS DENUNCIARLO POR ABUSO
La denunciante también recordó el impacto que sintió al verlo convertirse en una figura popular tras su paso por Gran Hermano. «Fue muy difícil. Pensaba: ‘¿Cómo puede ser que una persona que hizo eso esté tan bien y siga con su vida como si nada?’», expresó. Además, rechazó las versiones que señalan que busca exposición mediática. «Si quisiera fama, no elegiría este camino. ¿Quién quiere que lo conozcan por haber sido abusada?».
Sobre el final de la entrevista, explicó por qué finalmente decidió llevar el caso a la Justicia y hacer pública su historia. «Lo pensé muchísimo. Fue una decisión muy difícil, pero creo que la gente tiene que saber quién es, sobre todo porque tiene dos hijas», sostuvo. Y cerró con una frase que resumió el motivo de su exposición: «Más que nada que la gente sepa qué clase de persona es y lo que hizo. Y que cuiden a sus hijas. Yo también soy mamá, tengo una nena de tres años».
Thiago Medina
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Alejandra Perlusky, una vida atravesada por la danza, el teatro y los grandes musicales: “El arte puede salvar el alma”

Hay recuerdos que nunca abandonan a un artista. No importa cuántos escenarios haya recorrido, cuántas ovaciones haya recibido o cuántos personajes haya habitado. Siempre existe una imagen que permanece intacta, inmune al paso del tiempo. En el caso de Alejandra Perlusky, esa postal no tiene marquesinas iluminadas, ni telones de terciopelo, ni aplausos interminables. Está mucho más cerca de una placita de Martínez, donde una nena de apenas cinco años caminaba tomada de la mano de su mamá rumbo a una clase de ballet, sin imaginar que esos pasos diminutos terminarían marcando el camino de toda una vida.
En momentos en que transita los últimos días de funciones de Billy Elliot -hasta el 9 de agosto en el Teatro Ópera- hoy, cuando mira hacia atrás, entiende que aquello no era un pasatiempo ni una actividad extracurricular. Era una necesidad. Una forma de habitar el mundo.
“Yo me percibía siempre distinta en el colegio y con mis compañeros. Recién ahora pude entenderlo”, cuenta mientras busca las palabras exactas para describir una sensación que la acompañó durante toda la infancia. Habla de una intensidad emocional difícil de explicar. De una energía que necesitaba encontrar un cauce. Y fue precisamente el movimiento el que le permitió ordenar ese universo interior.
Por eso, cuando escucha la célebre frase de Billy Elliot sobre esa “electricidad” que recorre el cuerpo cuando baila, siente que también está hablando de ella. “Sentía una pulsión muy parecida. En la danza encontré la posibilidad de canalizar una emocionalidad muy potente que tenía como niña. Gracias a Dios pude descubrirlo y llevarlo adelante”.
No es casual que hoy interprete a Mrs. Wilkinson, la profesora que descubre el talento oculto de Billy antes que nadie. Quizá ese personaje la atraviese de una manera tan profunda porque ella misma sabe lo que significa que un adulto vea algo en un chico que todavía ni siquiera entiende quién es.

Las primeras clases llegaron casi naturalmente. El ballet apareció antes que cualquier otra disciplina artística y ocupó durante años el centro de su vida. La disciplina era rigurosa. Había ejercicios, repeticiones, correcciones permanentes y una exigencia que para muchos niños podía resultar agotadora. Para ella, en cambio, era el lugar donde todo cobraba sentido.
Mientras otros chicos soñaban con ser médicos, futbolistas o astronautas, Alejandra ya intuía que su futuro estaba vinculado al escenario: “Nunca pensé la actuación como un hobby. Desde muy chica tuve la convicción de que quería dedicarme a esto. Nunca me imaginé haciendo otra cosa”, recuerda.
Apenas hubo una duda pasajera, casi una travesura del destino. La fascinaban los animales y durante un tiempo creyó que podía estudiar Veterinaria. Pero esa posibilidad desapareció tan rápido como había llegado. “Entendí que para curar a un animal quizás tenía que abrirlo, coserlo, enfrentar situaciones muy difíciles… y ahí se me fueron todas las dudas”, dice entre risas.
Como ocurre en muchas familias, la elección artística despertó más incertidumbre que entusiasmo. Sus padres conocían perfectamente las dificultades de una profesión atravesada por la inestabilidad, los contratos temporarios y la incertidumbre económica. Querían verla feliz, pero también protegida. “Eran personas de una sensibilidad enorme”, rememoró.
Con el tiempo descubriría que, detrás de esos temores, también se escondía una historia personal.Su padre había sido cantor de tangos durante la juventud. Amaba profundamente el arte, pero nunca se animó a convertirlo en profesión. Eligió Medicina. Años después le confesó algo que Alejandra jamás olvidaría: sentía que, de alguna manera, había traicionado ese sueño artístico que siempre había llevado adentro.
Quizá por eso, al principio, la preocupación era inevitable. No querían verla sufrir. No querían que la pasión terminara convirtiéndose en frustración. Sin embargo, hubo una persona que nunca dejó de empujarla hacia adelante: su mamá.
La mujer que la llevó una y otra vez a aquellas clases de ballet frente a la placita de Martínez. La que, sin saberlo, estaba alimentando una vocación que terminaría definiendo toda una existencia. Hoy, varias décadas después, Alejandra sigue emocionándose cuando habla de ella: “Le agradezco enormemente que me haya llevado tantas veces. Es tan importante el arte… puede hacer tan feliz a una persona. Puede salvar el alma, el corazón y ayudar a atravesar un montón de situaciones”.
Durante años creyó que ese camino terminaría exclusivamente en la danza. Pero la vida tenía preparada otra sorpresa. Llegó el momento de presentarse a un seminario de técnica de la danza clásica del Colón. Y su madre dijo ‘no’.
Fue entonces que decidió probar suerte como actriz. No buscaba una revolución. Ni siquiera imaginaba que esa decisión modificaría para siempre su destino. Sin embargo, fue durante una audición cuando descubrió una herramienta que desconocía: la voz. No solamente la capacidad de cantar. También la posibilidad de contar historias desde otro lugar.
Después vendrían las clases de canto junto a Marcelo Velasco y Carlos Vittori, maestros fundamentales para construir un instrumento que, con el tiempo, terminaría convirtiéndose en una de las marcas distintivas de su carrera. Pero, sobre todo, apareció una certeza.

La danza seguía siendo parte de ella. La actuación también. Y la música unía ambos mundos. Sin proponérselo, estaba empezando a recorrer el camino que años más tarde la convertiría en una figura indispensable del teatro musical argentino.
Pasaron los años. Aquella nena que cruzaba una placita de Martínez con un bolso de ballet al hombro terminó convirtiéndose en una artista capaz de emocionar desde los escenarios más importantes del país y del exterior.
Hoy ese escenario es el del musical Billy Elliot. Y mientras el público ocupa lentamente las butacas y el murmullo de la sala reemplaza al silencio de los camarines, Alejandra se prepara para transformarse, una vez más, en Mrs. Wilkinson. La profesora de danza que, en medio de un pueblo atravesado por la dureza, las huelgas mineras y los prejuicios, es la primera persona que se anima a mirar a un chico diferente y decirle, sin rodeos, que su destino puede ser mucho más grande de lo que él mismo imagina.
“Es un rol soñado. Es un personaje súper divertido y muy exigente”, resumió. Pero detrás de esa definición breve hay mucho más. Cada vez que Billy habla de esa “electricidad” que siente cuando baila, Alejandra recuerda inevitablemente a la chica que fue. La niña que tampoco encontraba palabras para explicar por qué necesitaba moverse, cantar o actuar para sentirse completa.
Pero hay otro elemento que vuelve único este trabajo: los chicos. En la mayoría de los espectáculos, los actores construyen una dinámica que se repite noche tras noche. Las escenas adquieren una mecánica casi automática. Los silencios aparecen siempre en el mismo lugar. Las miradas encuentran exactamente el mismo recorrido.

“Lo más inolvidable es trabajar con niños, con elencos rotativos que cambian semana a semana. Es simplemente mágico porque cada noche tengo un Billy distinto, una hija distinta y un grupo diferente de alumnitas. Cada uno tiene su propia emocionalidad, una forma muy personal de sentir y de expresar cada escena. Esa rotación hace que nunca aparezca la rutina. Es una experiencia única que posiblemente no olvide nunca”.
Habla de ellos con la ternura de una maestra y la admiración de una colega. Porque, aunque sean niños, arriba del escenario sostienen una responsabilidad enorme. Entiende que cada uno necesita tiempos distintos, estímulos diferentes y una confianza particular para encontrar su mejor versión.
Y esa búsqueda también genera momentos inolvidables. Como aquella noche en la que una falla técnica puso en riesgo una de las escenas más importantes del musical: “En el momento casi me infarto”, cuenta. En una escena clave, Mrs. Wilkinson se dirige hasta los baños del gimnasio para convencer a Billy de continuar estudiando danza en secreto y preparar la audición para la Royal Ballet School. Todo transcurre normalmente, hasta que deja de hacerlo. El mecanismo que debía abrir los paneles del baño se trabó. Del otro lado quedó encerrado Mateo, uno de los chicos que interpretaba a Billy. Durante algunos segundos nadie supo cómo resolver la situación. El tiempo, sobre un escenario, tiene otra velocidad, cada segundo parece eterno.
“Por suerte Mateo fue muy ágil y encontró una salida alternativa. Lo solucionó enseguida y el público prácticamente no se dio cuenta de nada”. Son esos pequeños accidentes los que terminan construyendo la memoria íntima de una compañía.
Detrás de la perfección que el espectador observa desde la platea existe un universo invisible hecho de nervios, respiraciones compartidas, abrazos antes de levantar el telón y miradas cómplices cuando algo inesperado sucede.

Pero antes de los grandes personajes hay cientos de ensayos en salas diminutas, funciones para pocas personas, audiciones que terminan en silencio y otras tantas en las que alguien pronuncia ese esperado “quedaste”. Alejandra conoce ese recorrido de memoria porque nunca fue una artista fabricada por una moda ni impulsada por la popularidad televisiva. Su carrera se construyó exactamente igual que se construye una obra: escena tras escena.
Después de descubrir que la actuación podía convivir con la danza y el canto, el siguiente paso fue ingresar al Conservatorio Nacional de Arte Dramático. Paralelamente aparecieron las clases de técnica vocal. El teatro musical exige un nivel de preparación poco frecuente: actuar, cantar y bailar al mismo tiempo, con la misma intensidad durante dos o tres horas.
Las primeras oportunidades llegaron en el circuito independiente, ese universo donde muchas veces el presupuesto escasea pero la libertad artística sobra. Allí aprendió una lección que jamás olvidaría: el escenario nunca distingue entre una sala para cincuenta espectadores y un teatro para dos mil. La entrega debe ser exactamente la misma.
Fue en ese ámbito donde comenzaron a aparecer trabajos que llamaron la atención de la crítica especializada. Sally, una farsa, Canciones degeneradas, Berlín, hora cero y Plumas y sangre fueron consolidando una intérprete capaz de moverse con la misma naturalidad entre el drama, la comedia y el musical. No tardaron en llegar los reconocimientos. Por Sally, una farsa obtuvo el Premio Hugo como Mejor Actriz, una distinción que confirmaba lo que muchos dentro del ambiente ya sabían: estaba frente a una artista integral, de esas que podían sostener una obra completa desde el escenario.
Pero el verdadero crecimiento no llegó únicamente a través de los premios. Llegó con los personajes. Cada uno la obligó a correrse un poco más de su zona de confort, cada uno le dejó una herramienta distinta.

Con el tiempo comenzaron a aparecer los grandes títulos del teatro musical argentino. Chicago fue uno de esos desafíos que marcan un antes y un después. Su trabajo le valió una nominación como Mejor Actriz Protagónica en los Premios Hugo. Poco después llegaría Falsettos, completamente diferente, más íntima, más emocional. Otra vez, la crítica destacó su labor y volvió a reconocerla con una nueva nominación a los Hugo.
También hubo lugar para los grandes clásicos familiares: Aladín, Mamma Mia!, Pretty Woman. Producciones enormes, cambios escenográficos permanentes y una maquinaria técnica que convierte cada función en una coreografía perfecta incluso detrás del telón.
En Mamma Mia! interpretó a Tanya, uno de los personajes más queridos del espectáculo. Su desempeño le permitió recibir el premio a Mejor Cantante en los Premios Carlos 2024. Después llegaría Kit De Luca en Pretty Woman, otro personaje completamente distinto, donde volvió a demostrar esa capacidad para cambiar de registro sin perder autenticidad.
Su recorrido también incluyó una de las experiencias más prestigiosas que puede vivir un artista argentino: el Teatro Colón.
Participar de Astor, Piazzolla eterno significó mucho más que sumar un título al currículum, era llegar al escenario más emblemático del país, el lugar con el que sueñan generaciones enteras de músicos, cantantes y actores. Pero el recuerdo más fuerte de aquella noche no está relacionado con el espectáculo, está en la platea. O, mejor dicho, en el final de la función.
Revive la emoción del aclamado espectáculo ‘Astor Piazzolla Eterno’ en el majestuoso Teatro Colón. Un viaje musical y visual a través de la vida y obra del genio del tango, con una orquesta en vivo, cantantes extraordinarios y bailarines apasionados.
Cuando todo terminó y los aplausos comenzaron a apagarse, su padre apareció con un ramo de flores. La emoción fue inmediata. “Me partí en llanto”, recuerda. No lloraba únicamente por el éxito de la función. Lloraba porque comprendía el significado de ese gesto. Su padre, aquel hombre que alguna vez había sentido miedo por su futuro artístico, estaba allí, orgulloso. El mismo hombre que le había confesado que nunca se había animado a seguir su propia vocación como cantor de tangos. “Uno siempre busca la mirada de aprobación de sus padres”, dice. Y esa noche sintió que finalmente había llegado. “Sé que mi papá está muy orgulloso de mí. Cantar Piazzolla en el Colón fue una emoción única para los dos”.
Su carrera, sin embargo, nunca se limitó a la Argentina. Todavía muy joven apareció una oportunidad inesperada: España. Junto a Omar Calicchio emprendió una aventura que, vista con perspectiva, parece casi una locura. Viajaron con Vivitos y coleando para participar de un festival en Madrid, en un momento en que la comedia musical apenas comenzaba a abrirse camino en ese país: “Éramos como extraterrestres”, recuerda entre risas.
Mientras los grandes musicales recién empezaban a instalarse con producciones como My Fair Lady, ellos recorrían salas independientes mostrando un lenguaje escénico que todavía resultaba novedoso para buena parte del público español.
Después llegaría otra experiencia completamente distinta. México. Los Cabos. Allí trabajó como cantante en un exclusivo hotel internacional. Las jornadas eran extenuantes. Cuatro sets diarios. Seis días por semana. Horas y horas cantando frente a un público tan exigente como imprevisible. Entre los huéspedes aparecían algunas de las figuras más conocidas del mundo: George Clooney, Cindy Crawford, Luis Miguel. Celebridades acostumbradas a los mejores espectáculos del planeta.
Sin embargo, lo que más recuerda de aquella etapa no son los nombres. Es la disciplina, la resistencia, el aprendizaje cotidiano: “Me dio un entrenamiento vocal enorme y me enseñó a mantener siempre el mismo nivel, me escucharan o no”.

Años más tarde también llegaría Nueva York. Integrar el ciclo American Songbook, en el Lincoln Center, significó cumplir uno de esos sueños que parecen reservados para unos pocos. Compartir una tradición teatral que inspiró a generaciones enteras de artistas argentinos.
Paradójicamente, después de todos esos viajes, Alejandra siempre termina regresando al mismo lugar: Buenos Aires. Porque es aquí donde eligió construir su carrera, donde el teatro musical pelea función tras función para seguir creciendo, donde continúa creyendo que cada nuevo personaje representa una oportunidad para volver a empezar.
Porque, para ella, el oficio no consiste en acumular personajes, consiste en seguir encontrando, en cada uno de ellos, una nueva forma de conocerse a sí misma.
A pesar de haber recorrido algunos de los escenarios más importantes de la Argentina y del exterior, Alejandra nunca perdió la costumbre de observar lo que sucede alrededor. Mientras muchos artistas se concentran exclusivamente en el próximo estreno, ella suele detenerse a pensar en el lugar que ocupa el teatro musical dentro de la cultura argentina y en los desafíos que todavía tiene por delante un género que, aunque creció enormemente en las últimas décadas, continúa peleando por consolidarse como una verdadera industria.
No habla desde la queja, habla desde la experiencia, desde la mirada de alguien que atravesó casi todos los formatos posibles. Por eso, cuando analiza el presente del musical argentino, evita las frases grandilocuentes y prefiere apoyarse en la realidad cotidiana de quienes viven de este oficio: “El gran desafío es desarrollar una industria que pueda sostener al género”, explica.

Y enseguida aparece la comparación inevitable con Broadway, ese faro al que cualquier artista de teatro musical mira alguna vez. Allí, recuerda, espectáculos como Chicago, Cats o El Rey León permanecieron durante años en cartel gracias a un circuito turístico y cultural que garantiza una afluencia constante de espectadores de todo el mundo.
Buenos Aires, sostiene, todavía está lejos de ese escenario: “No somos la meca de los musicales. Tenemos un nivel artístico enorme, pero todavía no existe esa industria que hace que la gente viaje específicamente para ver teatro musical. Ojalá podamos convertirnos, al menos, en un polo de atracción para los países vecinos. Siento que, de a poco, eso empieza a suceder”. No es una crítica, es un deseo.
Porque después de tantos años de profesión sabe que detrás de cada estreno hay cientos de trabajadores que dependen de que una obra funcione. El teatro nunca es el triunfo de una sola persona. Siempre es una construcción colectiva.
Quizás por eso también entiende una de las discusiones más incómodas del ambiente: la presencia cada vez más frecuente de figuras mediáticas encabezando los elencos. Y prefiere analizar el fenómeno con honestidad: “Como buena trabajadora del teatro, lucho permanentemente con las figuras mediáticas. Ellas siempre tienen una ventaja porque los productores necesitan vender entradas. Muchas veces eso nos deja en desventaja a quienes venimos exclusivamente del oficio”.
No hay resentimiento en sus palabras, hay comprensión. Sabe perfectamente cómo funciona la industria. También sabe que el público suele acercarse atraído por un nombre conocido, pero inmediatamente agrega un matiz que considera fundamental.

Cuando un espectáculo tiene un peso propio, cuando la producción ya despierta interés por sí misma, cree que los personajes deberían quedar en manos de quienes cuentan con la preparación necesaria para interpretarlos. Y pone un ejemplo, Osvaldo Laport: “Es un artista completísimo. Canta, actúa, baila, tiene presencia. Siempre hay que nivelar para arriba”.
La frase resume buena parte de su filosofía profesional. Nunca habló de competir con otros artistas. Siempre habló de elevar el nivel. De exigir más. Exactamente igual que Mrs. Wilkinson.
Después de tantos personajes, Alejandra sigue sintiendo los mismos nervios antes de cada estreno. Sigue repasando mentalmente las escenas. Sigue escuchando las indicaciones del director. Sigue buscando pequeños detalles que puedan mejorar una interpretación.
Tal vez esa sea una de las razones por las cuales tantos directores vuelven a convocarla. Nunca deja de trabajar, nunca cree que ya lo sabe todo. Todavía se permite aprender de un compañero, de un director, incluso de un niño.
Todavía siente esa electricidad de la que habla Billy Elliot. Todavía cree, como creía entonces, que el arte puede salvar el alma, aliviar el corazón y convertirse en un refugio cuando todo lo demás parece tambalear.

Quizás esa sea la verdadera explicación de una carrera construida con paciencia, talento y perseverancia. No hubo fórmulas secretas. No hubo golpes de suerte. Hubo trabajo, disciplina, maestros, padres que primero sintieron miedo y después orgullo, escenarios enormes y salas diminutas, aplausos inolvidables y también noches difíciles.
Y hubo, sobre todo, una certeza que nunca cambió, la misma que acompañaba a aquella niña mientras acomodaba sus zapatillas de ballet antes de entrar a clase. La misma que hoy la acompaña unos segundos antes de que se abra el telón.
Que el escenario no era solamente el lugar donde quería trabajar, era, desde el principio, el lugar donde siempre había pertenecido.
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