CHIMENTOS
Juan Isola: “En el teatro independiente me puedo hacer preguntas que en el comercial no”

El recorrido del Juan Isola -actor, dramaturgo, director y docente-, atraviesa escenarios tan diversos como la televisión, el cine y el teatro. Su rostro se volvió familiar para el gran público tanto por su participación en diferentes publicidades, como por compartir escenas de películas con Adrián Suar. La multiplicidad de registros y formatos no alteró su búsqueda. “Es algo que hacemos a diario, constantemente”, repite el actor de El jefe del jefe (Paseo La Plaza), sobre una reflexión existencial que, según él, convierte a Hamlet, por ejemplo, en un texto imprescindible.
Es que, precisamente, el deseo de interpretar alguna vez a Hamlet sigue siendo el motor vital para Isola, quien reconoce en la obra de William Shakespeare mucho más que un desafío profesional. En una profunda charla con Teleshow confiesa: “Poder hacer Hamlet para mí sería un sueño total… Es como la obra icónica sobre la actuación, que se hace esa reflexión también sobre la vida, que me parece que es completamente profunda y es algo que a diario hacemos constantemente, constantemente. Es un poco el motor de, de la existencia. por eso me fascina”.
La pasión de Isola por el arte dramático no se limita a los papeles que encarna. También transmite su visión a nuevas generaciones como profesor, profundizando en el sentido de la actuación y en las preguntas que surgen sobre el escenario y fuera de él.
A lo largo de su trayectoria, Isola fue adoptado por distintos lenguajes y públicos, pero sostiene que el teatro le proporciona un espacio único para explorar los dilemas humanos.
—¿En qué proyectos estás trabajando actualmente?
—Ahora estoy haciendo El jefe del jefe en el Paseo La Plaza, con dirección de Javier Daulte. Además, arranco a ensayar a mitad de septiembre con Hernán Franco y con Nacho Bartolone una obra nueva en el Teatro Cervantes para estrenar el once de noviembre, El misterio de Irma Vep. Está escrita para dos actores y cuatro personajes cada uno.
—¿Cuál es el foco de la obra?
—Es como una parodia de las obras clásicas inglesas. Es la historia de una mujer que vive con su marido en una cabaña alejada y por una cuestión misteriosa, la mujer ha desaparecido, el hijo ha sido asesinado por un lobo y cuando matan al lobo que piensan que es el asesino de su hijo, se desatan una cantidad de monstruos por todos lados. Es muy loca, muy graciosa, es para delirar.
—¿Por qué quisiste ser actor?
—La razón, creo, no sé si la comprendo. Sí me acuerdo de que le dije a mi mamá: “Quiero ser actor” cuando tenía cuatro años y bailaba con mi abuela cuando me sacaron el yeso. Nací el pie rotado y la rodilla rotada. Tenía como el pie para adentro y no podía caminar. Me hicieron dos operaciones y me alinearon.
—Entonces…
—A mí me gustaba mucho Julio Bocca, me gustaba cómo bailaba, desaba poder imitarlo. Lo veía en la tele con mi abuela, con mi tía Graciela, que me llevaba mucho al teatro. Me gustaba disfrazarme. Jugábamos con mi hermana con disfraces que tenía mi tía, y que además los habían traído de España, eran viejísimos. Nos vestíamos y jugábamos todo el tiempo y era un deseo de querer ser otro, ser muchas personas. O hacer todas las cosas que la vida permitía. Y bueno, la actuación es un camino para eso.
—¿Cómo se fue desarrollando ese deseo?
—Yo arranqué a estudiar teatro a los diez años en el colegio y había varios profesores, pero habia uno solo de teatro.
—¿Te elegían para los actos?
—Me elegían, yo me proponía. Yo quería el protagónico siempre. Era protagonista de todas las fiestas de fin de año.

—Luego llego el tiempo de la escuela secundaria.
—Hice teatro durante la secundaria, y hacía representaciones ahí mismo. Una vez fui a lo de Augusto Fernández, pero me dijo que era muy chico para empezar y seguí actuando en el colegio.
—¿A qué edad fue eso?
—A los catorce, creo. Fui con mi vieja y me dijo: “No, bueno, traelo en unos años”. Después, a los diecisiete, me anoté en el conservatorio, me anoté en la UBA en Historia. Hice las dos carreras durante dos años y medio.
—¿Por qué pensás que te eligen? ¿Qué tenés vos?
—Supongo, o me gusta pensar, que tengo algo genuino o propio, que si bien soy una persona que consume muchas obras de teatro, de películas o lecturas, que me lleno de la cabeza de imágenes, todas pasan por un filtro personal que hace mi trabajo particular. Y se que hay deseo fuerte de ser visto, de actuar. Un deseo loco para actuar, como dice la artista Diana Szeinblum. Actuar es algo que me llama la atención. Obviamente que uno tiene sus límites, pero en la imaginación o en las imágenes uno puede hacer lo que quiera. Eso me excita, me genera emoción, me genera voluntad de vivir.
—Algunos lo llaman prejuicios: hay actores, en algunos casos, que e vuelcan solamente al teatro clásico, no suelen hacer comedia o televisión. ¿Qué opinás?
—Para mí eso es una tontería en el sentido de que está bueno hacer absolutamente todo, porque todo tiene su complejidad, su desafío y todo es: hay que hacerlo. Yo esto que estoy haciendo ahora, que son cuatrocientas funciones de una misma obra, no lo había hecho nunca en mi vida y la repetición entra, te forma. Yo aprendo muchísimo con lo que estoy haciendo ahora, que de otra manera no lo hubiera podido hacer. Yo pienso que de todos lados se aprende, seguramente.
—¿Qué aprendés de la repetición?
—Un nivel de repetición, de poder repetir lo mismo, de que suceda lo mismo en escena a otro nivel que nunca había sucedido, de hacer tantas veces la misma obra. Entonces ya empiezo a pensar de otra manera. Puedo ver la escena con mucho más tiempo, tengo más tiempo para percibir. El tiempo es el mismo, pero mi sensación es que estoy más cómodo, que puedo hacerlo si estoy muy cansado, que puedo hacerlo si estoy muy excitado y puedo mantener lo que necesita la obra de mí, lo que me pide el director también.
—¿Sentís que es un género menor hacer comedia?
—No, para nada. Es muy difícil hacer reír. Y lo que hacen Diego Peretti y Federico D’Elía es espectacular. Son completamente generosos y yo creo que estoy actuando con actores con una experiencia espectacular que son referentes. Eso es un privilegio.

—¿Cómo te llevás con la fama o el reconocimiento?
—No tengo ningún tipo de fama. Muchas veces me saluda la gente en la calle y la verdad es algo lindo porque se reconocen, se acuerdan de que te vieron actuar y está bueno, porque entonces pasó algo con esa persona. Me parece lindo. Eso es un halago también.
—¿Soñabas con actuar como alguien en particular?
—Referentes en todos lados, obviamente. Cuando era chiquito, Jim Carrey me parecía una cosa, una locura. Cuando lo veía no lo podía creer. Después, más grande, vi a Alejandro Urdapilleta dos veces actuar en teatro y me parecía también que estaba loco y me daba miedo y a la vez me gustaba eso. Agustín Rittano a mí me vuelve loco cada vez que lo veo. Me encantaría tener la voz de Agustín y el cuerpo de Hernán Franco. Pompeyo Audivert me parece una locura. Cuando lo vi en Habitación Macbeth fue sinceramente descomunal. Me encantaría actuar como él, sin lugar a dudas.

—¿Y una mujer?
—Cristina Banegas es una cosa que parte el escenario con su mirada, con su presencia. Tener la presencia de Cristina Banegas sería un gran deseo.
—¿Querés seguir trabajando de esto?
—Toda la vida. Soy un privilegiado, me encanta trabajar de esto, me parece fantástico. Ojalá que podamos seguir manteniéndolo toda la vida.
—¿Qué papel te gustaría interpretar?
—Hamlet para mí sería un sueño total. Me encantaría. Eso me vuelve loco. Porque es como la obra icónica sobre la actuación, que se hace esa reflexión también sobre la vida, que me parece que es completamente profunda y es algo que a diario hacemos constantemente. Cualquier decisión que tomamos es como: bueno, el ser o no ser, más allá de ser una persona o no ser esa persona. ¿Sigo estudiando teatro aunque nadie me llame o me pongo a manejar un Uber? Todo el tiempo esa decisión y me parece que es un poco el motor de la existencia. Por eso me fascina.

—¿Dónde sentís que más aprendiste?
—Para mí la obra donde más aprendí en mi vida fue con Lamborghini. Creo que lo que tenemos con Nacho Bartolone y con el actor Hernán Franco, es algo muy sincero, es un trabajo de teatro independiente que a mí me mantiene vivo, me da ganas.
—¿Por qué?
—Porque me puedo hacer preguntas que en el teatro comercial no podés. En el teatro comercial hay que rendir, hay que ser efectivo y es una cosa de una comunicación con la gente muy particular, muy única y muy hermosa. Trabajás para la gente y lo que pasa en el teatro independiente es que trabajas para vos y para la gente. Te podés permitir hacerte preguntas porque tenés más tiempo para hacer las cosas.

—¿Qué tipo de preguntas?
—Preguntas de qué es la actuación, cuáles son las imágenes que me gusta ver, qué cosas quiero contar. En el teatro comercial esa pregunta ya está dada porque la idea de personaje está muy arraigada y el relato hay que contarlo. Es un desafío complejo poder contar un relato que la gente lo entienda y que se vaya contenta. Las dos cosas me gustan y creo que una de las cosas alimenta a la otra.
—¿Qué te molesta del público?
—Me molesta cuando ponen una cara de: “A ver, haceme divertir”. Se ponen así, te miran como si fuera un emperador romano que tenés que hacerlo divertir. Eso no me gusta. Igual me voy a encargar de que se termine riendo y que salga de esa posición.
—¿Te pasa mucho eso?
—Sí, te pasan y algunos que se sientan a examinarte y vos decís: ¿Pero qué te pasa? ¿Qué te pensás que soy?. No empiezan jugando el juego, pero después se meten y está bueno. Otros no, pero bueno. Lo que en general no me molesta. Yo particularmente observo al público.
CHIMENTOS
La foto que confirma el romance entre La Joaqui y Tiago PZK: “Mi nuevo yerno”

Desde que trascendió la separación de La Joaqui y Luck Ra, la escena urbana argentina no paró de especular sobre sus movimientos amorosos. Las fotos, las canciones, las omisiones, todo se leía como un potencial mensaje. Primero, a él se lo vinculó con Tuli Acosta. Luego, a ella con Tiago PZK. Rumores, desmentidas, ambigüedades, interpretaciones de todo tipo. Pero nada con la fuerza de la foto publicada el viernes a la noche que ofrece un nuevo capítulo en este culebrón.
La responsable fue Vanesa Aranda, la madre de El Noba, el recordado artista fallecido en 2022 en un accidente de moto. El oriundo de Florencio Varela tenía una relación casi de hermandad con La Joaqui, y ella la mantuvo con sus familiares. De allí que el mensaje de Vanesa adquiriera un peso decisivo: “Que nervios mi niña me trae a conocer a mi nuevo yerno”, escribió antes de mostrar las fotos de la vista.

Las postales la muestran abrazándose con La Joaqui y Tiago PZK, mirando sonrientes cámara. La imagen llevaba de fondo “Pica”, el primer tema que La Joaqui grabó junto a El Noba. No fue una elección al azar. Aranda es hoy parte de la vida de la rapera con la misma naturalidad con la que lo fue durante los años en que su hijo estaba vivo, y esa canción funcionó como un recordatorio silencioso de todo lo que une a las dos mujeres más allá del escándalo sentimental. La foto posterior, de mesa larga y confraternidad, muestra a los ¿actuales? novios sentados juntos.
Que sea ella quien haga la presentación tiene un peso difícil de reemplazar. La Joaqui y El Noba —cuyo nombre real era Lautaro Coronel— se conocieron grabando “Lassie” junto a L-Gante y desde entonces construyeron una amistad que ambos describían como un vínculo de hermanos. Juntos lanzaron “Pica” y luego “Butakera”, esta última grabada pocos días antes de que el cantante muriera el 3 de junio de 2022, a los 25 años, tras un accidente de moto. Cuatro años después, la rapera sigue siendo parte de esa familia, y Vanesa la siente como una hija. Y, acaso, la mejor manera posible de empezar a blanquear una relación de la que, hasta el momento, ninguno de los dos se hace cargo.

Esta parte de la historia comenzó cuando La Joaqui dijo que nunca tuvo una pareja que no la haya engañado. Luck Ra respondió con un comunicado en el que negó la infidelidad, pero en el mismo texto confirmó sin querer lo que todos especulaban: que su ex ya estaba saliendo con “un ex gran amigo” suyo. El nombre de Tiago PZK quedó instalado en el centro de la historia.

La Joaqui no tardó en responder. En un descargo largo y filoso, cuestionó que Luck Ra expusiera su intimidad mientras decía respetarla, y le dedicó su frase más dura a la manera en que él había descripto al otro: “Vos sabés perfectamente que nosotros nos conocemos desde chicos. Existe entre nosotros una historia propia, anterior, profunda y completamente independiente de vos”. Y cerró con una advertencia: “Preservé cosas que podrían haberte dejado muy mal parado”.
Mientras el cruce se extendía en redes, Yanina Latorre sumó un dato concreto: La Joaqui y Tiago PZK habían pasado un fin de semana en Cañuelas. “Encerraditos, no asomaron ni las narices. Bomba y bomba”, escribió. Desde entonces, los dos eligieron el silencio público y las indirectas. Tiago reapareció en sus redes con un mensaje escueto —“Este mes saco música”— sin hacer ninguna referencia al escándalo. Pero en TikTok se lo vio cantando “te gustan villeros”, una frase de su propia canción que sus seguidores leyeron como una señal directa.
La Joaqui, por su parte, publicó un video abrazada a alguien cuya cara no se veía, con una canción de fondo que también apareció en publicaciones de Tiago PZK, Rodri RBZ y Candecaroo —lo que orientó las lecturas hacia una colaboración musical entre los cuatro—, y otro video usando el audio de “Los Dioses”, de Anuel AA y Ozuna y destacando la frase: “Me disculpo absolutamente con nadie”. Quizás un anticipo de una visita de viernes por la noche, en la que dio un paso más en lo que parece ser su nueva historia de amor.
CHIMENTOS
Nadie sabía que estaba embarazada, se lo ocultó a todos y fue mamá por primera vez los 40 años: su fortuna es de 900 millones de dólares y el papá del bebé es…

La noticia tomó por sorpresa al mundo del espectáculo: Lady Gaga fue mamá por primera vez a los 40 años y el hermetismo con el que manejó todo dejó a todos sin palabras. Recién en las últimas horas aparecieron las primeras imágenes, sacadas por el medio Page Six, junto a su bebé, lo que confirmó una historia que hasta ahora se mantenía en absoluto bajo perfil.
Según contó la periodista Ana Rugilo en C5N, la artista venía manifestando desde hacía tiempo su deseo de formar una familia. “Lady Gaga fue mamá a los 40 años, ella venía expresando su deseo de tener un bebé y lo tuvo con Michael Polanski, su pareja desde el 2020”, explicó.
Además, dio detalles del perfil del empresario que acompaña a la cantante en este momento tan especial: “Él es un graduado de Harvard con su propia empresa, 600 millones de dólares, su fortuna. Ella, 900 millones de dólares, entre los dos tienen 1500 millones de dólares”, agregó, marcando el peso de la pareja dentro del mundo empresarial y artístico.
Lo que más llamó la atención fue el nivel de discreción con el que se manejó todo. “Estas fotos las sacaron los paparazzi de Page Six, que es un medio de espectáculos estadounidense. No se sabía, el hermetismo total. Pero no se sabía ni que estaba embarazada. No, sí se sabía que estaba embarazada. Había muchos rumores porque se presentaba y se le veía una leve pancita”, detalló Rugilo, reflejando la confusión que existía en torno al embarazo.
CONMOCIÓN MUNDIAL: LADY GAGA FUE MAMÁ A LOS 40 AÑOS
Las imágenes que confirmaron la noticia fueron tomadas en un contexto muy particular. “Estas fotos que le sacaron que estábamos viendo recién eran en las calles de San Francisco, porque ahí se encuentra la mansión del empresario con quien está en pareja”, precisó la periodista sobre el lugar donde fue vista la artista.
Rugilo también aportó una cuota de humor al analizar el impacto que tendrá esta nueva etapa en la vida de Gaga: “Ahora, se va a tener que cambiar los trajes porque el bebé se va a asustar”, lanzó, en referencia a los looks extravagantes que caracterizan a la cantante.
“Es una noticia muy importante para el mundo de Hollywood y estas fotos están recorriendo el mundo”, cerró, dejando en claro la magnitud de un anuncio que, como todo en la vida de Lady Gaga, no pasó desapercibido y ya genera repercusión a nivel global.
Lady Gaga, Michael Polanski
CHIMENTOS
Mitos, señales y secretos de La dama regresa, la película con la que Isabel Sarli volvió al cine tras 15 años de duelo

Durante quince años, Isabel Sarli desapareció de la pantalla grande. No hubo estrenos, flashes ni llamados que consiguieran convencerla de regresar. La mujer que durante décadas había desafiado a la censura, que había recorrido con sus películas buena parte del mundo y que se había convertido en uno de los grandes mitos del cine argentino decidió, después de la muerte de Armando Bó, correrse de escena.
Se refugió en su mítica quinta de Martínez, rodeada por sus hijos, sus animales y los recuerdos de una vida que parecía haber quedado detenida aquella noche de octubre de 1981. Allí, lejos de las cámaras, transcurrieron los años en los que Isabel Sarli intentó aprender a vivir sin el hombre que había sido su compañero, su director, su protector y, como ella misma repetía, el gran amor de su vida.
Recién en 1996, cuando ya tenía 66 años, volvió a ponerse frente a una cámara para protagonizar La dama regresa, la película de Jorge Polaco y coprotagonizada por Edgardo Nieva, que significó uno de los regresos más singulares y conmovedores de la historia del cine argentino.
Para entonces, Isabel ya era mucho más que la mujer que alguna vez había escandalizado a una sociedad acostumbrada a mirar el deseo a escondidas. Había nacido como Hilda Isabel Gorrindo Sarli el 9 de julio de 1929 en Concordia, Entre Ríos, en una familia atravesada desde temprano por las ausencias. Su padre, Antonio Francisco Gorrindo, abandonó a la familia cuando ella tenía apenas tres años y su madre, María Elena Sarli, debió trasladarse con sus hijos a Buenos Aires. El pequeño hermano de Isabel, el único varón de la familia, murió cuando apenas tenía cinco años. Con el paso del tiempo, su padre intentó volver a establecer contacto con ella, Isabel se negó. La herida de aquella infancia había quedado demasiado profunda.
La necesidad de ayudar a su madre la llevó a trabajar como secretaria. Pero su belleza pronto abrió otra puerta. Comenzó a modelar para distintos productos y aquella actividad creció hasta convertirse en una carrera. En 1955 fue elegida Miss Argentina y llegó a semifinalista de Miss Universo. Durante aquella etapa conoció incluso a Juan Domingo Perón. Pero todavía no sabía que su vida estaba a punto de cambiar para siempre.
En junio de 1956 apareció Armando Bó. El encuentro con el director marcó el comienzo de una sociedad artística y afectiva que se extendería durante 25 años y cuatro meses. Bó descubrió en Sarli algo que iba mucho más allá de una belleza exuberante: una presencia capaz de llenar la pantalla, una mezcla de sensualidad, ingenuidad, fuerza y vulnerabilidad que terminaría convirtiéndola en una figura irrepetible. La convenció para protagonizar El trueno entre las hojas, la película que marcó su debut con él y que incluyó el primer desnudo del cine argentino.
A partir de entonces, sus nombres quedaron unidos para siempre.
Llegaron Furia infernal, Favela, Carne, Fiebre, Fuego, Sabaleros, Embrujada e Insaciable, entre muchas otras. Fueron treinta producciones realizadas junto a Bó y una carrera que no conoció fronteras. Las películas fueron censuradas, recortadas, discutidas y prohibidas en algunos lugares, pero también viajaron por caso, por México, Paraguay, Uruguay, Panamá, Rusia, Japón y Estados Unidos. Isabel se transformó en un fenómeno internacional, con una presencia avasallante que construía su propia leyenda en tiempo real.
Pero detrás del mito había una mujer cuya vida privada permanecía mucho más protegida de lo que sugerían aquellas imágenes.
La relación entre Sarli y Bó nunca fue oficializada. Durante el tiempo que permanecieron juntos, el director continuó viviendo con Teresa Machinandiarena, su esposa. Para el público, sin embargo, la sociedad entre Isabel y Armando era un secreto a voces. Ellos construyeron una historia que trascendió las películas y que quedó marcada por una dependencia mutua que Isabel admitiría una y otra vez a lo largo de los años.
Entonces llegó el 8 de octubre de 1981, cuando Armando Bó murió de cáncer a los 67 años. Para Isabel no fue solamente la pérdida de un director. Se había ido el hombre que había acompañado prácticamente toda su vida adulta, quien había moldeado su carrera y con quien había compartido escenarios, viajes, rodajes, éxitos, censuras y discusiones. Esa muerte significó también el final de una etapa profesional que Sarli no estaba preparada para cerrar. Después de aquella pérdida, desapareció.
Durante quince años, Isabel se recluyó en su quinta de Martínez. El cine, que había sido su mundo durante un cuarto de siglo, dejó de formar parte de su rutina. No aceptó propuestas. No quiso volver a exponerse. No quiso reemplazar a Armando ni trabajar bajo la mirada de otro director. Tampoco quería enfrentar la posibilidad de descubrir que aquello que había construido junto a él ya no podía repetirse.

Ella misma lo explicó muchos años después, cuando finalmente regresó: “Muchos miedos tenía de volver al cine. Sólo había hecho películas con Armando Bó, una con Torre Nilsson (Setenta veces siete) y una más en África con otro director, pero siempre con el ojo vigilante de Armando. Les dije que no siempre a todos, no sólo porque no quería volver y porque añoraba lo que había perdido, sino porque tenía miedo. ¿Se imagina un regreso con fracaso?”.
En esa frase estaba condensado buena parte de su silencio. No se trataba simplemente de una actriz retirada. Había quedado viuda de una manera particular: más que un marido, o un amante, había perdido al hombre con quien había construido su identidad artística. Volver al cine implicaba aceptar que podía existir una Isabel Sarli sin Armando Bó. Y durante años no estuvo dispuesta a comprobarlo.
En aquella casa encontró otra forma de compañía. Vivía con sus hijos adoptivos, Isabelita y Martín, y con una verdadera familia de animales: perros, gatos, loros y tortugas. Los animales ocuparon el espacio que antes habían llenado las filmaciones, los viajes y la presencia cotidiana de Armando. En aquel refugio doméstico, volvió a construir una intimidad lejos de las cámaras.
También estaban los recuerdos. Por las noches, decía, hablaba con las dos estrellas más brillantes que encontraba en el cielo y que asociaba con sus muertos más queridos: su madre, María Elena, y Armando. El duelo no tenía fecha de vencimiento.
En 1992 un episodio médico volvió a poner a Isabel frente a su propia fragilidad. Se desmayó en su casa y fue trasladada a la Clínica Bazterrica. Los estudios revelaron un tumor cerebral y los médicos debieron realizarle una cirugía de urgencia. La operación era de máximo riesgo, pero resultó exitosa. Sarli logró recuperarse.

Sin embargo, aquella intervención dejó consecuencias que también debió afrontar. Le suministraron medicación para prevenir la formación de coágulos y aumentó considerablemente de peso. Para recuperar su estado físico contó con la ayuda del doctor Alberto Cormillot, aunque ella misma reconocía, con su característico sentido del humor, que no siempre podía resistirse a sus comidas favoritas.
Cuando se cumplían quince años desde su alejamiento de las cámaras, Jorge Polaco apareció con una propuesta inesperada. El director quería que Isabel protagonizara La dama regresa, casi una historia autobiográfica.
La película tenía algo de espejo de la propia historia de Sarli. En el centro estaba Aurora, una mujer que había sido despreciada y humillada por los habitantes de Laguna Verde, su pueblo natal, porque la consideraban una mujer de costumbres cuestionables. Después de muchos años, Aurora regresaba convertida en una mujer rica, luego de haber quedado viuda de un hombre millonario. Su aparición alteraba la tranquilidad del pueblo, despertaba viejos rencores y encendía la envidia de quienes alguna vez la habían juzgado.
Ahora era ella quien tenía el poder. Aurora regresaba para cobrarse una suerte de revancha. Y, de alguna manera, la historia también podía leerse como una metáfora del retorno de Isabel Sarli.

La actriz que durante años había sido juzgada, censurada, cuestionada y reducida muchas veces a su condición de símbolo sexual, volvía al cine después de haber atravesado una enfermedad grave, la muerte del hombre más importante de su vida y una década y media de silencio. Ya no era la muchacha que había irrumpido en El trueno entre las hojas. Era una mujer de 66 años que volvía con otra historia en el cuerpo y otra memoria en los ojos.
Ella sabía perfectamente que el regreso podía ser un fracaso: “Fueron muchos años lejos de las cámaras: comprobé que el cine no me había dejado a mí sino que yo había dejado al cine”.
El rodaje tuvo además una coincidencia que Sarli vivió como una señal. Polaco debió postergar el comienzo porque había contraído culebrilla. Finalmente, las cámaras comenzaron a rodar el 9 de octubre de 1995, exactamente el día en que se cumplían catorce años de la muerte de Armando Bó.
El primer día, Isabel llegó al rodaje junto a su maquillador, Jorge Bruno. Viajaban en auto hacia el hotel alojamiento donde los esperaba el equipo para filmar. En el camino recordaron la fecha. Hablaron de Armando. Y los dos terminaron emocionados: “Recordamos la coincidencia y se nos cayó una lágrima”, relató.

Incluso hubo otro momento íntimo relacionado con Bó. Durante el rodaje, Sarli y Polaco fueron a pedirle ayuda. Querían que, de alguna manera, Armando los acompañara desde algún lugar. El regreso no significaba olvidarlo, era aprender a filmar sin él.
En el set, Isabel encontró además algo que la hizo sentirse protegida. Había animales. Estaban los recuerdos y los afectos. Había personas que conocían su historia y entendían que aquel regreso era mucho más que un trabajo: “Estoy contenta, muy contenta. Estuve rodeada de amigos, entre ellos Jorge Bruno, mi maquillador. Polaco me cuidó mucho y había animalitos, de modo que me sentí muy mimada”.
También recuperó parte de su propia historia a través de la ropa. El vestuario estuvo a cargo de Horace Lannes, pero Sarli quiso incorporar cuatro vestidos que habían sido diseñados por Paco Jamandreu, uno de los grandes nombres de la moda argentina y quien la había vestido durante años. Algunos tenían dos décadas y reflejaban a la Isabel de otra época regresando para encontrarse con la mujer que había sobrevivido al paso del tiempo.
Por eso quiso homenajear a Jamandreu. Incluso recordó una de las escenas más particulares de la película: cuando canta La morocha en medio de la cancha de Boca lleva uno de aquellos vestidos. El pasado volvía a entrar en cuadro.

El 12 de septiembre de 1996, finalmente, La dama regresa llevó a Isabel Sarli otra vez a la pantalla. El filme no podía devolverle a Armando. Ninguna película podía hacerlo. Pero le permitió comprobar que todavía podía habitar una pantalla sin él.
Treinta años después de aquel estreno, La dama regresa permanece como una pieza singular dentro de la historia del cine argentino, pero también como el testimonio de una mujer que necesitó quince años para volver a enfrentarse con aquello que había sido su vida. Sarli había conocido la gloria, la censura, el éxito internacional, el amor, la pérdida, la enfermedad y el retiro. Y cuando regresó, lo hizo con una historia que parecía escrita especialmente para ella: la de una mujer que había sido expulsada simbólicamente de un lugar y que volvía convertida en alguien diferente, con la posibilidad de mirar a quienes alguna vez la habían juzgado desde otra posición.
Las repercusiones dividieron aguas, en una polémica a la que la Coca estaba acostumbrada. Parte de la crítica objetó cierto grotesco tanto en las actuaciones como en el guion, mientras otros reivindicaron el estilo kitsch que dialogaba de alguna manera con su pasado.
Lo que quedó claro es que para la Isabel de carne y hueso no significó un regreso definitivo a los primeros planos del espectáculo. Más allá de un puñado de apariciones en cine, teatro y televisión, eligió volver al refugio de Martínez, a esa zona de confort autoimpuesta desde la partida de Armando.

Isabel Sarli murió el 25 de junio de 2019, a los 83 años, en el Hospital Central de San Isidro. Había sido internada desde mayo de aquel año después de una operación de cadera y su estado general de salud se deterioró hasta que una infección urinaria y una neumonía derivaron en un shock séptico.
Pero mucho antes de aquella despedida definitiva, hubo una mujer que durante quince años decidió apagar las luces de su camerino y quedarse en casa. Una mujer que se negó a volver porque tenía miedo, que perdió al hombre que había sido su compañero y su director, que encontró refugio entre animales, hijos adoptivos, recuerdos y noches silenciosas.
Una mujer que sobrevivió a un tumor cerebral. Y una mujer que, finalmente, volvió.
Cuando las cámaras de Jorge Polaco comenzaron a filmar La dama regresa, Isabel Sarli no solamente estaba regresando al cine. Quizás por eso aquella lágrima que cayó en el auto junto a su maquillador, al recordar a Armando Bó en el primer día de rodaje, decía mucho más que cualquier estreno.
Porque algunas ausencias no se miden en años, se miden en todo lo que una persona tuvo que atravesar para animarse, finalmente, a volver.
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