CHIMENTOS
Entre vértigos, vuelos y sueños, el salto sin red de Nacho Pérez Cortés en el teatro argentino

La cartelera teatral porteña siempre tiene espacio para el asombro. A veces es una historia que desafía lo cotidiano, otras es un protagonista que ilumina todo el escenario con su sola presencia. Nacho Pérez Cortés es uno de esos nombres que hoy resuenan con fuerza en el circuito y que no pasan inadvertidos. A los 32 años, el artista santafesino brilla en La Cúpula, la nueva aventura de Flavio Mendoza que fusiona talento, riesgo y tecnología en una apuesta única. Y en una charla íntima con Teleshow, no solo desplegó su carisma y su arte, sino que también abrió la puerta a sus recuerdos, sus aprendizajes y su mirada sobre el teatro argentino.
Desde General Lagos, ese rincón de Rosario que lo vio dar sus primeros pasos, Nacho entendió desde chico que la vida podía ser un escenario y que los sueños no tenían límites. A los siete años ya perseguía la vocación artística con la certeza de quien sabe que la pasión es su verdadero motor. Entre años de estudio y perfeccionamiento para formarse en el exterior, fue forjando una carrera donde lo clásico y lo moderno se encuentran. Supo ser protagonista en The Rocky Horror Show, Más de 100 mentiras y Priscilla, la reina del desierto. Compartió escena con Elena Roger en Piaf, se lució en La Revista del Cervantes y hoy corona su recorrido en La Cúpula, sumando cada experiencia como un escalón más hacia su propio estilo, y próximamente como parte de Hedwig y la pulgada furiosa.
Pero hay algo más en la historia de Pérez Cortés, un brillo especial que lo llevó a cruzar fronteras y a vivir momentos impensados: desde audicionar para Steven Spielberg hasta pasar por ShowMatch y ganar un lugar ante el público argentino. Hoy, con el vértigo de un escenario 360, plataformas y una puesta que mezcla teatro, circo y cine, Nacho demuestra que la valentía y el deseo de superarse son parte de su ADN.
—De General Lagos a los escenarios de Buenos Aires y hasta experiencias en el exterior. ¿Cuándo y cómo descubriste que el arte iba a ser tu camino?
—Arranqué a muy tempranada edad. Estudié en Teatro El Círculo y empecé a los siete años. Creo que fui yo quien le dijo a mi mamá que quería hacer teatro, aunque en mi familia nadie se dedicó a esto. Hice otras cosas, pero el teatro siempre fue lo que se sostuvo. Seguí durante toda la secundaria y, al terminar, me dieron una beca para Point Park en Estados Unidos. Al volver, hice Nazareno Cruz y el Lobo con Hernán Piquín y Juan José Camero, y después unas funciones en el Cervantes. Ahí me quedé y pensé: “Quiero intentar hacer de esto una vida”. Ese año también gané otra beca para Jacob’s Pillow Dance. Después llegó mi primer trabajo oficial y pago, Más de cien mentiras, en el Liceo, como bailarín y reemplazo de uno de los protagonistas. Fue entrar por una puerta grande a lo laboral.
—¿Cómo fue el salto de enfrentarte con el nivel artístico de otros lugares?
—Para mí lo de Estados Unidos fue un cachetazo de realidad. En Rosario sentía que tenía ciertos conocimientos y me iba bien, pero al llegar allá, sobre todo bailando, el nivel era otro. Eso me hizo volver y también mirar Buenos Aires de otra manera, porque Rosario era un mundo y acá otro. Como empecé tan chico, después el camino se fue acomodando con las cosas que tenía ganas de hacer y las que no, y los lugares donde sentí que no era para mí. Fue un privilegio enorme haber empezado así.
—¿Percibiste muchas diferencias entre los lugares en los que te moviste, o sentís que en el fondo los desafíos son los mismos, sea cual sea la “pecera”?
—Creo que, como dice el principio hermético, “así como es arriba es abajo”. En Rosario tenía un lugar, pero cuando cambié de “pecera” me di cuenta de que todo requiere esfuerzo, estrés, adaptabilidad. Al final, creo que hasta Brad Pitt debe sentir lo mismo antes de un estreno. En todos lados hay microclimas, pero los desafíos y las relaciones humanas se repiten. Uno decide cómo pararse frente a eso y con quién vincularse.
—¿Qué rol jugó tu familia en esos primeros pasos?
—Tuve la suerte de que mis viejos me apoyaron desde el principio, me llevaban a teatro de chico y siguen yendo a lo que hago. No es común, sobre todo viniendo de un pueblo. Muchos padres de amigos exigían otras carreras. Cuando vine a Buenos Aires, viví con mi tía en Lomas de Zamora, pero siempre tuve el apoyo emocional y práctico de mi familia. Incluso hoy, los hago parte de las decisiones grandes. Mi vocación siempre fue clara y el escenario es mi hábitat.
—A lo largo de tu carrera tuviste experiencias muy distintas, pero ¿hay alguna que te haya marcado especialmente, una figura que te haya dado una enseñanza clave?

—A los 24 años, tuve una experiencia increíble con Spielberg. Audicioné para el personaje de Bernardo en West Side Story. Viajé tres veces en un año a Estados Unidos, hice pruebas de cámara, lo conocí y trabajé con él. Verlo tan involucrado con su camarita personal, buscando planos, metido en el oficio, fue impresionante. Lo que más me marcó fue su respeto por el oficio y por todos, incluso por mí que era un desconocido. Me hizo entender que la actitud y el amor por el trabajo son lo que te hace grande, más allá de la fama. Aunque no quedé en la película, esa experiencia me cambió la cabeza y también me ayudó a entender el valor de separar el oficio del resultado.
—¿Cómo atravesás esos “no” en tu carrera carrera?
—Es difícil. Audicioné tres veces y al final eligieron a otro. Hay que aprender a separar el valor del trabajo del resultado. El rechazo y la exposición son parte del oficio. Volví de eso y no conseguía casting acá; pensé: “Me acaba de abrazar Spielberg y acá no pego un bolo”. Pero el oficio es así, tiene muchos altibajos. Hay que encontrar una forma de vivirlo con alegría y paz, y empezar a tomar el volante de la decisión sobre qué proyectos elegir.

—¿Qué proyectos marcaron un antes y un después en tu recorrido?
—Trato de que cada proyecto me saque del lugar cómodo. Sandro, un gran show el año pasado me marcó mucho. Son roles donde pongo el cuerpo, bailo, canto, actúo, todo junto. También Avenida Q fue un desafío enorme, dos títeres, dos voces, multitasking total. Esos lugares de libertad y superconcentración son los que más me llegan.
—Hoy te toca ser parte de La Cúpula, un espectáculo técnicamente exigente. ¿Cómo surgió la oportunidad y qué te atrajo del desafío?
—Me convocaron a principios de año, Cata y Edu Gondell, con quienes ya había trabajado. Me presentaron la oportunidad de trabajar con Flavio Mendoza, que imaginó un personaje host. El show combina proyecciones 360, escenario giratorio, plataformas, circo, teatro, tecnología, cine. Nunca había trabajado con Flavio ni hecho vuelos, así que fue un desafío tremendo. Me dieron mucha libertad para encontrar el personaje y para mezclar lo técnico con lo artístico. El vértigo de volar era real, nunca había hecho acrobacia o fuerza bruta. En el estreno me quedé colgado, se trabó el motor, tuve que seguir la escena desde arriba. Fue un aprendizaje enorme.

—¿Cómo es la dinámica de trabajo con Flavio Mendoza y el equipo?
—Me sorprendió la construcción de sí mismo y de su marca, cómo apuesta siempre a cosas nuevas y complejas. Maneja equipos enormes y sabe rodearse de gente talentosa. Me sentí valorado al ser elegido. Es un desafío técnico y humano, porque hay que resolver mil problemas todo el tiempo. Es tremendo el nivel de producción, el nivel de problemas: una cosa así trae un montón de problemas, porque un problema arrastra a otro. Entra una estructura y decís: “La rueda se traba, ¿y ahora cómo seguimos?”. Eso te modifica todo. Valoro mucho la apuesta y la elección de traer algo nuevo y meterse en un quilombo pudiendo hacer otra cosa que ya sabe hacer y le sale fácil. Esa actitud frente a la creación está buenísima.
—Venís de otro suceso como La Revista del Cervantes. ¿Qué significó para vos ese fenómeno?
—No soy del elenco original, se abrió una vacante y enganché. Conocía a varios del elenco y trabajar en el Cervantes siempre es un placer. El espectáculo devolvió valor a la revista, la sacó de un lugar menor y mostró la época de oro del género.
La curaduría de Gonzalo Demaría permitió recuperar material de 1920 que sigue funcionando hoy. Me sorprendió cómo la comedia y la política de hace cien años pueden resonar tanto en el presente. Cómo material noble se resignifica y la gente lo vuelve a encontrar. El teatro debería acercarnos a mundos desconocidos, invitarnos a preguntarnos sobre nosotros, no solo sobre cosas de afuera. No porque sea de afuera está mal, pero es difícil relacionarse con historias de otro contexto. Siendo argentinos, tenemos historia, artistas, preproducción, una construcción desde la nada.
—Con tanta cartelera y tantas producciones extranjeras, ¿qué sentís que falta para que el público priorice más el teatro nacional?
—Creo que hay un problema coyuntural entre la visión de los productores grandes y los independientes. Hay una brecha entre el productor que pone mucha plata y no se anima o cree que los materiales propios y la construcción de una obra con identidad e intencionalidad son pérdida de tiempo o de recursos, cuando creo que es todo lo contrario. Es más fácil construir una obra propia, aunque lleve más tiempo para sacarle provecho, que comprar una lata de afuera. Igual tiene que haber lugar para todo. Pero se supone que la gente valora más lo que conoce de nombre que las propuestas nuevas.

El teatro está invitando a una nueva generación, los más jóvenes, que están ávidos de teatro porque no sabían que existía. Hoy el teatro es lo único que reemplaza a la pantalla, lo único que le mete resistencia, que invita a ir a un lugar, a una hora, a ver algo que no se repite nunca igual. Si no hay espectador, la cosa no funciona. Cuando aparece el espectador, la materia se modifica. Ir a ver algo que te invade los sentidos y te pasan cosas que no tienen que ver con lo literal de lo que pasa. Cuando hay obras de afuera o traés una, ahora al no haber ficción nacional o haber pocas series, no se generan nuevos famosos como antes. Hace un tiempo, Carlos Rotemberg decía que no hay nuevos famosos como Luciano Castro, que salió de la televisión, y ahora como no hay lugar en la ficción, pasan al teatro. La producción teatral termina pareciéndose más a la televisión y se asume que la gente quiere eso.
Si voy a ver teatro, quiero ver algo que esté bueno. Hay, pero predomina en el off, donde la gente puede dominar recursos y tomarse un año para escribir y hacer laboratorio antes de estrenar. Si no hay ese “riesgo”, el riesgo es poner recursos en algo probado para otra cultura. Está buenísimo si traes algo de afuera, pero ¿qué pasa si contás un musical en un contexto propio? No tiene que ser literal, pero la pregunta es por qué hacemos esto, cuál es el objetivo, qué queremos generar en los espectadores. Si el valor está en la recaudación, en salir en Instagram con la fotito y ya está, el teatro está en contra de sus propios intereses. Como en todos lados, la coyuntura muestra grietas sociales y hay grupos más sectorizados: los que van a ver teatro independiente, comedias, musicales. Lo ideal es no solo integrar públicos, sino crear un espacio de encuentro.

—¿Cómo vivís la exposición comercial y el fenómeno de las redes sociales con el teatro?
—Hoy todo tiene una mirada empresarial. Se elige a los conocidos para la prensa y la convocatoria, pero el público de teatro es distinto. Yo elegí bajarme un poco de esa exigencia de estar en todo, prefiero enfocarme en estudiar, trabajar y hacer lo que me gusta. El teatro es un oficio que requiere disciplina y entrega; la revancha está cada noche.
—¿En qué momento de tu carrera sentís que estás?
—Es un momento muy lindo, con muchos proyectos. Estoy por estrenar Tres pálidas hermanas en MILION, una especie de microteatro. También estoy preparando Hedwig y la pulgada furiosa, un musical desafiante y de transformación física y emocional, que se estrena el próximo 17 de septiembre en el Centro Cultural El Maquinal. Me gustaría seguir creciendo en cine, trabajar con directores que admiro y tener más frecuencia en ese mundo. Pero siempre buscando proyectos que me inspiren y me saquen del lugar cómodo.
Fotos: Gentileza de prensa y Nacho Pérez Cortés.
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Cómo nació la polémica y estrecha relación entre un súper famoso y el femicida Ricardo Barreda: «Fue el amigo que lo acompañó hasta el final»

El estreno de la película Barreda, protagonizada por Luis Machín, volvió a traer a la escena la repudiable figura del femicida Ricardo Barreda, uno de los personajes más siniestros de la historia reciente. Pero también refrescó la parte más oscura de un sector de la sociedad: su reivindicación. Porque durante años, insólitamente, muchos no solo han justificado sus crímenes: también lo han enaltecido.
Incluso, Attaque 77 —el grupo de punk de Villa Ballester, que fue capaz de escribir un reconocimiento al doctor René Favaloro— llegó a dedicarle una canción: Barreda’s Way.
Pues bien, hace unas horas el periodista Federico Fahsbender reveló una historia desconocida. «Barreda tuvo un amigo rockero, un amigo que lo acompañó hasta el final. Su último amigo«, sorprendió, en el streaming de Infobae. Avisando que no revelaría su nombre —la única condición que el músico le exigió para hablarle de este vínculo—, Fahsbender detalló que es «muy conocido, con discos fundamentales y giras en el exterior».
Este músico conoció a Barreda en 2018, cierto día en que —siempre de acuerdo al relato del periodista— «se encuentra con un hombre por San Martín, con olor a croto, mal vestido, que vivía en una pensión de mala muerte». No obstante, no lo reconoció: no supo que se trataba del asesino que había quedado libre tras cumplir su condena por un cuádruple femicidio.
Como «le da pena» este hombre mayor, entonces «le consigue una mejor habitación en la pensión, le compra una camisa, una colonia, un jabón para que se afeite, y de a poco lo empieza a integrar a su vida». De esta manera, en ese mismo año va a un asado con su banda en Villa Ballester.
Antes de entrar con Barreda, el rockero llamó aparte a sus compañeros: «Muchachos, traje un invitado. Se llama Ricky. Un tipo que ya pagó su condena, por favor no le hagan preguntas, no lo hagan sentir incómodo. Si no lo quieren acá, diganmé y me lo llevo». «No, no, traelo», fue la respuesta a coro de los otros músicos.
El asesino se integró al encuentro, ante la mirada de los otros integrantes del grupo, que se preguntaban si efectivamente era él. «Barreda saluda, toma vino, come la picada, cuenta chistes de salón. Después del postre, el rockero se lleva a la Barreda. Y (los músicos) dicen: ‘Era Barreda’».
Al parecer, cuando el músico «se entera» que aquel hombre era de Barreda, no interrumpe el vínculo: «Ya era su amigo para ese entonces. No le interesaba el morbo de tener un vínculo con un asesino de mujeres, sino que quería demostrar un poquito de caridad«. «Durante dos años construyeron una relación de amistad —concluyó Fashbender—. No lo justifico: para él, era ayudar a un viejo desvalido, que estaba a esto de la indigencia».
LOS CRÍMENES DE BARREDA Y UNA SOCIEDAD PERMISIVA
Ricardo Barreda protagonizó uno de los crímenes más brutales de la historia policial argentina. El 15 de noviembre de 1992 asesinó en La Plata a su esposa, Gladys McDonald; a su suegra, Elena Arreche; y a sus dos hijas, Cecilia y Adriana. Después intentó simular un robo, pero terminó confesando y fue condenado a reclusión perpetua.
Durante años, parte de la sociedad y de los medios convirtió al femicida en una figura casi folclórica, repitiendo sus excusas y banalizando el crimen. Esa mirada desplazó del centro a las cuatro mujeres asesinadas y alimentó una narrativa que hoy resulta inadmisible.

Ese es justamente el punto que busca revisar Barreda, la película de Prime Video dirigida por Daniela Goggi y protagonizada por Luis Machín, junto a Carla Peterson, Mercedes Morán, Maite Lanata y Margarita Páez. La historia intenta correrse de la versión del asesino y recuperar la identidad de sus víctimas.
Así, la película propone volver sobre el caso desde otra perspectiva: no la del supuesto “hombre maltratado” que Barreda quiso construir durante años, sino la de un hombre condenado por asesinar a cuatro mujeres de su propia familia.
Ricardo Barrera; Película
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Marta Fort presentó a su novio y recibió una romántica propuesta: «Estás esperando un anillo»

Marta Fort y Juan Manuel Ramírez se conocieron de una manera poco convencional: en junio, durante una dinámica en vivo en Blender at Night, el ciclo de José María Listorti, donde la influencer lanzó una búsqueda de candidatos para acompañarla de viaje. Entre los perfiles que aparecieron estaba el del joven uruguayo de 28 años, quien logró captar su atención y conquistó su corazón. La hija de Ricardo Fort tomó la decisión de mantenerlo alejado de los reflectores y, en sus redes sociales, lo mostró tan solo una vez, sin embargo, en el mimso programa en el que lanzó la campaña para concer un novio, se dio un emotivo momento.
La joven había llegado al ciclo conducido por Listorti para brindar un reportaje, y lo hizo acompañada del joven, que aguardaba fuera del cuadro. El conductor lo notó enseguida y lo invitó a sumarse a la transmisión. “¿Sos vos Juan?”, preguntó al aire, mientras uno de los panelistas aclaraba: “Juan se llama”. Listorti insistió con humor: “Juanma, ¿sos vos?”. El joven confirmó entre risas: “Soy yo, estoy acá”.
Con esa confirmación, el conductor lo presentó ante el estudio: “Señores, Juan Manuel, el novio de Martina”. Ramírez se sumó al panel entre aplausos y saludó al anfitrión, que lo recibió con elogios: “Qué lindo pibe”, “Cuánta facha que tenés”, “Estás impecable”.
Una vez en el panel, José María buscó reconstruir la cronología del vínculo y preguntó cuándo habían empezado a salir. “¿Tienen la fecha, digamos, de aniversario, cuál sería?”, quiso saber el conductor. Ramírez respondió de manera imprecisa: “De cuando arrancaron”, y otro de los presentes aportó una referencia aproximada: “En algún momento de junio”.
La falta de precisión llevó a Listorti a preguntar directamente si ya eran novios. La respuesta los sorprendió: “Nos estamos conociendo, todavía no somos novios”. Ramírez completó esa definición con una frase que generó aplausos: “Todavía no, pero la respeto como si fuera”. “Trámite largo, eh”, agregó entre risas, y el conductor coincidió: “Claro, trámite largo”.
Listorti insistió en encontrar al menos una fecha simbólica. “¿Hay una fecha del primer beso? Tiene que haber una fecha”, planteó. Ramírez sugirió revisar el historial de mensajes para precisarlo y uno de los presentes ofreció una referencia geográfica: “Habrá sido, no sé, la semana y pico de que yo llegué a París”.
El conductor entonces llevó la conversación a un plano hipotético: “Vos suponete que el día de mañana se casan, tienen hijos. ¿Cuál va a ser la fecha de aniversario?”. La respuesta anticipó lo que vendría: “Cuando nos pongamos de novios”.
Listorti fue más directo: “¿Qué falta para que sean novios en serio? ¿Qué falta?”. “La propuesta, la propuesta”, respondieron desde la mesa. Ramírez interpretó el comentario con humor: “Ah, estás esperando un anillo”. El conductor preguntó si se trataba de un anillo de compromiso, y el joven confirmó: “El compromiso”. Desde la mesa aclararon que ese paso aún no había llegado.
Listorti no dejó pasar el momento: “Hoy es el día, hoy es el día”. Ramírez asumió el desafío: “Lo tengo que proponer”. Tomó un micrófono, miró a la heredera chocolatera frente al público y lanzó la pregunta: “¿Querés ser mi novia?”. Sin vacilar, la influencer contestó: “Sí, quiero”, y selló la confirmación con un abrazo y un beso en vivo, ante los aplausos del estudio.
El momento quedó registrado en el streaming y rápidamente se viralizó en redes sociales. Así, el mismo programa que en junio sirvió de escenario para que Marta Fort lanzara su búsqueda de pareja fue también el testigo de su oficialización: tres meses después, y ante los mismos panelistas, la hija de Ricardo Fort y el uruguayo Juan Manuel Ramírez cerraron el círculo con un beso en vivo.
Marta Fort,Pareja,Bulldog francés
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Dejó el marketing para ser famoso, Susana Giménez se fijó en él, y ahora se sometió a un cambio radical para cumplir su sueño: «Llevé mis límites a otro nivel»

Antes de que Lisandro Navarro entrara a Gran Hermano, su vida transcurría bastante lejos de los flashes. Llevaba más de una década como asesor financiero y había estudiado Marketing en la Universidad de Ciencias Empresariales y Sociales. Pero desde su presentación en la Casa más famosa del país dejó en claro que buscaba un «cambio radical». ¡Y vaya si lo consiguió!
El reality lo convirtió en Licha, uno de los hombres más comentados de aquella edición (la del 2023), tanto por su carácter y sus enfrentamientos con Furia Scaglione como por un físico que ya entonces llamaba la atención. Cuando quedó eliminado entendió rápidamente que había una oportunidad afuera: comenzó a hacer modelaje, campañas y trabajos vinculados a su imagen, al tiempo que hacía crecer una comunidad de cientos de miles de seguidores.
El salto más inesperado llegó meses después, cuando Susana Giménez lo eligió como uno de sus Susanos para su regreso a Telefe. Más adelante Licha se animó todavía un poco más y se incorporó a Sex, la obra de José María Muscari, donde el cuerpo volvió a convertirse en una de sus principales herramientas de trabajo.
LA TRANSFORMACIÓN DE LICHA NAVARRO PARA CONVERTIRSE EN FISICOCULTURISTA
Ahora Navarro decidió llevar esa obsesión por el entrenamiento muchísimo más lejos. Durante varios meses modificó su alimentación, intensificó sus rutinas y preparó su cuerpo específicamente para participar de los Ultimate Fitness Awards (UFA), un evento argentino que combina fisicoculturismo, deporte y creadores de contenido vinculados al mundo fitness.
El resultado sorprendió incluso a quienes estaban acostumbrados a verlo entrenado. Marcación extrema, abdominales definidos y un porcentaje de grasa mucho menor fueron parte de la transformación con la que finalmente se subió por primera vez a un escenario de fisicoculturismo. Aunque no ganó la competencia, el ex GH celebró haber llegado hasta allí después de un proceso que describió como mucho más duro de lo que imaginaba.
«Los que me conocen saben cuánto amo el deporte. No importa cuál sea la disciplina: me apasiona ponerme a prueba, encontrar nuevos límites y descubrir hasta dónde puedo llegar cuando realmente me comprometo con algo. Y esta vez fue eso llevado a otro nivel«, contó al mostrar las imágenes de su debut.

Pero detrás de las fotos hubo bastante menos glamour. Licha habló de meses de entrenamiento, disciplina, dieta, cansancio, hambre y desgaste mental, y reconoció que el proceso lo obligó a convivir con inseguridades y a exigirse incluso cuando su cabeza ya empezaba a pesar más que el propio cuerpo. La experiencia —aseguró— también le cambió la mirada sobre quienes se dedican profesionalmente a esta disciplina.
Así, aquel asesor financiero de Lomas de Zamora que entró a Gran Hermano buscando modificar su vida profesional lleva ya varias reinvenciones: reality, modelaje, Susana Giménez, teatro y ahora fisicoculturismo. De novio con la nutricionista Milagros Leveratto, si algo parece haber aprendido Licha desde que cambió las oficinas por las cámaras es precisamente eso: cuando encuentra un nuevo desafío, intenta llevarlo —como él mismo dice— «a otro nivel».
Licha Navarro; Gran Hermano
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