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Lo más increíble de Carl el Mazmorrero es que no lo haya escrito Bethesda, porque es más Fallout que la serie de Amazon

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Estoy muy enganchado a la serie de libros de Carl el Mazmorrero. Si te gustan los videojuegos, y tienes más de 30 años, es fácil que el libro conecte contigo. No solo toda su narrativa está muy inspirada en los RPG y los Dungeon Crawler, sino que hace referencias obvias a juegos concretos y a series de televisión que puede que solo hayas visto si tienes esta edad (la de las Chicas Gilmore, mi favorita). Pero a mí no se me suele seducir con huevos de pascua o una recua interminable de guiños a cosas de la cultura pop vintage. Lo que más me gustó, y lo que más me gusta libro a libro es su honestidad. 

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Es difícil de explicar, pero es un tipo de honestidad que me recordó muchísimo a Fallout 3 y que no me encontré en la serie de Amazon de Fallout. El videojuego de Bethesda tiene bugs, es imperfecto, es marrón, feo y sucio. Es una manzana que sabe que se sabe a pudrir.  Todos los protagonistas son horripilantes; me refiero a ese tipo de honestidad. Cuando llegó Fallout 4, creo que eso se fue perdiendo y se perdió del todo en la serie de Amazon. Precisamente por eso, dejé de verla al principio de su segunda temporada. Me parece de plástico.

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La serie de Fallout quiere molar, quiere fingir que es guay. Hasta los necrófagos son guapos.

La serie de Amazon quiere molar, quiere fingir que es guay. Hasta los necrófagos son guapos. Capítulo a capítulo, cada vez me costaba más ver esa crítica a nuestro pasado. Fallout 3 vuelve fea nuestra cultura. La cubre de polvo, de herrumbre y de cucarachas gigantes para que nos dé asco nuestro pasado. Al jugar, tú sabes que el título te está diciendo que como sigamos así, vamos a acabar mal. Pero la serie de Amazon no hace eso; al contrario. Muestra elementos de nuestro pasado con nostalgia, y hasta la propia historia no para de hablar de ese pasado que no estaba tan mal. Le cuesta tener mala leche, le cuesta ser sucia y desagradable. Y eso es justo lo que es Carl el Mazmorrero: algo con mala leche, sucio y desagradable. Por eso me parece un libro que sabe recoger perfectamente bien el espíritu de aquella Bethesda, que tan bien entendió también Obsidian, y que se difumina en los capítulos de Amazon. 

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Carl el Mazmorrero es un superviviente del refugio. Es un tipo que creía que tenía la vida más o menos solucionada y, de repente, por un evento canónico y loco, se ve obligado a adentrarse en el mundo real, que es todavía más loco y mamarracho que la mentira en la que él vivía. Su casa, su antiguo hogar que compartía con su ex, es el refugio de los moradores de Fallout, y la mazmorra es ese mundo real con todos sus extraterrestres y política, es la realidad, lo que hay una vez deja atrás su casa. Tanto en Fallout 3 como en Carl el Mazmorrero, sus protagonistas creían que la realidad era lo que ellos habían vivido antes de que ese evento ocurriera, pero se equivocaban. Y de las cosas más divertidas que hay en las dos obras es acostumbrarse a esa nueva realidad porque… bueno, porque es la auténtica realidad por muy increíble que parezca.

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Carl El Mazmorrero 00

Ilustración de Ondřej Hrdinapara la portada checa de Carl El Mazmorrero (Mystery Press)

Fallout 3 es Carl el Mazmorrero

Eso da origen a muchísimas bromas a costa de Carl, pero lo que puede parecer su mayor debilidad (no pertenecer a ese mundo nuevo al que llega) acaba siendo su mayor fortaleza, pues como en Fallout 3 eso le da una manera de tomar decisiones y llegar a soluciones muy retorcida a la que nadie llega. Y qué decir cuando la novela avanza y empiezan a aparecer las facciones políticas a las que Carl debe afiliarse o, al menos, fingir empatía. Esto me recordó mucho ya no a Fallout 3, sino a Fallout New Vegas.

Todo esto también está en la serie de Amazon, pero la serie se libra de algo que sí está en Carl el Mazmorrero y en Fallout 3: la sensación de que todos los protagonistas y personajes son miserables. Ya no es solo que en la serie todos salgan guapos, es que todos los personajes de la ficción acaban teniendo un brillo interior, una profundidad humana; buenas intenciones. En el videojuego eso no ocurre, al menos no como algo positivo.

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En Fallout 3 y el libro no existe esa bondad, al menos no tan de manual. Es el yermo, no hay espacio para ser bueno o bondadoso. Solo hay sitio para seres miserables, pero es un tipo de miseria cuqui, inocente y mona, como la de Carl. Me explico. Carl sí tiene buen fondo, eso se nota ya cuando decide ocuparse de los ancianos al final del primer libro, pero el libro lo cuenta como un demérito, como un defecto suyo. Es más tonto por esos arrepentimientos que sufre. Eso ocurre igual en Fallout 3. El bueno o el listo es más miserable por serlo. Es un detalle que puede pasar desapercibido en la construcción de personajes, pero está ahí, y me encanta. 

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Según Brandon Sanderson, Tolkien era incluso demasiado bueno en lo que hacía. "Durante mucho tiempo lo estuvimos copiando"

Justamente por lo bien que le tiene pillado el punto a la Bethesda que me gusta, es por lo que me ha encantado Carl el Mazmorrero. Tiene ese sabor rancio de PS3 y Xbox 360 que ya no existe. Más allá de los guiños que hace a nuestro cultura pop, funciona porque es un libro de personajes marrones y bugeados, con defectos y deméritos. No son guapos, nada se siente falso como sí lo nota en Fallout 4 o producciones como Avowed.

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Fallout 3 y Fallout New Vegas tenían algo especial, porque todavía se fijaban en los ritmos del CRPG y de Fallout 2, no tanto en las nuevas audiencias, a quedar bien en la foto y a ser una fruta que prefiere ser de plástico a reconocer que se pudre por dentro. Por todo esto, si los CRPG de esa época te flipan, disfrutarás de Carl el Mazmorrero; y viceversa. Si buscas lo más parecido a Carl el Mazmorrero, ve a estos títulos, pero no a la serie de Fallout de Amazon.

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La noticia

Lo más increíble de Carl el Mazmorrero es que no lo haya escrito Bethesda, porque es más Fallout que la serie de Amazon

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3DJuegos

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Adrián Suárez

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Estafa millonaria a una quesería en Mar del Plata: detuvieron a una mujer tras realizar 33 compras con pagos falsos

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Una quesería de Mar del Plata denunció una presunta estafa por alrededor de 63 millones de pesos, luego de advertir que 33 operaciones de venta nunca habían sido abonadas. La investigación derivó en la aprehensión de una mujer de 25 años durante un allanamiento realizado en Quequén.

Durante un allanamiento, la Policía secuestró 95 piezas de queso y otros elementos de interés para la causa. La acusada habría realizado las compras con comprobantes de pagos falsos, perjudicando al comercio.

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La causa quedó en manos de la Unidad Funcional de Instrucción y Juicio (UFIJ) N.º 10 de Mar del Plata, a cargo del fiscal Luis Ferreyra. La investigación busca determinar el alcance de la presunta estafa y establecer si hubo otras personas involucradas.

De acuerdo con la reconstrucción publicada por La Capital, las operaciones se efectuaron entre el 7 de mayo y el 9 de septiembre. La clienta habría contactado telefónicamente a la firma marplatense, enviaba una constancia de transferencia y luego enviaba a un comisionista para retirar la mercadería con destino a Quequén.

Cada compra rondaba los 1,5 millones de pesos. La empresa detectó que los supuestos pagos no habían ingresado a sus cuentas al revisar sus registros contables, luego de que otro cliente de la zona advirtiera sobre precios bajos en la reventa de los productos.

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Las constancias de pago estaban vinculadas a una billetera virtual y a una cuenta inexistente. La denuncia fue presentada el 11 de septiembre ante la Justicia.

La sospechosa quedó imputada en una causa por presunta estafa y recuperó la libertad tras negarse a declarar (Fuente: 0223)

Con la identificación de la presunta compradora y su domicilio, el Juzgado de Garantías N.º 1 del Departamento Judicial Mar del Plata autorizó un allanamiento en Quequén. Personal de la Delegación Departamental de Investigaciones (DDI) Necochea incautó: 95 piezas de queso de distintos tipos, tres teléfonos celulares, una balanza, bolsas, un cuaderno con anotaciones y 11.400 pesos en efectivo.

La mujer fue trasladada a Mar del Plata y se negó a declarar ante el fiscal Ferreyra, según La Capital. Más tarde recuperó la libertad, aunque continuará imputada en la causa por el delito de estafa.

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La fiscalía deberá analizar los teléfonos, las anotaciones y el resto de los elementos secuestrados para precisar el circuito de comercialización de la mercadería y el perjuicio económico total denunciado por la quesería.

Una zapatería de Mar del Plata sufrió un robo

En un hecho distinto, una mujer de 34 años y un hombre de 42 fueron aprehendidos por el robo a una zapatería del centro de Mar del Plata. La Policia recuperó 18 pares de zapatillas y una notebook Lenovo.

La Policía recuperó la mercadería sustraída y aprehendió a dos sospechosos (Fuente: La Capital)

El hecho ocurrió en el local Clover, ubicado en San Martín al 3000. El propietario del comercio, un hombre de 57 años, advirtió el ingreso de los delincuentes cuando llegó para iniciar la jornada laboral y revisó las instalaciones.

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Los autores habrían ingresado al negocio tras forzar una ventana ubicada en un patio interno. Desde allí accedieron al techo y luego al interior de la zapatería, donde recorrieron el local antes de llevarse la mercadería y la computadora.

Tras la denuncia del comerciante, el Grupo Técnico Operativo (GTO) inició un relevamiento de las cámaras de seguridad instaladas en el área. Las imágenes permitieron establecer la presunta participación de dos personas en el robo.

Con esos elementos, efectivos de la comisaría primera continuaron la búsqueda de los sospechosos. La interceptación se produjo durante una recorrida preventiva en la zona de Independencia, entre Balcarce y Libertad.

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La mujer y el hombre trasladaban un bolso con artículos que habían sido denunciados como robados. El dueño de la zapatería reconoció los objetos, que quedaron secuestrados y fueron llevados a la dependencia policial como parte de la investigación.

La investigación quedó a cargo de la Unidad Funcional de Instrucción (UFI) N.º 14, a cargo de la fiscal Constanza Mandagarán. La fiscalía ordenó la aprehensión de ambos sospechosos, la notificación de la formación de la causa y el traslado a una unidad penitenciaria.

Según la información judicial, las características del acceso al comercio llevaron a recaratular el expediente como robo doblemente agravado por efracción y escalamiento. La causa continuará con el análisis y las medidas necesarias para determinar la responsabilidad de los dos aprehendidos.

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Adriana Patricia López, veterinaria, sobre los gatos negros: “Son los más sociables, juguetones, inteligentes y tiernos”

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Los gatos negros estuvieron durante muchos años vinculados con distintas supersticiones y creencias que los relacionan con la mala fortuna. De todas maneras, la veterinaria Adriana Patricia López desmintió estos mitos y explicó que, lejos de ser agresivos, suelen destacarse por ser sociables y cariñosos.

“Normalmente, el gato negro es el gato más sociable, juguetón, es uno de los más inteligentes y tiernos”, señaló la especialista en una entrevista con La Red Zoocial del medio El Espectador.

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Cómo es la personalidad de los gatos negros, según la veterinaria

De acuerdo con López, la mayoría de las creencias alrededor de estos gatos suelen ser tan solo prejuicios. Entre ellos, remarcó que muchas personas todavía creen que son más agresivos o difíciles de tratar por el color de su pelaje.

La veterinaria explicó que los gatos negros suelen ser los más sociables. (Imagen ilustrativa generada con IA).

“La gente piensa en un gato negro y, al mismo tiempo, piensa en brujas, piensa en gatos de mala suerte, piensa que los gatos negros son más agresivos, son más bravos”, sostuvo.

Según su experiencia profesional, ocurre todo lo contrario. La veterinaria afirmó que suelen ser buenos compañeros y destacó su carácter sociable, afectuoso y juguetón.

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TNS

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Cuando Buenos Aires miraba al Río de La Plata: la obra portuaria que rediseñó la ciudad y la trama detrás de una relación ambivalente

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Hay frases que, de tanto repetirse, terminan convirtiéndose en verdades aparentes. Una de ellas sostiene que Buenos Aires nació y creció de espaldas al Río de la Plata. Se la escucha en conferencias, se la lee en artículos periodísticos, la repiten funcionarios y urbanistas, y hasta forma parte del imaginario colectivo de muchos porteños. Sin embargo, basta recorrer la documentación histórica, los planos antiguos, los relatos de viajeros y las litografías del siglo XIX para advertir que ese lugar común no resiste el menor análisis. Buenos Aires no vivió de espaldas al río. Todo lo contrario: durante más de dos siglos su vida cotidiana giró alrededor de él. El río fue su puerta de entrada, su paisaje, su paseo, su fuente de trabajo, su horizonte y también el escenario donde transcurría buena parte de la vida social de la ciudad. Lo que verdaderamente ocurrió fue que, hacia fines del siglo XIX, una decisión política y económica modificó para siempre esa relación, borrando de un plumazo una costanera histórica que los porteños habían disfrutado durante generaciones.

La ciudad virreinal no podía vivir sin el Río de la Plata. Aunque su escasa profundidad impedía el ingreso de grandes embarcaciones, toda la actividad comercial dependía de ese enorme estuario. Desde allí llegaban mercaderías, noticias, viajeros y funcionarios de la Corona.

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Ya en tiempos del virrey Juan José de Vértiz comenzó a desarrollarse un paseo público destinado precisamente a disfrutar del frente ribereño. En 1778 se proyectó la famosa Alameda, considerada el primer paseo público de Buenos Aires. No era un espacio marginal ni abandonado, sino un sitio elegante donde las familias recorrían la costa, conversaban, paseaban en carruaje y contemplaban las embarcaciones fondeadas frente a la ciudad. Aquella Alameda sería ampliada y mejorada durante las décadas siguientes hasta convertirse en uno de los lugares preferidos por los porteños. El río era protagonista.

Las ilustraciones de Carlos Enrique Pellegrini, de Emeric Essex Vidal y de tantos otros artistas muestran una ciudad que miraba constantemente hacia el este. La barranca permitía observar una enorme extensión de agua desde distintos puntos de la ciudad. Donde hoy se encuentra Plaza Roma, delimitada por la avenida Leandro N. Alem, existía precisamente uno de esos sectores elevados desde donde el paisaje resultaba extraordinario. Allí terminaba la barranca natural y comenzaba el descenso hacia la costa. Quienes caminaban por aquel lugar contemplaban el movimiento de lanchas, botes y veleros, mientras el aire del río refrescaba las tardes porteñas.

La Alameda, proyectada en 1778, fue el primer paseo público de Buenos Aires y consolidó el vínculo de la ciudad con la costa del Río de la Plata. A la derecha, la Aduana de Taylor con su muelle

Durante gran parte del siglo XIX la Costanera continuó siendo uno de los paseos más concurridos. Los domingos se transformaban en una verdadera fiesta popular. Familias enteras descendían hasta la ribera para disfrutar de la brisa, escuchar bandas militares, conversar o simplemente contemplar el horizonte. Los cafés y pequeños establecimientos cercanos encontraban en esos paseos una fuente permanente de clientes. Era habitual que viajeros extranjeros destacaran la belleza del lugar, especialmente al atardecer, cuando la luz del sol convertía el río en una inmensa superficie dorada.

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La imagen actual de Puerto Madero induce a creer que siempre existió esa enorme barrera de diques y docks de ladrillo entre la ciudad y el río. Pero no fue así. Durante siglos, Buenos Aires tuvo un contacto visual y físico mucho más directo con el estuario del que posee en la actualidad. La transformación radical llegaría recién en la década de 1880, cuando comenzó una de las discusiones técnicas y políticas más importantes de la historia argentina: cómo construir un puerto moderno para una nación que crecía aceleradamente gracias al comercio internacional.

Por un lado, se encontraba el ingeniero Luis Augusto Huergo, primer ingeniero graduado en la Argentina y profundo conocedor de la dinámica del Río de la Plata. Huergo sostenía que el puerto debía construirse aprovechando la desembocadura del Riachuelo, ampliando sus instalaciones y desarrollando un sistema abierto que pudiera crecer de manera progresiva conforme aumentara el tamaño de los barcos. Su propuesta presentaba ventajas económicas evidentes: costaba aproximadamente un tercio del proyecto alternativo y permitía ejecutar la mayor parte de las obras con mano de obra, materiales e industria nacional. Además, evitaba enormes rellenos artificiales sobre la costa histórica y preservaba buena parte del frente ribereño que los porteños conocían desde hacía más de un siglo.

Frente a él se ubicó Eduardo Madero, un comerciante sin formación en ingeniería que impulsaba un proyecto inspirado en los docks británicos. Su propuesta consistía en construir una sucesión de diques cerrados, conectados mediante esclusas y protegidos por extensos muelles de mampostería. Era una obra monumental, costosa y técnicamente muy ambiciosa, que requería una fuerte participación de empresas y financiamiento extranjeros.

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Luis Augusto Huergo propuso un puerto abierto en el Riachuelo, más barato y adaptable, que preservaba el frente ribereño de Buenos Aires

La discusión no fue solo técnica, también fue política, económica y geopolítica. La Argentina de fines del siglo XIX atravesaba un extraordinario proceso de expansión exportadora. Gran Bretaña era el principal comprador de cereales y carnes argentinas, además del mayor inversor en ferrocarriles, bancos, compañías de seguros y servicios públicos. Diversos historiadores han señalado que ese contexto favoreció la preferencia por soluciones técnicas vinculadas a empresas británicas y a modelos portuarios utilizados en Inglaterra. Lo que sí puede afirmarse documentalmente es que el proyecto de Madero recibió un respaldo político decisivo durante la presidencia de Julio Argentino Roca, mientras que la propuesta de Huergo terminó siendo relegada pese al prestigio profesional de su autor y a sus reiteradas advertencias acerca de las limitaciones futuras del sistema de diques cerrados.

Las interpretaciones sobre las razones profundas de aquella decisión continúan abiertas. Algunos investigadores consideran que prevalecieron intereses económicos vinculados al capital británico y a los grandes contratos internacionales. Otros sostienen que simplemente se eligió el proyecto que en ese momento parecía más moderno y monumental. Lo cierto es que, cualquiera haya sido la motivación predominante, las consecuencias fueron inmediatas: para construir Puerto Madero hubo que modificar para siempre el borde histórico de Buenos Aires, rellenar amplios sectores de la costa y hacer desaparecer aquella antigua Alameda y la Costanera que durante generaciones habían unido a los porteños con el río. La ciudad no le dio la espalda al Río de la Plata por decisión de sus habitantes. Fueron las obras emprendidas a fines del siglo XIX las que interpusieron una barrera física entre Buenos Aires y el agua, alterando un paisaje que había definido la identidad porteña desde los tiempos de la colonia.

La ironía de la historia quiso que el tiempo comenzara a darle la razón a Luis Augusto Huergo mucho antes de lo que cualquiera hubiera imaginado. Mientras los trabajos de Puerto Madero todavía avanzaban y la obra era presentada como un símbolo del progreso nacional, la navegación mundial experimentaba una transformación vertiginosa. Los buques de vapor crecían en tamaño, aumentaban su calado y requerían instalaciones mucho más amplias y flexibles. Precisamente eso era lo que Huergo había anticipado desde el comienzo del debate: un puerto formado por diques cerrados, unidos por esclusas y con reducidas posibilidades de expansión, terminaría convirtiéndose en un obstáculo para el comercio marítimo. No era una intuición. Era una conclusión basada en el estudio de la ingeniería portuaria y en la evolución que ya se observaba en Europa y en los Estados Unidos.

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Cuando Puerto Madero comenzó a operar, las dificultades aparecieron con rapidez. El ingreso de los barcos resultaba lento; las maniobras dentro de los diques eran complejas; las esclusas demoraban la circulación y el crecimiento constante del tonelaje de los buques dejaba en evidencia que el diseño nacía con limitaciones estructurales. Aquella obra monumental, presentada como la solución definitiva para el puerto de Buenos Aires, comenzó a mostrar signos de obsolescencia en un lapso sorprendentemente breve. La inversión había sido gigantesca y, sin embargo, el puerto ya no respondía con eficacia a las necesidades de un país cuyo comercio exterior aumentaba año tras año.

Eduardo Madero impulsó un sistema de diques cerrados con esclusas, respaldado durante la presidencia de Julio Argentino Roca y vinculado a empresas extranjeras

Apenas nueve años después de inauguradas las principales instalaciones, el Estado argentino debió estudiar alternativas para construir un nuevo puerto. La solución fue Puerto Nuevo, proyectado con una concepción completamente distinta. Allí desaparecían los diques cerrados que tanto había cuestionado Huergo y se adoptaba un sistema de dársenas abiertas, mucho más apto para recibir embarcaciones de mayor porte y permitir futuras ampliaciones. Paradójicamente, hubo que construir otro puerto porque el puerto que había costado una fortuna ya no alcanzaba.

Ese desenlace constituye uno de los episodios más elocuentes de la historia de la ingeniería argentina. No significa desconocer el valor arquitectónico que hoy poseen los antiguos docks de Puerto Madero ni el extraordinario proceso de recuperación urbana desarrollado durante las últimas décadas. El barrio actual constituye una de las transformaciones urbanísticas más exitosas de Buenos Aires. Sin embargo, una cosa es valorar su presente y otra muy distinta es ignorar la historia de su origen. Desde el punto de vista portuario, la obra resultó incapaz de responder durante mucho tiempo a las necesidades para las cuales había sido concebida. Esa realidad fue reconocida por los propios acontecimientos.

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También conviene ser prudentes cuando se analizan las causas políticas de aquella decisión. Existen documentos que prueban el respaldo que recibió Eduardo Madero por parte del gobierno nacional y la intensa participación de empresas extranjeras en la ejecución de las obras. También está documentado que la economía argentina de fines del siglo XIX dependía en gran medida del capital británico, cuyos intereses alcanzaban los ferrocarriles, la banca, los seguros, los frigoríficos y buena parte del comercio exterior. A partir de esos datos, diversos historiadores sostienen la hipótesis de que existió un fuerte lobby económico para favorecer el proyecto de Madero, ya que implicaba contratos millonarios y una estrecha vinculación con compañías británicas. Sin embargo, debe distinguirse con rigor entre lo que surge de la documentación y aquello que pertenece al terreno de la interpretación histórica. No existe una prueba documental definitiva que permita afirmar que la elección obedeció exclusivamente a presiones británicas. Sí existen indicios, coincidencias, intereses económicos evidentes y un contexto político que alimenta esa hipótesis. Como ocurre tantas veces en la historia, el debate permanece abierto.

La decisión adoptada modificó para siempre la geografía de Buenos Aires. La antigua barranca desapareció bajo rellenos. La histórica Alameda quedó borrada del paisaje. La Costanera que había acompañado la vida cotidiana de generaciones enteras dejó de existir. Allí donde los porteños caminaban mirando el río comenzaron a levantarse muelles, depósitos, galpones y enormes estructuras portuarias que actuaban como una barrera física entre la ciudad y el agua. Décadas más tarde, nuevas avenidas, playas ferroviarias y autopistas profundizarían todavía más esa separación.

La decisión portuaria borró la barranca, la Alameda y la Costanera, y abrió un debate histórico sobre el peso del capital británico en la transformación de Buenos Aires

Por eso resulta históricamente inexacto repetir que Buenos Aires siempre vivió de espaldas al Río de la Plata. La ciudad virreinal e incluso la mayor parte de la Buenos Aires del siglo XIX mantuvieron una relación permanente con el río. Los viajeros extranjeros la describieron; los artistas la pintaron; los cronistas la narraron y los propios vecinos la disfrutaban cada fin de semana. La Plaza Roma no era un espacio cualquiera. Constituía uno de los balcones naturales desde donde podía apreciarse la inmensidad del estuario antes de que las grandes obras portuarias transformaran definitivamente el paisaje. Quien hoy se detiene allí difícilmente imagine que, hace ciento cincuenta años, frente a sus ojos se extendía el río abierto.

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Es más sencillo afirmar que una ciudad “le dio la espalda al río” que reconstruir un proceso histórico complejo, atravesado por decisiones políticas, intereses económicos, proyectos de ingeniería y profundas transformaciones urbanas. Pero precisamente la función de la historia consiste en desafiar esas simplificaciones. No para reemplazar un mito por otro, sino para devolverle a los hechos toda su riqueza y sus matices.

La historia, afortunadamente, conserva memoria. Los planos antiguos, las pinturas de época, las fotografías, los documentos oficiales y las discusiones entre Huergo y Madero siguen allí para quien quiera consultarlos. Todos ellos invitan a mirar nuevamente el pasado sin prejuicios. Tal vez entonces comprendamos que el verdadero desafío no consiste solamente en recuperar el contacto físico entre Buenos Aires y el Río de la Plata, sino también en reconciliarnos con una parte de nuestra historia que quedó sepultada bajo los rellenos del puerto y bajo una frase repetida tantas veces que terminó pareciendo cierta. Porque las ciudades, igual que las personas, no siempre son como las recuerda la memoria colectiva. A veces basta abrir un viejo plano para descubrir que aquello que creíamos una verdad indiscutible no era más que un mito instalado con el paso del tiempo.

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