CHIMENTOS
Murió Jorge Calandrelli, el músico argentino que brilló junto a Tony Bennett, Lady Gaga y Elton John y ganó 6 premios Grammy

La música argentina y el espectáculo internacional están de luto: a los 87 años falleció Jorge Calandrelli, el compositor, arreglador, director y pianista argentino que supo llevar el talento nacional a los escenarios más prestigiosos del mundo. La noticia fue confirmada por la Secretaría de Cultura de la Nación, que lo despidió con palabras de reconocimiento y orgullo por una trayectoria que marcó un hito en la historia de la música popular y clásica de la Argentina.
Radicado en Estados Unidos desde 1978, Calandrelli fue uno de los arregladores más prolíficos y versátiles de las últimas seis décadas. Su obra abarcó el pop, el jazz, la música clásica y las bandas sonoras, con una capacidad única para integrar lenguajes y estilos. Su nombre aparece en los créditos de discos y espectáculos de artistas de la talla de Barbra Streisand, Tony Bennett, Celine Dion, Sting, Elton John, Lady Gaga, Paul McCartney, Quincy Jones, Diana Krall, Madonna, Bono, Plácido Domingo, Sarah Brightman, Michael Bublé, Yo-Yo Ma y Shakira, entre muchísimos otros.

“Jorge Calandrelli fue un orgullo para la Argentina. Su trayectoria refleja el nivel de nuestros artistas y su capacidad de trascender fronteras con excelencia. Su legado es una referencia para la música y la cultura argentina en el mundo”, expresó Leonardo Cifelli, secretario de Cultura de la Nación, en un mensaje de despedida.
Su vínculo con Tony Bennett fue especialmente cercano: colaboró como arreglista y director de orquesta en 14 de sus álbumes, incluyendo el célebre Cheek to Cheek, donde Bennett compartió escenario con Lady Gaga. Calandrelli fue el responsable de todos los arreglos y de la dirección orquestal, tanto en el disco de estudio como en el espectáculo en vivo Great Performances en el Lincoln Center de Nueva York. “Jorge Calandrelli es un maestro de los arreglos y ha sido un placer haber trabajado con él en tantas grabaciones a lo largo de mi carrera”, expresó alguna vez el propio Bennett.
A lo largo de su carrera, Calandrelli fue 29 veces nominado a los Premios Grammy y ganó seis estatuillas, un logro que habla de la dimensión internacional de su legado. Su primer Grammy llegó en 1999 por El alma del tango, junto al chelista Yo-Yo Ma, mientras que el último lo obtuvo en 2012 por un arreglo instrumental junto a Tony Bennett y Queen Latifah. También fue dos veces nominado al Oscar por su trabajo en bandas sonoras de cine.


En Hollywood, compuso y orquestó música para películas emblemáticas como El color púrpura de Steven Spielberg, El tigre y el dragón de Ang Lee y El resplandor de Stanley Kubrick, aportando su sensibilidad y excelencia técnica a producciones que marcaron época. En el cine argentino, trabajó en Soñar, soñar de Leonardo Favio y La fidelidad de Juan José Jusid, entre otras.
Nacido en Buenos Aires el 31 de diciembre de 1939, Jorge Calandrelli fue el menor de seis hermanos en una familia de fuerte impronta intelectual y artística: su madre era pianista clásica y su padre, Matías Calandrelli, médico y presidente del Club Argentino de Ajedrez. En la Argentina, se formó con grandes maestros como Carlos Guastavino y Gerardo Gandini, y se inició profesionalmente como pianista de jazz, arreglador y director.


De joven, realizó una gira por Europa con su quinteto y luego regresó a Buenos Aires para afianzarse como pianista profesional, mientras producía y arreglaba para artistas y compañías discográficas locales. En 1978, decidió radicarse en Estados Unidos, un sueño que, según él mismo reveló, tenía desde hacía años: “Como para muchos artistas latinoamericanos, siempre quise venir a Estados Unidos porque era competir con el nivel norteamericano. Era mi sueño trabajar con gente como Tony Bennett y Barbra Streisand”.
Llegó a Estados Unidos con una sólida reputación y una agenda de contactos, pero debió imponerse en un mercado difícil, dominado por europeos y norteamericanos. “El hecho de ser latinoamericano no era fácil. Yo creo que el aporte de los hispanos evidentemente es cultural. Venir acá y competir con europeos y norteamericanos era complejo, pero no tanto porque traemos algo diferente”, sostuvo en una entrevista en la televisión de Estados Unidos.


Calandrelli fue un socio creativo de las grandes estrellas de la música global, pero nunca perdió el contacto con sus raíces. Sus inicios en la música popular argentina incluyeron colaboraciones con Palito Ortega, Sergio Denis y Tormenta, experiencia que luego trasladó a los grandes estudios de grabación. Su labor fue reconocida con premios, nominaciones y el respeto de toda la industria, que lo consideró uno de los mejores arregladores y directores de orquesta de su generación.
CHIMENTOS
¡Enemigas! Qué dijo Andrea Rincón al ver que no aparece en la serie de Moria Casán: «Me hizo daño»

Hace ya unas semanas se estrenó la serie de la emblemática y polifacética artista argentina Moria Casán. Y en tanto lidera la lista de lo más visto en Netflix sorprendió que la ex participante de Gran Hermano y ex amiga de la Diva no sólo reconociera que no vio la biopic sino que tampoco aparece en la misma.
Invitada a Polémica en el Bar, Andrea Rincón fue consultada al respecto, sobre todo recordando la pelea que protagonizaron en 2014 cuando pasaron de ser íntimas y confidentes a enemigas que se hacían reproches y reclamos en la pista del Bailando.
Es que en aquel entonces Moria Casan oficiaba, según ella, de manager de la actriz pronta a pasar por el altar y tras haber logrado que ingrese al certamen que conduce Marcelo Tinelli pretendía una comisión por el lugar que le consiguió.
Sin embargo, Andrea no compartía esa postura y terminaron peleadas. A la distancia de aquel enfrentamiento público, Rincón lanzó: “No vi la serie. Pasó el tiempo y para mi no guardo rencor. No me representaba, de hecho tenía un manager”.
ANDREA RINCON Y MORIA CASAN, DEL AMOR AL ODIO POR DINERO
“En ese momento me hizo daño lo que sucedió porque sentía que me trataba de ingrata, me pedía el 50 por ciento de mi sueldo. No me parecía que esté bien. El tema que me diga públicamente que soy una traidora. ¿Cómo?”, recordó la ex hermanita.
Finalmente, Andrea manifestó: “No me conozco. No me entraba una bala. Entendí que me pasó que por mucho tiempo era como si sintiera el lugar de ´esta no cambia nunca, esta no cambia nunca´. El que te estigmaticen me costó mucho salir de ese lugar”.
Andrea Rincón, Moria Casán
CHIMENTOS
Del glam-punk al mito argentino: cómo reinventó Julio Panno a la emoción sobre el escenario

En Buenos Aires, hay directores que buscan conmover y otros que logran, además, dejar huella. Julio Panno es de los que transforma cada proyecto en una invitación a la honestidad y al riesgo. Lo suyo no es solo montar espectáculos, sino crear experiencias donde la emoción y la búsqueda personal laten en cada detalle. En estos días vuelve a desafiar al público llevando Hedwig y la Pulgada Furiosa a un escenario poco convencional, mientras aún resuena el eco de Sandro, el gran show y de la docuserie La máquina de mirar, que lo llevó a indagar en los pliegues de la memoria y la cultura argentinas. Así lo comparte en diálogo en exclusiva con Teleshow.
Panno nunca eligió el camino fácil ni el de los lugares comunes. Su trayectoria está marcada por el deseo de atravesar géneros, romper moldes y abrir el teatro a nuevas generaciones, pero sobre todo por una sensibilidad que prioriza lo genuino sobre el artificio. Cada puesta, ya sea un musical multitudinario, una pieza íntima o un documental, es para él la chance de explorar lo vulnerable, lo incómodo o lo inesperado, confiando siempre en el poder transformador del encuentro en vivo.
En esta etapa de su trayectoria, Panno vuelve a lo que más le importa: la posibilidad de que una historia ajena despierte una emoción propia. Apuesta a que la música, el humor, la oscuridad y la belleza de lo imperfecto puedan, por un rato, borrar la distancia entre el escenario y la platea. Porque para él, en el fondo, el mayor milagro del teatro es ese: que alguien salga distinto de cómo entró.

—¿Qué significa el teatro para vos hoy, que estás tan involucrado en esta actividad?
—El teatro es la profesión que elegí tanto para expresarme como para ganarme la vida. No sé si tengo una vocación tan fuerte como la magnitud de mi actividad, pero el teatro centra tanto mi existencia laboral como emotiva. Me da la posibilidad de decir cosas que siento, pienso o añoro.
—¿Cómo llegaste al mundo teatral? ¿Fue un camino difícil?
—No, no fue tan difícil. Llegué de manera muy natural porque hago teatro desde muy chico, desde los ocho años, participando en los primeros grupos, incluso con adultos. Siempre fue un camino paralelo en mi vida. Desde muy pequeño trabajo en otra actividad: soy independiente desde los 15 años como electricista y abrí una casa de electricidad en esa época. Siempre llevé el teatro y actividades relacionadas, como artes plásticas o visuales, en paralelo.
Estoy en el mundo del teatro profesional, hace 30 años. Pero con el teatro en general, es prácticamente toda mi vida. De alguna manera siempre estuve cerca de la actividad escénica. Estudié actuación, cine, fotografía, y todo esto iba de la mano con mi actividad profesional principal, que era el negocio de electricidad y las reparaciones. En un momento decidí dejar de lado la electricidad como fuente laboral y dedicarme directamente a la dirección teatral. Si bien hice algunas cosas como actor, en el periodo profesional me concentré en la dirección y la dramaturgia.

—¿Hubo algún momento clave en el que sentiste que el teatro era el camino a seguir, algo que te diferenció de otras actividades?
—En realidad, no. No tengo una contundencia vocacional por el teatro. Me gusta mucho, pero también las otras actividades que hice las viví con el mismo entusiasmo. Pinto, hago escenografía o incluso construí mi casa con esa misma entrega. Sé que el teatro hoy centraliza mi actividad, así que evidentemente me da algo que otras actividades no me dan.
—¿Sentís que tu vida siempre estuvo ligada al escenario?
—Sí, totalmente. Incluso, tengo un hijo de 10 años que desde los cinco días de vida ya estaba en un teatro. Tengo imágenes de él gateando por las gradas del San Martín cuando hacíamos El emperador Gynt con Peter Lanzani. Ahora quiere ser paleontólogo, pero le gusta mucho la actuación y ya va a clases. Igual le pregunto y me dice: “No, quiero ser paleontólogo”. Pero está tan inmerso en ese mundo que en algún momento, supongo, terminará haciendo teatro. Es un lugar muy particular, porque el teatro te permite vivir muchas vidas, inventar historias y seguir jugando. Además, es una forma de crear una realidad propia cuando la realidad no te satisface.

—¿Hubo alguna experiencia que te haya marcado especialmente como director?
—En general, me conmueven mucho los actores, especialmente aquellos que dejan parte de su ser arriba del escenario. Tuve la suerte, o fue elección, de estar en proyectos que siempre destacaron por algo particular. Por ejemplo, con Hedwig, mi último proyecto, me pasa eso: al meternos en la vida del personaje, todo lo que le sucede es absolutamente conmovedor. Las nuevas generaciones buscan algo que les impacte en el cuerpo, no solo en la palabra. No necesariamente participativo como Fuerza Bruta, donde trabajé, pero sí que los conmueva más allá de la palabra.
—¿Cómo fue adaptar Hedwig para un espacio así y para un público diferente?
—La propuesta me llegó por Maika Producciones y me interesó enseguida. Me gusta trabajar con proyectos que friccionan la realidad y nos hacen replantear cosas, tratando de que no sean solo dramas o tragedias, sino que tengan también humor, porque la vida es así. En el medio de un terremoto o un velorio, siempre hay espacio para el humor, y eso salva. Busco que las historias tengan humor y cercanía, para que el espectador no sienta que es algo que le pasa solo a otros.
En ese caso, la historia parte de un personaje que vive detrás del Muro de Berlín, pero nosotros extrapolamos eso y nos movimos hacia lo que creemos que es el centro de la historia: el fraccionamiento corporal, lo que uno entrega en el amor y qué pasa cuando esa otra mitad se va. Es una angustia universal.

—¿Fue difícil abordar una obra de culto como Hedwig, que tiene tantas versiones en el mundo?
—Cada obra tiene sus desafíos. En obras extranjeras, hay que adaptar mucho, tanto el texto como las canciones. El inglés es mucho más sintético y permite más ideas en menos espacio, así que la adaptación entre la musicalidad del inglés y el español requiere mucho trabajo. Además, la película narra la historia de manera secuencial y visual, pero el musical la cuenta como si fuera un show, a través de reflexiones y canciones. En las versiones americanas, hay mucho humor, muy de stand up, y a veces se pierde el drama del personaje. Nosotros buscamos equilibrar el humor y el dolor, sin resignar el cuento de fondo.
Asimismo, es una obra que sacamos del ámbito teatral tradicional y la llevamos a Maquinal, un lugar donde habitualmente hay shows y no teatro. Elegimos este espacio porque queremos llegar a un público joven, el sub-30, que hoy está alejado del teatro puramente textual. Por eso buscamos espacios alternativos y temáticas que conecten con esos públicos. Maquinal está muy cercano a la comunidad queer, y la historia tiene que ver con ese grupo, así que nos pareció interesante llevarla ahí.

—¿Cómo fue el trabajo con Nacho Pérez Cortés, el protagonista?
—Con Nacho ya había trabajado en Sandro, el gran show, donde él y Alan Madanes hacían un show del icónico cantante, no al personaje real. Nacho armó una sexualidad ambigua que tenía gran seducción sobre cualquier persona, como pasaba con Sandro. Me gustó esa condición porque sentí que podía interpretar un sentimiento femenino profundo, que es clave para Hedwig. El trabajo fue encontrar la sensibilidad femenina, no solo la forma o el cuerpo.
—¿Qué diferencia encontrás entre dirigir un musical grande como Sandro, el gran show y una obra como Hedwig y la Pulgada furiosa?
—En Sandro, uno de los mayores desafíos fue que el público sintiera la presencia del ícono en el teatro sin que estuviera como personaje, y también conformar a la familia y admiradores. Era un mega show, con muchos elementos técnicos y artísticos a coordinar. En Hedwig, el trabajo es más artesanal, más minucioso y enfocado en el personaje. El desafío es que el público perciba lo que trabajamos con el actor y que eso coincida con lo que buscamos. Además, el desafío es componer sinceramente un personaje trans, sin caer en clichés, para que la sensibilidad y el sentimiento sean auténticos.

—¿Cómo pensaron la experiencia extendida en el Maquinal?
—Ampliamos la experiencia teatral: el espacio se abre una hora antes, el público podrá disfrutar del universo Hedwig, con detalles y sensaciones que funcionan como un prólogo. Después de la obra, hay un post donde pueden quedarse y seguir en ese mundo. Me gusta esa mezcla de ficción y realidad, porque ayuda a involucrar más al público, sobre todo a los jóvenes. Ya lo había experimentado en otra obra, donde en el entreacto poníamos un DJ y el público podía subir a bailar al escenario con los actores. Eso rompe el límite entre quienes actúan y quienes miran, y acerca la historia de manera más emotiva.
—En tu carrera también dirigiste el documental La máquina de mirar, de Fernando Marín. ¿Cómo viviste ese proyecto?
—Estudié cine y fotografía y había hecho un largometraje sobre Paloma Herrera, pero este documental sobre Fernando Marín fue distinto. Fernando es un productor histórico y fue un desafío armar una minibioografía en pocos capítulos, porque su vida es muy extensa y hubo que dejar mucho afuera. No sé cómo le llegó la propuesta que le presenté y terminó siendo aprobada, pero me sorprendió porque él es un extraordinario experto en la producción audiovisual.
Durante el proceso tuve que lidiar con la falta de material de archivo, porque parte se perdió en la quema de Canal 11 y otra parte se grabó encima de los tapes, que era común en esa época. Hubo que reconstruir la historia a través de los protagonistas y fue un trabajo largo de búsqueda y organización. Además, Fernando tiene una mirada muy clara sobre cómo se arma una producción y cómo se origina un producto en los medios.
—Frente a tantos formatos, ¿qué tiene el teatro que te sigue atrapando?
—Para mí, el teatro tiene la potencia del encuentro. El cine, las series y los nuevos formatos son atractivos y la técnica permite cada vez más, pero no tienen la vibración del cuerpo en el escenario. Repetir una función nunca es igual: cada función es única. El teatro propone intimidad y verdad, y el espectador puede meterse en el cuerpo del actor y vivir la historia. Eso solo lo da la presencialidad, no lo obtenés en el cine o en otros formatos.
—¿Qué te falta hacer o te gustaría explorar en la escena teatral argentina?
—Siempre me inquieta traer formas diferentes de teatro. Siento que siempre me falta algo. Este año me dediqué más a escribir y a desarrollar búsquedas más posdramáticas, cruzando dramaturgia, música y visuales. Busco encontrar idiomas que conmuevan a las audiencias jóvenes, aunque para los mayores pueda ser avasallante.
—De cara al estreno de Hedwig, ¿qué esperás que se lleve el público?
—Siempre busco que el público se conmueva, más allá de que se diviertan o les resulte atractivo. Nacho es un extraordinario cantante y bailarín, y la puesta tiene detalles atractivos, pero lo principal es que algo se mueva adentro del corazón de la gente. Eso es lo más importante de lo que el público puede llevarse.
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CHIMENTOS
Sergio Lapegüe, íntimo: de sus manías nocturnas entre las caminatas alrededor de la cama y el ajedrez, al momento límite en el que pensó «¿Y si me llegó la hora?»

En la cuenta regresiva para convertirse en abuelo, recién cumplidos los 62 y plenamente instalado en las mañanas de América, Sergio Lapegüe atraviesa un gran presente tanto en lo personal como en lo profesional. Con una agenda cargada de compromisos y ocho horas diarias al aire —entre radio y televisión—, el periodista, productor y conductor intenta encontrar la fórmula para llegar a todo sin resignar tiempo de calidad.
La logística, claro, no siempre es sencilla. A las extensas jornadas laborales se suman los kilómetros que separan su casa en Lomas de Zamora de los distintos estudios en la Ciudad de Buenos Aires. Por eso, y tal como estaba acordado, Sergio llega al estudio de Atlántida para sumarse a un nuevo A solas con Paparazzi con un carry on en la mano. “No es que me voy a cambiar de ropa. Ya estoy listo para grabar”, lanza al entrar, divertido.
La explicación llega enseguida. Para evitar algunas de las tantas idas y vueltas en auto, hay noches en las que Lapegüe directamente duerme en hoteles y así puede cumplir con todos sus compromisos. Incluso, después de 15 años con su clásico formato en La 100, decidió instalar un estudio en su casa para salir al aire desde allí y ganar tiempo antes de volver a Capital por la noche para su ciclo periodístico en A24.
Apasionado por su oficio, el conductor de Lape Club Social reconoce que difícilmente baje el ritmo por voluntad propia. Sin embargo, cree que la llegada de su nieta puede ser el motivo perfecto para aprender a frenar un poco y disfrutar de una etapa completamente nueva. Padre de dos hijos y casado con la popular Bochi, Sergio cuenta además que, con el nido vacío que dejó el vuelo de sus herederos, volvió a reencontrarse con su mujer desde otro lugar.
Tradicional en materia de vínculos y bastante alejado de algunos códigos amorosos de las nuevas generaciones, Lapegüe admite que no descarta perdonar una infidelidad y reconoce, entre risas, que sabe poco y nada de muchas de las responsabilidades domésticas que durante años quedaron en manos de su esposa. Simpático, carismático y dispuesto a hablar de todo, Sergio también se anima a mostrar su costado más cotidiano.
«Está compilado el tema de tiempos actualmente para mí —explica Lapegüe—. Trabajo desde muy temprano hasta muy tarde, estoy al aire ocho horas, y tengo poco horario libre en el medio. Y como vivo en Lomas de Zamora, tengo mucho viaje: casi 5 horas de auto. Entonces, a veces duermo en los hoteles: me despierto, hago el noticiero del programa, voy a mi casa, vengo… Es difícil hasta ir a un médico, no puedo ir a un gimnasio, pero bueno, son decisiones que tomé. Soy un apasionado de lo que hago y lo disfruto».
«Llego a las 12 de la noche a casa. Ceno. Al otro día tengo que levantarme temprano para volver a la tele y digo: ‘¿Cómo bajo de la locura?’. Entonces me pongo a ver un poco de deporte para olvidarme de la política. Termino de ver eso y camino alrededor de la cama para bajar lo que comí y me veo media horita de series. Y aunque no lo puedas creer, después me pongo al jugar al ajedrez online, con otros jugadores del mundo que no conozco. Me estoy ya durmiendo, pierdo el partido y me voy a dormir».
—Cuando algo te apasiona es difícil decir que no, ¿pero en algún momento pensás en el retiro, en un descanso?
—Sueño con dejar de trabajar y vivir tirado en una playa, pero sé que eso puedo hacerlo durante una semana. Soy un enfermo del laburo, me gusta mucho esto, y aunque sueño con eso, sé que nunca va a llegar lamentablemente, o por suerte. Trabajo muchas horas: cuando empecé con Bernardo Neustadt, me levantaba a las cuatro menos cuarto de la mañana, una locura; 23 años tenía. Y después me iba a trabajar con Nico Repetto en Fax. Después volvía y tenía otro programa a la noche. O sea, toda la vida fue así. Es lo que me permitió crecer: con Bernardo llevaba el té y laburaba como asistente de producción; uno va construyendo paso a paso. A los 24 años quería ser conductor, pero recién a los 42 empecé a conducir. Fui productor, asistente, productor, cronista, movilero, el que sale en vivo, y después, conductor.
—Y hoy, como conductor, conocés todo los espacios.
—Todo, todo. Me gusta mucho potenciar a cada uno de mis columnistas, de toda la vida. Cuando estaba en la colimba, que hice un año y medio en La Tablada, había un soldado que cantaba como los dioses, Jorge Arias, y yo quería ayudarlo para que sea famoso. Y yo no tenía ningún contacto con nada, iba a estudiar Ciencias Económicas, nada que ver. Y hasta lo llevé a los canales para que sea famoso. Bueno, sigo haciendo lo mismo con mis compañeros: me gusta que tengan su propio éxito, su propia luz y su propio camino.
—Con un lindo equipo, todos se potencian.
—Vos podés ser la cabeza, pero lo más importante es el equipo. Y lo más difícil es manejar los egos. No sé si soy especial para eso, pero la gran mayoría de los que trabajaron conmigo han crecido sin ningún problema, y yo disfruto verlos crecer.
—Te tocó dar la noticia en vivo del retiro de Messi de la Selección, cuando hizo el anuncio en redes.
—Y me dolió… Es el tiempo, que se va, que pasa, entonces llorás porque decís: «Ya no lo voy a ver más, ya pasó. La pucha, todo es efímero, Messi ya no está más». Cuando (Martín) Palermo se retiró, llorábamos con mi pibe por los goles que hacía, y ya no íbamos a ver más los goles. O sea, la decisión de Messi… Es nuestro, pero es tu tiempo, el tiempo ya pasó. Eso es muy fuerte para la gente. Yo sabía que iba a pasar esto en algún momento, pero no hoy. Nunca querés que sea hoy.
—Los argentinos somos tan futboleros que nos agarramos a eso que nos da un ratito de alegría.
—El fútbol es alegría. Messi generó sonrisas en la gente, generó llantos, emoción. Pero vuelvo a lo mismo, no es solamente porque Messi deje de jugar a la pelota, sino porque es el inexorable paso del tiempo, que te va golpeando como una cachetada y te va diciendo: «Flaco, todo tiene un final». Pero lo justifico a Messi: el tipo tuvo las amígdalas bien puestas para tomar la determinación en el mejor momento de su carrera, de su vida. «Hasta aquí». Aplausos.
—En un momento se rumoreaba que con Mauro Szeta había mala onda.
—Nada que ver. Es mi amigo. Mauro era productor cuando yo hacía policiales, estaba en la calle (como movilero). No sé por qué instalan cosas, no lo entiendo. Con Mauro la pasamos bien, se divierte, y no hay nadie que sepa tanto de policiales como él. Pero aparte, se divierte: es muy divertido Mauro. En el programa, las risas que escuchás son las suyas. Me gusta, porque vos podés ser serio, pero sos un ser humano y tenés que divertirte. Está bueno eso, es como romper la estructura.
—Muchos tienen esa imagen de serios y fuera de cámara son súper divertidos.
—Bueno, Santo Biasatti, que trabajé mucho con él, es muy divertido, muy divertido. Santo es muy buena persona, muy buen profesional. Lo extraño mucho a Santo.
—¿Podría decirse que Maru Botana fue una de las peores experiencias?
—No fue buena experiencia lo que fue el programa, que fue un invento mío, de alguna manera. Cuando la gente de Kuarzo me llama, me dicen: «Mirá, va a estar Maru Botana». «No la conozco», y les di la idea del programa. Yo tenía un programa escrito, Te espero en casa, que era idea mía: se lo presenté, les gustó y cambiaron el nombre, le pusieron Sábado en casa. La verdad: cuando no hay buena vibra, no hay buena vibra, y listo. No es que uno sea malo y que otro sea bueno… (Maru) es una persona muy inteligente, una genia como conductora y cocinera, pero no es que, digamos… había todo un grupo. Yo lo había puesto al Rifle (Varela), a la locutora, a Sebastián Almada; traté de armar un grupo y a veces las cosas no funcionan. Y me fui yo, directamente. Yo terminé el programa porque prefería estar en casa. Porque era un sábado, había que laburar un sábado.

—¿El fin de semana te dedicás a la familia?
—Y… trato, trato.
—¿Dejás el celular?
—Un poquito. Los sábados estoy haciendo conducciones de eventos, publicidades y demás. La verdad que tengo que dejarlo, pero pasa que me cuesta mucho decir que no cuando te llaman por trabajo. Tengo 62, y cuando me llamó Juan Cruz (Ávila, CEO de América), tenía 60 años, y dije: «¿Cuántas veces más me van a llamar?». Por eso tomé la determinación de jugármela y decirme: «Si me llaman es porque valgo, y quiero probarme». Y la verdad que me está yendo bárbaro, me explotó la cantidad de trabajo.
—Donde estás, la gente te acompaña. Tenés carisma.
—Sí, sí, se prenden. Cuando estuve en TN Central, cuando reemplazo a Mario Mazzone, que había fallecido y era amigo mío, fuimos primeros todo el tiempo en el que estuve. Después me dieron TN de Noche, un noticiero que inventé yo porque no existía el noticiero ahí. Hasta le puse el nombre, y quedó. Ganamos el Martín Fierro. El Prende y apaga, lo mismo. Siempre nos ha ido bien porque si vos tenés buena onda, la buena onda llega y traspasa. Pero para eso, tenés que ser transparente. Y después, cuando me llaman y me dicen: «¿Dejás la noche y te vas a la mañana?». «No, a la mañana no. Es un cambio, una locura, me tengo que levantar a las cuatro menos cuarto de nuevo». Y fui. Y cuando fui, estábamos mal, íbamos tercero. Y lo levantamos: lo pusimos primero durante diez años, y fue el noticiero que más medía en promedio. Y eso es construcción. Los camarógrafos, los sonidistas, los técnicos, los productores de ese canal, son mis amigos. Vos no sos más que nadie por salir en la televisión. No sos más importante que el oficinista o el colectivero. Salís a la televisión y punto: ese es tu trabajo. ¿Sos famoso? Sí, esa puede ser la diferencia, pero vos no sos más importante que el resto. Yo no puedo no saludar a todos cuando entro. Y además, lo hago con humor. Tengo un humor muy raro, muy divertido, muy de que voy e insulto, ¿viste? Y la gente se mata la risa porque siguen la joda. En cualquier lado que voy, me divierto.
—En cuanto a lo personal, ¿desde hace cuántos años están con Bochi?
—El 26 de agosto cumplimos 37 de novios. Me encanta porque la saludo y me dice: «Ya somos amigos». Y después, el 24 de abril cumplimos 35 de casados. Impresionante. Y con dos hijos. El otro día le decía: «Hicimos bien las cosas». Estábamos solos, porque estamos ahora en un momento…
—¿De reencontrarse como pareja?
—Sí, muy raro, porque ¿viste?, se volaron los pibes. Estamos los dos solitos en casa, que es grande, y es muy lindo el momento que estamos viviendo, pero muy nuevo. Cuando le dije: «Hicimos bien las cosas», nos abrazamos. A Mica (Lapegüe) le va bárbaro como actriz en el teatro; ahora ya dejó porque está por tener (a su bebé): me va a dar el título de abuelo, una cosa de loco. Y mi pibe está becado en Harvard, la mejor universidad del mundo, donde entran muy pocos en el mundo. Es un bocho, un estudioso, muy responsable; él es del bajo perfil, licenciado en Administración de Empresas. Hicimos bien las cosas porque son pibes que no están en la droga, en el chupi, en la joda; son laburantes y responsables. Y son buenos seres humanos, para mí eso es lo mejor.
—Eso tiene que ver con la educación, con la familia.
—La familia, pero vino de nuestros padres, porque nuestros padres eran así, y vos vas mamando eso.
—Y una familia que, hoy en día, es tan difícil encontrar…
—Es difícil. No es fácil.

—¿Con Bochi atravesaron crisis, algo de la pareja?
—Sí. Discusiones sí. Yo soy de la idea de no discutir, y eso es peor para Bochi, que es brava. Le digo: «¿Para qué vamos a discutir si nos podemos llevar bien?», y se pone peor. Pero no, grandes peleas no. La verdad que son boberas, pero más que nada por responsabilidad mía, por chistes estúpidos. O porque yo no hago cosas que se supone que un tipo debe hacer: no conozco un supermercado, soy un desastre, no hago nada. ¿En qué momento voy a un supermercado, si no puedo ir ni a un médico? No sé dónde está la verdulería. En ese aspecto, soy un desastre. Trabajo todo el tiempo. Y ella es la gerenta de familia.
—¿Ella administra?
—Administra absolutamente todo. Yo le digo: «Tomá la plata y después dame vos». Sí, sí, yo no toco un peso. No me interesa.
—Sería la Alejandro Stoessel de la familia.
—¡Ay, qué nombre dijiste! (Risas). Espero que no me deje como la dejó a Tini (bromea). Sí, ahora me voy a averiguar si tengo algo a mi nombre…
—¿Qué pasaría si ella te dice de abrir la pareja?
—No, ella me está diciendo más que nada: «Cerremos la pareja y no rompamos más las bolas». No, no, ni loco… ¿Vos sabés que me lo preguntó (Luis) Novaresio el otro día? Ahora están todos hablando del tema de la pareja abierta y esa cosa… No, con Bochi no. Nosotros ya somos mayores.
—Ojos que no ven… Prefiero no enterarme.
—Prefiero no enterarme. Es muy bueno eso. La verdad que tenés razón. Preferís no enterarte si te meten los cuernos. Pero pareja abierta, no.
—¿Le perdonarías una infidelidad?
—Sí. No creo: confío mucho en ella y sé que no, porque es de esas mujeres… ¿como decirte?, muy tradicional y muy madre. Pero, sin duda sí (perdonaría).
—¿Quién tiene más levante: un conductor de televisión o un guitarrista de rock?
—¡Ah, qué bueno! (Ríe fuerte). Me parece que un guitarrista. Sí. Ella era la novia del guitarrista de mi banda, así que, aunque no lo puedas creer… Su primer novio era el guitarrista de mi banda. Y cuando vuelvo con la banda, Lape Band, le digo: «Bueno, voy a empezar con la banda». Y ella me dice: «Bueno, ya dejé un guitarrista, puedo dejar otro». Por eso estamos tocando tan poco ahora: por las dudas…
—La música es un cable a tierra.
—Sí. Lo que pasa que no tengo tiempo. Te juro: estoy tan agotado… Este es el año de más laburo que he tenido, pero por las distancias más que nada.
—¿Sabes cuándo te vas a hacer un poquito de tiempo?
—Cuando nazca mi nieta, por eso estoy seguro. Voy a tratar de bajar un cambio cuando nazca la nieta. Al principio no, porque obviamente es un bebé, pero mi sueño es llevarla a la plaza, al colegio, a un club, algo que no pude hacer con mis hijos, porque al ser movilero…
—¿La vas a hacer de Boca?
—Obvio. Seguro ya es de Boca. El papá es de Boca también, así que ya está, no queda otra.
—¿Reelegirías a Riquelme?
—No. A mí me parece que ya está Riquelme. Ya está. Perdón, pero ya está. Me gustaría que venga otro con una sangre nueva, que esté… Digamos: vos no podés ser el dueño del club. El club no puede ser el fondo de tu casa. Perdón, pero es mi pensamiento. Fue un grande como futbolista, pero me gustaría que haya un tipo de negocio, un administrador. Digamos, vos no te podés meter en manejar el equipo. Y me gustan los números claros. La verdad es esa.
—Cambiando de tema, varias veces estuviste internado. ¿En algún momento tuviste miedo?
—Estuve internado por el tema Covid, y me dejó una secuela en los pulmones. Entonces, lamentablemente tengo neumonías en forma recurrente. Este año no, por suerte. Estoy haciendo un montón de tratamientos para evitarla. No sé si tuve miedo, pero sí sentía que, tal vez, era el final. Ahí sí me di cuenta, porque vos pensás que eso es eterno. Cuando estaba ahí, acostado, todavía no había pasado a la terapia intensiva, de pronto veía a la gente que se moría y yo no podía respirar. Dije: «¿Y si llegó la hora?». Tenía 56 años y ahí me puse a pensar, y me lamenté, diciéndome a mí mismo: «Mirá qué boludo, me perdí un montón de cosas. La música, estar más con la familia». Hice un click, bajé 10 cambios. Saqué un libro que se llamó Parar. Paré dos años y volví a meterme de nuevo, a enchufarme a 220. Como es el ser humano, ¿no? Es una lástima, porque está bueno volver a repensar esto. Está bueno. Pero qué tarado, ¿no? Yo estuve ahí, sí. Pero el ser humano es el único que tropieza varias veces con la misma piedra.
Sergio Lapegüe
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