ECONOMIA
Música, inteligencia artificial y el valor de lo humano

La humanidad ha transitado en pocas décadas un proceso de transformación sin precedentes por la rapidez de su evolución. Primero fue la llamada sociedad de la información. Luego evolucionamos hacia la sociedad del conocimiento, en la que esa información comenzó a procesarse, interpretarse y convertirse en un activo estratégico para la innovación, la educación y el desarrollo económico.
Parece entonces que las estructuras cambiaron y hoy estamos ingresando en una nueva etapa, más compleja y disruptiva, que puede definirse como la sociedad algorítmica o sociedad de la inteligencia artificial. Los algoritmos no solo organizan la información: moldean comportamientos, influyen en decisiones y comienzan a intervenir en ámbitos que históricamente fueron exclusivos de la creatividad humana.
La irrupción de la inteligencia artificial en la música no es simplemente un nuevo capítulo en la evolución tecnológica dentro del ámbito de las artes y de la expresión creativa de la humanidad, sino un punto de inflexión que obliga a repensar sus bases más profundas.
El impacto más visible se manifiesta en la creación musical, donde herramientas capaces de generar melodías, voces sintéticas o piezas completas en cuestión de segundos, están redefiniendo el proceso creativo. Sin embargo, el desafío más profundo no reside allí, sino en la gestión de derechos.

La aparición exponencial de contenido generado por inteligencia artificial tensiona los sistemas actuales de identificación, trazabilidad y monetización, mientras las plataformas de contenidos audiovisuales y musicales reciben volúmenes crecientes de material difícil de auditar. Al mismo tiempo, muchos de estos modelos se entrenan sobre repertorios protegidos cuya utilización no siempre es transparente ni informa cómo está generada: la inmediatez manda.
Esto nos obliga a analizar la arquitectura del sistema creativo y de consumo de contenidos en su conjunto, desde el licenciamiento hasta los mecanismos de distribución de regalías, en un entorno donde la escala y la automatización desafían los esquemas tradicionales.
En este escenario, resulta fundamental distinguir entre la inteligencia artificial que asiste y la que sustituye. La IA colaborativa potencia al creador humano, mejora procesos, amplifica capacidades y se integra como herramienta dentro del acto creativo que, desde los principios de la modernidad, generó las bases del derecho de los autores de obras y sus derechos conexos, y así un hecho tecnológico como la posibilidad de grabar la voz dio lugar a un hecho artístico y cultural como lo es la industria de la música fonograbada.
En cambio, la IA generativa puede producir obras completas o imitaciones estilísticas a partir de repertorios preexistentes, alterando el equilibrio entre innovación y apropiación.
La aparición exponencial de contenido generado por inteligencia artificial tensiona los sistemas actuales de identificación, trazabilidad y monetización
Esta diferencia no es meramente técnica, sino jurídica y más aún ética, porque define cuándo estamos ante una extensión legítima de la creatividad y cuándo frente a una potencial explotación del trabajo ajeno sin consentimiento.
El eje del debate entonces se desplaza hacia la necesidad de reglas claras que delimiten el uso de contenidos protegidos y aseguren condiciones equitativas para todos los actores del ecosistema.
El núcleo del problema es, en última instancia, la falta de procesos transparentes en el ámbito de los usos tecnológicos que dominan los tiempos de la inmediatez.
No hay dudas acerca de que, sin información sobre qué obras fueron utilizadas para entrenar modelos de inteligencia artificial, en qué condiciones y con qué finalidad, el sistema de derechos pierde consistencia. Sin trazabilidad, el licenciamiento se vuelve inviable, la compensación se diluye y el valor de los catálogos de obras musicales comienza a erosionarse en clara afectación a sus titulares: autores, compositores, artistas intérpretes y productores de fonogramas.
Pero reducir esta discusión al ámbito de la propiedad intelectual sería un error. La inteligencia artificial aplicada a la música pone en juego un conjunto más amplio de derechos fundamentales.
El uso de obras y fonogramas en el entrenamiento de modelos involucra derechos de reproducción y transformación, mientras que la clonación de voces y la generación de deepfakes —entendidos como contenidos generados o manipulados mediante inteligencia artificial que recrean de manera hiperrealista la voz, la imagen o los gestos de una persona— afectan directamente el derecho a la identidad y a la propia imagen.
El mercado refleja esta tensión en tiempo real. Por un lado, se multiplican los litigios impulsados por titulares de derechos que buscan frenar el uso no autorizado de sus repertorios. Por otro, emergen acuerdos estratégicos entre empresas tecnológicas y actores de la industria musical, que intentan encontrar un punto de equilibrio entre innovación y monetización. Esta dualidad evidencia que el futuro aún está en construcción y que no existe un consenso definitivo sobre si el camino será el conflicto judicial, el licenciamiento estructurado o una forma de coexistencia regulada.
Emergen acuerdos estratégicos entre empresas tecnológicas y actores de la industria musical, que intentan encontrar un punto de equilibrio entre innovación y monetización
Sin embargo, creo personalmente que, cuanto más automatizado sea el entorno, más valor adquirirá la autenticidad humana.
El desafío, entonces, no es frenar el avance tecnológico, sino encauzarlo dentro de un marco que garantice equidad y sostenibilidad cuando afecte la fibra de la humanidad.
Un ejemplo reciente que ilustra con claridad esta tensión es la nueva funcionalidad de YouTube que permite a los creadores reemplazar automáticamente pistas musicales identificadas por su sistema Content ID por alternativas generadas por inteligencia artificial y libres de regalías. En la práctica, esto implica que un contenido que originalmente utilizaba una obra protegida puede ser modificado —incluso de forma casi imperceptible para el usuario— por una música sintética que evita conflictos de derechos y facilita la monetización. Ahora bien, ¿cuál es el “precio” de esto?
Este tipo de soluciones muestra el camino hacia un ecosistema más eficiente desde el punto de vista operativo del usuario final, pero también abre interrogantes de fondo: si la respuesta al conflicto de derechos es sustituir la creación original por contenido artificial posiblemente derivado de aquel en sus procesos de entrenamiento, ¿no estamos desplazando silenciosamente el valor económico y cultural de la música humana hacia un modelo donde la tecnología no solo gestiona los derechos, sino que directamente reemplaza la obra que esos derechos protegían?
El consentimiento de los usos de obras originales debe consolidarse como principio rector de cualquier uso de obras, voces y sus registros o sus identidades, y el entrenamiento de modelos debe integrarse al sistema de derechos mediante esquemas de licenciamiento claros y remunerados que impliquen la autorización de sus titulares.
En paralelo, la gestión colectiva —entendida como el sistema mediante el cual entidades especializadas administran, licencian y recaudan derechos en nombre de múltiples titulares para facilitar su explotación y asegurar una distribución eficiente de los ingresos— deberá evolucionar hacia modelos (aún) más tecnológicos, porque en su acción se debaten los temas centrales de autoría, usos de las obras, generación de contenidos derivados. Al mismo tiempo, sus intervenciones deben ser auditables y adaptadas a entornos masivos y automatizados de licencias, capaces de responder a la complejidad de este nuevo escenario. La inteligencia artificial ya forma parte del ecosistema musical en sus diferentes procesos y alcances y su desarrollo es irreversible.
La verdadera discusión no es si debe o no integrarse, sino bajo qué condiciones lo hará en cada caso.
Lo que está en juego es el equilibrio entre innovación y derechos de la humanidad literalmente entendidos.
La música ha sido históricamente un espacio de expresión profundamente humano, donde la identidad, la emoción y la creatividad se entrelazan de manera única. Si la inteligencia artificial pretende formar parte de ese ecosistema, deberá hacerlo respetando ese núcleo esencial.
El progreso tecnológico no puede construirse sobre la apropiación silenciosa del valor, la identidad y los derechos de quienes crean. Porque si algo define a la música, más allá de cualquier algoritmo, es justamente su condición irreductiblemente humana.
En tal sentido cobra renovada vigencia el pensamiento de Christian Lous Lange, Premio Nobel de la Paz del año 1921, quien consideró que «la tecnología es un sirviente útil, pero un amo peligroso“.
Por ello, la discusión sobre inteligencia artificial y música, conjuntamente con sus efectos en las artes, no es meramente tecnológica: es una conversación sobre la identidad de los humanos con sus inescindibles derechos a la intimidad y a los atributos de su individualidad, como así también de los alcances de la propiedad intelectual y la sostenibilidad económica de la creación, pero también sobre cómo construir, a partir de esos principios, un terreno fértil para una innovación genuina y responsable.
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ECONOMIA
La inflación interanual oficial creció en Cuba y se situó en septiembre en el 28,44%, pero la cifra real puede ser mucho mayor

La inflación interanual en el mercado formal de Cuba alcanzó el 28,44% en septiembre, mientras que la variación mensual fue del 3,37%, según informó este miércoles la Oficina Nacional de Estadística e Información (ONEI).
El indicador prolongó la tendencia ascendente que se registró durante varios meses de este año. Este comportamiento refleja el impacto económico del cerco petrolero de Estados Unidos sobre la isla, que impulsó un aumento generalizado de los precios.
Las estadísticas oficiales no incluyen la evolución de los valores en el mercado informal, que concentra una mayor oferta de productos. De acuerdo con expertos independientes, la inflación en ese circuito podría ubicarse en niveles de tres dígitos.
Los datos también difieren de la percepción de la población, que advierte aumentos asociados al bloqueo petrolero y a las sanciones secundarias que Washington aplica desde mayo. Estas medidas, según el texto, desalientan la llegada de inversores extranjeros.
Por rubros, el mayor incremento interanual correspondió a Bebidas Alcohólicas y Tabaco, con el 46,71%. Le siguieron Alimentos y Bebidas no Alcohólicas, con el 42,66%; Restaurantes y Hoteles, con el 39,11%; y Transporte, con el 24,80%.

El área de Muebles y Artículos para el Hogar registró una suba de dos puntos porcentuales frente a agosto y llegó al 23,44%.
También se observaron alzas en Servicios de la Vivienda (21,62%), Bienes y Servicios Diversos (21,04%), Educación (20,24%) y Prendas de Vestir y Calzado (12,85%).
La Salud se mantuvo como la categoría con menor inflación, con el 0,29%. Las Comunicaciones presentaron una variación limitada, del 0,74%.
Cuba atraviesa una crisis económica y energética asociada a factores internos y externos. La pandemia del COVID-19, el endurecimiento de las sanciones de Estados Unidos y las políticas económicas y monetarias nacionales agravaron los problemas estructurales de la economía.
La población enfrenta apagones de hasta 20 horas diarias y un aumento marcado de los precios, en especial de alimentos y medicamentos en los mercados informales.
Entre 2020 y 2025, la economía cubana acumuló una contracción superior al 15%. La Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) proyecta que en 2026 la isla registrará la mayor caída económica de la región, con una baja estimada del 10,3% en el producto interno bruto (PIB).
ECONOMIA
El futuro será inteligente, pero inconsciente

Hace más de tres años se publicó el primer modelo de ChatGPT, y cambió nuestra forma de buscar información. Mientras para algunos usuarios la relación con la IA es superficial, para otros se volvió indispensable, adoptada con una confianza ciega que tiene un antecedente alarmante.
Hace pocos años, subir fotos a las redes parecía inofensivo. Hoy Meta enfrenta demandas en 29 estados de EE.UU. por ocultar el daño psicológico que Facebook e Instagram causaban en niños y adolescentes. En septiembre, la CNBC anunció un acuerdo de 17 mil millones de dólares en 10 años, que obliga a la red a sumar controles parentales y restricciones horarias para menores.
El caso de Meta debería servir como advertencia. Una ceguera similar puede repetirse con la IA. The Economist reveló que casi uno de cada cinco estadounidenses de 18 a 29 años dice tener una “amistad personal continua” con un chatbot, mientras China ya limita rasgos humanos en sus bots para frenar la dependencia emocional. Si a Facebook le llevó 22 años admitir que dañaba a los niños, ¿cuánto tardarán las empresas de IA en admitir su propio lado B?
La diferencia es que los efectos de la Inteligencia Artificial trascienden lo individual: prometen alterar de raíz el sistema financiero, educativo y productivo del mundo.
Dos dinámicas opacan ese riesgo: la carrera por la Inteligencia Artificial General entre laboratorios como OpenAI, Anthropic y xAI, y la disputa geopolítica entre Estados Unidos y China por usar estos modelos con fines militares. El usuario queda en segundo plano, mientras la ética se vuelve moneda de cambio entre gobiernos y laboratorios de frontera.
Conviene distinguir dos niveles de IA: la de uso público, que predice textos bajo límites éticos y legales, y los modelos internos de las big tech, mucho más potentes y libres de esas restricciones, usados para definir perfiles crediticios, precios dinámicos o vehículos autónomos.
Es innegable que estos sistemas ya superan la capacidad humana en matemática, programación o ajedrez. Pero ante tanta inteligencia, ¿qué conciencia la regula?
La inteligencia es la habilidad de perseguir objetivos y superar obstáculos. La conciencia, en cambio, es el componente que guía esa capacidad en el ser humano. Los modelos actuales la simulan de manera extraordinaria, pero carecen por completo de ella, un riesgo crítico a medida que los agentes autónomos se multiplican.
Tener conciencia implica poder sentir: afecto, placer, miedo o dolor. La prueba definitiva de la condición moral es la capacidad de sufrir. Al no poder padecer, los agentes de IA no son sujetos morales.
Y este dilema ya empieza a tomar forma concreta. En junio de 2026, el presidente Javier Milei escribió una nota en el Financial Times a favor de dar personería jurídica a empresas gestionadas íntegramente por IA. La propuesta abrió un debate con el historiador Yuval Noah Harari sobre los riesgos de otorgar estatus legal a entidades artificiales.
Se presenta como desregulación e innovación, pero el riesgo es enorme: una IA superinteligente con derechos podría desplazar a los humanos de la cima de la jerarquía social.
¿Cómo sancionar a una entidad que no puede sufrir? Un directivo tradicional está limitado por su reputación y el temor a quebrar. Una corporación autónoma, como advirtió Harari, podría operar sin esas ataduras, financiar campañas políticas y asegurar regulaciones a su favor, sin nadie que le discuta su estatus.
Este es el verdadero desafío de la próxima década. Cada salto tecnológico exige reflexión, pero el debate pierde sentido si llega a destiempo: mientras el mundo recién reacciona a las redes sociales, la IA avanza a ritmo sistémico, muy inteligente, pero sin conciencia. Antes de discutir si merece derechos, conviene pensar el impacto que ya tiene en nuestras comunidades.
Dar estatus legal a la IA podría ser el atajo para que OpenAI, Anthropic y xAI posterguen su rendición de cuentas, repitiendo los errores que el caso Meta dejó expuestos.
El autor es especialista en negocios y política y profesor de la Facultad de Ciencias Empresariales de la Universidad Austral
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ECONOMIA
Aumentó la VTV en la provincia de Buenos Aires: cuánto hay que pagar a partir de hoy

- Vehículos de hasta 2.500 kilos: $114.105,99.
- Motovehículos: alrededor de $45.614.
- Vehículos de más de 2.500 kilos: alrededor de $205.264.


- Solicitar turno en una planta oficial habilitada.
- Verificar el valor vigente para la categoría del vehículo.
- Llevar la documentación requerida por la planta verificadora.
- Presentarse con el vehículo en condiciones de circulación y con los elementos de seguridad exigidos.
- Conservar el comprobante y la oblea entregados tras completar el trámite.
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