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SOCIEDAD

Una nutricionista advirtió sobre los riesgos de comer una picada: “Hay que estar atento”

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Un poco de salame, un poco de queso, un poco de jamón. Para muchos, esa ecuación puede acercarse a la felicidad. Pero para la nutricionista Nadia Hrycyk es un alerta que debemos atender. En su visita a a LN+, la especialista advirtió sobre los riesgos ocultos de comer una picada y sostuvo que “todos sabemos que los fiambres no son alimentos sanos”.

Nadia Hrycyk, nutricionista

“Lo más peligroso de las carnes procesadas, que es el segmento donde se ubican los fiambres, es la cantidad de colorantes y conservantes”, explicó Hrycyk. “Si todos los días consumo al menos 50 gramos, la incidencia de contraer cáncer de colon o recto es mucho mayor”, graficó.

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La base argumental de la especialista fue la confirmación, por parte de la Organización Mundial de la Salud (OMS), de que este tipo de carnes se encuentra en el grupo 1 con mayor evidencia científica de alimentos que producen cáncer. En el mismo segmento se encuentran el tabaco y el asbesto.

En palabras de la especialista, “el compuesto principal que está relacionado con la aparición de la enfermedad son las nitrosaminas, que es lo que también permite que este tipo de carnes tenga esa apariencia rosácea”.

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Al momento de identificar la clave que desequilibra la balanza, Hrycyk expuso: «Todo depende de la frecuencia con la cual comamos una picada. Si todos los días comemos fiambre, es más peligroso».

El tip de la pasta fría

En su exposición en LN+, la nutricionista también reveló las alternativas para contrarrestar las contraindicaciones del excesivo consumo de fiambres. “Lo que nos protege de todo esto es la mucosa intestinal. Y para favorecer a su segregación, lo mejor es nutrirnos de fibra”, apuntó.

Entre las opciones más accesibles para hacernos de este componente se encuentran las frutas y verduras, los frutos secos y opciones de arroz como el yamaní.

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Las ensaladas con pasta fría es una propuesta cada vez más expandida en diversos restaurantes

¿La pasta fría se convierte en fibra?, le preguntaron a la nutricionista. “No”, respondió y agregó: “Lo que sucede es que se gelatiniza el almidón. Es decir, cuando comemos pasta fría lo único que ocurre es que no nos aumenta el nivel de azúcar en sangre”.

Por otro lado, Hrycyk habló del rol de los quesos. “A diferencia de la carne procesada, tienen una maduración más natural”, subrayó. “Y además de quesos, a las picadas les podemos agregar bastoncitos de zanahoria y aceitunas”.

“Al fin y al cabo, el secreto de una buena alimentación no es tenerle miedo a todo, pero sí ser cuidadoso de dónde obtenemos la información”, concluyó la nutricionista.

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SOCIEDAD

El español es el segundo idioma más hablado del mundo. La economía de sus hablantes explica por qué no doblan más videojuegos

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El español es el segundo idioma más hablado del planeta por número de hablantes nativos, supera al inglés y se ha convertido en el idioma oficial de 21 países. Existen 500 millones de hispanohablantes en el mundo, así que aplicar una lógica directa entre número de hablantes y poder de mercado daría como resultado tener juegos doblados a nuestro idioma casi por defecto, pero no es así. ¿Por qué? La razón no tiene que ver con desinterés ni con falta de preocupación por el público hispanohablante, sino con decisiones financieras a la hora de doblar un videojuego, ya que el presupuesto puede subir más de 200.000 euros.

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Doblar un videojuego no empieza en un estudio de grabación, empieza meses antes con la adaptación del guion. Traducir no es doblar: no puedes trasladar una línea de diálogo palabra tras palabra si el personaje tiene los labios animados y el tiempo de la frase está ajustado al milímetro, alguien tiene que reescribir cada línea para que encaje en la boca del personaje, mantenga el sentido y suene natural en un idioma distinto. Después llegan los castings a actores de voz, la dirección de las sesiones, la edición del audio, la sincronización con la animación, el control de calidad lingüístico y la integración técnica, una serie de pasos en la que cada uno tiene un coste propio.

Lo que cuesta poner voces en tu idioma

Los rangos que maneja la industria en 2025 sitúan el doblaje profesional en una horquilla entre 500 y 1.500 euros por hora de audio terminado por idioma. Un RPG con diálogo generoso puede superar las 100 horas de audio mientras un indie moderado se queda en 20 o 30, pero a eso hay que sumarle la adaptación del guion, la dirección artística, el control de calidad y la integración técnica. Según Transphere, el coste total puede ir desde los 2.000 euros en un indie pequeño hasta más de 200.000 euros en un AAA con mucho diálogo, y el importe se multiplica por cada idioma. De hecho, español implica el mercado castellano y el latino con sus acentos, actores y estudios distintos.

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La decisión de doblar no la toma el equipo de desarrollo, la toma el publisher mirando una hoja de cálculo. Cuando analizan cuántas copias adicionales venderán gracias al doblaje y estudian si ese incremento cubre el coste, terminan tomando la decisión. Hace casi una década, un distribuidor español nos contó un caso muy concreto sobre un título AAA que debería haber llegado doblado al castellano. La distribuidora local se comprometió a vender el número mínimo de unidades que el editor exigía para cubrir costes, asumió un riesgo importante y, aún así, el editor dijo que no y el juego llegó sin doblaje.

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Ese episodio resume un problema estructural: España es el quinto mercado de Europa en videojuegos y facturó 2.408 millones de euros según el anuario de AEVI. Hablamos de 22 millones de jugadores, casi un 45% de la población, así que es un mercado gigante en términos absolutos. Sin embargo, si se divide esa facturación entre el número de jugadores, el resultado se traduce en un gasto de 109 euros por jugador al año mientras la media de Europa Occidental ronda los 170 euros. España juega mucho, pero como Reino Unido gasta más del doble, los editores deciden con esa idea en la cabeza.

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La diferencia no es una cuestión de cultura ni de interés, sino más bien de estructura económica y hábitos de consumo. El móvil es el dispositivo más usado gracias a su cuota del 55% de los jugadores españoles, así que hablamos de un dispositivo que empuja hacia el modelo free-to-play con micropagos en lugar de títulos completos a 70 euros. Las suscripciones crecen, pero el mercado físico cae año tras año y el gasto se reparte entre muchos espacios en lugar de concentrarlo en unos pocos. El resultado es una base de usuarios enorme, pero con un gasto por jugador que no justifica el coste de un doblaje completo.

Por qué el jugador que habla español gasta menos

Latinoamérica añade otra capa de complejidad. El español latino abarca a cientos de millones de personas en países con economías y patrones de compra muy distintos. México, por ejemplo, es el mercado hispanohablante más grande de la región, pero la piratería histórica y el tiempo de cambio han reducido durante años la disposición a pagar por títulos completos. Argentina, por su parte, lleva años sufriendo una inflación que convierte el precio de un juego en algo prohibitivo para una gran parte de la población. Cuando un publisher suma todo esto, tenemos excepciones como Final Fantasy XVI, pero vemos que el español tiene un alcance enorme con una rentabilidad por doblaje difícil de justificar.

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La ironía es que el argumento funciona en ambas direcciones. Cuando un título llega doblado al castellano, la comunidad hispanohablante lo nota, lo comenta y, en muchos casos, premia esa decisión con mejores ventas. El problema es que ese efecto es difícil de cuantificar antes del lanzamiento, así que los publishers prefieren certezas antes que apuestas. Así, es el mismo razonamiento que paraliza cualquier inversión en un mercado que parece grande, pero cuyos datos de gasto real no terminan de respaldar el riesgo.

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Lo positivo es que la situación cambia: lento, despacio, pero cambia. El mercado digital en España subió casi un 20% en 2024 y cada vez más jugadores compran títulos completos en plataformas online. Las suscripciones también redistribuyen el riesgo: si un juego entra en Game Pass o PS Plus, el publisher tiene ingresos garantizados independientemente de las ventas individuales en España. Esto hace que sea más fácil justificar el coste del doblaje, pero el cambio es gradual y la hoja de cálculo sigue siendo la misma.

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Somos 500 millones de hispanohablantes y muchos juegos no llegan doblados. La respuesta no está en que los estudios no nos quieran, está en que el número de hablantes de un idioma y el dinero que esos hablantes gastan en videojuegos son dos cosas distintas. Como la industria solo mira la segunda, la ecuación cambiará sola el día que esas dos cifras se alineen mejor.

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La noticia

El español es el segundo idioma más hablado del mundo. La economía de sus hablantes explica por qué no doblan más videojuegos

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3DJuegos

por

Abelardo González

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“Vamos a prender fuego todo”: la noche de furia que se vivió en Córdoba tras el hallazgo de los restos de Agostina Vega

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Desde Córdoba.— El humo negro se eleva sobre la esquina de Alem y Rancagua, en el barrio General Mosconi, en Córdoba. Sale de una pila de neumáticos, madera y cartón que algunos vecinos prendieron fuego y van alimentando de a poco. A unos metros, se observa la presencia de patrulleros. El despliegue policial es amplio, pero por el momento no hay disturbios.

Son cerca de las 18.30 del sábado y hace poco más de dos horas que se confirmó la noticia que nadie quería escuchar. Agostina Vega está muerta, la mataron: sus restos aparecieron en un descampado después de dos días de rastrillaje.

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Aunque la adolescente de 14 años llevaba siete días desaparecida, entre sus familiares, vecinos y amigos todavía sobrevivía una esperanza de encontrarla con vida. El hallazgo de sus restos transformó la angustia en bronca.

A medida que la noticia comenzó a circular por Córdoba, cada vez más personas llegaron hasta la casa familiar de la adolescente, sobre la calle Alem al 3700. Muchos todavía llevaban en las manos los mismos carteles que habían utilizado durante las marchas de los días anteriores. “¿Dónde está Agostina?”, decía uno. “Que aparezca ya”, reclamaba otro. “Seguimos buscando a Agostina Vega”, se leía en otro.

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Dentro de la vivienda el clima es devastador. Familiares lloran, se abrazan y se lamentan. “Nadie nos escuchó. No hicieron nada. Cuánto se tardaron”, reprochó una tía de la menor.

Afuera del domicilio, mientras tanto, la bronca popular comienza a expandirse. Ya no apunta únicamente contra Claudio Barrelier, hasta ahora, el único detenido por el crimen. También alcanza a la policía y a las autoridades provinciales. “Quinteros hijo de puta”, gritan algunos en referencia al ministro de Seguridad de Córdoba. Otros reprochan la actuación policial durante la búsqueda y la presunta demora en declarar la Alerta Sofía. “Les importó más un partido de fútbol que la desaparición de una chica”, se queja una vecina. “El ministro ya tendría que haber renunciado”, agrega. “Vamos a prender fuego todo”, siguen.

Por precausión, algunos comerciantes de la zona deciden bajar las persianas de sus locales antes de tiempo.

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El cartel colocado en la puerta de la casa de Agostina. “Nadie nos escuchó. No hicieron nada. Cuánto se tardaron”, reprochó una de sus tías (Mario Sar)

La madre de Agostina no está presente. Según explicó su abogado, Carlos Nayi, Melisa Heredia sufrió una fuerte descompensación y fue trasladada a un centro de salud. “Está en terapia intensiva, con un cuadro de deshidratación severa, hipertensión y algunas complicaciones orgánicas. Todavía no conoce la noticia oficial”, detalló el letrado.

Muchos de los que están ahí se autoconvocaron. Ya lo habían hecho los días previos para acompañar el reclamo de la familia en plena búsqueda de la joven. “Tenemos el corazón roto”, dice una mujer que se acercó junto a otras madres del barrio. “Estamos acá por solidaridad. Como dice el dicho: ‘Hoy por tí, mañana por mí’. Todos tenemos hijos”, explica. “Sí, somos una comunidad”, responde otra.

También están los compañeros de colegio de Agostina, algunos todavía llorando después de haberse enterado de la noticia por televisión. “Agos era buena onda; medio quilombera, pero buena onda”, la describe uno de los chicos. “Haya sido lo que haya sido, no merecía morir. Tenía 14 años, toda la vida por delante”, agrega otra.

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Con el correr de los minutos, el nerviosismo escala. Cerca de las 19.30, el fiscal Raúl Garzón y el ministro de Seguridad Juan Pablo Quinteros brindan una conferencia de prensa para informar los avances de la investigación. Pero las explicaciones que ofrecen no alcanzan para calmar los ánimos. La tensión que se percibe en las calles también se traslada dentro del recinto. Garzón rechaza cuestionamientos sobre la investigación y mantiene varios cruces con periodistas que le preguntan por la búsqueda de la adolescente y las medidas adoptadas durante los siete días que permaneció desaparecida.

Ya entrada la noche, decenas de vecinos se movilizaron hasta el Destacamento Policial Juan Pablo II, ubicado a pocas cuadras de la casa de Agostina. Allí se produjeron los primeros incidentes. Algunos manifestantes arrojaron piedras contra el edificio. La policía respondió con disparos de balas de goma y gases lacrimógenos. Hubo corridas, gritos y momentos de descontrol.

Hubo amplio despliegue policial antes durante y después de los incidentes (Foto/Mario Sar)

En medio de ese escenario apareció el abuelo de Agostina, Miguel Heredia, que no pudo contener el llanto frente a las cámaras. “No esperaba esta noticia, es la peor que pudimos recibir en nuestra vida”, dijo con la voz quebrada. “Voy a seguir marchando hasta que tenga la justicia que necesita mi nieta. A mi nieta me la mataron. Quiero que caigan todos los que tengan algo que ver con su muerte”, siguió.

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La noche avanza sobre Córdoba y el humo sigue cubriendo parte de la avenida. La ciudad que durante una semana pidió que Agostina apareciera con vida ahora exige respuestas.

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SOCIEDAD

Son amantes hace más de 30 años: él dejó a su familia, pero ella todavía no puede abandonar a su marido

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Se conocieron estudiando Ciencias Políticas en Córdoba en 1970. Fueron novios apasionados, los separaron los miedos y las presiones familiares. Se reencontraron 25 años después, y desde entonces viven un amor clandestino que sobrevive al tiempo, a los matrimonios y a la culpa.

Alberto todavía recuerda el instante exacto en que se enamoró de Noelia. Ella estaba sentada detrás suyo en una clase de Ciencias Políticas en Córdoba, en 1970. “Mi padre quería que fuera médico, abogado o ingeniero, porque eran los destinos en aquella época. Y como yo quería fundar un partido político con un amigo, me boché en los tres ingresos, entonces al viejo no le quedó otro remedio, y me fui a estudiar Políticas”, relata Alberto para describir el milagro de cruzarse con su alma gemela: “Y ahí la encontré a ella, que empezaba”, revela entre suspiros. “Por eso, fue el destino, porque si yo hubiera empezado un año antes no la hubiera conocido”.

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Hacía tres meses que la miraba en silencio. “Ahí la conocí y le eché el ojo, pero tardé en acercarme”, dice volviendo 56 años atrás con la mirada. Le gustaba cómo hablaba, cómo se reía, cómo se acomodaba el pelo mientras tomaba apuntes. Ella nunca había tenido novio. Y él tampoco. “Yo no tenía experiencia de novia, tenía algunos arrimes que había hecho, pues ya tenía casi 20 años. Claro. Pero nada más. La vida era muy distinta en aquella época”, detalla con su tono pintoresco.

Ese día, sin pensarlo demasiado, se dio vuelta de golpe y soltó lo primero que le salió: “Petisa, ¡me gustás una barbaridad!”. Noelia lo miró sorprendida y respondió, casi riéndose: “¡No digas disparates!”.

Durante el noviazgo, buscaban cualquier excusa para verse. La biblioteca de la casa de Noelia fue escenario de muchos de sus momentos más íntimos. (Foto ilustrativa generada con IA).

Pero el disparate ya había empezado. “Desde ese día no pudimos dejar de vernos”, recuerda Alberto, hoy de 75 años. “Nos escapábamos ‘teóricamente’ para estudiar juntos en la casa de ella. En realidad estudiábamos poco. Como al mes caí en la cuenta de que ella no le había dicho a la madre y al padre que éramos novios. Y nos escondíamos en la biblioteca de la casa y chapábamos como unos locos, mientras pensaban que estábamos estudiando”, cuenta con una picardía que a su edad se siente una obra de arte.

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Hasta tenían una técnica para que no los descubran: la madre de Noelia iba a chequearlos “tupido”, vivían en una típica casa antigua y cuando se acercaba podían percibirla: “Usaba tacos la vieja. Entonces taconeaba en el piso de pinotea. Claro. Y la escuchábamos, entonces nos separábamos”, relata haciendo la mímica con sus manos, y con la misma cara de niño desentraña: “Pero bueno, hasta que un día nos descubrieron”.

“Ella era preciosa”, dice y apurado se retracta: “Ahora sigue siendo bonita con 74 años, tiene un año menos que yo”. Y de repente, se desata con una catarata de elogios, de aquí y del más allá: “Es del mismo signo que yo; soy de Sagitario y ella también. Nacimos con 10 días de diferencia. Pero es preciosa. Realmente era preciosa. A mí me gustaba mucho. Mucho. Era simpática. Noooo, era muuuy agradable. Cantaba como los dioses, tocaba la guitarra como los dioses, todavía lo hace, ¿eh?”, y en lo que resta del cuento termina casi todas sus frases con su adorable “¿eh?”, como quien habla de lo obvio conocido.

Noelia se vestía con minifaldas en una época en la que eso llamaba la atención. “Hay un acontecimiento en el servicio militar. Me fue a ver, y fue con un vestido muy corto. Y claro, la alegría que me dio a mí, la abracé en el medio del playón y la di vuelta y todo el mundo le vio el culo”, recuerda con una tierna carcajada. El servicio militar puso un paréntesis a la relación. Pero todos los sábados Noelia obligaba al padre a llevarla a la visita en el cuartel.

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“Luego de cuatro meses, me trasladaron a una unidad equidistante entre mi casa y la de ella (solo unas cuadras) y todo recuperó la intensidad habitual”. Alberto, hijo de un exmilitar devenido comerciante, sentía que no podía creer que una chica así estuviera enamorada de él. Y así, el sentimiento creció de modo exponencial. Más allá de ir a clase, no había modo de que no pasaran un día sin verse.

“En mi familia causó sensación. Creo que mi padre la quiso más que yo”, exagera Alberto. En cambio, en la de Noelia no lo vivían con felicidad. “No era lo que ellos querían para la nena. Tenía que meterse con un tipo de otro target. Yo era un ‘hijo de milico’”, cuenta con mucho de orgullo y algo de decepción. “Esperaban a alguien de otro nivel social, a uno más importante. Yo era un pibe común”.

Nunca les prohibieron la relación de frente. Fue peor: la desgastaron lentamente. No los dejaban quedarse solos, vigilaban los horarios, encontraban excusas para interrumpirlos. “El padre era un viejo vago, ¿eh? Pero cuidarle a la nena era otra cosa”, se descarga Alberto. Aun así, el vínculo crecía. Porque ningún encuentro es casualidad, las almas saben reconocerse. La vida es mucho más mágica de lo que percibimos.

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Una discusión aparentemente menor terminó exponiendo diferencias más profundas. El miedo al cambio y las presiones familiares marcaron el final de la relación. (Foto ilustrativa generada con IA).
Una discusión aparentemente menor terminó exponiendo diferencias más profundas. El miedo al cambio y las presiones familiares marcaron el final de la relación. (Foto ilustrativa generada con IA).

No hacía falta tener sexo para sentir que estábamos profundamente unidos”, asegura Alberto. “Ella era muy religiosa. Había prometido que su primera vez iba a ser después de casarse. Y yo la respeté”, explica con ternura. “Jamás nos dejaron solos, nunca, nunca, nunca. Para evitar que nos despidieramos en el zaguán, me llevaban a mi casa”. Hasta que recuerda el momento de más unión: “La vez que estuvimos más tiempo juntos fue cuando me fui de vacaciones con ellos a Mar del Plata. Juntos es una forma de decir, porque ella dormía en la habitación de los padres y yo en el living, por supuesto”. Nunca tuvieron intimidad. Y por más amor verdadero, Alberto se sincera: “Una sola vez corrimos un riesgo en Mar del Plata que nos dejaron solos en el departamento por accidente. Y nos apretamos muchísimo pero pudo más la promesa que habíamos hecho. No pasó nada. En algún momento habíamos hablado de eso, porque estábamos los dos muy calientes en serio. Pero ella por inclinación, por educación, qué sé yo, había dicho que su primera noche después de casada se la dedicaba a la Virgen”. Y con la esperanza de la juventud perdida dice: “Si se supone que nos quedaban juntos 50 años más, ¿cuál era el problema?”.

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El noviazgo duró poco más de dos años. “Veinticinco meses clavados”. Hasta que una discusión mínima hizo explotar todo. El 31 de julio de 1972, la madre de Noelia criticó una ropa que Alberto se había comprado. Ella, que lo había acompañado a comprarla y elegido con él, por no enfrentarla, dijo que también le parecía horrible. “Fue una pavada, pero yo venía acumulando bronca”, reconoce. “Me di cuenta de que siempre iba a elegir no enfrentarlos”.

Esa noche habló con su padre y le pidió permiso para que Noelia se fuera a vivir con ellos. Cuán audaz se pone uno cuando tiene la certeza de que es amado. “Mi viejo me dijo: ‘Que venga. Dormirá con tus hermanas hasta que se casen’”. Al día siguiente, Alberto fue a buscar a su novia lleno de ilusión. Mientras caminaba hacia la casa de Noelia, no podía creer que la vida sea tan generosa con él: su mundo era perfecto. Le propuso irse juntos. Empezar otra vida.

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Pero Noelia no pudo. “Tuvo miedo”, resume Alberto en dos palabras que parecen un réquiem. “Y me fui, lisa y llanamente”. Así se terminó.

Alberto lloró toda la noche. Dejó la facultad para no verla todos los días. Se fue de su casa una semana. Entró en una tristeza que, según cuenta, le cambió la vida. “Yo seguí funcionando, trabajando, haciendo cosas. Pero nunca dejé de amarla”.

Pasaron los años. Conoció a otra mujer, se puso de novio, construyó una casa, se casó y tuvo un hijo. Aprendió otro oficio. Armó una vida. Pero Noelia seguía apareciendo, inesperadamente, en pequeños gestos cotidianos. “Muchas veces levantaba el teléfono para llamar a alguien y marcaba automáticamente el número de ella”, relata dejando ver otros tiempos que parecen imposibles: cuando nos sabíamos los números de memoria.

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Pasaron más de dos décadas sin verse. “En el ’95 ya el recuerdo me rompía todo”, acepta con nostalgia. Hasta que un día de 1996 ya no soportó la incertidumbre. Esperó el cumpleaños de Noelia y llamó a la escuela donde imaginaba que trabajaba. “No, hoy no viene porque es el cumpleaños”, respondieron del otro lado. Alberto no podía estar más feliz: ya sabía dónde estaba.

Tuvo que esperar otro año entero para volver a tener una excusa. ¿Por qué la razón busca pretextos? ¿Acaso no sabe que el amor no entiende de orgullo? “Pues yo no sabía si ella conservaba el sentimiento, si conservaba muchos recuerdos, no sabía si se había casado, si no se había casado, no sabía nada”, se redime Alberto. A veces hay que actuar sin saber. Luego el corazón te guía.

Esperé todo un año más, pero las ganas eran las mismas: “Quería saber qué había pasado con ella, necesitaba las cosquillas en el estómago”. La segunda vez sí atendió. Noelia se quedó helada, hizo un silencio terrible. “Cuando escuché su voz fue un terremoto”, declara.

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Tras más de dos décadas sin verse, volvieron a encontrarse. Ambos habían formado otras familias, pero descubrieron que sus sentimientos seguían intactos. (Foto ilustrativa generada con IA).
Tras más de dos décadas sin verse, volvieron a encontrarse. Ambos habían formado otras familias, pero descubrieron que sus sentimientos seguían intactos. (Foto ilustrativa generada con IA).

Hablaron “cuatro palabras” porque ella estaba trabajando, estaba tomando examen. Alberto la volvió a llamar dos días después y coordinaron encontrarse un día en la semana.

La cita fue unos días después. “Fue un golpe”. Se veían recién después de 26 años. Ella estaba casada, tenía dos hijos y “un matrimonio que no le daba nada”. Él seguía casado también. Pero apenas se vieron entendieron que nada había cambiado. “Sentí exactamente lo mismo que a los 20”, cuenta con melancolía. “Y ella tenía una tristeza en la cara que me destruyó”.

Empezaron a verse a escondidas. Primero para hablar. Después para besarse. “Y tanto fue el cántaro a la fuente que al final nos encontramos con el tiempo suficiente”, explica Alberto, hasta que deja a un lado sus metáforas: “Una vez que nos encontramos, chau, se pudrió todo”, dice para describir que, finalmente, tuvieron la intimidad que nunca habían podido tener de jóvenes. Sus cuerpos se conocieron desnudos por primera vez. “Fue lo más hermoso que nos pasó”, se abre Alberto. “Y ya no pudimos dejarlo”. Tenían 46 y 45 años.

Durante años sostuvieron una relación clandestina. Hoteles alejados, bares discretos, caminos secundarios, códigos por teléfono. “La tristeza la perdió a partir del momento en que nos empezamos a encontrar. Y después que nos dimos el primer beso, fue mejor todavía. Ya no volvió a ponerse triste. Y después que empezamos a tener sexo menos”, manifiesta con ganas de seguir redoblando la apuesta infinitamente. Ella borraba los mensajes. Él aprendía a interpretar si estaba sola según cómo contestaba. “Lo más frecuentemente que lo hicimos fue una vez por mes. Y lo máximo que estuvimos juntos seguidos fueron cuatro horas”, se queja. “Siempre corriendo, siempre escondidos”.

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El deseo contenido era tal que Alberto afirma sin pudor: “Gastamos todos los hoteles alojamientos”. El remordimiento no tardó en llegar, aunque no de manera rotunda: “Lo que me daba culpa era saber que yo quería a alguien que no era mi mujer. Eso me daba mucha pena”, confiesa. “Durante varios meses nos vimos en lugares escondidos de miradas indiscretas. Ambos estábamos en falta”.

Cuando la esposa de Alberto encontró una carta de amor en el bolsillo de un pantalón, la verdad explotó. “Me preguntó qué significaba y yo le dije: ‘A vos te quiero mucho. Pero a ella la amo’”. La verdad sin empatía es crueldad.

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Llegó la separación. “Me fui al día siguiente. Un domingo”. Pero no fue el comienzo de la vida que soñaba. Fue otro laberinto. Al otro día, desde su trabajo, llamó a Noelia y le confirmó que se había ido. Ella no creía que lo haría. Y como, en algún momento Alberto le había dicho que cuando estuviera solo iría a su casa, golpearía la puerta y le contaría todo al marido, sucedió lo inesperado. “Dejó de hablarme”.

Ella nunca dejó a su marido. “Pensé que cuando me separara ella iba a animarse. Pero desapareció”, se lamenta sin poder disimular algo de bronca. “Tenía miedo de que yo fuera a contarle todo al esposo. Terror al cambio”, define Alberto.

Volvieron a encontrarse tiempo después. Y siguieron. Siempre a medias. Siempre siguen. “Desde aquel momento han pasado 24 años. Recuperamos nuestro contacto. La madre, que me había odiado, ahora nos sirvió de pantalla mientras vivió. Me pidió perdón por su conducta pasada. Comprendió”. Alberto trató de todo para que Noelia se separara. Ya no sabe más qué hacer: “Nunca intenté hablar con el esposo. Tengo la idea de que, si lo hiciera, ella me negaría como Pedro negó a Jesús. Y él, que supone la verdad, aceptaría lo que la esposa dijera, solo por jodernos a los dos”, sentencia. Noelia quiso cortar con Alberto varias veces. Por culpa. Por religión. Por miedo. Por costumbre. No lo logra. “Es como si su culpa fuera superior al amor y deseo”, se lamenta él, y explota con otra de sus analogías: “No pongo en duda su amor… Pero nunca entendió que no se puede hacer una buena tortilla sin romper algunos huevos. Amar es jugarse, es valor, es coraje. Resulta más fácil ser cobarde y permanecer quejándose en un lugar que no la hace feliz”.

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Alberto intentó rehacer su vida con otras mujeres. Tuvo parejas largas. Pero ninguna logra ocupar el lugar de Noelia. “Ella es el gran amor de mi vida”, dice sin dudar. “La mujer que más quise… y quiero”.

Hoy, con más de 70 años, siguen hablando todos los días. Entre mates, recuerdos y conversaciones interminables, mantienen vivo un amor que nunca terminó de irse. (Foto ilustrativa generada con IA).
Hoy, con más de 70 años, siguen hablando todos los días. Entre mates, recuerdos y conversaciones interminables, mantienen vivo un amor que nunca terminó de irse. (Foto ilustrativa generada con IA).

Hoy hablan todos los días. A veces se ven para tomar mate. A veces discuten. A veces se ríen como dos adolescentes. Él asegura que sigue enamorado como aquel primer día en la facultad.

Noelia ya no quiere tener relaciones sexuales. Dice que siente el pecado en su espalda. Que están grandes. Que él merece otra oportunidad. Pero tampoco puede dejarlo ir. Alberto estalla de frustración: “Y yo, ¿qué catzo hago con mi amor?”.

Hace poco, en medio de una de esas conversaciones eternas, él volvió a preguntarle por qué seguían haciendo todo tan difícil. Noelia no respondió. Entonces él entendió algo que le dolió y lo alivió al mismo tiempo: hay amores que no saben vivir juntos, pero tampoco sobreviven separados.

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Y desde hace 56 años, el de ellos sigue siendo uno de esos.

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Escribinos y contanos tu historia: amoresverdaderos@artear.com

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@cynthia.serebrinsky

Amores Verdaderos es una serie de historias reales, contadas por sus protagonistas. En algunas de ellas, los nombres serán cambiados para proteger su identidad y las fotos, ilustrativas.

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