INTERNACIONAL
Victoria Ocampo y un esperado regreso: reeditan la autobiografía de una figura central de la literatura y la historia cultural argentina

Era tan exquisita y exigente que no le alcanzaba lo que hacía; no se consideraba una escritora aunque escribir le resultaba inevitable. “Yo no soy una escritora. Soy simplemente un ser humano en busca de expresión. Escribo porque no puedo impedírmelo, porque siento necesidad de ello y porque es mi única manera de comunicarme con algunos seres, conmigo misma. Mi única manera”, escribió Victoria Ocampo (1890-1979) en sus Testimonios, el conjunto de diez tomos que contienen sus artículos y ensayos. De eso hablaba hace tiempo, cuando dominaba el pudor incluso en ella, que supo saltar al vacío cada vez que fue necesario, y cuando la primera persona no dominaba la escena literaria. Hace varios años que el yo consiguió permear las murallas de todo canon y hoy la voz por escrito de Victoria vuelve para instalarse. Agotada desde hace mucho, reeditan su autobiografía que, a partir de ahora, podría convertirse en la puerta de entrada a una obra tan potente y singular como subestimada.
La reedición de los seis tomos que componen la Autobiografía de Victoria Ocampo –después de cuarenta y siete años de su primera versión– fue un trabajo conjunto entre la Asociación Amigos de Villa Ocampo y la Fundación SUR. Como resultado de un intenso trabajo que demandó doce meses de digitalización, diseño, revisión, corrección y actualización editorial, en una primera etapa saldrán a la venta los tres primeros volúmenes (El archipiélago, El imperio insular y La rama de Salzburgo) de esta obra fundamental de la cultura argentina y más adelante saldrán los otros tres. El precio de cada tomo será de $32.000 y los ejemplares se encontrarán pronto disponibles en las tiendas de Villa Ocampo (San Isidro), Villa Victoria (Mar del Plata) y en la mayoría de las librerías.
Escritora, ensayista, traductora, editora y gestora cultural, Victoria Ocampo fue una figura central en el desarrollo de la vida intelectual argentina y latinoamericana. Fundadora de la legendaria revista SUR y luego de la Fundación y la editorial del mismo nombre, celebró y agitó en sus publicaciones las principales corrientes culturales de su tiempo y dejó como autora una obra autobiográfica de excepcional valor testimonial y literario que, recién en los últimos años, comenzó a hallar legitimación crítica.
Las anteriores ediciones de la Autobiografía fueron publicadas entre 1979 y 1984, luego de la muerte de Victoria Ocampo y estaban fuera de circulación desde hace décadas. Los seis tomos de aquellas ediciones se convirtieron en un tesoro para pocos, casi una contraseña de hojas amarillas de tiempo.
El proyecto de reedición fue llevado adelante por personas e instituciones vinculadas al legado de Victoria. La Fundación Sur, titular de los derechos de la obra de la escritora, acompañó el proceso a través de su presidente, Javier Negri. Ernesto Montequín, director del Centro de Documentación de Unesco-Villa Ocampo, aportó material fotográfico del archivo y asesoró en cuestiones documentales y editoriales.
También participaron Patricia Pellegrini, miembro de la Asociación Amigos de Villa Ocampo, y Elisa Mayorga, de la Fundación SUR, quienes trabajaron en las tareas de digitalización, relectura, corrección y traducción de textos y también formó parte de este grupo Ubaldo Aguirre, presidente de la Editorial SUR.

La nueva edición incorpora criterios editoriales unificados, la identificación completa de personas hoy ya conocidas públicamente que en la versión original eran mencionadas mediante iniciales y notas aclaratorias de referencias históricas, culturales y bibliográficas que hoy podrían resultar menos accesibles para los lectores. Los ejemplares son más grandes que los originales y la tipografía tiene un cuerpo mayor, lo que permite una lectura más amable.
La reedición fue financiada por la Asociación Amigos de Villa Ocampo, que por estos días evalúa nuevas alternativas de financiamiento para completar la publicación de los tres tomos restantes de la obra: Viraje, Figuras simbólicas, Medida de Francia y SUR y Cía.
Dijimos que ella misma rehusaba a llamarse escritora. En el primer tomo de su autobiografía, explica que la habría “aliviado” escribir en tercera persona, pero que “es un instrumento que no he aprendido a manejar”. Dice también que así como le dio el título de Testimonios a sus artículos y ensayos, “tendría que darle a mi Autobiografía, a mis Memorias, un título prudente: Documento. Documento en la tercera acepción del vocablo (diccionario de la Academia Española): ‘Cualquier cosa que sirve para ilustrar o comprobar algo’”.
Victoria, cronista de su vida y la de los otros. Documentalista, conversadora oral y por escrito. Esnob, para las lecturas críticas durante décadas; tilinga, para las lecturas más ideologizadas que hegemonizaron la escena en determinado momento histórico. La literatura se le escapa, pero nada le interesa más. Lo explica así:
“Aborrezco eso que podría llamarse hacer literatura, fabricarla torpemente, sin capacidad para usar las palabras como instrumentos de precisión adecuados al fin que nos proponemos. Es decir, caer en la afectación, deficiencia mucho más lamentable que el uso de los borrosos lugares comunes. (…) Tampoco quiero hacer ”literatura» entre malévolas comillas. Y menos con recuerdos. Pero declaro que en lo que atañe a la buena literatura, no soy yo quien la evita, será ella quien se aparta de mí en todo caso. Pues una de las cosas que más he admirado es la cosa escrita».

Marta Álvarez Molindi es la presidenta de la Asociación de Amigos de Villa Ocampo. La reedición de estas memorias era para ella un proyecto importante desde lo personal y desde su lugar en la organización. “Leí los seis tomos de la Autobiografía a los veintipico, y charlábamos sobre eso con amigos, caminando por la playa en Pinamar. Yo vivía bastante cerca de Villa Ocampo”, recuerda a pedido de Infobae.
Y sigue así: “Pasaron unos años y entré a la Casa abrazada a esos libros. Estaba… deteriorada, los yuyos altos, sin gente. Tengo un recuerdo muy oscuro de eso. Años después volví y ya existía una asociación de amigos de la que me hice socia; poco después ingresé a su Comisión Directiva y años después tomé la presidencia, hasta hoy en dia. Por todo esto, esta reedición es muy importante para mí pero para la asociación es fundamental porque hace cuarenta y dos años (!) que no se reedita y lo que se lee allí es la voz de Victoria hablando sobre su vida, sin intermediarios. El público que visita la casa y pasa por la tienda pide siempre una Autobiografía y hasta ahora no existía una completa. Y una vez más, ¿cómo no va a estar la voz de Victoria en su casa, en Villa Victoria (Mar del Plata) y en las librerías para que pueda ser conocida?”

Investigador, traductor y ensayista, curador de varias exposiciones sobre Victoria Ocampo y la revista SUR, Ernesto Montequin es el director del Centro de Documentación UNESCO-Villa Ocampo. Desde esa función, fue uno de los asesores para esta nueva edición. Infobae conversó con él a propósito de la extraordinaria novedad literaria.
— ¿Por qué era necesario que volviera a estar accesible la autobiografía de Victoria?
— Lo que pasó con Victoria en los últimos años es que se la recuperó como figura pero no siempre la gente recuerda que, además de todo lo que hizo, fue escritora, con una obra propia como los Testimonios –también hay un proyecto de reedición de los Testimonios–, que son los volúmenes en los que ella misma incluía artículos, ensayos, notas que iba publicando en revistas y diarios, que son diez volúmenes y la Autobiografía, que son sus dos obras mayores en materia de escritura. La Autobiografía es fundamental porque es la propia construcción de su vida, con todo lo que eso implica, porque fue una obra que le costó mucho escribir, sobre la que tuvo muchas dudas, muchas vueltas, se la dio a leer a mucha gente. Pensá que ella empezó a escribirla en los años 50, es decir a los 60 años, y fue publicando algún que otro fragmento y después, bueno, hasta su muerte siguió, digamos, trabajando en esa autobiografía. Es una obra que de alguna manera cuenta ciertas cosas que no se conocían hasta entonces: cuestiones de su vida amorosa, de su vida personal, no solamente su vida pública.
— Tal vez lo que voy a preguntar puede ser un lugar común, pero ¿pensás que la fuerza que tomó la obra de Silvina Ocampo o incluso la de Bioy en su momento, y la potencia de la obra de todos aquellos que la rodearon familiar y profesionalmente, opacó ese costado de escritura de Victoria, y la arrojó para siempre al lugar de la gestora cultural, por llamarlo de algún modo?
— Y, en cierto modo sí, porque hay que tener en cuenta que Victoria no escribió ficción.
— Claro.
— De este grupo, más allá de las disidencias o de las afinidades que tenía con todos ellos, ella era la única que no escribía ficción ni poesía, salvo algunos poemas de juventud. Entonces eso ya la dejó en una categoría diríamos menor.
— Claro, inferior para la época en términos de cómo se conceptualizaba la literatura.
— Exacto. Pero, al mismo tiempo, con toda la valorización de la crónica como género literario de los últimos años, se la tiene que situar ahí, en una línea que con Mansilla. Y en ese sentido sí me parece que se la puede recuperar literariamente porque es una cronista. Y, en ese momento, la crónica era un género casi periodístico, no literario. Entonces ahora creo que sí están dadas las condiciones para recuperarla como la gran cronista que fue.
— El otro día en la presentación de la nueva novela de Alan Pauls en el Malba, él hablaba de la recuperación en formato literatura de lo que antes se consideraba menor como podían ser los diarios o las cartas de un escritor.
— Sí, absolutamente. Es que, bueno, por razones que serían muy largas de explicar, en todo el ámbito hispanoamericano, las autobiografías, los diarios, los epistolarios, nunca tuvieron estatuto de género literario por derecho propio.
— Así es.
— Ya sea por la influencia de la religión, por otras cuestiones culturales, no solo literarias, nunca se les dio estatuto de obra literaria. Y eso pasa también con las biografías. La biografía para nosotros es un género periodístico, no es un género literario. Es decir, tené en cuenta que para escribir una biografía, además de ser investigador, hay que ser un escritor o una escritora. Entonces, no hay tradición en ese sentido. Y ahora creo que en los últimos años sí se está descubriendo que los epistolarios, los diarios, las autobiografías también son literatura. Más allá de que, como decía (Guillermo) Cabrera Infante, literatura es todo lo que se lea como tal. Pero como género, como conciencia, que es lo que pasa con Bioy, con Victoria misma, era gente que leía mucha autobiografía porque conocía muy bien la tradición inglesa, la tradición francesa, en las que entre las grandes obras hay autografías, epistolarios, diarios. Entonces, cultivaban esos géneros sabiendo perfectamente que estaban escribiendo una obra literaria, no un género meramente documental. Y creo que recién ahora, por lo menos entre nosotros, se está valorando, se está descubriendo eso también… No me refiero a la autoficción o cualquiera de esos artilugios que son muy discutibles sino a la verdadera tradición de la literatura del yo como los epistolarios, diarios, todo lo que decíamos recién. Es decir, que eso puede tener un estatuto plenamente literario.

— Lo que estaría pasando ahí en términos de procedimiento es cómo los hechos reales pasan por el trabajo del estilo y el lenguaje. Una vez que atraviesan eso, ahí se puede determinar si es o no es literatura. Algo así sería.
— Algo así, en el sentido de que hay también una conciencia de estilo.
— A eso voy, sí.
— Absolutamente. Es decir, no sólo qué escribir sino cómo escribirlo.
— Por eso pienso en lo que mencionabas antes en relación a los textos que ella publicaba en diarios o revistas. También hay periodistas que son escritores y hay periodistas que no lo son, aunque escriban.
— Exactamente. Sí. Y hay periodistas que hacen literatura a pesar de sí mismos.
— También.
— Pero son mucho menos los que quieren hacer literatura, siendo periodistas. Pero en el caso de Victoria, ella siempre decía que sólo podía escribir sobre algo inmediato. Es decir, su escritura respondía siempre a un estímulo externo, ¿no? Un libro, una situación, una persona, un momento histórico. Entonces había una relación con el presente que la situaba en un contexto de una lectura muy inmediata.
— Sin haberla conocido, aunque habiéndola leído, siempre imaginé que su literatura, su escritura, estaba bastante vinculada al modo en que ella seguramente hablaba. A su relato oral, ¿no?
— Por supuesto, pero es la tradición de la prosa de Mansilla.
— Sí, la causerie.
— La causerie y el tono llano, digamos, de conversación.
— Exacto.
— Absolutamente, sí. Es decir, eso es notable, no quería hacer literatura. Y, bueno, también por una cuestión si querés de clase, de crianza, el horror a toda afectación, ¿no?
— Claro, pero es que ella misma no debía considerar lo suyo como literatura.
— No, obviamente que no. Es decir, ella escribía casi como una necesidad más vital. Y también le daba más valor a lo testimonial. O sea, por algo le puso Testimonios al conjunto de esos textos. Es decir, ella misma se sustraía a esa valoración. No trataba de hacer pasar por literatura aquello que escribía. Aunque sí lo pensaba como testimonios.

— La reedición de su autobiografía podría permitir que conozca su obra gente que hasta hoy sigue afectada, además, por un prejuicio de clase y por sus ideas políticas. Pienso en la revista Contorno, en la década del 50, y en la hostilidad manifiesta contra Victoria y el proyecto Sur, por considerarla a ella elitista, de derecha y sin compromiso intelectual.
— Sí, porque ahí tenemos el prejuicio con Victoria, que es algo que impidió leerla hace mucho tiempo. Y la Autobiografía es interesante en ese sentido, por ejemplo cuando cuenta el background de donde salió ella. Es decir, cuando vos pensás que los tatarabuelos de Victoria por parte materna, que eran Manuel Aguirre, y por parte paterna, Manuel Ocampo, son firmantes de las actas de la Revolución de Mayo.
— Cierto.
— Entendés, todas las acusaciones de extranjerizante, etcétera… Lo que pasa es que es un concepto distinto el patriciado, que tiene muy poco que ver con esa idea esquemática de lo que era la oligarquía. Patriciado es otra cosa, son como los founding fathers, gente que tenía otra mentalidad, otros valores, otros criterios. Son miembros del grupo que decidió la ruptura con España, entonces, ahí ya las cosas cambian. Y creo que la autobiografía ayuda un poco a poner eso en perspectiva, a tenerlo en cuenta. Era rarísimo porque había argentinos de primera generación que la cuestionaban a Victoria, por ejemplo. Se daban esas paradojas o ese pensamiento esquemático acerca de Sur como tan extranjerizante porque toda la gente relacionada con ese grupo social leía en francés, en inglés. Pero ellos no tenían necesidad de leer traducciones. Entonces, ¿para quiénes hacían esas traducciones? ¿A quiénes estaban destinadas?
— Bueno, tenían presente la idea de la divulgación como un proyecto de educación, también.
— Y te diría que como misión cívica. Con la conciencia, digamos, de esa pertenencia del patriciado que ponía sus propios bienes al servicio del país, la generación del 80, por ahí. Es toda una una mentalidad, ¿no?
— Es muy interesante pensar eso. Hay tanto que se pierde en términos de los prejuicios. Hacia un lado y hacia el otro.
— Exacto. Porque yo también a veces digo que a Victoria le hicieron más daño los admiradores incondicionales que los detractores.
— ¿Cómo sería eso?
— Y, porque la llevaron a un bronce que no la favorecía y la usaron como una especie de bastión, digamos, de resistencia contra el peronismo, contra la izquierda, con tantas cosas… Es decir, le quitaron todos los matices, ¿no? Y toda la complejidad que tiene el personaje.

— Sí, yo pensé mucho en ella durante los años de la pelea por el aborto legal. Pensaba muchísimo en ella, en las cosas que ella escribió a propósito de los derechos de las mujeres.
— Sí, claro. Esto no se sabe mucho, pero, por ejemplo, ella cuenta sobre su relación con Julián Martínez (N. de la R. Julián era primo de Mónaco Estrada, el marido de Victoria y fue su amante durante 13 años. Toda esta historia se cuenta en el tercer tomo de su autobiografía). Bueno, él era un hijo ilegítimo. Entonces, cuando Perón, en el 54, en su contienda contra la Iglesia promueve una ley que equipara a los hijos nacidos fuera del matrimonio con los nacidos dentro del matrimonio, Victoria saca un artículo en Sur diciendo algo así como que “a pesar de que no le debo nada a este régimen que me metió presa, tengo que saludar esto”.
— Cuánto más abierta que la mayoría de las personas.
— Claro, claro. Es que con ella pasa ecomo con SUR. Hay como una mirada muy cristalizada o, la hubo hasta hace un tiempo, ahora esto está cambiando por suerte, y un pensamiento esquemático que la reducía a una especie de figura unidimensional.

— Sí, y también está la idea de la tilinguería, de su lugar de admiradora profesional de grandes personajes como con Virginia Woolf y la leyenda alrededor de ese vínculo.
— Es cierto que había una admiración por parte de Victoria y también es cierto que Virginia Woolf la veía como un objeto un poco exótico y que además le servía para darle celos a Vita Sackville-West. Pero si uno sale un poco de las relaciones obvias de Victoria, empieza a descubrir con el tiempo que otras figuras que recién se están valorando ahora Victoria las conoció y tuvo en su momento con ellos una relación muy interesante. Por ejemplo, Benjamin Fondane, que era un poeta y cineasta que Victoria trajo a la Argentina en el 29 para que proyectara películas de vanguardia. El trajo acá Un perro andaluz, de Buñuel.
— Qué genial.
— Y después ella tuvo trato con él. En el 39 él le da sus manuscritos porque sabía que venía la guerra y Victoria los trajo a Buenos Aires, para protegerlos. Él se queda escondido durante toda la ocupación en París hasta que, al final, un mes antes de la liberación de París, lo delata la portera de su edificio y él termina en un campo de concentración. Y por eso Victoria, cuando es el juicio de Eichmann y se desata la polémica acerca de si se había vulnerado la soberanía argentina por parte de Israel (N. de la R.: agentes del Mossad, el servicio secreto israelí, secuestraron al criminal de guerra Adolf Eichmann en Buenos Aires en 1960 y lo trasladaron a Jerusalén para juzgarlo. Fue condenado a muerte por crímenes de guerra y de lesa humanidad y ejecutado en la horca en 1962), ella dice bueno, no me importa, yo por estos amigos, y cita a Fondane y a otros, apoyo lo que hizo Israel. Entonces, es muy interesante si uno empieza a mirar a Victoria en su contexto, con cosas que no se saben y que la muestran como alguien con muchas más facetas y nada previsible.
INTERNACIONAL
Un chip de 46 centavos puso al mundo al borde de una guerra nuclear y desató una alarma en el Pentágono

El mundo entero colgó de un hilo tan fino, pero tan finito, que cualquier viento, el aletear de un pájaro, una vibración, un trueno lo hubiese cortado y hoy no estaríamos aquí, ni allá, en pleno disfrute de lo que pudiera venir: no hubiera habido nada por venir.
El 3 de junio de 1980, según se mire no hace tanto, son cuarenta y seis años, pero los menores de esa edad tal vez no hubiesen nacido; de nuevo: el 3 de junio de 1980, a la hora de los fantasmas, las tres de la mañana, los centros de control del Pentágono, la sede de la defensa de Estados Unidos, detectaron que 220 misiles nucleares soviéticos fueron lanzados, pensaron, desde submarinos, se dirigían hacia Estados Unidos. Punto número uno: 220 misiles nucleares son muchos misiles nucleares. Punto número dos: las defensas siempre apuntan a interceptar y a destruir un arma nuclear antes de que llegue a destino, después es tarde incluso para responder el ataque.
Leé también: “Garganta Profunda”: pasó 33 años escondido detrás de un apodo y cambió la historia de EE.UU . para siempre
Lo raro fue que, a esa misma hora, los radares no detectaban ningún peligro de ataque nuclear, ni de ningún otro tipo; sin embargo, otros centros de vigilancia aérea y espacial daban la alarma: veintidós misiles nucleares se dirigían a Estados Unidos. Veintidós misiles no son doscientos veinte, pero igual son muchos. Algo raro había en todo eso. Los jefes de los centros de control esparcidos por todo Estados Unidos decidieron chequear esos datos, pero de todos modos pusieron en marcha los protocolos de defensa que incluían entonces un contraataque inmediato dirigido a la potencia agresora y con armas nucleares. En buen romance, eso significa: si me vas a borrar del mapa, te llevo conmigo. Esos vientos soplaban entonces y soplan ahora.
Una guerra nuclear, tal como está mandado, podía provocar entonces la muerte de entre tres y cinco mil millones de personas, gran parte de la población mundial. Y aquellos eran cálculos optimistas: en este frágil planeta viven hoy 8300 millones de almas. La hecatombe aniquilaría entonces flora y fauna de la Tierra y acotaría la supervivencia de lo que quedara de vida humana, siempre y cuando el infierno atómico no hubiese provocado un “invierno nuclear”. En ese caso, nos hubiéramos convertido, nos convertiríamos hoy, en los dinosaurios de la era moderna y nadie sabría más de nosotros hasta que, cientos o miles de años después, una nueva especie humana de incierto perfil desenterrara nuestros fósiles, los que no se hubiesen convertido en petróleo.
Jimmy Carter era el único autorizado para ordenar una respuesta nuclear si la alarma detectada por el Pentágono resultaba real. (Foto: @CarterLibrary)
Aunque parezca mentira, aquella cálida mañana de junio nadie pensaba en eso en el Pentágono, sino en cómo y a quién deberían avisar de la tragedia inminente. Llamaron al asesor de seguridad del entonces presidente James Carter que dormía en la Casa Blanca sin saber que podían quedarle pocos minutos de vida. El asesor de seguridad de Carter era Zbigniew Brzezinski, un polaco de Varsovia, hijo de padre diplomático acreditado en Canadá cuando estalló la Segunda Guerra. En Canadá se quedaron los Brzezinski y allí estudió Zbigniew, para graduarse luego, en 1953, como doctor en Ciencias Políticas en Harvard, Estados Unidos. Cuando atendió la llamada del comando militar de defensa, Brzezinski estaba a punto de cumplir 52 años: oyó el informe, se quedó mudo y helado, consideró como una forma de tenue esperanza la intención del alto mando militar de establecer la verdad de los aterradores datos que manejaban y oyó cómo intentaban tranquilizarlo: en pocos minutos más lo llamarían para un nuevo informe. Si seguían todos vivos, claro.
El impacto de la noticia fue tremendo para Brzezinski. Su mujer dormía a su lado y él decidió no despertarla. Pensó, y así lo reveló más tarde, que si la amenaza era cierta, en media hora o poco menos el mundo estaría destruido y que no valía hacer pasar a su mujer por semejante trance. De alguna manera, aquello era también una forma de amor. Romanticismo aparte, Brzezinski decidió llamar al presidente Carter porque era el único encargado de dirigir la operación de defensa, el único que podía ordenar el uso de armas atómicas y, según el protocolo, debía abordar de inmediato un avión de la Fuerza Aérea destinado a permanecer a bordo con Carter y parte del gobierno mientras duraran las hostilidades o el mundo: uno de los dos.
No fue necesario despertar a Carter, que se enteró de todo temprano en la mañana. Un nuevo llamado del Pentágono tranquilizó, si eso era posible, a Brzezinski: todo había sido una falsa alarma; no existía un ataque soviético, ni de ningún otro país. Los ordenadores habían enloquecido porque un chip había decidido dejar de funcionar o, lo que era peor, funcionar a su antojo. El resultado del colapso del dispositivo electrónico había confundido, o alterado, o invertido, o trastocado el sistema de conteo de misiles dirigidos contra Estados Unidos, que debió ser siempre el de 0000, y empezó a tirar números locos: 220, 22, 20… Cuando todo se supo y las palideces dejaron paso al rubor y las muecas a las sonrisas, la prensa estadounidense reveló que el chip dañado, costaba apenas 46 centavos de dólar. Una nadería. Zbigniew Brzezinski fue consejero de Seguridad Nacional durante la presidencia de Jimmy Carter. (Foto: Reuters)
La decisión de borrarnos a todos del mapa estuvo siempre en manos de los líderes mundiales, como lo está hoy; gente que ni siquiera tiene que rendir un psicofísico como quienes aspiran a obtener una licencia para conducir un auto. No hace tanto, uno de esos líderes mundiales despertó con la almendra exprimida y anunció que iba a terminar con una civilización, para retractarse o para matizar su impulso a la mañana siguiente.
El riesgo de un desastre nuclear ya no está sólo en manos humanas o en chips muy baratos defectuosos o con fatiga de combate: ahora es el tiempo de la Inteligencia Artificial que puede adoptar decisiones independientes de los humanos que la manejan, o creen manejarla. Así lo planteó en 1968, hace cincuenta y ocho años, una película, “2001, Odisea del espacio”, dirigida por Stanley Kubrick según el cuento “El centinela”, de Arthur C. Clarke, escrito en 1948 y que aún en términos metafísicos, plantea la rebelión de una gigantesca computadora que adquirió vida propia. Y sentimientos propios. Aquella mañana de junio, los tipos que tuvieron al mundo en sus manos tampoco pensaron en la película de Kubrik sino en un incidente cercano en el tiempo y muy parecido al que habían vivido.
En realidad, asombra un poco descubrir cuántas veces estuvo el planeta a punto de estallar durante los años riesgosos de la Guerra Fría, que ni fue guerra, ni fue fría. El 9 de noviembre de 1979, siete meses antes del chip loco, los ordenadores del Pentágono también detectaron un ataque soviético, por lo que despegó una flota de bombarderos y aviones de combate para impedir el ataque e iniciar la contraofensiva. Ya en el aire, los pilotos notaron que los datos que habían disparado las alarmas no tenían correlato con lo que ellos veían en vuelo, así que recomendaron una revisión de los sistemas informáticos mientras las escuadrillas se mantenían en vuelo y alertas por si acaso y ante un peligro que no existía. Esta vez, era una falla humana: alguien había dejado instalado en el ordenador que debía detectar ataques nucleares, un programa de entrenamiento que se ejecutó por accidente. No estamos protegidos contra idiotas, pese a que Albert Camus advirtió en su momento: “La estupidez insiste siempre”.
Leé también: A 64 años del “Happy Birthday, Mr. President”: la intimidad de la noche en la que Marilyn enamoró a Kennedy
Yerros, desperfectos, radares tontos, imágenes distorsionadas y peligro atómico ni siquiera son nuevos. En 1956, cuando el líder egipcio Gammal Abdel Nasser nacionalizó el Canal de Suez, una especie de estrecho de Ormuz de la época, y desató una guerra de la que tomaron parte Gran Bretaña, Francia e Israel, el líder soviético Nikita Khruschev, que apoyaba a Nasser, amenazó con bombardear las capitales aliadas. En esos días, unas extrañas aeronaves sobrevolaron el cielo de Turquía, limítrofe con la Unión Soviética. Como nadie sabía de cuál país provenía la amenaza, escuadrillas aéreas de todas las naciones involucradas en esa guerra despegaron para neutralizar el ataque: los extraños “aviones” eran decenas de bandadas de cisnes que emigraban hacia cielos más pacíficos y menos tormentosos.
En octubre de 1962, cuando la URSS instaló misiles nucleares en Cuba, todos apuntaban a Estados Unidos, el mundo vivió 13 días al borde de la guerra nuclear. El entonces presidente John Kennedy y el soviético Khruschev se habían amenazado con una guerra nuclear en Viena, en junio de 1961, durante la única vez que se vieron las caras. Kennedy temía una guerra nuclear y peor aún, temía que se declarara por accidente o por tontería. Había leído un libro extraordinario sobre el origen de la Primera Guerra Mundial, “Los cañones de agosto”, de Bárbara Tuchman, y había repartido varios ejemplares entre los miembros de su gabinete. Y también había advertido: “En caso de una guerra nuclear, los sobrevivientes envidiarán a los muertos”.
Sin embargo, en octubre de 1962, allí estaban las dos potencias mundiales a punto de desencadenar la destrucción de buena parte del planeta. Tanto era el riesgo, que el sábado 27, cuando ya se ponía en marcha el plan para evacuar de Washington al presidente, al vice, a las más altas autoridades del país y a sus familias, el secretario de Defensa, Robert McNamara salió de la Casa Blanca, sintió la brisa fría del otoño, miró el cielo límpido de Washington y pensó que nunca más iba a ver una noche semejante. John F. Kennedy reunido con Nikita Krushchev durante la Cumbre de Viena en 1961. (Foto: Presidential Library and Museum)
Por suerte, por mucha suerte, no pasó nada; no hubo guerra y privó la sensatez. Pero dos días antes de aquel sábado, todo casi se va al traste. Minutos antes de la medianoche, en Wisconsin, uno de los guardias del centro militar de alta seguridad de Duluth le disparó a una sombra que intentaba saltar la valla de alambre de la unidad de inteligencia. A esa hora, en Miami, las tropas americanas estaban acuarteladas en espera de una orden para invadir Cuba, mientras Kennedy y Khruschev intercambiaban dramáticos mensajes que alternaban las propuestas de paz con la amenaza de la guerra.
El disparo del guardia de Wisconsin desató las alarmas en las instalaciones militares de la zona, poblada entonces de bases aéreas. En una de ellas, la base de Volk Field, vecina a Duluth, un tipo se puso nervioso y en vez de apretar el botón de la alarma contra intrusos, apretó el botón de la alarma general. Tanta era la tensión con Cuba y con la URSS, que todos los pilotos de Volk Field, y los de las bases vecinas, se lanzaron a sus aviones, cargados todos con armas nucleares. No había invasores: aquel guardia había matado a un oso que había trepado la valla en busca de comida, por lo que hubo que parar a los aviones a punto de despegar con su cargamento nuclear.
Unos días más tarde, el embajador soviético en Washington, Anatoly Dobrynin, envió un mensaje urgente al Kremlin, decisivo para evitar el conflicto por los misiles rusos en Cuba, y así lo reveló en su fantástico libro de memorias “In confidence”. Para eludir filtraciones, envió el texto cifrado a Moscú como un telegrama urgente y por la Western Union. A retirar el mensaje pasó por su residencia, en bicicleta, el mismo muchacho negro de siempre, a quien el embajador conocía muy bien. Mientras el muchacho se marchaba, Dobrynin pensó: “Como ese chico pare en la casa de su novia a darle unos besos, podemos volar todos por el aire…” En 1984, el expresidente Ronald Reagan ironizó con que Estados Unidos bombardearía Rusia en cinco minutos. (Foto: AP)
También la tontería puede desatar una guerra atómica. El 11 de agosto de 1984, el entonces presidente de Estados Unidos, Ronald Reagan, debía pronunciar un discurso en el que anunciaba la sanción de una ley que involucraba a varios grupos de estudiantes. Cuando le pidieron una prueba de sonido, debió pronunciar la primera frase de su mensaje: “Compatriotas, me complace anunciarles que hoy firmé la ley que permitirá a los grupos de estudiantes religiosos…”
Reagan era un humorista empedernido; contaba buenos chistes, era gracioso, sacaba a relucir sus dotes de actor y, además, estaba montado en la ola de la famosa “revolución conservadora” que llevaba adelante con la ayuda del papa Juan Pablo II y codo a codo con la primera ministra británica Margaret Thatcher. En lugar de decir la primera frase de su discurso, Reagan la cambió. Y dijo: “Compatriotas, me complace anunciarles que hoy firmé una ley que proscribirá a Rusia para siempre. Comenzaremos a bombardearlos en cinco minutos”. No era verdad y era difícil creer que algo así se anunciara en un mensaje presidencial. Pero de todos modos la URSS, en manos de Konstantin Chernenko, pidió explicaciones cuando la tontería grabada se filtró a los medios y la Casa Blanca desmintió el ataque proclamado por Reagan.
Los rusos también se habían quemado con leche. El año anterior a la broma de Reagan, el satélite soviético Oko detectó un misil de Estados Unidos que volaba muy cerca de su espacio aéreo. Fue 14 minutos después de iniciado el lunes 26 de septiembre de 1983, mala forma de empezar la semana. Luego, el satélite descubrió que otros cuatro misiles americanos volaban hacia Moscú. El jefe de las tropas de Defensa Aérea Soviética, teniente coronel Stanislav Petrov, fue el héroe de aquel día. Era un joven y talentoso oficial de cuarenta y cuatro años que recurrió al sentido común y no a la paranoia. ¿Qué hizo Petrov? No le creyó al satélite. Juzgó que cinco misiles eran muy pocos para lanzar una guerra nuclear, y que una rara conjunción astronómica entre la Tierra y el Sol bien podría haber causado una falsa imagen. Ordenó contrastar el veredicto del satélite con los radares terrestres, que le dijeron que no había nada, era una falsa alarma: Petrov no dio el alerta y aquel día que había empezado como un trueno, terminó en calma. Stanislav Petrov, el oficial militar soviético que indicó que una alerta de misiles era una falsa alarma. (Foto: AP)
Las autoridades de la URSS, como era de esperar, crucificaron a Petrov, juzgaron su decisión como equivocada y como una grave falta de disciplina: no lo castigaron duro porque de alguna forma había salvado el pellejo del mundo, pero lo destinaron a un puesto inferior y ocultaron el incidente que, como siempre sucede, fue conocido días después. Cuando le preguntaron a Petrov por qué no había dado la alarma, el tipo, simple y llano dijo: “Nadie empieza una guerra nuclear con cinco misiles”. Con los años, ya derrumbada la URSS, Petrov recibió premios y condecoraciones, siempre en Occidente. Murió en 2017, en Moscú a los setenta y siete años.
Avanzados los años ‘90, con el mundo virtual en pleno desarrollo, se hicieron famosos los “maletines nucleares”, esos bolsos que cargan oficiales de las fuerzas armadas que caminan siempre al lado del líder de un país. Son todos negros, por lo general van sujetos a la muñeca de su portador, y contienen instrucciones y tecnología capaces de disparar una arma nuclear en cualquier momento y hacia cualquier punto del planeta. En Estados Unidos los llaman “la pelota de fútbol”.
En 1995, un maletín nuclear en manos del entonces líder soviético Boris Yeltsin conllevaba cierto riesgo. Era sabido que Yeltsin, que murió en 2007, era mucho más afecto a la vodka que a la literatura soviética del siglo XIX e incluso a los destinos del Estado. Sin embargo, el 26 de enero de ese año Yeltsin dijo, muy suelto de cuerpo: “Ayer usé por primera vez mi maletín negro, que siempre llevan dos oficiales muy cercanos a mí y que carga el botón nuclear”. Los controladores del Pentágono fallaron por un chip defectuoso y entregaron una información falsa que casi desata la Tercera Guerra Mundial. (Foto: Reuters)
¿Qué había sucedido? Los operadores de la defensa aérea rusa habían detectado el lanzamiento de un proyectil en la costa Noruega. Lo “vieron” ascender al cielo en sus sofisticadas pantallas, pero no podían definir hacia dónde se dirigía. Yeltsin consultó con sus asesores sobre si debía o no lanzar un contraataque, al parecer en un estado de frenesí un tanto turbador, para decirlo de modo elegante. Al borde de la decisión, los radares revelaron que el proyectil se dirigía hacia el mar y no hacia Moscú. Más tarde se supo que el misil no era tal, sino una sonda científica noruega destinada a estudiar las auroras boreales. Los noruegos, sorprendidos y encabritados, se quejaron del disparate soviético con razón: el lanzamiento de la sonda se había anunciado a todo el mundo un mes antes.
Leé también: Orgías, abusos, abandono de menores y un líder que se creía un dios: la secta que rompió todas las reglas
El peligro atómico, siempre a merced de yerros, malos entendidos, imágenes difusas, tonterías y demás hierbas, ahora carga con los caprichos a cumplir de la Inteligencia Artificial y con los caprichos de estadistas que hacen gala de su inestabilidad, también conocida con el bonito eufemismo de “emocionalidad importante”.
¿Qué podemos hacer? Alzar las copas esta noche: estamos vivos de milagro.
Sumario, guerra nuclear, Estados Unidos, URSS
INTERNACIONAL
Ucrania lanzó un fuerte ataque con drones contra San Petersburgo tras el rechazo de Putin a dialogar con Zelenski

Ucrania lanzó este sábado a la mañana un ataque con drones contra San Petersburgo, la segunda ciudad más grande de Rusia, luego de que Vladimir Putin rechazara una oferta para reunirse con Volodímir Zelenski. La oleada coincidió con la última jornada del foro económico más importante del país, que se realiza en esa ciudad, y encendió las alertas de las autoridades locales.
El gobernador de San Petersburgo, Alexander Beglov, informó que tres personas sufrieron heridas leves en el ataque. Exhortó a los residentes a no salir y advirtió sobre posibles interrupciones del servicio de internet móvil, y el gobernador regional Alexander Drozdenko reportó que 141 drones fueron derribados sobre la región circundante de Leningrado en lo que calificó como un “ataque sin precedentes”.
El Ministerio de Defensa de Rusia afirmó que sus defensas antiaéreas derribaron 376 drones ucranianos.
“Anoche, nuestros drones recorrieron una distancia de unos 1.000 kilómetros hasta la región de San Petersburgo — hacia los arsenales de la Marina enemiga y una base en Kronstadt”, escribió el presidente ucraniano Volodímir Zelenski en X. Agregó que drones también alcanzaron un depósito de petróleo en la región sureña rusa de Krasnodar.
Por su parte, el gobernador de la segunda ciudad rusa, Aleksandr Beglov, emitió una llamada inusual a los residentes para que permanecieran en sus hogares durante el ataque. «Las defensas antiaéreas rusas evitaron cualquier daño. El estado de tres heridos se evalúa como leve y han sido dados de alta», declaró.
El viernes, durante el Foro Económico Internacional de San Petersburgo (SPIEF), un evento conocido como el «Davos ruso», Putin dijo que no le veía «sentido» a reunirse con el líder ucraniano hasta que se acuerde la paz.
«Putin perdió su oportunidad de salir de su guerra fallida», replicó el sábado el ministro de Exteriores de Ucrania, Andrii Sibiga.
El renovado ataque contra San Petersburgo es el más reciente golpe para los esfuerzos de Putin por presentar el conflicto como un hecho lejano que no afecta la vida cotidiana en Rusia.
Un ataque ucraniano con drones incendió el miércoles una terminal petrolera en la ciudad y alcanzó una base naval cercana, horas antes de la inauguración del Foro Económico Internacional de San Petersburgo, la vitrina anual de Putin para atraer inversiones.
Al hablar en el foro, Putin declaró el jueves que Rusia reforzará sus defensas antiaéreas para contrarrestar los recientes ataques ucranianos con drones, que han llegado a lo profundo de su país y han ensombrecido el evento en su ciudad natal de San Petersburgo.
Putin rechazó el viernes una propuesta de Zelenski para una reunión cara a cara sobre el conflicto de cuatro años, al afirmar que no ve “ningún sentido” en ello. La carta del jueves, el primer mensaje público que Zelenski ha escrito directamente a Putin desde que Rusia envió tropas a Ucrania en 2022, fue una crítica contundente a los 26 años del presidente ruso en el poder, además de algunas burlas sobre su edad.
Al responder al rechazo de Putin a la reunión propuesta, el ministro de Relaciones Exteriores de Ucrania, Andrii Sybiha, indicó el sábado que las cosas “sólo empeorarán para Rusia”.
“Los fracasos serán más humillantes”, escribió en X, al advertir que no habrá “lugares seguros en Rusia exentos” de los ataques ucranianos de largo alcance, y que la intensidad de los ataques “seguirá creciendo”.
Con la línea del frente casi inmóvil mientras enjambres de drones dificultan los avances, ambos bandos han buscado una ventaja mediante el lanzamiento de ataques de largo alcance.
En Ucrania, una persona murió y tres resultaron heridas durante la noche hasta el sábado en la región de Dnipropetrovsk, después que las fuerzas rusas atacaran casi 30 veces con drones y artillería tres distritos, informó el jefe regional Oleksandr Hanzha.
En Zaporiyia, siete personas buscaron atención médica luego que un ataque ruso con drones provocara un incendio en un estacionamiento, según el jefe regional Ivan Fedorov.
Rusia atacó Ucrania durante la noche con 272 drones de ataque, y las defensas antiaéreas derribaron 249 de ellos, reveló la Fuerza Aérea ucraniana el sábado.
Con información de agencias
INTERNACIONAL
La justicia de El Salvador condenó a 91 miembros de la Palma Locos Salvatruchos

La justicia de El Salvadorcondenó a 91 integrantes de la estructura criminal Palma Locos Salvatruchos, grupo vinculado a la Mara Salvatrucha (MS-13), por diferentes delitos. Entre los sentenciados se encuentran siete cabecillas de la organización, procesados por agrupaciones ilícitas en perjuicio de la paz pública y, en algunos casos, por tráfico ilícito en perjuicio de la salud pública.
El Tribunal Segundo Contra el Crimen Organizado de San Salvador, a cargo del juez cuarto, determinó penas de hasta 75 años de prisión para los líderes de la estructura, después de un proceso donde se escucharon pruebas sobre el funcionamiento interno y la responsabilidad de cada acusado. La resolución judicial identificó a Hugo José Sánchez Navarro, alias Delincuente, como corredor del programa Cabañas.
También fueron señalados Manuel Antonio Preza Vides (alias Desconocido de Palma), Aníbal Antonio Najarro Serrano (alias Gánster) y Alexander Antonio Murillo Cuéllar (alias Guanaco), como responsables de la clica Palma Locos Salvatruchos de la MS-13.

Otros miembros con cargos de base dentro de la estructura recibieron sentencias de 60 años de prisión; mientras que, quienes ostentaban el rango de homeboy, fueron condenados a 45 años. El tribunal estableció que alias Desconocido de Palma sumó 15 años adicionales por delitos de tráfico ilícito, alcanzando una pena total de 75 años de cárcel.
La sentencia también incluyó a 28 homeboys y nueve chequeos, con penas de 45 y 30 años respectivamente; además de tres pandilleros con rango de observación, que fueron sentenciados a 25 años. Un grupo de 44 colaboradores activos recibió condenas de 20 años, mientras que tres colaboradores adicionales obtuvieron 15 años más por delitos asociados a tráfico ilícito.
La decisión judicial responde a un esfuerzo coordinado entre las autoridades salvadoreñas para desarticular estructuras criminales responsables de delitos graves. La identificación y condena de los líderes representa un golpe significativo contra la organización Palma Locos Salvatruchos, parte de la red de la Mara Salvatrucha en el país.

En paralelo a este proceso, la justicia de El Salvador avanza en el juicio más grande de su historia reciente contra la estructura de la MS-13. El proceso involucra a 485 cabecillas de la organización, quienes enfrentan cargos similares por agrupaciones ilícitas, homicidio, extorsión y otros delitos graves. El tribunal ha escuchado durante meses los testimonios de testigos protegidos y se ha presentado evidencia documental sobre la operación de la pandilla a nivel nacional.
Estejuicio, considerado sin precedentes por su magnitud y por la cantidad de acusados, ha llegado a su etapa final. Las autoridades esperan que las sentencias resultantes sienten un precedente en la lucha contra el crimen organizado y refuercen la política de mano dura adoptada por el Estado salvadoreño.
El proceso judicial ha contado con estrictas medidas de seguridad y con la participación de fiscales especializados, quienes han solicitado la imposición de penas ejemplares para los principales responsables de la estructura. Este caso podría marcar un antes y un después en la estrategia de combate a las pandillas en Centroamérica.
La condena a los 91 miembros de la Palma Locos Salvatruchos y la inminente resolución sobre los 485 cabecillas de la MS-13 evidencian la respuesta del sistema judicial de este país ante el fenómeno de las maras, mismo que ha impactado la vida social y la seguridad en la región.
corresponsal:Desde San Salvador, El Salvador
CHIMENTOS2 días agoMurió el Indio Solari, mítico cantante de Los Redonditos de Ricota
POLITICA11 horas agoDesde Neuquén, Myriam Bregman pidió “organizar la bronca para terminar con Milei y su legado”
ECONOMIA18 horas agoCuantas reservas internacionales quieren acumular Milei y Caputo para evitar el riesgo K en 2027










