CHIMENTOS
Nélida Lobato, la mujer que conquistó París y murió en silencio: a 44 años de una despedida que todavía duele

Hay nombres que no se apagan. Que, incluso cuando el telón cae y las luces se extinguen, siguen respirando en la memoria colectiva como una música persistente. Nélida Lobato es uno de ellos. Y este 9 de mayo, cuando se cumplen 44 años de su muerte, su historia vuelve a desplegarse con la intensidad de una vida que fue, al mismo tiempo, deslumbramiento y herida.
Había nacido como Haydée Nélida Menta el 19 de junio de 1934, en el barrio de Saavedra, ese territorio de entonces veredas anchas, eucaliptos y tardes interminables en el Parque Saavedra, donde alguna vez jugó sin imaginar que su destino estaría atado a los escenarios más exigentes del mundo. Era, según quienes la conocieron en esos primeros años, una chica tranquila, casi tímida, de modales suaves, con una belleza que todavía no sabía que era su llave.
La vida, sin embargo, no le ofreció un camino fácil. La muerte de su padre cuando tenía apenas nueve años dejó a la familia en la intemperie económica. Hubo que trabajar, crecer de golpe, sostener lo que se pudiera. Terminó sus estudios y más adelante se convertiría en técnica radióloga, una profesión que parecía marcar un rumbo definitivo. Bailar, entonces, no era más que una idea ajena, un territorio desconocido. Hasta que apareció Eber Lobato.
Ese encuentro, casi abrupto, fue el punto de quiebre. Se casaron a los quince días, como si ambos intuyeran que estaban a punto de construir algo que los excedía. Eber vio en ella lo que nadie más veía: un diamante en bruto. Y empezó a pulirlo con una obstinación feroz. Pero los comienzos fueron duros, incluso crueles. Alfredo Allaria, figura indiscutida del espectáculo, la descartó sin titubeos: “Jamás podrá pisar un escenario”. Esa sentencia, que para muchos habría sido definitiva, fue para Nélida apenas el inicio de una resistencia.
Los años que siguieron fueron de pobreza extrema. De noches durmiendo en el suelo. De un hijo, Adrián, que llegó a dormir dentro de una valija improvisada como cuna, en una escena que con el tiempo ella misma recordaría con un escalofrío: una noche, la tapa se cerró y el bebé estuvo a punto de asfixiarse. Eran días sin red, sin certezas, sostenidos apenas por la fe de Eber y una voluntad que todavía no encontraba forma.
El Maipo la recibió, pero en el último escalón: partiquina, una más del coro, casi invisible. La inseguridad crecía. El talento todavía no encontraba su cauce. Hubo algunas apariciones en televisión, pequeños destellos en programas como Música y fantasía o El show de Andy Russell, pero eran luces breves en una oscuridad persistente. Hasta que Chile cambió todo.
En el Bim Bam Bum de Santiago, ese teatro-cabaret mítico, encontraron por primera vez un espacio para desplegarse sin límites. Lo que iba a ser un contrato de un mes se extendió a ocho. Y fue allí donde alguien los vio. Un enviado del Dinah Shore Show los llevó a Los Ángeles. El salto era impensado: de la precariedad absoluta a los escenarios internacionales.
Estados Unidos fue la consagración. Los Lobato Dancers comenzaron a girar, a crecer, a imponerse. Actuaron en ciudades clave, acompañaron a figuras como Sammy Davis Jr., compartieron escenarios con nombres de peso y, por primera vez, el dinero dejó de ser una urgencia. Compraron una casa en Los Ángeles con jardín: un lujo que hasta entonces había sido un sueño.
Y en 1964 llegó la consagración definitiva: el Lido de París. Las trompetas sonaron para ella. Nélida Lobato, la chica de Saavedra, era ahora vedette internacional.
El regreso a la Argentina, a fines de los años 60, fue la gran revancha. Carlos A. Petit la convocó para el teatro El Nacional con un contrato que hablaba de éxito: un porcentaje de la recaudación que la convirtió en una de las artistas mejor pagadas del momento. De la miseria a una vida de reyes. De dormir en el suelo a tener propiedades, reconocimiento y un lugar indiscutido en la escena porteña.
A fines de 1969 fue elegida como una de las personalidades del año por la revista Siete Días, que no dudó en destacar: “A los 35 años, Nélida Lobato (1,65 de estatura; 90-48-90) representa mejor que nadie la leyenda de la supervedette internacional en el momento cumbre de carrera. Triunfadora en el Sand’s de Las Vegas y consagrada definitivamente en el Lido de París en 1964, ahora puede enfervorizar a una platea que siguió su trayectoria por los 39 escalones del escenario de El Nacional -más de 600 representaciones-, donde derrochó encanto, sex-appeal y un talento inusual en el ámbito de la revista porteña y mundial”.
Pero ella fue más allá. Entre 1971 y 1982, Nélida Lobato redefinió el concepto de vedette. No era solo belleza: era técnica, disciplina, una forma de bailar que combinaba precisión y fuego. Donde otras apenas se desplazaban, ella construía coreografías con rigor casi de ballet. Donde otras respondían al molde, ella lo rompía. Se negó a ser un objeto decorativo, exigió calidad en los textos, mostró su vida sin esconderse detrás del misterio que imponía la época. Fue, en ese sentido, una revolucionaria silenciosa.

Su figura creció también en el cine y la televisión. Protagonizó ciclos propios, compitió en la franja más dura de la TV y llevó al teatro musical a otro nivel con Chicago, en 1977, uno de los grandes éxitos de la cartelera. Los premios llegaron como confirmación: Konex, distinciones, coronas simbólicas. Pero, sobre todo, el reconocimiento del público.
Pero en paralelo a ese crecimiento, hubo otra historia. Más silenciosa. Más íntima. La de Víctor Laplace.
Se conocieron en una cena, presentados por Beba Bidart. Tenían diez años de diferencia y dos mundos distintos. Él, un joven actor que empezaba a abrirse camino. Ella, una figura consagrada. No fue un flechazo inmediato. Fue algo más lento, más profundo: largas conversaciones, afinidades que se iban revelando, una construcción paciente.
Laplace lo diría años después con una claridad conmovedora: “Lo mejor que hice fue escucharla”.

En ese escuchar se fue gestando el vínculo. Nélida, lejos del brillo permanente, mostraba su costado más humano. Un retrato quedó inmortalizado en el relato del actor, el instante en que sintió que estaba enamorado: estaban en el domicilio de ella, de forma natural se sacó las pestañas postizas, ocupó la cocina y comenzó a preparar un bife de chorizo. Podía pasar de la sofisticación absoluta a la simpleza sin transición. Y en ese instante, mínimos pero decisivos, él sintió el flechazo.
Fueron casi diez años intensos. De amor, de discusiones, de reconciliaciones que, según él mismo definía, eran “viajar al cielo”. No era una relación para la foto. Era real, atravesada por tensiones, por carácteres fuertes, pero también por un respeto profundo. Nélida, de algún modo, lo formó. “Aprendí a ser hombre con ella”, diría, reconociendo en esa mujer no solo a una pareja, sino a una guía.
Tenían rituales. Los lunes se vestían elegantes y se iban a cenar fuera de la ciudad. Después, música, vermut, conversaciones. Una vida que, en su esencia, era simple. Pero que tenía el brillo de lo auténtico.
Hubo un momento que lo marcó para siempre. Un viaje a París. Ella quiso que él viera el lugar que la había formado. Llegaron al Lido. Y en medio de la noche, dos reflectores iluminaron su mesa. “Madame Nélida Lobato”. Ahí, en ese instante, él entendió la dimensión de esa mujer. “Es muy grosa”, pensó. Como si recién entonces pudiera ver la totalidad.

Con el tiempo, la relación cambió de forma. Se separaron como pareja, pero no como afecto. Siguieron unidos desde otro lugar, más sereno, más maduro. Y cuando llegó la enfermedad, Laplace volvió a estar. Sin estridencias. Sin necesidad de explicaciones. Porque lo que vino después fue el tramo más oscuro.
A comienzos de 1981, los primeros síntomas. Dolores difusos, señales que no terminaban de cerrar. Una operación que trajo alivio momentáneo. Y el regreso al escenario, porque Nélida no concebía otra posibilidad. Pero en 1982, el cuerpo empezó a ceder.
El deterioro fue rápido. Brutal. Perdió peso en pocos días. Dormía horas interminables. El dolor se instaló como una presencia constante. Aun así, insistía en salir a escena. Se hacía aplicar inyecciones antes de cada función para soportar lo insoportable. Sus compañeros la miraban con una mezcla de admiración y angustia: seguía, incluso cuando todo en ella pedía detenerse.
Víctor fue testigo de ese proceso. De esa caída progresiva. De ese cuerpo que se iba desdibujando. “Iba desapareciendo”, diría después.

Las madrugadas se volvieron un ritual doloroso. A las cinco de la mañana iban a ver al padre Mario, buscando una esperanza que la medicina ya no ofrecía. Cuando la enfermedad avanzó, cuando el dolor se volvió insoportable, apareció la morfina. La moto que llegaba con la medicación. El alivio momentáneo. Y otra vez el dolor. “Se daba vueltas en la cama. Sufría mucho”, recordaría él.
Nélida, que había dominado el escenario con una energía arrolladora, ahora luchaba en silencio contra un enemigo invisible. No quería que la vieran así. No quería despedidas. Quería preservar, incluso en ese momento, algo de su dignidad.
El diagnóstico fue definitivo: cáncer hepático irreversible. Y el tiempo, de pronto, se volvió corto. Un año. Apenas un año desde que todo empezó a desmoronarse. Murió el 9 de mayo de 1982. Tenía 47 años.
Laplace estuvo ahí. Acompañando hasta el final. Sosteniendo como podía. Entendiendo, en ese tránsito, algo que después nombraría con una sola palabra: soledad.
“La extraño. Me dolió mucho la manera en que se fue”, diría con los años, cada vez que el recuerdo volvía a abrirse.

Porque lo que más lo marcó no fue solo la pérdida, sino la forma. La injusticia de una enfermedad que no tenía explicación. Ella no fumaba, no bebía, se cuidaba. Y sin embargo, el cáncer avanzó sin tregua. El final fue, en sus palabras, “horrible”.
Y sin embargo, incluso ahí, en ese último tramo, hubo algo de la esencia de Nélida que no se quebró: la fuerza, la resistencia, esa decisión de no abandonar nunca del todo. Después, el silencio.
El trono quedó vacío. Pasaron nombres, épocas, estilos. Pero hay algo en la figura de Nélida Lobato que sigue siendo inalcanzable. Tal vez porque no fue solo una vedette. Fue una historia completa: la de la chica de barrio que atravesó la miseria, conquistó el mundo, amó intensamente y enfrentó el final con una dignidad feroz.
A 44 años de su muerte, su imagen sigue ahí. Suspendida en algún lugar entre la memoria y el mito. Como si todavía, en algún escenario invisible, siguiera bailando. Con esa mezcla de precisión y fuego que la volvió única.
Y, sobre todo, como si todavía hubiera alguien —en una madrugada cualquiera— dispuesto a escucharla. Como hizo Víctor Laplace. Como la quiso. Como no dejó nunca de recordarla.
CHIMENTOS
Ana Rosenfeld apuntó contra Mauro Icardi: “Una de las hijas de Wanda Nara volvió con una lesión muy delicada en el pie”

Ana Rosenfeld, abogada de Wanda Nara, salió al cruce de las letradas de Mauro Icardi en el piso de LAM, el programa de Ángel de Brito por América TV, y protagonizó uno de los cruces más tensos del conflicto judicial entre la empresaria y el futbolista. La discusión giró en torno a un comprobante de transferencia por USD 398.500 que el entorno de Icardi difundió como prueba del pago de la cuota alimentaria provisoria, y que Rosenfeld cuestionó con argumentos técnicos y procesales.
El detonante fue la difusión de un acta del Juzgado Nacional en lo Civil N° 106, correspondiente a la causa “Nara Wanda Solange y otros c/ Icardi Mauro Emanuel s/ Alimentos Provisorios”, que registra el ingreso de los fondos mediante una Orden de Pago del Exterior (ORPA). El documento, notificado el 2 de julio de 2026, fue publicado por el periodista Gustavo Méndez y circuló ampliamente en redes sociales. Desde el equipo de Icardi, la abogada Lara Piro envió un audio al programa en el que afirmó: “Si leés el expediente, te vas a enterar que la plata está depositada en la cuenta judicial y si googleás, te vas a enterar que la que tiene la carga de acreditar esos datos sos vos”.
Rosenfeld no esquivó la respuesta. Reconoció que el dinero fue transferido, pero aclaró que eso no implica que la deuda esté saldada desde el punto de vista legal. “Él transfirió la plata, ya vimos el camino. La plata está en el aire, todavía está en el aire”, sostuvo ante el panel, y explicó que mientras los fondos no estén efectivamente en posesión de Wanda Nara, Icardi continúa siendo técnicamente deudor alimentario. La letrada también impugnó el cálculo que realizó la parte contraria para determinar el monto: “Hicieron sumas, restas, divisiones, e hicieron cálculos a ojímetro y se hicieron una autodeducción de lo que sería la futura cuota alimentaria, pensando que ese es el monto que de ahora en más debieran pagar. Eso no corresponde”.
Ante la réplica de De Brito, quien señaló que el Banco Nación ya había informado que los fondos llegaron desde Turquía y que existían requisitos pendientes del lado de Wanda, Rosenfeld precisó el estado del trámite. Según explicó, el banco le está solicitando a la parte deudora que libre un oficio ante el juez Adrián Hagopian con determinados recaudos, y que esos pasos corresponden ser completados por el propio Icardi y sus representantes. “Cuando la plata esté en el Banco Nación, ahí les voy a pasar la cuenta de Wanda para que le transfieran. Mientras tanto, todos los trámites que tiene que hacer es el deudor alimentario”, afirmó. Y adelantó que el lunes siguiente presentaría un escrito intimando a la parte contraria a cumplir con esos recaudos.
El intercambio con Piro, que se produjo a través de un audio enviado al piso, mantuvo un tono formalmente cordial aunque de fondo revelador. Rosenfeld optó por no escalar el enfrentamiento personal: “No me peleo con los colegas. Tengo demasiada trayectoria, muchos años en la profesión para pelearme con los colegas”. Sobre la relación previa con Piro, recordó que se conocieron en una reunión social antes de que esta última asumiera la representación de Icardi.
Más allá del debate sobre el pago, Rosenfeld también disparó contra el futbolista por el regreso de sus hijas al hogar de Wanda. Las menores, que pasaron un mes con su padre —desde el 6 de junio hasta principios de julio—, volvieron en un estado que la abogada describió como de angustia, y una de ellas con una lesión física que requirió atención médica de urgencia. “Una volvió con una lesión muy delicada en dos dedos del pie, que estuvo toda la tarde en la guardia médica, donde se la tuvieron que entablillar”, relató. Según Rosenfeld, la lesión se produjo mientras la niña jugaba al fútbol sin calzado adecuado, una actividad que no debía realizar dado su estado de salud previo.

La letrada también apuntó contra el incumplimiento de tratamientos médicos que las menores tenían indicados durante el tiempo que estuvieron con Icardi. “Las niñas no fueron a hacer los tratamientos que tenían que hacer. No hizo absolutamente nada. Solo fue dos veces”, señaló, en referencia a las visitas médicas que el futbolista habría omitido. Wanda, según relató Rosenfeld, advirtió la situación en el momento mismo en que recibió a su hija: la niña llegó en pantuflas, lo que alertó a la madre sobre el estado del pie.
Pese a la gravedad de la lesión, la menor viajó junto a su madre al exterior al día siguiente, con autorización judicial. Rosenfeld explicó que esa autorización fue otorgada con recaudos específicos, entre ellos la exigencia de que las niñas contaran con pasaporte argentino, una medida que la abogada impulsó para garantizar que el juez tuviera herramientas legales en caso de que las menores no regresaran al país.
En paralelo al conflicto judicial, trascendió que Mauro Icardi y la China Suárez viajaron a Miami días después de que se acreditara el depósito en la cuenta del juzgado. La salida de la pareja al exterior reavivó la atención mediática sobre el caso, en un momento en que la disputa entre Icardi y Nara por la cuota alimentaria y la tenencia de sus hijas todavía no encontró una resolución definitiva.
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Escándalo en Gran Hermano: Tamara Paganini y Sol Abraham se mataron a insultos, casi se van a las manos y se pudrió todo

La convivencia en Gran Hermano volvió a quedar envuelta en la polémica. Lo que empezó como un juego entre varios participantes terminó convirtiéndose en una fuerte pelea entre Tamara Paganini y Sol Abraham, luego de que una de ellas denunciara haber sido lastimada durante una broma que, según aseguró, nunca aceptó.
Todo ocurrió cuando Sol tomó de la cabeza a Tamara y la acercó hacia otro participante. El gesto, que para algunos formaba parte del clima distendido de la casa, fue vivido de una manera completamente distinta por Paganini, quien reaccionó de inmediato. «Me lastimaste el labio», le reclamó a los gritos, visiblemente enojada.
La respuesta de Sol no hizo más que aumentar la tensión. «No me hables así», le pidió. Pero lejos de calmarse, Tamara redobló la apuesta y disparó: «Te hablo así. Sí, te hablo así porque sos una maleducada. Una maleducada y una irrespetuosa», dejando en claro que, para ella, se había cruzado un límite.
Mientras Sol intentaba explicar que todo había sido una broma sin intención de hacer daño, Tamara insistió en que jamás había aceptado participar de ese juego. «Vos estabas jugando. Yo no estaba jugando. En todo caso, cuando yo quiero jugar yo juego. Yo le voy a dar un beso cuando yo quiera, no cuando vos quieras», remarcó, cuestionando que su compañera hubiera decidido por ella.
TAMARA Y SOL SE PELEARON FUERTE EN GRAN HERMANO
Ante el clima cada vez más tenso, Sol volvió a pedir disculpas y buscó bajar el conflicto. «No, pero le pedí disculpas. Igual fue sin mala intención», expresó. Luego insistió: «Te dije tres veces: si te molestó esto, te pido disculpa, pero vos a mí no me podés hablar así, ni vos ni nadie me puede hablar así».
Sin embargo, Paganini dejó en claro que el problema iba mucho más allá de las disculpas. «No me importa la intención, el hecho es un facto, es un facto», respondió. Y enseguida profundizó su postura: «No, a mí me parece que no da que vos manejés mi cuerpo, mi boca. Me parece que no da que vos manejés, que me agarraste de la cabeza…». Incluso fue todavía más contundente al recriminarle: «¿Vos me pediste permiso para agarrarme la boca a mí y ponérmela con la de él? Vos me pediste permiso, boba».
La discusión no encontró un punto de acuerdo y terminó con Sol alejándose del lugar para evitar que el enfrentamiento siguiera escalando. «No, estás desquiciada. Yo cuando alguien me habla de alguna manera así, me voy. Hablá sola», lanzó antes de retirarse. El cruce quedó registrado por las cámaras de Gran Hermano y rápidamente se convirtió en uno de los momentos más comentados de la jornada dentro de la casa.
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Donald celebra sus 80 años con el estreno digital de un disco que grabó a los 15: “A las nuevas generaciones les va a gustar”

Este 9 de julio de 2026, Donald (nombre artístico de Donald Clifton McCluskey) cumplió 80 años y eligió celebrarlos de una manera que pocos artistas podrían: con el lanzamiento en plataformas digitales de su disco debut, una canción inédita y un simple recuperados, todos grabados cuando tenía apenas 15 años. Los tres materiales forman parte del Catálogo Recuperado de Music Hall y fueron publicados por el Instituto Nacional de la Música (INAMU) a través de AMA, la Agregadora de Música Argentina. “Festejo mis 80 años publicando una canción que grabé a los 15”, dijo el artista.
El primero de los materiales es Voz de Juventud, el LP debut de Donald, grabado en 1962 para Music Hall y editado originalmente en 1963. El álbum incluye doce canciones —entre ellas “Desencadena mi corazón”, “Hermosos ojos azules”, “Eres el demonio disfrazado” y “Globos de color”— y marca el inicio formal de su trayectoria dentro de la música popular argentina. Junto al disco, el INAMU publicó el simple “Esta Es Mi Fiesta | A Bailar Yenka”, grabado con Horacio Malvicino y Orquesta, y la pieza inédita “Más, Más”, hallada durante el proceso de revisión de las cintas recuperadas del histórico sello.
Esa última canción es quizás la más llamativa de las tres publicaciones. “Más, Más” es una grabación que nunca había sido editada: quedó archivada en ese momento por decisiones comerciales del sello y permaneció desconocida durante más de seis décadas. Fue masterizada por Gustavo Gauvry a partir de una de las cintas recuperadas y se publica por primera vez en todas las plataformas digitales. “Estoy seguro de que a las nuevas generaciones les va a gustar escuchar mi voz de adolescente con ritmo de rock and roll”, señaló Donald sobre el material.
El contexto detrás de estos lanzamientos tiene una historia propia. El catálogo de Music Hall —que también operó bajo los nombres Sazam y TK, y que cuenta con más de 2.500 discos nacionales— quedó paralizado en un proceso judicial de quiebra desde 1993. Durante más de 30 años, los artistas cuyos trabajos formaban parte de ese archivo no pudieron reeditar sus grabaciones ni percibir regalías por ellas. Fue el INAMU quien recuperó ese patrimonio y comenzó a devolver los derechos a los intérpretes, junto con la posibilidad concreta de volver a publicar y comercializar sus obras.

“Recuperar el catálogo de Music Hall para que los artistas vinculados a ese patrimonio puedan volver a publicar sus canciones, fabricar discos y percibir las regalías correspondientes después de más de 30 años dormido en un juzgado es, sin dudas, uno de los logros más importantes del INAMU”, afirmó Bernabé Cantlon, presidente del organismo. El funcionario también destacó el valor adicional que representan las cintas físicas recuperadas: al revisarlas, el equipo del instituto encontró grabaciones que los propios artistas habían olvidado o que nunca llegaron al público por razones ajenas a su voluntad. “Encontrarlas y que puedan ser difundidas es emocionante, pero lo es aún más cuando el artista que las grabó decide publicarlas; no solo recupera el derecho sobre esa obra, sino también la libertad artística que quizás en aquel entonces no pudo ejercer”, completó.
En el marco de este proceso, la Secretaría de Cultura de la Nación y el INAMU le entregaron a Donald la licencia para reeditar y comercializar Voz de Juventud en las oficinas del instituto. Ante esa entrega, el artista resumió el significado del momento con una frase directa: “Este es un gran rescate”.
Donald inició su carrera artística en 1960, cuando debutó como cantante en el show de Antonio Prieto, transmitido por Canal 13. Tres años después ingresó al elenco estable de Ritmo y juventud, ciclo dominical de Canal 11 donde permaneció durante dos temporadas consecutivas. A lo largo de su trayectoria registró canciones como “Tiritando”, “Scaba Badí Bidú”, “Verano Naranja” y “Compañeros”, participó en películas como En una playa junto al mar y Siempre fuimos compañeros, y llegó al público infantil a través de producciones vinculadas a Manuel García Ferré.
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