CHIMENTOS
Nélida Lobato, la mujer que conquistó París y murió en silencio: a 44 años de una despedida que todavía duele

Hay nombres que no se apagan. Que, incluso cuando el telón cae y las luces se extinguen, siguen respirando en la memoria colectiva como una música persistente. Nélida Lobato es uno de ellos. Y este 9 de mayo, cuando se cumplen 44 años de su muerte, su historia vuelve a desplegarse con la intensidad de una vida que fue, al mismo tiempo, deslumbramiento y herida.
Había nacido como Haydée Nélida Menta el 19 de junio de 1934, en el barrio de Saavedra, ese territorio de entonces veredas anchas, eucaliptos y tardes interminables en el Parque Saavedra, donde alguna vez jugó sin imaginar que su destino estaría atado a los escenarios más exigentes del mundo. Era, según quienes la conocieron en esos primeros años, una chica tranquila, casi tímida, de modales suaves, con una belleza que todavía no sabía que era su llave.
La vida, sin embargo, no le ofreció un camino fácil. La muerte de su padre cuando tenía apenas nueve años dejó a la familia en la intemperie económica. Hubo que trabajar, crecer de golpe, sostener lo que se pudiera. Terminó sus estudios y más adelante se convertiría en técnica radióloga, una profesión que parecía marcar un rumbo definitivo. Bailar, entonces, no era más que una idea ajena, un territorio desconocido. Hasta que apareció Eber Lobato.
Ese encuentro, casi abrupto, fue el punto de quiebre. Se casaron a los quince días, como si ambos intuyeran que estaban a punto de construir algo que los excedía. Eber vio en ella lo que nadie más veía: un diamante en bruto. Y empezó a pulirlo con una obstinación feroz. Pero los comienzos fueron duros, incluso crueles. Alfredo Allaria, figura indiscutida del espectáculo, la descartó sin titubeos: “Jamás podrá pisar un escenario”. Esa sentencia, que para muchos habría sido definitiva, fue para Nélida apenas el inicio de una resistencia.
Los años que siguieron fueron de pobreza extrema. De noches durmiendo en el suelo. De un hijo, Adrián, que llegó a dormir dentro de una valija improvisada como cuna, en una escena que con el tiempo ella misma recordaría con un escalofrío: una noche, la tapa se cerró y el bebé estuvo a punto de asfixiarse. Eran días sin red, sin certezas, sostenidos apenas por la fe de Eber y una voluntad que todavía no encontraba forma.
El Maipo la recibió, pero en el último escalón: partiquina, una más del coro, casi invisible. La inseguridad crecía. El talento todavía no encontraba su cauce. Hubo algunas apariciones en televisión, pequeños destellos en programas como Música y fantasía o El show de Andy Russell, pero eran luces breves en una oscuridad persistente. Hasta que Chile cambió todo.
En el Bim Bam Bum de Santiago, ese teatro-cabaret mítico, encontraron por primera vez un espacio para desplegarse sin límites. Lo que iba a ser un contrato de un mes se extendió a ocho. Y fue allí donde alguien los vio. Un enviado del Dinah Shore Show los llevó a Los Ángeles. El salto era impensado: de la precariedad absoluta a los escenarios internacionales.
Estados Unidos fue la consagración. Los Lobato Dancers comenzaron a girar, a crecer, a imponerse. Actuaron en ciudades clave, acompañaron a figuras como Sammy Davis Jr., compartieron escenarios con nombres de peso y, por primera vez, el dinero dejó de ser una urgencia. Compraron una casa en Los Ángeles con jardín: un lujo que hasta entonces había sido un sueño.
Y en 1964 llegó la consagración definitiva: el Lido de París. Las trompetas sonaron para ella. Nélida Lobato, la chica de Saavedra, era ahora vedette internacional.
El regreso a la Argentina, a fines de los años 60, fue la gran revancha. Carlos A. Petit la convocó para el teatro El Nacional con un contrato que hablaba de éxito: un porcentaje de la recaudación que la convirtió en una de las artistas mejor pagadas del momento. De la miseria a una vida de reyes. De dormir en el suelo a tener propiedades, reconocimiento y un lugar indiscutido en la escena porteña.
A fines de 1969 fue elegida como una de las personalidades del año por la revista Siete Días, que no dudó en destacar: “A los 35 años, Nélida Lobato (1,65 de estatura; 90-48-90) representa mejor que nadie la leyenda de la supervedette internacional en el momento cumbre de carrera. Triunfadora en el Sand’s de Las Vegas y consagrada definitivamente en el Lido de París en 1964, ahora puede enfervorizar a una platea que siguió su trayectoria por los 39 escalones del escenario de El Nacional -más de 600 representaciones-, donde derrochó encanto, sex-appeal y un talento inusual en el ámbito de la revista porteña y mundial”.
Pero ella fue más allá. Entre 1971 y 1982, Nélida Lobato redefinió el concepto de vedette. No era solo belleza: era técnica, disciplina, una forma de bailar que combinaba precisión y fuego. Donde otras apenas se desplazaban, ella construía coreografías con rigor casi de ballet. Donde otras respondían al molde, ella lo rompía. Se negó a ser un objeto decorativo, exigió calidad en los textos, mostró su vida sin esconderse detrás del misterio que imponía la época. Fue, en ese sentido, una revolucionaria silenciosa.

Su figura creció también en el cine y la televisión. Protagonizó ciclos propios, compitió en la franja más dura de la TV y llevó al teatro musical a otro nivel con Chicago, en 1977, uno de los grandes éxitos de la cartelera. Los premios llegaron como confirmación: Konex, distinciones, coronas simbólicas. Pero, sobre todo, el reconocimiento del público.
Pero en paralelo a ese crecimiento, hubo otra historia. Más silenciosa. Más íntima. La de Víctor Laplace.
Se conocieron en una cena, presentados por Beba Bidart. Tenían diez años de diferencia y dos mundos distintos. Él, un joven actor que empezaba a abrirse camino. Ella, una figura consagrada. No fue un flechazo inmediato. Fue algo más lento, más profundo: largas conversaciones, afinidades que se iban revelando, una construcción paciente.
Laplace lo diría años después con una claridad conmovedora: “Lo mejor que hice fue escucharla”.

En ese escuchar se fue gestando el vínculo. Nélida, lejos del brillo permanente, mostraba su costado más humano. Un retrato quedó inmortalizado en el relato del actor, el instante en que sintió que estaba enamorado: estaban en el domicilio de ella, de forma natural se sacó las pestañas postizas, ocupó la cocina y comenzó a preparar un bife de chorizo. Podía pasar de la sofisticación absoluta a la simpleza sin transición. Y en ese instante, mínimos pero decisivos, él sintió el flechazo.
Fueron casi diez años intensos. De amor, de discusiones, de reconciliaciones que, según él mismo definía, eran “viajar al cielo”. No era una relación para la foto. Era real, atravesada por tensiones, por carácteres fuertes, pero también por un respeto profundo. Nélida, de algún modo, lo formó. “Aprendí a ser hombre con ella”, diría, reconociendo en esa mujer no solo a una pareja, sino a una guía.
Tenían rituales. Los lunes se vestían elegantes y se iban a cenar fuera de la ciudad. Después, música, vermut, conversaciones. Una vida que, en su esencia, era simple. Pero que tenía el brillo de lo auténtico.
Hubo un momento que lo marcó para siempre. Un viaje a París. Ella quiso que él viera el lugar que la había formado. Llegaron al Lido. Y en medio de la noche, dos reflectores iluminaron su mesa. “Madame Nélida Lobato”. Ahí, en ese instante, él entendió la dimensión de esa mujer. “Es muy grosa”, pensó. Como si recién entonces pudiera ver la totalidad.

Con el tiempo, la relación cambió de forma. Se separaron como pareja, pero no como afecto. Siguieron unidos desde otro lugar, más sereno, más maduro. Y cuando llegó la enfermedad, Laplace volvió a estar. Sin estridencias. Sin necesidad de explicaciones. Porque lo que vino después fue el tramo más oscuro.
A comienzos de 1981, los primeros síntomas. Dolores difusos, señales que no terminaban de cerrar. Una operación que trajo alivio momentáneo. Y el regreso al escenario, porque Nélida no concebía otra posibilidad. Pero en 1982, el cuerpo empezó a ceder.
El deterioro fue rápido. Brutal. Perdió peso en pocos días. Dormía horas interminables. El dolor se instaló como una presencia constante. Aun así, insistía en salir a escena. Se hacía aplicar inyecciones antes de cada función para soportar lo insoportable. Sus compañeros la miraban con una mezcla de admiración y angustia: seguía, incluso cuando todo en ella pedía detenerse.
Víctor fue testigo de ese proceso. De esa caída progresiva. De ese cuerpo que se iba desdibujando. “Iba desapareciendo”, diría después.

Las madrugadas se volvieron un ritual doloroso. A las cinco de la mañana iban a ver al padre Mario, buscando una esperanza que la medicina ya no ofrecía. Cuando la enfermedad avanzó, cuando el dolor se volvió insoportable, apareció la morfina. La moto que llegaba con la medicación. El alivio momentáneo. Y otra vez el dolor. “Se daba vueltas en la cama. Sufría mucho”, recordaría él.
Nélida, que había dominado el escenario con una energía arrolladora, ahora luchaba en silencio contra un enemigo invisible. No quería que la vieran así. No quería despedidas. Quería preservar, incluso en ese momento, algo de su dignidad.
El diagnóstico fue definitivo: cáncer hepático irreversible. Y el tiempo, de pronto, se volvió corto. Un año. Apenas un año desde que todo empezó a desmoronarse. Murió el 9 de mayo de 1982. Tenía 47 años.
Laplace estuvo ahí. Acompañando hasta el final. Sosteniendo como podía. Entendiendo, en ese tránsito, algo que después nombraría con una sola palabra: soledad.
“La extraño. Me dolió mucho la manera en que se fue”, diría con los años, cada vez que el recuerdo volvía a abrirse.

Porque lo que más lo marcó no fue solo la pérdida, sino la forma. La injusticia de una enfermedad que no tenía explicación. Ella no fumaba, no bebía, se cuidaba. Y sin embargo, el cáncer avanzó sin tregua. El final fue, en sus palabras, “horrible”.
Y sin embargo, incluso ahí, en ese último tramo, hubo algo de la esencia de Nélida que no se quebró: la fuerza, la resistencia, esa decisión de no abandonar nunca del todo. Después, el silencio.
El trono quedó vacío. Pasaron nombres, épocas, estilos. Pero hay algo en la figura de Nélida Lobato que sigue siendo inalcanzable. Tal vez porque no fue solo una vedette. Fue una historia completa: la de la chica de barrio que atravesó la miseria, conquistó el mundo, amó intensamente y enfrentó el final con una dignidad feroz.
A 44 años de su muerte, su imagen sigue ahí. Suspendida en algún lugar entre la memoria y el mito. Como si todavía, en algún escenario invisible, siguiera bailando. Con esa mezcla de precisión y fuego que la volvió única.
Y, sobre todo, como si todavía hubiera alguien —en una madrugada cualquiera— dispuesto a escucharla. Como hizo Víctor Laplace. Como la quiso. Como no dejó nunca de recordarla.
CHIMENTOS
El director Alberto Maci habla sobre su documental sobre China Zorrilla: “Era una mujer magnética, un don de Dios”

“Fue un ser magnético, una narradora oral como no hay dos. Te podías haber quedado seis horas escuchándola, maravillado, se te volaba el tiempo. Era un don, de Dios”, expresa el director Alejandro Maci en una charla con Teleshow. Encuentra cada una de las palabras que quiere transmitir, para hablar de ella, de China Zorrilla,
“Era como un imán, capaz de suspender el tiempo con una anécdota”. No es una exageración: la actriz uruguaya atravesó generaciones, escenarios y fronteras con una naturalidad que, para Maci, solo podía explicarse como un encanto otorgado por Dios.
La memoria oral de Zorrilla se convirtió en leyenda mucho antes de que existieran los homenajes. El cine, el teatro y la televisión la vieron reinventarse en cada personaje, pero fuera de escena, la fascinación seguía intacta. Su nombre convocaba, su relato capturaba, y la sala —o la sobremesa— quedaba atrapada en ese “don” que Maci describe.
La directora teatral, actriz y embajadora cultural cruzó el Río de la Plata para instalarse como una de las figuras centrales del espectáculo en Sudamérica. La anécdota se repetía: quienes compartieron una charla con ella, quienes la escucharon improvisar una historia, coincidían en la duración invisible de esas horas. “Te podías haber quedado seis horas escuchándola”, insistió Maci. La percepción del tiempo se alteraba. El magnetismo de China Zorrilla escapaba a la convención de la fama. Su presencia no se explicaba por los premios o los títulos, sino por la forma en que transformaba la conversación en un acontecimiento.
—¿Por qué quisiste tomar la figura de China Zorrilla para tu documental?
—Por varias cosas, un diálogo como el que estamos teniendo es un corte transversal en un proyecto. Yo había hecho el documental El eco de mi voz sobre María Luisa Bemberg. Ese documental lo vio Marcos Carnevale, lo vio Pablo Echarri, que ya venían amasando una coproducción con Uruguay, con Alfredo Caro, con la productora Sinapsis, para este documental. Llega a mí de ese modo, una historia provocó la llegada de la otra.
—¿Trabajaste con ella?
—Hace miles de años, cuando empezaba en cine y en equipo, trabajé en dos películas, pero yo no la dirigí. Yo tenía veintipocos años. La vi en funcionamiento, pero no fue n mi amiga. Por eso te digo con todos los límites que tiene esto. Estuve meses con ella en un set, y siempre me pareció un personaje atractivísimo.
—¿En cuáles películas?
—Nunca estuve en Viena, producción que hizo Teresa Costantini. Y Las cuatro caras de Victoria, que dirigió Barney Finn. Eran sobre Victoria Ocampo. Eran cuatro actrices: Carola Reyna, Nacha Guevara, China y Julia Von Grolman. Encarnaban en distintos momentos de la vida de Ocampo.

—¿Cómo era en el set?
—Las dos películas por distintos motivos fueron largas. Entonces, la vi bastante. De hecho, estuve en su casa, pero por motivo de trabajo. No porque ella me invitara a la casa. Me pareció una mujer muy única en su género. Una artista en el sentido más abarcador que una actriz. Una mujer muy culta. Completamente trilingüe, con una gran exquisitez en sus gustos, en sus lecturas. Muy cinéfila, una fanática espectadora teatral. Un personaje con un sentido del humor único que todo el mundo conoció por los medios. Sumamente disparatada, muy amiguera, siempre rodeada de gente, muerta de risa, y al mismo tiempo una actriz con una formación muy dura teatral.
—¿Cómo fue esa formación?
—Por un lado, en Inglaterra, por otro lado con Margarita Xirgu a cargo de la Comedia Nacional Uruguaya, en los años cuarenta, que era bravísima. Y con teatro de repertorio. De actriz de esa generación que hacía un William Shakespeare, y un Tirso de Molina, sin parar.

—Luego llega a la Argentina…
—Viene a la Argentina, un poco a regañadientes, hace una tira con Alberto Migré y con Alejandro Doria. Se vuelve terroríficamente popular, al punto de que la gente… que iba en colectivo, la veía caminando por la calle, y la gente sacaba la cabeza por la ventanilla para gritarle cosas al personaje. Cambió su vida de ser o de provenir de un país pequeñísimo como Uruguay, sin industria cinematográfica, sin televisión, porque esto es previo a la televisión, una actriz de teatro, que cuando viene a la Argentina es una mujer de cincuenta años, una mujer madura que ya no se había casado, no había tenido hijos, y que había dedicado toda su energía a su profesión.
—¿Y los amores de China?
—En principio uno que fue muy doloroso, de una especie de bon vivant uruguayo llamado Capurro. Era un chico de clase alta uruguaya. Era de una familia completamente de campo, pero empobrecida. Para la época, un poco polista, un poco jugador, un poco a la usanza de ese momento. Guapísimo. Vi fotos de él. Del que ella se enamora desesperadamente. Él, ansioso por conseguir recuperar la fortuna perdida, se casa con una empresaria alemana o una cosa por el estilo, y la deja. Para ella fue un dolor espantoso. Ël ya recién casado, con esta empresaria tan importante, visitando a su familia en Uruguay, cuando había nacido recién su bebé, se mata en un accidente con el auto en una ruta. El hijo se salva. La mujer queda muy mal en terapia intensiva. China se entera se acerca partida en dos al mismo tiempo, con una mezcla con sentimientos encontrados. Ella nunca se terminó de recuperar de este golpe por varios motivos: el abandono, la no elección, luego la muerte, de su gran amor.

—¿Cómo fue el proceso de adaptación de China Zorrilla a la Argentina?
—Ella viene a la Argentina, se instala, estaba prohibida en Uruguay. No te olvides que el proceso militar uruguayo es anterior, no mucho, pero es anterior a la Argentina. Y estar prohibido en Uruguay es estar prohibido en todo, porque ya te dije que no había ni cine. Y había escasamente tele. Con lo cual, si no te dejan actuar en teatro, en principio no hay nada para hacer.
—Entonces…cómo sigue…
—Llega en el año 1973. Aprovecha una oferta de trabajo que es la de Eduardo Murua con Un guapo del 900. Ahí trabaja por primera vez en cine. Luego, todo lo de televisón. Pobre diabla. Luego le ofrecen, con Marina Ross, Piel Naranja, también con Arnaldo André como galán en aquella época, que es fue un éxito rotundo.
—¿Qué ocurrió durante la dictadura militar en Argentina?
—Paradojas de la vida, golpe militar en la Argentina, 1976. Se arma una cosa extrañísima donde acá, bueno, después de contactos y cosas, le permiten actuar, pero solo en teatro, no en cine, y menos en televisión.

—¿Cómo era su relación con el público y su capacidad de improvisar?
—Un día, no sé en qué gira de Eva y Victoria, a ella le gustaba salir de gira, hubo un problema con el transporte, Soledad Silveyra no llegaba. Estaban en la disyuntiva de suspender la función. Y China se sube al escenario y le propone al público conversar. Por supuesto, el que quería podía ir a que le devolvieran la plata, dado que la obra que iba a ver no se iba a dar. Nadie pidió un centavo de regreso porque fue una noche magnética, porque ella se sentaba y, sin nada, se ponía a contar y se podían haber quedado horas escuchándola, maravillados.
—¿Qué buscaste al retratar a China Zorrilla en el documental?
—A mí siempre me importa, cuando me estoy aproximando para retratar a alguien, intentar oírlo hablar por su propia voz. Por eso busco tanto, porque a mí, como público, no me gustan los documentales que se acercan más a un informe televisivo donde hay solo personas contándonos cómo era alguien. No me interesa eso, porque si yo te cuento algo que me sucede a mí, no dejará de ser mi visión, mi óptica de eso. Yo prefiero hacer hablar al retratado.

—¿Y el compromiso social y político de China ?
—En principio, tenía algo que haría bastante falta hoy, que es un sentido de la solidaridad y de la generosidad muy interesante. Siempre ha compartido todo lo que ha tenido, ha dado todo lo que ha tenido. También pienso en un aspecto; yo no soy religioso, pero esa formación cristiana también le dio algo de la sensibilidad por el otro, por el dolor ajeno, por la necesidad ajena. Muy necesario en nuestros tiempos.
CHIMENTOS
No es casualidad: por qué algunas comidas parecen más ricas al día siguiente cuando las recalentás

Hay comidas que parecen tener una segunda vida. Un guiso, una salsa, una lasagna, un estofado o un curry pueden estar muy buenos recién hechos, pero al día siguiente, después de pasar por la heladera y volver a calentarse, muchas veces se sienten más sabrosos, más intensos o más equilibrados.
La explicación no tiene que ver con magia ni con nostalgia, sino con procesos físicos y químicos que siguen ocurriendo después de apagar el fuego. Cuando una comida queda en reposo, los ingredientes tienen más tiempo para integrarse: las grasas absorben compuestos aromáticos de especias, verduras y carnes; los líquidos se distribuyen mejor; y los sabores fuertes pueden suavizarse.
Esto se nota sobre todo en platos húmedos y cocidos durante bastante tiempo, como salsas, sopas, guisos y preparaciones con carne, tomate, legumbres o condimentos. En ese tipo de comidas, el reposo permite que los aromas se mezclen de forma más pareja y que el resultado parezca más redondo. No significa que necesariamente haya más sabor, sino que los sabores pueden sentirse mejor combinados.
También influye la textura. En preparaciones con almidón, como pastas, arroz o papas, el enfriado puede modificar la estructura interna de esos alimentos. Al recalentarse, algunos platos quedan más compactos, cremosos o integrados, especialmente si tienen salsa, queso, caldo o grasa. Por eso una porción de lasagna o pastel de papas puede sentirse más firme y sabrosa al día siguiente.
Qué comidas suelen mejorar después de reposar
- Guisos y estofados: los sabores de la carne, las verduras y el caldo se integran mejor.
- Salsas con tomate: la acidez puede sentirse más equilibrada después de varias horas.
- Curry y comidas especiadas: muchas especias liberan aromas que se mezclan con grasas y líquidos.
- Lasagna y pastas al horno: el reposo ayuda a que las capas se asienten y la textura sea más pareja.
- Legumbres: lentejas, porotos y garbanzos absorben más sabor del líquido de cocción.
- Sopas espesas: suelen ganar cuerpo cuando los ingredientes terminan de integrarse.
En definitiva, algunas comidas parecen más ricas al día siguiente porque el descanso les da tiempo a los sabores para mezclarse y a la textura para asentarse. Por eso ciertos platos caseros no solo sobreviven al recalentado: a veces encuentran ahí su mejor versión.
Alimentación; Nutrición
CHIMENTOS
Traiko Pinuer, de Meta Guacha: “Me perdí cosas con mis hijos por llevar esta vida”

A los dos años, Traiko Pinuer cruzó la Cordillera de los Andes junto a su familia, huyendo del golpe militar que en 1973 derrocó a Salvador Allende en Chile. El exilio marcó el inicio de una vida signada por la búsqueda de dignidad. La familia Pinuer se instaló en Mendoza para luego bajar hacia el Conurbano Bonarense en busca de un futuro mejor. A lo largo de su infancia, el desarraigo, el nacimiento de hermanos menores y la ausencia de sus padres configuraron un contexto que forjaría su sensibilidad artística y social.
En 1999, Pinuer fundó Meta Guacha, una formación que lo tendría como líder y referente hasta la actualidad. La agrupación, cuyo primer disco se tituló Lona, cartón y chapa (2000), emergió como símbolo de la cumbia villera con un fuerte contenido social. A diferencia de otros exponentes del género, Meta Guacha eligió abordar la marginalidad, la desigualdad y el respeto en sus letras, desmarcándose del tono provocador que dominaba la escena por ese entonces.
La canción “Alma Blanca”, inspirada en la peregrinación de Pinuer a la Virgen de Luján, sintetiza el enfoque narrativo y la defensa de la identidad de barrio frente a los estigmas y la discriminación. La letra, “No me digas negro, soy igual que tú… No vale que sientas que tienes dinero, que vivo en el barro y tú en la gran ciudad. Soy negro de abajo con el alma blanca”, que puede leerse como una declaración de principios, refleja la conciencia social que distinguió al grupo desde sus inicios.
Invitado a Nunca me faltes, Traiko comparte su trayectoria de veintiséis años, detalla los desafíos y momentos difíciles que enfrentó, incluyendo una etapa complicada con adicciones y la sensación de hipocresía y abandono cuando su popularidad decreció, por parte de personas que creía amigos y el medio artístico. Además, reflexiona sobre su origen humilde en el Conurbano Bonaerense y la influencia de su familia, especialmente su padre laburante, en sus valores y en la formación de sus cuatro hijos.
Acá, los momentos más destacados de la charla:
—Nunca me faltes, hoy con Traiko de Meta Guacha. Gracias por venir. ¿Casi treinta años de carrera ya?
—Gracias por invitarme. Sí, veintiséis años estamos cumpliendo este año. Es increíble. Nunca hubiéramos pensado que íbamos a durar y a trascender tanto, la verdad.
“Dios me está dando la oportunidad de reivindicarme con mis hijos”
—Fuiste padre muy joven también, ¿no? En el secundario.
—Sí, a los dieciocho años. Y en ese momento no sabía a qué me estaba enfrentando. Y quizá también me equivoqué en las decisiones que tomé. Pero bueno, hoy entiendo que a ser padre se aprende todos los días. Y por suerte, Dios me está dando la oportunidad de reivindicarme con mis hijos, de tratar de devolverles lo que en algún momento no pude. Pero sí, me perdí cosas con ellos por llevar esta vida…
—¿Por qué decís que te equivocaste?
—Porque no cumplí como papá lo que tenía que haber cumplido en su momento; por ejemplo, con mi hija más grande, con la cual hoy estoy teniendo una relación impresionante…
—¿Julieta es la más grande?
—Sí, Julieta; Carla, la que sigue; Thiago, el que me anda acompañando y Malena, que es la más chica.

—Te escuché asumir que tuviste una adicción al alcohol.
—Sí… siempre dicen que en la música y la noche hay drogas y alcohol, pero la droga y el alcohol está en todos lados y en cualquier momento, y en los ámbitos donde menos pensás. Llegó un momento donde sentí la hipocresía de este medio. Los amigos del campeón que te palmean la espalda cuando somos número uno y después, cuando esto baja un poco, no queda nadie. Eso sí me dolió un montón y ahí fue donde tuve mi peor etapa de alcohol y drogas. Gracias a Dios, después de un tiempo pude asumir mi problema, enfrentarlo y hoy estoy mucho mejor, ¿no? Porque esto es una lucha permanente. Pero estoy orgulloso del cambio, porque hubiera sido más fácil quedarse ahí.
—¿Hubo una situación clave que te hizo dar cuenta del problema?
—Siempre hay un clic, algo sucede que decís “hasta acá nomás” y listo. O sea, hay que cambiar, ¿me entendés? Es muy difícil, pero se puede lograr.
“Sentís la hipocrecía en la cumbia cuando ves que para la gente que te rodeaba eras lo que facturabas”
—Hablabas de la hipocresía del ambiente, ¿dónde la notabas?
—Cuando te das cuenta que para la mayoría de la gente que estaba alrededor tuyo eras un número, lo que facturabas: productores, dueños de boliche, amigos o supuestos amigos, ¿entendés? Pasó en 2006, sobre todo, cuando la cumbia villera tuvo problemas con el COMFER. Nos habían cerrado un poco las puertas de los boliches, bajó la difusión y empezó a decaer muy de golpe… Ahí muchos dijeron “ya está, esto no va a funcionar más”. Los mismos productores que hoy se quieren matar porque no imaginaban que después de veintiséis años sigamos vigentes, trabajando y hasta haciendo gira por Europa.
—¿Te llegaste a sentir un producto?
—Eso es lo que sentí, tal cual, me sentí un producto. Fue lo que más bronca me dio… me dio depresión, me hizo muy mal. Siempre consumí alcohol, ¿me entendés? Pero en ese momento fue peor, yo estaba mal anímicamente y eso hizo que me hundiera en un pozo del que era muy difícil salir, pero por suerte se salió.
—Para vos, que viviste en un barrio como Florencio Varela casi toda tu vida, pleno Conurbano, ¿cuál es el diferencial que tiene eso respecto al resto de de los lugares de Argenitna y de Latinoamérica?
—Yo creo que el Conurbano Bonaerense no tiene comparación con nada, es como un mundo aparte. Una mezcla de nostalgia, de gente que la tiene que padecer, que sufre, que está tratando de levantar su casita para sus hijos, ¿me entendés? Vos mirás una estación de tren a la mañana y cuántas historias hay ahí, ¿no? Yo fui parte de esa estación de tren muchos años, yéndo a laburar a las cuatro de la mañana; gente queriendo salir adelante todo el tiempo: trabajadores. ¡Ahí está la esencia de este país, amigo!
—Y al mismo tiempo, muchas veces asociado con un montón de cosas negativas que sí, habrá casos, pero no es la realidad…
—¡Claro! Olvidate, delincuencia y drogas hay en todos lados. Pero sí, estamos estigmatizados, ¿me entendés? El fuerte del conurbano es la gente laburadora.
—La importancia que le das al laburo, ¿te quedó de tu viejo?
—Sí, mi viejo fue un laburador toda la vida. Empezó a laburar a los diez años, ¡imaginate! Cumplió su sueño de comprarse un terreno y hacerse su casa en Varela, donde nos mudamos. Porque antes nosotros vivíamos en Lanús, en Valentín Alsina.

—¿Y cuánto de eso le transmitiste vos a tus hijos? ¿Hoy qué ves en ellos que te refleje a vos o a tu viejo?
—El respeto y laburar, porque mi viejo me dejo eso, el laburo. Ojo, tampoco era un tipo que estaba lleno de guita pero, por ejemplo, si vos le pedías una mano, el tipo siempre estaba y te ayudaba con laburo, amigo. Y por ahí ibas a laburar con él dos horas, ¿me entendés? O sea, me enseñó que para ganar hay que laburar. Y yo creo que mis hijos aprendieron todo eso. Hoy, ponele, mi hijo también está trabajando en la música. Estoy feliz porque se acaba de comprar un auto con la música, con su arte, ¿me entendés? Súper feliz de haberles dado las mínimas herramientas para que hoy en día puedan salir adelante. Y gracias a Dios todos mis hijos son buenas personas y eso creo que es lo mejor. A pesar de que me he equivocado un montón en esta vida, mis hijos son buenas personas. Y yo siento que hice algo bueno para que hoy sean lo que son.
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