CHIMENTOS
Marcos Carreras, el violinista argentino de 12 años que tocará a Piazzolla en Beijing: “No sé si soy un niño prodigio”

Marcos Carreras tiene 12 años, oído absoluto y una calma que descoloca. Habla con una seguridad y una vivacidad que sorprenden en alguien de su edad. Cuando habló con Teleshow estaba preparando sus valijas: ayer, viernes, viajó a China, porque el próximo martes 2 de junio, el pequeño violinista porteño subirá al escenario de la Sala de Conciertos de la Ciudad Prohibida, en Beijing, para tocar como solista junto a la Orquesta Sinfónica de Beijing, dirigida por el maestro Xia Xiaotang. Será el 3° Concierto Especial del Día del Niño “La Esperanza del Futuro”, y el repertorio elegido para ese momento no podría ser más elocuente: “Decarisimo”, de Astor Piazzolla.
Un pibe de Almagro (“re porteño”, se define), hincha de Ferrocarril Oeste, llevará el tango al corazón del poder imperial chino, ese vasto complejo palaciego que durante casi 500 años fue residencia de los emperadores y centro del mundo conocido para millones de personas. Marcos lo procesa con la naturalidad de quien ya aprendió que los escenarios grandes no asustan, sino que energizan. “Cuanta más gente me mire en un concierto, mejor. No me pone nervioso. Al contrario, me motiva tocar para mucha gente”, dice.
La convocatoria fue internacional. La Orquesta Sinfónica de Beijing buscaba músicos menores de 16 años para actuar como solistas. Los candidatos debían presentar una obra de movimiento rápido, una pieza clásica y una composición con violín y piano. Marcos fue pasando instancias hasta quedar entre los diez finalistas, en un universo juvenil donde, según su mamá, María José Camacho, “el 80 por ciento son chicos orientales”. El domingo previo al viaje, llegó la noticia: había sido seleccionado entre los cuatro elegidos para el concierto. El resultado llegó tan tarde que el lunes —feriado en Argentina— ya era poco tiempo para los trámites. Su madre, violinista de la Orquesta Nacional de Música Argentina Juan de Dios Filiberto, recuerda la vorágine de esas horas: visita a la embajada, papeles de último momento, pasajes que confirmar. El viernes a la noche, Marcos viajará a China acompañado por su padre, Lisandro Carrera, violinista de la Orquesta del Tango de Buenos Aires. María José se quedará en Buenos Aires: la organización cubre el pasaje del menor y un acompañante.
Que ambos padres sean violinistas no es un dato menor en esta historia. Marcos creció con el instrumento antes de entender qué era. Lo tomó como juguete, lo incorporó como lenguaje. Aprendió a tocarlo antes de aprender a leer, a los cuatro años, en el Centro Suzuki de Buenos Aires, donde su primer maestro fue Eduardo Ludueña. A los 6 ya lo invitaban al Live Virtual Concert; a los 7, al Concierto Cuatro Naciones. “Estaba condenado a tocar el violín”, bromea citando a su maestro actual, Rafael Gíntoli.
El salto cualitativo llegó alrededor de los nueve años, cuando dejó el método Suzuki y comenzó a trabajar con Gíntoli en forma particular. Desde entonces, la agenda no paró: el Teatro Colón, la Usina del Arte, el Palacio Libertad, el Centro Cultural San Martín, entre otros escenarios. Como solista tocó junto a cuatro orquestas, entre ellas la Orquesta del Tango de Buenos Aires y la Orquesta Sinfónica Municipal de Avellaneda. En el plano internacional, una master class con Maxim Vengerov en Buenos Aires, clases con Pierre Amoyal en Milán —que continúan por Zoom— y, en Alemania, el Premio al Sonido Thomastik tras ser finalista del International Anton Rubinstein.
Luego del viaje a China, el mes que viene recibirá el Premio Revelación de la Asociación de Críticos de la Argentina, que se entregará en la Legislatura porteña.

Tanto reconocimiento no lo despega de su cotidianidad. Cursa primer año en la Escuela Juan Pedro Esnaola, orientada a artes y música, con un programa adaptado por el Ministerio de Educación de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires bajo la figura de “Artista de Alta Dedicación”. Sus padres, dice, no lo presionan. “Diagraman mi vida para que también juegue como cualquier niño de mi edad.” En los ratos libres sale con amigos, ordena su cuarto con una lógica propia —“puedo tener todo desparramado, pero sé dónde está cada cosa”— y escucha Queen, Luis Miguel o murga uruguaya. Antes de cada concierto, hay un ritual detrás de bambalinas: “Pienso cómo cautivar al público”, confiesa, con una madurez que no se aprende en los libros.
— ¿Qué significa para vos tocar en la Sala de Conciertos de la Ciudad Prohibida con una orquesta sinfónica?
— Para mí es todo lo que voy haciendo, cosas internacionales. Yo de hecho siempre lo dije, que mi sueño era tocar en los teatros más grandes del mundo. Por suerte se está cumpliendo. Tocar en China también es, para mí, re exótico, re raro. Me espero cualquier cosa. Pero lo más importante para mí siempre va a ser disfrutarlo, y es lo que hago siempre.
— ¿Cómo se prepara un tango con una orquesta china?
— Puesto así es raro, pero a ver, obviamente espero que puedan hacer cualquier cosa. Puede salir muy bien, que es lo más probable. Ellos tienen una superorquesta. Probablemente se acoplen perfecto, porque Piazzolla es de las palabras más repetidas en el mundo en un minuto —contaba mi maestro Rafael Gíntoli: ‘está Jesucristo, Beethoven, alguien más y Piazzolla’—. Así que supongo que van a acoplar superbién. Va a ser hermoso. Estoy segurísimo.

— Sos hijo de violinistas y aprendiste a tocar antes que a leer. ¿Cuándo el violín dejó de ser un juguete y pasó a ser algo más serio?
— A ver, hoy en día sigue siendo algo no tan serio, porque yo me lo tomo como algo muy divertido, relajado. El cambio no fue muy grande. A los nueve, por ahí, fue cuando todo empezó a ser un poco más profesional, más encaminado. Cambié el método Suzuki por un maestro particular, Rafael Gíntoli, maestro tradicional. Ese, yo creo, que fue el mayor cambio, lo que me abrió tal vez más puertas aún. Pero nada, yo sigo divirtiéndome. A mí no me gusta tomarme nada tan serio, porque me gusta disfrutar todo lo que hago.
— ¿Qué fue lo más difícil de aprender?
— Tocar, de lejos. La afinación, tal vez. En el Centro Suzuki te ponen tiritas donde van los dedos, pero el violín tiene el gran problema de la afinación y del manejo del arco. Lo que más se me dificulta es el manejo del arco. Pero lo voy trabajando poco a poco.
— A los diez años debutaste como solista en el Colón. ¿Qué sentiste en ese escenario?
— Que es extraordinario, es único, es una atmósfera única. La acústica es única, todo es único. Yo soy particularmente porteño, me encanta Buenos Aires, es la mejor ciudad que hay. Y además tocar en el Teatro Colón es fascinante, porque es todo especial.

— Muchos te llaman “niño prodigio”. ¿Esa etiqueta te incomoda, te halaga o te es indiferente?
— A ver, obviamente si me lo dicen, será bien recibido. Pero yo lo llevo todo con calma. Tal vez no soy un niño prodigio, sino un niño que arrancó de muy chico y ya incorporó todo desde hace mucho tiempo. Uno dice doce años y no preguntan cuánto tiempo llevo tocando: van a ser nueve años que hago esto, sin contar iniciación musical, que hice desde el año y medio. No sé si soy un niño prodigio, pero sí soy un niño encaminado desde hace mucho tiempo y con experiencia, ponele.
— Milán, Alemania, ahora China. ¿Qué expectativas te genera todo esto para el futuro?
— Lo de la Sinfónica de Beijing es increíble, pero todo me hace pensar que pueden salir cosas mayores. Me doy un golpe de realidad y digo: en abril fui a Milán, en Alemania me saqué un premio, el maestro Amoyal de Milán me quiere seguir dando clase, el otro día tuve una clase por Zoom con él, que es de los mejores del mundo. También tomé una master class acá en Buenos Aires con el maestro Maxim Vengerov, que es de los cinco mejores violinistas de la historia. Y ahora toco con la Sinfónica de Beijing en China. Me entusiasma cada vez más.
— ¿Cómo hacés con la escuela?
— Re bien. Estoy en el plan del Ministerio de Educación de Artistas de Alta Dedicación, que ayuda a estos casos a aflojar un poco la cursada, a no hacer una cursada igual que todos. Además voy al colegio Juan Pedro Esnaola, que es orientado a música y artes, y eso me ayuda un montón. Son dos plus. Lo de Artistas de Alta Dedicación me ayudó en todo, porque ese era un problema, el pasaje del primario al secundario, cómo íbamos a hacer.

— ¿Qué música escuchás?
— Me gusta escuchar música pop, pero no del tipo pop, pop. Me gusta mucho Queen, la mejor banda que hay. Y también me gustan cosas como la murga uruguaya, Luis Miguel me gusta un montón y Caetano Veloso. Ese es el tipo de música que me gusta escuchar.
— ¿Y la música urbana, hoy de moda?
— No. Respeto un montón, obviamente, todo es música, pero no, para nada. Es ruido. Perdón, pero no me gusta nada.
— ¿Tus amigos qué dicen de todo esto?
— Ahora voy al Esnaola, así que los chicos van a tener la misma reacción que si vaya a comprar fruta a la esquina o me vaya a Beijing, porque ya están re acostumbrados, están en el ambiente. Pero obviamente me hacen un montón de fiesta. Siempre, todos estos años, tuve dos grupos —el del colegio anterior y este—, y son grupos hermosos que me festejan un montón. De hecho me van a escuchar. Por suerte fue re bien.
marcos carreras
CHIMENTOS
Por qué el domingo puede despertar recuerdos, tristeza y nostalgia más que cualquier otro día

El domingo tiene una carga emocional distinta a la de otros días. Para muchas personas no es solo el cierre del fin de semana, sino una especie de frontera entre el descanso y las obligaciones. Por eso, cuando cae la tarde, pueden aparecer recuerdos, tristeza suave, sensación de vacío o una nostalgia difícil de explicar.
La nostalgia no es simplemente extrañar el pasado. En psicología suele describirse como una emoción agridulce: puede traer calidez, imágenes felices y sensación de conexión, pero también una puntada de melancolía por aquello que ya no está igual. Ese contraste se vuelve más visible los domingos porque el ritmo baja, hay menos distracciones y la mente tiene más espacio para mirar hacia atrás.
También influye el cambio de estado mental. Durante el sábado, muchas personas sienten que todavía tienen tiempo por delante. En cambio, el domingo activa la idea de cierre: se termina el descanso, se acerca el lunes y vuelve la rutina. Esa anticipación puede generar ansiedad, especialmente en quienes asocian la semana con presión laboral, estudio, responsabilidades familiares o agendas difíciles.
El fenómeno es tan común que incluso se popularizó el término Sunday scaries para describir la inquietud que aparece antes del inicio de la semana. En encuestas citadas por organizaciones vinculadas al sueño, cerca del 79,5% de los adultos dijo haber tenido problemas para dormir los domingos en comparación con otras noches.
No siempre es nostalgia pura: muchas veces es una mezcla de cansancio, balance del fin de semana y preocupación por lo que viene.
Qué puede estar detrás de la nostalgia de los domingos
- Más silencio mental: al bajar el ritmo, aparecen recuerdos que durante la semana quedan tapados por la actividad.
- Sensación de cierre: el domingo marca el final simbólico del descanso y eso puede disparar balances personales.
- Ansiedad anticipatoria: pensar en el lunes puede teñir el presente con tristeza o inquietud.
- Recuerdos familiares o de infancia: para muchas personas, el domingo está asociado a comidas, rutinas, visitas o momentos compartidos.
- Soledad más visible: si hay menos planes o contacto social, la nostalgia puede sentirse con más intensidad.
- Contraste emocional: después de un sábado activo, el domingo puede sentirse más quieto, lento o vacío.
Sentir nostalgia un domingo no significa necesariamente estar mal. Muchas veces es una reacción normal ante un día que combina pausa, memoria y anticipación. Pero si esa tristeza se vuelve intensa, frecuente o empieza a afectar el sueño, el ánimo o la vida diaria, puede ser una señal para revisar qué está pasando con la rutina, el descanso y las emociones que aparecen antes de empezar la semana.
Psicología; Domingos
CHIMENTOS
¡Explotó todo! El ultimátum de Wanda Nara para destruir a Mauro Icardi por sus hijas: “Él quedó acorralado”

El WandaGate sigue vivo a pesar de los muchos años que pasen y en las últimas horas apareció un nuevo capítulo que promete desatar un nuevo escándalo entre Wanda Nara y Mauro Icardi. En esta oportunidad, el conflicto pasa nuevamente por un tema muy sensible: las vacaciones de invierno y el tiempo que el futbolista pretende compartir con Francesca e Isabella, sus hijas.
La bomba explotó con el dato que arrojaron Juan Etchegoyen y Naiara Vecchio al aire deMitre Live. En el ciclo dieron detalles precisos de la audiencia que Wanda e Icardi tuvieron ante el juez Hagopian, con presencia justamente de los abogados de ambas partes. Lejos de ser una situación pacífica, otra vez vuelven a aparecer conflictos de intereses y tensiones.
“Se viene una nueva guerra por las vacaciones de invierno y este viernes se hará una audiencia con el juez Hagopian y estarán los abogados de Wanda y Mauro”, explicó Naiara, anticipando la tormenta. En la reunión no solo se hablará de la deuda alimentaria que pesa sobre Icardi, sino también del régimen de visitas de las hijas del exmatrimonio mientras el delantero permanezca en Argentina.
“Van a estar para hablar lo que es la deuda alimentaria y las abogadas de Icardi quieren saber cómo van a ser esos días y la idea es que él se quede casi todo junio en Buenos Aires y escuchar propuestas futbolísticas”, agregó Vecchio. Esto puede desatar una nueva pelea entre Wanda y Mauro, que desde hace tiempo tienen una terrible tensión.
EL ESCÁNDALO DE WANDA NARA Y MAURO ICARDI POR LAS VACACIONES DE INVIERNO DE SUS HIJAS
En paralelo, el futuro profesional de Icardi aparece como un tema central. Se dice que el delantero analiza diferentes ofertas, pero nada definido aún. “Se verá si sigue en Turquía, Europa, Arabia Saudita o Estados Unidos. En Argentina a mi me dicen que no jugará y está desechado. Y además él no tiene vínculo con sus familiares acá, no tienen relación hace tiempo”, explicó la periodista.
Pero lo más delicado pasa por la negociación vinculada a las nenas y los días que Icardi quiere compartir con ellas cuando llegue al país junto a la China Suárez. “El viernes se va a hacer un pedido de régimen de visitas de las hijas de la pareja Isabella y Francesca cuando esté Icardi en el país con la China Suárez, ellos llegan en junio y están las vacaciones de invierno. Por lo pronto Icardi quiere estar la mayor cantidad de días y eso será una negociación”, contó Etchegoyen.
La parte económica también suma, porque el reclamo de Wanda por la cuota alimentaria avanza y podría traerle más problemas a Mauro. “Yo tengo la información que Icardi va a estar acorralado por la cuota alimentaria y está embargada la casa de los sueños y hay una cuota que está adeudada desde noviembre de 2024. Los abogados de Wanda Nara dicen que tiene que pagarse eso y van a ir por el embargo del sueldo de Turquía”, reveló el conductor.
Así, en medio de esta guerra que no da descanso, Wanda e Icardi vuelven a quedar en el ojo de la tormenta. Y mientras ambos intentan reorganizar sus vidas, la pelea judicial y la tenencia de sus hijas suma nuevas páginas, reclamos y una negociación que promete dar que hablar. ¿Qué pasará ahora?
Wanda Nara, Mauro Icardi
CHIMENTOS
Nelly Láinez, la mujer que hizo reír al país mientras escondía una vida atravesada por la soledad y la pobreza

Hubo una época en la televisión argentina en la que bastaba verla aparecer para que el público empezara a reír antes de escuchar una sola palabra. Era algo que ocurría apenas entraba en escena: la energía atropellada, los ojos vivaces, esa mezcla extraña entre ternura y desparpajo que convertía a cualquier personaje suyo en alguien inolvidable. Así era Nelly Láinez, una mujer que pasó gran parte de su vida haciendo reír mientras escondía, detrás de cada carcajada, una historia marcada por la lucha, las pérdidas y la necesidad urgente de seguir adelante.
Nacida como Nélida Rotstein el 11 de enero de 1920, en una casona ubicada frente a Plaza Congreso, sobre la avenida Rivadavia, creció en una familia trabajadora que conoció el ascenso económico y, poco después, una caída brutal. Su padre, Jacobo Rotstein, un inmigrante judío polaco que había llegado a la Argentina escapando de las tragedias de Europa, trabajaba como plomero y había logrado construir cierta estabilidad. Pero una mala decisión financiera terminó arrastrando a la familia a la ruina. Perdieron casi todo. Incluso el piano de su madre, Raquel, profesora de música y mujer delicada de salud.
Aquella pérdida nunca terminó de cicatrizar en Nelly. Quizás por eso, detrás de sus personajes exagerados y de esas mujeres desesperadas por amor que interpretó durante décadas, siempre parecía asomar una tristeza íntima. Una soledad antigua.
La muerte de su padre, cuando ella apenas transitaba la adolescencia, terminó de empujarla a una vida de sacrificios. Mientras ayudaba en la mercería familiar, estudiaba piano, declamación y zapateo americano. No era una gran alumna. Lo suyo estaba en otro lado. En observar. En escuchar. En absorber los gestos de la calle como quien junta materiales para construir futuros personajes.

“¿De dónde puedo sacar yo mis personajes? Mis personajes tienen que ser todos auténticos. El imitador por lo general tiene que ser una persona muy, pero muy observadora. Sí, yo pienso que soy observadora”, decía años después, casi como una confesión de método.
Y observaba todo. A la verdulera del barrio. A la vecina gritona. Al hombre cansado del tranvía. A la mujer abandonada que fingía alegría. Todo terminaba, tarde o temprano, convertido en humor.
A los doce años, después de insistirle durante meses a su madre, logró presentarse en una prueba para Radio Porteña. Llegó recomendada por un comisario amigo de la familia y consiguió una mínima participación en un radioteatro policial. Su primera frase fue apenas una línea: “Adiós, adiós, el barco se va”. Nadie imaginaba que aquella niña de carácter fuerte terminaría convirtiéndose en una de las grandes figuras del humor argentino.
La radio fue su refugio y su verdadera escuela. Allí aprendió a modular emociones, a construir personajes y a sobrevivir. Trabajó con figuras históricas como Olga Casares Pearson, Narciso Ibáñez Menta y Armando Discépolo. Mucho antes de transformarse en una actriz cómica, hacía dramas intensos y escenas cargadas de tensión emocional. Pero el destino terminaría llevándola hacia otro lugar: la comedia popular.

Su incorporación a “La Cruzada del Buen Humor”, luego conocida como “Los Cinco Grandes del Buen Humor”, cambió su carrera para siempre. Allí comenzó a construir esa figura inolvidable de mujer nerviosa, verborrágica, desesperada por cariño y permanentemente rechazada. Un personaje que el público adoraba porque, en el fondo, hablaba de las pequeñas derrotas de todos.
Sin embargo, detrás de cámaras existía otra Nelly. Una mujer sencilla, profundamente doméstica, que disfrutaba más de una feria barrial que de una gala de estreno: “A mí me gusta cocinar. A veces hago churros que saltan hasta el techo y vuelven. No sé, debe ser por la presión que les encajo”, contaba entre risas, con ese humor natural que parecía brotarle sin esfuerzo.
Y agregaba, como si estuviera describiendo la vida más común del mundo: “Me gusta tejer. Leer no, leo poco porque me cansa mucho la vista. Me gusta la casa, me gusta el hogar, me gusta hacer las compras. Me gusta ir al mercado para ver la verdura. Siempre soñé con tener una huerta”.
Le fascinaba mezclarse con la gente. Escuchar conversaciones ajenas. Sentirse una más: “Preguntas me hacen como: ‘¿Ustedes también comen, los artistas?’, o expresiones como ‘con la plata que tiene, usted no tiene que venir a hacer las compras’. Pero a mí me gusta estar en contacto con la gente”, decía.

Tal vez ahí residía el secreto de su talento: jamás se sintió una estrella. Nunca dejó de ser aquella mujer del barrio de Constitución que caminaba mirando rostros para robarles un gesto y transformarlo después en un personaje.
El cine llegó relativamente tarde. Debutó recién a los 30 años en Fascinación, dirigida por Carlos Schlieper. Luego compartió pantalla con figuras enormes como Lolita Torres, Luis Sandrini, José Marrone y Juan Carlos Calabró.
Aunque el cine le dio popularidad, también la encerró durante años en un estereotipo cruel: el de la “solterona fea y rechazada”, blanco permanente de bromas y humillaciones. Pero Nelly lograba algo extraordinario: convertir esas caricaturas en seres humanos. Había dolor real en sus personajes. Y el público lo sentía.
“El cine me apasiona y me encanta. Es fascinante. Mientras vos dormís, el cine camina por vos”, reflexionaba con emoción. “¿Cuántas veces estoy en mi casa y al día siguiente camino por la calle y me dicen: ‘Uy, ayer la vi en una película’?”.

La televisión terminó de convertirla en un rostro imprescindible. Participó en Operación Ja-Já, Polémica en el bar y decenas de ciclos humorísticos, pero fue La tuerca la que la volvió inmortal. Su personaje de Isolina quedó grabado en la memoria popular con frases que todavía sobreviven en el imaginario argentino.
Paradójicamente, aquella mujer que hacía reír a millones padecía un terror profundo al escenario en vivo. El teatro la paralizaba. Solía bromear diciendo que actuar sobre las tablas implicaba “estar encerrada en un sótano tres horas para actuar cinco minutos”.
“He hecho cine, he hecho televisión, he hecho radio. No me falta nada por conocer… pero poco teatro he hecho”, reconocía.
La vida tampoco le ahorró golpes económicos. Hubo años en los que prácticamente desapareció de la televisión y tuvo que vender su Renault 6, su televisor, un tapado de piel e incluso un premio Martín Fierro para poder sobrevivir.

“Los tiempos están muy difíciles. Nosotros necesitamos trabajar y nos gusta trabajar. Y no están los tiempos como para decir: ‘Bueno, si no me pagan tanto, no lo hago’. ¿Qué vas a hacer?”, reflexionaba con una honestidad brutal. “Se necesita mucho más coraje para decir que sí cuando tenés ganas de decir que no”.
Aun así, nunca perdió el humor: “Pese a todo lo difícil que todo me resulta, sigo siendo alegre y voy a seguir siendo alegre porque pienso que mi vida es la de cumplir una misión de darle toda la alegría del mundo a la gente que la necesita”.
Y cuando le preguntaban si alguna vez había tenido que hacer reír estando destruida por dentro, respondía sin victimizarse: “Un ochenta por ciento. Y no es es difícil porque me sale de adentro. Lo hago de corazón. Pienso que es una necesidad hacerlo. Como si tuviera que pintar un cuadro y no me pudieras quitar los pinceles. Yo tengo que hacer eso. Para eso nací”. Esa definición quizás explique toda su carrera.
A comienzos de los años ‘90, cuando parecía olvidada por la industria, apareció Antonio Gasalla para devolverla al centro de la escena. La convocó para El mundo de Antonio Gasalla y El palacio de la risa, programas que le devolvieron popularidad y reconocimiento. Gasalla diría tiempo después: “Desde que se levantaba a la mañana tenía el humor bien puesto”.

En medio de una vida atravesada por los escenarios, las risas y las urgencias económicas, Nelly encontró el amor cuando ya creía que la soledad sería definitiva. Tenía 48 años cuando conoció a quien terminaría convirtiéndose en el gran compañero de su vida: el periodista y escritor Hugo Storni, cuyo verdadero nombre era Hugo Morales. Y como tantas historias improbables de otra época, todo comenzó con una carta.
Él vivía en Bahía Blanca y apenas conocía a Nelly por una fotografía publicada en una revista. Sin embargo, algo en esa imagen lo impulsó a escribirle. La actriz recordaría aquella situación años más tarde con una mezcla de humor y melancolía:
“Un día recibí una carta de un desconocido que vivía en Bahía Blanca… En ese momento yo vivía con mamá, que ya estaba muy enferma. Le conté que me había escrito un loco y ahí me llevé la sorpresa de mi vida: ‘Contestale’, me dijo. ‘No quiero que te quedes sola cuando yo falte’”.
Pero Nelly no respondió. Entre el trabajo y el deterioro de la salud de su madre, no encontraba tiempo ni energía para pensar en el amor. Además, aquella propuesta parecía demasiado extraña incluso para alguien acostumbrada a los personajes extravagantes.

“Por supuesto que no le contesté, porque entre cuidar a mamá y mi trabajo no tenía tiempo… Él me conocía solo por una foto que había visto en una revista”.
Poco después, su madre murió. Y el miedo que aquella mujer había intentado anticipar se volvió realidad: Nelly quedó sola. La actriz, que hacía reír a millones de personas, atravesó entonces uno de los momentos más dolorosos de su vida. La casa se volvió silenciosa. Las noches interminables. Y en medio de esa tristeza, comenzó a caminar sola por la Costanera porteña buscando alguna respuesta imposible.
“Mamá murió y yo, como ella tanto temía, me quedé sola. Estaba perdida. A la noche me iba a la Costanera, miraba al río y le decía: ‘Mandame un novio’. Pero el novio no aparecía”.
Hasta que ocurrió algo que parecía salido de una película. Según contó la propia actriz, un vidente le transmitió un mensaje inesperado. “No sabía qué hacer, hasta que un vidente me dijo: ‘Tu mamá dice que vayas a buscarlo’”.
Y entonces hizo algo completamente impulsivo. Algo que parecía impropio de aquella mujer llena de miedos e inseguridades: “Ahí no lo dudé más. Me tomé el tren a Bahía Blanca y fui a buscarlo”. Todo para encontrarse con ese hombre que apenas conocía a través de unas pocas palabras escritas en papel. La historia, contra todos los pronósticos, funcionó.
Nelly y Hugo compartieron 27 años juntos. Una relación atravesada por la compañía, la rutina cotidiana y esa clase de amor sereno que llega tarde, pero se vuelve imprescindible. Recién en 1993, después de un cuarto de siglo de convivencia, decidieron casarse formalmente.
Para entonces, ella ya había atravesado el esplendor de la fama, los períodos de olvido, las crisis económicas y el regreso triunfal de la mano de Antonio Gasalla. Y en todos esos momentos, Hugo estuvo ahí. Pero la felicidad tampoco duraría para siempre.
En 1995, apenas dos años después del casamiento, Hugo falleció y la actriz volvió a enfrentarse a la misma soledad que tanto había temido su madre décadas atrás. Permaneció viviendo sola en el departamento de Constitución que ambos compartían, rodeada de recuerdos, hasta 2001, cuando una cirugía de cadera obligó a su traslado a un hogar para ancianos.
Los últimos años de su vida transcurrieron entre problemas de salud y un progresivo aislamiento. Sin embargo, incluso entonces conservaba intacta esa mezcla de ironía y ternura que había marcado toda su existencia.
Murió el 31 de mayo de 2008, a los 88 años. Y quizás una de las imágenes más conmovedoras de su historia sea aquella de la mujer que caminaba de noche frente al río pidiéndole a su madre que le enviara un amor.
Porque detrás de la actriz cómica, detrás de los personajes atolondrados y las carcajadas televisivas, existía alguien profundamente sensible, vulnerable y necesitado de afecto. Una mujer que pasó la vida entera haciendo reír a los demás mientras buscaba, silenciosamente, no quedarse sola.
“He dejado toda mi vida. Desde chica que estoy metida en esto por vocación, por amor, por necesidad, por todo esto, como vos quieras llamarle”. Y quizás allí, en esa frase sencilla, esté resumida toda su existencia.
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