DEPORTE
Centroamérica y el Caribe se despiden sin triunfos de un nuevo Mundial

Las selecciones de Centroamérica y el Caribe volvieron a quedarse fuera de los octavos de final en el Mundial 2026, sumando apenas un empate en nueve partidos. Según reportó la agencia de noticias Agence France-Presse (AFP), ningún equipo de la región logró una victoria y solo Curazao rescató un punto ante Ecuador, en el debut absoluto del país insular en una Copa del Mundo.
Los equipos de Panamá, Haití y Curazao enfrentaron una fase de grupos adversa en los estadios de Norteamérica. Entre los tres, acumularon ocho derrotas, tres goles a favor y 21 en contra. La incapacidad de avanzar más allá de esta instancia reafirma una tendencia histórica que, según recordó la AFP, solo ha tenido excepciones contadas, como la de Costa Rica en 2014.
De acuerdo con el exinternacional panameño Víctor René Mendieta, consultado por la AFP, los representativos centroamericanos y caribeños “todavía no están preparados, no tienen la capacidad de poder aspirar a una siguiente fase” en una Copa del Mundo. Mendieta atribuyó las limitaciones a la “estructura totalmente débil” del fútbol local y a la formación de jugadores, que “no está al nivel de la élite en Europa, Asia o África”.
En casi un siglo de mundiales, Costa Rica se mantiene como el único país centroamericano que ha superado la fase de grupos, con seis participaciones y una campaña histórica en Brasil 2014, cuando llegó hasta los cuartos de final tras eliminar a Italia, Inglaterra y Grecia. La selección tica no pudo repetir actuación en Rusia 2018 ni en Catar 2022 y en la presente edición ni siquiera logró clasificarse.
Otras selecciones como Honduras, con tres participaciones, y Panamá y El Salvador, con dos cada uno, han quedado eliminadas siempre en la primera ronda. Los salvadoreños, además, conservan el récord de la mayor goleada encajada en la historia mundialista: 10-1 frente a Hungría en España 1982. En cuanto al Caribe, solo Cuba alcanzó los cuartos de final en Francia 1938, en un formato sin fase de grupos. Ningún otro representante caribeño ha superado la primera llave en el torneo, según datos recogidos por la AFP.
En esta edición, Panamá llegó tras haber conseguido subcampeonatos en la Copa Oro 2023 y la Liga de Naciones (2024-2025), lo que generó expectativas de un mejor papel. Sin embargo, la baja por lesión de Adalberto Carrasquilla y la falta de gol condicionaron su desempeño: fue el único equipo que no marcó en la primera fase.
El conjunto dirigido por el hispano-danés Thomas Christiansen cayó por la mínima diferencia ante Ghana y Croacia, y perdió 2-0 frente a Inglaterra, cerrando el grupo en el último lugar.
El exdelantero Julio Dely Valdés declaró a la AFP que “Panamá vino a este Mundial a competir y Panamá compitió (…) tal vez hemos tenido poca fortuna, porque con el rendimiento que ha tenido merecía algo más”.
Haití, por su parte, debió disputar toda la fase clasificatoria como local en Curazao por la crisis sociopolítica en su país. Sus aficionados tampoco pudieron viajar a los partidos debido a restricciones impuestas por el gobierno de Estados Unidos. A pocos días del debut, la FIFA obligó al equipo a modificar su camiseta por referencias a la guerra de independencia. El equipo dirigido por el francés Sébastien Migné perdió sus tres duelos en el Grupo C, con derrotas 1-0 ante Escocia, 3-0 frente a Brasil y 4-2 contra Marruecos.
“Hemos conseguido que durante algunos días se hablara de Haití en términos positivos y elogiosos, pero cuando tienes a Brasil y a Marruecos en el grupo, resulta complicado”, afirmó Migné en declaraciones recogidas por la AFP.

Curazao debutó en la cita máxima y obtuvo un empate sin goles frente a Ecuador. El guardameta Eloy Room igualó el récord de atajadas en un partido mundialista y el técnico neerlandés Dick Advocaat se emocionó tras el empate parcial contra Alemania, aunque el resultado final fue 7-1 para los europeos. En el último partido, Curazao cayó 2-0 ante Costa de Marfil y finalizó colista del Grupo E. “El equipo se ha superado a sí mismo contra verdaderas potencias mundiales (…) hay que intentar aprovecharlo para seguir mejorando y ver si podemos encontrar todavía más jugadores que quieran jugar por Curazao”, expresó Advocaat a la AFP.
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DEPORTE
De una cómoda victoria, al sufrimiento del empate inesperado y la gloria final: a 40 años del título mundial en México

Aquella frase. Habían transcurrido 55 días desde ese mediodía del lunes 5 de mayo, cuando la delegación argentina pisó suelo mexicano. Al ser abordado por los periodistas, en relación al porqué de tanta antelación, ya que la Copa del Mundo comenzaba el 31 de ese mes, un Carlos Bilardo tan serio como seguro respondió: “Somos los primeros en llegar, porque seremos los últimos en irnos”. Esas palabras despertaron algunas sonrisas socarronas en nuestro país, sobre todo de aquellos que no confiaban y habían hecho una dura campaña contra el Narigón. La realidad, le dio la razón al doctor, porque el 29 de junio de 1986 se tiñó para siempre de celeste y blanco, como broche de una coronación limpia y justa.
La final con Alemania. Lo que parecía una utopía hasta horas antes de comenzar el Mundial, fue una maravillosa realidad para ese equipo argentino, que paso a paso, fue edificando una gran cohesión dentro y fuera de la cancha, con cambios tácticos acertados, una muy buena convivencia y un Diego Maradona como nunca antes ni después podríamos disfrutar.
Las horas previas a la final fueron de mucha ansiedad, donde pocos futbolistas lograron conciliar el sueño la noche anterior. Uno de ellos fue Jorge Valdano, que recordó una situación muy especial: “Era el partido más importante de mi vida. Y así estaba mentalizado. Apenas salí de mi habitación, lo crucé a Bilardo. En medio de la charla me dijo: ‘La final es uno contra uno. El que gana el duelo, hace campeón a su país’. Con lógica le respondí que lógicamente, si Diego superaba su marca, estaríamos cerca de la consagración. Me lo negó, puntualizando que, si yo le ganaba el duelo a Briegel, ganábamos. Me quedé pensando, porque me estaba enviando a hacer una función que jamás había desarrollado y que sentía impropia para un delantero. En el primer pique en el que seguí a ese tanque alemán, casi me quedo sin aire. Entonces me dije: ‘Jorge, es un acto por la patria’ (risas). Y así lo cumplí”.
Para el doctor Bilardo era muy importante seguir adelante con las costumbres, como describió en su autobiografía: “No hicimos las valijas, como no las habíamos preparado en todos los encuentros anteriores, a pesar que esa noche, terminara como terminara todo, nos volvíamos a Argentina. Cuando nos acercamos al micro, advertimos que nos habían asignado como 20 policías en motocicletas, pero exigimos que solo viajaran al frente Jesús y Tobías, los dos que nos acompañaron a lo largo de todo el campeonato. Como siempre, el conductor puso un cassette con la canción Gigante chiquito de Sergio Denis. El tema era más largo que lo que duraba el recorrido, entonces el chofer avanzó lentamente hasta que el vehículo entró al estacionamiento de la cancha justo cuando terminaba la canción”.

Alemania también había ido de menor a mayor en el Mundial. Fue irregular en la fase de grupos donde igualó con Uruguay 1-1, superó a Escocia 2-1 y cayó ante Dinamarca 2-0, quedando en el segundo puesto de la zona. En los octavos de final fue muy parejo el partido ante Marruecos, ganando por 1-0 gol de Lothar Matthäus sobre el final. En los cuartos igualó en cero con México, avanzando por penales, mientras que en la semifinal fue superior a Francia, como marcó el 2-0 final.
El estadio Azteca mostró toda su imponencia, con 115.000 asistentes, en un mediodía a pleno sol. Bilardo mantuvo el esquema 3 – 5 – 2, con Brown de líbero y los stoppers con marcas personales: Cuciuffo sobre Allofs y Ruggeri con Rummenigge. Y luego la acostumbrada movilidad del resto del equipo en derredor del Checho Batista en el centro del campo.

La primera situación de cierto riesgo fue en la valla alemana cuando el arquero Schumacher, como anticipo de una floja tarde, se complicó con un centro pasado, pero no tan difícil, lanzado por Olarticoechea desde la izquierda. A los pocos minutos, los alemanes tuvieron su acercamiento con un tiro libre al borde del área. La jugada terminó en las manos de Pumpido, pero el árbitro brasileño Romualdo Arphi Filho, lo hizo ejecutar de nuevo, ya que no había dado la orden. Diego protestó y se ganó la tarjeta amarilla. El remate, finalmente, pegó en la barrera, sin ninguna consecuencia.
A los 23 llegó la apertura del marcador. Una buena combinación por la derecha entre Diego y Cuciuffo terminó cuando éste recibió una dura infracción. ¿Cuántas veces habrá repetido, en interminables sesiones de entrenamiento, durante los tres años anteriores, Jorge Burruchaga la ejecución de un tiro libre desde esa posición? Tomó carrera y sacó un centro alto, pasado con respecto al arquero, con enorme precisión para que cayera en la cabeza de algún compañero.

La salida a destiempo de Schumacher hizo su parte y Tata Brown, el resto, ganando en el salto a Maradona y a Batista, para clavar ese frentazo que ya es leyenda en nuestro fútbol. “El hombre que viene del pueblo más humilde de toda la Argentina, el que viene de Ranchos, saltó entre los ranchos alemanes”, dijo Víctor Hugo Morales en su relato para coronar el gol que empezaba a marcar el rumbo de la final. Alemania fue en busca del empate y estuvo cerca en un centro pasado que bajaron al borde del área chica, por donde Rummenigge le ganó a Ruggeri para rematar forzado y alto.
Para el inicio del complemento, Franz Beckenbauer mandó a la cancha a Voeller por un Allofs que casi no había tocado la pelota por la gran marca de Cuciuffo. La primera del segundo tiempo fue para Argentina, en un contragolpe que comandó Burruchaga, llegando hasta el área rival, donde fue bloqueado cuando iba a rematar. Al concluir esa maniobra, llegó la preocupación. El Tata Brown estaba tendido en el césped, tomándose el hombro derecho. Quedó para el recuerdo la imagen del doctor Madero, llevándose el índice al ojo derecho, en el símbolo inequívoco que la situación era de alerta. Al líbero no lo iban a sacar de ese partido de ninguna manera. Con inmenso dolor continúo, haciendo un agujero en su camiseta, sitio donde colgó su brazo a modo de cabestrillo. Un héroe futbolero.

A los 11 minutos, Pumpido descolgó un centro y se la dio a Valdano en posición de lateral derecho. Trabó y ganó frente a un rival y a la altura del círculo central se la pasó a Maradona, mientras hacía un excelente pique diagonal. Diego al Negro Enrique, que esperó el momento justo para volver a habilitar a Valdano, ya en su zona de confort, a la izquierda del ataque. Avanzó hasta pisar el área y definir con calidad ante el achique de Schumacher.
Parecía definido. Por la superioridad de uno sobre el otro y con una enorme chance, cuando Enrique picó habilitado y quedaba solo con el arquero, pero el juez de línea Ulloa le sancionó un insólito offside. Beckenbauer se la jugó poniendo al veterano gigante Hoennes. La fórmula de buscar por arriba, le iba a dar resultado. Argentina parecía tener todo controlado a diez minutos del final. Un tiro de esquina ejecutado por Brehme, fue peinado en el primer palo, para que Rummenigge la empujara en la boca del arco.
A los 81, la historia se iba a complicar aún más. Pumpido quiso ir a buscar una pelota que se iba afuera tocada por un rival, y lo único que hizo fue mandarla al córner. Otra vez desde el mismo lugar el centro de Brehme, la bajaron al punto penal y Voeller metió el frentazo para congelarnos el corazón. Del posible 3-0 a ese inaudito 2-2.

El público mexicano, volcado desde el inicio del torneo en contra de Argentina, explotó de júbilo, al tiempo que los futbolistas de Bilardo se miraban atónitos. Diego llevaba la pelota hacia el círculo central para reanudar, en medio de los más variados insultos. Fue allí que Burruchaga le dijo: “Ahora vamos y lo ganamos”.
Y el destino quería que fuese él mismo el autor del gol de la victoria, que así evocó: “Cuando ví que la pelota le llegaba a Maradona, imaginé que la defensa alemana trataría de dejarnos en offside. Le grité a Diego, que estaba de espaldas a mí, reafirmando que parecía que tenía ojos en la nuca. Salí corriendo tras la habilitación con Briegel persiguiéndome, pero no llegué a verlo en ningún momento. Yo solo veía el arco a lo lejos y claramente a Schumacher, porque estaba todo de amarillo, lo cual me ayudó a calcular la distancia hacia el arco. Mi primera idea era picarla, pero al final me salió tirársela entre las piernas. Fue la carrera más larga y excitante de mi vida. Después del gol, me dejé caer de rodillas y lo mismo hizo el Checho Batista, que estaba también muy cansado. Por su barba, pensé que era como si Jesucristo se hubiera aparecido para decirnos que estábamos destinados a ser campeones”.
Quedaban un puñado de minutos, que se nos hicieron eternos frente al televisor. Casi no mirábamos el partido, sino que seguíamos los movimientos del árbitro. Y cuando Arphi hizo soñar su silbato, nos sentimos en la gloria. En una ráfaga se había pasado ese mes mágico. Ese Mundial al que Argentina parecía llegar como un simple participante, a donde eran pocos los que confiaban. Era la hora más gloriosa para un técnico trabajador, meticuloso y detallista, que había logrado imponer sus ideas, dándole una impronta muy particular, a partir de un sistema táctico que luego comenzó a utilizarse con mayor asiduidad.
Diego recorrió el estrecho pasillo que conducía a los campeones en busca del anhelado trofeo. El titular de la FIFA, Joao Havelange, se lo pasó a Miguel de Lamadrid, presidente de México. Apenas un instante más tarde, le estrechó la diestra e inmediatamente Maradona cumplió su sueño. Y el nuestro. De verlo besar y levantar la Copa del Mundo, en una postal que nunca nos podremos olvidar. Iban a pasar 36 años, para repetir ese sentimiento, con el otro genio capitán, de brazalete y número 10 en la espalda.
La fiesta se desató en la cancha, con una vuelta olímpica multitudinaria, plena de banderas, incluida una que era un símbolo con su inscripción: “Perdón Bilardo”. Esa alegría se trasladó al vestuario, con la locura de todos. Menos uno. El Narigón se quedó sentado en un banco, sin poder creer que a un equipo suyo le hicieran dos goles de pelota parada en menos de diez minutos…
El día siguiente fue un hermoso delirio popular, cuando la delegación llegó al país y se trasladó, por momentos a paso de hombre, desde Ezeiza hasta la Casa Rosada. La Plaza de Mayo desbordaba de gente, que desafiaba el frío. La apoteosis se dio cuando Diego, trofeo en mano, salió al balcón. Enseguida, pidió cambiar el “Maradona, Maradona”, por “Argentina, Argentina”. Era justo. Todos habíamos aportado para ganar ese título, que poco tiempo antes, parecía imposible.
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Fue titular en el primer partido del Mundial 1998 con Brasil, duró 45 minutos y no jugó más en su selección: “Aquí mando yo”

La historia de Giovanni Silva de Oliveira en el Mundial de 1998 es un ejemplo de cómo una gran cita internacional puede cambiar el destino de un futbolista consagrado. Pese a llegar como una de las figuras del plantel brasileño, su participación quedó reducida a solo 45 minutos en el debut ante Escocia. Aquel partido terminó marcando el principio y el fin de su presencia en la Copa del Mundo, un desenlace que aún resuena por la crudeza de sus propios relatos.
Giovanni fue titular en el primer encuentro de Brasil en Francia 98, pero al llegar el entretiempo, el técnico Mário Zagallo decidió reemplazarlo. El jugador nunca volvió a pisar el campo durante el torneo, a pesar de que Brasil avanzó hasta la final. «Durante el Mundial, en el vestuario, pensé en dejar la selección“, recordó Giovanni en una entrevista para Bola da Vez. Su testimonio reconstruyó un ambiente de tensión y desencanto que lo acompañó desde ese instante: «Llegué al vestuario, me quité el botín y lo tiré. (Mário) Zagallo se me acercó y me dijo: ‘Aquí mando yo’. Roberto Carlos estaba a mi lado: ‘Tranquilo, Giovanni. Piensa bien’. Respiré hondo y dije: ‘Si pido irme, los muchachos se me van a echar encima’. Mantuve la calma, pero sabía que allí ya no volvería a jugar“.
El paso fugaz de Giovanni por la máxima cita dejó huella en el propio protagonista. En ese vestuario, la frustración lo llevó a pensar en abandonar la concentración. No lo hizo, pero la herida quedó abierta. El exdelantero de Santos y Barcelona narró una crítica directa a la gestión del entrenador: “El gran error de Zagallo fue convocar a la selección nacional y revelar inmediatamente la alineación titular; creo que después lo pensó mejor y se arrepintió”, encasilló el brasileño.

Más allá de la cuestión táctica, Giovanni también señaló un problema estructural que, según él, afecta a los jugadores del norte de Brasil. “Absolutamente. No hay medios de comunicación, ni prensa que me apoye, eso existe. Si dejas a Giovanni en el banquillo, nadie dirá nada”, afirmó cuando le preguntaron si sufría prejuicios por su origen. El exfutbolista insistió en que dentro del grupo ya se sabía que ciertos jugadores tendrían prioridad: “En la selección, ya sabíamos que Leonardo iba a jugar, no tengo nada en contra de él, es mi amigo, muy talentoso, pero tenía que haber un puesto para él. Hablábamos, ‘alguien va a caerse’, en los amistosos yo marcaba goles. Luego llegó la primera parte contra Escocia, jugué mal, nunca más”.
En la práctica, Giovanni no encontró segundas oportunidades. Pese a haber sido protagonista en los amistosos previos y marcar goles, una mala actuación ante Escocia lo relegó al banco sin posibilidad de redención. “Con la selección nacional tuve que matar a un león; hay jugadores a los que les das diez oportunidades”, reflexionó. La frase revela la sensación de desigualdad interna que vivía en el plantel y cómo las trayectorias individuales podían quedar marcadas por decisiones puntuales.
La edición de Francia 98 terminó con Brasil como subcampeón y la consagración de la selección anfitriona, que venció 3-0 en la final. Mientras tanto, Giovanni vio el resto del torneo desde el banco, testigo de una campaña que, para muchos, estuvo marcada por la ausencia de Romário y la presión sobre Ronaldo, quien llegó a la final tras sufrir convulsiones. El caso de Giovanni contrastó con el de otros compañeros que, pese a dificultades, tuvieron revancha en ediciones siguientes. El exdelantero no volvió a vestir la camiseta de su país en un Mundial.

Antes de esa experiencia, Giovanni ya había construido una trayectoria que lo ubicaba entre los grandes talentos del fútbol brasileño. Su carrera comenzó en 1990 en el Taça Luz, para luego pasar por equipos como Tuna Luso, Remo, Paysandú y Saocarlense. El salto de calidad llegó en 1994 con su incorporación a Santos, donde brilló hasta 1996. Ese año se sumó al Barcelona, integrando planteles con figuras como Luis Enrique, Hristo Stoichkov, Pep Guardiola y Ronaldo. Más adelante, seguiría sumando títulos en Europa, especialmente en el Olympiakos de Grecia.
El palmarés de Giovanni lo distingue: dos Ligas, dos Copas del Rey, una Supercopa de España, una Recopa y una Supercopa de Europa con el Barcelona; cinco Ligas y una Copa griega con el Olympiakos; una Copa de Brasil y un Campeonato Paulista con Santos. A nivel selección, disputó veinte partidos y anotó seis goles, consagrándose campeón de la Copa América en 1997 y subcampeón del mundo un año más tarde. Según Transfermarkt, portal especializado en fichajes y estadísticas.
La despedida profesional de Giovanni tuvo lugar en 2010, nuevamente en el Santos, el club con el que más se identificó a lo largo de su trayectoria. Su paso por el fútbol europeo y sudamericano le permitió compartir vestuario con leyendas, pero el recuerdo del Mundial 98 permanece como una espina. En cada Mundial, su caso regresa como ejemplo de cómo una decisión técnica puede cambiar para siempre el rumbo de un futbolista.
El contexto dentro del vestuario brasileño previo y durante Francia 98 no fue el más favorable. Brasil llegaba como defensora del título, pero la ausencia de Romario y las tensiones internas complicaron el ambiente. Giovanni quedó atrapado en ese clima de exigencia y presión, donde un mal primer tiempo bastó para condenarlo al olvido dentro del torneo. Mientras Ronaldo logró redimirse años después, Giovanni nunca tuvo esa segunda oportunidad con la Verdeamarela.
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El video del Dibu Martínez dándole indicaciones a la barrera en el gol de Giovani Lo Celso

Dibu Martínez acomodando la barrera en el gol de Lo Celso. Foto: Captura de pantalla
Argentina derrotó 3-1 a Jordania y cerró la fase de grupos del Mundial 2026 con puntaje ideal, pero una de las imágenes más comentadas del partido no fue el espectacular tiro libre de Giovani Lo Celso, sino un detalle que ocurrió varios segundos antes de la ejecución. Un video difundido tras el encuentro mostró la decisiva intervención de Emiliano Martínez desde la otra punta de la cancha.
Las cámaras captaron al arquero de la Selección dando indicaciones a sus compañeros sobre como debían posicionarse en la barrera para tapar la visión del arquero jordano. Con gestos y gritos, Martínez acomodó a Nicolás Otamendi, Marcos Senesi y Giuliano Simeone para que se ubicaran justo en la línea de visión de Yazeed Abulaila. La maniobra terminó siendo determinante para el desarrollo de la jugada.
La estrategia que confundió al arquero
Cuando Lo Celso tomó carrera para ejecutar el tiro libre, los tres futbolistas argentinos se abrieron en el momento justo. Ese movimiento dejó sin reacción al arquero jordano, que perdió de vista la pelota durante una fracción de segundo. El volante sacó un remate preciso al ángulo y abrió el marcador con uno de los mejores goles de la fase de grupos.
La secuencia pasó desapercibida durante la transmisión oficial, pero una toma exclusiva permitió apreciar cómo toda la jugada había sido organizada desde el arco argentino por el propio Emiliano Martínez.
La reacción de Dibu Martínez post partido
Después del encuentro, el arquero explicó entre risas que la jugada estaba trabajada y bromeó adjudicándose parte del tanto. «Medio mío», comentó al referirse a la acción, destacando que la función de la barrera era taparle la visión al arquero rival y generar un instante de duda antes del remate de Lo Celso.
El video rápidamente se volvió viral en redes sociales y despertó la admiración de los hinchas, que elogiaron la inteligencia táctica del campeón del mundo. Muchos incluso ironizaron con que el arquero había sumado una «asistencia sin tocar la pelota».
En una selección que suele destacar por sus jugadas preparadas, la intervención de Emiliano Martínez volvió a demostrar que los pequeños detalles también pueden definir un partido. Esta vez no fue con una atajada ni en una tanda de penales: bastaron unos gritos desde su área y una barrera perfectamente ubicada para ayudar a construir uno de los goles más comentados del Mundial 2026.
Emiliano Martínez
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