CHIMENTOS
Elina Firpo y Lucía Zin Ungaro: la amistad como motor y los secretos de la serie que redefine el amor a los veinte

En tiempos donde las relaciones parecen navegar entre la inmediatez y la fragilidad, Tengo algo que compartir con vos irrumpe en la pantalla chica con una propuesta tan cercana como necesaria. Creada y dirigida por Lucía Zin Ungaro y Elina Firpo, la ficción invita a sumergirse en la intimidad de los vínculos contemporáneos, explorando el amor, la amistad y las contradicciones de una generación que busca sinceridad en medio de la incertidumbre afectiva. La historia, compuesta por cuatro capítulos breves pero contundentes, sigue el verano de cuatro mujeres que, al borde de los 20, intentan descifrar sus propios deseos y heridas en una Buenos Aires tan luminosa como compleja. En medio del furor por su estreno y el revuelo que generó la historia, las directoras le cuentan a Teleshow los detalles de su creación.
En apenas quince minutos por episodio, Tengo algo que compartir con vos condensa los dilemas y la belleza de una etapa marcada por los finales y los nuevos comienzos. Con una mirada fresca y honesta, la serie pone el foco en la amistad como refugio y en la búsqueda constante de espacios donde decir lo que de verdad importa. Las protagonistas, interpretadas por Micaela Riera, Malena Sánchez, Martina Campos y Laila Maltz, dan vida a escenas que resuenan en quienes alguna vez sintieron que crecer es también aprender a compartir miedos, ilusiones y decisiones difíciles.
Firpo y Zin Ungaro, las mentes creativas detrás del proyecto, lograron construir una comedia romántica distinta: lejos de los lugares comunes, apuestan por el realismo emocional y la autenticidad generacional. Con una trayectoria que abarca cine, videos musicales y televisión, ambas directoras decidieron a apostar por historias que laten cerca de la experiencia cotidiana. En medio del furor que despertó el estreno, la dupla abrió el juego y se sinceraron en este medio sobre el proceso creativo, los desafíos de retratar los vínculos actuales y el valor de la complicidad femenina en la pantalla.
—La serie propone una mirada muy honesta sobre los vínculos actuales. ¿Cómo nació este proyecto y la sociedad creativa entre ustedes?
—Lucía Zin Ungaro: Nosotras somos amigas desde hace muchos años. Nos conocimos en la facultad, pero en realidad la amistad comenzó después de recibidas. Siempre trabajamos en equipos de dirección de películas, series, videoclips, publicidades, y compartíamos todo lo que nos pasaba laboralmente. Nos aconsejábamos, pensábamos juntas cómo atravesar los desafíos y también nos acompañábamos mucho en las historias amorosas que vivíamos en ese momento. Hablábamos de con quiénes salíamos, lo que sentíamos, nos escuchábamos y reflexionábamos juntas.

—Elina Firpo: Recuerdo que hace muchos años, me perdía con los chicos que salía Luli: “¿Y ese cuál es? ¿Ese es el chico de los martes?”. Había uno del trabajo, otro de una clase. Y ahí apareció la idea de hacer una serie sobre “los chicos de la semana”. Mucho tiempo después, cuando pensamos en hacer una serie juntas, le recordé esa idea a Luli, que no la tenía tan presente, pero después sí. Así arrancó nuestro primer proyecto como directoras. Dirigir de a dos es genial, porque es difícil hacerlo sola, y enseguida supimos que tenía que ser una serie sobre el amor.
—Zin Ungaro: Ahora que lo pienso, era el plan perfecto. Nosotras consumimos muchas comedias románticas y nos encanta ese universo. Poder crear historias propias a nuestro gusto era un sueño. Nos dimos cuenta de que podíamos inventar relatos de amor y hacerlos juntas. Fue un sueño cumplido.

—¿Cómo transformaron esa idea y esas charlas en una serie concreta?
—Firpo: Yo estoy viviendo en España y ese verano iba a viajar a Buenos Aires. Sabíamos que teníamos que filmar durante el verano y que debía ser algo breve, conciso, de un tirón. Siempre pensamos en un tamaño que pudiéramos manejar nosotras mismas. El proyecto fue como un tren rápido: si alguien quería sumarse, genial, si no, seguíamos de largo. Surgió una convocatoria de la Universidad del Cine para filmar un piloto en doce jornadas. Finalmente, nos dieron diez y filmamos todo en ocho días, con solo uno de descanso.
—Zin Ungaro: Además, enero es un mes en el que hay poco trabajo audiovisual, así que pudimos sumar a gente muy talentosa, tanto en el equipo técnico como en el elenco. Nadie quería filmar en enero, y eso jugó a nuestro favor.

—Apostaron por un formato breve, pero muy intenso emocionalmente. ¿Qué les permitió narrativamente esa duración precisa, que quizás no hubieran logrado con una serie más larga?
—Firpo: Principalmente, la posibilidad de concretarlo. Era un proyecto que podíamos abarcar por nuestro tamaño y recursos. Podríamos haber hecho un piloto de una hora, pero preferimos una serie entera que funcionara como unidad. Además, los capítulos cortos nos permitieron mostrar distintas situaciones y profundizar en las escenas, acompañando a los personajes en sus pensamientos y en esos momentos en los que se les cae una idea. No queríamos un montaje demasiado apurado.
—Zin Ungaro: Es nuestra primera ficción, así que no tenemos toda la cancha del mundo en estructura y guion. Los 15 minutos nos ayudaron a enfocarnos: cada episodio tiene un conflicto claro y nos permitió abordarlo con espacio y profundidad. Si no, era fácil dispersarse. Así, elegimos un tema por capítulo y lo mantuvimos como eje.

—Mencionaban que la serie surge de sus propias charlas y experiencias románticas. ¿Cuánto hay de ustedes mismas en las protagonistas, y cuánto viene de la observación o la ficción?
—Firpo: La gente que nos conoce nos ve reflejadas en los personajes y hasta en las actrices. Se mezcla todo. También tomamos situaciones y frases de otras personas que nos parecieron interesantes o que podrían pasarnos. Todo termina en la serie.
—Zin Ungaro: Sí, está todo combinado. Estamos en todos los personajes, pero no por egocentrismo, sino porque están nuestras vivencias, lo que querríamos tener y hasta personas que no nos cruzamos pero nos gustaría conocer. Es una mezcla entre lo propio y lo observado.

—¿Por qué sintieron la necesidad de trasladar estas reflexiones y charlas a la pantalla?
—Zin Ungaro: Sentíamos que no se estaba hablando de estos temas de esta manera. Barajar la posibilidad de hacerlo nosotras fue habilitador: si no lo veíamos, ¿por qué no hacerlo nosotras mismas? Hicimos la serie que queríamos ver. Nos interesaba mostrar el brillo y el romanticismo en lo cotidiano, sin caer en la épica de la comedia romántica clásica, y darle importancia a lo que nos pasa a todos.
—Firpo: También, porque no hay tantas historias de amor en esta edad. Hay muchas películas sobre adolescentes o sobre mujeres mayores con otros conflictos, pero la etapa de los finales de los 20 años, sin maternidad ni casamiento como eje, no estaba tan representada. Es un momento donde la posibilidad de la pareja y el amor todavía es central, y los conflictos son pequeños, pero merecen ser contados.

—La amistad tiene un rol clave en la serie. ¿Sienten que en la vida real es el verdadero sostén emocional para afrontar los temas más complejos?
—Zin Ungaro: Sí, obvio. No es solo catarsis; es un espacio donde te preguntan qué te pasa de verdad y te ayudan a ver tus deseos y expectativas. Es un sostén activo. Además, intentamos representar la amistad de la manera en la que la vivimos. Me pasaba con series que trataban el tema que no me sentía representada, sino que sentía una carencia de cualidades como el amor, el cariño, la empatía… Entonces era re importante también ponerlo en la pantalla y hacer que eso exista.
—Firpo: Es un acompañamiento para todo. En la serie, la amistad no está solo para consolar por el amor, sino también para apoyar en proyectos, en la vida profesional y en cualquier momento importante. Y eso es lo que intentamos mostrar: la amistad desde la acción, no solo un hombro para llorar.
—¿Cómo influye la repercusión de la serie a la hora de derribar los mitos sobre las relaciones y amistades actuales, que están cambiando tan rápido?
—Firpo: Creo que suma un granito de arena a este universo. Es reconfortante saber que hay series hablando de estos temas y que aunque sea una persona encuentre ese espacio en nuestra serie, ya es valioso. Además, nos están llegando mensajes re lindos a partir de este proyecto. El otro día, una chica nos escribió para decirnos que la serie fue “un abrazo” para ella, ya que no veía hace mucho a sus amigas y verla sola tomando una cerveza era como si se hubiera juntado con ellas. La posibilidad de que la serie también sea un lugar de compañía es muy lindo.
—Zin Ungaro: Ojalá ayude. Nosotros hicimos la serie que nos gustaría ver.

—¿Hubo alguna escena o tema difícil de llevar a la pantalla, que les costara especialmente?
—Zin Ungaro: Sí, hubo mucho trabajo, especialmente en el segundo capítulo, en la escena entre Francisca (Martina Campos) y el personaje de Nicolás (Juan Cruz Márquez de la Serna). Al principio pensábamos terminar la escena después de que hablaran de sus sueños, pero nos dimos cuenta de que ahí realmente empezaba el conflicto.
—Firpo: Nos daba miedo que el personaje de Nico pareciera psicópata por insistir, así que trabajamos mucho para que sus acciones fueran realistas y humanas. Todo el tiempo estábamos midiendo el límite entre la comedia romántica y lo realista, para que los personajes fueran auténticos, y no una típica escena como donde le dice “quedate para acá para siempre”, como Ross que la busca a Rachel y no va a París en Friends.
—La serie ya trascendió fronteras y tuvo repercusión internacional. ¿Qué sienten al ver que historias tan argentinas conectan con personas de otros países?
—Zin Ungaro: Es muy loco y muy lindo. Recibimos mensajes de gente de afuera y la experiencia en el festival de Alemania fue muy fuerte.
—Firpo: Además, ver a un público tan distinto reírse de nuestros chistes nos emocionó, en especial porque algunos no causaron tanta gracia en Buenos Aires. Por ahora está en Argentina, Uruguay, Paraguay, vamos a tener que seguir moviendo el proyecto. Ahora queremos llevarla a más plataformas internacionales y ver hasta dónde puede llegar.

—¿Hay planes para una segunda temporada o algún otro proyecto juntas?
—Zin Ungaro: Sí, estamos pensando en la segunda temporada. Va a ser en breve… Es muy lindo el hecho de que la gente quiera ver más, ya que entendemos que eran pocos capítulos y cortitos, ya que era lo que podíamos hacer.
—Firpo: Hay muchas historias de amor para contar y sería hermoso poder seguir representándolas. Pero, primero tenemos que desarrollarla, encontrarle la forma y el formato.
—Si una espectadora termina la serie y siente ganas de compartir algo, ¿qué les gustaría que se anime a decir después de ver estos temas en pantalla?
—Zin Ungaro: Me gustaría que se anime a decir lo que siente, lo que tiene ganas de decir.
—Firpo: Y que valide su propia voz, que entienda que lo que le hace ruido está bien, que está bien querer, desear y amar, aunque el otro no quiera lo mismo.
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CHIMENTOS
Mitos, señales y secretos de La dama regresa, la película con la que Isabel Sarli volvió al cine tras 15 años de duelo

Durante quince años, Isabel Sarli desapareció de la pantalla grande. No hubo estrenos, flashes ni llamados que consiguieran convencerla de regresar. La mujer que durante décadas había desafiado a la censura, que había recorrido con sus películas buena parte del mundo y que se había convertido en uno de los grandes mitos del cine argentino decidió, después de la muerte de Armando Bó, correrse de escena.
Se refugió en su mítica quinta de Martínez, rodeada por sus hijos, sus animales y los recuerdos de una vida que parecía haber quedado detenida aquella noche de octubre de 1981. Allí, lejos de las cámaras, transcurrieron los años en los que Isabel Sarli intentó aprender a vivir sin el hombre que había sido su compañero, su director, su protector y, como ella misma repetía, el gran amor de su vida.
Recién en 1996, cuando ya tenía 66 años, volvió a ponerse frente a una cámara para protagonizar La dama regresa, la película de Jorge Polaco y coprotagonizada por Edgardo Nieva, que significó uno de los regresos más singulares y conmovedores de la historia del cine argentino.
Para entonces, Isabel ya era mucho más que la mujer que alguna vez había escandalizado a una sociedad acostumbrada a mirar el deseo a escondidas. Había nacido como Hilda Isabel Gorrindo Sarli el 9 de julio de 1929 en Concordia, Entre Ríos, en una familia atravesada desde temprano por las ausencias. Su padre, Antonio Francisco Gorrindo, abandonó a la familia cuando ella tenía apenas tres años y su madre, María Elena Sarli, debió trasladarse con sus hijos a Buenos Aires. El pequeño hermano de Isabel, el único varón de la familia, murió cuando apenas tenía cinco años. Con el paso del tiempo, su padre intentó volver a establecer contacto con ella, Isabel se negó. La herida de aquella infancia había quedado demasiado profunda.
La necesidad de ayudar a su madre la llevó a trabajar como secretaria. Pero su belleza pronto abrió otra puerta. Comenzó a modelar para distintos productos y aquella actividad creció hasta convertirse en una carrera. En 1955 fue elegida Miss Argentina y llegó a semifinalista de Miss Universo. Durante aquella etapa conoció incluso a Juan Domingo Perón. Pero todavía no sabía que su vida estaba a punto de cambiar para siempre.
En junio de 1956 apareció Armando Bó. El encuentro con el director marcó el comienzo de una sociedad artística y afectiva que se extendería durante 25 años y cuatro meses. Bó descubrió en Sarli algo que iba mucho más allá de una belleza exuberante: una presencia capaz de llenar la pantalla, una mezcla de sensualidad, ingenuidad, fuerza y vulnerabilidad que terminaría convirtiéndola en una figura irrepetible. La convenció para protagonizar El trueno entre las hojas, la película que marcó su debut con él y que incluyó el primer desnudo del cine argentino.
A partir de entonces, sus nombres quedaron unidos para siempre.
Llegaron Furia infernal, Favela, Carne, Fiebre, Fuego, Sabaleros, Embrujada e Insaciable, entre muchas otras. Fueron treinta producciones realizadas junto a Bó y una carrera que no conoció fronteras. Las películas fueron censuradas, recortadas, discutidas y prohibidas en algunos lugares, pero también viajaron por caso, por México, Paraguay, Uruguay, Panamá, Rusia, Japón y Estados Unidos. Isabel se transformó en un fenómeno internacional, con una presencia avasallante que construía su propia leyenda en tiempo real.
Pero detrás del mito había una mujer cuya vida privada permanecía mucho más protegida de lo que sugerían aquellas imágenes.
La relación entre Sarli y Bó nunca fue oficializada. Durante el tiempo que permanecieron juntos, el director continuó viviendo con Teresa Machinandiarena, su esposa. Para el público, sin embargo, la sociedad entre Isabel y Armando era un secreto a voces. Ellos construyeron una historia que trascendió las películas y que quedó marcada por una dependencia mutua que Isabel admitiría una y otra vez a lo largo de los años.
Entonces llegó el 8 de octubre de 1981, cuando Armando Bó murió de cáncer a los 67 años. Para Isabel no fue solamente la pérdida de un director. Se había ido el hombre que había acompañado prácticamente toda su vida adulta, quien había moldeado su carrera y con quien había compartido escenarios, viajes, rodajes, éxitos, censuras y discusiones. Esa muerte significó también el final de una etapa profesional que Sarli no estaba preparada para cerrar. Después de aquella pérdida, desapareció.
Durante quince años, Isabel se recluyó en su quinta de Martínez. El cine, que había sido su mundo durante un cuarto de siglo, dejó de formar parte de su rutina. No aceptó propuestas. No quiso volver a exponerse. No quiso reemplazar a Armando ni trabajar bajo la mirada de otro director. Tampoco quería enfrentar la posibilidad de descubrir que aquello que había construido junto a él ya no podía repetirse.

Ella misma lo explicó muchos años después, cuando finalmente regresó: “Muchos miedos tenía de volver al cine. Sólo había hecho películas con Armando Bó, una con Torre Nilsson (Setenta veces siete) y una más en África con otro director, pero siempre con el ojo vigilante de Armando. Les dije que no siempre a todos, no sólo porque no quería volver y porque añoraba lo que había perdido, sino porque tenía miedo. ¿Se imagina un regreso con fracaso?”.
En esa frase estaba condensado buena parte de su silencio. No se trataba simplemente de una actriz retirada. Había quedado viuda de una manera particular: más que un marido, o un amante, había perdido al hombre con quien había construido su identidad artística. Volver al cine implicaba aceptar que podía existir una Isabel Sarli sin Armando Bó. Y durante años no estuvo dispuesta a comprobarlo.
En aquella casa encontró otra forma de compañía. Vivía con sus hijos adoptivos, Isabelita y Martín, y con una verdadera familia de animales: perros, gatos, loros y tortugas. Los animales ocuparon el espacio que antes habían llenado las filmaciones, los viajes y la presencia cotidiana de Armando. En aquel refugio doméstico, volvió a construir una intimidad lejos de las cámaras.
También estaban los recuerdos. Por las noches, decía, hablaba con las dos estrellas más brillantes que encontraba en el cielo y que asociaba con sus muertos más queridos: su madre, María Elena, y Armando. El duelo no tenía fecha de vencimiento.
En 1992 un episodio médico volvió a poner a Isabel frente a su propia fragilidad. Se desmayó en su casa y fue trasladada a la Clínica Bazterrica. Los estudios revelaron un tumor cerebral y los médicos debieron realizarle una cirugía de urgencia. La operación era de máximo riesgo, pero resultó exitosa. Sarli logró recuperarse.

Sin embargo, aquella intervención dejó consecuencias que también debió afrontar. Le suministraron medicación para prevenir la formación de coágulos y aumentó considerablemente de peso. Para recuperar su estado físico contó con la ayuda del doctor Alberto Cormillot, aunque ella misma reconocía, con su característico sentido del humor, que no siempre podía resistirse a sus comidas favoritas.
Cuando se cumplían quince años desde su alejamiento de las cámaras, Jorge Polaco apareció con una propuesta inesperada. El director quería que Isabel protagonizara La dama regresa, casi una historia autobiográfica.
La película tenía algo de espejo de la propia historia de Sarli. En el centro estaba Aurora, una mujer que había sido despreciada y humillada por los habitantes de Laguna Verde, su pueblo natal, porque la consideraban una mujer de costumbres cuestionables. Después de muchos años, Aurora regresaba convertida en una mujer rica, luego de haber quedado viuda de un hombre millonario. Su aparición alteraba la tranquilidad del pueblo, despertaba viejos rencores y encendía la envidia de quienes alguna vez la habían juzgado.
Ahora era ella quien tenía el poder. Aurora regresaba para cobrarse una suerte de revancha. Y, de alguna manera, la historia también podía leerse como una metáfora del retorno de Isabel Sarli.

La actriz que durante años había sido juzgada, censurada, cuestionada y reducida muchas veces a su condición de símbolo sexual, volvía al cine después de haber atravesado una enfermedad grave, la muerte del hombre más importante de su vida y una década y media de silencio. Ya no era la muchacha que había irrumpido en El trueno entre las hojas. Era una mujer de 66 años que volvía con otra historia en el cuerpo y otra memoria en los ojos.
Ella sabía perfectamente que el regreso podía ser un fracaso: “Fueron muchos años lejos de las cámaras: comprobé que el cine no me había dejado a mí sino que yo había dejado al cine”.
El rodaje tuvo además una coincidencia que Sarli vivió como una señal. Polaco debió postergar el comienzo porque había contraído culebrilla. Finalmente, las cámaras comenzaron a rodar el 9 de octubre de 1995, exactamente el día en que se cumplían catorce años de la muerte de Armando Bó.
El primer día, Isabel llegó al rodaje junto a su maquillador, Jorge Bruno. Viajaban en auto hacia el hotel alojamiento donde los esperaba el equipo para filmar. En el camino recordaron la fecha. Hablaron de Armando. Y los dos terminaron emocionados: “Recordamos la coincidencia y se nos cayó una lágrima”, relató.

Incluso hubo otro momento íntimo relacionado con Bó. Durante el rodaje, Sarli y Polaco fueron a pedirle ayuda. Querían que, de alguna manera, Armando los acompañara desde algún lugar. El regreso no significaba olvidarlo, era aprender a filmar sin él.
En el set, Isabel encontró además algo que la hizo sentirse protegida. Había animales. Estaban los recuerdos y los afectos. Había personas que conocían su historia y entendían que aquel regreso era mucho más que un trabajo: “Estoy contenta, muy contenta. Estuve rodeada de amigos, entre ellos Jorge Bruno, mi maquillador. Polaco me cuidó mucho y había animalitos, de modo que me sentí muy mimada”.
También recuperó parte de su propia historia a través de la ropa. El vestuario estuvo a cargo de Horace Lannes, pero Sarli quiso incorporar cuatro vestidos que habían sido diseñados por Paco Jamandreu, uno de los grandes nombres de la moda argentina y quien la había vestido durante años. Algunos tenían dos décadas y reflejaban a la Isabel de otra época regresando para encontrarse con la mujer que había sobrevivido al paso del tiempo.
Por eso quiso homenajear a Jamandreu. Incluso recordó una de las escenas más particulares de la película: cuando canta La morocha en medio de la cancha de Boca lleva uno de aquellos vestidos. El pasado volvía a entrar en cuadro.

El 12 de septiembre de 1996, finalmente, La dama regresa llevó a Isabel Sarli otra vez a la pantalla. El filme no podía devolverle a Armando. Ninguna película podía hacerlo. Pero le permitió comprobar que todavía podía habitar una pantalla sin él.
Treinta años después de aquel estreno, La dama regresa permanece como una pieza singular dentro de la historia del cine argentino, pero también como el testimonio de una mujer que necesitó quince años para volver a enfrentarse con aquello que había sido su vida. Sarli había conocido la gloria, la censura, el éxito internacional, el amor, la pérdida, la enfermedad y el retiro. Y cuando regresó, lo hizo con una historia que parecía escrita especialmente para ella: la de una mujer que había sido expulsada simbólicamente de un lugar y que volvía convertida en alguien diferente, con la posibilidad de mirar a quienes alguna vez la habían juzgado desde otra posición.
Las repercusiones dividieron aguas, en una polémica a la que la Coca estaba acostumbrada. Parte de la crítica objetó cierto grotesco tanto en las actuaciones como en el guion, mientras otros reivindicaron el estilo kitsch que dialogaba de alguna manera con su pasado.
Lo que quedó claro es que para la Isabel de carne y hueso no significó un regreso definitivo a los primeros planos del espectáculo. Más allá de un puñado de apariciones en cine, teatro y televisión, eligió volver al refugio de Martínez, a esa zona de confort autoimpuesta desde la partida de Armando.

Isabel Sarli murió el 25 de junio de 2019, a los 83 años, en el Hospital Central de San Isidro. Había sido internada desde mayo de aquel año después de una operación de cadera y su estado general de salud se deterioró hasta que una infección urinaria y una neumonía derivaron en un shock séptico.
Pero mucho antes de aquella despedida definitiva, hubo una mujer que durante quince años decidió apagar las luces de su camerino y quedarse en casa. Una mujer que se negó a volver porque tenía miedo, que perdió al hombre que había sido su compañero y su director, que encontró refugio entre animales, hijos adoptivos, recuerdos y noches silenciosas.
Una mujer que sobrevivió a un tumor cerebral. Y una mujer que, finalmente, volvió.
Cuando las cámaras de Jorge Polaco comenzaron a filmar La dama regresa, Isabel Sarli no solamente estaba regresando al cine. Quizás por eso aquella lágrima que cayó en el auto junto a su maquillador, al recordar a Armando Bó en el primer día de rodaje, decía mucho más que cualquier estreno.
Porque algunas ausencias no se miden en años, se miden en todo lo que una persona tuvo que atravesar para animarse, finalmente, a volver.
CHIMENTOS
¡Un fuego! Aseguran que Diego Leuco y Sofi Martínez volvieron a estar juntos: «Hacen el amor desenfrendamente, nunca cortaron»

¿Qué hay shippeo? Sí, recontra. Hay shippeo entre Diego Leuco y Sofi Martínez; viene de revivirse todo una semana en donde se dieron diferentes situaciones y momentos que volvieron a ubicar a la ex pareja en el epicentro de atención; ahora se confirmó que este domingo estarán juntos como conductores en La Peña de Morfi.
Lo que muchos se preguntan es si entre ellos pasa algo actualmente. ¿Serán el claro ejemplo de “donde hubo fuego, cenizas quedan?” La duda está plantada y la única certeza que hay es la química que sigue uniendo a dos de los jóvenes del momento en los medios.
Todo este revuelo llegó hasta oídos de Marina Calabró y Guido Záffora, quienes analizaron de cerca todo lo que con Martínez y Leuco. Por un lado, la conductora sostuvo que todo esto podía estar ligado a la promoción de su dupla de conducción en el histórico programa de Gerardo Rozín, pero dejó abierta una puerta a que algo hay e incluso llegó a contar que “pernoctaron juntos”.
“Ustedes ya conocen mi máxima de vida. Nada menos erótico que un ex… Barbano dijo que Leuco había pernoctado con Sofi Martínez. ¿Puedo decir algo? Están vendiendo la La Peña de Morfi”, sostuvo Marina.
QUÉ PASA ENTRE SOFI MARTÍNEZ Y DIEGO LEUCO: ESTALLARON LOS VERSIONES CRUZADAS
Empero, Záffora fue mucho más allá y reveló un tremendo dato íntimo que expuso a la ex pareja: “Para mí hacen el amor desenfrenadamente, yo entiendo que hacer el amor con un ex es súper perjudicial, no hay que hacer el amor con ex, es peligroso”.
“Para mí también están vendiendo La Peña, para mí nunca cortaron vínculo. A ellos les costaba hablar de uno y del otro, intentaron en un momento cortar, y yo siempre siento que hay una persona en la pareja, uno de los dos, que siempre está más involucrado”, aseguró Guido.
Al finalizar, el periodista analizó cómo esta cuestión puede afectar a dos personas que fueron pareja, pero que no terminan de soltarse: “Entonces, cuando uno está más involucrado que el otro y vos no lo digo ni por Leuco ni por Sofi, en general, llevas alguna expectativa, y ahí es difícil porque después la terminas pasando mal”.
Diego Leuco, Sofi Martínez
CHIMENTOS
Griselda Siciliani con Teleshow: “Cuando tratás de explicar un espectáculo como Boite lo empobrecés”

Título
Griselda Siciliani conversó con Teleshow sobre Boite, el espectáculo que comparte con Carlos Casella en La Trastienda, una propuesta que define como la celebración de un vínculo artístico construido a lo largo de los años. La actriz explicó por qué considera que la experiencia escénica conserva una parte imposible de trasladar a las palabras y se detuvo en uno de los pasajes más personales de la obra: el momento en que se sienta al piano. Además, adelantó sus próximos desafíos profesionales, entre ellos Menem 2 y la interpretación de Moria Casán.
—¿Qué te pasa cuando te subís al escenario con Carlos Casella?
—Es una fiesta. Siempre decimos eso. Y con este espectáculo creo que lo terminamos de cerrar, porque ya nos conocíamos más, porque pasaron muchos años y porque es nuestro tercer espectáculo juntos arriba del escenario, solos. Terminamos de entender que es una fiesta en el sentido más profundo de la palabra. Es una celebración de nuestro vínculo, de nuestro entendimiento como artistas, de nuestra comunión de lenguaje. Compartimos un lenguaje propio, singular. En este espectáculo lo celebramos con todos los caprichos, como les decimos nosotros, burlándonos un poco de nuestros deseos. Pero esos deseos ya constituyen un tipo de lenguaje, por quiénes somos y por todo lo que construimos juntos artísticamente. Decidimos basar este espectáculo en eso, en la química y en el deseo.
—¿Podrías definir el espectáculo?
—No sé explicarlo. Ni siquiera tengo ganas de decir qué es, porque hay que verlo y un poco hay que sentirlo. No es muy describible.

—No es fácil…
—No. Y además, cuando tratás de explicarlo, siempre lo empobrecés. Podés decir que hay canciones y algunos momentos, pero en realidad está tan basado en lo que nos pasa a nosotros arriba del escenario y en toda la historia que traemos, junto con un equipo que trabaja con nosotros desde hace muchísimos años, que hay algo de eso que hay que vivirlo. No sería lo mismo si lo hicieran otros.
—Da la sensación de que cada noche puede pasar cualquier cosa. ¿Improvisan?
—No, la obra tiene ese estilo. Nos propusimos que parezca que estamos improvisando, que estamos jugando, pero todo está totalmente pensado. Lo repetimos exactamente igual todas las noches. Está todo diagramado. Pero el espíritu del show tiene que transmitir esa frescura, esa sensación de noche, de charla, de que todo está pasando ahí sin solemnidad y sin pretensión. Que parezca así nomás, aunque no sea así nomás para nada.

—¿Qué te gusta de Carlos?
—Todo. Pero sobre todo el vínculo que tenemos, la manera en que nos relacionamos y creamos. Eso es lo que más me atrae. Después, lo respeto mucho como artista, lo admiro. Me parece un artista muy singular, muy fiel a lo suyo. Nunca transó con nada. Siempre creó yendo hacia lo profundo, cada vez un escalón más abajo en su arte y en su singularidad. Y, al mismo tiempo, es súper liviano, relajado y gracioso. Conviven todas esas cosas en él.
—Qué bueno que se pudieron conocer en esta vida.
—Tremendo. Yo era su alumna de danza. Lo que nos unió fue la danza. Es muy loco.
—No sabía que tocabas el piano…
—Tampoco es que soy pianista (risas). Pero logramos hacer ese momento en algo único. Esa canción es de un disco de Daniel Melero que se llama Quiero estar entre tus cosas. El que toca el piano en ese disco es nuestro director musical, Diego Bianatti. Es uno de los momentos que más me gustan del show. Porque además es una sorpresa. Hacia el final del espectáculo desaparece casi todo y quedamos nosotros dos, el piano y la voz, con muy pocos elementos.

—¿Que vas a hacer después de las funciones de Boite?
—Voy a estar yendo y viniendo a Montevideo, Uruguay, para filmar, así que es difícil. Queremos intentar si en diciembre se puede hacer algo más, pero no estamos seguros. Depende mucho del espacio que tenga La Trastienda y de que yo pueda hacerlo. En principio, ahora quedan estos siete shows de septiembre.
—Dan ganas de subirse al escenario con ustedes.
—Seguro que a mucha gente le pasa eso, porque nosotros lo vivimos con mucha alegría. Y eso se transmite. Por eso digo que es una celebración, como un cumpleaños en el que estamos.
—¿Te pasa seguido que el público quiera acercarse de esa manera?
—Sí, porque se genera algo muy cercano. Hay una alegría compartida que se contagia.
—Ahora estás con “tu” Zulema…
—Sí, ya empezamos a grabar Menem 2. Vienen días arduos de jornadas de filmaciones.
—¿Y después de la serie de Menem, cómo sigue tu año?
—Después me voy a tomar unas vacaciones. Pero tengo muchísimas cosas. Es un privilegio increíble, aunque también es vertiginoso. Tengo la agenda casi hasta fines de 2028. Hay cuestiones que hay que agendarlas así, porque si no después no entran. Ya está todo tomado hasta fin de 2027, aunque todavía no puedo contar nada. Sabiendo ese itinerario, me voy a tratar de tomar en verano todo el descanso que pueda con mi hija y aprovechar su época de vacaciones para estar mucho con ella.

—La serie de Moria explotó… Imagino que la experiencia fue tremenda.
—Tremenda. Gran experiencia, muy divertida. A mí me tocó lo más humorístico, lo más delirante. Fue un placer hacerlo. Me acomodaron todo el año para que yo pudiera participar, porque para mí era imposible meterlo en el medio. Tenía que entrar en una hendija entre Envidiosa 4 y la película de Álex de la Iglesia. Movieron todo para que pudiera filmar en los únicos dos meses que tenía libres. Fue también un mimo.
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