CHIMENTOS
Georgina Barbarossa contó la depresión que superó a través de su programa de tele y el impacto que tiene en la gente

El programa de Gerogina Barbarossa aparece otra vez en la lista de los más vistos y uno de los más nominados para el próximo Martín Fierro de Televisión Abierta 2026. Para la conductora, cada una de ellas, es un resultado directo del trabajo diario junto a su equipo.
En conversación con Teleshow, Georgina repasa con precisión los capítulos de su carrera: premios como actriz, desafíos de la conducción y aprendizajes frente a cámara. Insiste en la responsabilidad de acompañar a quienes la ven cada mañana. La alegría no es solo una consigna; es un deber, especialmente en tiempos difíciles.
La terapia trajo transformaciones: el andar se vuelve más optimista, más abierto a la sorpresa. Barbarossa lo subraya. No aparecen discursos de victoria ni frases finales de triunfo. Cada nominación al Martín Fierro es un nuevo motivo para soñar en voz alta.
—¿Cómo fue el inicio en la conducción?
—Y cuando empecé, que fue el siglo pasado, en el noventa y seis, noventa y cinco. Cuando me llamó Rosita Suero, y la verdad yo lo tomé como un desafío. Le dije a Vasco: “Bueno, duraré tres meses”, que era el contrato de la televisión. Y después me darán un boleo, porque yo, la única experiencia que tenía era hablar con el público en un café concert, en unipersonales donde uno habla con el público y te relacionás de esa manera. Pero dije: “Bueno, para mí era como hacer teatro, hacer un unipersonal”. Lo tomé de esa manera, de charlar y de hacer un poco un aquí y ahora de lo que me pasaba.
—¿Cómo era la televisión en esa época?
—Era otra Argentina y era otro mundo. Cuando me llaman, donde uno se podía divertir, había muchísimo dinero en la tele y se podía producir de otra manera. Y había musicales, vestuarios…muchas posibilidades. Me acuerdo una vez dije: “Ay, no, gorda, no dormí toda la noche porque Vasco roncó”. Y Vasco, que es de la noche, se gira: “Pero vos, ¿qué dijiste?”, “No, que me roncabas en la oreja”. Y él: “Pero todo el mundo me está cargando ahora en la fábrica”. Le digo: “Bueno, perdón”, (risas).
—¿ Y volver a la conducción en los últimos años?
—Cuando empecé, hace cuatro años, fue muy duro, porque a mí me engañaron, en un principio era hacer un programa, un magazine con cocina. Y yo pensé que iba a haber premios y que iba a poder divertir a la gente. Pero empezó a rendir más la actualidad.

—¿Qué impacto tuvo ese cambio de enfoque?
—Donde la gente se veía reflejada y, nosotros podíamos visibilizar su problema, pero yo tenía una depresión tremenda, lo hablé mucho en terapia. Yo lo pasaba mal, salía del programa hecha bolsa, porque veías casos espantosos de muertes de chicos, de violaciones, de femicidios, de cosas que le pasan a la gente en los barrios, que no tienen luz, que no tienen agua, que tienen una desgracia en la familia y necesitan un fiscal y el fiscal no aparece, o el intendente o qué sé yo. Me empecé a dar cuenta, porque la gente me hablaba a corazón abierto.
—¿Qué te ayudó a cambiar la perspectiva?
—El terapeuta me dijo: “Georgina, ¿por qué no ves el vaso lleno en vez del vacío? Pensá cómo estás ayudando a toda esta gente”. Y la verdad es que la gente nos espera cada vez que va la cámara de televisión o que vamos con el programa o que va a cualquier programa de televisión, lo necesitan.
—¿Qué significa el programa para quienes buscan ayuda?
—Fijate que esperan, esperan como si vos fueses la Virgen de Luján. Es la gente que no tiene voz, justamente, y que nosotros podemos contener y hacer un seguimiento de eso que les está pasando.

—¿Han logrado resolver casos al aire?
—Nos ha pasado en vivo que el familiar o la chica que se perdió, apareció o se había enojado con los padres y se había ido. Hay veces que no, como el caso Loan y tantos casos tan tristes de los últimos tiempos. El último chiquito que prefiero ni hablar…es muy difícil…
—¿Cómo ves el rol del programa en esos casos?
—En un punto, yo siento que con el programa los abrazamos, que a veces pueden venir y charlar con nosotros y charlar conmigo y escucharlos y ellos pueden expresar su dolor y el pedido de justicia. Se visibiliza.
—¿Qué tipo de pedidos te llegan en la calle o a través de las redes?
—La gente me para en la calle, pedidos que recibo de madres que tienen chicos enfermos, Dios mío. Y vos querés ayudar a todos y no podés. Hay veces que puedo y hay veces que no puedo. Hay veces que el programa tampoco…

—¿Te gustaría conducir un programa solidario?
—Te juro por Dios que haría un programa solidario. Para poder ayudar la cantidad de gente que lo necesita. Me encantaría hacer eso.
—¿Cuál es tu filosofía para trabajar con el equipo?
—Me gusta trabajar en equipo. Yo tengo una mentalidad muy teatral, yo me hice en el teatro y para mí es fundamental. Lo importante es que yo trabajo con todos, con los técnicos, con los iluminadores, con los cámaras, todos hacemos el programa. Para mí es el equipo y todos se ponen la camiseta y todos trabajamos más felices y contentos, porque todos sentimos que estamos sacando un programa adelante. Es un proyecto que está creciendo todos los días.
—¿Cómo combinan temas serios y momentos de distensión?
—Estamos ayudando, todos los días informando, hablando de actualidad, que es durísima, pero también por lo menos nos divertimos, obvio, porque también pasan cosas divertidas. Ahora estamos con Gran Hermano, que todos estos locos que se encierran ahí, que yo te juro que no puedo creer. (risas)

—¿Cómo arranca tu día laboral?
—Me levanto a las seis menos cuarto. Pongo el despertador. Empiezo a escuchar las noticias… voy recorriendo distintas radios y después, tengo la tele. Mirá, me falta tele en el baño, pero tengo la radio. Así que escucho en todos partes, en mi habitación y en el vestidor y en la cocina. Y tengo distintos canales mientras que voy haciendo las cosas. Soy una loca. Pobre mis vecinos, no la pongo muy fuerte, te juro. Y aparte, la computadora y viendo las noticias en los diarios.
—¿Cómo elegís los temas del programa?
—Nos vamos mandando con el equipo de producción: “Mirá esta noticia, mirá esta nota, mirá lo que salió en tal diario, mirá lo que salió en Twitter, mirá lo que pasó acá”. Hay muchísimo, donde ver. Y está el ojo de Pablo Nieto, productor ejecutivo.
—¿Sentís diferencia entre tu mirada y la del equipo periodístico?
—Yo confío en la mirada de mi equipo, yo llevaría todos los casos de chicos, de los niños, de los perros…ellos tiene otro olfato y otra mirada que, que yo carezco, no tengo la frialdad como para poder decidir.

—¿Cómo surgió tu frase de cierre “Dios va a querer”?
—Un día dije: “Hasta mañana, si Dios quiere, pero no te preocupes, que va a querer” y quedó y la repetimos.
—¿Tenés alguna rutina espiritual antes de salir al aire?
—Antes de entrar al piso invoco para que me iluminen. Mientras me acompañan del camarín al piso, las chicas, las productoras que me vienen a buscar, a veces vienen chicas que son católicas, pero las que no son católicas, que son judías, le digo, rezan igual. Les enseño el Padre Nuestro. Ay, no, te juro por Dios, y es muy gracioso. Entonces rezan conmigo y después les digo, palabras en hebreo.
—¿Cómo te definís en cuanto a tu visión de la vida?
—Siempre tengo una mirada de optimismo y además yo soy muy creyente y siempre pienso y rezo mucho. Yo rezo desde que me despierto. A la noche digo: “Ay, bueno, gracias Diosito”. Y después a la mañana y hasta cuando me estoy duchando y escucho la radio de las monstruosidades que estoy escuchando. Y digo: “Ay, gracias, Dios, gracias”, porque me enseñaron que esa es la oración más cortita que uno puede hacer y es la que reúne todo.

—¿Extrañás el teatro?
—Sí, lo que pasa es que yo, por ejemplo, ahora lo saco a López ( su perro) y ya empiezo a hablar con la producción y hablamos durante todo el día, porque vamos viendo distintas noticias y distintas cosas que van pasando y me voy informando. Me voy informando de todo, de lo que pasa acá, lo que está pasando en el mundo. Por más que nosotros no toquemos noticias internacionales.
—¿Cómo es tu vínculo con la ayuda social fuera de la televisión?
—Siempre tuve esa parte de acercamiento hacia la gente y a ayudar. Eso me hace sentir bien.

—¿Alguna vez pensaste en dedicarte a la vida religiosa?
—Cuando era chica, después que me separé de un novio, entonces fui al colegio y digo bueno, ya está, basta. Yo me voy a hacer monja, porque total, yo iba los fines de semana iba a, a enseñar catequesis a Monte Grande, porque las monjas tenían un campo de deporte del colegio. Ya pensás a los veinte años que no tenés el mundo por delante. Digo, bueno, yo voy al colegio, me meto de monja y empiezo a ayudar. Y la monja superiora, la madre Ascensión, me dijo: “No, Georgina, tu misión está en la Tierra, está en el mundo. Vos tenés que ir al mundo, este, llevar el mensaje de Dios de otra manera” Me dijo: “Ve al mundo, si no eres feliz, vuelve. Vuelve al colegio, que te abriremos las puertas de par en par y te recibiré con los brazos abiertos”.
—¿Sentís que esa misión sigue presente?
—En un punto yo siento que todos los días estoy haciendo esa misión, y me hace sentir el corazón ancho.
CHIMENTOS
Marcelo Tinelli se reencontró con Charly Sosa, el cantante del hit “Mayonesa”, y recordó la historia del tema

Marcelo Tinelli vivió un emotivo encuentro este sábado al recibir en el estudio de Infobae Mundial a Charly Sosa, el reconocido músico uruguayo cantante del hit “Mayonesa”. En ese marco, el conductor y el artista entablaron una divertida charla recordaron como el tema enloquecía a las hijas de la figura de la televisión en su juventud.
“Está Charly Sosa. El éxito más grande de la historia musical es uruguayo, maestro. Cuando Mica y Cande me rompían todo el tiempo: “Papá, mayonesa, mayonesa”. Bailábamos en casa. El señor había hecho este tema, el más vendido, le digo, en Uruguay. Charly, ¿no?, en el mundo”, comenzó diciendo Tinelli al ver a Sosa en el estudio. Agradecido por el recibimiento, Charly comentó: “A nivel mundial. Hoy por hoy, Mayonesa está dentro de las cinco canciones latinas más bailadas del mundo”.
Continuando con el ida y vuelta, Marcelo destacó su fanatismo por el tema: “Amo Mayonesa. Pero además, hay otras canciones que decís: “¿Y esta cómo era? No sé, ta”. Pero vos decís: “Mayonesa”. Arranco así, empiezo a batir. Mica y Cande, las dos me tenían los huev… al plato. Era una cosa increíble. “Papá, hay mayonesa, mayonesa”. Y un día le digo: “Por favor, tráiganlo, mayone”. ¿Qué era en 2002, 2000?”.
Fue entonces cuando Sosa rememoró aquellos años: “Sí, un día nos llama tu productor y nos dice: “Vos, ¿sabés que las hijas de Tinelli lo tienen podrido con la mayonesa? Y Marcelo quiere que vengan a cantar”. Y nosotros dijimos: “¿ShowMatch? ¿Me está jod…?”. Y yo iba en bicicleta rumbo a mi casa, me llama el productor y me dice: “Vos, anda. ¿Qué estás haciendo?” “Acá, andando en bicicleta”. Me dice: “Hoy de noche estamos en ShowMatch”. Le digo: “Ah, dejate de jod…””.
Luego, Charly destacó el impacto que tuvo el éxito del tema en su carrera: “Y aparte fue un antes y un después, porque en ese momento ShowMatch se veía para todo Latinoamérica. Era Videomatch, es verdad. Y nos llamaban de Perú, nos llamaban de Bolivia. Nos llamaban de Chile. Nosotros decíamos: “No, loco, ya está”. Esto nos cambia la vida. Y después, cuando se separa el grupo Chocolate y se arma el grupo Mayonesa, fuimos a presentar la canción “Agachadita” también”.
Así, la charla derivó en el día que el músico y su grupo fueron a tocar al programa de Tinelli: “Fue el día que la enana Feudale me cag… a patadas. Vienen y me dicen: “Vos, Charly, tenés que hacer algo distinto en el programa”. Dale, buenísimo. Y yo vi a la Feudale, fui y la agarré de atrás así, y la enana me hizo: “¡Pa, pa, pa, pa, pa!”. Y me pegó en las canillas acá. Yo la quería llevar a bailar conmigo, me dijo: “No””.
Para cerrar la charla, Marcelo le consultó a Sosa si estaba viviendo en Estados Unidos, a lo que el cantante destacó: “Ya hace ocho añitos. De acá me muevo para todas partes. Este tema, este tema de la fiesta retro ahora”.
Más allá de lo musical, días atrás, Tinelli se metió de lleno en la cultura mexicana tras el triunfo de la tricolor ante Corea del Sur. Luego de iniciar su programa en Infobae Mundial, el conductor invitó a un grupo de mariachis al piso, dialogó con un influencer de la tricolor y hasta se animó a probar uno de los platos típicos más comunes del país centroamericano. Sin embargo, el picor le jugó una mala pasada.
“Señores, acá me han traído. ¿Qué es esto? ¿Pero esto no pica? Porque a mí me pica y me quedo sin aire y me puedo…pierdo la respiración ahí en cámara. No me banco el chile”, advirtió Tinelli al notar que le habían llevado unos tacos al programa. Sin embargo, sus compañeros mexicanos buscaron alentarlo y lograr que el comunicador pudiera disfrutar del típico plato mexicano.
El momento que cambió todo fue cuando los mexicanos le ofrecieron a Marcelo mojar el taco en salsa. Tal como había advertido, el conductor temió que eso elevara el nivel de picor de la comida: “Ustedes comen picante, no me jodas, bol…. Comen mucho picante y la bancan. Yo me como picante y me ahogo. ¿Cuál es? No me mires con esa cara, porque yo no voy a hacer ninguna prueba en cámara, porque no me quiero desmayar acá y me salve Alex o tenga que salir mañana en televisión: “Internado al lado de Luis Miguel, Marcelo Tinelli”. No quiero terminar así, por favor. Decime la verdad, porque ustedes son unos chantas… Mike, ¿cuál es la salsa menos picante de las dos? ¿La verde o la roja?”.
Fue entonces cuando el influencer mexicano invitado le hizo una aclaración, con la idea de llevarle tranquilidad: “Por lo regular, la que menos pica es la roja, pero depende, depende quién la haya preparado, pero por lo regular. Quiero que pruebes un poquito del chile nacional. Entonces, por eso es que te mandé esos tacos”. Tras la explicación, Marcelo tomó uno de los tacos y, antes de probarlo, comentó: “Yo lo como, sí. Lo que, lo único que no, lo único que no quiero es comer el picante, porque tengo miedo del picante. A esto le entro, esto es rico, ¿no? Esto”.
CHIMENTOS
El logro personal de Maria Becerra tras admitir sus adicciones: “Me sentí muy avergonzada y ahora me voy rehabilitando”

En uno de los tantos viajes al viejo continente para cumplir con compromisos laborales, allá por el 2025 la joven y talentosa artista argentina sorprendió cuando, invitada a La Revuelta, uno de los programas más populares de España, mostró cuánto tiempo pasaba frente la pantalla de su celular.
Con unas métricas que no pasaron inadvertidas, ya que ella misma no podía creerlo cuando lo vio, fue la propia María Becerra quien el año pasado, y ante el pedido del conductor del ciclo de entretenimientos en el que estaba, leyó: “Dios mío. 12 horas 19 minutos fue el uso del 19 de noviembre. 3:30 horas de WhatsApp”.
Ese dato de color no pasó desapercibido y la noticia salió en portales y redes sociales tomando tal relevancia que la intérprete de Automático nunca imaginó. El tiempo pasó, la artista lanzó nuevos temas y antes de grabar y abocarse a un nuevo proyecto volvió a pasar por el ciclo en cuestión.
Sentada nuevamente en el estudio y ante el conductor español David Broncano, María habló de todo, desde su vida personal, sus tips de belleza, el drama que atravesó en medio de su deseo de ser madre… y se animó a darle su dispositivo móvil para que vuelva a exponerse su tiempo en pantalla diario.
MARIA BECERRA VA MEJORANDO SU ADICCION AL MOVIL
Fue así que en cuanto a su adicción al uso del teléfono Becerra terminó demostrando que tuvo una mejoría logrando disminuir el tiempo ante el aparatito. “Salió en todos lados que lo usaba 12 horas y me sentí muy avergonzada”, lanzó.
Asimismo, al ver que redujo a 6 horas frente a la pantalla, La Nena de Argentina expresó: “Estoy comprando mucha ropa. Muy bien vengo. Estoy muy rehabilitada. Reduje todas las redes sociales. Salió en todos lados eso. Mi meta es 4 horas diarias. Donde tengo más horas es en Instagram. Ahí todavía cuesta”.
María Becerra
CHIMENTOS
Osqui Guzmán, entre la resistencia y la emoción: la infancia que lo marcó y el premio que hizo llorar a sus padres

Hay obras que sobreviven al paso del tiempo y hay otras que consiguen algo todavía más difícil: convertirse en parte de la memoria emocional de varias generaciones. Vivitos y Coleando pertenece a esa categoría. Y para Osqui Guzmán, uno de los actores más queridos y respetados del teatro argentino, formar parte de este regreso significa mucho más que integrar un elenco del que es parte junto con Flavia Pereda, Julián Pucheta, Federico Dryzun, Lucia Lopez Curcio, Irupe Cruz y Hernan Cáceres. Es ingresar a una historia que lleva décadas acompañando a familias enteras, una creación de Hugo Midón y Carlos Gianni que, según él mismo define, forma parte del ADN cultural del país.
Sentado, tras un alto en los ensayos en el Auditorio Belgrano donde el 20 de junio subirá a ls tablas con Vivitos y colenado 2, disruta de un café con leche mientras habla de la obra con la misma pasión que un chico contando su juguete favorito,
Guzmán encuentra las palabras justas para explicar por qué este material sigue emocionando. “La obra de Carlos Gianni y Hugo Midón ha atravesado las infancias de cuatro generaciones. Mi hija de siete años, cuando entró al jardín, le dieron uno de los temas que hago acá en la obra. Es interminable la cadena de ADN cultural que creó el material de Midón y Gianni”, cuenta. Y no habla solamente desde la admiración profesional. Habla desde la emoción de quien sabe que está parado sobre un legado artístico irrepetible.
Para él, el gran desafío de actuar frente a chicos sigue siendo el mismo de siempre: mantenerse vivo. “Los niños no están enfermos de sociabilidad ni de protocolos como los adultos. Van al teatro y toman lo que les das de una manera que estalla en su imaginación. Son muy expresivos. El mayor desafío es mantenerse vivo, despierto, presente”. En esa definición aparece condensada buena parte de su filosofía artística. Porque Guzmán nunca entendió la actuación como una técnica vacía sino como una forma de presencia absoluta.
La fascinación que siente por el universo creado por Midón y Gianni atraviesa toda la conversación. “Carlos Gianni es un genio. Es un genio a la altura de Charly García, es un genio a la altura del Indio Solari. Te digo por qué: porque sus canciones son todas hits”. Y cuando habla de Hugo Midón, su voz adquiere un tono casi reverencial. “No subestimó a las infancias haciendo del teatro un entretenimiento para chicos. Le dio calidad. Vestuario, actuación, música, dramaturgia. Siempre hizo teatro para la familia”.
Quizás por eso este presente lo encuentra especialmente feliz. “Más allá del cansancio y de todo lo que cuesta, estoy dentro de una alfombra mágica”, resume.
La frase parece sencilla, pero detrás de ella hay más de cincuenta años de vida y décadas de trabajo. Porque antes de convertirse en Osqui, el actor reconocido por el público y respetado por sus colegas, existió un chico, Oscar Germán Walter Guzmán, nacido en Buenos Aires en 1971, hijo de inmigrantes bolivianos llegados desde Potosí y Oruro, que creció en una casa donde el trabajo era una forma de supervivencia.
La Boca de aquellos años no tenía nada que ver con las marquesinas teatrales. En una vivienda humilde de clase media baja funcionaba el taller de costura familiar. Allí pasó buena parte de su infancia acompañando a su madre mientras cosía durante jornadas interminables para sostener la economía de la casa. El ruido constante de las máquinas de coser forma parte de los primeros recuerdos que conserva.

La situación económica era compleja. Hubo privaciones, deudas de alquiler y momentos difíciles. Durante la adolescencia llegó a coser para ayudar en el emprendimiento familiar. Sin embargo, cuando recuerda aquellos años, no habla desde el resentimiento sino desde la gratitud.
“Mi mamá se encargaba de que yo no sufriera las necesidades. Vivíamos en un cuartito de cuatro por cuatro, pero ella siempre encontraba la manera. Nos hacía un puchero y decía: ‘Mirá que no todo el mundo come puchero’”, detalló, a la vez que recordó: “Hubo cumpleaños donde el regalo era salir a tomar un café con leche… cuando había regalo”.
La figura materna atraviesa toda su historia. Mientras ella cosía, él se sentaba a su lado y escuchaba historias sobre Bolivia. Aquellas conversaciones se transformaron en una escuela de vida. “Mi mamá me decía: ‘Agachá el lomo y trabajá’. Entonces yo aprendí eso. Cierro la boca y trabajo”.
“No invitaba amiguitos a mi casa, porque en mi casa no se podía invitar. Mi mampa no podía ponerse a limpiar. Se levantaba para cocinar y hacer la comida solamente. Y a veces la hacía mi papá también. Después deudas de alquiler y esas cosas y dolores al respecto de mis viejos de no poder darnos algo más, ¿viste? Y tratar de entender eso, que era doloroso, pero mi mamá siempre se encargaba de decirme: ”Todo bien, pero esto que hago no lo tiene cualquiera».

Durante años creyó que su destino estaba lejos de los escenarios. Era fanático de las artes marciales y soñaba con convertirse en profesor de kung-fu. Más tarde estuvo a punto de estudiar traumatología. La medicina aparecía como una salida concreta y respetada. De hecho, su padre esperaba verlo convertido en médico.
La actuación llegó casi por accidente. Y cuando decidió abrazarla definitivamente, el conflicto familiar fue inevitable. Su padre no aceptó aquella elección. La decepción fue tan profunda que dejaron de hablarse durante tres años.
Tres años de silencio entre un hombre que soñaba con un hijo médico y otro que acababa de descubrir que su verdadera vocación estaba arriba de un escenario.
Lejos de abandonar, Guzmán siguió adelante. Debutó en el Teatro Callejero de la Ribera, en La Boca, haciendo sainetes. Después llegaron las experiencias en el circuito independiente, los años de búsqueda, las funciones para veinte espectadores y la construcción lenta de una carrera que jamás se apoyó en la popularidad televisiva. “Mi vida fue preguntarme cosas”, resume. Esa búsqueda encontró uno de sus momentos más conmovedores en 1999.

Aquel año recibió el Premio ACE Revelación por Los indios estaban cabreros, obra que protagonizaba en el Teatro Cervantes. Sus padres estaban sentados en la sala.
Lo que ocurrió esa noche permanece intacto en su memoria: “Antes de entrar me fui a Las Cuartetas y escribí un poema en un cuaderno”, recuerda.
Cuando anunciaron su nombre, algo inesperado sucedió: “Todos empezaron a cantar ‘¡Ole, ole, ole, Osqui!’ y yo pensaba: ‘¿Por qué pasa esto?’”.
Subió al escenario conmovido. Entonces abrió el cuaderno y leyó aquellas líneas escritas minutos antes: “Lo único que recuerdo del poema era un verso para mi mamá. Decía: ‘Esto es para mi mamá, que levantó la casa hasta el alba solo para que yo estudie teatro’”.
La sala entera quedó atravesada por la emoción. También sus padres. Aquella costurera que trabajaba hasta la madrugada y aquel hombre que alguna vez dejó de hablarle por abandonar la medicina estaban allí viendo cómo el hijo por el que habían sacrificado tanto recibía uno de los reconocimientos más importantes de su carrera.

Todavía hoy, cuando recuerda aquella escena, la emoción sigue intacta: “A mi papá lo veo sonriendo muchas veces desde la platea. Siento su sonrisa. Y a mi mamá siempre le digo que todo lo que hago es su trabajo”.
Con los años llegaron el reconocimiento, las giras internacionales, espectáculos emblemáticos como El Bululú, que continúa girando por el país y el exterior, además de El centésimo mono, de que es parte en Timbre 4, además de Waminix, en la misma sala, del que es director, todo actualmente en cartel.
Todo eso sumado a una larga lista de trabajos que lo transformaron en referencia indiscutida del teatro argentino. Sin embargo, su mirada sigue puesta en el mismo lugar: el trabajo cotidiano.
Por eso observa con preocupación el presente cultural del país: “En un momento tuvimos una mirada más clara hacia las infancias. Surgió Paka Paka, surgieron contenidos que no subestimaban a los chicos y tenían calidad. Hoy por hoy estamos retrocediendo”.

Sus críticas no apuntan únicamente a la producción de contenidos. También se detiene en el debilitamiento de organismos históricos vinculados a la actividad teatral: “Lo del Instituto Nacional del Teatro nos duele mucho. Para los artistas independientes esos lugares son vitales. No es la plata. Es todo lo que cuesta construir esos espacios de organización”.
Sin embargo, lejos de instalarse en la queja, reivindica el papel del teatro como refugio y resistencia: “La lucha está en el cuerpo de los artistas. Resistimos con nuestra respiración, con nuestro cansancio, con nuestra danza, con nuestro canto”.
Para Guzmán, el teatro argentino sigue siendo uno de los más potentes del mundo gracias al movimiento independiente: “En Argentina el teatro es importantísimo gracias al teatro independiente. El que viaja por el mundo es el teatro independiente. Los maestros que enseñan afuera vienen de ahí”.
“Esto que llaman batalla cultural es una ridiculez. La cultura se devora cualquier cosa. No podés batallar contra la cultura. No te pertenece la cultura. Es como si dijéramos que los actores somos la cultura. No la somos, somos trabajadores de la cultura, en todo caso, pero siempre la cultura es lo que sucede y lo que pasa, lo que pasa entre los que estamos en el escenario y los que estaban en el público. Algo ahí en el medio que nos pertenece a todos”.

Esa convicción aparece una y otra vez durante la charla. Lo mismo ocurre con la idea del trabajo como motor de toda existencia. Una enseñanza heredada directamente de aquella costurera boliviana que marcó su vida. “Mi mamá decía: ‘Todo es el trabajo, hijo. Todo es el trabajo’. Y tenía razón”.
Tal vez por eso, a pesar de los premios, las giras internacionales, el reconocimiento del público y el cariño que recibe cada noche al bajar del escenario, Osqui Guzmán sigue pareciéndose mucho a aquel chico que observaba coser a su madre en una casa humilde de La Boca. Sigue creyendo que el arte nace de las preguntas, que el teatro es un acto de fe y que el trabajo es la única herramienta capaz de sostener los sueños.
Y cada vez que se apagan las luces de la sala y escucha los aplausos, vuelve a sentir que detrás de cada función, de cada personaje y de cada emoción compartida con el público, siguen estando ellos: su padre sonriendo desde alguna platea invisible y su madre levantando la casa hasta el alba para que él pudiera estudiar teatro.
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