POLITICA
Gerardo Martínez propuso en la OIT un nuevo contrato social para el trabajo: “La inteligencia artificial no es neutral”

En la clausura de la 114ª Conferencia de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), realizada en Ginebra, Suiza, el dirigente de la CGT Gerardo Martínez, en su carácter de vicepresidente del encuentro por el sector trabajador, reclamó a los gobiernos, empleadores y sindicatos del mundo consolidar un nuevo contrato social centrado en la persona y la justicia social. Al mismo tiempo, subrayó la necesidad de renovar el protagonismo de la OIT como garante multilateral de los derechos laborales ante la convergencia de crisis económicas, sociales, tecnológicas y geopolíticas.
Martínez situó el ambiente político de la conferencia bajo el impacto de la llamada “policrisis del hoy y ahora”, y reivindicó el diálogo tripartito como “llave” imprescindible para resistir las tensiones globales. Destacó que el pluralismo, el respeto entre el capital y el trabajo, y el diálogo social constituyen la única base realista para “la paz social que nutre a las sociedades”.
Un punto que calificó de trascendente fue el reconocimiento de Palestina como Estado observador no miembro de la OIT, avalado “por una amplia mayoría”. Este gesto lo presentó como un reflejo del multilateralismo y la vocación inclusiva del organismo.

Uno de los ejes centrales del discurso fue el foco en la agenda de género. Martínez subrayó el nuevo “programa para avanzar en el tratamiento urgente de las condiciones de vida y de trabajo de la mujer en todos los ámbitos”, que adoptó la conferencia. Celebró que, por primera vez, la perspectiva de género quedó consagrada como principio transversal y sostuvo que para “frenar la desigualdad” se deben “mejorar los sistemas de cuidados y las políticas de desarrollo de competencias, incentivando el diálogo social y el tripartismo”.
El líder de la UOCRA también reivindicó el centenario de la Comisión de Aplicación de Normas de la OIT como una “columna vertebral” del sistema internacional para velar por el cumplimiento de los compromisos firmados por los Estados integrantes. Remarcó que, lejos de tratarse de simples procedimientos, estos mecanismos son esenciales para que los acuerdos se traduzcan en políticas que incidan sobre la vida de los trabajadores.
En un tramo destacado, Martínez valoró la aprobación de en la OIIT de un nuevo convenio sobre derechos para trabajadores de plataformas digitales, lo que consideró fundamental en los países donde aún no se reconocen derechos laborales en el sector. “No puede haber trabajadores sin derechos, y los trabajadores de la economía de plataformas no son la excepción”, remarcó.

Al abordar el impacto de la transformación tecnológica, señaló que tanto la memoria del director general de la OIT, Gilbert Houngbo, como la encíclica “Magnifica Humanitas” del Papa León XIV, coinciden al advertir sobre “la necesidad de custodiar a la persona frente al avance de la máquina y preservar los valores humanos frente a la exclusión y la concentración de poder”.
“La inteligencia artificial no es neutral. Puede orientarse hacia la ampliación de derechos y oportunidades o hacia la concentración de riqueza, el poder y el conocimiento en pocos actores”, afirmó. Martínez enfatizó que el destino colectivo no está fijado “por los algoritmos”: “Son las instituciones, la normativa y el diálogo social los factores que definirán si la IA contribuye al bienestar común o profundiza las desigualdades”, puntualizó.
Modelos económicos, desigualdad y justicia social
En otro segmento del discurso, Martínez alertó sobre la desconexión entre el crecimiento económico y la distribución social: “Las últimas décadas demuestran que el crecimiento de la productividad puede coexistir con estancamiento salarial y caída de la participación del trabajo en el ingreso”. Sin mecanismos de regulación, advirtió, “las ganancias serán para quienes controlan el capital, los datos y las plataformas”.

Recordó que “ninguna revolución tecnológica por sí sola edificó sociedades más justas” y enumeró como conquistas políticas la jornada laboral, la seguridad social y la negociación colectiva. Para enfrentar la “profundización de la desigualdad y la exclusión social”, propuso una agenda integral asentada en “un nuevo contrato social sostenido en trabajo decente y digno, distribución equitativa de la riqueza, protección social universal, acceso democrático al conocimiento, formación continua, igualdad de oportunidades, soberanía tecnológica y diálogo social”.
“El respeto a la persona es la idea central que aparece tanto en la Encíclica como en la memoria del director general (de la OIT)”, dijo, y añadió que “sin ese mandato moral estamos condenados a sociedades donde el trabajo es disvalioso, el vulnerable es un fracasado y el éxito de la opulencia es el que marca el mandato social”.
Martínez mencionó que es “impostergable achicar las profundas brechas que dividen a nuestras sociedades, mejorar en forma urgente los ingresos de las mayorías y garantizar pisos de protección social universal”. Para el sindicalista, “necesitamos más que nunca fortalecer el multilateralismo. Es la llave para resolver las controversias geopolíticas a través del diálogo”.

“El crecimiento económico y el bienestar humano no pueden correr por carriles separados”, reclamó ante los delegados presentes, e instó a que la OIT asuma un papel determinante en la construcción de una transición justa.
El último mensaje fue directo: “Sólo con una OIT fortalecida, con instituciones sólidas y con voluntad política inquebrantable, seremos capaces de asegurar que el futuro deje de ser el privilegio de pocos y se convierta en un futuro real para todos”.
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POLITICA
Sin la anestesia mundialista, aflora la crisis del conurbano y Milei necesita reconectar con lo popular

Javier Milei reaccionó hace 24 horas a la campaña anti-Argentina que se venía propalando en redes sociales desde que la Selección perdió la final, motorizada por personalidades de distintas latitudes. Lo hizo en las redes sociales, su foro, sin escalar la cuestión a un pronunciamiento público o al ámbito diplomático. En Instagram —una red menos politizada y más transversal—, el Presidente subió una publicación que produjo con escasa sofisticación un grupo de influencers (que hoy comparten un chat de WhatsApp) para que el jefe de Estado comparta contenido propio afín a su visión, sin caer en el permanente reposteo. “Ahora el mundo va a ver dónde puede llegar un país lleno de argentinos”, publicó. Algo así como “hacer a la Argentina grande otra vez”, pero solo con nativos.
En X, el Presidente eligió una frase que atribuyó a Winston Churchill. No fue una acción de comunicación premeditada —difícilmente un experto en la materia le hubiera aconsejado citar a un inglés—, sino una reacción personalísima de un jefe de Estado que se conecta al mundo a través de esa red social, su “diario de Yrigoyen”.
Allí, el Presidente se aferró a la narrativa que adjudicó el antiargentinismo a una movida “woke”, libreto promovido por Las Fuerzas del Cielo del “Gordo Dan” y compañía. Una reivindicación del famoso discurso de Davos que exalta el patriotismo y denuesta al globalismo. Eso se combinó con el proyecto de Agustín Romo para arancelar la universidad y la salud pública a los extranjeros. De paso, Milei también vinculó a la campaña anti-Argentina con el kirchnerismo. La unidad nacional por el Mundial se terminó: bienvenida la grieta de nuevo.
Milei tenía que recuperar, al menos en las redes, una narrativa para defender el país que gobierna. Su gestión había acumulado una serie de errores comunicacionales durante el Mundial que lo habían alejado del sentir nacional del hombre común.

Arrancó con el desapego de la ministra de Seguridad, Alejandra Monteoliva, cuando habló de la causa Malvinas. Continuó con el término “país bananero” que eligió el vocero Adrian Ravier y que lo obligó a aclarar que no era eso lo que pensaba del país. Y culminó con la confusión general que generó el feriado fallido para festejar el segundo puesto. Sin asesoramiento, el Presidente se apresuró para hacer el anuncio sin conocer la voluntad de los jugadores.
Los intentos para que Diego Santilli fuera un interlocutor con Claudio “Chiqui” Tapia habían fracasado. Recién varias horas después de la final, un colaborador de Karina Milei consiguió tener precisiones del mandamás de AFA. Cuando se consulta por esos traspiés comunicacionales, la respuesta es la misma: que tanto Monteoliva como Ravier como Milei “se mandaron solos”.
Ahora, el Presidente busca aprovechar la estela de orgullo nacional que dejó el Mundial y que se exacerbó con una porción del planeta en nuestra contra. Lo necesita: terminado el certamen, que tuvo a los argentinos embriagados de fútbol y gloria, se presenta la realidad material. Volvieron los piquetes al conurbano y las marchas de jubilados al Congreso. Se conoció que la actividad económica tuvo una recaída intermensual de medio punto en mayo y que, si bien hubo un crecimiento de 0,2% en el último año, hay serias caídas en actividades clave para los sectores medios y bajos, como el comercio (-4,3%) y la industria manufacturera (-5,6%).
Las buenas noticias de la macro chocan de frente con un dato, publicado por Infobae en base a datos del Indec: más de 10,5 millones de personas ganan menos de $1.500.000 por mes y no llegan a cubrir la canasta básica. El equipo económico no desconoce esa realidad, pero confía en el efecto derrame del modelo oficial. “Absolutamente somos conscientes de que tenemos que mejorar las condiciones”, dijo en las últimas horas el viceministro de Economía, Jose Luis Daza, aunque aseguró que “ya están los brotes verdes” para que la gente empiece a sentir las mejoras.
Con las fotos que muestran las encuestas hoy (Aresco, de Federico Aurelio, una de las preferidas de Milei, advierte que un 66% hoy valora negativamente la situación económica), no todos en el staff oficial dan por sentado que Javier Milei podrá perpetuarse con este modelo otros cuatro años. Los más optimistas se aferran a la idea de que los argentinos no quieren volver a la emisión descontrolada y a la inestabilidad. Pero otros están más preocupados. “Si estamos bien es porque hoy no hay nadie que capitalice el descontento. Cuando aparezca una alternativa, ahí empieza el baile”, dijo un importante colaborador oficial.
El conurbano y Pro, la clave
Con una economía a dos velocidades, la principal inquietud del staff oficial está en el conurbano bonaerense, donde la morosidad pasó a marcar el pulso de la vida cotidiana de muchas familias. Ya está definido que será Santilli quien dará la madre de todas las batallas. Hay quienes le aconsejan al “Colo” que juegue en Capital Federal, bajo el argumento de que jamás podrá ganar la provincia si Milei no renueva. Es más, a algunos les resulta difícil pensar en un triunfo bonaerense si el libertario no se impone en primera vuelta, salvo que Axel Kicillof opte por un desdoblamiento y cambie la ecuación. Pero el jefe de Gabinete, en la relación que construyó con Karina Milei, ya está jugado en la carrera por la provincia. “No hay chance de que el Colo vaya a la Ciudad”, se atajan muy cerca de la hermana presidencial.

En su anhelo por gobernar la provincia, Santilli tiene como socio indiscutido a Cristian Ritondo. Los dos políticos profesionales nacidos en el peronismo y madurados en Pro están cerca de cumplir 60 años. Y van por la hazaña. En ese plan, son los principales articuladores de un acuerdo macro entre LLA y Pro. El Colo desde adentro de la Casa Rosada, exacerbando los gestos de lealtad hacia Karina Milei. Ritondo, amasando voluntades desde afuera con un objetivo difícil: anudar todos los acuerdos juntos (a nivel nacional, en la provincia, en la Ciudad y en los distritos gobernados por Pro) sin dejar cabos sueltos. Es decir, incluyendo a Mauricio Macri.
Es que, mientras que en La Libertad Avanza (LLA) muchos creen que pueden prescindir del expresidente, algunos libertarios (que no lo dicen en voz alta) creen que Macri tiene capacidad de daño, principalmente si amaga con una candidatura propia (aunque nadie lo ve con ganas) o si desordena a la tropa amarilla. No se descarta que aquellos que más aceitan los vasos comunicantes promuevan algún encuentro de cúpula a mediados de agosto.
En la Ciudad, la discusión está más desordenada. Si bien en la gestión de Jorge Macri aseguran que hay un único Pro, algunos amarillos aseguran que a Mauricio no le gustó que su primo se haya lanzado a la reelección. Dicen que podría promocionar a otro candidato, como Fernando De Andreis. Casi nadie pone en duda que se terminará en un esquema de coparticipación del poder, con Pilar Ramírez —mano derecha de Karina— como potencial candidata a vicejefa de gobierno porteño.
Santilli, Ritondo, Ramírez, De Andreis son algunos de los que dialogan informalmente mientras Karina Milei y Macri estiran los tiempos para subir el precio de sus espacios hasta que llegue el momento de la definición.
En el Gobierno amagan con reeditar el estilo de la imposición política que exhibieron en 2025. Pero son muchos los que comprenden que, si no habrá un plan platita que aliviane a los bolsillos, en lo político no sobra nada. Solo así se explica que se haya firmado un convenio con el gobernador de Santa Fe, Maximiliano Pullaro, para el traspaso de una ruta nacional a la órbita provincial. Es un convenio Nación-provincia inédito para esta gestión. Del acto participó la mismísima Karina Milei.

Los Milei quieren evaluar a los gobernadores por el nivel de apoyo que brinden para aprobar las reformas impulsadas por la Casa Rosada en el Congreso. A Javier lo obsesiona el proyecto de reforma de la Carta Orgánica del Banco Central (que anunciará cuando regrese de su gira por Perú). Y la mesa política, aunque lo disimule con otras prioridades, necesita como el agua que se suspendan las PASO en 2027 (de la eliminación ya casi nadie habla).
Las guerras frías
El clima amistoso que dejó el Mundial arroja escenas curiosas como la del martes en la reunión de mesa política. Antes del encuentro, todos estuvieron de acuerdo en hacer una foto de equipo en los sillones en uno de los despachos de la planta baja de la Casa Rosada. Santiago Caputo se sentó en el medio de Karina Milei y Eduardo “Lule” Menem. Una imagen con altas dosis de desfachatez, si se tiene en cuenta la interna que mantiene el asesor presidencial con la hermana del Jefe de Estado. “Santiago está en su momento de mayor cinismo”, se rió uno de sus laderos.
El enfrentamiento entre Caputo y Karina entró en una fase de “guerra fría”. Uno de los miembros de la mesa política contó que, cuando están juntos, sobreactúan gentilezas cruzadas. “Ella le da pie a Santiago para que opine de los temas. Él dice seguido que Karina tiene razón. Están interactuando responsablemente”, dijo un testigo del encuentro del martes.
Las zancadillas, al menos, son mucho más sofisticadas. El traspaso del área de telecomunicaciones (Arsat, Correo Argentino y Enacom) a la órbita del vicejefe de Interior, Gustavo Coria, fue algo dialogado entre Caputo y Santilli. Detrás estuvo la mano invisible de Karina: cerca de la hermana presidencial aseguran que ella quiso ordenar un área en donde vio asuntos turbios después de la detención de Facundo Leal, el ex titular de Arsat arrestado en el penal de Ezeiza luego de que se encontraran 2,4 millones de dólares en efectivo y drogas en su domicilio.
“Ella no va a ir por lo grande que tiene Santiago. Pero quiso reordenar esa área que tenía problemas”, dijo un colaborador del karinismo. Es decir, en la puja de poder, no se espera que la hermana de Milei le imprima golpes sorpresivos a Caputo como ocurrió con el Ministerio de Justicia, pero sí podría darse un proceso de desgajamiento sutil de algunas áreas muy particulares que responden al consultor sin cargo.
El secretario de Ciencia y Tecnología, Darío Genua -que era quien controlaba el área de telecomunicaciones traspasada-, sigue en su cargo en los papeles. Pero todos anticipan su salida. El funcionario llegó por recomendación de Rodrigo Lugones, el jefe de Caputo en la consultora Move Group, radicado en España. Santilli no quiere su continuidad. El problema es quién elige al sucesor. La duda es si el jefe de Gabinete va a tener libertad de elección o se impondrá un nombre desde el karinismo.
La otra guerra de pesos pesados se da en el Senado, entre Patricia Bullrich y Victoria Villarruel. El principal asesor de la vice, Mario “Pato” Russo, fue denunciado en Comodoro Py por un colaborador de la titular del bloque de LLA, Cristian Larsen, que dijo que el ladero de Villarruel amenazó con “tirarlo por la ventana”. En las últimas horas, las dos mujeres se encontraron para encauzar una mínima convivencia.

Además de los proyectos económicos y la reforma electoral, el Gobierno planea enviar otro paquete de proyectos de desregulación con el sello del ministro del área, Federico Sturzenegger. Llama la atención que se insista con esa agenda si se tiene en cuenta que Bullrich no logró juntar los votos para el Proyecto de Ley de Propiedad Privada. Más aún si, como dicen en el Senado, el proyecto se empantanó por la resistencia de Sturzenegger a hacer concesiones en el capítulo sobre tierras.
No fue la única vez que el “coloso” metió sus garras de halcón desregulador: el Gobierno debió emitir un decreto para emparchar la reforma laboral y mejorar el cálculo de los aportes solidarios a los gremios porque, al momento de la reglamentación, se decretó que la base de cálculo sería solo el salario básico y no la remuneración completa con las sumas normales, habituales y mensuales. Ese detalle desfinanciaba fuertemente las cajas sindicales. Finalmente, el Gobierno cedió ante la CGT. Además de amigarse con la casta política y judicial, la gestión de Milei le hace gestos a la casta sindical.
Cuentan en el Senado que Villarruel ya se mandó a hacer un cuadro con la foto de Giovani Lo Celso, Cristian “Cuti” Romero, y Lisandro Martínez levantando la bandera de Malvinas en el estadio Mercedes Benz, de Atlanta. A diferencia de Milei, la vice no muestra fisuras en su agenda.
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POLITICA
El fiscal Julio Strassera: las mil batallas del héroe sin bronce

Cargó sobre sus hombros el juicio más importante de la historia argentina, pero además enfrentó a Carlos Menem tras los indultos y acusó a los Kirchner de ladrones; “Argentina, 1985″, película ganadora de un Globo de Oro, está centrada en su figura
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Julio César Strassera emprendió su último viaje, el domingo 8 de febrero de 2015, sin saber que el lunes comenzaría a morir. Un amigo, Julio Elichiribehety, lo había pasado a buscar por Buenos Aires para llevarlo a Tandil, y al llegar a la estación del Automóvil Club Argentino (ACA) en Gorchs, sobre la ruta 3, pararon a cargar combustible y tomar un café. Entonces se les acercó un matrimonio; luego, otro. Le estrecharon la mano y le dieron las gracias. “Héroe”, lo llamó uno de ellos. El calló.
“Le resultaba extraño que lo saludaran”, rememora Elichiribehety para . “Recuerdo que al subir al auto me dijo: ‘Yo hice lo que debía hacer’. Cerró la puerta y seguimos viaje a Tandil”. Restaban semanas para que se cumplieran 30 años del inicio de las audiencias públicas del Juicio a las Juntas, que el fiscal cerró con el alegato en el que afirmó que renunciaba “a toda pretensión de originalidad” y reclamó fijar un “Nunca más” a la barbarie; 30 años que fueron de más batallas que bronce para el fiscal que había cargado sobre sus hombros el juicio más importante de la historia argentina.
Intenso, discutidor, vehemente, melancólico, educado, porteñísimo, ético son solo algunos de los calificativos que invocaron sus amigos, compañeros de trabajo y familiares ante la consulta de . “Y bravísimo”, dice su hijo Julián, entre risas. “Fue un cabrón tremendo”.
“He sido siempre un tipo de bastante mal genio”, admitió Strassera en una entrevista con Pepe Eliaschev para el libro Los hombres del juicio, en 2011. Contaba entonces que fue radical desde la adolescencia y que jamás había cambiado el voto. “Cuando cayó Perón en 1955 realmente me puse muy contento. No me molestaba que, por antiperonista, me llamaran gorila, de ninguna manera”. Strassera le dijo a Eliaschev que si en 1983 hubiera ganado el PJ, jamás se hubiera juzgado a las Juntas. En 2007, en una entrevista que integra los archivos de Memoria Abierta afirmó incluso: “Yo creo que Perón era un dictador. Es lo mismo que [Hugo] Chávez. Mi hermano, por estar en una manifestación radical, fue 30 días preso a Devoto”.
Con Luis Moreno Ocampo, su adjunto en el juicio, también debatió mucho. “No éramos amigos y discutimos varias veces, pero fue un héroe y la película [”Argentina, 1985″] muestra dos discusiones que quiero aclarar”, precisa Moreno Ocampo, desde California. “Una porque fue peor: su bronca porque accedí a darle una entrevista a [Bernardo] Neustadt le duró años. La otra, porque no existió: nunca le reproché a Julio lo que había hecho o dejado de hacer durante la dictadura”.
Strassera entró a la Justicia como “pinche”, fue ascendiendo y cuando fue el golpe militar de 1976 era secretario en un juzgado. Después lo nombraron fiscal federal de primera instancia; por eso, Néstor Kirchner lo acusó de ser un fiscal de la dictadura. “Hay agravios que hay que agradecer”, contestó irónico Strassera, que decía que los Kirchner eran “ladrones”, que “se quisieron apropiar de los derechos humanos”, que jamás firmaron un habeas corpus como abogados y que en los 70 solo se dedicaron a “hacer plata” en el Sur. Sostuvo incluso que no creía que Cristina Kirchner fuera realmente abogada y que cometía el delito de “usurpación de título”, acusación de la que fue sobreseída en 2016 por el juez Claudio Bonadio.
Strassera, el fiscal que exhibió las atrocidades de la dictadura y logró la condena de los comandantes, había jurado por los estatutos de la junta militar. Ese juramento -relató- lo vivió como una “rutina tonta” que hicieron todos en Tribunales y que no le provocó “el más mínimo conflicto personal”. Para Jorge Anzorreguy, que era juez de instrucción cuando fue el golpe y la dictadura lo dejó cesante, no era así. “No era una formalidad. Nadie te obligaba a permanecer en el cargo y si jurabas, te comprometías a aceptar las nuevas reglas”, dijo. Strassera disentía: “¿Qué tenía que hacer yo cuando fue el golpe? ¿Ir a la plaza y quemarme a lo bonzo? Yo seguí haciendo mi carrera. Lo que no fui es funcional a la dictadura”, afirmó en la entrevista que integra el archivo de Memoria Abierta. Contó que fue después de que se negó a demorar un habeas corpus que lo ascendieron de fiscal federal a juez del fuero ordinario. “Para sacarme del medio, me mandaron a condenar ladrones de gallinas.”
Jorge Aníbal Michelli, uno de sus secretarios cuando Strassera tuvo a su cargo el juzgado en lo Criminal de Sentencia Letra “Q”, cuenta que siempre mantuvo la misma línea. “Como juez, Julio recibió un hábeas corpus, creo que por un referente del sindicato de maestros, le hizo lugar y no solo eso: denunció a los funcionarios de la dictadura”.
Michelli recuerda además las maledicencias que su entonces jefe debió afrontar. “Salíamos a comer a Pippo y como era diabético, a veces se descompensaba y tenía mareos, por lo que tenía que buscar un kiosco cuando volvíamos a tribunales y tomarse una Coca Cola. Por eso, algunos decían que estaba borracho, lo que era absolutamente falso e injusto”.
Michelli trabajó poco a las órdenes de Strassera. Como secretario lo sustituyó Eduardo Casal, el actual procurador general de la Nación. Y cuando Strassera pasó del juzgado a la fiscalía ante la Cámara Federal, su reemplazante fue Carmen Argibay, quien con los años sería ministra de la Corte Suprema.
Fueron tiempos de billetera flaca. “Teníamos un Renault 12, verde metalizado, en el que no andaba nada”, recuerda su hijo Julián. “No tenía antena para escuchar la radio, no funcionaba la calefacción y el viejo iba para todos lados con la ventanilla abierta por el cigarrillo. ¡Un frío! Y si te quejabas, ¡agarrate!”.

Strassera fumaba dos paquetes diarios, ya fueran Winston o Camel, sin filtro, aunque a veces armaba sus propios cigarrillos. “Un día le tomó una audiencia a un violador serial y el preso lo empezó a bardear –recuerda Michelli-. Le decía que cómo podía ser que un juez no tuviera dinero para comprarse cigarrillos. Yo estaba en el otro despacho, entra Julio y me dice: ‘Michelli, venga conmigo, porque si me quedo solo, lo mato”.
Ese temperamento, creen quienes lo conocieron, resultó determinante en su momento culmine laboral. Nacido en 1932, tenía 52 años cuando comenzó el juicio. “Y se comió la cancha”, resume uno de los jueces, Ricardo Gil Lavedra. “Encaró las audiencias con un gran histrionismo, capaz de provocar a las defensas, de desafiarnos a los miembros del tribunal y comunicar con claridad. Fue impresionante”.
Como fiscal de Cámara ganaba el equivalente a 400 dólares por mes. “Tiempo después, cuando viajó a Italia a recibir un premio y el chofer que le pusieron en Roma cobraba 1000 dólares”, recuerda Julián. “El chofer no podía creerlo”.
Strassera dejó la fiscalía en 1986, cuando Raúl Alfonsín lo nombró embajador ante la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas (ONU), en Ginebra. El país afrontaba turbulencias que amenazaban con derrumbar la democracia, con los alzamientos carapintadas en primera fila. El judicial devenido diplomático impulsó una agenda para fortalecer al país, pero dejó el cargo cuando Carlos Menem firmó los primeros indultos. Fueron, para Strassera, “una verdadera inmoralidad”.
Renunció así a ganar US$10.000 por mes y a la posibilidad de ahorrar por primera vez en su vida. Pasó a comerse los ahorros. “Fue una época brava”, sintetiza su hijo. Tiempos en que ya no volvió a la fiscalía porque había renunciado, a diferencia de tantos otros que hoy piden licencia en sus cargos. Se las “rebuscó” con un “puestito de asesor en el Congreso” que le dio un diputado radical y volvió a fatigar los pasillos de los tribunales, pero como abogado de la matrícula. A los 60 años, se inscribió ante la AFIP y se asoció a uno de los jóvenes que había trabajado en la fiscalía durante el Juicio a las Juntas, Nicolás Corradini, y este convocó a Santiago Felgueras. Patrocinaron a detenidos durante la dictadura y a familiares de desaparecidos, y poco a poco comenzó a consolidarse, aunque el colapso argentino de fines de 2001 lo afectó como a millones más.
La crisis institucional lo llevó, sin embargo, a tomar una decisión que sorprendió a muchos, incluido su hijo. “Yo militaba en el radicalismo y lo pinchaba para que se afiliara, pero no me daba bola. Hasta que cayó [Fernando] de la Rúa y lo hizo”. Elichiribehety, su amigo de Tandil, cree que esa acción dice mucho sobre Strassera. “Cuando muchos se alejaron del partido, él se afilió. Nunca fue un militante de comité, pero fue su forma de decir: ‘Aquí estoy”.
Nunca se alejó, tampoco, de la ópera, otra de sus pasiones. Era concurrente asiduo al Teatro Colón, al que llegó por un amigo cuando todavía no trabajaba enfrente, en el Palacio de Tribunales. “Fue ‘culpa’ de un compañero de colegio, Roberto Oswald, que fue escenógrafo y director de escena del Colón”, detalla Julián.
Strassera nació en Comodoro Rivadavia porque a su padre lo había enviado allí YPF. Volvieron cuando tenía cuatro años y en sexto grado entró pupilo al colegio San José, de curas bayoseses franceses que él describía como muy liberales y a quienes siempre les guardó gran cariño pese a declararse agnóstico. El colegio lo terminó en el turno noche del Sarmiento de la calle Libertad y empezó a estudiar Derecho pasados los 25 años.

Strassera se casó y se divorció muy joven, antes de conocer a quien sería la madre de sus dos hijos. “Adoraba a su mujer, al punto de decirte: ‘la Tana me salvó la vida”, recuerda Michelli. “La Tana” era María Luisa Tobar, “Marisa”, quien falleció en junio, a los 86 años. “La figura de mi vieja es clave en la historia de mi viejo”, confirma Julián. “Él y ella caminaron codo a codo, con firmes principios éticos”. Otro amor le destrozó el corazón. Su hija, Carolina, murió en Lausana, Suiza, donde había formado una familia y había tenido dos hijos, y significó un golpe brutal del que jamás terminó de recuperarse.
Después del Juicio a las Juntas, una de las defensas que asumió Strassera fue la del entonces jefe de gobierno porteño, Aníbal Ibarra, tras la tragedia de Cromañón, que el 30 de diciembre de 2004 sesgó la vida de 194 personas. La tormenta era doble, con un juicio político, por el que Ibarra fue destituido en 2006, y una causa penal, en la que terminó sobreseído. Strassera asumió con una condición: jamás le cobró un centavo a Ibarra, y lo hizo a pesar de los planteos de su propia familia, que le imploró que no lo defendiera. “Lo voy a hacer. Lo que le están haciendo no es justo”, replicó él.

Y así lo hizo, a pesar de su rechazo total por el kirchnerismo, al que Ibarra, venido del Frepaso, se había acercado por esos años.
“Me estoy peleando mucho”
“La última vez que nos vimos, me dijo una frase que me quedó. Volvíamos de comer en Edelweiss y lo llevé en mi auto hasta su casa”, cuenta Moreno Ocampo de Strassera.
-Me estoy peleando mucho-, le confió, cuando el restaurante de la calle Libertad al 400 ya había quedado atrás.
-Pero si vos siempre te peleaste mucho.
-Pero ahora me peleó conmigo mismo.
Con la perspectiva que dan los años, Moreno Ocampo se formó una idea sobre su viejo jefe: “Era un tipo normal que se convirtió en héroe y que después mantuvo su condición de héroe hasta el final de sus días, aunque eso a él lo incomodara”.
Durante los últimos siete años de su vida, Strassera viajó de manera recurrente a Tandil. Llevaba ya muchos años jubilado y había dejado atrás el Renault 12. Se había comprado un Toyota Corolla, modelo 2007, pero prefería que otro condujera cuando encaraba distancias largas. Elichiribehety lo pasaba a buscar por su departamento de Gellly Obes al 2200, se acomodaba junto a Marisa y partían por unos días hacia las sierras bonaerenses. Picadas, asado, “café y discusiones”, precisa Elichiribehety, era su plan.
También café, mucho café. “Le encantaba el café molido. Podías discutir a los gritos con él y después, cuando consideraba que la discusión había terminado, te decía -rememora Julián, mientras carraspea y lleva su voz a otro tono, casual y ligero-: Un cafecito, ¿te tomás?”

El principio del fin llegó el lunes de 9 de febrero de 2015, mientras cenaban en el restaurante Tierra de Azafranes, de Tandil. La esposa de Elichiribehety, Virginia Ramírez, percibió que algo andaba mal. Él no quiso ir a la clínica. Un día después, el médico Fernando Funaro ordenó su internación inmediata. Strassera murió el 27.
Su final sacudió, un poco, la modorra de muchos. El gobierno de Cristina Kirchner decretó dos días de duelo y funcionarios de distintas jurisdicciones ofrecieron a la familia edificios públicos para velarlo. La “Tana” zanjó el debate. “Nosotros nacimos como gente sencilla, vivimos como gente sencilla y morimos como gente sencilla”, dijo. Y así fue. Lo velaron como vivió.
Marisa comenzó entonces a regalar objetos de su marido. Funaro, por ejemplo, recibió la lapicera con que Strassera firmó el alegato y el comité radical de Tandil, la máquina de escribir que utilizó para redactarlo. Pese a eso, en su escritorio del quinto piso de la calle Gelly Obes perduran muchas de sus cosas: libros, muebles, algunas imágenes sacras y una foto con Alfonsín. “Era el único tipo que lo ‘podía”, remarca Julián. “Sentía una admiración inmensa”.
En la imagen se los ve juntos, sonrientes. Se estrechan las manos, mirándose a los ojos, mientras Alfonsín lo agarra con la izquierda a Strassera del antebrazo derecho. La reunión es tres años posterior a la que aparece en “Argentina, 1985″, que requiere una aclaración adicional: esa reunión no la buscó el Presidente, sino el fiscal porque le habían hecho llegar mensajes inquietantes del gobierno. Alfonsín le dijo que no era cierto que pretendiera darle instrucciones y que solo le haría un pedido.
-No se vuelva loco, doctor Strassera.
Hugo Alconada Mon,Paz Rodríguez Niell,LA NACION,Política
POLITICA
Cómo fue el desteñido debut del plan de lucha de la CGT, con una presencia testimonial en la calle y muchas ausencias de dirigentes

El debut del plan de lucha de la CGT no fue lo que muchos imaginaban como inicio de la nueva etapa de ofensiva contra el Gobierno. Los sindicatos no movilizaron mucha gente, faltó la mayoría de los líderes cegetistas y los que estuvieron ante el Congreso no se quedaron más de media hora protestando por los reclamos de los jubilados.
Pareció casi el símbolo de un desganado regreso a la protesta de la CGT: había amagado con replicar el esquema a la francesa de paros y movilizaciones por un tiempo prolongado, como el que atormentó a Emmanuel Macron en 2023, y terminó en una versión light, sin huelgas sectoriales y rotativas, sólo basado en marchas callejeras a lo largo de 2 meses, con una amenaza de un quinto paro general que hoy parece muy difuso.
Para este desteñido debut del plan de lucha, para colmo, la CGT se asoció a expresiones duras del sindicalismo como las dos CTA, la UTEP (el sindicato de los movimientos sociales) y otras organizaciones aliadas que, contrariamente a lo que se preveía, no mostraron este miércoles en la calle toda su capacidad de movilización.

La columna principal de la CGT y las CTA estaba encabezada sólo por dos de los tres cotitulares cegetistas y algunos sindicatos estaban representados por no más de 20 o 30 militantes. Los manifestantes de Camioneros, liderados por Pablo Moyano y Marcelo Aparicio, eran alrededor de 1000. La UOM Capital, encabezada por Roberto Bonetti, movilizó unas 400 personas.
Desde temprano, uno de los jefes del sector dialoguista de la CGT se preocupó por aclarar a Infobae que la presencia sindical en la calle iba a ser “testimonial” porque se trata de una marcha que “siempre está copada por la izquierda”. “Sólo vamos a acompañar el reclamo de los jubilados, pero en las marchas que vienen vamos a movilizar con toda nuestra fuerza”, aseguró.
Lo que viene, hasta ahora, será el 7 de agosto con la movilización a la Iglesia de San Cayetano, en Liniers, y ese mismo mes tendrá lugar una marcha ante el Ministerio de Economía o el Banco Central en rechazo del endeudamiento familiar y de las pymes. En esos días, además, sí podría llevarse a cabo un paro nacional docente, proyectado por la Secretaría de Políticas Educativas de la CGT y con el apoyo de CTERA y otros sindicatos del sector. Y tampoco se descarta que haya otras medidas de fuerza de gremios en conflicto.

Pero, hoy, el horizonte del quinto paro general contra Javier Milei es cada vez más lejano. Lo reconocen directivos de la CGT fuera de los micrófonos, aunque insisten en una aclaración: “Al paro general hay que construirlo”. Una forma de aludir a la necesidad de ir acumulando adhesiones de distintos sectores sociales no sindicalizados para que la paralización de actividades sea contundente. Muchos admiten que el último paro general, del 19 de febrero pasado, no fue muy bueno.
Cuando nadie los escucha, algunos dirigentes ponen en duda de que sus bases acaten disciplinadamente otro paro general. Aunque palpan malestar porque los salarios no terminan de alinearse con la inflación y el consumo cayó en forma pronunciada, son conscientes de que los trabajadores no quieren resignar el pago de un día de trabajo o el presentismo, y, además, crece el miedo a perder el empleo si adhieren a una medida de fuerza.
Por eso apuestan a ir midiendo el clima social en cada una de las protestas callejeras que se irán sumando al cronograma diseñado por la CGT y las CTA antes de definir si concretan un paro general de 24 o 36 horas.

La raleada presencia sindical en la marcha de los jubilados, aseguran en la CGT, no tiene que ver con el canal de diálogo que se reabrió con el Gobierno en las últimas semanas y que permitió rectificar los límites a la caja sindical a través del flamante decreto 612.
“Esa fue una barbaridad del sector más duro del gabinete, piloteado por Federico Sturzenegger, y aceptaron corregirla porque ocasionó una oleada de cautelares en favor de los sindicatos, pero ese sólo es uno de los temas que nos preocupan”, dijo un dirigente de peso.
De todas formas, la misma fuente admitió que la predisposición del ala política del Gobierno a solucionar los problemas que generó la reglamentación de la Ley de Modernización Laboral en el financiamiento de los gremios les da la esperanza de conseguir respuesta positiva a muchos de sus reclamos sectoriales.
El poder que Karina Milei le dio como jefe de Gabinete a Diego Santilli, quien, a su vez, se apuntala tanto en los Menem (Martín y Lule) como en Santiago Caputo, es una de las claves que, para la CGT, explican por qué hallaron una receptividad oficial superior a la que existía.

Pero, al mismo tiempo, los sindicalistas creen que esa mayor predisposición al diálogo de la administración libertaria sólo responde a la necesidad de buscar consensos políticos y asegurar la paz social para lograr la reelección de Javier Milei en 2027. Y se preparan para sacar provecho de esta etapa en la que la Casa Rosada deberá cerrar acuerdos con los gobernadores y con la CGT, según esperan, para seguir en el poder.
Mientras tanto, utilizarán el plan de lucha como ariete para ejercer presión sobre el Gobierno, pero sin romper una relación que en estos días volvió a encaminarse y con un ojo (o bastante más) puesto en cómo diseñar una alternativa política para frustrar la reelección de Milei.
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