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La noche que la dictadura reconoció que los desaparecidos estaban muertos y buscó no pagar por sus crímenes en un “documento final”

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El difícil saber si la fecha elegida fue producto de la torpeza de la dictadura en retirada o un último acto perverso de los responsables del genocidio perpetrado en la Argentina. Corría 1983 y ese viernes 29 de abril se cumplían exactamente seis años del día que las Madres de Plaza de Mayo habían empezado a hacer sus rondas para reclamar la aparición con vida de sus hijos desaparecidos por los grupos de tareas y sumergidos en el oscuro terror de los centros clandestinos de detención. Sea como fuere, fue el día que los dictadores hicieron público lo que pomposamente llamaron Documento Final de la Junta Militar sobre la Lucha contra la Subversión y el Terrorismo y el Acta Institucional, un texto que militares de las tres fuerzas venían preparando desde hacía tiempo bajo el nombre en clave de “Delta” con la intención de justificar el plan sistemático de represión ilegal puesto en práctica por la dictadura y protegerse de las posibles consecuencias de sus actos criminales cuando el país recuperara la democracia.

Habían transcurrido también casi cuatro años desde que, ante una valiente pregunta del periodista José Ignacio López por la suerte de los miles de desaparecidos desde el golpe de Estado, el dictador Jorge Rafael Videla respondiera con inigualable cinismo: “Frente al desaparecido en tanto esté como tal, es una incógnita. Si el hombre apareciera tendría un tratamiento X y si la aparición se convirtiera en certeza de su fallecimiento, tiene un tratamiento Z. Pero mientras sea desaparecido no puede tener ningún tratamiento especial, es una incógnita, es un desaparecido, no tiene entidad, no está… ni muerto ni vivo, está desaparecido”, había dicho el genocida que por entonces ocupaba la Casa Rosada.

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El anticipo del documento final se conoció a las diez de la noche del día anterior, jueves 28, cuando la cadena nacional interrumpió las programaciones habituales de radio y televisión para que, en una transmisión que duró 44 minutos, un locutor oficial leyera un texto en off sobre un montaje de imágenes que pretendían mostrar el accionar de las organizaciones guerrilleras en el campo y la ciudad, fundidas con planos subliminales de obreros agrícolas e industriales trabajando bajo la supuesta paz que habían instalado en el país las Fuerzas Armadas después de dar el golpe del 24 de marzo de 1976.

El documento se presentaba como un balance a partir del cual la Junta Militar planteaba que las violaciones a los derechos humanos ocurridas en los años previos no podían ser juzgadas como tales, ya que debían enmarcarse en un contexto de guerra que implicaba una necesaria suspensión de los derechos y garantías individuales y la adopción de “procedimientos inéditos”, un eufemismo para referirse a los crímenes cometidos por el Estado terrorista. Y agregaba: “en este marco casi apocalíptico, se cometieron errores que, como sucede en todo conflicto bélico, pudieron traspasar, a veces, los límites del respeto a los derechos humanos fundamentales y que quedan sujetos al juicio de Dios en cada consciencia y a la comprensión de los hombres”.

También confirmaba lo que ya no era un secreto: que los desaparecidos estaban muertos. “De manera sintética, sus argumentos eran los siguientes: el Gobierno ratificaba lo actuado en la lucha contra la subversión bajo la perspectiva de que se había tratado de una ‘guerra inédita’; reconocía haber cometido ‘errores’ durante su desarrollo y se encomendaba por ello al juicio de la Historia; ratificaba su convicción de volver a hacerlo si era necesario, y declaraba de manera definitiva que los desaparecidos estaban muertos y que no tenía más informaciones que dar”, resume la investigadora del Conicet Marina Franco en su trabajo El Documento Final y las demandas en torno a los desaparecidos en la última etapa de la dictadura militar argentina.

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Aunque tratara de encubrirlo en medio de un fárrago de justificaciones de la represión dictatorial, el documento entero era funcional al objetivo de cerrar ese tema, algo fundamental para lograr la impunidad. En realidad, preparaba el terreno para un paso supuestamente legal: la promulgación de una ley de autoamnistía que la Junta Militar tenía planeado decretar en septiembre bajo el engañoso nombre de “Ley de Pacificación Nacional”.

Tibios y detractores

La difusión del Documento Final —como después la promulgación de la ley de autoamnistía— provocó reacciones de todo tipo en el espectro político argentino y terminó transformándose en uno de los ejes de las campañas electorales, donde los dos principales candidatos tuvieron posiciones encontradas, aunque hacia adentro de sus propios partidos también había miradas distintas.

Al día siguiente de conocerse el texto, el peronista Antonio Cafiero lo descalificó por ocultar la verdad. “La información que cabía esperar no es la que ha dado el Gobierno. Sin esa información previa, que obviamente deben suministrar las Fuerzas Armadas, es imposible que la civilidad defina una posición, absolutoria o condenatoria. Ello impondrá al futuro Gobierno constitucional el pesado lastre de indagar la verdad”, dijo.

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En el mismo sentido se pronunció otra de las figuras justicialistas de la época, Vicente Leónidas Saadi. “La Junta Militar ha puesto a las Fuerzas Armadas en una posición que las enfrenta al resto del país al hacer exactamente lo contrario de lo que todos anhelábamos y teníamos derecho a esperar. No han esclarecido nada, lo han confundido todo y con una terrible soberbia se vanaglorian de lo que todos repudian dando un documento que es esencia de cinismo”, sostuvo.

En cambio el expresidente provisional —y futuro candidato a presidente por el Justicialismo—, Ítalo Argentino Luder, se plantó en una posición opuesta. No resultó extraño ya que, antes del golpe, él mismo había rubricado con su firma el decreto de “aniquilamiento de la subversión” que abrió las puertas a la represión ilegal de las Fuerzas Armadas. “Resulta positivo el reconocimiento que se hace de la decidida actitud del general Perón, de la señora de Perón y mía frente al fenómeno terrorista”, respondió cuando lo consultaron.

El desarrollista Rogelio Frigerio, hombre de confianza del expresidente Arturo Frondizi y aliado al Justicialismo con miras a las elecciones que se aproximaban, fue terminante: “En el documento falta el principio elemental con el que debió concebirse: la verdad. Es inaceptable que los excesos cometidos que —según se admite— agraviaron derechos humanos fundamentales se califiquen como ‘errores’ exentos de toda explicación y eximidos de toda responsabilidad´”,

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Dentro del radicalismo el documento provocó controversias que se reflejaron también frente a la opinión pública. Uno de los referentes del partido —y futuro senador nacional por la Capital—, Juan Trilla, optó por mezclar una de cal y otra de arena. “Ningún argentino responsable y sensato puede soslayar su repudio de la subversión, ni tampoco dejar de apoyar a las Fuerzas Armadas de la Constitución en esa emergencia”, dijo, por un lado. “Pero ello no implica que queden cerrados los ámbitos de la Justicia. No habrá reconciliación si no existen las suficientes respuestas dignas para quienes quieran recurrir a los jueces de la Constitución para cada una de sus angustias”, agregó, por el otro. Sin esas medias tintas, Raúl Alfonsín, que aspiraba a la presidencia en las elecciones que marcarían el retorno a la democracia, condenó el documento. Para entonces ya había decidido que no había solución sin que las cúpulas militares de la dictadura asumieran su responsabilidad en la represión ilegal y fueran juzgadas por ella.

El documento provocó un inmediato rechazo de los organismos de derechos humanos, de muchos gobiernos europeos, de organizaciones internacionales, de la Iglesia católica a través de críticas del propio papa Juan Pablo II y aumentó el aislamiento internacional de la dictadura cívico militar.

El Documento Final preparaba el terreno para una ley de autoamnistía que la última Junta Militar tenía planeado decretar bajo el engañoso nombre de “Ley de Pacificación Nacional”

La impunidad hecha ley

Sin embargo, esas críticas no hicieron mella en la decisión de la última Junta Militar —integrada por Cristino Nicolaides, Jorge Anaya y Augusto Hughes— de promulgar una ley que garantizara la impunidad de los crímenes cometidos por la dictadura. Entró en vigor el 22 de septiembre, con la firma del presidente de facto Reynaldo Benito Bignone. Llevaba el nombre de “Ley de Pacificación Nacional” aunque nadie la llamó así, sino “ley de autoamnistía”.

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En el primer artículo parecía sostenerse en la fórmula de “reconciliación” entre bandos enfrentados: “Decláranse extinguidas las acciones penales emergentes de los delitos cometidos con motivación o finalidad terrorista o subversiva, desde el 25 de mayo de 1973 hasta el 17 de junio de 1982. Los beneficios otorgados por esta ley se extienden, asimismo, a todos los hechos de naturaleza penal realizados en ocasión o con motivo del desarrollo de acciones dirigidas a prevenir, conjurar o poner fin a las referidas actividades terroristas o subversivas, cualquiera hubiere sido su naturaleza o el bien jurídico lesionado. Los efectos de esta ley alcanzan a los autores, partícipes, instigadores, cómplices o encubridores y comprende a los delitos comunes conexos y a los delitos militares conexos”, decía.

En el artículo quinto quedaba claro lo que buscaba: “Nadie podrá ser interrogado, investigado, citado a comparecer o requerido de manera alguna por imputaciones o sospechas de haber cometido delitos o participado en las acciones a los que se refiere el artículo 1º de esta ley o por suponer de su parte un conocimiento de ellos, de sus circunstancias, de sus autores, partícipes, instigadores, cómplices o encubridores”.

Y lo remataba en el número 12: “Los Jueces Ordinarios, Federales, Militares u organismos castrenses ante los que se promuevan denuncias o querellas fundadas en la imputación de los delitos y hechos comprendidos en el artículo 1º, las rechazarán sin sustanciación alguna”. En otras palabras: no habría justicia para las víctimas.

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Cuando se promulgó la ley faltaban menos de cuarenta días para las elecciones del 30 de octubre y desde ese mismo momento se transformó en uno de los ejes de la campaña hacia la presidencia de los candidatos justicialista y radical. El peronista Ítalo Luder sostuvo que, gustara o no, la ley promulgada por la dictadura era legalmente válida y que, si llegaba a la presidencia, no la derogaría. El radical Raúl Alfonsín se paró en la vereda opuesta. “Se propiciará la anulación de la ley de amnistía dictada por el gobierno militar y se pondrá en manos de la Justicia la importante tarea de evitar la impunidad de los culpables”, dijo una y otra vez durante sus actos de campaña. Repitió esa misma frase en su discurso de asunción, el 10 de diciembre de 1983, y pocos días después firmó el decreto que ordenaba juzgar a las juntas militares.

Ernesto Sábato le entrega a Raúl Alfonsín el informe de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (Conadep), creada por el radical cinco días después de asumir con el objetivo de investigar los crímenes de lesa humanidad cometidos por la dictadura cívico militar (Facebook: Espacio Memoria y Derechos Humanos - ex ESMA)

Medio siglo después

En los 43 años de democracia formal que lleva la Argentina desde la finalización de la última dictadura cívico militar, la administración de justicia para los responsables del genocidio perpetrado entre 1976 y 1983 ha sufrido no pocos vaivenes. Tras el Juicio a las Juntas, las presiones militares —plasmadas en los levantamientos de los “carapintadas”— hicieron que el Gobierno de Raúl Alfonsín y el Congreso Nacional promovieran las leyes conocidas como de “Obediencia Debida”, que ponía fuera del alcance de la ley a los represores que habían “actuado cumpliendo órdenes superiores”, y de “Punto Final”, que marcó una fecha límite para la iniciación de los procesos judiciales. Más tarde, el peronista Carlos Menem completó el círculo de impunidad con los decretos de amnistía para los genocidas condenados con la excusa de la “reconciliación nacional”.

En agosto de 2003, impulsada por el Gobierno de Néstor Kirchner y con el apoyo de los organismos de derechos humanos y una gran mayoría de la sociedad, el Congreso sancionó la ley 25.779, que declaró insanablemente nulas a las leyes de impunidad y permitió la reapertura de las causas por los crímenes de la dictadura. Dos años más tarde, la Corte Suprema de Justicia de la Nación ratificó la inconstitucionalidad de esas leyes, alineándose con el derecho internacional que establece la imprescriptibilidad de los crímenes de lesa humanidad. Desde entonces, cerca de mil represores han sido condenados por la Justicia.

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El mes pasado, al cumplirse 50 años del golpe genocida del 24 de marzo de 1976, Infobae publicó un estudio nacional elaborado por el observatorio Pulsar.UBA de la Universidad de Buenos Aires y el Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS) que reveló que aproximadamente siete de cada diez argentinos apoyan la continuidad de los juicios por violaciones a los derechos humanos.

Además, el rechazo social a la dictadura se expresó en la percepción que los ciudadanos tienen de las causas del golpe: el 63% de los encuestados sostiene que no existieron motivos que justificaran la intervención militar de 1976. En la identificación de responsabilidades, el 39% señala directamente al Gobierno militar encabezado por Jorge Rafael Videla, Emilio Massera y Orlando Agosti como el principal artífices del quiebre institucional.

Según el estudio, el nivel de conocimiento sobre el período se mantiene elevado: siete de cada diez personas afirman saber mucho o algo sobre lo ocurrido entre 1976 y 1983. Ese conocimiento, sin embargo, ya no se origina principalmente en experiencias directas: la escuela y la universidad son identificadas como las fuentes principales de información sobre la dictadura, seguidas por las conversaciones con familiares o amigos.

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El trabajo concluye que “los desaparecidos, la represión y la violencia institucional están en el centro de la memoria” sobre aquellos años, lo que indica que el terrorismo de Estado permanece como el eje central de la memoria colectiva, a pesar de las movidas negacionistas e incluso reivindicadoras de la dictadura que han crecido en los últimos tiempos motorizadas desde algunos sectores políticos e incluso desde el Gobierno nacional.

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Ciudad: a 55 años de la tragedia del Ballet del Colón, restauraron la fuente que acompaña el homenaje a sus bailarines

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La Ciudad finalizó la restauración de la fuente que acompaña el Homenaje al Ballet Nacional, la escultura que recuerda a los nueve bailarines del Teatro Colón que murieron en un accidente aéreo el 10 de octubre de 1971. Al cumplirse 55 años de la tragedia, la intervención permitió que la fuente, ubicada en la Plaza Lavalle a metros del primer coliseo argentino, vuelva a funcionar.

Los trabajos, a cargo del Ministerio de Espacio Público, incluyeron la renovación de los equipos de bombeo, la modernización del sistema eléctrico y la impermeabilización de las bateas, que así recuperaron su aspecto original. La escultura había sido restaurada en 2021 por el MOA (Monumentos y Obras de Arte), el taller del gobierno porteño que se encarga del cuidado del patrimonio escultórico de la Capital.

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“Los bailarines del Colón forman parte de la historia cultural de Buenos Aires y de la Argentina, y el homenaje que los recuerda tiene que estar en las mejores condiciones. Ahora la fuente volvió a funcionar”, señaló Ignacio Baistrocchi, ministro del área.

Como parte de la restauración, se instalaron una nueva bomba de impulsión, que permite restablecer los efectos centrales de la fuente, y una bomba sumergible de achique, que previene anegamientos en la sala de máquinas. También se renovaron el colector y el tablero de comando y protección.

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Según detalló un comunicado oficial, las bateas –donde se acumula el agua de la fuente– fueron impermeabilizadas: primero se prepararon las superficies, y después se aplicaron tres manos de mortero cementicio impermeable y una pintura de terminación color Piedra París. Así, la fuente recuperó tanto su estanqueidad, es decir, la capacidad de contener el agua sin filtraciones, como su color característico. También se realizó una limpieza del mármol que bordea el conjunto.

Norma Fontenla y José Neglia son los dos bailarines representados en la escultura

El Homenaje al Ballet Nacional es una obra en bronce del escultor Carlos de la Cárcova (1903-1974). Recuerda a los nueve integrantes del Ballet Estable del Teatro Colón que murieron el 10 de octubre de 1971, cuando el avión que los llevaba a Trelew para una función benéfica cayó en el Río de la Plata. Entre ellos estaban Norma Fontenla y José Neglia, los dos bailarines representados en la escultura. Ambos eran las principales figuras de la compañía y tenían reconocimiento internacional: él había recibido el premio Nijinsky y ella había bailado Giselle junto a Margot Fonteyn y Rudolf Nureyev.

Los bailarines fueron velados en el Salón Dorado del Colón y una multitud esperó sobre la Plaza Lavalle para despedirlos. Un año después se inauguraron la escultura y la fuente que la rodea. En su memoria, cada 10 de octubre se celebra en la Argentina el Día Nacional de la Danza. Todos los años, el Consejo Argentino de la Danza convoca a un acto en su memoria junto a la fuente.

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Todos los años, el Consejo Argentino de la Danza convoca a un acto en su memoria junto a la fuente

En 2021, al cumplirse 50 años del accidente, el MOA llevó adelante una restauración de la obra de arte, reconstruyó un brazo faltante, reforzó el pie de apoyo y realizó una limpieza manual exhaustiva del bronce.

La puesta en valor de la Plaza Lavalle

La restauración de la fuente se suma a una serie de obras que la Ciudad realizó este año en la plaza y su entorno. Se renovaron 1773 m² de carpeta asfáltica y se hicieron trabajos de bacheo, arreglos en intertrabado y reparación de losas de hormigón. También se construyeron rampas y cruces nivelados para mejorar la accesibilidad, y se intervinieron unos 200 m² de veredas, el equivalente a más de 20 frentes de edificio.

En materia de alumbrado, se incorporó iluminación en altura y se sumaron 13 luminarias peatonales, que mejoran la visibilidad y refuerzan la seguridad durante la noche. Estas obras forman parte del trabajo del gobierno porteño para recuperar y mantener sus espacios públicos, que combina el mantenimiento de calles, veredas y alumbrado con la conservación del patrimonio histórico y cultural de Buenos Aires.

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Ha hecho historia en el cine de ciencia ficción, pero hasta Denis Villeneuve sabe cuándo parar: "Esto es lo que necesito ahora"

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A partir de hoy faltan exactamente dos meses para el estreno de Dune: Parte Tres y, por tanto, para el hasta luego de Denis Villeneuve al cine de ciencia ficción. El cineasta canadiense irrumpió en el género con fuerza gracias a La llegada y lo consolidó definitivamente con Blade Runner 2049 antes de embarcarse en la ambiciosa adaptación de la obra de Frank Herbert. Peor tras varios años dedicados casi en exclusiva a este universo, ha decidido que lo próximo que hará le llevará de vuelta a la Tierra.

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Su última película de Dune será distinta

«Pensé: ‘Cuando esto termine [Dune: Parte Tres], necesito un cohete muy potente para arrancarme de Arrakis’. Cuando me pidieron hacer el próximo Bond, dije: ‘Vale, esto es lo que necesito’«, relata en una entrevista con Esquire sobre por qué aceptó hacerse cargo de la primera película de la nueva era de 007 en Amazon. Pero antes de esto, por supuesto, le queda acabar el trabajo con la obra de Herbert, y promete dar a la audiencia una filme al mismo nivel de calidad que las dos anteriores, pero «diferente».

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«La idea era intentar hacer una película que tuviera el mismo ADN, es una película de Dune, pero que fuera muy diferente. Tiene un ritmo diferente. Volvemos a encontrarnos con los mismos personajes, pero esta vez el mundo ha cambiado por completo. Sus psiques, su perspectiva de la realidad ha cambiado por completo, y Paul vive con la carga de lo que ha creado, intentando encontrar una salida a esta espiral de violencia. (…) Pensé: ‘Tal vez sea una buena idea volver a este proyecto, no por nostalgia, no porque lo eche de menos, sino todo lo contrario… ¡estoy harto de él!’. Quiero asegurarme de ser implacable con el material. De no caer en la autocomplacencia». Denis Villeneuve

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Veremos qué sale de aquí. Recordad que, además de esta película, tenemos en el horizonte el estreno de la segunda temporada de Dune: La profecía, aún sin fecha en HBO Max. En cuanto a esta Dune: Parte 3, promete narrar una historia ambientada casi dos décadas después de que Paul Atreides tomara el control del Imperio, mostrando a un personaje que se ha tornado algo despiadado y ha de lidiar con las consecuencias de esto, al mismo tiempo que regresa antiguos aliados, surgen nuevas amenazas, y la traición acecha en cada sombra. Recordad, se estrenará este 18 de diciembre (a la vez que Vengadores: Doomsday)

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Ha hecho historia en el cine de ciencia ficción, pero hasta Denis Villeneuve sabe cuándo parar: «Esto es lo que necesito ahora»

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Marcos Yasif

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Asaltó a un vecino con una falsa ametralladora, intentó robarle a un policía y terminó detenido: tenía once antecedentes

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Un delincuente de 38 años, con 11 antecedentes penales y dos condenas vigentes, fue detenido por la Policía de la Ciudad en el barrio porteño de Parque Avellaneda, luego de asaltar a un vecino con una réplica de ametralladora e intentar robarle a un efectivo de la Policía de Seguridad Aeroportuaria (PSA).

Según informaron fuentes policiales, el hecho ocurrió en la calle Garzón al 3800, cuando un hombre se encontraba estacionando su auto y fue sorprendido por el sospechoso, quien lo amenazó con el arma y le robó un teléfono celular y un reloj pulsera.

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Tras cometer el asalto, el delincuente intentó sustraerle las pertenencias a otra persona. Sin embargo, el hombre se identificó como oficial de la PSA y lo ahuyentó.

En medio de la huida, un vecino llamó al 911 y alertó que el sospechoso había ingresado a una vivienda ubicada sobre la calle Laguna al 9000.

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A partir de esa información, efectivos de la Comisaría Vecinal 9C de la Policía de la Ciudad se dirigieron al lugar e ingresaron al inmueble, donde encontraron al acusado en el comedor y procedieron a detenerlo.

Durante el procedimiento, los agentes recuperaron el celular robado y secuestraron la réplica de ametralladora que el sospechoso había utilizado para amenazar a las víctimas.

Al identificarlo, los investigadores comprobaron que el hombre registraba 11 antecedentes desde 2018, por delitos como robo, tentativa de robo, hurto, lesiones, encubrimiento y atentado y resistencia contra la autoridad, entre otros.

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Además, de acuerdo con la información policial, tenía dos condenas vigentes, dictadas en 2019 y 2022, y un procesamiento con prisión preventiva vigente desde 2023.

El ladrón, de 38 años, fue detenido. Tenía un importante historial delictivo

Un episodio similar ocurrió en junio de este año en el barrio porteño de Villa del Parque, cuando un delincuente intentó asaltar una dietética con un arma de utilería. El hecho sucedió en un comercio ubicado sobre la avenida Nazca al 1500 y quedó registrado por las cámaras de seguridad del local.

Como contó este medio, el sospechoso ingresó al negocio, saludó a la encargada y luego sacó una pistola de su campera para amenazarla. “Te pego un tiro, quedate ahí”, le dijo. A pesar de eso, la mujer se resistió al asalto y comenzó a gritar, lo que provocó que el delincuente escapara sin concretar el robo.

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Tras la fuga, efectivos de la Policía de la Ciudad desplegaron un operativo en la zona y lograron detener al sospechoso.

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