INTERNACIONAL
Mamdani vetoes first bill in sign of tensions with NYC council

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New York City Mayor Zohran Mamdani issued his first veto Friday, halting City Council bill Int. 175-B that would have forced the NYPD to publicize plans for handling protests near schools and other educational facilities.
It is the latest sign of Mamdani’s growing clash with Council leadership, deepening an early power struggle with Council Speaker Julie Menin over policing, public safety and free speech.
«The problem is how widely this bill defines an educational institution and the constitutional concerns it raises regarding New Yorkers’ fundamental right to protest,» Mamdani wrote in a statement. «As the bill is written, everywhere from universities to museums to teaching hospitals could face restrictions.»
«This could impact workers protesting ICE, or college students demanding their school divest from fossil fuels or demonstrating in support of Palestinian rights,» he continued.
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New York City Mayor Zohran Mamdani and City Council Speaker Julie Menin have gotten off to a shaky start, already battling it out over a veto on NYPD protecting student protests. (Gardiner Anderson/New York Daily News)
«Int. 175-B is not a narrow public safety measure; it is a piece of legislation that has alarmed much of the labor movement, reproductive rights groups, and immigration advocates, among others, across this City. Nearly a dozen unions have raised the alarm about its impact on their ability to organize,» the mayor added.
Menin is going to work to whip up votes to override Mamdani on the bill, which finished just four votes shy of being veto-proof, passing last month 30-19.
«Ensuring students can enter and exit their schools without fear of harassment or intimidation should not be controversial,» Menin wrote in a statement. «This bill simply requires the NYPD to clearly outline how it will ensure safe access when there are threats of obstruction or physical injury, while fully protecting First Amendment rights.»
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NYPD officers detain a demonstrator during a protest along Third Avenue in Midtown Manhattan, New York City, on April 13, 2026, amid a two-week ceasefire in the U.S.-Israeli conflict with Iran. (Shannon Stapleton/Reuters)
The bill, sponsored by Councilman Eric Dinowitz, would have required police to submit a protest-response plan to the mayor and speaker and post it online. It also would have required the police commissioner to provide a public point of contact for any effort to manage demonstrations near educational sites.
Dinowitz pushed back on claims that the bill threatened free speech.
«Should students be harassed on the way to school? I think the answer is no,» he told The New York Times.
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Opponents on the left said the measure would expand protest policing and chill protected speech.
The fight also exposed one of the biggest political fault lines at City Hall: how to respond to protests tied to Israel and the war in Gaza. The issue gained momentum after a heated protest outside a Manhattan synagogue last fall, where some demonstrators shouted, «Death to the IDF,» and, «Globalize the intifada.»
«Sending the message to New Yorkers that we have something to worry about with regard to protest by or near schools, libraries, teaching hospitals is absolutely the wrong message for these times, especially when the Trump regime is coming at protest with a sledgehammer,» New York Civil Liberties Union Executive Director Donna Lieberman told the Times.
Jewish groups including UJA-Federation of New York blasted the veto, rebuking the «profound failure of City Hall to demonstrate to all New Yorkers that our safety is a priority.»
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«At a time when Jewish and other communities across our city are facing heightened threats, this legislation represented a crucial step toward ensuring that every school and community institution can be better protected,» the group wrote in a statement.
Mamdani and Menin — the city’s first Jewish speaker — had shown signs this week of trying to cool things down, including a Thursday dinner to discuss the pending veto and other issues, the Times reported. Friday’s decision suggested the détente may not last.
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INTERNACIONAL
Carlos III en Estados Unidos: ¿misión diplomática imposible?

El rey Carlos III y la reina Camila llegan este lunes a Washington para una visita oficial de tres días, con motivo del 250.º aniversario de la independencia estadounidense. Pero este viaje altamente simbólico se produce en un contexto de tensiones políticas sin precedentes entre Estados Unidos y el Reino Unido, lo que pone a prueba la famosa “relación especial” entre los dos aliados.
Se espera que el rey Carlos III llegue a Washington poco después del mediodía para iniciar una visita oficial de tres días a Estados Unidos, cuyo plato fuerte será el martes.
Este viaje se inscribe en el marco de las celebraciones del 250.º aniversario de la independencia estadounidense, un acontecimiento trascendental en la historia de las relaciones entre el Reino Unido y Estados Unidos.
Entre los momentos más destacados del programa se encuentran: un discurso ante el Congreso estadounidense, un hecho poco común para un monarca británico —es solo la segunda vez que ocurre en la historia moderna—, una cena de Estado en la Casa Blanca, en presencia del presidente Donald Trump, y paradas previstas posteriormente en Nueva York y luego en Virginia.
Este lunes, los reyes tomarán el té con Donald y Melania Trump en el Salón Verde de la Casa Blanca y culminarán la jornada en Blair House para prepararse para la ceremonia oficial del martes.
Los reyes serán recibido el martes con honores militares en el Jardín Sur de la Casa Blanca, con el dispar de 21 salvas de cañón. Por la tarde, Carlos III hablará ante el Congreso. Y a la noche, asistirá a la cena de gala.
Si esta visita atrae tanta atención, es sobre todo porque se produce en un clima diplomático tenso. La famosa “relación especial” entre ambos países parece hoy debilitada.
Trump mantiene relaciones difíciles con el primer ministro británico Keir Starmer. Según varias declaraciones públicas, al presidente estadounidense no le habría gustado la falta de apoyo del Reino Unido en su enfrentamiento con Irán. Incluso calificó a Keir Starmer de “Winston Churchill de pacotilla”, una expresión que provocó una fuerte reacción en el Reino Unido.
La cuestión central de esta visita es ahora de carácter diplomático: ¿puede el prestigio de la monarquía británica mejorar las relaciones entre ambos países? El presidente Donald Trump ha mostrado en numerosas ocasiones su gusto por el esplendor real. Durante una visita anterior al castillo de Windsor, elogió el boato y la tradición de la monarquía británica.
Para el especialista en derecho de las instituciones británicas y director del Observatorio del Brexit, Aurélien Antoine, esta visita responde ante todo a una estrategia de influencia simbólica: “Habrá señales, como suele ocurrir con la monarquía británica, se intenta influir. Se trata de una especie de ‘soft power’ diplomático que se ejerce, pero que no podría hacer ceder a Donald Trump”.
En otras palabras, la monarquía puede contribuir a calmar el ambiente, pero no puede resolver por sí sola profundas divergencias políticas.
El viaje real también se produce en un contexto delicado relacionado con el caso de Jeffrey Epstein. El hermano del rey, Andrew Mountbatten-Windsor, sigue vinculado a este escándalo y aún es objeto de investigaciones relacionadas con la presunta transmisión de documentos confidenciales.
Otra fuente de incertidumbre: el estilo impredecible del presidente Donald Trump, conocido por sus declaraciones espontáneas en las conferencias de prensa. Estas intervenciones podrían exponer al rey a temas diplomáticamente delicados.
La visita no cuenta con el apoyo unánime en el Reino Unido. Varios líderes políticos han pedido que se cancele, entre ellos Ed Davey, líder de los liberales demócratas. “Nuestro primer ministro no puede enviar a nuestro rey a reunirse con un hombre que trata a nuestro país como un jefe mafioso que extorsiona todo a su paso”, declaró ante el primer ministro británico en el Parlamento.
Según una encuesta reciente, casi uno de cada dos británicos se opondría a esta visita.
A pesar de las tensiones, algunos expertos piden que se relativice la situación. Para Aurélien Antoine, sería exagerado hablar de una ruptura definitiva entre los dos países.
“Pasar página es quizás una expresión un poco fuerte. Esta visita no va a cambiar las cosas de manera fundamental, pero el carácter errático de Donald Trump puede llevar a pensar que este tipo de visita podría ganarse temporalmente el favor de Estados Unidos hacia el Reino Unido. Pero nada es seguro”.
Por su parte, el presidente estadounidense se mostró conciliador en una entrevista concedida a la BBC. Calificó a Carlos III de “hombre fantástico” y aseguró que podría contribuir “sin duda” a reparar la “relación especial” entre ambos países.
Queda por ver si este viaje real bastará para acercar de manera duradera a Washington y Londres, o si solo se tratará de un momento de distensión diplomática en una relación que se ha vuelto más incierta que nunca.
INTERNACIONAL
Charles Bukowski, poeta estadounidense: “Si pasa algo malo, tomas para olvidar; si pasa algo bueno, para celebrarlo; y si no pasa nada, tomas para que pase algo”

Es, quizás, el aforismo definitivo del realismo sucio. No hay bar de mala muerte, perfil de Instagram con pretensiones existenciales o remera de algodón barato que no haya replicado alguna vez esas palabras. Charles Bukowski, el “viejo indecente” de la literatura estadounidense, condensó en apenas tres líneas una verdad tan cínica como universal: “Ese es el problema de beber: si algo malo pasa, bebes para intentar olvidar; si algo bueno pasa, bebes para celebrar; y si nada pasa, bebes para que algo pase”.
Pero, ¿de dónde salió este mantra del exceso y por qué, décadas después, nos sigue interpelando con la fuerza de un golpe en la mandíbula? El origen es un catálogo de derrotas: la frase aparece en su novela Mujeres (1978), la obra que consolidó el mito de su alter ego, Henry Chinaski. En este libro, Bukowski ya no es el empleado postal alienado de Cartero, sino un escritor que saborea el éxito y, paradójicamente, lo combate con la misma arma que usó para sobrevivir al fracaso: el alcohol.
El contexto de la obra es un desfile de relaciones tóxicas, hoteles de paso y resacas frente a la máquina de escribir. En ese escenario, beber no es un acto social ni un placer gourmet; es una función biológica para gestionar el tiempo. El alcohol aparece como el único elemento capaz de dotar de significado al vacío. Lo que Bukowski describe no es solo alcoholismo, no, es algo más profundo: una estructura lógica de la existencia. La frase divide la realidad en tres estados y ofrece una sola solución para todos.

Por un lado, la tragedia (el alcohol como anestesia). En segundo lugar, la euforia (el alcohol como subrayador de la felicidad). Y por último, el tedio (el alcohol como motor de la acción). Este último punto es el más aterrador y, a la vez, el más brillante. Para Chinaski, el peor enemigo no es el dolor, sino la nada. Beber para que “algo pase” es el reconocimiento de que la sobriedad, a veces, es un desierto demasiado vasto para atravesarlo a pie. Lo curioso es cómo, pese a ya estar en otro siglo, la idea persiste.
La viralidad de esta frase en la era digital no es casualidad. Su estructura de tríptico la hace perfecta para el consumo rápido. Pero más allá de su forma, es su honestidad brutal lo que la mantiene viva. En un mundo de optimismo tóxico y frases de autoayuda que nos obligan a ser felices, Bukowski nos da permiso para ser un desastre. La frase es “aesthetic” antes de que el término existiera. Captura ese romanticismo de la derrota que tanto fascina a las nuevas generaciones: un sentimiento de desorientación.
Si vivimos en lo que Byung-Chul Han llama la “sociedad del cansancio”, donde el exceso ya no es solo etílico sino es dopamínico, entonces beber para que “algo pase” es hoy el equivalente a scrollear infinitamente en el celular para llenar el hueco del aburrimiento. Bukowski anticipó nuestra incapacidad para estar a solos. Ya sea con una botella de vino barato o con una notificación en la pantalla, la sociedad actual sigue buscando ese “algo” que nos saque de la inercia. Por eso no es solo una frase, sino un espejo cruel.

Nacido en Andernach, Alemania, en 1920, Charles Bukowski se mudó a los dos años a Los Ángeles, la ciudad que se convertiría en el escenario principal de su geografía literaria y personal. Criado bajo la violencia de un padre abusivo y marcado por un acné severo que moldeó su carácter huraño, vivió la mayor parte de su vida entre pensiones de mala muerte y empleos precarios, como el de clasificador de cartas que inspiró su primera novela, Cartero (1971), hoy considerada una obra de culto.
Su residencia en East Hollywood y sus constantes visitas a las pistas de carreras de caballos fueron el caldo de cultivo para obras fundamentales como Factotum (1975) y La senda del perdedor (1982), donde diseccionó su juventud durante la Gran Depresión. Tras décadas de anonimato y excesos, su carrera despegó gracias al apoyo de la editorial Black Sparrow Press, lo que le permitió dedicarse exclusivamente a escribir hasta su muerte en 1994, en San Pedro, California, a causa de una leucemia.
Su producción fue monumental, dejando un legado de seis novelas, cientos de relatos y miles de poemas recopilados en libros como El amor es un perro del infierno (1977). Su epitafio, “Don’t try” (No lo intentes), resume la filosofía de un autor que prefirió la honestidad del fracaso a la impostura del esfuerzo, consolidándose como el cronista definitivo de los callejones y las barras de bar de la costa oeste.
INTERNACIONAL
Un conflicto amoroso, una venganza y un ritual satánico: el caso de la mujer que será ejecutada en EE. UU. por un aberrante crimen

En la noche del 12 de enero de 1995, un bosque cercano a la Universidad de Tennessee, en Knoxville, se convirtió en el escenario de un crimen que aún hoy genera conmoción en Estados Unidos.
Allí, una joven de 19 años fue asesinada tras un tortura prolongada y extremadamente violenta. Por ese hecho, una chica de apenas 18 sería luego condenada a muerte y pasaría a ser parte de la historia judicial del país.
La acusada era Christa Gail Pike. Había nacido el 10 de marzo de 1976 en Virginia Occidental y, al momento del crimen, participaba de un programa estatal para jóvenes de bajos recursos que ofrecía formación laboral. Allí, se anotó a un curso de computación, donde conoció a Tadaryl Shipp, su novio de 17 años, con quien mantenía una relación intensa y conflictiva.
En ese contexto, los jóvenes comenzaron a interesarse por prácticas vinculadas al ocultismo. Según surgió en la investigación, ambos tenían una fuerte fascinación por el satanismo y realizaban rituales que formaban parte de esa creencia.
Un conflicto amoroso y un plan macabro
El conflicto se originó cuando Pike empezó a sospechar que otra integrante del programa, Colleen Slemmer, intentaba acercarse a su novio con intenciones diferentes a la de una amistad. Aunque esa versión fue negada por allegados a la víctima, la duda creció hasta transformarse en un plan macabro.
De acuerdo con la causa, Pike decidió enfrentar a Slemmer y organizó un encuentro con una excusa: arreglarse y dejar de llevarse mal. Por eso, en la noche del 12 de enero, junto a Shipp y otra joven de 18 años, Shadolla Peterson, convencieron a Colleen de ir a una zona aislada con la promesa de fumar marihuana y hablar de manera tranquila. El objetivo era otro: ofrecerla como “sacrificio a Satanás”.
Los cuatro se dirigieron a un bosque cercano al campus, en donde nunca había nadie. Sin embargo, lo que parecía una reunión común terminó siendo una trampa. Apenas llegaron, Pike y Shipp comenzaron a atacar a Slemmer, mientras Peterson vigilaba que ninguna persona se acercara. Colleen Slemmer, la joven que fue torturada y asesinada brutalmente en 1995. (Foto: First Coast News)
El nivel de violencia fue uno de los puntos más impactantes del caso, ya que se estableció que la tortura se extendió durante más de media hora. La víctima fue golpeada, cortada, humillada y hasta le “tallaron” un pentagrama en el pecho con un cuchillo, como parte de un ritual satánico.
Finalmente, Pike tomó una piedra y lo usó para aplastar el cráneo de la joven. El ataque terminó con la muerte de Colleen en el mismo lugar al que había sido llevada con engaños.
Después del crimen, ocurrió uno de los hechos que más pesó en la causa. Pike se llevó un fragmento del cráneo de la víctima y lo guardó. En las horas siguientes, llegó a mostrarlo a otras personas como un “premio”

Christa Pike, Tadaryl Shipp y Shadolla Peterson, los tres jóvenes que cometieron el crimen. (Foto: WBIR)
La investigación
Rápidamente, los allegados a Colleen Slemmer se dieron cuenta de que había desaparecido. Un registro del lugar donde vivían los jóvenes indicaba que habían salido cuatro personas juntas, pero solo tres habían vuelto. Esa inconsistencia activó la investigación sobre ellos.
Después de 36 horas del crimen, Pike, Shipp y Peterson fueron detenidos. Durante el procedimiento, los policías encontraron el fragmento del cráneo de la víctima en la campera de Pike.
En los registros en las habitaciones de los sospechosos, los investigadores también descubrieron elementos que llamaron la atención de los peritos.
En el cuarto de Shipp hallaron una copia de la llamada “Biblia satánica”, un libro asociado a prácticas ocultistas que ya habían sido mencionadas en testimonios previos. Ese hallazgo reforzó la hipótesis de que el ataque pudo haber sido premeditado. Christa Gail Pike fue detenida un día y medio después del crimen de Colleen Slemmer. (Foto: WBIR)
Poco después de su detención, Christa confesó: admitió haber participado en la tortura y el asesinato, aunque intentó minimizar su responsabilidad al asegurar que solo querían asustar a la víctima y que la situación “se les fue de control”.
Una condena histórica
El juicio comenzó en 1996 y una de sus características fue la contundencia de las pruebas presentadas por la fiscalía. La confesión, los testimonios y la evidencia física construyeron un cuadro complicado de revertir para la defensa.
El 22 de marzo de ese año, tras pocas horas de deliberación, el jurado declaró culpable a Christa Gail Pike de asesinato y conspiración. Días más tarde, fue condenada a muerte por el homicidio de Colleen Slemmer y a 25 años de prisión por el cargo adicional. La joven lloró y gritó al escuchar la decisión del jurado. El momento en el que Christa Gail Pike conoció su sentencia. (Foto: Knoxville News Sentinel)
Las condenas de los otros implicados fueron diferentes. Tadaryl Shipp recibió cadena perpetua con posibilidad de libertad condicional, mientras que Shadolla Peterson, que colaboró con la Justicia, fue sentenciada como cómplice y luego obtuvo beneficios.
Apelaciones rechazadas y un intento de fuga
A lo largo de los años, Christa Gail Pike presentó múltiples apelaciones para revertir su sentencia. Sus abogados argumentaron que había crecido en un entorno de extrema vulnerabilidad y que su historia personal debía ser considerada como atenuante. Pese a ello, todos los intentos fueron rechazados por los tribunales.

La Justicia estadounidense fijó la fecha de ejecución el 30 de septiembre de este año. (Foto: WVLT)
En 2012, Pike intentó escaparse de la cárcel con la ayuda de dos cómplices, pero su plan fracasó. Esto derivó en un endurecimiento de sus condiciones de detención.
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El caso volvió a cobrar relevancia en septiembre del año pasado, cuando la Justicia estadounidense confirmó la fecha de ejecución: el 30 de septiembre de 2026. De concretarse, sería la primera mujer ejecutada en el estado de Tennessee en 200 años.
Estados Unidos, Asesinato, pena de muerte, mujer, Crimen
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