CHIMENTOS
Marcos Carreras, el violinista argentino de 12 años que tocará a Piazzolla en Beijing: “No sé si soy un niño prodigio”

Marcos Carreras tiene 12 años, oído absoluto y una calma que descoloca. Habla con una seguridad y una vivacidad que sorprenden en alguien de su edad. Cuando habló con Teleshow estaba preparando sus valijas: ayer, viernes, viajó a China, porque el próximo martes 2 de junio, el pequeño violinista porteño subirá al escenario de la Sala de Conciertos de la Ciudad Prohibida, en Beijing, para tocar como solista junto a la Orquesta Sinfónica de Beijing, dirigida por el maestro Xia Xiaotang. Será el 3° Concierto Especial del Día del Niño “La Esperanza del Futuro”, y el repertorio elegido para ese momento no podría ser más elocuente: “Decarisimo”, de Astor Piazzolla.
Un pibe de Almagro (“re porteño”, se define), hincha de Ferrocarril Oeste, llevará el tango al corazón del poder imperial chino, ese vasto complejo palaciego que durante casi 500 años fue residencia de los emperadores y centro del mundo conocido para millones de personas. Marcos lo procesa con la naturalidad de quien ya aprendió que los escenarios grandes no asustan, sino que energizan. “Cuanta más gente me mire en un concierto, mejor. No me pone nervioso. Al contrario, me motiva tocar para mucha gente”, dice.
La convocatoria fue internacional. La Orquesta Sinfónica de Beijing buscaba músicos menores de 16 años para actuar como solistas. Los candidatos debían presentar una obra de movimiento rápido, una pieza clásica y una composición con violín y piano. Marcos fue pasando instancias hasta quedar entre los diez finalistas, en un universo juvenil donde, según su mamá, María José Camacho, “el 80 por ciento son chicos orientales”. El domingo previo al viaje, llegó la noticia: había sido seleccionado entre los cuatro elegidos para el concierto. El resultado llegó tan tarde que el lunes —feriado en Argentina— ya era poco tiempo para los trámites. Su madre, violinista de la Orquesta Nacional de Música Argentina Juan de Dios Filiberto, recuerda la vorágine de esas horas: visita a la embajada, papeles de último momento, pasajes que confirmar. El viernes a la noche, Marcos viajará a China acompañado por su padre, Lisandro Carrera, violinista de la Orquesta del Tango de Buenos Aires. María José se quedará en Buenos Aires: la organización cubre el pasaje del menor y un acompañante.
Que ambos padres sean violinistas no es un dato menor en esta historia. Marcos creció con el instrumento antes de entender qué era. Lo tomó como juguete, lo incorporó como lenguaje. Aprendió a tocarlo antes de aprender a leer, a los cuatro años, en el Centro Suzuki de Buenos Aires, donde su primer maestro fue Eduardo Ludueña. A los 6 ya lo invitaban al Live Virtual Concert; a los 7, al Concierto Cuatro Naciones. “Estaba condenado a tocar el violín”, bromea citando a su maestro actual, Rafael Gíntoli.
El salto cualitativo llegó alrededor de los nueve años, cuando dejó el método Suzuki y comenzó a trabajar con Gíntoli en forma particular. Desde entonces, la agenda no paró: el Teatro Colón, la Usina del Arte, el Palacio Libertad, el Centro Cultural San Martín, entre otros escenarios. Como solista tocó junto a cuatro orquestas, entre ellas la Orquesta del Tango de Buenos Aires y la Orquesta Sinfónica Municipal de Avellaneda. En el plano internacional, una master class con Maxim Vengerov en Buenos Aires, clases con Pierre Amoyal en Milán —que continúan por Zoom— y, en Alemania, el Premio al Sonido Thomastik tras ser finalista del International Anton Rubinstein.
Luego del viaje a China, el mes que viene recibirá el Premio Revelación de la Asociación de Críticos de la Argentina, que se entregará en la Legislatura porteña.

Tanto reconocimiento no lo despega de su cotidianidad. Cursa primer año en la Escuela Juan Pedro Esnaola, orientada a artes y música, con un programa adaptado por el Ministerio de Educación de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires bajo la figura de “Artista de Alta Dedicación”. Sus padres, dice, no lo presionan. “Diagraman mi vida para que también juegue como cualquier niño de mi edad.” En los ratos libres sale con amigos, ordena su cuarto con una lógica propia —“puedo tener todo desparramado, pero sé dónde está cada cosa”— y escucha Queen, Luis Miguel o murga uruguaya. Antes de cada concierto, hay un ritual detrás de bambalinas: “Pienso cómo cautivar al público”, confiesa, con una madurez que no se aprende en los libros.
— ¿Qué significa para vos tocar en la Sala de Conciertos de la Ciudad Prohibida con una orquesta sinfónica?
— Para mí es todo lo que voy haciendo, cosas internacionales. Yo de hecho siempre lo dije, que mi sueño era tocar en los teatros más grandes del mundo. Por suerte se está cumpliendo. Tocar en China también es, para mí, re exótico, re raro. Me espero cualquier cosa. Pero lo más importante para mí siempre va a ser disfrutarlo, y es lo que hago siempre.
— ¿Cómo se prepara un tango con una orquesta china?
— Puesto así es raro, pero a ver, obviamente espero que puedan hacer cualquier cosa. Puede salir muy bien, que es lo más probable. Ellos tienen una superorquesta. Probablemente se acoplen perfecto, porque Piazzolla es de las palabras más repetidas en el mundo en un minuto —contaba mi maestro Rafael Gíntoli: ‘está Jesucristo, Beethoven, alguien más y Piazzolla’—. Así que supongo que van a acoplar superbién. Va a ser hermoso. Estoy segurísimo.

— Sos hijo de violinistas y aprendiste a tocar antes que a leer. ¿Cuándo el violín dejó de ser un juguete y pasó a ser algo más serio?
— A ver, hoy en día sigue siendo algo no tan serio, porque yo me lo tomo como algo muy divertido, relajado. El cambio no fue muy grande. A los nueve, por ahí, fue cuando todo empezó a ser un poco más profesional, más encaminado. Cambié el método Suzuki por un maestro particular, Rafael Gíntoli, maestro tradicional. Ese, yo creo, que fue el mayor cambio, lo que me abrió tal vez más puertas aún. Pero nada, yo sigo divirtiéndome. A mí no me gusta tomarme nada tan serio, porque me gusta disfrutar todo lo que hago.
— ¿Qué fue lo más difícil de aprender?
— Tocar, de lejos. La afinación, tal vez. En el Centro Suzuki te ponen tiritas donde van los dedos, pero el violín tiene el gran problema de la afinación y del manejo del arco. Lo que más se me dificulta es el manejo del arco. Pero lo voy trabajando poco a poco.
— A los diez años debutaste como solista en el Colón. ¿Qué sentiste en ese escenario?
— Que es extraordinario, es único, es una atmósfera única. La acústica es única, todo es único. Yo soy particularmente porteño, me encanta Buenos Aires, es la mejor ciudad que hay. Y además tocar en el Teatro Colón es fascinante, porque es todo especial.

— Muchos te llaman “niño prodigio”. ¿Esa etiqueta te incomoda, te halaga o te es indiferente?
— A ver, obviamente si me lo dicen, será bien recibido. Pero yo lo llevo todo con calma. Tal vez no soy un niño prodigio, sino un niño que arrancó de muy chico y ya incorporó todo desde hace mucho tiempo. Uno dice doce años y no preguntan cuánto tiempo llevo tocando: van a ser nueve años que hago esto, sin contar iniciación musical, que hice desde el año y medio. No sé si soy un niño prodigio, pero sí soy un niño encaminado desde hace mucho tiempo y con experiencia, ponele.
— Milán, Alemania, ahora China. ¿Qué expectativas te genera todo esto para el futuro?
— Lo de la Sinfónica de Beijing es increíble, pero todo me hace pensar que pueden salir cosas mayores. Me doy un golpe de realidad y digo: en abril fui a Milán, en Alemania me saqué un premio, el maestro Amoyal de Milán me quiere seguir dando clase, el otro día tuve una clase por Zoom con él, que es de los mejores del mundo. También tomé una master class acá en Buenos Aires con el maestro Maxim Vengerov, que es de los cinco mejores violinistas de la historia. Y ahora toco con la Sinfónica de Beijing en China. Me entusiasma cada vez más.
— ¿Cómo hacés con la escuela?
— Re bien. Estoy en el plan del Ministerio de Educación de Artistas de Alta Dedicación, que ayuda a estos casos a aflojar un poco la cursada, a no hacer una cursada igual que todos. Además voy al colegio Juan Pedro Esnaola, que es orientado a música y artes, y eso me ayuda un montón. Son dos plus. Lo de Artistas de Alta Dedicación me ayudó en todo, porque ese era un problema, el pasaje del primario al secundario, cómo íbamos a hacer.

— ¿Qué música escuchás?
— Me gusta escuchar música pop, pero no del tipo pop, pop. Me gusta mucho Queen, la mejor banda que hay. Y también me gustan cosas como la murga uruguaya, Luis Miguel me gusta un montón y Caetano Veloso. Ese es el tipo de música que me gusta escuchar.
— ¿Y la música urbana, hoy de moda?
— No. Respeto un montón, obviamente, todo es música, pero no, para nada. Es ruido. Perdón, pero no me gusta nada.
— ¿Tus amigos qué dicen de todo esto?
— Ahora voy al Esnaola, así que los chicos van a tener la misma reacción que si vaya a comprar fruta a la esquina o me vaya a Beijing, porque ya están re acostumbrados, están en el ambiente. Pero obviamente me hacen un montón de fiesta. Siempre, todos estos años, tuve dos grupos —el del colegio anterior y este—, y son grupos hermosos que me festejan un montón. De hecho me van a escuchar. Por suerte fue re bien.
marcos carreras
CHIMENTOS
La respuesta de Andrea del Boca ante una posible cita con un participante de Gran Hermano

Desde canciones románticas a declaraciones de amor, Andrea del Boca vivió todo tipo de situaciones en Gran Hermano (Telefe). Es que justamente, un participante del reality mostró un llamativo interés por conquistar a la actriz. Así las cosas, ahora que salió de la casa, la artista fue consultada al respecto de una posible cita en el ‘afuera’.
Todo comenzó cuando del Boca visitó La noche de los ex y uno de los panelistas comentó: “¿Podemos hablar de shippeo? El primero de esta generación dorada fue Eduardo y Andrea. Ahora que están afuera, ¿podrías aunque sea salir a comer con él?”.
Al escuchar la pregunta, la actriz no ocultó su incomodidad llevándose las manos a su cara. Como si la consulta fuera poco, Nacho Castañares agregó: “¿Es cierto que te fue a ver al hotel?”. Tras las risas, Andrea subrayó: “No, no sé nada. No, aparte, la verdad es que estoy un poco aislada. Él decía que era el Paul Newman argentino”.
Ante las burlas del estudio, del Boca se defendió y argumentó: “Lo intenté y todo, pero no arrancaba. Arranca o no arranca”. Con la idea de aclarar las cosas, Romina Uhrig preguntó: “Andre, si te busca ahora afuera, ¿tiene chance? Una, aunque sea invitarte a cenar, ¿qué le decís? Porque él está muy enganchado”.
Fue entonces cuando Andrea buscó dejar las cosas claras y quitarse la responsabilidad de tomar la iniciativa: “A ver, yo ya estoy fuera de juego, o sea que yo puedo sentarme a cenar, hasta tomar un café con Sol, mirá lo que te digo”.
A comienzos de abril, Andrea del Boca volvió a ocupar el centro de la atención cuando Eduardo Carrera le hizo una declaración de amor durante una actividad grupal. El gesto, celebrado por el resto de los participantes, provocó una reacción inesperada: Solange Abraham manifestó su incomodidad ante la actitud de su aliado.
El episodio se desarrolló durante un juego en el que los concursantes debían colocarse carteles con adjetivos seleccionados por sus compañeros. En ese contexto, Eduardo sorprendió al grupo al admitir su preferencia por la protagonista de Perla Negra. Lo que empezó en tono de broma tomó otro rumbo cuando el participante expresó abiertamente sus sentimientos: “La impresión que tuve la primera vez que la vi en la casa fue que la chica que más me gusta de la casa es Andrea del Boca”.
Andrea respondió de inmediato. Con humor y en un clima distendido, imitó el estilo de sus telenovelas: se quitó los broches del cabello y lo despeinó para dar juego a la confesión. “No, no, perdón, no puedo dejar pasar este comentario”, afirmó, divertida, exigiendo una explicación a Eduardo.
La actitud de Eduardo incomodó a Solange Abraham, quien no solo expresó su malestar por la confesión, sino que también cuestionó a Emanuel por su comportamiento durante la dinámica. Tanto Solange, como Eduardo, Emanuel y Cinzia integran el grupo autodenominado “Cuatro Fantásticos” o “F4”. “Estoy muy molesta con Edu y con Emanuel. Realmente estoy muy enojada con estos dos, porque lo único que le interesa a él es hacerse el gracioso y Emanuel, que disfruta que le pongan esas tarjetas porque tiene un ego que ya me tiene cansada”.
Solange fue más allá y puso en duda la coherencia de sus compañeros: “Los dos elogian, además, a quien me atacó hace dos días. ¿En qué quedamos?”, lanzó, en referencia a las recientes discusiones que mantuvo con la figura de Celeste siempre Celeste y Zíngara. Sus palabras expusieron las tensiones internas y la sensación de traición dentro del reality.
En el espacio de streaming del programa, junto a Cinzia, Solange insistió en que la dinámica, pensada para fortalecer la unión y el debate grupal, terminó perjudicando la estrategia común: “Hay un juego que se hace a propósito para que estemos todos juntos y debatamos sobre situaciones de la casa o temas personales, pero solo lo desaprovechan. Al contrario, terminan haciéndose daño. Para mí, aquí hay una ruptura”.
CHIMENTOS
La influencer Geraldine Mayer rompió el silencio tras las gravísimas acusaciones de su hijo Tomás: qué dijo desde Miami

Hace apenas unas horas, Tomás Cataldi expuso con lujo de detalles el infierno que vivió en manos de su madre, Geraldine Mayer, una mujer que se hizo famosa como influencer de moda, mostrando una vida de lujos y supuesta felicidad familiar en la siempre soleada Miami. Según el joven de 20 años, la verdad es otra, muy distinta, y se parece mucho más a una película de terror.
Tomás mostró audios, fotos y videos como prueba para denunciar a Mayer quien, dijo, lo hizo sufrir “toda la vida”. El chico habló de humillaciones, maltratos, abuso psicológico, gritos, golpes y más. Y mientras las reacciones se multiplicaban en redes, en LAM se hicieron eco del tema, donde Pilar Smith contó que pudo hablar por teléfono con Geraldine.
Todo empezó cuando Ángel de Brito se refirió a un extraño tweet de Wanda Nara quien, en viaje a Milán, publicó “Mamá Tomi Cataldi” en relación a una nota sobre el viaje de la China Suárez y Mauro Icardi a Miami. Sin entender a cuenta de qué venía, en el panel mencionaron el truculento caso. “Hoy hablé con la madre, porque yo era amiga de ella cuando éramos chicas. La llamé”, reveló la angelita.
Según Smith, Mayer, que vive en Miami, “está destrozada”. “Está mal, dice que son mentiras, me negó todo, ´más adelante te voy a contar, pero no es así como él lo dice´”, contó que le dijo sobre las declaraciones de Tomás, que incluso mostró videos de los golpes que le propinaban en la casa. “Dice que lo que él dice son mentiras, estaba muy angustiada”, agregó.
LA TERRIBLE DENUNCIA CONTRA GERALDINE MAYER
A pesar de las contundentes pruebas que mostró Tomi en su video de 12 minutos lleno de estremecedores ejemplos de los maltratos a los que dice que fue sometido, la influencer señalada insiste en que el joven no dice la verdad. “Ningún padre violento lo acepta”, señaló entonces Denise Dumas, espantada con el relato.
“Este chico vive con ella en Miami y ahora se vino a Argentina, raro, a estudiar, a vivir con la abuela. Triste, muy triste; vamos a ver cómo sigue esta historia”, cerró Pilar Smith a horas del tremendo video lleno de gritos, imágenes y escenas terroríficas. ¿Y el padre? ¿Qué rol tenía en todo esto? “Mi papá siempre estuvo en la casa pero nunca me defendió en nada. Yo siempre rogándole que por favor haga algo”, dijo él.
Geraldine Mayer, Tomás Cataldi
CHIMENTOS
A 20 años de la muerte de Oscar Moro, el hombre que le puso ritmo al rock argentino

El 19 de junio de 2026, cuando Juanito Moro ocupó el lugar de su padre en la batería de Serú Girán para tocar con David Lebón y Pedro Aznar en el regreso de la mítica banda, la emoción en la sala fue física, palpable. Aznar lo presentó como “parte de la familia” y recordó que de chico andaba en una valijita mientras los músicos ensayaban, antes de que le compraran un moisés. Juanito tocó donde Oscar Moro tocó durante años. Con ese mismo apellido que, como escribió el periodista Claudio Kleiman, es tan pertinente que terminó convirtiéndose en su nombre.
Oscar Moro murió el 11 de julio de 2006 en su casa del barrio de Palermo, a los 58 años, víctima de una úlcera sangrante derivada de los excesos que lo consumieron en los últimos años de su vida. Había sido el baterista de Los Gatos, Color Humano, La Máquina de Hacer Pájaros, Serú Girán y Riff, las bandas que construyeron el rock argentino de las décadas del 60, 70 y 80. Alguna vez, al recibir una mala nota de un crítico de rock como guitarrista, Keith Richards pidió: “Denme un jurado de mis pares”. Los pares de Moro, los músicos, nunca dudaron de su enorme estatura como instrumentista. Por eso, cada 11 de julio, en su honor, se conmemora en Argentina el Día del Baterista.
Moro nació en Rosario el 24 de enero de 1948. Su padre era representante de Vermouth Cinzano; su madre, ama de casa. Una familia de clase media alta que con el tiempo fue a menos. “Mi viejo era un atorrante y le empezó a ir mal. Tuvo que vender todo lo que teníamos. Quedamos en la lona”, contó en una entrevista al periodista Víctor Pintos. Moro tenía ocho años cuando su padre lo mandaba a insultar en la puerta de la casa del hombre que lo había arruinado. “Era muy feo para mí”, recordó. Sus padres tampoco sostuvieron su vocación por la música. “No querían que me dedicara a eso y no creían en mí”, dijo. Cuando encontró el camino, los ayudó económicamente.
La música fue su salida desde antes de tener palabras para explicarla. A los cuatro años golpeaba las cacerolas de su madre con palitos de plumero, imitando el redoble de los tambores de los granaderos en los desfiles frente al Monumento a la Bandera. Hizo la escuela primaria en la escuela Domingo Faustino Sarmiento. A los 13 años conoció a Cayetano “Kay” Galiffi, guitarrista con quien formaría Los Vampiros y luego Los Halcones. Moro practicaba en ollas de cocina porque no tenía batería. Galiffi, desde su exilio brasileño, lo recordó así: “Vivía batucando en ollas de cocina ya que no tenía batería. Mientras yo tocaba la guitarra criolla, él tocaba las ollas”.

A los 17 años decidió dejar el trabajo en la florería de su tío y probar suerte en Buenos Aires con una banda llamada Los Malditos. La despedida en la estación de trenes de Rosario fue, según sus propias palabras, “terrible”: él, su padre y su madre, los tres llorando. Moro se subió a la formación con su bolsito y una batería uruguaya de parches de cuero, con un platillo y un hit-hat.
A comienzos de 1967, Nebbia vio ensayar a Moro y a Galiffi. Los Gatos Salvajes —la banda que Nebbia y Ciro Fogliatta habían tenido en Buenos Aires— se había disuelto, pero Nebbia los invitó a los dos a sumarse a algo nuevo. Moro no dudó.

El epicentro de todo era La Cueva, el famoso sótano de la avenida Pueyrredón. En marzo de 1967 quedó formada la alineación de Los Gatos: Galiffi en guitarra, Nebbia en voces y armónica, Fogliatta en teclados, Alfredo Toth en bajo y Moro en batería. Los primeros meses fueron de una precariedad extrema. Seis personas en una habitación del hotel Impala, en Libertad y Arenales. Cuando salían de La Cueva a la madrugada, iban a amanecer en plazas o en la pizzería La Perla del Once, donde Nebbia y Tanguito compusieron “La Balsa” en el otoño de 1967. Galiffi recordó que la policía solía confundirlos con vagabundos por el pelo largo. “Nuestro dinero o alcanzaba para pagar el hotel o la comida. Lo que nos salvaba era que la pizza era barata”.
La grabación de “La Balsa” estuvo rodeada de caos desde el primer minuto. Moro llegó con toda la batería al lugar equivocado —confundió la dirección de los estudios de TNT, sobre avenida Santa Fe— y el primer día de sesión se perdió. Al día siguiente entraron al estudio “mal vestidos, todo mal, porque no teníamos ni un peso”. La toma que quedó registrada era una prueba, pero la compañía la editó tal cual. El sencillo, lanzado el 3 de julio de 1967, se convirtió en el primer gran hit del rock en castellano: 250.000 copias vendidas, el tema del verano 1967/1968. Mientras sonaba en la radio, ellos seguían sin poder moverse del hotel. “Escuchábamos en la radio los temas nuestros y nosotros estábamos muertos de hambre todavía en la cama”, recordó Moro.

Para ver su primera aparición en televisión tuvieron que pararse en la vereda bajo la lluvia y pedirle al dueño de un negocio de electrodomésticos que pusiera el televisor del escaparate en el canal correcto. Lo vieron desde la calle, con paraguas. En esa época, Moro tenía un único traje, marrón, tan rígido por el uso que sus compañeros lo apodaron “el hombre del traje de madera”. Lo usaba para todo: para tocar, para los ensayos, para la vida diaria. Cuando Moris le prestó uno para una presentación ante la prensa, el pantalón le quedaba corto y las mangas del saco no le llegaban a las muñecas. Se le rajó durante el show.
Los éxitos se acumularon: “Viento dile a la lluvia”, “El rey lloró”, “Seremos amigos”. El grupo llegó a hacer entre cinco y seis presentaciones por noche en los carnavales. Grabaron en Brasil para el Festival Internacional de la Canción Popular Brasileña —donde fueron eliminados en el tercer día porque su propuesta no encajaba en el formato del concurso— y completaron el disco Seremos amigos entre Río de Janeiro, San Pablo y Buenos Aires.

En 1969, con Los Gatos disueltos y 21 años encima, Moro embarcó hacia Nueva York junto a Toth y Fogliatta en barco. El viaje duró un mes. Nebbia se quedó en Argentina para afilar su carrera solista.
Vivieron en el Greenwich Village, canjearon trabajo en una librería del barrio por alojamiento en un altillo y salieron cada noche a ver música. Moro vio, entre otros, a Jimi Hendrix, Frank Zappa, Muddy Waters, Albert King y Procol Harum. En agosto de 1969 se realizó el Festival de Woodstock. Fogliatta, el mayor del grupo y el más prudente, se negó a ir. “No, a ver si nos pasa algo”, dijo. Moro no se lo perdonó. “Nos quedamos en Nueva York esos días y en el Greenwich Village no había nadie. A los dos meses se estrenó la película y la fuimos a ver. Cuando salí le dije a Ciro: ¡sos un pelotudo!”, contó años después entre risas.
De Nueva York volvió con algo más que recuerdos: trajo la primera batería Ludwig de doble bombo que se escuchó sobre un escenario argentino. El instrumento transformó su manera de tocar y, según Kleiman, marcó “de manera muy natural la transición entre el beat y el rock progresivo”. En Ezeiza los esperaban Nebbia, Norberto “Pappo” Napolitano y el músico y mánager Billy Bond, con ganas de rearmar Los Gatos. Galiffi se había quedado en Brasil, enamorado, y no volvería. Pappo entró como guitarrista.
La nueva formación ensayó quince días y se presentó el 28 de noviembre de 1969. Los dos discos que siguieron —Beat N°1 (1969) y Rock de la mujer perdida (1970)— son de los más valorados del rock argentino. En “Invasión”, un instrumental psicodélico de más de siete minutos que Moro compuso, quedó plasmada su madurez como baterista. Cuando Los Gatos se disolvieron definitivamente en 1970, Moro quedó sin trabajo. Para sobrevivir consiguió empleo como chofer de colectivos de transporte escolar para niños con discapacidad.

En 1972, Nebbia lo convocó para el grupo Huinca. Poco después llegó la invitación de Edelmiro Molinari, ex guitarrista de Almendra, para reemplazar a David Lebón en Color Humano. Molinari recordó que admiraba tanto a Moro que al principio no se animaba a llamarlo. “En esa época era como un sí o un no en un casamiento”, escribió. Cuando finalmente lo hizo, Moro aceptó. Color Humano era un trío experimental, con arreglos complejos que encontraron en Moro una química inmediata. “Me gustaba ensayar porque yo era enemigo de tocar boludeces, y eso era exigente. Con Edelmiro aprendí muchísimo”, recordó el baterista.
El bajista Rinaldo Raffanelli describió el efecto que Moro produjo en la banda: “Con su llegada se consolidó el trío y empezamos a sonar como una orquesta del futuro de Saturno. Era tremendamente poderoso en sus golpes de bombo y tambor. Sentía que antes del show entraba en una especie de trance donde sus brazos y su música fluían libremente con la fuerza de un toro”. El doble álbum Color Humano II y III (1973, concebido como tal, pero editado por separado por los costos de producción), con el largo tema sinfónico “La sangre del sol”, es uno de los registros más valorados de esa era del rock argentino. Color Humano se disolvió en 1974, cuando Molinari emigró a California.

Moro pasó por La banda de caballos cansados, de León Gieco y sesionó para el proyecto colectivo Porsuigieco antes de recibir la llamada de Charly García. Tras la disolución de Sui Generis, García armó La Máquina de Hacer Pájaros, un experimento de rock progresivo con Gustavo Bazterrica en guitarra, Carlos Cutaia en órgano Hammond y José Luis Fernández en bajo. Moro completó la formación y firmó dos discos con el grupo: La Máquina de Hacer Pájaros (1976) y Películas (1977).
García describió años después, cuando contaba cómo funcionaba la base de Serú Girán, el mecanismo rítmico de la banda: “Moro tenía una manera muy particular de lograr el backbeat. Entre él y Pedro Aznar tocaban una maraña de notas que se definía por la confección de la canción y el pulso rítmico de la guitarra y el piano”. El periodista Alfredo Roso, fundador de Expreso Imaginario, recordó los shows en vivo de La Máquina como “una música sofisticada y rica”, con García y Cutaia “dibujando arabescos en los teclados” y Moro sosteniendo todo desde atrás de parches y platillos.

Cuando La Máquina se disolvió, García convocó a Moro para su siguiente proyecto. Serú Girán —integrado por García, Lebón, Pedro Aznar y Moro— debutó en 1978 y se convirtió en la primera superbanda de la historia del rock argentino. Kleiman lo sintetizó con precisión: “Moro había sido tan eficaz en su paso por La Máquina que fue el único sobreviviente de esa banda en la siguiente aventura de García”.

La presentación oficial en el estadio Obras fue un fracaso. La prensa no entendió la propuesta y el público tampoco. El segundo álbum, La grasa de las capitales (1979), fue el punto de inflexión: las canciones más directas y las letras de crítica social catapultaron al grupo. Bicicleta (1980) consolidó el despegue. Ese año Serú se presentó en el Festival de Jazz de Río de Janeiro y el 30 de diciembre reunió a más de 60.000 personas en un recital gratuito en La Rural, el primero en que una banda argentina convocó esa cantidad de público. Peperina (1981) reafirmó la posición del grupo.
Durante esos años, Moro fue elegido sistemáticamente como el mejor baterista del rock argentino en las encuestas anuales de la revista Pelo. Pero nunca perdió la humildad. En una entrevista con esa misma publicación en diciembre de 1980 dijo: “A mí me eligieron porque soy el más popular. Hay muchos mejores que yo”. Y agregó algo que decía en serio: “Ojalá surgieran otras bandas que nos hicieran una competencia leal. Serú Girán está como un poco distante de todos los demás, eso no puede ser”.
Serú Girán se separó en 1982 cuando Aznar decidió unirse al Pat Metheny Group.

Tras la separación de Serú, todos sus integrantes hicieron su disco solista. En una entrevista para la revista Cantarock, Moro recordó entre risas que, cuando se lo propusieron, dijo “¿Qué iba a hacer en un disco solista? ¿Un solo de batería en un lado y ponerme a bailar sobre el otro?”. Entonces, le ofreció al bajista uruguayo Beto Satragni, ex Spinetta Jade, formar un dúo. Así nació Moro-Satragni, un discazo producido con colaboraciones autorales de García, Luis Alberto Spinetta, Lebón y Lito Epumer en el que tocó un jovencísimo Ricardo Mollo. Grabó también con Celeste Carballo, Fabiana Cantilo y la banda de Alejandro Lerner.
En 1985 se sumó a Riff para grabar Riff VII junto a Pappo, Vitico y el entonces desconocido JAF. Los ocho meses con esa formación fueron, según su hijo Juan Santiago Moro, “uno de los momentos más felices de su vida”. “Con Pappo se llevaban muy bien desde la época de Los Gatos”, recordó Juanito. Las presentaciones en el estadio Obras y en Paladium quedaron parcialmente registradas en el disco en vivo Riff ‘n’ Roll (1986).

El regreso de Serú Girán en 1992 llenó dos noches el estadio de River Plate con más de 50.000 personas cada una y vendió más de 200.000 copias del disco Serú ’92, pero Moro se sintió perjudicado económicamente: alguna vez reconoció que ganó más dinero con Los Gatos que con Serú. “Nos cagaron los buitres. Cuando nos ofrecieron ir a porcentaje le dije a Charly: pidamos un fijo, no se puede controlar todo. Fuimos a porcentaje, y pasó lo que pasó”, recordó. El libro Entre lujurias y represión (Sudamericana, 2019), de Mariano del Mazo, recoge una escena del final del segundo show en River: García tiró la batería al piso en un arrebato. Moro lo corrió por el escenario a oscuras diciéndole “te voy a matar, hijo de puta”. Cuando encendieron las luces, los cuatro integrantes estaban abrazados saludando al público. Nadie advirtió nada.

Moro llevaba 28 años con su mujer, Regina, cuando dio la entrevista a Pintos, y la describió con una mezcla de amor y lucidez poco frecuente: “Nos queremos, nos peleamos. Es una relación total. Somos socios y enemigos. Más allá del amor, una gran pareja en la lucha”. Y agregó: “Yo también la banqué cuando ella estuvo mal”. Regina fue su gran soporte en los tiempos difíciles. De esa unión nació Juanito, también baterista, a quien Moro enseñó a tocar antes de mandarlo a estudiar con Daniel Colombres.
Moro se describía a sí mismo como frágil. “Soy muy ‘atravesable’”, le dijo a Pintos. Le hacían daño, mencionó en esa entrevista, los excombatientes de Malvinas abandonados por el Estado, los pibes que se suicidaban. Atribuía esa sensibilidad a una infancia solitaria, a la distancia con sus padres, a haber sido hijo único. La bohemia que había empezado en La Cueva continuó durante décadas, en los bares de Manhattan en 1969, en los de Londres en 1971, en las madrugadas eternas del Roxy de Congreso y el Samovar de Rasputín de La Boca en los años 90. El alcohol fue cerrando el círculo.

Su último proyecto musical se llamó Revólver, junto a Sergio Nasif, producidos hacia 2002 por su ex compañero de Los Gatos, Alfredo Toth, y Pablo Guyot. En el invierno de 2006, sus 58 años ya parecían varios más. Hacía un año y medio que no tocaba. Que no estaba en condiciones para hacerlo. Murió el 11 de julio de ese año, en su casa de la esquina de Serrano y Cabrera. Una úlcera sangrante, consecuencia del alcoholismo que lo había ido apagando en silencio, fue la causa de su partida.
Veinte años después, su hijo ocupó su lugar en la batería, casi al final del concierto que marcó el regreso de Serú Girán. Pedro Aznar y David Lebón lo presentaron con ternura y con orgullo. Contaron cuando Moro, mientras ensayaban en los primeros tiempos de la banda, lo acunaba dentro de una valija, porque aún no había plata para un moisés. Juanito tocó “Cuánto tiempo más llevará” y “No llores por mí, Argentina”, y el estadio entero se puso de pie. Una fotografía de Oscar Moro llenó la pantalla del Movistar Arena. Fue la imagen más poderosa de la noche: la historia de Serú Girán latiendo con sangre nueva, en manos de alguien que la lleva en el apellido.
serú girán
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