CHIMENTOS
Mati Napp se anima a mostrar su lado más visceral: “Animal”, la experiencia inmersiva con la que debuta como director

Hay momentos en una carrera en los que ya no alcanza con hacer lo que uno sabe hacer. Después de casi dos décadas de trabajar detrás y delante de escena, de construir coreografías para algunos de los artistas más importantes de la música argentina, de formar bailarines, de pasar por la televisión y de convertirse en una figura reconocida dentro de la danza, Mati Napp sintió que había llegado el momento de correrse de un lugar conocido y animarse a contar algo propio.
De esa necesidad nació Animal, la nueva propuesta teatral que marca su debut como director y creador integral de un espectáculo. La obra se estrena el 14 de agosto en Dumont 4040 y propone algo más que una función convencional: una experiencia inmersiva en la que el público deja de ocupar el tradicional lugar de espectador para convertirse, de alguna manera, en parte de aquello que está sucediendo.
Hay música en vivo, actuaciones, baile, plataformas móviles y un recorrido escénico que busca romper la distancia entre quienes están arriba y quienes están mirando. Pero detrás de esa puesta hay, sobre todo, una pregunta que atraviesa todo el espectáculo: ¿qué pasa con ese instinto animal que todos llevamos adentro cuando dejamos de lado las reglas, las apariencias y aquello que aprendimos que deberíamos ser?
“Animal surge con la necesidad de mostrar algo propio, de crear algo propio, de animarme a ir un poco más allá de lo que venía haciendo”, cuenta Napp en diálogo exclusivo con Teleshow. Y en esa frase aparece quizás la verdadera razón de ser de este proyecto.
La historia de Matías Napp, de 38 años, no empezó en los grandes escenarios ni rodeado de estrellas. Empezó mucho más cerca, en el gimnasio de su familia, en Bajo Belgrano, donde hace casi 20 años comenzó a dar sus primeras clases de hip hop. Era apenas el comienzo de un largo camino.
A fuerza de formación, trabajo y muchas horas de ensayo, fue ampliando sus horizontes. Viajó a Nueva York para estudiar en el mítico Broadway Dance Center y también se perfeccionó en Los Ángeles, en los estudios Movement Life y Millenium. Y cada aprendizaje terminó sumándose a una carrera que fue creciendo sin pausa, primero detrás de escena y, poco a poco, también frente a las cámaras.

Su recorrido atravesó algunos de los fenómenos televisivos y musicales más recordados de las últimas décadas. Fue bailarín en Casi Ángeles, Patito Feo, High School Musical, Recreo en vos, Susana Giménez y ShowMatch, además de formar parte de la película High School Musical. Pero Napp no tardaría en demostrar que su talento iba mucho más allá de la interpretación: también comenzó a construir su nombre como coreógrafo en proyectos de las más variadas plataformas.
Sin embargo, hubo un lugar que terminó de convertirlo en una figura reconocible para el gran público: ShowMatch. Allí, como coach de Bailando por un sueño, vivió una de las etapas más importantes de su carrera. En 2015 llegó la consagración, cuando se convirtió en ganador del certamen, mientras que en otras cuatro oportunidades alcanzó la instancia final.
Y mientras su nombre aparecía cada vez más asociado a grandes producciones y artistas, por debajo de esa carrera que no paraba de crecer comenzaba a aparecer otra necesidad. Una inquietud más personal, más íntima, que durante años había permanecido esperando su momento: la necesidad de dejar de crear solamente para otros y animarse, finalmente, a contar algo propio.
“Siempre hubo en mí una inquietud por querer contar algo desde otro lugar”, explicó. Animal aparece entonces como una especie de puerta que finalmente decidió abrir. “Es una parte mía que artísticamente nunca mostré y que aparece por primera vez en este proyecto. La gente conoce mucho de mí como coreógrafo, como docente, como bailarín, incluso conoce una determinada energía o una manera mía de crear, pero hay un universo más oscuro, más visceral, más crudo y también más sensible que nunca había mostrado”, reconoció.
Y ahí está una de las claves de la obra. Porque Animal no pretende mostrar solamente al coreógrafo que conoce el público. También intenta revelar al artista que durante años estuvo detrás de esa figura.
“Animal me está permitiendo mostrar esa parte. Crear Animal también fue permitirme a mí sacar un poco eso, sacar una parte mía que durante mucho tiempo tal vez tenía escondida o no había mostrado”, confiesa.

La decisión de convertir la propuesta en una experiencia inmersiva tampoco fue casual. No quería que el público simplemente tuviera un rol pasivo. Quería incomodarlo un poco. Acercarlo. Hacerlo sentir observado. Incluso interpelado.
“No quería que el público simplemente se sentara a mirar. Quería que estuviera adentro, que sintiera que las cosas suceden de cerca, que por momentos se sintiera observado, interpelado o parte de todo lo que está pasando”, explicó.
La transformación de coreógrafo a director implicó, claro, enfrentarse a un territorio nuevo. Tener una idea en la cabeza es una cosa. Conseguir que esa idea exista sobre un escenario es otra muy distinta.
“Uno de los desafíos más grandes fue entender que dirigir no es solamente tener una idea clara en mi cabeza, sino encontrar la manera de llevarla a la práctica y lograr que eso que me imaginé durante tanto tiempo aparezca en escena”, destacó.
Y en esa construcción aparece una palabra que Napp repite varias veces: equipo. Porque Animal no es solamente una creación individual. Es un universo que necesita de múltiples disciplinas y artistas capaces de hacer crecer una idea inicial. La dramaturgia está a cargo de Mariela Asensio, mientras que Napp trabaja sobre la música, el movimiento, el espacio, la iluminación y el vestuario.
“Mi desafío como director es poder encontrar qué tiene especial cada uno, sacar lo mejor de ellos y ponerlo al servicio del espectáculo”, sostuvo.

La elección del elenco fue, justamente, uno de los procesos más complejos. Cuando comenzó a escribir la obra, ya tenía a alguien en mente para el protagonista: Alan Madanes. Lo conocía como actor y, mientras imaginaba las distintas escenas, también imaginaba su interpretación.
“Cuando escribía cada escena me imaginaba a Alan actuando, interpretando, contando, haciendo que Animal tenga verdad”, contó. “Un lujo tenerlo y estoy súper agradecido de que haya aceptado la propuesta”.
Pero la búsqueda de los bailarines tuvo otra lógica. Napp no necesitaba solamente bailarines técnicamente impecables. Necesitaba intérpretes. Personas capaces de actuar, improvisar, exponerse, conectarse con el público y, sobre todo, tener una identidad propia.
“No quería seis personas que se movieran igual ni que respondieran al mismo estereotipo del bailarín. Quería seis universos muy distintos”, explicó.
Por eso, durante las audiciones, intentó mirar más allá de quién podía ejecutar mejor una coreografía. Le interesaba qué sucedía cuando el bailarín dejaba de intentar demostrar que sabía bailar.
“Me interesaba qué me pasaba cuando esa persona entraba al espacio, qué tenía para contar, cómo reaccionaba ante alguna consigna y qué aparecía cuando también dejaba de intentar hacer todo bien”, relata.

La frase encaja perfectamente con el espíritu de Animal. Porque la obra, justamente, habla de aquello que aparece cuando se pierde el control. Y quizás también por eso este proyecto represente tanto para el ahora director.
Su presente profesional sigue estando profundamente ligado al mundo de la música y de la danza. Continúa trabajando como coreógrafo de artistas como Emilia, Cazzu y Duki, pero asegura que no siente que una faceta esté reemplazando a la otra.
“No es que estoy dejando de ser coreógrafo para convertirme en director, sino que estoy ampliando mi manera de crear”, resumió. La diferencia, explica, está en la dimensión de lo que debe construir.
Cuando trabaja como coreógrafo, su tarea puede estar concentrada en una performance, una canción o un determinado momento escénico. Con Animal, en cambio, debe pensar en todo el universo.
“Ahora tengo que pensar en qué quiero contar, qué le pasa al espectador, cómo convive en cada escena, cada movimiento, trabajar en la actuación, en el texto, en la música, en las luces, en cada decisión que va a formar parte de toda la experiencia”.
Después de tantos años construyendo escenas para otros, ahora Napp tiene la posibilidad de construir una escena que habla de él. Y quizás por eso también espera que el impacto de Animal no pase únicamente por lo espectacular.

Sabe que buena parte del público llegará con una idea previa sobre lo que puede encontrar. Después de todo, su nombre está asociado a la danza, al pop, a grandes producciones, a la televisión y a artistas masivos.
Pero justamente quiere romper esa expectativa: “Mucha gente puede llegar a Animal esperando encontrarse con algo determinado por conocer mis otros trabajos y creo que se va a encontrar con algo bastante diferente”, anticipó.
La diferencia no estará solamente en el formato inmersivo. También en el universo que propone: “Es un universo bastante distinto a lo que generalmente se conoce de mí o de los proyectos en los que he participado”, aseguró.
Y lejos de preocuparlo, esa posibilidad lo entusiasma: “Me entusiasma mucho que alguien pueda entrar con una expectativa y que, de alguna manera, Animal se la rompa o lo lleve para otro lugar”.
Porque si hay algo que Napp espera provocar es conversación. Que el espectador no salga simplemente pensando si le gustó o no le gustó una coreografía. Que algo le quede dando vueltas.
“Me encantaría que las personas, más allá de que les guste lo artístico, salgan del espectáculo con alguna pregunta, con una sensación, incluso con ganas de hablar sobre lo que vivieron”, dice. “Siento que eso va a ser para mí el impacto más importante”.

En medio de esta nueva etapa, hay recuerdos que inevitablemente regresan. Uno de ellos tiene nombre propio: Lali Espósito. Napp la conoció cuando ambos formaban parte de Casi Ángeles. Tiempo después, cuando la artista comenzó su carrera como solista, volvió a confiar en él para integrar su equipo de bailarines.
“Tengo muy lindos recuerdos y sobre todo muchísimo agradecimiento”, contó. Para aquel joven bailarín que todavía estaba construyendo su camino, formar parte de ese proyecto significó mucho más que un trabajo.
Tras ello, rememoró: “Cuando se lanzó como solista me tuvo en cuenta para formar parte de su equipo de bailarines y para mí en ese momento fue algo súper importante”.
Con los años, además, el vínculo profesional cambió de lugar. Napp también tuvo la posibilidad de darle clases y acompañarla desde otra perspectiva.
Y habla de ella con un cariño que excede la nostalgia: “Es una persona que admiro muchísimo, tanto como artista como persona. Aprendí mucho estando al lado de ella, viendo cómo trabajaba, su compromiso, su manera de encarar las cosas y todo lo que fue construyendo”.
Hay algo que, según cuenta, sigue valorando especialmente: cada vez que se cruzan, Lali tiene palabras de afecto y reconocimiento hacia su trabajo: “Siempre sentí de su parte mucho cariño, respeto y una hermosa energía”.

Por eso, mientras observa desde lejos todo lo que la cantante consiguió —sus grandes escenarios, sus shows multitudinarios, su crecimiento y el vínculo que construyó con el público—, Napp celebra ese presente como alguien que también fue testigo de los primeros pasos.
“Me pone muy feliz verla viviendo todo lo que está viviendo, su crecimiento en los River, todo lo que logró, cómo la gente la ama”, dijo, y enseguida agrega que se lo ha dicho personalmente: “Cada vez que la cruzo le digo lo mismo: que me encanta todo lo que le está pasando y que me pone muy feliz por ella”.
Hay carreras que se construyen a fuerza de oportunidades. Otras, de talento. Y hay algunas que necesitan además de paciencia, aprendizaje y la capacidad de entender cuándo llegó el momento de cambiar de lugar.
La de Mati Napp tiene un poco de todo eso.
Empezó dando clases de hip hop en el gimnasio de su familia, pasó por la televisión, los videoclips, el cine y los grandes escenarios, se convirtió en coach ganador de Bailando por un sueño, formó a nuevas generaciones y trabajó junto a algunas de las artistas más importantes de la escena argentina.
En 2023 fue declarado Personalidad Destacada en el ámbito de la Cultura, reconocimiento que coronó una trayectoria que ya llevaba años creciendo.
Ahora, casi dos décadas después de aquellos primeros pasos, decidió hacer algo mucho más íntimo: dejar de contar las historias de otros para animarse a contar una propia.
Animal es, en ese sentido, mucho más que un espectáculo, es el resultado de una búsqueda. La posibilidad de que el coreógrafo se convierta en autor, de que el bailarín se anime a dirigir, de que quien durante años estuvo construyendo movimientos para otros finalmente ponga su propio cuerpo —artístico, emocional y creativo— en el centro de la escena.
Y de que, por una vez, también sea él quien se anime a soltar aquello que durante tanto tiempo mantuvo bajo control. El instinto, la oscuridad, la sensibilidad, lo visceral. Ese lugar que todos conocemos, aunque muchas veces prefiramos esconder. Ese lugar donde empieza Animal.
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CHIMENTOS
El drama que vivió Jenny Williams cuando un mal diagnóstico le impidió moverse por dos años: “Pensé que nunca iba a salir”

La operación en los pies que debía ser el comienzo de una recuperación de apenas seis semanas terminó convirtiéndose en una pesadilla de dos años. Para Jenny Williams, aquella intervención que en principio parecía sencilla derivó en dolor crónico, inmovilidad, angustia y una pregunta que durante mucho tiempo la acompañó como una sombra: si alguna vez volvería a caminar sin dolor, a bailar, a ponerse un par de zapatos que no fueran ortopédicos o, simplemente, a sentirse dueña de su propio cuerpo.
Hoy, a los 40 años, la actriz mira hacia atrás y reconoce que atravesar aquel período límite también la transformó. El pilates apareció casi por casualidad, se convirtió en una herramienta fundamental para recuperar la fuerza y terminó abriendo una nueva pasión profesional. Y, mientras reconstruía su vínculo con el movimiento, también comenzó a reconstruir su carrera artística.
Después de años de vivir entre México y Argentina, de cantar en bares y en un hotel de lujo en el Caribe, volvió a instalarse en el país y encontró nuevamente aquello que había marcado su vida desde chica: un escenario.
Su presente tiene algo de renacimiento. Hoy protagoniza La bomba, una comedia de Juan Paya dirigida por Gabi Villalba, junto a Paco Massarini, en el Teatro El Grito. El proyecto nació de una conversación entre dos amigos, creció sin grandes obstáculos y terminó transformándose en una experiencia que la propia actriz define como mágica: funciones a sala llena, espectadores que quedan afuera y la sensación de haber encontrado, después de un largo recorrido, el lugar exacto en el que quería volver a estar.
Pero para entender la dimensión de este regreso hay que retroceder varios años. Jenny debutó como modelo a los 17, después de una década de formación que incluyó cursos de acrobacia, baile y música. La actuación llegó primero con pequeñas participaciones en Casi ángeles y Floricienta, mientras también se convertía en rostro de comerciales para distintos países de Latinoamérica y Estados Unidos. El gran salto llegó con Atracción x4, donde interpretó a Paula Lacalle, la villana principal de la tira juvenil. Después vendrían Malparida, la miniserie italiana Terra ribelle, Historias de la primera vez, la película Cruzadas, Graduados —por la que recibió una nominación a los premios Martín Fierro como revelación—, Sos mi hombre y el videoclip de “Por mil noches”, de Airbag.
En 2015 volvió a explorar el teatro musical con La niña, el diablo y el molino, escrita y dirigida por el francés Olivier Py, presentada en el Centro Cultural Recoleta y el Centro Cultural San Martín. Más adelante participó de El mal menor y, en 2023, participó de la miniserie Madame Requin, protagonizada por Flavia Palmiero. Sin embargo, en medio de ese crecimiento profesional ocurrió algo inesperado: las propuestas laborales comenzaron a escasear.
“Mi carrera tuvo como un bache en donde frenó bastante todo y fue muy frustrante para mí”, recuerda. Aquello que durante años había sido una sucesión vertiginosa de trabajos se detuvo de repente. Y Williams decidió hacer algo que cambiaría su vida: irse.
A los 30 años se mudó a México. Primero intentó instalarse en Ciudad de México, donde trabajó como actriz, pero la ciudad no terminó de conquistarla. Un viaje a Tulum que inicialmente iba a durar una semana terminó extendiéndose a 15 días, después un mes, dos meses y, finalmente, a una nueva vida. Alquiló un departamento, comenzó a trabajar y descubrió una versión de sí misma que hasta entonces había permanecido en segundo plano: Jenny, la cantante.

“Fui residente de un hotel”, cuenta sobre aquella etapa. Allí pudo cantar con su propia banda, frente al mar, en la playa. “Tuve la experiencia de poder cantar con mi banda propia en la orilla del mar. Esas cosas que decís: ‘No, esto es un sueño’”. Y lo era. Durante años había fantaseado con esa posibilidad de abandonar todo y marcharse al Caribe. Finalmente, lo hizo.
Pero el destino volvería a ponerla frente a un desafío inesperado. Después de un período entre Tulum y la Argentina, comenzaron los problemas en sus pies.
Williams explica que en aquel momento hacía muchísimo ejercicio y bailaba intensamente, eso sumado a un problema congénito además de una mala mecánica al pisar, lo que le provocó que se gastara el cartílago.
Lo que inicialmente parecía una sobrecarga física podía, según su relato, haberse tratado con descanso u otras alternativas. Sin embargo, terminó recurriendo a un profesional que, de acuerdo con las posteriores interconsultas que realizó con otros médicos, indicó un tratamiento quirúrgico que ellos consideraron que no correspondía a su condición.

“Fue una operación que no era necesaria tener”, afirma sobre la compleja cirugía bilateral de pies que debió atravesar. Lo que supuestamente iba a demandar seis semanas de recuperación se transformó en años de dolor. “Se convirtió en una tortura de dos años”, describe.
La dimensión de aquella experiencia no estuvo solamente en la imposibilidad de moverse. El dolor crónico empezó a ocuparlo todo. No encontraba una posición cómoda ni acostada, ni sentada, ni parada. El único momento en que podía dejar de percibirlo era mientras dormía.
“Literalmente, caminar era una tortura”, cuenta. Podía hacerlo desde el punto de vista mecánico, pero el dolor era constante. Y esa sensación terminó afectando cada aspecto de su vida: los planes con amigos, los viajes, las actividades cotidianas, el ánimo y hasta la posibilidad de imaginar un futuro diferente.
Durante aquel período, llegó a pensar que nunca recuperaría su movilidad. Temía no volver a caminar normalmente, no volver a bailar —una de sus grandes pasiones— y quedar condenada a convivir con el dolor.

“En ese momento la sensación era que nunca iba a salir de ahí”, confiesa. “Que no iba a poder moverme, que no iba a poder caminar, que no iba a poder recuperar mi movilidad, poder volver a bailar”.
El dolor físico también comenzó a modificar su relación con el mundo. “Te toma por completo”, explica. “Estás todo el tiempo pensando en eso. Todo lo que hacés está teñido de dolor”. La imposibilidad de caminar algunas cuadras podía convertirse en una barrera para encontrarse con amigos, viajar o simplemente salir de su casa.
Fue entonces cuando apareció el pilates. Y, curiosamente, llegó a través de un libro: La biblioteca de medianoche. Mientras leía aquella ficción descubrió una referencia a una protagonista que se sentía fuerte a partir de las horas de pilates que practicaba. Williams decidió probar.
Tenía, además, un prejuicio que comparte mucha gente: pensar que el pilates era una actividad suave, asociada apenas al estiramiento. La experiencia le demostró lo contrario: “Fue amor a primera vista”, recuerda.

El reformer se convirtió en una herramienta decisiva. El trabajo de fuerza sobre los pies le permitió comenzar a recuperar musculatura de manera progresiva. Primero fueron pequeños avances. Después aparecieron períodos en los que podía pasar una hora sin pensar en el dolor. Esa hora se convirtió en dos; las dos, en tres.
Y un día llegó un gesto que para cualquier otra persona podría parecer mínimo, pero que para ella representó la dimensión de todo el camino recorrido: volvió a usar zapatos que no eran ortopédicos. Y, más recientemente, incluso pudo ponerse algo de taco: “Yo no lo puedo creer”, dice.
La recuperación física también se convirtió en una transformación emocional. Williams descubrió una fortaleza que, hasta entonces, no sabía que tenía.
“Aprendí de mí misma que yo no me rindo, que no bajo los brazos, que soy mucho más fuerte de lo que me imaginaba y que yo me saqué adelante”, reflexiona.

De esa experiencia nació también una nueva vocación. El pilates dejó de ser únicamente una herramienta para recuperar su cuerpo y pasó a convertirse en una profesión. Hoy tiene su propio estudio, Moon, y busca acompañar a otras personas desde el movimiento.
“El ejercicio físico es un acto de amor propio”, sostiene. Su objetivo es poder ayudar a otros a sentirse mejor y transformar aquella experiencia dolorosa en algo que también pueda dejar una huella positiva.
En paralelo, comenzó a sentir que era momento de regresar. Después de aproximadamente una década entre México y Argentina, el país empezó a pesar de otra manera. La familia, los amigos, las costumbres, las tradiciones y esa sensación difícil de explicar que aparece cuando uno está lejos de casa: “Después de diez años, el corazón tira, la sangre tira, el país tira”, define.
En octubre del año pasado volvió definitivamente a la Argentina. Todavía mantenía su estudio en Tulum y continúa viajando, pero decidió hacer base nuevamente en el país. La decisión también tenía una razón profesional: entendió que si quería reactivar su carrera como actriz, necesitaba estar donde sucedían las cosas: “Es imposible reactivar mi carrera como actriz si yo no estaba acá”, explica.

Y la respuesta llegó más rápido de lo que imaginaba. En diciembre comenzó a tomar forma la posibilidad de hacer La bomba. En marzo empezaron los ensayos. Y finalmente llegó el estreno.
La propuesta había surgido de Paco Massarini, su mejor amigo y compañero de escena. Él le planteó el año pasado que tenían que hacer algo juntos. Empezaron a buscar textos a través de amigos actores y, cuando apareció La bomba, de Juan Paya, Williams sintió inmediatamente que habían encontrado la obra.
El texto la conquistó desde la primera lectura. “Es un obrón, está tan bien escrita, te juro que te morís de risa solo de leerla”, cuenta.
Se contactaron con Paya, obtuvieron los derechos y el propio autor les recomendó a Gabi Villalba, director de una puesta anterior de la obra. Así, el proyecto empezó a avanzar con una fluidez que Williams destaca especialmente.

“No hubo en ningún momento una traba”, dice. El teatro El Grito, perteneciente a la familia Berthold, también abrió sus puertas y todo comenzó a encadenarse hasta llegar al estreno.
La respuesta del público superó sus expectativas. “Estamos a sala llena cada función, gente que se queda afuera”, cuenta sorprendida. Y detrás de esa alegría hay algo más profundo: la sensación de haber vuelto a un lugar que siempre había sentido propio.
“Estoy donde quiero estar”, afirma, aunque inmediatamente aclara que todavía sueña con crecer, llevar la obra a la calle Corrientes y ampliar la exposición a partir de la repercusión que están teniendo.
La bomba es una comedia de aproximadamente 50 minutos, rápida, absurda y con un final inesperado que Williams prefiere no revelar. La experiencia del público, cuenta, tiene algo de desconcierto inicial y luego una revelación. “Es como que vi dos obras totalmente distintas en una misma obra”, explica al describir lo que le dicen los espectadores cuando salen.

Ese encuentro posterior con la gente se convirtió en otro de los grandes placeres de esta nueva etapa. Ver las caras, escuchar las risas y recibir comentarios de quienes no esperaban el giro final funciona, de alguna manera, como una confirmación del camino recorrido.
Porque detrás de esa actriz que hoy vuelve a pararse sobre un escenario hay una mujer que durante dos años tuvo que aprender nuevamente a confiar en su cuerpo. Y quizás por eso este regreso tiene un significado diferente.
Jenny no vuelve a la actuación como aquella joven que había conquistado el prime time, interpretado adolescentes, villanas y dramas, y que había recibido una nominación al Martín Fierro. Vuelve después de haber vivido en otros países, haber cantado frente al mar, haber construido una vida lejos de Buenos Aires, haber atravesado una experiencia física que la obligó a detenerse y haber encontrado en el movimiento una nueva manera de relacionarse consigo misma.
“Uno es actor o actriz y no deja de serlo nunca”, dice. “A lo sumo, no estás actuando”. Para ella, esa frase parece resumir una década entera.
Porque aunque durante un tiempo no hubiera cámaras, escenarios ni libretos, aquella niña de San Isidro que desde chica bailaba y actuaba frente al espejo seguía ahí. Esperando.

Ahora volvió a encontrarla: “Hoy puedo vivir una carrera que viví en mi edad más temprana, pero con una experiencia y una madurez ya de una mujer bien adulta”, reflexiona.
Y arriba del escenario, dice, vuelve a sentirse libre. Después de todo, el renacimiento no llegó solamente cuando pudo volver a caminar sin dolor. También llegó cuando pudo volver a hacer aquello que había marcado su vida desde siempre: actuar.
Y esta vez lo hace con una historia mucho más grande a sus espaldas. Una historia que incluye una caída, una espera demasiado larga, una recuperación paciente, un nuevo oficio, un país al que decidió regresar y un escenario que, finalmente, volvió a recibirla con las luces encendidas.
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Yanina Latorre reveló la verdad sobre la cifra millonaria que Luciana Salazar le sacó a Redrado: “No es un millón de dólares, son…”

El supuesto triunfo millonario de Luciana Salazar frente a Martín Redrado tomó una nueva dimensión después de que Yanina Latorre revelara cuál sería, en realidad, la cifra acordada entre las partes. Lejos del millón de dólares que comenzó a circular con fuerza, la famosa dio detalles sobre el acuerdo privado que puso un freno a una disputa que llevaba varios años.
Según explicó Yanina, la situación judicial no terminó con una victoria de Salazar. “Luciana Salazar salió victoriosa a decir que Redrado va a mantener a Matilda hasta los 18 años. Llamó la atención porque no hay un acuerdo de manutención ni una cuota alimentaria. Hay un acuerdo privado entre partes”, aclaró.
La diferencia no es menor. De acuerdo con lo relatado por Latorre, Redrado había ganado en primera instancia y Salazar había apelado esa decisión. La disputa, de esta manera, podía extenderse durante mucho tiempo. “Redrado le gana en primera instancia, ella apela y esto iba para largo”, explicó Yanina.
En ese contexto apareció la negociación que terminó modificando el escenario. Salazar reclamaba una cuota de 10 mil dólares mensuales hasta que Matilda cumpliera los 18 años, pero finalmente las partes llegaron a otro entendimiento. “Ella pedía una cuota 10 mil dólares por mes hasta los 18, que era 1.700.000, entiendo que por recomendación de su abogado, que habrán visto que iba a perder”, sostuvo Latorre.
YANINA LATORRE CONFIRMÓ QUE LUCIANA SALAZAR COBRARÁ 500 MIL DÓLARES
La cifra que finalmente se habría acordado tampoco sería el millón de dólares que se viralizó. Según Yanina, el convenio privado establece un pago total de 500 mil dólares, aunque con una modalidad que no contempla desembolsos mensuales. “Es en cuotas, pero no mensuales. Es de 500 mil dólares, son pagaderos en 5 años, es 100 mil por año”, precisó.
¿Por qué Redrado habría aceptado ese acuerdo después de haber obtenido un fallo favorable en primera instancia? Yanina dio una explicación vinculada al desgaste del conflicto. “Aceptó el acuerdo, por qué lo hace Redrado, quiere paz, se hartó de las amenazas, dice que se quiere sacar este grano de encima”, relató.
Además, Latorre remarcó que el convenio tiene carácter confidencial y que ambas partes quedaron sujetas a una condición concreta. “Firmaron un acuerdo que es confidencial, ninguno puede hablar, ni mostrar el escrito. Se sentaron, negociaron. No hay cuota alimentaria, ella perdió en primera, la apelación se frenó”, aseguró.
De esta manera, según la información aportada por Yanina, el conflicto no habría terminado con una condena a Redrado a pagar una cuota alimentaria mensual hasta que Matilda cumpliera la mayoría de edad, sino con una negociación privada por 500 mil dólares, distribuidos en cinco años. Un acuerdo que las partes deberán mantener bajo reserva y que, justamente por esa confidencialidad, dejó espacio para que circularan distintas versiones sobre su verdadero alcance.
Luciana Salazar
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Lorena Vega reflexiona sobre su perturbador rol en la serie Cautiva: “No es un personaje más”

Lorena Vega encarna a una madre superiora que convierte la fe en un dispositivo de control en Cautiva, la miniserie argentina de Flow inspirada en un caso real de abuso dentro de un convento de clausura. La actriz interpreta a Cecilia, una figura de autoridad que somete a Clara —el personaje de Carolina Kopelioff— a castigos, aislamiento y maltrato dentro de una institución cerrada sobre sí misma.
La ficción, dirigida por Paula Hernández y Jazmín Stuart, sigue a una joven de 18 años que ingresa a una orden religiosa en busca de refugio. A partir de allí, el relato recorre su permanencia en el convento, los años de violencia y el proceso posterior a su fuga. La historia está construida en tres tiempos y se desarrolla a lo largo de seis episodios. Aunque parte de una denuncia que se hizo pública en 2016 en Nogoyá, Entre Ríos, la producción no hace una reconstrucción literal de aquel caso.
Para Vega, la actriz que saltó a la masividad como la psicóloga de Envidiosa, el desafío estuvo en habitar a una villana dentro de un universo con reglas propias. Cecilia no ejerce el poder desde un lugar convencional: lo hace amparada en la jerarquía religiosa y en el aislamiento de un convento de clausura, un ámbito al que el exterior apenas puede acceder.
Antes de filmar, Vega investigó el caso, revisó testimonios públicos, documentales y lecturas relacionadas con los hechos. También buscó referencias en la ficción y volvió a ver la telenovela La extraña dama, con especial atención al trabajo de María Rosa Gallo. La investigación no apuntó solamente a comprender los antecedentes de la historia, sino a encontrar las claves de una mujer que impone miedo sin abandonar la apariencia de quien representa una autoridad espiritual.

La actriz habló con Teleshow y destacó la construcción visual de la serie y, en particular, el trabajo sobre el convento. Buena parte de la historia transcurre allí, entre pasillos, habitaciones y espacios donde el encierro funciona como una presencia constante. El escenario fue reconstruido en una antigua iglesia de otra confesión religiosa, que el equipo adaptó para la producción.
El vínculo entre las protagonistas había comenzado antes de que la serie tuviera sus elencos definitivos. Carolina Kopelioff contó que, antes de una prueba conjunta, ambas se reunieron en un café para preparar la escena. La audición definió una dinámica de trabajo que luego trasladaron al rodaje. “Dale, equipo, vamos a hacer esto juntas”, recordó Kopelioff sobre aquel encuentro previo.
Lorena Vega, además, mantuvo contacto con Silvia Albarenque, la sobreviviente cuya experiencia inspiró el universo de la ficción, y con uno de sus hermanos. La actriz explica que ese acercamiento formó parte de un trabajo delicado, atravesado por la dimensión humana de una historia de violencia y por la necesidad de evitar simplificaciones.

—¿Cómo llegó a vos el proyecto de Cautiva? ¿Recordabas el caso que inspiró la historia?
—No me acordaba del caso. Cuando llegó el proyecto lo investigué en profundidad. La producción y las directoras nos dieron material sobre el tema, pero también sobre el estilo que querían para la serie. Yo ya la vi completa y me parece que tiene una realización muy cuidada.
—¿De qué manera encaraste la investigación?
—Leí bastante, vi muchos testimonios en YouTube vinculados con el hecho real, sobre todo de las monjas. En su momento ellas hicieron videos para hablar de lo que había pasado y ese material resultó útil. Después vimos documentales y, cuando empezamos a filmar, nos pasábamos libros entre nosotras. Algunos tenían relación directa con el caso y otros hablaban de temas cercanos.

—¿También buscaste referencias en otras ficciones?
—Volví a mirar La extraña dama. Miraba mucho a María Rosa Gallo y a Luisa Kuliok Eran referencias para ciertos tonos del género, aunque lo que hacemos en Cautiva tiene su propio mundo.
—¿Qué te pasó cuando asumiste el personaje de Cecilia?
—No era fue personaje más. Me parecía muy desafiante porque esta es una ficción singular. Tiene drama, suspenso y momentos de terror. Cecilia es una villana no tradicional porque habita un mundo que resulta bastante desconocido. No es fácil acceder a un convento de clausura y esa condición se ve en la serie: es un universo muy aislado.
—¿Qué volvía diferente a una villana que, además, es una madre superiora?
—Dentro de este género, ser una monja y una madre superiora de temer era un condimento atípico. La autoridad de ella está atravesada por ese mundo cerrado. Había que encontrar cómo construirla sin perder de vista el contexto en el que se mueve.

—La ambientación ocupa un lugar muy importante en la historia.
—Sí. El convento lo armaron en una antigua iglesia que pertenecía a otra práctica religiosa. La reconstruyeron y quedó muy bien. Por momentos parecía que estábamos en un convento real, pero era una construcción hecha para la ficción.
—¿Cómo fue el trabajo con las directoras Paula Hernández y Jazmín Stuart?
—El equipo detrás de cámara era muy bueno, empezando por ellas. Paula y Jazmín forman una dupla que funciona muy bien porque cada una aportaba mucho a los elementos que tenía la serie. Estaban totalmente dedicadas al proyecto y eso se sentía en el trabajo cotidiano.
—También hay varios intérpretes con los que ya te habías cruzado antes…
—Sí, el elenco está muy bien. Muchos nos conocemos de hacer teatro o de otros trabajos. Laura Nébole, que interpreta a Purificación, y Tomás Wicz son algunos de esos compañeros con los que ya había compartido experiencias. De pronto nos encontramos otra vez en este proyecto.

—Carolina Kopelioff contó que se reunieron antes de la audición que hicieron juntas.
—Sí, nos juntamos antes para ir las dos preparadas. A ella la estaban probando para su personaje, pero también me estaban probando a mí. Era importante llegar con una idea de vínculo y poder ayudarnos en esa escena.
—¿Cómo fue trabajar con ella una vez que quedaron seleccionadas?
—Las dos nos teníamos que ayudar mucho. Para ambas era importante hacerlo y encontrar el tono de esas escenas. Había una relación muy compleja entre los personajes, así que necesitábamos confianza y trabajo previo.

—¿Pudiste hablar con la mujer cuya historia está en el origen de la serie?
—Sí. No solo hablé con ella: sigo en contacto. Vino al set más de una vez. También estoy en contacto con uno de sus hermanos, que estuvo muy cerca de ella en todo su proceso de reconstrucción.
—¿Cómo fue ese vínculo?
—Son personas hermosas. Es una historia muy sensible y para mí era importante el intercambio. Ella ahora no vive en la Argentina, pero seguimos en contacto.
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